21.3.17

Leyendas de Chinandega, Nicaragua.







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Libro: Cuentos y Mitos de Nicaragua


16.3.17

¿Qué es el ISBN?



¿Para qué sirve?


El ISBN (International Standard Book Number) es un número único de identificación que se usa internacionalmente para la edición específica de cada libro publicado. Se emplea ante bibliotecas, librerías, distribuidoras, catálogos bibliográficos y bases de datos para registrar libros y manejar pedidos de manera inequívoca. Dado que muchos títulos y autores tienen nombres iguales o similares, el ISBN asegura que una biblioteca, librería o cliente adquiera el producto correcto y, a la vez, distingue entre encuadernaciones de tapa dura, tapa blanda y las ediciones posteriores de un libro, incluyendo sus versiones digitales. Para propósitos de búsqueda cumple una función importante. Muchos autores se preguntan con frecuencia en qué consiste el ISBN y algunos ni lo ha oído mencionar. 

Aunque no todas las plataformas de autopublicación en internet lo exigen, la mayoría sí lo hacen y ofrecen el número ISBN gratuito incluyendo el código de barras, pues es necesario para garantizar la distribución apropiada y la venta de sus libros en sus plataformas de distribución, pero ese número ISBN no puede ser utilizado en otras plataformas de publicación, ni lo podrá utilizar en impresiones personales y querer comercializarlo por su propia cuenta, para eso tendrá que sacar su propio número ISBN que tiene un costo.

El único organismo que garantiza un ISBN sobre el cual tengamos control, es la agencia de ISBN local o sea del país de donde procede el libro y/o es originario el autor. Si usted paga a otra compañía en internet ya sea para autopublicación, impresión bajo demanda, servicios editoriales o similar) por un ISBN, puede tener la certeza de que usted no va a aparecer como editor de ese libro, sino la empresa a la que le está pagando porque es la que realizó el trámite de solicitud. Esto quiere decir que un autor pudo haber desembolsado lo mismo que si hubiera ido por su cuenta y no tener control sobre su ISBN.

En Nicaragua, la agencia ISBN tiene sus oficinas en El Palacio de la Cultura. Para solicitarlo se llena un formulario indicando nombre del autor, número de páginas, encuadernación, tirajes, tipo de cubierta, etc., y un archivo o impresión boceto del libro, para que de esta manera catalogarlo e inscribirlo con esos datos. Al cabo de 24 horas, luego de cancelar el costo (US$ 10.00), se remite el ISBN, el código de barra y la ficha bibliográfica, esta ficha se coloca en el interior del libro en la página de créditos o de copyright. El código de barras, a un buen tamaño, va en la contraportada o cubierta trasera del libro, esta es la que permite que los datos del su libro puedan ser identificados por escáneres ya sea en tiendas, librerías o supermercados.

Importante: En Nicargua, para ser efectiva su solicitud ISBN, es necesario que su libro cuente con el respaldo de un sello editorial o casa editorial. Este respaldo y todo el trámite de la solicitud a la agencia ISBN en Managua, lo hacemos con un costo adicional, este ISBN saldrá el nombre del autor con el respaldo editorial de Amerrisque. La ficha bibliográfica es como el ejemplo siguiente:

N
863.44
G192   Gamero Paguaga, Jorge
          Entre lagos y dioses / Jorge Gamero Paguaga
          -1ra ed.- Managua: Amerrisque, 2017
          378 p.
          ISBN 978-99964-27-49-7
          1. NOVELA HISTÓRICA NICARAGÜENSE
          2. LITERATURA NICARAGÜENSE

Además contamos con diseño editorial e impresión, en síntesis nuestra editorial se encarga de todo: Edición y corrección ortográfica, elaboración de portada, diagramación interna, gestión ISBN, impresión y por último; publicidad en los medios sociales (esto último es gratuito). 

Si además tiene interés en comercializar su libro por Internet a través de Amazon, ya sea impreso y/o digital, le diremos cómo hacerlo o puede publicarlo junto a otros libros que la editorial Amerrisque tiene en éste gigante de tiendas on-line como lo es Amazon. 

Para mayor información escriba a: valdezmauricio2015@gmail.com

8.3.17

Mis cuentos cortos de TERROR


Por: Mauricio Valdez Rivas

Una noche oscura, oscura, oscura


Era una de esas noche oscura, oscura, oscura, pero ayúdenme a decir oscura, oscurísima, solo las estrellas titilantes pegadas en la bóveda celestial me permitían medio ver una figura que parecía ser humana, se movía lentamente, como meciéndose por el viento que de vez en cuando soplaba zarandeando las ramas de los árboles, la figura estaba debajo de uno de los palos de mandarina que formaban una larga hilera, ahí estaba sin ir a ningún lado, a veces parecía agacharse, a veces parecía danzar. Me preguntaba quién o qué podría ser aquello. 

Me agarró la noche por más que aligeré el paso, pero ya estoy cerca de llegar a mi destino. Me detuve, sentí miedo, ese fulano estaba justamente a la orilla del sendero por el que iba caminando, empuñé con fuerza mi machete, di unos cuantos pasos más y grité preguntando: ¿QUIÉN ANDA POR AHÍ? La misteriosa figura parecía que me volteaba a ver, pero nada de responderme, ¿Eres tú Antonio? Pregunté creyendo que se trataba de mi compadre, pues estaba pasando por sus terrenos, pero seguía sin responder, di otros pasos haciendo ruido con el machete rozándolo contra la tierra pedregosa para que el hombre pudiera saber que voy armado y dispuesto a defenderme de cualquier malhechor. Me esforzaba en adivinar si realmente se trataba de alguien, diez metros, siete, mi corazón parecía un tambor redoblando al ritmo del pánico que sentía, mi frente sudaba, todo mi cuerpo estaba helado, me detuve nuevamente; mis rodillas me falseaban, todavía veía a una figura indeterminada, me paralicé al ver, en lo que parecía su cabeza, centellar dos diminutas lucecitas, ¡sus ojos! ¿Son sus ojos? Me preguntaba, quería gritar, pero no me salía ni un sonido de mi gaznate. Temblaba de miedo; pues había escuchado que en ese mismo punto, a la Ramona le había salido un espanto, ¿será el mismo? Me preguntaba.

Comencé a rezar y a bajar a todos los santos del cielo, me llené de valor y al fin pude pronunciar, aunque con voz temblorosa, palabras fuertes reprimiendo a espíritus malignos y hasta del propio Satán, comencé a creer que mi machete para nada me serviría; lo que necesitaba era un crucifijo, pues no hay arma más poderosa para estos casos, que llevar la imagen de Jesús y hasta agua bendita si es posible, eso y por supuesto la fe y la firme creencia en Dios, en Jesucristo y su misericordia, en los ángeles del cielo y todo las fuerzas divinas: “Si Dios está conmigo, quien contra mí,” pensaba y repensaba. 

Encomendé mi alma al Creador y me dispuse enfrentar a la bestia, ¿o será mejor huir? Que digan que Juan aquí huyó y no que aquí murió, pero ¿dónde quedaría la gloria? ¿Mi gloria? Cualquier verdadero hombre estaría dispuesto a ser recordado como un valiente y no como un cobarde, pero quiero vivir, tengo una familia que me espera y dependen de mí, ¡que se friegue la gloria!, Retrocederé y tomaré otro camino, aunque llegue más tarde es mejor llegar bien, como dice el dicho “tarde pero seguro”. Pero ¡que jodido!; Vuelve a mi mente eso de ser macho, ¿dónde quedan mis cojones?, ¿Y mi fe?, ¿Y mi Dios? No hay marcha atrás, ahí voy ¿QUIÉN ERES? A un metro de distancia caminando de prisa, dispuesto a machetear al susodicho que no se quería identificar, pude saber de una vez por todas de lo que se trataba. No era ningún fulano, ni diablo ni cosa que se le parezca, era… ¡vaya! Con que alivio hoy lo digo y le cuento querido lector; era nada más y nada menos que una vieja camisa y un sombrero colgados en una de las ramas bajas del árbol que se mecían por el viento, abajo estaba un arbusto que completaban la figura de la que tanto me había asustado, no sé si fue por molestar que pusieron eso ahí, o si a alguien se le olvido llevar su vestimenta de trabajo, lo único que sí sé, es que llegué sano y salvo a mi rancho, gracias a mi Dios que no me desampara. Esas son las cosas que pasan por la poca visión en una noche oscura, oscura, oscura.

¡Ah!, ¿y las dos lucecitas? Pues eso no lo sé, y nunca lo supe, posiblemente fueron las dos únicas quiebraplatas (luciérnagas) que andaban por el lugar, o lo más probable es que fue otra cosa más producto de mi fértil imaginación.

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Consejo: Enfrenta tus temores y se te revelará la verdad.


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Las cadenas del diablo



Hace tiempo ya, vivía un hombre que le gustaba practicar oraciones de encantamientos y todas esas cosas de brujos, hasta que un día desapareció. La gente lo buscó por todas partes y lo encontraron amarrado con bejucos metido en unos matorrales no muy lejos de su casa.

El hombre dijo que el mismo diablo lo había amarrado con cadenas y dejado ahí, pero nadie le creyó, pues veían que estaba atado con bejucos y no con las cadenas que él decía, pero por si acaso, los pobladores lo llevaron donde el cura para bendecirlo y limpiarlo de todo el mal que pudiera tener. La sorpresa de todos fue días después cuando el infortunado joven apareció muerto en su casa sin que nadie supiera la causa de su deceso.

Nuevamente las personas de buen corazón lo llevaron donde el cura, esta vez para darle cristiana sepultura y orara por el que decían que se lo había llevado el diablo, creían que el maligno había regresado para terminar lo que había empezado.

También dicen algunos testigos, que en el lugar donde habían encontrado amarrado al joven, se pueden notar medio enterradas muchas cadenas llenas de sarro ya envejecidas por el tiempo y que nadie se atreve a tocarlas y muchos optan ni tan siquiera pasar por ahí.



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La mujer del cementerio


En tiempos pasados los terrenos destinados para panteones servían a los habitantes del pueblo para cortar camino, estaban llenos de senderos que caminantes y jinetes ocupaban para llegar más rápido a sus destinos. A los que le agarraba la tarde o la noche, pasaban por el cementerio de la ciudad de Rivas con miedo a que también los agarrara algún ser espectral, cuentan los rivenses que hubo un tiempo que allí se escuchaban lamentos sollozantes, muchos aseguraban haber visto a una mujer llorando sentada sobre una tumba, sabían que era un alma que andaba penando pero nadie sabía el por qué. “…Pues si esa mujer no murió trágicamente,” decían los que la conocieron, no encontraban motivo alguno para que su alma anduviera penando, pues la creencia popular dicta que si uno después de muerto su alma se queda es porque algo dejó inconcluso al morir repentinamente o algo de valor está cuidando, bueno, hay tantas razones más, pero ninguna de esas razones se le conocía a la mujer enterrada allí, hasta que un día sus familiares decidieron desenterrarla y al abrir el ataúd notaron con sorpresa que su cadáver esquelético tenía las manos a la altura de su rostro con los dedos encogidos y destrozados, tenía la boca abierta como pegando un grito, ¿Pero qué es esto? Preguntó muy alarmado uno de los presentes que al sospechar lo que había ocurrido dirigió su mirada a la parte interna de la tapa de la caja; estaba arañada. Más horrorizados que antes, todos comprendieron que la pobre mujer había sido enterrada viva y la posición en que se encontraba y los arañazos en la tapa era por la desesperación de salir de su encierro, también comprendieron que esa era la causa de su alma en pena. Le dieron nuevamente cristiana sepultura y desde entonces se acabaron los lamentos y no se vio más un fantasma, por lo menos no en esa tumba.


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Encuentro con el Sisimique


La quebrada no quedaba muy lejos, solo había que cruzar un potrero, llegar a un cominito pedregoso y seguir caminando hasta llegar a otro potrero y a la lejanía se veía un gran árbol de Jenísaro bajo el cual yacía una pequeña casa con algunas tablas desencajadas y tejas que se le caían, luego estaba una bajada que daba a unas piedras, entre ellas fluía el agua sonora y limpia del riachuelo que llamábamos la quebrada. La casita estaba abandonada, nadie se atrevía a volver a habitarla, ni la remendaban, ni se llevaban nada de ahí, ella sola se iba consumiendo, iba desapareciendo con el paso del tiempo. Los que pasábamos por ahí, lo hacíamos de prisa, evitando pasar de noche por temor a que nos sucediera lo que les sucedió a los que antes vivían ahí, en la casa que ahora decían; estaba embrujada.

Nuestra única intención esa tarde, como muchas otras anteriores, era pescar. Mi hermano mayor y dos amigos recorrimos la quebrada aguas arriba buscando posas en donde sabíamos que estaban los más hermosos guapotes, en una de esas posas, la más grande, es en la que permanecíamos por más tiempo, cada quién ocupaba su lugar alrededor de ella, pero eso sí, todos callados. No faltaba quien se metía al agua para despegar su anzuelo de una roca; “este fue un cangrejo,” decía mientras metía su brazo y la mitad de su cara al agua, a veces se sambuía por completo cuando el anzuelo pegado estaba en aguas más profundas.

Era invierno y no era raro que nos sorprendiera la lluvia y esa tarde no fue la acepción, calló un aguacero, el agua de la quebrada se tornó achocolatada, entonces los barbudos, peces sin escamas y que tenían unos apéndices delgados bajo su cara, comenzaron a picar y uno a uno se pegaban a nuestros anzuelos comiéndose las mazamorras que poníamos de carnada, estábamos entusiasmados, pues nunca habíamos tenido tanta suerte. En tiempo record cada uno de nosotros teníamos al menos cinco pecados más o menos grandes, pero luego dejaron de picar y nosotros queríamos más, pues casi toda la tarde no habíamos pescado nada y solo fue en ese corto periodo de tiempo, mientras duró la lluvia, que logramos pescar. Así, esperando obtener más barbudos, se nos pasó la hora en que debíamos regresar, cuando comenzó a oscurecer nos acordamos de la casa embrujada y de los coyotes que rondaban la zona, casi corriendo nos dispusimos a irnos, al divisar la casa cuesta arriba, nuestros corazones comenzaron a palpitar más aceleradamente, nadie decía una sola palabra, a medida que nos acercábamos nos parecía escuchar ruidos que venían desde adentro de la supuestamente abandonada casa, no mirábamos luces, ni bulto, nada de lo que podría suponer que alguien estaba en la casa o que algo estaba acechándonos en la pasada. 

—¡El Simiseque! Gritó Goyo que iba adelante al mismo tiempo que echó a correr, tras él los demás le seguimos corriendo también. Pasamos el susto, no era nada o por lo menos no vimos nada, corrimos hasta que nos cansamos, nadie se quedó atrás.

—Caminemos rápido —dijo nuevamente el alborotista que nos había hecho pegar la carrera y el mismo que llevaba un pedazo de machete, más bien parecía que solo era el mango, seguro creía que con eso podía defenderse o defendernos de cualquier cosa que nos saliera al paso, como los coyotes que se hacían escuchar en la lejanía o quizás eran perros descarriados. 

Ya un poco calmados pregunté: 

—¿Oe, Goyo, y qué es el siquemique?

—Sisimique —me corrigió— es un animal que se parece a un hombre mono y que tiene los pies al revés, él fue el que se llevó a las dos mujeres que vivían en esa casa, se las robó porque eran chavalas bonitas.

—Y que no era que el papá de ellas se volvió loco y las macheteó, luego él también se quitó la vida, eso es lo que yo sabía y hasta dicen que sale el fantasma de él por las noches con el gran machete.

—No, fue el Simisique —volvió a recalcar Goyo.

—¿Sisimique? hasta ahora lo escucho.

—Pues dicen que en esa quebrada vive un Simisique que sale buscando alguna mujer que se esté bañando en horas de la noche. Cuando ese señor que construyó esa casa, le dijo a algunas personas que lo iba hacer, todos le dijeron que no la construyera ahí en ese lugar, que era peligroso y que ya antes había pasado una tragedia por culpa de ese Simisique a otra familia que tenía su casita cerca de la quebrada, pero el señor no hizo caso y le pasó lo que le pasó —terminó de relatar la historia el tal Goyo.

—¡Ala! y hasta ahora nos decís eso, si hubiera sabido, no vengo a esta quebrada —dijo Raúl, al parecer el más miedoso de todos.

Acababa de decir eso cuando el mismo Goyo, líder del grupo, siempre a la cabeza, se detuvo callándonos con un fuerte ¡ssshh! 

—Ahí viene alguien.

—Yo no veo a nadie —dijo Eddy mi hermano, pues la oscuridad estaba opacando la poca luz que del sol quedaba.

—¡Caminemos hombre, si no es nada! No ven que los coyotes nos van a alcanzar, ellos huelen los pescados —dijo el que iba en la cola.

Comenzamos nuevamente a caminar, el regreso me parecía más lejos que la ida y de seguro que más de alguno pensaba lo mismo que yo. También estaba casi seguro que habíamos extraviado el camino.

El baquiano machetero de nuevo dijo ¡ssshh! 

—Ahí viene alguien.

Pero esta vez no se detuvo y todos continuamos la marcha a pasos agigantados en fila india sobre el caminito donde a veces pisábamos alguna que otra plasta de vaca y pupú de caballo.

—¡¿Y ese ruido?!

—Eso fue un conejo.

—¡¿Y ese otro?!

—Es una lechuza.

Preguntaba uno y respondía otro, hasta que un ruido en particular, parecido a un gruñido, nos dejó pensando que animal podría ser.

—¡¿Y ese ruido?! Al fin se hizo la pregunta pero nadie respondió.

—¡El Simisique! —de nuevo el grito seguido de la carrera, pero esta vez la cosa fue diferente, pues Goyo corriendo tropezó con algo, con una piedra lo más probable, y cayó sobre el sarroso pedazo de machete que llevaba, objeto que ahora sí, al parecer, se había convertido en un arma letal.

Nosotros nos reímos de él creyendo que se levantaría enseguida sacudiéndose la tierra de su cuerpo, pero solo escuchamos un ¡hay! y Goyo no se movía.

—¿¡Qué te pasó!? —le preguntamos mientras nos agachábamos para asistirlo.

—¡Creo que me ensarté el machete! —nos dijo con voz quejosa. 

Se incorporó sentándose, con ambas manos en su abdomen. No podíamos ver con claridad, pero sabíamos que estaba sangrando, presentíamos lo peor.

—Solo es una cortadita —dijo Goyo poniéndose de pie, sentimos alivio al saber que no se había ensartado por completo el trozo de metal. Recogió lo que en el suelo había dejado y continuamos con la marcha, ahora con un herido al que cuidar, olvidándonos por completo lo de aquel extraño y fuerte gruñido. 

—Ahí viene alguien —de nuevo lo que ya parecía una cantaleta.

Se escuchaba el galopear de unos cascos, quizás de caballo, sobre el zacate que se extendía a lo largo y ancho del potrero por el cual estábamos pasando. Ante la penumbra pudimos divisar al jinete que se nos acercaba alumbrándonos con una lámpara y saludándonos con un ¡Joo! Era mi tío.

—¡Ideay chavalos! Iba a buscarlos, pensábamos que se habían perdido.

—¡Goyo se cortó! —dijimos todos en voz alta casi en coro.

Mi tío se bajó de su caballo y examinó con su linterna la herida de Goyo.

—Se te van a salir las tripas —dijo en tono de broma. 

Lo montó al caballo, luego se montó él y dijo:

—Hay llegan ustedes, voy a llevar a Goyo a que le zurzan la panza. 

A cabo de algunos minutos estábamos pasando el cerco de alambre para llegar a la casa a cenar pescado frito y a relatar con detalle nuestro encuentro cercano con el Siquemique... digo; Sisimique.


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Posesión de muñeca


Cuenta Carolina, que cuando ella era una niña, entres sus juguetes más preciados estaba una linda muñeca de esbelta figura y alargadas piernas que su mamá le había regalado por su cumpleaños, era una de esas muñecas chelas y charraludas llamadas Barbies. Siempre la andaba de ‘arriba para abajo’ y hasta dormía con ella, cuando por las mañanas se iba a la escuela la dejaba en la cama, cuando regresaba la encontraba en la sala como esperándola. Se le perdió muchas veces pero siempre regresaba ya sea que alguien se la iba dejar o misteriosamente aparecía por sí sola, pero siempre toda sucia. 

Carolina, a como toda niña, le hablaba a su muñeca como si se tratara de una de sus amiguita, le decía: «Ajá vaga, donde andabas», la bañaba, le ponía vestidos limpios y la guardaba en el ropero, allí quedó por mucho tiempo, es que, la que antes era una niña ahora era una adolescente con la edad para ir a la universidad, se fue a estudiar a la ciudad de León, ‘la ciudad universitaria’. Su cuarto lo ocupó una joven empleada que tuvo que irse porque, según ella, ya no aguantaba más las asustadas que recibía todas las noches, pues, si no era que le jalaban la cobija, era que le movían la cama. 

Un día una tía de Carolina vino de visita desde Costa Rica y se quedó a dormir en ese cuarto, a la mañana siguiente la tía con apariencia de no haber dormido bien, contaba que durante toda la noche estuvo escuchando leves golpecitos provenientes de debajo de la cama, por rato avía silencio y es cuando se volvía a dormía los golpes regresaban con más fuerza aún y se volvía a despertar.

Una noche más se iba a quedar, esta vez, creyendo se trataba de un ratón el causante de los golpeteos, colocaron ratoneras por debajo de la cama. En la madrugada se escuchó un grito aterrador, todos se levantaron a ver qué pasaba y vieron que la tía salía despavorida de habitación, «¿Qué pasó?» Le preguntaron mientras ella hecha un manojo de nervios se sentaba en un sillón de la sala. «Una mujer largucheta estaba parada al pie de la cama», decía angustiada, «¿¡Una mujer!?» Replicó Doña Miriam, la abuela de Carolina, «¡Siiiii! ¡una mujer charraluda toda largucha estaba mirándome parada ahí al pie de la cama!» Doña Miriam creyendo saber de lo que se trataba, fue al cuarto, abrió el armario y sacó la muñeca, «esto ya es demasiado», dijo y poniéndola en el patio le pegó fuego, luego, todos hicieron un círculo de oración recitando algunos salmos y repitiendo varia veces el padre nuestro. La tía regresó a Costa Rica a relatar su encuentro cercano con el más allá. Carolina llegaba a la casa los fines de semana y en vacaciones quedándose a dormir en su cuarto, pero a ella nunca nada la asustó, mucho menos ahora que con las oraciones habían acabado con la maldición de lo que fue “el cuarto del terror”.

Tiempo después Carolina se enteró que esa muñeca perteneció a una niñas que años atrás había muerto en un trágico accidente.




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El duende Alux


Una mañana Carolina, la niña valiente, despertó riéndose, sentía que algo le hacía cosquillas en sus pies, levantó la sábana esperando ver a algún ratoncillo correr despavorido, pero no vio nada, en eso escuchó una ricita proveniente de debajo de la cama, de una salto se puso de pie y agachándose preguntó con curiosidad: 

—¿Quién está ahí? 

Se acostó boca bajo sobre el piso, viendo detenidamente por debajo de la cama hizo de nuevo la pregunta:

—¿Quién está ahí? 

¡jijiji! Otra vez la ricita, y saliendo de su escondite delante de sus ojos se dejó ver un pequeño ser vestido de rojo, su piel era verdosa parecida a la de un sapo y sus orejas las tenía puntiagudas, éste le sonrió y le dijo: —¡Hola Carolina! Vine a hacerte compañía.

— ¿Y tú quién eres? —preguntó la niña retrocediendo ante la fea figura del pequeño y raro ser.

—Mi nombre es Alux, —dijo con una voz ñaja—  soy un duende amistoso al que le gusta hacer reír a los niños, por eso les hago cosquillas mientras duermen y magia cuando despiertan. Entonces sacó de su bolsillo polvo mágico y lo lanzó al aire, muchas mariposas de todos los colores revolotearon por toda la habitación, Carolina se reía y brincaba queriendo atrapar una de las mariposas, estaba maravillada de la magia del duende.

Las mariposas se desvanecieron y niña buscó a Alux a su alrededor, lo buscó entre sus sabanas, por debajo de la cama, por todos los rincones de la habitación y de pronto vio que una de sus muñecas de trapo caminaba sola. Ella se asustó, pero pudo ver que era Alux  la que la sostenía a la muñeca por detrás.

— ¿Estabas invisible? —le preguntó Carolina.

—Sí —le dijo Alux —, nosotros los duendes podemos desaparecer a nuestro antojo, nos dejamos ver por los niños pero nunca por los adultos, pues éstos siempre nos quieren hacer daño.

Carolina agarró su muñeca, la puso en su lugar y dijo:

—Pero voy a decirle a mi mamá que tú eres mi nuevo amiguito.

—¡No! —Gritó Alux —, guardemos el secreto, que esto quede sólo entre tú y yo. 

Pero Carolina no le hizo caso y le fue a contar a su mamá, pero por supuesto que su mamá no le creyó y esa noche acostada ya en su cama se disponía a dormir y de nuevo le apareció Alux, se subió a su pecho y viéndola a su los ojos le dijo:

—¡No guardaste nuestro secreto!

Alux estaba enojado, se puso y mucho más feo de lo que era; los dientes se le salieron y sus uñas crecieron, sacó otra vez polvo mágico y lo sopló a la cara de Carolina, ella estornudó varias veces botando a Alux, la pobre niña jadeaba, se esforzaba por respirar mientras el duende se reía a carcajadas, de pronto, de la nada, aparecieron cuatro duendes más vestidos de azul que rodearon a Alux, lo agarraron con fuerza y desaparecieron junto con él, sólo se escuchaba a Alux gritar: Déjenme, no me lleven.

Carolina pudo respirar con normalidad y se puso a llorar, en eso su mamá entró corriendo a la habitación y la abrazó calmándola y diciéndole que solo había tenido una pesadilla.

—No mamá, no fue una pesadilla, era Alux el duende de quien te hablé.

Las dos quedaron abrazadas por un largo rato hasta que la niña se durmió. 

Con el tiempo Carolina casi olvidó lo sucedido y hasta llegó a creer que realmente se trataba tan sólo de una pesadilla, lo bueno era que; ya sea en sueños o en la realidad, nunca más volvió a ver a Alux, el duende malo.

Y es que por generaciones se ha creído que si un niño o niña lo desea, puede llegar a conocer a los duendes, sólo tienes que desearlo de verdad y preguntar entre sus sábanas en voz baja antes de dormir: ¿Quién está ahí? Pregunta todas las noches y una de tantas, en cualquier momento, aparecerá un duende jugando y haciéndote cosquillas, pero ten cuidado si te aparece un duende cuando tú no lo has llamado y dice ser tu amigo, ese puede ser Alux, no le creas nada de lo que te diga y mándalo a la porra.

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Moraleja: No todas las personas que dicen ser tus amigos, tienen buenas intenciones, pueden ser lobos vestidos de ovejas. Consejo: Cuídate de los extraños y no creas todo lo que te digan.


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El Aparecido


Siempre he creído que nuestros abuelos o familiares viejos, -a veces no tan viejos- tienen una anécdota que contar sobre espantos, duendes o fantasmas. Un hermano de mi abuela; mi tío José, me contó que cuando él era muy joven le pasó una de esas cosas extrañas que a muchos solo le pasa una vez en la vida y a otros nunca, cosas que solo las conocía de relatos de su abuelos, cosas difíciles de creer, cosas de cosas… bueno, según me relató, esto le pasó cuando él trabajaba en Corinto, se venía los fines de semana a visitar a sus padres y lo hacía en el transporte disponible más popular de la época; en el tren. Bajó en la estación de Chinandega y se vino caminando en dirección al barrio El Calvario, de la Cruz media a Sur, ahí todavía vive, había caminado unas cuantas cuadras cuando se topó con una amigo: “¡Oe Toridio!” lo saludó al pasar, éste sin detenerse y sin voltear a ver, pasó con la cabeza gacha y el sombrero caído como que no quisiera ser reconocido, así sin dar la cara le dijo: 

«Cuando pasés por mi casa, vas a ver un montón de gente, no hagás caso y pasás de viaje, seguí tu camino, no te detengás», mi tío siguió caminando pensando en el raro comportamiento y comentario de Toridio, al rato cuando ya pasaba por la casa de éste, efectivamente vio que había un tumulto de gente aglomerada en la puerta, ¿Qué estará pasando? Se preguntó y con curiosidad sin dar importancia a lo que Toridio le había dicho, fue a asomarse. 

Notó que al fondo de la sala, estaba una caja con veladoras y flores alrededor, “¡Ijuele! ¿Quién se murió? Preguntó a personas de caras tristes que estaban allí, sin escuchar repuestas se acercó al féretro y observó con asombro que se trataba de Toridio. Según cuenta él, casi le da un infarto en ese instante y decía alterado a los presentes: -¡Pero si ahoritiiiiiita lo acabo de ver! ¡Ahoritiiiiiita me lo topé y hasta me habló! ¡Estoy segursiiiisimo que era él! ¡Pero es que ahoritiiiiita… ahoritiiiiiiita…! 

Todos lo miraban como si se tratara de un desquiciado y con los nervios de punta se fue del lugar a contarles a sus demás amigos y familiares lo sucedido.


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¡Noli me tangere!


Por algún motivo que ahora mi mente insiste en olvidar, me encontraba en aquel lugar, resulta paradójico recordar el hecho más no el por qué estuve allí, en fin esa vivencia me ha perseguido desde entonces y ni el tiempo ni mis propias ganas de olvidar lo han conseguido, si estoy cuerdo no sé por qué... 

Caminaba por las oscuras calles aledañas al antiguo cementerio de Chinandega, han pasado veititantos años, tendría unos trece años de edad para aquel entonces y caminaba pensando en aquellas historias de muertos y aparecidos, pero aún así no sentía miedo de andar por aquel sitio, luego sabría que dicha lozanía me costaría muchas horas de insomnio, como ahora que me atrevo a describir lo allí vivido, resulta pues, que en medio de la soledad y el silencio abrazador de aquellas horas, divisé sobre la lápida de una tumba, la figura de una niña que acurrucada lloraba silenciosamente al pie de una cruz desvencijada, me acerqué a ella con ánimos de saber por qué se encontraba a aquellas horas sola en medio de un camposanto y del por qué lloraba, le confieso querido lector que esta es la verdad, su rostro nunca vi, pero hoy como en ese entonces, recuerdo lo que le escuché decir: ¡NOLI ME TANGERE!, ¡NOLI ME TANGERE! aunque hasta hoy en día esas palabras me siguen siendo incomprensibles, no podré mientras viva, ya nunca olvidarlas; pues mi corazón sufría un vuelco y un escalofrió de horror cubría mi cuerpo, pues ya la niña no era tal, su cuerpo era ¡juro por Dios! un horrible y pálido cadáver falto de piel.

Quedé frío y paralizado ante aquel esperpento, quise correr mas no pude, mis músculos se tensaban y gritar era imposible, mi voz se estrangulaba, solo pude lector, en mudo horror, dar la espalda y caminar tan lento que toda una vida cada instante pudo durar, y tras de mí el eco fatal de la voz espectral mordiendo la oscuridad diciendo ¡NOLI ME TANGERE!

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Nota: Noli me tangere ("no me toques" en latín) es un texto de la Vulgata (versículo 17 del capítulo 20 del evangelio de San Juan): son las palabras que Jesucristo dirige a María Magdalena después de su resurrección.

FIN

4.3.17

Leyendas de piedras: Cerro Quizaltepe y La piedra de Cuapa

En San Lorenzo, jurisdicción del departamento de Boaco, cerca del departamento de Chontales, se levanta una cerro rocoso, como si fuera un inmenso monolito esculpido por la naturaleza, conocido como El Monolito de Quizaltepe, cuya belleza y misterio encanta a los viajeante que lo ven desde la carretera.

Muchas historias fantasiosa se cuenta alrededor de esta cerro sobre duendes, apariciones, espantos y hasta del mismo demonio, así como el canto de un misterioso gallo durante la noche, que lo que lo han podido ver dicen que es de oro.

Dicen los pobladores que han visto en la punta, unos niños pequeñitos caminando en fila y que se trataba de los duendes que habitan el cerro.
Una vez la tierra se abrió y brotó lodo y agua que recorrió montaña abajo, en la misma temporada en que la cruz que habían puesto uno religiosos meses antes se había desaparecido a consecuencia de un rayo que le cayó un una noche de tormenta y serpientes surgieron misteriosamente.

Otra leyenda es la aparición de una extraña luz, que según los lugareños, se trata de un gran diamante que se desplaza desde mediados del cerro hasta el pie del mismo.

En el cerro hay un hueco que le dicen La Cueva del Alumbre, su interior es bien claro por el reflejo de los rayos del Sol y por las piedras de alumbre similar a la loza, al estar adentro se comienza a sentir una suave brisa que se propaga en todo el lugar.
Algunos confunden la popular leyenda de la piedra de Cuapa con un de las leyendas de éste monolito, pero la verdad es que son dos piedras cercanas. Ésta piedra limita al Norte con el municipio de Camoapa, (muy conocido por la aparición de la Virgen María en el lugar) al Sur y Oeste con el municipio Juigalpa,

Leyenda de "Los duendes de la piedra de Cuapa"

Hacía muchos años, una humilde familia vivían en las faldas de la montaña donde está el gran peñasco llamado "La piedra de Cuapa", cuanta la leyenda que unos duendes habitaban esa piedra y se habían enamorado de una de las hijas de la pareja, estos duendes no la dejaban en paz, todo el día la molestaban escondiéndole las cosas, jalándole el pelo, tirándole piedritas, la familia completa ya no los aguantaban más, pues los duende hacían todo eso porque estaban enamorados de una de las hijas de la pareja.

Eran tan traviesos que un día se robaron un burro y cuando los dueños lo buscaron, lo miraron encaramado en lo alto de la piedra de Cuapa. La señora desesperada hizo un trato con ellos; acordaron que si le bajaban a su burro, ella les regalaría a su hija, por supuesto que esto era una mentira de la madre, solo era una treta para recuperar al burro. Cuando los duendes le devolvieron al animal, la señora no cumplió su parte del trato y los duendes empezaron a molestarlos aún más, se volvieron realmente insoportables, era imposible seguir viviendo allí, entonces la familia decidió irse a vivir a otro lugar. Así que empacaron sus cosas y con la carreta cargada hasta el copete de chunches y sin mirar atrás se pusieron en marcha. A mitad del camino, se dieron cuenta de que se les había olvidado unas cosas, y se disponían a regresar para buscarlas, cuando de repente oyeron unas vocecitas que les decían desde detrás del burro... “¡no! ¡si aquí traemos lo que se les había quedado!” ¡Y qué susto! No eran más que los traviesos duendes que venían detrás de ellos...

¡que va, si de esos bandidos no se capea nadie tan fácil!


La Pidra de Cuapa

20.2.17

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19.2.17

La dramática vida de Rubén Darío

De Edelberto Torres Espinosa

Sólo un pedagogo —es decir, un maestro de formación y convicción— podía haber escrito este libro que, a pesar del paso del tiempo, continúa siendo la biografía fundamental de Rubén Darío, pero también mucho, mucho más. Porque fue gracias a su visión totalizadora, en la que se conjugan la pasión, el rigor y la sencillez, que Don Edelberto Torres Espinosa pudo producir esta obra monumental que combina el apasionante relato de la vida de Darío con la exploración de los múltiples factores humanos y literarios que confluyeron en su trabajo; obra indispensable para comprender como, en tan pocos años de vida —y a pesar del tiempo robado por un alcoholismo que, con rectitud histórica, Don Edelberto no intenta ocultar— pudo Rubén acumular esa gigantesca obra de miles y miles de páginas que apuntalaron la renovación de la lengua de Castilla y de Hispanoamérica, y le permitieron a nuestro poeta nacional consolidarse como uno de los más grandes poetas de lengua española de todos los tiempos.

Torres Espinosa nos habla de los endecasílabos, alejandrinos y las nuevas formas métricas que, gracias a su formación autodidacta, Rubén pudo tomar prestadas de los franceses y de otros autores, españoles, italianos o provenientes de latitudes desconocidas para el común de los intelectuales de la indoamerica de su época, para luego manipularlas cual alquimista moderno. Pero don Edelberto no sólo sabía de gramática. Además de maestro, fue un historiador y un político (un hombre consecuente, comprometido con su tiempo y con las gestas libertarias de Nicaragua, Centroamérica y en general América Latina); un profundo conocedor de las diversas corrientes, escuelas, movimientos y contrareformas literarias, así como de la psicología, realidades y motivaciones de quiénes rodearon a ese nicaragüense universal que, al principio, sólo aspiraba a “ser repicador de las campanas de la Iglesia de San Francisco”, en el León de su niñez.

Por eso, aunque en lo personal conozco más de doce biografías sobre Darío —unas escritas poco después de su muerte (algunas por nicaragüenses), otras que tomaron distancia del tiempo e intentaron aplicar las reglas propias de este género tan particular; unas sencillas, otras más complejas— creo que ninguna, ni siquiera las de Watland, Oliver Belmás o Valentín De Pedro (tan humana y acertada), tienen punto de comparación con esta gigantesca obra iniciada por Don Edelberto Torres mucho antes de su primera publicación, en 1952. Logro todavía más meritorio en cuanto Torres Espinosa se dedicó por años a recopilar cienes de documentos, sin contar para ello ningún tipo de ayuda sustancial, más que unos pocos dólares facilitados por la UNAN (para ese entonces prácticamente la única universidad de Nicaragua) y, sobre todo, apoyado en el difícil y a menudo invisible trabajo de su compañera de vida.

El resultado, es un relato apasionante digno de ser llevada a la pantalla; una exploración de las diversas facetas de la vida de Darío que es, a la vez, un profundo retrato de su época, sus antecedentes y de lo que estaba por venir, pues Rubén sintetiza magistralmente el pasado y es un anunciador del futuro.

Por todo ello, AMERRISQUE se enorgullece de presentar esta octava edición de “La Dramática Vida de Rubén Darío”, enriquecida con las últimas revisiones, notas y anexos, para disfrute de los nicaragüenses e hispanoamericanos. Agradecemos a los hijos de Don Edelberto, y particularmente a Myrna, el habernos dado esta oportunidad, así como a los suscriptores de honor por haberse comprometido a apoyar este proyecto que no persigue beneficios económicos y permitirá, con su apoyo, la distribución gratuita de este extraordinario libro entre las bibliotecas públicas de todo el país.

Melvin Wallace Simpson
Enero 2010


PREFACIO

Esta octava edición póstuma, quizá la última, se publica con gran retraso según nuestros deseos y propósitos, dado a difíciles obstáculos que hubo que enfrentar y resolver. El presente libro que tendrán en sus manos y que seguro leerán con avidez, es el resultado del tesón de nuestros padres, quienes durante muchísimos años de su vida se dedicaron a la investigación en varios países de nuestro continente y de Europa. Papá dictaba, mamá, —Marta Rivas F—, mecanografiaba, ¡cuántas veces al día siguiente cambiada de opinión, surgían nuevas ideas!, ella presurosamente volvía a escribir; tomen en cuenta que fueron casi mil páginas y estas fueron hechas, quizá unas tres veces, ¡No existía la maravillosa computadora!

La presente edición contará, por primera vez, con notas explicativas las cuales serán de gran ayuda para investigadores y los que deseen conocer más a fondo la vida del Poeta.

Esta edición es el resultado de la cooperación de muchas personas en distintos países. En Costa Rica, el Dr. Macaya Trejos, Sebastián Vaquerano, doña Anita de Formoso; en Cuba, la Lic. Idalia Cabrera, el Lic. David Sandoval; en Nicaragua, para consultas, siempre el amigo Dr. Carlos Tünnermann B. y un reconocimiento muy especial al Dr. Melvin Wallace quien nos llenó de entusiasmo para que esta obra fuese publicada en la Editorial que el dirige con el fin que la vida de Rubén Darío, sea leída por el mayor número posible de personas en nuestro continente.

Como hijos del autor cumplimos lo que sin duda hubiese sido su propósito: ofrecer a las nuevas generaciones este texto del Darío que puso tan alto el nombre de Nicaragua, y de América latina entre la intelectualidad del mundo hispano y de su presencia imprescindible en la cultura universal.

Myrna Eligia Torres Rivas
Edelberto Torres Rivas

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DESCENDIENTES DE RUBÉN DARÍO

Rubén Darío Contreras, primogénito de Rubén Darío y Rafaela Contreras, nació en San José de Costa Rica el 12 de noviembre de 1891. Fue hombre distinguido en varias actividades artísticas y científicas. De la confusa y desordenada biografía escrita por José de Castre Cisneros con el título hiperbólico de Da Vinci Redivivo, entresacamos este puñado de datos: “Su educación fue procurada en los mejores centros que sus amorosos padres adoptivos eligieron para sus hijos y para él, a quien nunca discriminaron. Guatemala, Inglaterra, Alemania, Francia, España y Argentina son los países en que discurrió su vida académica con éxito lisonjero en todos los niveles. La música fue el terreno en que primero se reveló, y el piano el instrumento de expresión de su capacidad. Se puede asegurar que su vocación más profunda era la música, y por eso, como pianista alcanzó el nivel de la excelsitud.

Estaba dotado de múltiples disposiciones, y de ahí una avidez de saber y una entrega infatigable al estudio en todas las direcciones a que aquélla lo impulsaba. Estudió medicina, doctorándose; Ciencias Naturales, pintura y crítica de arte, que ejerció en Barcelona; se podía expresar en inglés, francés, alemán, italiano, catalán, y una lengua nórdica, —no sabemos si sueco o noruego y estudió ampliamente el griego y el latín—. El inglés lo dominó hasta escribirlo en prosa y en verso, por lo menos al nivel en que podía hacerlo en español. Trabajó como traductor y llegó a ser jefe de traductores en La Nación, de Buenos Aires. Allí estudió Derecho y dentro de la Medicina se especializó en Psiquiatría. Como médico estuvo en la lejana Patagonia y en varios países dictó después conferencias sobre su especialidad. Una huella de esta gira fue la fundación del Departamento de Psiquiatría en el Hospital de San Salvador, El Salvador”.

Darío Contreras tuvo también inclinación hacia las letras, y aunque no alcanzó jerarquía poética, ni llegó a la prosa artística, fue un trabajador con conciencia de lo que hacía. Los títulos principales, o los que tenemos, por gentileza de su cultísima hija Eloísa, son: Cerebros y Corazones (Editorial Nova, Bs. As 1948); La Amargura de la Patagonia (Editorial Nova, Bs. As. 1950); Edén Cuscatleco (Instituto Cultural argentino centroamericano, Bs. As. 1952); El manto de Ñangasasú. Novela (S.A.C.D.I.C. Editores, Bs. As. 1958); El sapo de oro. Novela (Editorial Guillermo Kraft, Bs. As. 1964); Argentina: Thou are ripe y también en español: Argentina, llega tu hora. Prosa y verso (Managua, Nicaragua, 1969).

El presidente de Nicaragua, Emiliano Chamorro, lo incorporó al servicio exterior, empezando con un cargo en la Legación de Nicaragua en Buenos Aires; pronto llegó a ser ministro, y bajo gobiernos posteriores fue embajador en Inglaterra y Venezuela. ¡Fue un acierto de justicia póstuma que se cumplieran en el hijo los deberes para con el padre, quien solo los recibió en forma apenas menos que infamante!

Rubén Darío Contreras casó en Buenos Aires con la bella señorita Eloísa Basualdo, con quien hubo tres hijos: Eloísa, Stella y Rubén. Las dos hijas son pintoras distinguidas y ejercen la docencia de su arte; ambas son casadas y con descendencia que prolonga en alguna medida la herencia intelectual del egregio bisabuelo.

El hijo varón, Rubén Darío Basualdo, hoy Rubén Darío III, por ingenua disposición de aspirantía dinástica, exhibe, como su padre, diversas aptitudes. Fue cadete de infantería en su ciudad natal, Buenos Aires; aquí se graduó en Derecho, y es especialista en Derecho aéreo; tiene afición al dibujo y últimamente se ha dedicado a la Hipnosis. Su excentricidad más centrífuga de la gloria de Rubén Darío es la empecinada tarea de condenar la unión de este con Francisca Sánchez. Sobre este asunto ha publicado Las tres mujeres de Rubén Darío (Ediciones Grafarte, Caracas. s/f). Tres mujeres en la vida de Rubén Darío (Minor Nova Bs. As. 1966); Rubén Darío y los mercaderes del templo (Edit. Nova. Bs. As. 1967) y, Los detractores de Rubén Darío (Editorial Cultura, México, D. F. 1967). El afán de enfangar la imagen del abuelo lo ha llevado en este último libro a publicar el texto del juicio, que mal aconsejado aquél, entabló en León por sus derechos testamentarios que le hicieron creer que se los disputaba su madre.

Se nos asegura que Darío III ha publicado libros en verso con los títulos de Brumas y Luces, Salutación a la primavera y Tránsito del recuerdo.

En Nicaragua casó con la señorita Marta Lacayo con quien ha procreado varios hijos: Marta, Stella, Carla y Rubén quien igual que su abuelo y que su padre ha sido diplomático nicaragüense.

II

Rubén Darío Sánchez, hijo de Rubén Darío y Francisca Sánchez, nació en París el 2 de octubre de 1907 y falleció en México, el 22 de julio de 1948. Empezó los estudios primarios en París y los terminó en Madrid donde también cursó la enseñanza media que no terminó. Estuvo en Nicaragua con su madre y su padrastro José Villacastín en busca de originales e impresos de su padre. La cosecha de escritos en prosa y verso fue óptima y sirvieron para organizar varios volúmenes de las Obras completas, dirigidas por Andrés González Blanco y Alberto Ghiraldo. (Véase bibliografía activa de Rubén Darío).

Darío Sánchez tuvo un hijo con su hermanastra Juana Villacastín, hija de José Villacastín. Ese hijo lleva el nombre de Rubén Darío Villacastín, es casado y tiene dos hijos: Maricruz y Rubén y es este el cuarto Rubén Darío por esta línea.

Rubén Darío Sánchez contrajo matrimonio en León de Nicaragua con la señorita Cecilia Salgado y sus hijos son; Argentina, Salvador y Rubén. Argentina fue esposa del escritor Ildo Sol (Ildefonso Solórzano) y procrearon un hijo: Ildefonso.

Darío Sánchez no tuvo ninguna disposición intelectual de relieve, fue hombre sencillo, honrado y bueno que apenas tuvo ligero roce con la cultura académica y con la militar en el servicio obligatorio como súbdito español. En su persona lo que revelaba ser hijo de quien fue era la tez, el timbre de la voz y el habla lenta. Las circunstancias de su adolescencia y juventud no fueron favorables a una formación profesional. No faltaron iniciativas en su favor, pero no tuvieron eco: ninguna medida oficial o privada las tradujo en acción. Enfermo de tuberculosis gozó de una pensión durante el gobierno nicaragüense de Anastasio Somoza García; luego se trasladó a México y allá falleció. Sus hijos no han gozado de apoyo oficial para su educación, y se dio el caso inverosímil de que la Comisión del centenario del nacimiento de Rubén Darío los ignorara por completo viviendo en Managua. Rubén Darío Sánchez Salgado apenas oyó el rumor de que en Nicaragua se celebraban numerosos actos en memoria de quien fue causa de que se llamara también Rubén Darío.

Por lo apuntado se sabe que actualmente viven en Managua Rubén Darío Basualdo, su hijo Rubén Darío Lacayo y Rubén Darío Sánchez Salgado; y en España Rubén Darío Villacastín y su hijo Rubén Darío.

14.2.17

Anastasio Somoza García: Un dictador made in USA

Síntesis


Este estudio echa una mirada escrutadora a los eventos ocurridos en torno al ascenso de Anastasio Somoza García al poder. Busca comprender la dinámica operativa de la sociedad nicaragüense que hizo posible este acontecimiento. Se enfoca en cómo Anastasio Somoza García utiliza a los Estados Unidos para conseguir sus objetivos y apoderarse del poder en vez del cómo los Estados Unidos sean quienes lo usen a él.

El estudio también examina el comportamiento de la élite política de ese período que incluía —y no se limitaba a— los usos de los vínculos familiares, el mecenazgo político y el nepotismo, y el uso del Estado como patrimonio familiar.

Los años en que Somoza sube al poder son examinados en el contexto de las políticas de esa época. Estas políticas incluyen el comportamiento de los dictadores en América Central, así como las reacciones de las naciones centroamericanas en lo referente a la toma del poder por los dictadores vecinos.

El comportamiento de los Somoza reflejaba una doble moral que jugó un papel importante en el ilegal ascenso de Somoza García al poder.

Este trabajo tiene como argumento central que Somoza manipuló a los hacedores de la política exterior de los Estados Unidos o a sus representantes en Nicaragua, hasta tal punto que antes no habría podido ser creído o reconocido.

Somoza fue extraordinario para jugar bien las cartas de los Estados Unidos. Su constante tête-à-tête con el Ministro de la legión americana dio la impresión que toda actuación suya tenía el visto bueno de los Estados Unidos. Somoza dio tal impresión de diferentes maneras, en su trato con otros políticos o en sus pronunciamientos públicos.

Cualquier negativa de la Legación Americana fue siempre blanda o escrita de tal forma que el pueblo nicaragüense nunca lo tomó en serio. Tal vez las diferencias culturales explican como el pueblo nicaragüense interpretaba cualquier expresión de la Legación Americana respecto a Somoza.

Indiscutiblemente, Somoza se aprovechó de cualquier situación ambigua presente en las políticas de los Estados Unidos. Nadie antes que Somoza García había jugado con las cartas americanas tan bien y exitosamente como él.

La manipulación tan astuta de Somoza de la Guardia Nacional es examinada en grandes detalles. El acostumbraba a ayudar de manera efectiva para organizar nacional y departamentalmente a los comités locales que apoyaban su candidatura presidencial. Los retos más serios al liderazgo de Anastasio Somoza García, también son acá examinados de manera exhaustiva.

Prólogo

Cuando terminé de leer el libro que hoy ustedes tienen en sus manos, se vinieron a mi mente muchas ideas que quiero compartir.
En primer lugar, había terminado de leer un libro que no habla solamente del poder omnímodo de un Somoza padre, que tuvo tanto impacto en la historia del siglo XX en Nicaragua: como funcionario público de tercera, jefe político, diplomático, general de división, político o Presidente de la República por 16 años. Sino también como manipulador sagaz de las incomprensiones, desatinos, e imprudencias de una política exterior norteamericana hacia Latinoamérica variopinta de monroísmo, wilsonianismo y roosvelismo.
Este es el libro de un Somoza que no sólo manipuló sino que usufructuó y manejó bien y mal los hilos del poder: con destreza para unos, y maldad para otros.
Se recoge un episodio paradigmático de la vida política de Nicaragua, como gesta, y a veces como acto circense. El poder político se vuelve número mágico, porque los que le ven, se aturden y anonadan al presenciar como el mago, hace trucos oscuros que a todos deja perplejos, mientras les roba la libertad y la dignidad.
Hay dos Anastasio Somoza García: el uno que crece en sus obsesiones por el poder, y el otro que se diluye en sus desmanes contra sus propios compatriotas nicaragüenses.
¿Es este el modelo al azar de todos los dictadores o necesitan los hacedores del mal urdir bien los tiempos para que coincidan uno a uno los zarpazos a la ley, al respeto humano y a la voluntad mayoritaria?
¿Son castas las manos de los sastres de elite que fabrican los trajes de los caudillos que se multiplican en el espejo real de nuestros tiempos?
No es sólo una obra biográfica de un poderoso que engendra una dinastía. Es también la historia de un pueblo sin poder que, a veces, alienta y consiente que los poderosos hagan sus propias dinastías. Es un tratado sobre el poder, de los muchos Somoza de tamaños distintos que ha habido en la historia de Nicaragua. Y cuyos nombres varían o se repiten, pero giran todos como en un carrusel del pasado que nos dicta y aturde con su marcación cíclica.
No es justo decir que la historia se repite. Los correcto es afirmar que la historia la repetimos.
No es una obra que verse sobre una época histórica; es más bien una época llena de obras políticas que desnudan todas las atribuciones humanas de todos los tiempos: es cuasi literatura histórica o cronología política deformada. ¿Es también una obra que recoge hechos desprendidos de un escenario teatral?
Es la tragedia de los que luchan por el poder y en la que el juego perfecto se sostiene por la traición, la vanidad y el egoísmo, como los tres pilares fundamentales de la más descarnada verdad humana y los cálculos políticos. ¿O hay otra posibilidad histórica en otros tiempos y en otros lugares?
Y aunque es una disertación histórica, tiene ribetes y esencias de tratado de temas internacionales. Mientras Somoza se arrimaba al alero del poder, en los Estados Unidos campeaba la inseguridad social, la corrupción, y la primera gran crisis financiera moderna daba sus primeros pasos. Y los países vecinos se salpicaban de sus maniobras y sus argucias mientras veían cómo se mostraban éstas muy complacidas elites o, más bien, castas políticas de débiles principios éticos.
En esa época ya habían desfilado personajes repetibles, con nombres que nos pueden parecer controversiales, desagradables o simpáticos—como Sacasa, Chamorro, Díaz o Moncada—si los quisiéramos ver a la luz de los antagonismos y los sentimientos humanos. Es la repetición en nuestras coordenadas de personajes que alguna vez tuvieron tanto poder —o algunos sólo lo acecharon o anhelaron tanto— y de otros que lo ejercieron con sagacidad, maestría o vileza. Aquí hay un poco de los Richelieu, los Chardin, los Mazzarino, los Medici, pero con tizne de cacao y achiote, en toda la gama de cortesanos que va y viene por los pasillos de la historia con sus zapatillas afiladas y sus pequeñas almas envinagradas de envidia y falso patriotismo.
Es un libro que habla a ratos de las voces interiores de un país pequeño, y visto con paciencia y arrogancia por ojos más pálidos y fríos, pero no menos turbios que aquellos a quienes apunta, denigra o atisba de sus escritorios en el Departamento de Estado.
Es un aleccionador texto que recoge episodios de unos pocos años en los que se gestaba una república de vericuetos conservadores y liberales, unos cuantos pactos, muchas frustradas revoluciones, altisonantes golpes de estado; improvisadas y diz-que legítimas juntas de gobierno; infantes de marina de todos los estados y de todas las repúblicas vecinas que maldicen al país pero compiten en él por el oro, el poder y la gloria, como en una novela más al Sur, de Graham Greene.
Entre todos los libros de historia de la Nicaragua fogosa y salobre, esta obra se destaca porque recoge con mucha exactitud y precisión las opiniones y observaciones de tantos actores u observadores que vieron como aquí se intercalaban dramas y comedias. Todo se apuntaba en Washington, México, San José o Guatemala, en cuadernos zurcidos en sus lomos, y que con plumas de negra tinta apuntaban y guardaban nuestros azares y torpezas.
Y la figura de Anastasio Somoza García despunta desde su juventud—que sin querer se había iniciado en el baile al igual que su muerte lo encontró en este— marcado, a lo largo de toda su vida, por la suerte y la astucia. Maquiavelo hablaba de virtùy opportunità, como los dos grandes rectores de un plano cartesiano que él supo aprovechar para la política. Parece un mito que quedó plantado para repetirse: vivir entre muchos caudillos y pocos bienhechores, Robin Hoods que huyen por los países vecinos y luego intentan volver con expediciones revolucionarias, y coups-d’états que fracasan, patriotas que van a la cárcel cuando son menos afortunados; o mueren cuando más suerte tienen. Otros fruncen sus destinos al entintar sus nombres en lodos y cloacas.
Por momentos aparece la figura de Sandino, empequeñecida a veces por sus pocas destrezas sociales y su marcada ingenuidad política; engrandecido, en otras, por su valentía y dignidad para enfrentar a los soldados de ojos grises, y por su repudio a las tiranías y los regímenes que coartan la libertad.
Este libro del Doctor Ternot Mc Renato recoge con rigor científico social esas dos virtudes que Rubén Darío veía como cualidades indispensables en todo historiador de buena fibra: fidelidad y exactitud.
El profesor Mc Renato no intenta dar opiniones propias con sentimentalismo sesgado; sino hilvanar los hechos para después inferir los ritmos del pasado y poder comprender mejor las vivencias del presente, y atreverse luego —cada quien— a prever las eventualidades del futuro. Es un trabajo que él inicia, y que cada uno de nosotros debe completar para sí y para todos.
Todo el que se atreva a leer y saborear este libro, se dará cuenta que saltará de él con una nueva visión, una nueva perspectiva, no únicamente de los Somoza, ni de un período de la historia de Nicaragua, sino convencido que nosotros hemos sido parte de este tejido que se urde y desurde desde hace tanto tiempo y que nadie lo puede hilvanar en un gran lienzo que no se pueda deshacer jamás.
Este libro del Doctor MacRenato es una obra completa en cuanto a rigurosidad científica: precisa y aguda a la vez. Incluso, en la parte en que describe a Somoza García y a Sandino, tiene trazos novelescos, lo que le genera un aura de encanto y misterio. El relato del encuentro de Doña Salvadora con su pretendiente en el Hospital de Filadelfia, me parece magistral.
Tampoco el autor pretende prejuiciarse, ni ser sentencioso, ni moralista, sino ver los hechos tal como son: a la luz de la verdad y la pureza, en la que el cristal del tiempo no juega un papel de árbitro sino de guía. El mérito del autor es proyectar los eventos como brújulas en la historia de Nicaragua, con ética y análisis inteligente, y con un sabor humanístico, que nunca pierde rigor u objetividad.
Esa es la misión noble del historiador. Nuestro papel es ser testigo de aquellos que atestiguan, como el Heródoto que hay en cada uno de nosotros, como el cómplice, y el bienhechor, como el indiferente y el idealista que hay en cada uno de los que sabemos que el tiempo se dobla hacia todos lados.
Desde cualquier ángulo podemos ver el universo. Porque la historia es el ADN colectivo, el instante que se repite o la esperanza que se anuncia.


Orlando López-Selva (MSc)
Profesor de Política Exterior y Relaciones Internacionales
Universidad Americana (UAM)- Masaya, Nicaragua, mayo de 2012

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