BAJO LA CRUZ DEL SUR
Ya está en tierras
de Chile, en el país en que, según la profecía de Bolívar, la democracia
tendría su primera cristalización hispanoamericana, como en efecto ha sido; y
al llegar el joven nicaragüense, goza de un período de prosperidad después de
cuatro años de guerra con el Perú y Bolivia en la que, victorioso, el
territorio anexado, grávido de salitre, es su más precioso surtidor de riqueza.
Una jocunda alborada de bienestar y de cultura anuncia un futuro luminoso.1
Se hospeda en
“el mejor hotel” en donde de pronto se distrae escuchando a un pianista francés,
ex-capitán del ejército galo, llamado Yoyer. Con la premura que las
circunstancias exigen busca al señor Eduardo Poirier, 2 porque lleva
para ese caballero una de las cartas que le dio en Nicaragua el general Juan J.
Cañas. Por la benévola acogida que el señor Poirier le hace, se diría que ya se
ha hecho cargo de la misión que desempeñará mientras el joven poeta resida en
Chile, la misión de providencia siempre oportuna y eficaz, y por eso lo primero
que hace es hospedarlo en su casa.
Por Poirier conoce
al gran poeta chileno del momento, Eduardo de la Barra, 3 y a ambos
presenta su credencial personal: copias impresas de los poemas que se están
editando en Managua y otros inéditos. Los dos intelectuales chilenos reconocen
que ese mozo larguirucho, de ojos negros y taciturnos, que fulguran cuando
habla, humildemente vestido con pantalones que le quedan cortos y una americana
estrecha, es un gran poeta en cierne.


