20.11.17

Éramos cuatro

CONTRAPORTADA
Adolfo Calero Orozo (1889-1980), uno de los primeros maestros normalistas egresados de la institución que para esos fines establecieron en Nicaragua los hermanos cristianos de La Salle a inicios del siglo XX. Humanistas y creador literario, incursionando en casi todos los géneros: prosa narrativa, crónica, poesía lírica y teatro. En este último –teatro– consignamos las siguientes: La falda pantalón, Fechas en blanco (sainete), La viudita (monólogo), y El entierro de Juan García (tragedia nicaragüense en un acto), que reunió en un solo tomo titulado 4 obras de teatro (1972). Sus primeros cuentos aparecieron publicados en Recortes varios (1926), que incluía verso y prosa y después publicaría diversos cuetos reunidos en varios tomos, entre ellos Cuentos Pinoleros, Cuentos nicaragüenses, Cuentos de aquí nomás y otros. La obra narrativa que lo consagra como escritor es la novela Sangre Santa. Éramos cuatro, que hoy publicamos, es una especie de biografía y narrativa de la época, conteniendo en su desarrollo un canto ético a la bondad, amistad y solidaridad. En la misma se narra vivamente la importancia de la formación y de valores los cuales no son patrimonio de una determinada clase social, ni edad, ni formación, sino que su universalidad lo hacen garante de lo humano en las civilizaciones. Su estilo es cuidadoso y creativo. Maneja el suspenso y las moralejas oportunas.

-----------


El Autor se presenta:
Brocha gorda

Valgan estos renglones a modo de pintura 
trazada a brocha gorda de mi humana envoltura:

un sujeto corriente, por común y cabal,
de los que van y vienen sin nada de especial;

antes alto que bajo, la contextura bien,
el pelo muy escaso, muy canoso también;

rostro amistoso, tez harta de viento y sol
con un si-es-si-es indígena y un si-es-no-es español;

la frente amplia y erguida, siempre en alto, eso sí, 
y tengo por sabido que dice bien de mí;

es tesoro de pobres ese tipo de orgullo,
vana gloria de humildes contentos con lo suyo;

ojos cafés, pequeños, observadores y 
muy aptos al reflejo de lo que pase en mí;

nariz en su lugar, ni pródiga ni avara; 
una nariz cualquiera propia para mi cara;

boca grande y golosa de abuelos niquiranos, 
—tan golosa que sobra gula para iris manos; 
barbilla con hoyuelo, partida en la mitad, 
—cuando mozo el hoyuelo fue mi debilidad 
y hubo tiempos en que tusa jovial amiga mía 
convirtiera el hoyuelo en ávida alcancía 
donde guardar sus besos con amante porfía, 
(amigos, perdonadme que esté solo y me ría),
para volver por ellos, con los saldos en blanco, 
quien libra cheques contra su propio banco; 
y dos pobres orejas que oyen, quieran o no,
igual si habla el discreto que sí el necio sonó.

Para seguir pintando con un trozo más fiel 
he de tirar la brocha y coger un pincel:
creo en Dios y en la Virgen, en los ángeles y en 
la Bienaventuranza como supremo bien;
creo en liras, paletas, cinceles y laúdes;
creo en las dos Españas de preclaras virtudes; 
tengo fe en Don Quijote, en las Eulalias y en 
los cisnes enigmáticos que tanto amó Rubén; 
creo en el firmamento y el sol y las estrellas, 
en las aves, las flores y las mujeres bellas; 
creo en los huracanes, en el fuego, en el agua, 
y sueño en el futuro feliz de Nicaragua;

con respecto a mis años, vencidos los cincuenta 
decidí que era tiempo de no llevar más cuenta; 
podría decir de ellos que son carga ligera,
que su mayor estrago me lo han hecho por fuera 
y que han sido benignos, y tan benignos son
que me hirieron el hígado, pero no el corazón: 
todavía me encienden ilusiones y ensueños
y todavía espero mañanas halagüeños;

la vida me ha brindado múltiples regocijos;
mis abuelos, mis padres, mis hermanas, mis hijos, 
amigos generosos, rumbos por cielo y mar, 
ocasión de codeo con ínclitas figuras
y horas inolvidables de vinos y locuras 
entre poetas y ...herejas, ahijadas del azar;

el Amor —con mayúscula—, también vivió a mi vera; 
ella fue dulce y buena, mujer y compañera,
con destellos de estrellas, con perfume de rosas, 
espejo de virtudes y dechado de esposas;
de tan linda y tan blanca su tránsito fue breve: 
se evaporó temprano, cual tul copo de nieve.

Y al llegar al recuerdo que yo más reverencio, 
punto final: mi canto se asila en el silencio.


[Tomado de “Correrías Líricas”, Edit. Tradición
México, D.F., 1974]

ÉRAMOS CUATRO...

Nosotros

Éramos cuatro. Cuatro jóvenes maestros de escuela, todos animosos, honestos, bienintencionados para con nuestros alumnos y más o menos conscientes de la elevación y nobleza de nuestra misión y de que en nuestras manos teníamos el futuro de muchos hombres, de muchas familias, de la patria misma en parte.
Alfredo Báez tendría unos veinte años, era segoviano, daba clases en una escuela de religiosos y vivía solo en el nuevo Barrio Marcial de Managua, en un cuarto de alquiler; comía en una pensión donde pagaba seis córdobas mensuales, de los dieciocho que eran su sueldo. Tenía aficiones musicales y buena voz para el canto, su instrumento predilecto era la guitarra y decía que desde muy niño había empezado a rascarla porque le venía de casta ser músico y tener buen oído, por línea materna. Su familia era muy pobre, tenía papá y mamá, dos tíos que vivían en Managua y varias hermanas mujeres, de las cuales la mayor era Directora de la escuelita de su pueblo, allá en Palacagüina. Su fisonomía era agradable, su conversación interesante aun cuando generalmente discurría sobre asuntos frívolos. Reconocidamente afortunado con las mujeres, le faltaban dedos en las manos para contar las que manifiestamente hacían de su parte todo lo posible para ganarse su preferencia y esto nos constaba a todos los otros tres, como que en más de una ocasión vimos a algunas de ellas hasta pasar por la acera de la casa en que él vivía, así, como por casualidad, pero echando hacia el interior de su pieza una inquisidora mirada. 
Otra cosa que Alfredo tenía, casi siempre, eran apuros de dinero, circunstancia ésta que le había permitido desarrollar una sorprendente facilidad para salir de ellos.
Elías Ruiz era de Nancimí, Rivas, de natural un tanto taciturno y amante del silencio; tenía veintidós años, trabajaba en una escuela municipal por dieciséis córdobas al mes y vivía en el mismo local; ganaba unos pesos más, ocasionalmente, haciendo de amanuense con un abogado rivense que le daba preferencia precisamente por eso, porque eran un tanto paisanos, y también porque Elías nunca le reclamaba más dinero del que su paisano picapleitos quería buenamente reconocerle por el trabajo que hacía. Dónde comía Elías fue cosa que nosotros, sus compañeros, nunca pudimos saberlo a ciencia cierta, pues su falta de elocuencia y cierta tendencia a la hurañía lo mantenía expuesto a que las comideras o casas de huéspedes lo despidieran al menor asomo de rezago en sus pagos, y como tales rezagos eran cosa frecuente tratándose de escuelas municipales, Elías iba y venía de la mesa de una hostería a la de otra, o a alguna de las nuestras, porque teníamos sabido que si él se presentaba en mi casa o donde Toño a eso de las doce y media del día, había que ofrecerle un tentempié, aunque él asegurara que ya había almorzado, porque era muy probable que algún nuevo rezago de la Tesorería Municipal había ocasionado un nuevo despido del último comedero; y Elías alguna vez había declarado ya, en forma muy confidencial, que él podía pasarse un día y aún varios, sin desayunarse, o sin la comida de la noche, pero que la falta del meridiano almuerzo le ocasionaba fuertes dolores de cabeza y una penosa angustia que se prolongaba por horas y horas. Muy poco hablaba él de su gente o de su pueblo o de su infancia. Su devoción principal era los libros y se preciaba de haber devuelto siempre a sus dueños todos los que le habían dado prestados. Otra cosa que Elías tenía era cierta propensión a la tuberculosis, como podía verse por su pecho mal desarrollado, sus espaldas de niño, la conformación nudosa de los dedos de sus manos y una cierta expresión de profundidad húmeda en sus ojos, enmarcados por ojeras azuladas de características muy variables.
El tercero del cuarteto era Antonio Parrales, alias Toño; sin esfuerzo confesaba ser “el más bruto de los cuatro” pero era también el más gordo y el más feliz, porque casi nunca tenía problemas que resolver y cuando alguno se presentaba él lo daba por resuelto con volverle las espaldas dejando que las cosas siguieran su curso por ellas mismas. Sus padres eran finqueros caraceños y mensualmente le remesaban algún dinero más provisiones variadas y abundantes; vivía en casa de unas tías donde no pagaba nada por la manutención ni por el cuido de sus ropas y ahí mismo había una hija de casa que se desvivía por adivinar a Toño el pensamiento para complacerlo, a pesar de que no siempre los pensamientos de Toño fueron castos, según eventualmente quedó comprobado. En relación con esta devoción de la muchacha, Toño contaba cosas que lo hacían reír a uno, pero después lo dejaban compadeciéndola a ella o envidiándolo a él.
Y yo, managüense, que tenía a mi cargo el segundo grado de primaria en la misma escuela del gobierno en que Toño corría con el primero. Mis años en aquellos días, cuando la asociación de nosotros cuatro empezó a ser frecuente, eran veinte, pero yo creía entonces que mi buen juicio y mi experiencia me daban derecho a tenerme por más viejo. Ahora prefiero pensar lo contrario: que estoy más joven de lo que indican las altas cifras de mis años.
Como Toño y yo veníamos de distintos colegios, no nos conocimos hasta que llegamos a la escuela donde ambos trabajaríamos. Recuerdo que fue durante el primer recreo del primer día de clases; estábamos ambos en las gradas de la puerta que daba al patio más grande del modesto edificio. Me acerqué un poco a él:
— ¿Usted es don Antonio Parrales?
— Yo soy Antonio Parrales, contestó él tendiéndome su mano y sonriente agregó: —¿Usted es don Ricardo Solís?
— Ricardo Solís, servidor, —dije yo estrechándosela y tratando de corresponder su cordial actitud.
— ¿Usted viene de la Normal de aquí?
— De allí vengo, soy lasallista, pero me gradué hace dos años. Este será mi tercer año de servicio. Acabo de bachillerarme... También en el Pedagógico.
— ¿En esta misma escuela trabajó esos dos años?
— En esta misma, ¿y usted?
— Yo me bachilleré en el Central, en febrero pasado. Estoy empezando a enseñar. Creo que me va a gustar, aunque no soy maestro graduado.
— Ojalá le guste. Es pesadito; es duro, pero tiene sus compensaciones. Con mis treinta y cinco muchachos de este año, yo he tenido ya ciento veintitrés alumnos. El primer año trabajé en el Infantil. A cuarenta y cuatro niños les enseñé a deletrear y a trazar sus primeros garabatos. Es bonito, ¿verdad?
Bonito. A nosotros nos dieron también un cursito de Pedagogía y me gustó mucho. Vale la pena hacer algo. La cosa son los sueldos, amigo. El que sólo cuenta con su sueldo se muere de hambre. Otra cosa, eso de andar uno echando carreras y suplicando que lo nombren es una humillación.
Es que los graduados del Pedagógico tenemos contrato con el Gobierno: obligación de servir cuatro años en el magisterio gozando un modesto sobresueldo. Con eso uno tiene su nombramiento seguro; para lo que hay que moverse es para que lo pongan a uno en una escuela regularcita. A mí esta me ha gustado. Después del primer año de servicio, el director ha seguido pidiendo que me nombren aquí.
Yo no tuve necesidad de intrigar. Mi papá es amigo del Presidente, es caudillo de La Conquista y manda en toda la comarca donde tiene su propiedad. Las elecciones se hacen en mi casa; él es el presidente del club del partido; él pone al juez de mesta.
Eso está colosal, pues.
Pero mi papá no tiene ningún empleo ni pide nada para él.
A mí me consiguió esto para que no viva de vago en Managua, porque yo no quiero irme al monte todavía. Más bien quiero irme afuera: a España, a los Estados Unidos, aunque sea a Guatemala, pero el viejo todavía no quiere. — Eso cuesta mucho dinero.
Mi papá no deja de tener sus centavos. Yo estoy de maestro por lo que le digo...
Nos interrumpió la campana de la escuela que marcaba el fin del recreo.
El maestro Parrales fue a situarse frente a la fila de sus muchachos y yo frente a la de los míos.
El primer día de clases fue como todos los primeros días de todos los años en todas las escuelas, esto es que prácticamente no hubo clases. Por mi parte me limité a pedir sus nombres a un número de muchachos nuevos, que si bien los tenía yo en mi lista no los había identificado y les estuve haciendo preguntas; en realidad con cada uno de ellos conversé breves minutos, inquiriendo de qué barrio venían, cómo se llamaban sus padres y qué oficio tenían, etc. Conversaciones de esta índole les gustan mucho a los niños, porque —grandes o chicos—, a todos nos agrada encontramos con alguien que demuestre interés por nuestra familia. La experiencia de mis dos años docentes ya ejercidos me indicaba la conveniencia de tratar de establecer siquiera este tipo de contacto entre la escuela y la casa del educando; también me ha enseñado que nada le gusta tanto a un niño como recibir del maestro el encargo de saludar a sus papás, especialmente cuando se ha portado muy bien.
Cuando faltaban unos veinte minutos para el fin de la sesión de la mañana llegó el Señor Director y repitió la plática que había venido dictando en cada grado: que esperaba que todos los niños se portaran bien y estudiaran con diligencia, que tenían un buen maestro, que él gozaba mucho cuando los niños llegaban a la escuela limpios y puntuales, etc.
A la hora de salir, Antonio Parrales, el nuevo maestro y yo, marchamos juntos por unas tantas cuadras. Le habían hecho buena impresión sus alumnos al joven bachiller y parecía dispuesto a hacer por ellos cuanto mejor pudiera. Yo lo animé en estos propósitos recurriendo a algunas citas de los textos pedagógicos que aún recordaba y haciéndole ver que si bien la profesión era dura y desdeñada, había que considerar que los niños alumnos nuestros no tenían la culpa de que nosotros fuéramos pobres y pobremente remunerados. Cuando dije que éramos pobres él me miró como diciendo “yo no”.



Marta
Para llegar a mi casa, desde la escuela, yo podía hacer el camino casi por calle recta, pero tenía la costumbre, invariablemente, de hacer un rodeo a la manzana, en llegando a cierta esquina, para pasar diciendo adiós en casa de Marta; a veces sólo decía adiós, pero había ocasiones en que ella estaba a la puerta y yo me detenía unos minutos a saludarla y a charlar sobre cualquier cosa; realmente siempre tenía algo que decirle por más que con relativa frecuencia la veía también por las noches.
Este primer día de clases del año lectivo tenía especiales deseos de ver a mi amiga para contarle mis impresiones; ella misma, la noche anterior al despedirnos me había dicho: 
— “Mañana pasas para que me cuentes cómo te reciban tus nuevos alumnos”. Así que al llegar a la sabida esquina, me despedí de Toño.
— “¿Por aquí vive usted?”, me preguntó. — “Yo vivo más adelante, pero por aquí paso...” —le contesté. Él me miró, comprendió y me repuso: — “Algún día me la va a presentar”... Por toda contestación le hice con la mano derecha una señal que quería decir: — “Para eso hay que esperar un poco”. Con un cordial hasta luego cada uno siguió su propio camino.
Marta estaba a la puerta.
— ¿Qué tal, maestro? ¿Cómo le gustaron sus nuevos discípulos?
— Bien, muy bien. Muchos de ellos eran conocidos míos, que vienen conmigo desde el Infantil. Y tú, ¿qué tal? — Pues aquí, todavía en veremos.
— ¿No te trajeron el nombramiento?
— Todavía no.
— ¿Quieres que yo vaya donde el oficial mayor del ministerio?
— Esperemos mejor a mi papá. ¿No entras? Él tenía pensado telefonearle de su oficina, y si ya estaba listo el nombramiento pasar a recogerlo a las doce. Como el tribunal queda a un paso del ministerio...
— Es verdad, y ya son casi las once y media.
Entré y estuve con Marta en la salita, esperando la llegada de don Félix, su padre, empleado de consideración en el Tribunal
Supremo de Cuentas, viudo desde hacía unos cuatro años y ejemplarmente dedicado al cuidado de sus hijitas, que eran dos.
Como era usual, siempre que estaba con Marta los minutos se me escurrían como el agua del río bajo el puente y conversando de esto y de aquello el rato pronto pasó y don Félix llegó.
¿A qué horas habían sonado las doce que no las oímos?
Especialmente cariñoso, don Félix saludó a su hija con un beso en la frente y le extendió el papel del nombramiento. A mí me estrechó la mano, diciendo: — “Ay, amigo... Pero ya está”.
Segura, pues, de que iba a trabajar este año escolar, el segundo de su carrera, Marta leía y releía su nombramiento con regocijo. Por fin dijo:
— ¡Gracias a Dios! Donde yo quería: en la Graduada Número 2, con la niña Filomena de directora. Primer Grado.
Yo le di la mano: —Señorita profesora, mis felicitaciones. Don Félix le dijo: —Esta tarde tienes que ir a tomar posesión. Pasas por el Tribunal para acompañarte yo a la Jefatura. —¿Para qué voy a pasar?, —contestó Marta. Mejor nos vamos juntos a las tres para la jefatura, tomo posesión y después tú te vas al Tribunal y yo me vuelvo a casa.
Enseguida el señor se fue hacia adentro y nos dejó en la salita. Como en la casa se servía el almuerzo a la llegada de don Félix, yo me despedí sin demora.
— ¿Paso a la noche, para que me cuentes qué tal te vaya en la Jefatura?
— Bueno, te espero.
— ¿A las ocho?
— Mejor a las siete y media. Hay luna y tal vez podamos salir a dar una vueltecita.
Todavía un poco antes de las siete y media llegué a la esquina inmediata a la casa de Marta. Para esperar la hora convenida me detuve allí, saludando de paso a doña Bernarda, una señora viuda, vecina y amiga de mi amiguita y en cuya casa yo era bien recibido y hasta tratado con cierta familiaridad que dispensaba algunas formalidades de cortesía, como cuando me dejaban solo en la sala por largos ratos, considerando quizás que mis visitas eran casi siempre un recurso para esperar a Marta al venir ella de su trabajo, o una estación que yo hacía —o una asomadita al espejo—, antes de pasar a su casa. Al sonar la media que esperaba me encaminé a casa de Marta.
Todo había estado muy bien en la Jefatura. Marta había tomado posesión de su cargo y desde ese día su sueldo empezaba consiguientemente a correr. Ella me preguntó:
— ¿Y por qué lo hacen jurar a uno para darle posesión?
— Cosas de la ley; me figuro. Uno tiene que prometer cumplir con la Constitución, servir a la patria.
— Pero el Jefe Político sólo firma. Uno jura y él no dice nada. Es que él representa a la patria.
— ¿Y eso qué tiene que ver?
— Pues... como a la patria sólo le toca esperar.
El Parque Central
Momentos después íbamos camino del Parque Central, Marta, su hermanita Carlotita y yo. Como de costumbre, don Félix nos había despedido con la advertencia de que a las nueve debíamos estar de regreso.
Era noche de concierto y en el Parque Central había mucha gente paseando por las callecitas enarenadas o sentada en los escaños, escuchando la música. Nos fuimos también nosotros a recorrer las callecitas, saludando aquí y allá las caras conocidas. Marta se detuvo por minutos en dos o tres ocasiones con amigas o compañeras de ella que le preguntaban si ya estaba nombrada y en qué escuela iba a trabajar; tras la breve charla y consiguiente felicitación seguíamos nuestro andar, a pasos lentos, sin rumbo sabido, oyendo —sin escuchar—, la música del concierto, contentos de ir el uno junto al otro, con tanto que decirnos y sin prisa de empezar a comunicamos. Al pasar bajo los emparrados de la Calle de los Besos, inadvertidamente nos cogíamos las manos.
Esta sensación de alivio y descanso, característica de los paseos de la temprana noche de la gente sencilla y frugal, humilde y contenta con lo que tiene, de la clase que da los maestros, los oficinistas, los artesanos, los funcionarios modestos, conformes con ganarse buenamente su vida, me ha parecido a mí que es única y que no la gozan las gentes prominentes, acaudaladas o martirizadas por el acicate de un apetito de encumbramiento a las riquezas, al poder o a las altas capas de la sociedad elegante y luminosa; estos simples mortales —como don Félix, como Marta, como yo—, que hacemos el grueso en las procesiones, la concurrencia en los parques públicos, el desfile diario por las calles, pareciera que vivimos nuestra existencia de doce horas en doce horas, y por eso, cuando la noche cae, nos viene la impresión de que ese día ganamos la batalla y sin advertirlo nos sentimos de triunfo, satisfechos de que, también hoy, las doce horas activas que nos tocaba vivir pasaron bien; y con la noción de que mañana será otro día y otra pequeña lucha cuyos azares no tienen por qué empezar a inquietarnos desde la víspera.
En el parque estaban también mis amigos Alfredo, Toño y Elías; andaban juntos, sin otra compañía. Claramente vi que Toño Parrales preguntaba a los otros quién era la señorita que iba conmigo. No sabía que Elías y Alfredo se conocían con Toño, pues nunca los oí hablar de él ni fueron antes compañeros de colegio.
Marta me preguntó:
— ¿Con quién van los muchachos?
Es Antonio Parrales, —le contesté—, mi nuevo compañero de trabajo, bachiller del Central. Este mediodía, cuando le dije adiós para ir a pasar por tu casa, me dijo que quería conocerte.
— ¿Le habías hablado de mí?
— ¿Yo? Ni una palabra. Si acabábamos de conocernos y solamente habíamos hablado de Pedagogía.
— Ah... tú y tu Pedagogía...
Hallamos espacio en uno de los escaños y tomamos asiento por un rato.
— ¿Sabes, le dije a Marta, que con esta iluminación del parque no se goza de la luna?...
— Cierto. Ni siquiera se sabe que hay luna.
— ¿Quieres que caminemos un rato por la carrilera, aquí no más, cerquita?
Marta se volvió a su hermanita.
— ¿Vamos a la carrilera, Carlotita, un ratito no más?
— Bueno, vamos, contestó ella, y agregó: —Pero acuérdense de lo delicado que es mi papá. Tenemos que volver a las nueve, o antes.
Yo le aseguré que a las nueve estaríamos en casa y los tres nos marchamos bajando por la rampa que todavía se llamaba del Principal. Allí fuimos y volvimos a ir junto a la vía férrea, frente al lago, andando y desandando un corto trecho, acariciados por la fresca brisa que jugueteaba con los rizos de Carlotita y comprometía los artificios del peinado de Marta. El paisaje nocturno del Xolotlán, frente a Managua, es una maravilla; tan contiguo a la ciudad calurosa y embullada y sin embargo tan apacible y rumorosa. La luna recorta en una silueta oscura el dentado lomo del dragón que es Chiltepe, bestia legendaria que refresca su panza en las aguas del Xolotlán mientras guarda, corno a una querida liviana, la vigilia y el sueño de Managua, la alegre y confiada; y luego se viene a lentejuelar las inquietas linfas en un ángulo luminoso que se abre hacia la ciudad con las incrustaciones de nácar de un panorama japonés.
Marta, a ratos, andaba en equilibrio sobre un riel y para que se pudiera mantener yo la llevaba de la mano. Carlotita también quería hacer el mismo ejercicio. — “Carlotita: estás muy chica; si tropiezas te puedes hasta quebrar un pie”.
Y todo el paseo y toda la desobediencia de no quedarnos sin salir del parque, nada más que para callar un rato en compañía de Marta, para respirar los dos de la misma brisa, a la luz de la misma luna; para gozar el tibio contacto de su mano.
Poco antes de las nueve emprendimos el regreso a casa. Yo guardaba silencio pensando en mil cosas acerca de Marta; pero era aquella clase de pensamientos, abstracta y vaga, que no se concentra en determinada idea, aunque revuela y gira alrededor del objeto central y único como hacen los insectos invernales con los faros del alumbrado, que parece que los hipnotizan y no los dejan irse por otro rumbo. Marta también callaba; eso había observado que con frecuencia le pasaba a ella, que después de contemplar un panorama de su agrado o de gustar un perfume exquisito, o después de estar muy contenta por un rato, le venían unos minutos de silencio; esta vez debe haber sido la luna del lago, tan hermosa esa noche, la que se los ocasionó. Tras unas cuadras de marcha ella habló:
— ¿En qué piensas?
— Iba pensando... venía pensando... en una cosa. ¿Te la digo? Te la voy a decir: estaba pensando que yo nunca te he dado un beso.
Marta me miró; en sus ojos había una expresión de sorpresa, más aparente que real, y tras breve pausa me dijo:
— Nosotros no somos novios.
— Lo dices en tono de proclama, que nosotros no somos novios. ¿Cómo sabes que no lo somos?
— No te entiendo. ¿Somos, pues?
— Sí, ¡somos novios!
Íbamos justamente pasando bajo el farol de una esquina y vi como el rostro de Marta se encendía de rubor. La tomé de la mano para cruzar la calle; estaba fría su mano. Preferí no insistir; le pregunté:
— ¿Qué fecha es hoy?
— Dieciséis de mayo, jueves.
Carlotita que se había adelantado unos pasos, se volvió otra vez a nuestro encuentro:
— ¿Oíste, Marta? ¡Las nueve!
Apresuramos el paso por el resto de la cuadra, pero enseguida estábamos de nuevo caminando despacio, como si todavía fuéramos a lo largo de los rieles dejando rodar el tiempo sobre ellos. Ella y yo hacíamos como que le poníamos mucha atención a unos cuentos que empezó a contar Carlotita, creo que referentes a unas amiguitas de ella que habían reñido por algo. Cerca ya de casa, cuando la niña terminó su historia y volvió a adelantarse, Marta me dijo que al día siguiente volveríamos a hablar “de eso”.
Después que me despedí, al regresar con rumbo a mi casa, experimentaba una sensación de triunfo, fundada en el diálogo con Marta. Mis pasos eran firmes, rápidos, alegres pasos de un muchacho de veinte años que acaba de saber que el objeto final para que creó Dios al mundo, la razón antes ignorada por que vieron la luz todos sus antepasados y la vio él mismo, estaba cumpliéndose.
Veinte años, una encantadora muchacha de dieciocho, fulgente la luna, azul el cielo, fresca y murmurante la brisa.., y aquella sorpresa irreal y aquel súbito rubor de su rostro, y todavía el frío que se le vino a su mano; y después: —”Mañana vamos a hablar más de eso”... ¿Quién que haya tenido veinte años alguna vez en su vida, no justificará el delirio con que di unos tantos saltos en mi cuarto, apenas estuve solo?

El primer beso
Durante los recreos escolares de la mañana del 17 no tuve ocasión de hablar con Toño, o más bien lo evadí; y a la hora de retirarnos me di prisa y salí antes que él pudiera hacerme perder ni un solo minuto. De una vez fui a casa de Doña Bernarda, y, como lo presumía, al regresar de su trabajo Marta entró también a saludar a la señora antes de llegar a su propia casa. Allí conversamos ese día por algo como media hora y aunque no pasamos de una vez a continuar la plática de la noche anterior, finalmente caímos en el punto de que si éramos o no éramos novios. No nos fue difícil convenir, para resolver satisfactoriamente la situación, en que no lo habíamos sido antes pero que desde ese momento, sí, lo seríamos. Como si la solución entonces hallada hubiera sido de previo presentida por ambos, es lo cierto que el convenio no nos produjo mucho asombro.
Ya desde el nuevo terreno en que lo convenido nos situaba, yo insistí con Marta en que nunca antes le había dado un beso; ella, como una supuesta objeción, me hacía ver que el beso que me diera sería el primero:
— ¿Te das cuenta? El primer beso que yo voy a darle a un hombre en mi vida. Nunca le di un beso a nadie y todos los demás que dé van a ser también tuyos... Pero no debías de tener tanta prisa. Fíjate que ni siquiera estamos en mi casa...
— Ya sé que es el primero.., que va a ser el primero y que todos los demás van a ser míos; sé también que no estamos en tu casa... Pero ¿qué importa dónde estemos? Tú y yo juntos... ¿qué más podemos pedir? En cualquier lugar donde estemos, siempre estaremos juntos... lo demás no vale nada. Yo me siento como si el mundo entero fuera mío... mío y tuyo.
— ¡Ricardo! Por favor, Ricardo...
— Prácticamente tú y yo llenamos el mundo, Marta. ¿No es así? Los demás están ahí para bueno... Los niños para que nosotros les demos clase; el jefe político para confirmar tu nombramiento; Doña Bernarda para que vengamos a encontrarnos en su casa; tu papá para decirme que sí cuando yo le pida tu mano...
— Ricardo…
...y así todos. Todos están para algo que tenga que ver con nosotros; pero sólo tú y yo estamos en el mundo para colmarlo, ahora que ya me quieres como yo quería que me quisieras.
— Ahora que ya te quiero... ¿Cuánto hace que te quiero? Cuánto hará que ni yo misma sé desde cuando vengo pensando en ti.
— ¡Marta! Marta mía...
Me puse de pie como para despedirme; ella también se puso de pie. Con mi mano derecha tomé su izquierda y la conduje así, así, hacia un ángulo de la sala donde había un cuadro de Austerlitz. Sin moverme más yo, ni soltar su mano, la atraje hacia mí con suave presión de mi brazo, y así vinimos a quedar frente a frente. Ella no quitaba sus ojos de los míos, pero todavía murmuró: —Mejor mañana...
— “Mañana es hoy”, dije o pensé decir yo.
Bajé el brazo sin perder distancia y apenas tuve que dar un cuarto de paso hacia ella para alcanzar sus labios.
El sol hizo eclipse y aprovechando la oscuridad, el piso se escurrió de debajo de mis pies; seguramente yo quedé suspendido en el vacío, pendiente sólo de los labios de Marta, y no supe más.
Cuando otra vez me sentí de pie sobre el piso de la sala y de nuevo el sol apareció, ella tenía su cabecita reclinada en mis hombros y desde el cuadro de Austerlitz Napoleón Bonaparte nos miraba ceñudo; qué sombrero tan ridículo lleva este señor, pensé, y aparté la vista hacia otro rumbo; el difunto de Doña Bernarda, al crayón, también se quedaba mirándonos desde un marco que parecía una ventana. ¿Por qué todos nos miran así? Oprimí apenas la mano de Marta y giré para marcharme sin decir palabra. En la puerta me detuve y me volví para verla. Ella no se había movido del mismo sitio; lucía una isla de rubor en cada mejilla; su frente parecía pálida, pero sus ojos triunfaban en el conjunto: grandes, luminosos.
Almorzaría muy ligeramente en casa, ese medio día; como llegara un tanto más tarde que de ordinario, la Pancha había guardado mi plato en el horno gracias a su perenne buena voluntad. Comí solito y contra mi costumbre no me tiré en la hamaca por unos breves minutos como casi siempre lo hacía y más bien tras un ligero toque de higiene oral, me encaminé a la escuela marchando a prisa. Pero la noción de que yo era el hombre más feliz del mundo no me abandonaba. Las dos o tres veces que durante la marcha me encontré con gente conocida estuve tentado a detenerla para decírselo: que yo era el hombre más feliz del mundo. Afortunadamente pudo más el juicio que mis pueriles ímpetus; o tal vez porque iba de prisa fue que no lo hice.
A pocas cuadras, entre la plaza de San Antonio y el Barrio Marcial, casi me doy de bruces con un polizonte y cuando dije: “perdone” y quise reanudar la marcha, el hombre acompañando su voz con una señal de manos, habló: —”Un momento, joven”. Claro está que el tipo me asustó. ¿Por qué un hombre en uniforme me detiene? ¿De qué se trata? ¿Estará este gallo equivocado o de algún modo habrá sabido que hoy he besado a la mujer más encantadora del planeta y eso está prohibido en Nicaragua? Y el güilis dirigiéndose a mí:
— Perdone joven. ¿Usted es de aquí de Managua? — Sí señor. ¿Pasa algo?
— Nada amigo. Hágame favor de decirme dónde queda el Barrio Marcial.
Me alivié, pues en verdad muy poco me había gustado que un agente del orden me detuviera a mí, un ciudadano probo, un muchacho de veinte años, graduado con sobresaliente y mención honorífica en el Instituto Pedagógico de Varones y además, ¡el hombre más feliz del mundo! La reacción tranquilizadora me puso cortés, casi afectuoso.
—Señor, precisamente yo me dirijo al Barrio Marcial. Véngase conmigo, pero ¿cómo un hombre de su oficio no lo sabe?
Por el resto de la breve jornada caminé al lado del polizonte; me contó el susodicho que él no era de Managua ni era policía; que estaba usando el uniforme de un cuñado suyo porque él mismo había amanecido en calzoncillos esa mañana, en la tabernilla de un desnudados, “taquilla” decía él.
— Amigo, lo siento mucho, pero no le entiendo.
— Vea joven, la verdad es que yo no tomo... quiero decir... que no siempre tomo, pero cuando rompo nambira sigo hasta
Marta me tenía sin cuidado. Ella jamás hubiera creído nada que a mí me desdorara y lo cierto es que nunca antes le había dicho de mi encuentro con el hombre de Tecolostote pues ni le di yo importancia ni podía perder el tiempo teniendo tantas otras cosas que decirle a ella, en vez de babosaditas de tercer cocimiento.

¿Qué tomamos?
El día del beso me salvó la campana para la sesión de la tarde pues llegué a la escuela precisamente en momentos en que sonaba la llamada para dar principio a las clases. Sentía mi pecho recargado por la necesidad de comunicarme con alguien en quien confiar; un amigo a quien comunicarle que yo era el hombre más feliz del mundo; pensaba que así me aliviaría. Esperé la hora del primer recreo para desahogarme y lógicamente el candidato para escuchar mi cuento tenía que ser Toño. En la primera oportunidad le hice señas de que deseaba hablar con él, la señal consistió en una alza de cejas con cabeza erguida. Él la captó al instante y de una vez se encaminó hacia el lugar donde yo lo esperaba, en una esquina del patio de los recreos.
— ¿Qué te traés vos con esa cara...? — ¿Qué? ¿Ando con la cara sucia?
— No; sucia no. Más bien luminosa... Vos tenés alguna buena nueva.
Lo tomé con mis manos de ambos hombros, lo volví hasta encararlo conmigo, y le dije:
— ¡Acabo de arreglarme con Marta!
— ¿La muchacha con quien te vi anoche? ¿Y cuál otra, pues?
— ¿Y vos venís a decirme que acabás de arreglarte con ella? Vaya... Esa muchacha era tu novia desde quien sabe cuándo. Anoche los estuvimos observando: iban y volvían sobre la carrilera, y nosotros los seguíamos desde arriba del Parque Infantil. Los veíamos hablar y los oíamos callar.
— Pero no éramos novios todavía… o tal vez ya lo éramos y no lo sabíamos. Bueno, eso no importa: la cosa es que este medio día nos acabamos de arreglar. La cosa es que la adoro, Toño. Esa muchacha es... no puedo decirte lo que es, Toño. No vale nada que sea linda, cuanto lo dulce, lo encantadora...
— ¿Pensás en serio?
— ¿En serio? ¿Cómo en serio? Yo pienso en ella, sólo en ella. No tengo tiempo para saber si es en serio, como vos decís, pero es en ella en quien pienso.
— Tenés razón: es linda Marta.
— Quisiera que hubieras visto el dictado que les puse ahora a los muchachos, en clase: “Marta es una niña que ama las flores y el sol y la luna, los pájaros y la música...” ¿Pero vos sabías cómo se llamaba, pues? ¿Y cómo entonces me preguntaste si era la muchacha de anoche?
— Bueno, anoche que te vi con ella les pregunté a los muchachos quién era.
— ¿Sí? Hombre, Toño, yo no sabía que vos te conocías con los muchachos, con Elías y con Alfredo.
— Ni yo sabía que vos eras gran amigo de ellos. Anoche me lo contaron. Hablamos de vos... ¡Oh!, de vos y de Marta. ¿No les ardieron las orejas a ustedes? ¡Qué iban a sentir ustedes nada! Los dos andaban como en la Luna, vos y Marta.
— ¿En la luna...? No te equivoqués. Los dos nos dábamos perfecta cuenta de lo que hablábamos. Los dos sabíamos muy bien lo que decíamos...
— Pero, Ricardo, ¿de qué podían darse cuenta entonces, cuando a veces ni hablaban ni decían nada?
— Eso creés vos.
Los chillidos de uno de los niños de Toño nos interrumpieron. El pobre chico, mientras corría, había caído de bruces junto a una llave de agua y había enlodado lamentablemente su trajecito.
A la hora de salir, Toño me invitó a que fuéramos a celebrar mi noviazgo; nos fuimos por un rumbo opuesto al que ordinariamente seguía yo y entramos a una cantinita situada en el interior de un amplio patio. Desde la calle nada se veía: una cerca de tablas y un portón grande que estaba siempre entrecerrado. El portón era la entrada; luego se pasaba bajo unos emparrados de granadilla y hacia la derecha, como reclinada sobre un muro lateral más alto que ella, estaba la pequeña casita de paredes embarradas donde Doña Paula y la Paulita, su hija, mantenían un mísero estante con media docena de botellas litreras, sembradas dentro de dos tablitas horizontales situadas paralelamente una sobre otra, y la más alta de ellas horadada para dar paso a cada botella, que así quedaban descansando sobre la tablilla inferior. Un rótulo de no más de veinte pulgadas de largo por seis de ancho lucía sobre la puertecita de la casa: “Las Magnolias”. A pocos pasos, una mata de magnolias explicaba el por qué del nombre aquel.
Toño me presentó a Paulita que había venido muy cordialmente a recibirnos, diciendo al saludar a Toño: — “¡Qué cara tan perdida!”.
Paulita —unos veintidós años—, era una morena casi prieta, de facciones suaves, ojos expresivos, oscuros y muy grandes; cabellera negra, lacia y abundante; caderas de guitarra, busto generoso, de estatura un poco baja pero de cuerpo bien proporcionado. Con su delantal, Paulita hizo como que desempolvaba una mesita y unos taburetes; nos sentamos Toño y yo, y ella con nosotros.
— ¿Qué tomamos?
La pregunta de mi compañero era sobrancera, en “Las Magnolias” no había más que aguardiente. Con una de sus mejores sonrisas Paulita nos miró sucesivamente a uno y otro; la muchacha mostró todo el confortable espesor de sus labios rojos y carnosos corno un trozo de pitahaya y tras ellos unos dientes mentados, aceptables, limpios, pero que parecían humillados por aquella bocaza que resultaba demasiado alojamiento para ellos. Necesariamente tuvimos que corresponder con sendas sonrisas. Sin esperar una orden concreta ella se levantó a ofrecernos dos copas y pasó a la cocina para agregar al servicio unos pedacitos de tortilla coronados de frijoles fritos y un frasco de chiles en vinagre. Mientras ella se afanaba sirviéndonos, Toño, con tusa inteligencia de ojos, observó en voz alta:
¿Te fijaste qué paso más chéveres se gasta la Paulita? Sólo me acuerdo de una potranquita mora que me regaló mi viejo el año pasado; se llama “La Bolinra”. Ahora que vuelva a El Guapinol le voy a cambiar el nombre; voy a ponerle... “La Paulita”.
A todo esto la hermosa mesera reía sonoramente echando hacia atrás su cabeza ladeada, con lo que ponía a jugar sobre sus hombros la mata tupida de sus cabellos. — “¡Qué boca de muchacha! No es boca para besarse; es boca para morderse”, murmuró Toño.
Ciertamente, muy raras veces antes había yo tomado aguardiente: apenas hacía poco más de dos años que había dejado el colegio y desde entonces mi condición de maestro de escuela, mi exiguo sueldo, el propósito de ayudar a mis padres y mis limitadas relaciones con gente mundana me daban poca oportunidad de visitar cantinas o asistir a juergas. Pero no me desagradó la primera copita que tomamos esa tarde en “Las Magnolias”, en una ocasión de gran regocijo para mí, acompañado de Toño y de la afable y solicita Paulita, que tras las vueltas que le tocaba dar volvía a tomar asiento con nosotros en actitud de esperar una oportunidad de servimos otra vez. Yo me disponía a marcharme después que tomamos, deseoso como estaba de ir a pasar por casa de Marta, a quien suponía esperando verme también y talvez hasta en la sala de Doña Bernarda, y de ser así pensaba que bien podía prometerme que conversaría unos minutos con ella. Toño me conoció la intención.
No te vayás todavía, me dijo, y continuó, dirigiéndose a Paulita: Ve, niñá, ahora que mi compañero te vio andar dijo que vos tenés un paso de hembra, que tenés un zandungueo de potranca nueva y que quisiera verte batiendo un chocolate.
¡Locuras! Yo no había dicho una sola palabra de todo eso y Toño me cogió de sorpresa, más todavía por el aplomo con que hablaba. No estaba yo para imaginarme a Paulita moviendo las caderas al compás del molinillo, en el ejercicio de batir un chocolate; mi pensamiento estaba con Marta, solamente con Marta y para Marta; apenas, divagando alrededor del episodio del beso primero, me venía también a lo largo del mismo recuerdo, la figurilla de Napoleón en el cuadro de Austerlitz y la estúpida mirada del difunto de Doña Bernarda asomándose al marco de su retrato, para verme besar a Marta...
Pero la Paulita me libró de sentirme más azorado acogiendo las palabras de Toño con una sonora carcajada, moviéndose toda ella mientras reía, tanto que no se hubiera movido más si ya estuviera batiendo el chocolate. Y replicó:
¡Qué va! Esas son cosas tuyas, Toño... Lo del chocolate ya me lo habías dicho antes. Este joven es muy serio —señalándome a mí con el mentón.
Como pensé que algo tenía que decir, hablé:
Ya veo que usted conoce a Toño mejor que yo, señorita. — ¿No te gusta, pues, el paso de la Paulita?, exclamó Toño y luego:
— ¡A ver Paulita! Caminá. Caminá bien. Caminá para ese lado, que Ricardo te vea de espaldas, pero caminando bien. Echale al andadito aquel... el número seis.
La Paulita sólo se reía más. Él le señaló la bandeja; ella la tomó, con toda presteza, recogió los cristales vacíos y se fue por otros. Al partir volvió la cabeza sobre el hombro, para vernos a ambos y echó a andar con mucho estilo.
— Ese no es el número seis. Ese es el andado número cinco, le dijo Toño.
Todavía, antes de poder marcharme, hube de tomar una copa más, para complacer a Toño y también porque al tratar yo de partir él me decía que recordara de qué celebración se trataba y automáticamente volvía a sentarme, yo, no fuera él a extenderse más hasta llegar a pronunciar el nombre idolatrado en aquella tabernilla que casi era una taquilla cualquiera, lo cual me hubiera parecido a mí una... profanación.
Para dicha mía llegaron a “Las Magnolias” otros dos clientes de la casa, que se saludaron con mi compañero y en mi siguiente tentativa de marcharme ya no estuvo él tan insistente en que tomásemos “el del estribo” y consintió en dejarme partir.
Hice el rodeo de modo que pasé primero por la esquina de Doña Bernarda, pero las puertas estaban cerradas. Donde don Félix sólo Carlotita estaba, sentadita a la puerta con un libro escolar en sus manos. Me detuve a elogiar su diligencia con gran cariño, pero no me atreví a preguntar por Marta. No haber tenido yo la precaución de procurarme antes un cartucho de confites... En todo caso le anuncié a Carlotita que volvería otra vez por la noche y que le llevaría “una cosita”.

Una cena en casa
Cuando esa tarde regresé a casa con algún retraso. Elías Ruiz estaba esperándome. Desde varios días antes nos veníamos viendo sólo muy a la ligera, sin tiempo para conversar ni hacernos preguntas. Desde luego, el primero en tomar la palabra fui yo mismo, con lo que tenía que contarle acerca de Marta, amiga suya también. Me escuchó sin sorpresa; me hizo muy pocas preguntas; él también creía, como Toño, que desde tiempo antes Marta y yo estábamos tácitamente entendidos. Me dijo:
— ¿Te acordás, cuando el cumpleaños de Mélida, que estuvimos en su casa con Marta, Alfredo, las Aguirre y vos y otros más? ¿Te acordás que Alfredo estuvo cantando?
— Claro que me acuerdo.
— Pero talvez se te ha olvidado que vos anduviste muy atento con la menor de las Aguirre, y cuando ellas hicieron viaje te fuiste a dejarlas.
— Bueno, me acuerdo, pero eso no tenía nada de particular. La Luisita Aguirre me había dicho que me iba a contar una cosa, y yo creí que era algo de Marta. Por eso me estuve con ella... y las fui a dejar porque... para que no se fueran solas. ¿Por qué me decís?
— Nada, que esa vez yo estaba sentado junto a Marta y todo el tiempo que vos estabas con la Aguirrito ella lo pasó incómoda, retorciendo el pañuelo, diciendo que ya era tarde, que como que le quería doler la cabeza... Cuando se fueron, yo le dije a Marta: -”A vos te pasa algo”. No me contestó, me volvió a ver y se medio rió. Entonces le dije: -”Apuesto a que yo sé qué es la cosa, ¿querés que te la diga?”. Me contestó: — “Decila”. — “Ricardo”... dije yo. Ella se puso colorada, volvió a ver para otro lado, y me dijo: — “Sos malo, vos”.
— ¡Qué animal que sos! ¿Y por qué no me lo contaste desde entonces? Yo hubiera estado claro desde ese día.
— El camello sos vos, si no estabas claro. ¿No te habías dado cuenta, me vas a decir ahora?
— Bueno, como no haberme dado cuenta... Pero, hombre, no sé... no sé... Mejor, así ahora soy más feliz. Además, en esos días yo todavía no pensaba tanto en Marta... La tenía tan adentro...
— Es linda Marta.
— No es nada lo linda. Es ella, hombre... es su modo, tan dulce, tan suave, que lo hace a uno pensar en una solamente.
— Dichoso vos, Ricardo, que te has hallado esa muchacha. Me gusta que la querrás tanto, porque lo merece. No es como otras que yo conozco, que las cosas les gusten a medias, que quieren nadar a dos aguas, como la Celia y como otras que mejor no las miento, que si no es el paseo y la rueda de gente, el regalito y la guasa, pues no están a su gusto.
— ¡Ah, no! Con Marta no es así la cosa. Esa muchacha no conoce el egoísmo, ni anda en chismes, y lo que es la coquetería le repugna. Te diré que desde que empecé yo a salir con ella, jamás me molestó con otro.
En cambio, vos sí. Andando ya con ella, no perdés ocasión de estarte con la menor de las Aguirre donde quiera que la encontrás.
— No digás eso, Elías. Lo que hay es que la Luisita, cada vez que nos vemos, me está diciendo que tiene una cosa que contarme. Pero ¿crees vos que a Marta no le gusta eso? Si crees eso, te juro que no me volvés a ver con la Luisita Aguirre, ni con nadie que no le guste a Marta. Cuando la Luisita me diga que tiene una cosa que contarme, le voy a contestar que ya la sé. ¿Te parece?
— Es cosa tuya, Ricardo. Lo que digo es que tratándose de Marta vale la pena que pensés en serio.
— En serio... Ya sos el segundo que me habla de pensar en serio. ¿Qué es lo que quieren decir? A Marta yo la adoro; ella llena mi vida, su recuerdo llena todas las horas de mi vida. Todo lo quiero para ella, sin ella no quiero nada. ¿Te digo lo primero que pensé esta mañanita, cuando me desperté? Que a mí de nada me serviría ni ver, ni oír, ni hablar, ni nada, si no fuera por Marta.
— ¡Diablo! ¿Esas son las cosas que le decís a ella? Con razón, la pobre muchacha se muere por vos.
— A ella yo no le digo casi nada. Llego para decirle mil cosas, y cuando ya estoy con ella... no sé... la dejo que las adivine. Con otras muchachas no me pasaba así: llegaba para nada, y acababa diciéndoles que este mundo y el otro... ¡Ah, pero Marta! Es que ella es tan distinta de todas las demás, ¡tan única!
Mamá entró al cuarto, a pedirle a Elías que se quedara a cenar en casa; siempre lo hacía la señora cuando había ocasión y con tal fineza y cariño que él aceptaba de seguro, con todo su pundonoroso amor propio y el conocimiento que tenía de que en casa sabían de su mala situación y constantes apuros. Por primera vez Elías se quedaría a cenar, antes sólo había almorzado algunas veces, casi siempre conmigo y en una mesita que había en mi cuarto. Dirigiéndose a ella y señalándome a mí, Elías le dijo a mamá:
— ¿Ya le contó que está enamorado? Ahora sí, hasta yo lo creo. — ¿Cree Ud. que ahora sí? Está bueno; a mí me gusta la muchacha; a todos nos gusta.
— Mamá: ¿sabés vos de quién habla Elías?
— ¿Marta?
No necesité confirmar la presunción de mi madre. La suya no era una pregunta, a pesar que la dijo en tono de interrogación. Y todavía una sonrisa que subrayó su palabra me hizo ver que bien sabía ella lo que decía. Además, la dulzura nueva que adquiría el nombre de Marta en labios de mi madre fue para mí otra revelación.
Cuando yo decía Marta, cuando los demás decían Marta ya era el nombre bastante grato, pero esa vez que mi madre lo pronunció descubrí en él una sonoridad nueva, un eco musical, hasta un colorido, representativos de la persona nombrada. Me fui hasta mi madre y la besé. Luego le dije al oído: “¿Qué tiene tu voz cuando dice Marta? Yo quiero que ella te oiga decir su nombre. Ella te quiere mucho; te va a querer más aún cuando te oiga decir su nombre, así”.
Mi madre me besó en la frente; vi que sus ojos estaban brillantes. Cuando volví a mi silla Elías no estaba en la suya; estaba de pie, de espaldas, con las manos en los bolsillos, frente a un cuadro que había en la pared del cuarto y que seguramente él había visto muchas veces antes.
— ¿Qué estás mirando, Elías?
—Nada. Estaba viendo este cuadro.
—¿Qué me contás de Alfredo?
— Nada especial. Todos los días tiene algo que hacer; esta noche cumple años una amiga suya que lo invitó; el otro domingo tiene un viaje a Masaya.
— ¿Alguna otra muchacha?
— Con seguridad, pero no sabe si podrá ir porque antes necesita conseguir unos pesitos.
— Yo le puedo prestar dos, decile.
— Le voy a decir, y que le quite a Toño los otros tres. Con cinco tiene que haber.
— Bueno, Elías, ¿qué te pasa? Vení sentate. ¿No tenés otra cosa que contarme de... de Marta?
— Alfredo dice que cuando querrás llevarle una serenata le avisés con tiempo.
— Para su cumpleaños. Ahora en septiembre le vamos a llevar una.
Elías abandonó la contemplación del cuadro y vino a sentarse frente a mí. Estaba pálido, más ojeroso que de ordinario. Comprendí que su pretendida contemplación del viejo cuadro solamente había sido una manera de estarse un rato de espaldas para no dejarme ver su rostro. Como una flecha me pasó por la mente la sospecha de que Elías hubiera podido estar enamorado de Marta y ahora, las noticias de mi definitivo entendimiento con ella lo hicieran sufrir. ¡Pobre amigo! Si ese era el caso, nada podría yo hacer por él, ¡nada! Ni siquiera seguir viendo con buenos ojos la continuación de su buena amistad con ella. En tratándose de Marta Yo no estaba en disposición de compartir absolutamente nada con nadie, ni con mis mejores amigos. Pensé: —”Es una lástima, pero esta amistad se acaba. La mía con Elías y la de Elías con ella. Marta es toda para mí, siempre para mí y sólo para mí”.
Tal vez alguna vislumbre de celosa desconfianza pasó abrillantando mis ojos; talvez mis labios se contrajeron en un instantáneo rictus agresivo, y Elías lo notó, porque se vino a mí, me puso una mano sobre el hombro y en voz baja me dijo:
— Oíme, Ricardo: tu dicha de tener a Marta debe de ser muy grande; debe de parecerte muy grande a vos, y así es y la merecés. Yo también he querido y me han querido. ¿Te acordás de la Celia? ¿Te acordás como decía ella que me quería a mí y cómo la quise yo? Cierto que me amargó mucho cuando la conocí más y me di cuenta que no merecía que la quisiera tanto como la quería yo... Pero eso vino después, cuando yo ya había sabido lo que era adorarla y había creído que ella me adoraba a mí. Te lo digo para que sepás que yo me doy cuenta de cómo te podés sentir vos ahora. Claro que Marta es distintísima y que no te va a defraudar a vos nunca. Pero no creás que a mí me ha entristecido nada de lo tuyo. Ya sé que vos me notaste que me vino algo...
— Ve, Elías, si vos estás creyendo...
— Dejáme, Ricardo. Quien tal vez ha creído algo sos vos. Dejáme. Me vas a hacer hablar. Lo que a mí me ha llegado, lo que a mí me ha dado... ¿qué? ¿envidia? envidia, tal vez, es verte con tu mamá. Una muchacha... Una muchacha a quien querer todos podemos buscarla, tenerla; yo la he tenido. Vos has tenido otras antes que Marta. ¿No es así?
Yo callaba. No le costesté. Pude ver claramente que Elías no sentía nada especial por Marta; su voz vibraba de sinceridad y de emoción; me reproché mi rápido sentimiento de hostilidad, que hizo relampaguear algún chispazo de mala voluntad contra mi amigo, contra mi pobre amigo. No me había dicho nada mucho todavía, pero sonaban sus palabras con tal acento de intimidad, que imponía respeto. El siguió:
—Vos tenés a quien comunicarle tus sentimientos; quien se moja los ojos de emoción solamente porque te ve feliz, quien te besa la frente igualito como si todavía fueras un nene. Eso sería más dicha para mí que todo lo demás. Tal vez porque nunca la he tenido ni la voy a tener jamás. Esa es la única dicha ajena que yo envidio...
— ¡Elías! Hombre, Elías... hermano...
También mi voz debe de haber tenido el timbre inconfundible de quien habla con el corazón, porque así le llegaron a él mis cuatro palabras, y algún consuelo le llevó el oírse llamar hermano a la hora de su profunda congoja. Él no siguió hablando. Yo permanecí de pie. Recordé lo muy poco que Elías se había referido alguna vez a su familia o a su origen. Le pregunté:
— ¿Sos huérfano? ¿Nunca tuviste mamá?
Me contestó: “Mi madre vive”, pero me lo dijo mientras de nuevo se volvía hacia la pared y daba unos pasos hasta ir a situarse frente al mismo viejo cuadro, de espaldas a mí, para no dejarme ver su rostro. Ya oscurecía y sobre el blanco de la pared parecía trazada al esfumino la silueta de Elías con sus espaldas de niño, sus hombros horizontales y estrechos.
¡Qué injusta fue mi reacción, y qué noble y generoso fue mi amigo, al apresurarse a desvanecer mi estúpida sospecha, aunque para ello tuviese que lastimarse hondo y amargo! Comprendí la tragedia de abandono y vergüenza que había en la vida del pobre muchacho. Por eso él no mencionaba nunca a su madre, ni a su familia, ni hablaba de su infancia. Algo tenía que esconder sin que fuera culpa suya. Por eso la visión de una madre prodigándole caricias y besos a su hijo y cogiendo para ella parte de la dicha de él, había conmovido al infeliz Elías recordándole que en su corazón había un hueco frío y oscuro que nadie podría colmar.
(Me acordé del Decálogo: “honrar a padre y madre”... ¡Qué desdichado mi pobre amigo! En sus recuerdos no figuraba un padre porque talvez nunca supo quien fuera, y en cuanto a su madre, ¿qué le impedía cumplir el mandamiento?).
Cuando volvió mamá para invitarnos a pasar a la mesa, tuve tiempo de hacerle señales que no dijera nada, que ya llegaríamos después, porque el respeto que merecía la pena de Elías imponía silencio. Como ella, sin comprender qué podía haber pasado, me hiciera signos interrogativos me le acerqué, y en voz baja le expliqué:
— Nada, mamá; que Elías Ruiz ¡no es huérfano!
Momentos después llegó mi hermana Julia hasta la puerta del cuarto: —Ya está la comida puesta. ¿Qué hacemos con ella? ¿La comemos?
Nos encaminamos a la mesa los tres. Nos esperaban los demás; mi padre a la cabecera que era siempre su puesto, a su lado derecho mamá y al izquierdo Jorge, llamado por todos Yoyo, el benjamín de la casa; junto a mamá mi hermana María. En la otra cabecera que era usualmente mi puesto, estaba el servicio extra destinado a Elías Ruiz; al lado de él ocupó asiento Julia, junto a Yoyo, yo frente a Julia, junto a María.
En honor al huésped mamá había sacado el mantel nuevo de género azul, que desde varios años se guardaba en casa y sólo salía a lucir de vez en cuando, generalmente en obsequio de algún invitado.
Todo estaba en la mesa: la carne, mostrando un hoyito en cada extremo —huellas del asador—, se imponía con su olorcillo dominante y estimulante; el arroz, blanco y suelto; una papas horneadas; una ensalada de lechugas, los frijoles en su propia cacerola que a su vez descansaba sobre un plato enlozado, viejo y cascado, y el queso sobre una tablilla de madera blanca llena de cicatrices de cuchilladas. El pichel del agua estaba cubierto de menudas gotitas por fuera, denunciando que esta vez la tomaríamos con hielo: una solicitud más en obsequio a la presencia de mi amigo.
Yoyo tocó el pichel por fuera con toda la palma de su mano y al cerciorarse que efectivamente estaba frío, dejó escapar un “ujúh”, aprobatorio y jubiloso.
—¡Qué muchacho!
Cuando todos parecíamos listos y papá había saludado al huésped, mamá dio una palmada: “Las tortillas”; al momento se presentó la Pancha trayéndolas bien calientes, cubiertas con una servilleta grande de manta.
La palmada era también como una señal para nosotros; tras una breve persignada empezó, vivo y general, el trinchar y el servir, con tul movimiento de platos que sonaban alegres como campanitas al golpe de las cucharas o al rozar unos con otros. Julia y María se ocupaban de atender al invitado y de ofrecerle más de cada cosa, con generosas porciones a pesar de sus protestas de que le estaban dando demasiado.
Los primeros momentos después de servidos nos dedicamos más a comer que a charlar, pero una vez satisfecha la urgencia inmediata del apetito, la conversación empezó a animarse y todos a comer más despacio.
Seguramente las copas de “Las Magnolias” me habían abierto el hambre y me disponían a repetir las papas que estaban muy buenas, grandes y doradas, cuando Julia, la más decidora generalmente, observó sin dirigirse a nadie en particular: “Hay unos enamorados que pierden el apetito, mientras que a otros el amor parece que se los afila”. Todos se volvieron a mí, riendo; en venganza yo cogí todavía otra papa, la más grande del azafate. Julia insistió:
— Ojalá que ese sea un mal de familia, para cuando me toque enamorarme a mí.
— Tal vez cuando no hablés tanto vas a conseguir novio.
María me secundó en el ataque, o más bien en la defensa:
— No esperés a enamorarte para comer más, porque mientras sigás tan flaca vas a seguir teniendo suerte de flaca.
Elías preguntó:
— ¿Tienen mejor suerte las robustas que las delgadas?
— Pues claro; por lo menos ya tuvieron la suerte de engordarse, contestó María.
— Yo creía que sólo los hombres flacos éramos los más torcidos.
Siguió la plática con un poco de pirotecnia entre mis hermanas, Elías y yo. El chiquillo, Yovo, se había escabullido después que se apresuró a liquidar su plato, requerido por los silbidos de un compañerito suyo, que así lo llamaba desde la puerta. Mi padre y mi madre conversaban entre ellos y sólo ocasionalmente participaban de la charla general; él parecía siempre más dispuesto a escuchar que a hablar.
La fuerza del ejemplo, el buen olor de las viandas y la insistente invitación de mis hermanas habían hecho a mi amigo comer abundantemente a pesar de que su apetito, siempre vivo y seguro al tiempo del almuerzo meridiano, era de ordinario pobre para la cena, que con facilidad él omitía; yo celebré que la emoción que había sufrido un momento antes de la comida no le hubiera afectado hasta la inapetencia y se fortalecieron mis antiguas dudas acerca de aquella creencia tan generalmente aceptada, de que las emociones vivas quitan el hambre.
Todos los platos estaban ya vacíos, limpios casi o apenas untados de frijoles, que fue lo último que comimos, cuando vino uno de esos paréntesis de silencio que suelen caer aun sobre las más animadas tertulias, y que acostumbran llamar “la petición”, el cual lo aprovechó Elías dirigiéndose a mamá, para expresarse elogiosamente de los platos, refiriéndose a cada cosa en particular; no olvidó las tortillas, diciendo de ellas que las había hallado riquísimas, gruesas, esponjosas, calientes, y no como “las de pulpería”, que eran delgaditas, frías y con la cáscara pegada. En esta parte lo interrumpió Julia para llamar a la Pancha a que también viniera a oírlo, diciendo que eso era directamente un cumplido para la tortillera. La broma fue celebrada con nuevas risas, que animaron a Julia para seguir festiva:
— Ya usted ve, pues... Pero le advierto que no todo es obra de mamá y de la Pancha; María y yo también colaboramos y cuando usted tenga ocasión cuéntele a sus amigos que Doña Amelia de Solís tiene dos niñas muy hacendosas, muy de su casa, y que... oyen propuestas.
Hasta mi padre rió de la salida de Julia. María protestó: “No, Elías. Dígales que sólo la mayorcita oye propuestas, que la otra no tiene más que dieciséis años”. Ella, María, ciertamente no sabía aún de inquietudes ni entusiasmos amorosos, y en cuanto a Julia se permitía la broma precisamente porque contaba con varios enamorados, aunque por sus dieciocho años no le consentían en casa ni visitas especiales ni compañías exclusivas.
Se aquietaron los dientes después de saborear generosas raciones de hicacos en miel con raspaduras de queso seco chontaleño, un postre muy pinolero y del cual pueden comerse hasta las nueces que encierran las semillas de la citada fruta, que en las tierras mareñas es donde mejor se da.
La Pancha le trajo el diario a mi padre, conforme era costumbre, y él, tras un “con permiso”, se levantó y salió con el papel bajo el brazo. Yo encendí un cigarrillo; hasta entonces no lo había hecho en virtud de ciertas costumbres de la casa.
Todavía nos quedamos por un rato más en la mesa y pronto la conversación vino a caer, como yo lo esperaba, sobre Marta. Julia empezó: “Como una segunda sobremesa, hablemos de Marta”. “Tan agradecido”, contesté con una reverencia para mi hermana. Y, María: “Cierto, que así no hará falta más dulce. ¿Verdad, don Ricardo?” Aquel rato fue el más interesante de todos, como que cada uno halló algo que decir en elogio de Marta: que era buena, que era humilde, que era guapa. Mamá sumó también su favorable comentario y entonces confirmé mi primera impresión de que el nombre amado cobraba una más grata dulzura cuando ella lo pronunciaba con su voz maternal y pura. María comentó que los elogios de mamá ya los podíamos haber esperado, “porque no ha habido una sola muchacha que le guste a Ricardo que no le guste a ella también”. Yo agregué: “Es que, como mi buen gusto yo lo heredé de mi padre...” Julia replicó: “Tu buen gusto... Y de la Chila, ¿qué fue lo que te gustó más? ¿Las piernas cometas? ¿Los ojitos de vaca mansa?”.
María: “Dejad que los muertos reposen en calma”.
La plática sobre Marta me avivó el deseo de verla, y propuse: “¿Se levanta la sesión?”. Todavía Elías quedaba en casa cuando yo me marché, rumbo a la de don Félix. Mamá se había adelantado a la puerta; antes de salir me dijo, para que sólo yo la oyera: “¿Tomaste algunas copitas esta tarde?”. Y sin esperar respuesta siguió: “Cuidado, amiguito, mucho cuidado...”

Fiestecita hogareña
Alfredo estaba en casa de Doña Bernarda y al verme venir se adelantó:
— Te estaba esperando; quería felicitarte.
— Gracias, Alfredo. ¿Qué te habías hecho?
— Ya estoy trabajando. Siempre en el “San Ramón”. Vos también ya empezaste, ¿no?
Sí, desde ayer, con el segundo grado.
¿Y Marta?
— Marta bien. Gracias. ¿Y vos? ¿Qué has sabido de tu gente? — Pues como hace poco estuve allá, no me han escrito: seña de que están bien.
Seña de que están bien... Yo te hacía enfiestado. ¿No ibas a un cumpleaños esta noche?
— Sí, ¿querés venir? Tengo autorización para invitar a unos tantos muchachos. Toño va a estar allá y a Elías si lo veo a tiempo, lo invito.
Elías quedó en mi casa. Me contó que también vas este domingo a Masaya.
— Sí, tengo la intención...
— Contá con dos, para mañana en la tarde.
— Gracias, viejo. En cuanto paguen yo te los devuelvo. — No tengás cuidado.
— Los últimos tres que te tenía ya te los devolví, creo yo. — Me los pagaste el sábado pasado.
— Ajah... Bueno, no quiero atrasarte, ya sé que tenés prisa. Sólo quería invitarte para esta fiestecita, donde Doña Chepita Domínguez, de Santo Domingo cuadra y media para la montaña, a mano izquierda. ¿Te espero?
— No sé, Alfredo.
— ¡Andá! Hacé por donde: no porque estés jalando vayas a enterrarte vivo, ni le pidás permiso a la Marta, que después no vas a poder hacer nada sin el permiso de ella.
— No se trata de eso... Tal vez llegue... Y... otra cosa: tu ofrecimiento de la serenata lo mantengo muy presente.
— ¡Claro!
Y pasé a la casa siguiente. Marta me esperaba.
****
Cuando a las nueve de la noche, sonadas en la iglesia vecina y en el reloj de la casa y anunciadas también por lejanos toques de clarín, don Félix dejó su silla y su periódico para asomarse a la puerta, recordé que debía marcharme; las nueve eran una hora muy especial, noche a noche, en casa de mi presunto suegro. Había pasado yo un rato agradabilísimo con Marta, que ahora le daba más formalidad a mi visita. Estuvimos sentados muy cerca el uno del otro. Hablamos de muchas cosas, aunque no muy diferentes de las que hablábamos en otras visitas previas al arreglo del mediodía, pero ella tenía un nuevo modo de mirarme y de estar conmigo; no podría explicarlo bien; sus ojos me parecían más valientes, sus manos más inclinadas a rozarse con las mías, su palabra tenía un timbre más seguro; en general su actitud me comunicaba una sensación de proximidad, de identificación entre ella y yo.
Empezaba a olvidarme de que ya habían dado las nueve y de que don Félix estaba asomado a la puerta, cuando los agudos chillidos del alcaraván de la casa me lo vinieron a recordar. No quedaba sino ponerse de pie y despedirse; el modo como Marta me miró desde la silla donde estaba, antes de levantarse y acompañarme hasta la puerta, me hizo comprender que el nuevo estado de cosas imponía nuevas obligaciones; cuáles fueran éstas no alcanzaba yo a definirlo con precisión, pero la confianza que se aposentaba en aquellos ojos, el descanso con que me miraban, todo ello me decía que nuevos deberes debían gobernar desde ese día mis relaciones con aquella muchacha en cuya mirada se desbordaban los sentimientos de amor, paz y certeza en que abundaba su corazón.
“Me quiere y cree en mí”, me repetía yo, aun mientras estaba hablando de otras cosas. También me di cuenta que su tibia mano, oprimida por la mía, se quedaba quietecita, como un pajarito diminuto acariciado por mano amiga, gozando la suave presión con que la mía quería decirle a la suya: “no te dejaría nunca mientras pudiera retenerte”.
Acabamos de despedirnos. Don Félix discretamente dio unos pasos hacia adentro. Me llegué hasta él para darle las buenas noches. Al pasar otra vez junto a Marta, me incliné apenas, para decirle: — “Voy a soñar contigo”. Ella nada me contestó; se incorporó y me acompañó hasta la puerta; sólo volvió a reafirmarme con la mirada que me quería y tenía fe en mí.
Me alejé por la misma calle que había traído; realmente, ni recordaba cuando salí de casa de don Félix la fiestecita de Doña Chepita Domínguez, pero cierta excitación que se me había mantenido por todo el día me hizo temer que si me iba de una vez a casa no podría leer ni conciliar el sueño; temía también que todos estarían todavía reunidos en la sala y que no faltarían las preguntas y aún las bromas, que en verdad no tenía por qué tratar de evitar, pero preferí evadirlas. Así pues, al alcanzar la Calle de Santo Domingo y recordar lo de la invitación, la tomé para ir a la fiestecita con la intención de quedarme allí sólo por un breve rato.
Desde antes de llegar a la casa señalada un grupo de curiosos que llenaba la acera inmediata, frente a las puertas, me indicó que el baile ya había empezado; un poco más cerca, la música de la Victrola confirmó mi presunción. Me abrí paso entre los mirones y entré. Muchas parejas bailaban animadamente el one-step “Risas de Negros” del Maestro Luis Delgadillo, a la sazón muy en boga. Ya dentro tuve que permanecer un rato junto a la puerta, temeroso de interrumpir a los bailarines si avanzaba más. Pronto pasaron Toño y la Luisita Aguirre, bailando; algo le había dicho él a ella, acerca de mí, porque Luisita apenas me cabeceó un saludo, sin decirme por señas que tenía algo que hablar conmigo, como había venido siendo su costumbre desde tiempos antes. Me incomodó la indiferencia de una amiga usualmente cordial; por otra parte, ¿de qué cuenta tiene Toño que meterse en mis cosas? Enseguida vi pasar a Alfredo con una morena desconocida, una muchacha alta, esbelta, muy bien puesta, que bailaba como una experta haciendo buena pareja con él, que gozaba fama de bailarín consumado; ellos no me vieron: iban en una conversación muy animada para poder reparar en nadie. Alfredo le hablaba tan junto al oído que parecía que las palabras que le iba diciendo se las quería poner dentro de la oreja. La morena lo escuchaba harto complacida; sonreía, bajaba los párpados, seguía bailando como si sus pies fueran alas y no descansaran sobre el piso.
Un “Hola, compañero”, me hizo volver la vista. Era Elías Ruiz que pasaba bailando con una niña González, ex novia de Alfredo; al terminarse el disco estaban ellos todavía cerca de mí; cuando dejaron de bailar me acerqué a saludarlos y enseguida marchamos juntos los tres hacia el corredor de la casa, donde la casi totalidad de la concurrencia permanecía para dejar la sala libre y a la disposición de las parejas que bailaban.
Quise saludar a Doña Chepita y a su hija Lulú, que era quien cumplía años, pero ambas estaban encerradas dentro del recinto formado al extremo del corredor por unos tabiques de poca altura y la pared; allí era la cantina y Doña Chepita y la festejada se ocupaban personalmente de atender a sus invitados con sorbetes, chicha y cocteles.
Pronto estaba Alfredo con nosotros diciendo que venía para invitarnos a “algo muy especial”; saludó de paso a la niña González quien hizo un visible esfuerzo por parecer indiferente y luego se encaminó hacia otro rumbo; Elías y yo, guiados por él, pasamos a un aposento de la casa, donde el señor Domínguez parecía esperamos. Alfredo nos lo presentó, ya que apenas lo conocíamos de vista y el señor, muy obsequioso, de debajo de la almohada de una cama sacó una botella de coñac de varias estrellas y nos ofreció una copa mientras se refería a su excelente calidad y alto precio, explicando que aquello era una especialidad que “no podía ser ofrecida a todos los invitados y que él lo reservaba para sus muy amigos solamente”. —”Muchas gracias, Don Chepe”, dijo Elías. — “Hombré, él no se llama Don Chepe; se llama Don Alfonso”, aclaró Alfredo. — “Muchas gracias, Don Alfonso”, rectificó Elías. Saboreamos también una aceituna y nos regresamos al corredor.
Cuando nosotros salíamos Doña Chepita entraba, con enérgico paso, en busca de su marido. Todavía pudimos oír el introito de la filípica que entre pecho y espalda se traía la dama: — “Viejo... Viejo borracho, corruptor de menores... En vez de estar ayudándonos a servir los refrescos...” Lo demás ya no lo escuchamos. Solamente oíamos al buen señor Domínguez que clamaba: — “Chepita... Moderación, Chepita... Moderación...!”. 
10 de agosto
Todavía en los dichosos tiempos del reinado de Marta, la tarde de un temprano sábado de agosto se aparecieron en mi casa Toño y, Alfredo, diciéndome el segundo que el papá de uno de sus alumnos —un señor finquero—, había mandado a ofrecerle caballos de silla, “por si acaso quería ir a dejar al santo”. El bondadoso señor sabía de algún modo que Alfredo pertenecía a una peña de cuatro camaradas inseparables, así que el ofrecimiento comprendía cuatro semovientes ensillados. La “dejada del Santo” se consideraba número de primera importancia en las tradicionales fiestas de Santo Domingo, cuando los sierreños como se les llama a los comarcanos de la Sierrita de Santo Domingo, son los llamados a traer el Santo a Managua para diez días de juerga y parranda en la ciudad, y los managüenses, llegado el 10 del mismo mes, deben devolver la imagen a su ermita situada en una colina distante unos pocos kilómetros de la capital.
(Es cosa sabida que si la “dejada de Santo Domingo” no se realiza en la fecha tradicional, la pequeña imagen se regresa a su ermita de la Sierrita misteriosamente, solita íngrima, el día señalado, o sea el 10 de agosto. Esto ya ha sucedido, según lo juran algunos fieles devotos).
En realidad, la entera celebración es una marimorena con entrada libre para los siete pecados capitales. Debe aclararse sin embargo que no hay una falta total de sinceros devotos y promesantes, pero son una minoría sometida, sin voz ni voto; se conforman con cumplir sus promesas: escoltar la diminuta imagen, o bailar la yegüecita o la vaquita, por ejemplo, lo cual consiste en meterse dentro de un aro flecado con cintas de vivos colores luciendo en un extremo algo que pretende semejar la cabeza del animal anunciado y el promesante da vueltas y revueltas entre la multitud que los lidia con agitada algazara; es increíble la resistencia de estos devotos y más aún la de otros que recorren trechos del camino de rodillas, asistidos por deudos y conocidos. Esta última crueldad irritaba a un amable presbítero que solía concurrir a tales desfiles “para asistir a los agonizantes” decía él, aludiendo a los casos en que los hombres enloquecidos por el licor resuelven cualquier disputa a cuchillada limpia, o a sonoros disparos de pistola.
No acepté de inmediato la invitación de mis amigos, a pesar de la insistencia de Toño para quien el solo hecho de andar a caballo era ya un halago.
— ¿Acaso tenés que pedir permiso?, dijo Alfredo para picarme la cresta.
En realidad no era tanto como pedir permiso, pero me parecía lo indicado que Marta supiera del proyectado viaje, aunque invitarla a ella y a Carlotita era empeño perdido, conociendo yo muy bien a don Félix, quien ni siquiera consideraría la propuesta.
A Marta la idea no le pareció del todo; yo argüía que deseaba ir por complacer a los muchachos, que las cabalgaduras ya estaban ordenadas, etc... Finalmente fue aceptada mi propuesta de que si el caballo me gustaba y parecía bien aperado iría a dejar al Santo inquisidor y que si no, pues Elías, Alfredo y Toño quedarían en libertad de ofrecer la oportunidad a algún otro conocido de ellos.
Confieso que el caballo me gustó. A las nueve de la mañana de ese 10 de agosto ya andábamos cabalgando. El mejor jinete, como buen finquero, tenía que ser Toño; el peor Alfredo, siempre músico; Elías parecía mejor que yo gracias a un hermoso sombrero de palma, obsequio de Toño. Anduvimos un rato por las calles vecinas a la plaza de Santo Domingo, luego nos dirigimos hacia los senderos de la ermita formando parte de una caballería compuesta de unos diez dragones y cinco amazonas. Todo muy alegre. En el Gancho de Camino empezaron las copas; ya por Mora-Limpia hubo los primeros desacuerdos, en los que Toño tomó bandera y nosotros, Alfredo, Elías y yo, solidarios aún en la sinrazón, también participamos.
En la placita aledaña a la ermita había cantinas, mesas de juegos, entablados para bailar y, ambulando, mujeres de todo tiro vestidas de colores chillantes, soldados del resguardo unos menos ebrios que otros y los amanecidos que se habían ido a “esperar al Santo” desde la víspera y que en sus rostros mostraban las huellas de una noche toledana. A prudente distancia se veían pequeños grupos de gente sobria, limpia, bien acompañada, junto a sus cabalgaduras y a carretas entoldadas.
— “Claro está que aquí hay de todo”, observó Elías, después de haberse encontrado con el abogado amigo suyo.
En una de las múltiples reyertas tomaba parte un tipo que en el camino se había hecho gran amigo de Alfredo con el cuento de que eran del mismo pueblo y vecinos ambos del Barrio Marcial; y ese buen compañero, generalmente de índole pacífica y ajeno a toda clase de bochinches, de algún modo se enredó en la contienda. Nosotros acudimos en su auxilio cuando ya lo llevaba preso Lulo de los rasos del resguardo; no valieron súplicas hasta que finalmente Elías tuvo una idea luminosa:
— Amigo, —le dijo al capturador—, este tipo me debe un litro de guaro y si usted se lo lleva, no me lo pagará nunca... hagamos una cosa: pasemos por la cantina de la Gervasia, que me pague él mi litro de guaro, yo se lo regalo a usted y ya está.
Pocos minutos después Alfredo era un ciudadano libre; pero yo pensé que cuando los demás hombres del resguardo se dieran cuenta con cuanta facilidad podrían ellos también procurarse un litro de guaro, empezarían a arrestarnos a todos uno por uno y sugerí que nos alejáramos de la placita. No todos estuvieron de acuerdo pero mientras discutíamos nos íbamos acercando al paraje donde habíamos dejado los caballos y al llegar nos dimos cuenta de que a corta distancia de nosotros había estallado una trifulca en que participaban numerosos hombres, entre los cuales no faltaban mujeres que iban y venían apresuradamente de unos a otros pidiendo en altas voces “que dejaran de eso”, “que eran amigos”, “que eran hermanos”.
Pensamos, o pensé yo que era un bochinche más de esos con entrada libre y que por todos lados brotan en tales ocasiones cuando el calor y el licor exasperan fácilmente a los hombres; pero inesperadamente gritó Alfredo: “Estamos en mala dirección” mientras saltaba hacia la derecha y con el brazo señalaba a la izquierda. Uno de los camorristas tenía en la diestra una luciente pistola y apuntaba hacia otro sujeto precisamente parado entre aquel y nosotros.
Al instante todos tratamos de alejarnos de la posible dirección de la bala, si viajaba. Toño de una vez se había tirado al suelo. Instantes después ¡pon!, sonó un disparo, uno solo, y el hermoso sombrero de Elías voló como una mariposa. Todos los demás nos echamos al suelo.
Hubo más gritos, pero no más tiros. Toño fue también el primero en levantarse y dirigiéndose a Elías casi gritaba: “¿Estás pegado, hermano? ¿Estás pegado?” “Yo creo que no”, contestó éste. Nos incorporamos, todos abrazábamos a Elías. El sombrero perforado anduvo de mano en mano. Yo decía y repetía: — “¡Viaje! ¡Viaje! ¡Vámonos de aquí!”
Pero uno de nuestros caballos estaba caído y meneaba la cabeza como cuando un poeta está luchando por hallar una consonante. Al pobre animal le chorreaba sangre de una oreja. Dijo Alfredo: - “El caballo fue el chancho”. Entre los bochincheros no había ningún lesionado. Las mujeres chillaban menos y aquello se volvía un carnaval de abrazos. Era imposible entender qué había pasado.
Yo insistí: —¡Viaje! ¡Viaje!, y después que Toño pronunció difunto al pobre caballo, rápidamente lo desensillamos y emprendimos el viaje de regreso a Managua. Como el caballo muerto era el que había traído Elías, éste se montó en ancas del mío y de los aperos se encargaron Toño y Alfredo.
Al partir nosotros se desató un aguacero diluvial que todo lo mojó y todo lo enfrió. El aguacero dichosamente se prolongaba con más severidad cada minuto, eliminando los riesgos de nuevos pleitos. Nosotros caminábamos calladitos, cabizbajos, pensando que si en vez de la cabeza del caballo hubiera sido la de Elías la que recibiera el fatal impacto, ¡qué horrible!
A poco andar encontramos la procesión del barco; en algunos promesantes la lluvia no había hecho mella y no faltaban “negritos”, yegüitas, tintos y diablitos haciendo sus piruetas; debajo de las faldas de la gigantona se habían refugiado unos chavalos. Nosotros ni siquiera nos detuvimos a saludar a Santo Domingo.
Entramos a Managua ya cerrada la noche, todavía destilando lluvia. Alfredo venía estornudando y tosiendo aflictivamente. Y la cosa se le hizo seria pues degeneró en bronquitis, con médico y todo, pero nosotros unánimemente pensamos que aquello había sido una dicha, pues si en vez de Alfredo el escogido hubiera sido Elías, la bronquitis, al segundo día, de lo que no hay que lo mata. Elías aceptaba la suposición sabiéndose enclenque y mal alimentado, pero agregaba: “Ya vieron: la bala me anduvo cerca, pero me respetó y sólo perforó el sombrero ajeno; la lluvia a todos nos cayó por igual, pero el resfrío escogió a Alfredo. Dos días hay en los que no hay por qué tenerle miedo a la muerte: el día que te vas a morir.., y el día que no te vas a morir”.
Una serenata
Evidentemente en este libro, suma de recuerdos, añoranzas, saudades, tengo que dedicar un capítulo separado al cuento de la grandiosa serenata que la noche víspera de su cumpleaños, —para ser exacto un 24 de septiembre—, tuvo feliz realización al pie de la ventana de la casa de Marta, justamente al cerrar la media noche. Todo empezó a disponerse con buena antelación. Por su parte Alfredo se dedicó a seleccionar un programa estupendo que comprendía las principales canciones de moda y las que él sabía que le gustaban más a Marta. Casi me obligó además, a que yo mismo escribiera unos versos a los cuales puso él inspirado acompañamiento de guitarra y violín, para cerrar con ellos nuestra extraordinaria serenata. Me resultó un poemita de cuatro estrofas cuyo último renglón se repetía y el cual no estaba hecho con embustes y consonantes como casi todo lo que rima, sino con la expresión del más puro amor y la más rendida admiración.
El abogado paisano de Elías nos consiguió con la Dirección de Policía el necesario permiso sin pagar los timbres de ley. Todo estuvo afortunado; por el medio día había llovido mucho, pero ya para la nochecita hizo un tiempo magnífico, con el cielo iluminado por un cuarto creciente oportunísimo.
Las cosas las mantuvimos muy en secreto, pues detestábamos la idea de tener que sufrir intrusos, imposibles de evitar si todo el mundo hubiera estado sabido de que una regia serenata estaba preparándose para la novia de uno de nosotros cuatro. Toño y yo hicimos la lista de los amigos tolerables. Es claro que encabezábamos la nómina nosotros cuatro, el violinista compañero de Alfredo y como invitado especial un pariente de Toño, muchacho muy aficionado al boxeo, pues según decía el mismo Toño en tratándose de serenatas uno nunca está seguro que todo se va a mantener en paz y a la hora de presentarse algún malcriado gritón puede que haya necesidad de usar los puños. Como queríamos un número muy limitado de asistentes y con los ya nominados éramos seis, Elías sugirió que cada uno de la media docena estuviera facultado a invitar a una persona más bajo la condición de que debía ser hombre, conocido de nosotros cuatro y no mayor de veinticinco años.
Conforme había sido convenido, Alfredo, Elías, Toño y yo, el violinista, el boxeador, y los otros seis invitados, nos vimos con relativa puntualidad en “Las Magnolias”, donde la Paulita nos atendió con mucho esmero y la mejor voluntad. Elías y yo nos ocupamos de limitar las copas: una, la primera, a las once de la noche, la segunda al partir a desgranar las melodías bajo la ventana de la casa de Marta. Ni una gota más. Después de la serenata los que quisieran podían volver a reunirse en “Las Magnolias” y hacer de su pellejo un barrilete, si les daba la gana. El boxeador y yo insistimos sin descanso en recomendar a todo el mundo que una vez llegados a nuestro destino, nadie, excepto los dos que cantarían, debía abrir la boca; los simples asistentes debían mantenerla cerrada “a piedra y lodo”. En ocasiones y cuando querían tomar a broma sus advertencias, el boxeador decía “los dientes del que mantenga su tabaquera cerrada no corren peligro...” Lo cierto es que casi los noventa minutos que tardaría la serenata se logró buena disciplina y, aceptable quietud.
La primera pieza del programa fue aquel bello poema musical de Vega Matus, casi una oración, titulado “Murió de un beso”, que bajo el imperio del romanticismo de aquellos años era muy apetecido para dar comienzo a las serenatas y escuchado siempre con platónica devoción. El violinista remontó las nubecillas que semejaban argentadas gasas escoltando a la luna: “Colosal, colosal”, repetía Elías en voz baja.
Todo siguió muy bien por algunos minutos, pero como nunca falta un pelo en la comida, cuando menos lo esperábamos se nos va apareciendo un picadito trasnochado, primero pidiendo un trago y luego diciendo que él era poeta y que lo dejáramos cantar. Alfredo le disparaba balazos con la mirada; yo también hubiera querido matarlo; Toño se sobaba el puño derecho como para asestarle al tipo un bofetón que lo dejara durmiendo por el resto del mes. En realidad la voz aguardentosa del intruso hubiera equivalido a una blasfemia. Más juicio mostró el boxeador, quien echando un brazo al cuello del picadito lo alejó del grupo y algunos diez centavos le regaló porque el sujeto se marchó en silencio y no volvió más.
El último número fue mi poemita musicalizado por Alfredo con asistencia del violincito. Casi me cortan la respiración aquellas notas ejecutadas con esmero por mis dos buenos amigos, que estuvieron magistrales. Pisoteando mi modestia podría decir que si bien la ejecución resultó noble y perfecta, la letra de mis versos bien lo merecía. Yo me imaginaba a Marta sentadita junto a su ventana escuchando, embebiéndose en aquellas melodías y oprimiéndose con la mano el corazón cuando las palpitaciones se le aceleraban demasiado.
Alfredo, el genial Alfredo, recitó la estrofa final a modo de melopea y al terminar, tras un instante de obligado suspenso, todos los del grupo se disponían a irrumpir la pausa impuesta por los artistas con un atronador aplauso, pero con los enérgicos ademanes de un director de orquesta yo logré salvar el silencio, por más que mis propias manos me picaban por aplaudir yo también.
Y diría que salvando el buen orden se salva la dignidad de una serenata. Así la majestad del firmamento estrellado sugiere un inmenso templo donde las canciones de amor se elevan como plegarias.

Las purísimas
Diciembre es el mes más esperado del año. ¿Por qué? —En el caso nuestro la respuesta puede darse muy fácilmente: en los últimos días de dicho mes gozábamos una larga semana de vacaciones; se nos pagaban los sueldos en fecha temprana; no se padecían los calores asfixiantes de otros meses; el día 22 era el cumpleaños de Toño, con una celebración alegrísima; teníamos las purísimas y la gritería; luego Navidad, cuando podíamos esperar algunos aguinaldos y regalitos, siempre más numerosos que los que debíamos hacer nosotros mismos; finalmente el Año Nuevo. Y además aquel regocijo entre cristiano y pagano que a todos nos embargaba y nos mantenía dispuestos a la jovialidad, a la cordialidad y a la sonrisa.
Durante estas temporadas Alfredo pasaba muchos apuros debido a que a veces recibía varias invitaciones para el mismo día. ¿Qué privilegios tenía este sujeto? —En realidad él no era más que un humilde muchacho campesino de Palacagüina: ni plata ni vinculaciones especiales, pero sí una personalidad solícita, incapaz de decir nunca nada desagradable, y por añadidura, buena planta, buen oído y magnífica voz. Nosotros tres queríamos a Alfredo por fácil de querer; a Elías por su innata bondad, su humildad llevada con digna modestia y también lo queríamos con una pequeña dosis de conmiseración: su manifiesta pobreza, su salud un tanto incierta y aquél modo resignado con que acogía lo dudoso y lo adverso; a Toño por generoso, afectuoso, desprendido y parejo. ¿Y a mí? ¿Por qué me querrían ellos a mí? —Yo diría que quizás porque sabían que mi cariño era sincero, que en mi casa a todos los recibían cordialmente y porque siempre traté de que vieran en mí un amigo fraterno, sin gavetas.
También Toño y Elías hallaban frecuentes ocasiones de pasar buenos ratos en los alegres convivios de diciembre; pero yo no pasaba por las expectaciones de estos dos ni tenía que afrontar los problemas de Alfredo, pues aparte de que en mi propia casa vecinos y amigos nos alegrábamos con las campanas de diciembre, durante los dos años del reinado de Marta mis anhelos, mis desvelos, mis inquietudes, giraban todos en derredor de la casa de don Félix. ¿Para qué más?
Ahorita me está viniendo el recuerdo de una picardía purisimesca que intentaron jugarme, sin conseguirlo, unos muchachos del Pedagógico que ya eran normalistas cuando mi promoción dejó los queridos muros. Ocurría que en el colegio había un coro bien dirigido y ejercitado que solía recibir invitaciones para ir a cantar a determinadas casas de rumbosos altares de la Inmaculada Concepción, como uno que anualmente montaba un señor llamado Don Cruz Vega. Esa noche estábamos nosotros cuatro acompañando a Marta y a otras amigas en la novena, donde Don Cruz, cuando se van apareciendo los muchachos del coro lasallista quienes fueron cariñosamente recibidos. De una vez pasaron al escaño delantero y empezaron con el popular “Del cielo ha bajado...”; poco después alguien sugirió el “Si yo te amo...”, y dos de los coristas se vinieron a mí: —  “Compañero: usted es lasallista, acuérdese de sus viejos tiempos y venga a cantar con nosotros”. Complacido me sumé a ellos, aunque naturalmente yo jamás había sido admitido en el coro durante mis años de colegial, sencillamente porque mi voz no servía más que para gritar en los recreos. Empezamos todos juntos con el “Si yo te amo...”, pero conforme malévola consigna, todos los cantantes fueron callándose sucesivamente, dejando así que solamente se escuchara mi pobre voz.
Risas en la concurrencia. Pero el gran Alfredo Báez saltó a situarse a mi lado y rompió a cantar junto conmigo dejando oír su admirable voz y así continuamos un “Si yo te amo...” perfecto. Al principio yo pretendía usar como diapasón los tonos de Alfredo, pero luego sólo abría la boca para emitir una especie de eco. El chasco de mis antiguos compañeros fue máximo. Cuando volvimos a nuestros asientos los vecinos nos felicitaban a los dos con palmadas y apretones de mano.
****
Y diciembre seguía alborozado y promisorio: “Vas a ver: el año que viene todo va a ser mejor todavía. Seguiremos siendo grandes amigos. Las muchachas se van a portar tres piedras. Talvez hasta nos suban el sueldo...”
Dichoso privilegio de la gente joven: soñar despiertos; acariciar siempre una esperanza.

Inesperado desenlace
El maravilloso idilio se prolongó por casi dos años. Marta fue inalterablemente fiel y amorosa. De ella puedo proclamar que siempre permaneció respetable, esto es, que en toda ocasión, cualesquiera que fueran el lugar o la hora, igual si estábamos solos que si estábamos acompañados, supo ser como cumplía. Esa guarda de sus modales ajenos a todo tinte de vulgaridad y la vela de su honestidad, connatural en aquella inolvidable mujer, contribuyeron poderosamente a mantenerme constantemente dentro de los límites del comportamiento más caballeroso a lo largo de nuestras relaciones, tan entrañables, tan limpias, pues Marta sin que uno expresamente lo advirtiera, imponía el acatamiento a normas de cultura y decoro que en mi caso me hacían quererla y admirarla más y más.
¿Cómo pudo terminar aquel ensueño, de esos que sólo en la temprana juventud suelen florecer? —Una sucesión de circunstancias nos obligaron a alejarnos reconociendo que así debía ser, sin enojos, sin resentimientos, sin inculpaciones ni malos recuerdos. Además, tenía que seguir siendo cierto aquello de que la dicha extrema no puede prolongarse mucho en este mundo.
Con todas las aguas que han pasado debajo del puente desde aquellos lejanos días, mis memorias y reflexiones han madurado tanto en relación con Marta que más de una vez pensé si no debía omitir por entero de estas remembranzas toda referencia al eclipsado ideal de mis veinte años, pero hace tanto tiempo —¡largos años!— que nada sabemos el uno del otro que seguramente ella misma ignora si aún vivo o qué ha sido de mí, y a lo mejor ha mucho que me olvidó y nunca más ha vuelto a recordar la adusta cara del difunto de Doña Bernarda asomado a un marco que semejaba una ventana para verme besarla por vez primera, aquel imborrable 17 de mayo. Más todavía: considero muy poco probable que estos renglones caigan alguna vez bajo los grandes, luminosos ojos de Marta.
Cómo hubo de ser lo que fue es solamente una breve historia: a don Félix le fue ofrecida una posición halagadora con cierta firma que operaba en nuestra Costa Atlántica, a la sazón una región inconmensurablemente distante de Managua, y lógicamente la aceptó: — “Ya no estoy tan joven... Mis hijas van creciendo y es hora de pensar en el porvenir de ellas... Su madre les hará siempre mucha falta... Todo indica que en la Costa Atlántica las cosas cambiarán favorablemente para mí... y para ellas”. Razonamientos como estos se repitieron en casa de mi presunto suegro desde que se presentó originalmente la probabilidad del nombramiento. Finalmente un día que llegué a su casa mientras Marta y Carlotita andaban de visita donde parientes suyos, (he pensado que tal vez se trató de una ausencia premeditada), don Félix me invitó a pasar al corredor y a conversar con él “sobre algo quizás no muy agradable, pero que necesariamente debía tratar conmigo”.
Su tono de voz fue suave, sus modales corteses; hasta me pareció notar que su palabra delataba cierta emoción. Todo se redujo a decirme que él me guardaba un cariño “casi paternal”; que en su casa mucho se me estimaba y se me recibía con especial deferencia, (lo cual era positivamente muy cierto), y luego pasó a observarme que mi juventud y otras circunstancias no me permitían tomar estado “ni siquiera pensar seriamente en nadie...” y que dados mi buen juicio y mi “indudable amor por Marta” él me pedía que diera por definitivamente cerradas mis relaciones, —usó la palabra “falencia”—, con su hija. Ya temía yo desde sus primeras razones hacia donde se encaminaba la plática de don Félix, pero el escuchar aquello de sus propios labios me produjo una conmoción como nunca antes había yo experimentado. Agregó don Félix que cerrar relaciones significaba un alejamiento total, absoluto, entre Marta y yo: “ni cartas ni mensajes, ni la mención de su nombre hasta donde fuera posible”, para repetir las propias expresiones del buen señor. No tuve otra alternativa que empeñar la palabra de honor que con tan discreto juicio se me pedía, aún consciente del sacrificio que ello involucraba para mí.
Y así lo hice pisoteando mi corazón y mi amor propio, lo cual me valió un apretado abrazo de don Félix, cuyas palabras finales fueron para comunicarme que “mi novia” sabía o sospechaba ya algo de aquello, “pues varias veces la había visto enjugarse lágrimas”, pero que él mismo se ocuparía de hacerla comprender que estábamos procediendo como debía ser para bien de todos.
En casa se tuvo temprana noticia del nombramiento de don Félix y se pudo colegir sin mucho esfuerzo el seguro viaje de toda su familia a la por entonces remota y legendaria Costa Atlántica, también llamada Mosquitia. Era cosa sabida que muchas personas, al emprender dicho viaje, hacían antes su testamento, pues la travesía desde Managua hasta Bluefields, larga y penosa, se hacía vía Granada - San Carlos - Río San Juan - Barra del Colorado y los tiburones que infestaban este último lugar en la desembocadura del río sobre el Mar Caribe gozaban justa fama de feroces y voraces; se referían con detalle de fechas y nombres propios tragedias en que habían perecido personas muy conocidas de Managua, entre otras una en que habían hallado cruel y violenta muerte los caballeros que integraban una delegación que se suponía enviada por el Presidente Dr. José Madriz a entrevistarse con proposiciones de paz ante los generales de la histórica Revolución de la Costa, que estallara en Bluefields un 11 de octubre de 1909. Todo esto debe de haber influido para que cuando mi referida conversación con don Félix me dijera él que lo tendría a mis órdenes en Bluefields “si llegamos vivos”, una frasecita que a mí me causó repelos.
Seguramente acatando órdenes de mi madre en mi casa se respetó mi pena por la separación de Marta, cuyo nombre no mencioné yo por muchos días, fiel a la promesa empeñada ante su padre y a pesar de mi pesadumbre, aunque tanto como enclaustrarme yo mismo y guardar mi casa por cárcel me pareció demasiado y nunca lo consideré seriamente, máxime que se acercaba la fecha del cumpleaños de Luisita Aguirre, que usualmente se celebraba con una alegre fiestecita.
Ni con Toño ni con Alfredo ni con Elías hablé yo detenidamente sobre mi despedida de la casa que por tan indelebles días había sido mi castillo encantado, pero de algún modo ellos parecían razonablemente informados y nunca olvidaré que fueron discretos en la dolorosa ocasión, y el crédito de tal comportamiento —harto infrecuente entre muchachos alegres y hasta frívolos—, se lo otorgué yo a Elías, aunque jamás se lo agradecí expresamente para no seguir lastimándome.

Resurrección de Luisita Aguirre
Por algo más de un año no había tenido yo la oportunidad de disfrutar sin prisa y en buen ánimo la grata compañía de Luisita Aguirre, cuya cordial amistad databa de fecha anterior a mi embelesamiento por Marta, quien precisamente en casa de las Aguirre me había sido presentada.
Temprano del día de su cumpleaños Luisita recibió ella misma mi modesto obsequio que a su vez me había sido regalado por mi hermana Julia, quien, igual que mamá y María, trataban de proporcionarme oportunidades de superar mi cabanga.
Cuando entré en casa de Luisita, Elías, Toño y Alfredo ya estaban allí; su saludo fue cordial como siempre, pero me pareció observar que casi se asombraron de verme llegar; en otras palabras, que ellos no creían que yo me haría presente en la ocasión.
Seguí directamente a saludar a la cumpleañera, tan desenvuelto como si el día anterior hubiéramos estado juntos; así lo tenía estudiado.
— Felicitaciones, Luisita. ¡Qué bien estás... y qué elegante... Cada día más linda!Gracias, Ricardo. Precioso tu regalo. Te agradezco que te hayas acordado de mí. Sentate. Ya estaba pensando que tal vez no ibas a venir.
¿Cómo podías imaginarte que yo no viniera? Ahora más bien estaba pensando que tal vez me contés aquello que me has venido anunciando...
Hay tiempo para hablar de eso... (Breve pausa) Ya supe. — ¿Supiste qué?
— ¿Qué? Vaya, ¿qué puede ser si solo de eso se habla? Bueno, ya sé, pero eso no es tan nuevo. Ya te dije: más bien estaba pensando que algún día me ibas a decir... aquello.
— Ve, Ricardo: a mí no se me ha olvidado pero he creído que quizás sea mejor que lo adivinés vos mismo.
— Bueno, ¿vos no sabés que cuando fui a la Escuela de Adivinación yo no aprobé ni el kindergarten?
— ¿Sabés que te lo creo?
La plática continuó trivial, insustancial, superficial aunque afectuosa. Mi estado de ánimo se mantuvo quebradizo; otros ojos que no los de Luisita Aguirre enfocaban los míos. Pensaba que tal vez hubiera sido mejor quedarme en casa. Pero mi antigua simpatía por Luisita me ayudaba y también me ayudó el baile; mientras nos dejábamos llevar por los giros del one-step o de los valses, más una que otra mazurca y algún tango, Luisita y yo guardábamos silencio.
No me gustaba el modo como los muchachos me quedaban viendo. Hubiera querido oír sus comentarios. Pero como en verdad no había tenido oportunidad, o había más bien rehuido la ocasión de discutir con ellos mi problema detenidamente, decidí no tomar en cuenta su actitud un tanto inquisitiva.
La única promesa que empeñé con mi gentil amiga fue que muy pronto volvería a visitarla; promesa que cumplí con agrado pues en verdad mi cariño por ella no databa de ayer y su cordialidad era muy de agradecer y también muy oportuna, pues para mejorar mi estado de ánimo se requería el auxilio de una muchacha simpática, de carácter festivo y era ella la única compañía que, a lo menos por momentos, aliviaba el peso de mi quebranto. 
...Siempre. Para siempre...
La partida de don Félix e hijas hacia la Costa Atlántica, ocurrida antes de la fecha que yo anticipaba, contribuyó a favorecer mi propósito de cumplir la palabra empeñada ante el buen señor. Pude haber ido a la estación, a ver a Marta aunque hubiese sido de lejos, o a que Marta me viera, pero pudo más la parte honesta de mi ser y no fui a ver ni a que me vieran. Como el día señalado fue un domingo, más bien, durante la misa de ocho de San Antonio, profundamente emocionado y con los ojos cerrados y el espíritu abierto, pedí a Dios bendiciones para la querida familia. Una ingenua petición agregué a mi plegaria: “Señor, haz que Marta me olvide pronto, pero a mí no me dejes olvidarla jamás”. Uno tiene que haber egresado de un colegio como el viejo Pedagógico y estar muy joven todavía para perpetrar el intento de dialogar con el Ser Supremo con tamaña candidez.

La Sangre de Cristo managüense
Como buen managüense, yo, y como toda la buena gente avecinada en la capital, nosotros cuatro guardábamos devoción y respeto por la Preciosísima Sangre de Cristo, como ha sido designada una bella imagen del Crucificado, originalmente venerada en el desaparecido templo de San Miguel, situado donde más tarde fue edificado el Mercado de San Miguel.
Luciendo lo mejor del cofre fuimos una tarde de julio Elías, Alfredo, Toño y yo a la gran procesión de la mencionada imagen, por supuesto acompañando a las queridas amigas de nuestro grupo. Todo empezó muy bien: flores en profusión, arcos cargados de frutas como cuernos de la abundancia, serpentinas, confeti, alfombras figuradas sobre las humedecidas calles con trigo reventado y aserrín coloreado, y la Banda de los Supremos Poderes que en virtud de una antigua promesa acompaña siempre a la Sangre de Cristo en toda solemnidad. Pero también había las “mariposas”, esto es, imitaciones del lepidóptero que en el lugar de las patitas llevan monotes para que al oprimirlas sobre superficies de tela, permanezcan adheridas; muchachos malcriados osaban aplicar mariposas sobre sus pechos a señoritas que marchaban en la procesión; naturalmente lo hacían en algún descuido de ellas y luego se alejaban a toda prisa, a confundirse con la multitud para evitar las consecuencias de su atrevimiento. Pero esta vez el osado no fue un chavalo sino un joven de camisa que no trató de alejarse y la víctima fue Luisita Aguirre, quien indignada alzó la voz con un “¡Ricardo!”
No me quedó otro camino que reaccionar de hecho; le alcancé el pecho al tipo y le di un vigoroso empellón; pero el sujeto también reaccionó y se me cuadró en son de reto. Rápidamente cambiamos unos puñetazos; lueguito intervinieron los muchachos, llegó un policía y se llevó preso al insolente. Pero aunque Luisita y las demás niñas quedaron otorgándome tratamiento de héroe, unos minutos después el ojo izquierdo se me puso morado.
Desde luego, al regresar a casa mi moretón causó la consiguiente conmoción: preguntas y comentarios, hielo, un parche con miel de jicote, etc... Mi señora madre, indignada, no parecía muy segura de que el episodio de la mariposa hubiera valido tanto como para afrontar una pendencia; pero mi padre se mostró más comprensivo y dirigiéndose a mí, dijo: “Ese moretón en tu cara equivale a una condecoración en tu pecho. Te reconozco Solís”. Y luego, volviéndose a las acaloradas damas de la familia, cerró su intervención agregando: “Mi hijo es un caballero”.
Nadie añadió ni una sílaba más. Yo mismo guardé un hinchado silencio.
Un velorio
Y hablando de aquellos tiempones, pocos velorios han sido tan alegres como el de Luna tía de las Aguirre, fallecida con acierto la mañana de un sábado de diciembre; si fue cosa del corazón o fue la malaria no podría decirlo ni tiene la menor importancia. Las nuevas me las trajo Elías Ruiz subrayando que lo hacía por encargo expreso de Luisita y agregando por su cuenta: “Acordate que mañana es domingo... De la casa del duelo podemos irnos directamente a misa, pues queda de San Sebastián cuatro cuadras abajo, tres a la derecha. No faltés... Dice la Luisita que ahora es cuando”.
Ya entonces había dos cines en Managua, uno de ellos sobre la Calle del Triunfo, en una casa que de día era escuela y por la noche teatro. Claro está que después de la función, donde vimos una de las películas más tontas que hayan podido filmarse, en la cual una tal Pearl White daba saltos que hubiera envidiado un leopardo, fuimos a dejar a una amiga invitada de Elías, a quien también había chaperoneado su señora madre, como era usual, y luego nos dirigimos a la casa mortuoria, donde ya estaban Toño, Alfredo, las Aguirre vestidas de medio-luto y mucha gente más. La familia doliente había alquilado más sillas de lo necesario, cuyas silletas corre-gente, muchas de ellas tan desvencijadas que dos pobres viejas se cayeron al tomar asiento.
Nosotros cuatro, las Aguirre y algunas amigas más formamos un grupito lindo, bastante alejado de la tarima negra donde el cadáver descansaba y debajo de la cual había una mal disimulada marqueta de hielo. La sesión se inició en relativa quietud, con Elías contando la película, no como la habíamos visto sino más bien como él hubiera querido que fuera, con lo cual la narración ganó interés y amenidad; esa era una reconocida virtud de Elías, injertar inocentes embustes en todo lo que contaba cuando estaba de ganas. Después siguieron los chiles, algunos de ellos inocentes chascarrillos que llamaban de salón. Luego se armaron dos mesas de cuatro puestos cada una, para jugar “perro” con cartas provistas por la familia doliente. A media noche sirvieron café negro y refrescos muy variados, como chibolas, chicha, chingue, etc., más sandwiches con pan obsequiado por la panadería Obando y buen queso fresco, envío de unos señores Roa, vecinos de la difunta y dueños de lechería.
Luisita Aguirre contó que “aquellos señores”, al dar el pésame a sus parientes, ponían discretamente unos billetitos arrugaditos en la mano del doliente.
— ¿Qué señores?, —preguntó alguien. — Aquellos que están allá...
— Ah, sí —explicó la mayor de las Aguirre—. Esos señores, el de corbata negra y el de camisa blanca, son Blandinos, de Masaya. Allá en Masaya así se acostumbra: que nadie da un pésame sin poner en las manos del doliente una contribución en dinero. Y no solo entre gente pobre... todo el mundo lo hace.
Nos pareció a todos una loable costumbre. Elías, quien no siempre era dado a tomar la palabra, discurrió esta vez sobre nuestra solidaridad vecinal que era probablemente una antigua costumbre tradicional venida de alguna provincia española o tal vez de los nahuales. El pan de donde Obando, el queso de los Roa, los billetitos de los Blandino y quien sabe cuántas cositas más, eran muestras de que la piadosa tradición no se había extinguido totalmente, “ni siquiera en Managua, donde por la heterogeneidad de la población las buenas costumbres se estaban acabando”.
Observé que en las palabras de mi amigo se traslucía un poquito esa eterna tirria contra Managua que a veces se observa aún entre gente que se ha venido a vivir en nuestra capital, procedentes de los departamentos, donde priva en familias lugareñas una idea exageradísima de la disipación de los managüenses. “En Managua, -suelen decir por allá-, a las once de la noche las muchachas se están vistiendo para ir a una fiesta”. Disparate. En Managua los managüenses, y los que aquí se han avecinado, somos tan buenos o tan malos como la gente de cualquier ciudad del mismo tamaño. Y cuidado que aquí usamos menos el machete y la pistola que en muchas otras poblaciones de la patria amada.
Pero basta con este paréntesis y volvamos a la vela. Había una veraniega luna y Alfredo sugirió que bien podíamos dar una vueltecita para gozarla mejor, luminosa idea que fue unánimemente acogida por todos los del grupo y sin alharaca partimos con rumbo norte; a poco andar llegamos a una plazoleta vecina de la Escuela de Artes donde reposaban grandes trozas de madera esperando ser llevadas al aserrío. En ellas tomamos asiento, y... otra idea brillante, esta vez de mi cosecha:
— Hombre, Alfredo, tu casa no dista mucho de aquí. ¿Por qué no nos vamos a traer tu famosa guitarra?
Aplausos y aprobatoria algarabía. Menos mal que, a la distancia en que esto sucedía, nada podía llegar hasta oídos del cadáver.
Vino la guitarra y allí fue Troya. Alfredo estuvo fenomenal. Gente del barrio despertada por nuestro bullicioso grupo, se vino a hacer barra y a aplaudir la bella voz de Alfredo; se acercaron más y acabaron cogiendo confianza, tanto que sugerían canciones pidiendo que Alfredo las cantara. Luisita Aguirre con aviesa intención, sugirió: “Que Ricardo cante los versos que compuso para la serenata de la otra noche”. Nunca la hubiera complacido; todavía las recientes heridas de mi pecho no había acabado de cicatrizar.
Desde luego, muchas otras voces se hicieron oír con mayor o menor fortuna; hasta uno de los mirones de la barra se atrevió a pedir a Alfredo que lo acompañara porque iba a cantar una letra de “Amores de Abraham”. Le dimos gusto y después que lució su buena voz lo invitamos también a tomar un traguito, pues cuando fuimos por la guitarra de Alfredo, de paso habíamos comprado un litro de compuesto.
El último canto de la ocasión fue un coro, “Las mañanitas”, entonado mientras caminábamos ya de regreso al velorio y el cual fue sucedido por un silencio polar cuando ya estábamos acercándonos. — “Para que la difunta no me vea con la guitarra, —dijo Alfredo— yo me voy directamente a mi casa. Ahí me la saludan”.
Al regresar supimos que durante las breves horas de nuestra ausencia había ocurrido una querella entre un par de tipos de la concurrencia, de quienes nadie sabía nada, ni sus nombres, y que seguramente pertenecían a ese elemento de gente desocupada, que tienen el hábito de asistir a toda vela de que alcanzan noticia, para lo del café negro y los sandwiches, y a quienes la gente los llama “come-muertos”.
La pariente de las Aguirre fallecida esa vez, y a quien ellas llamaban tía, era una señora no muy entrada en años y de joven debió ser muy bien parecida, según podía apreciarse por un retrato de ella que colgaba de la pared, casi cubierto de paños negros como lo estaban también un espejo y dos cuadros o láminas litografiadas de panoramas exóticos. Igualmente las cortinas prestadas que habían colgado a las puertas, eran negras. Todo quería decir luto y evidentemente todo servía para darle más peso a la sombra.
En algún paréntesis, mientras permanecíamos en los predios de la Escuela de Arte, joviales y ajenos a todo lo que no fuera matar alegremente el tiempo, se trató en tono casi burlesco lo relativo a la tabla de los lutos, semi-lutos y medio-lutos, esto es, a los períodos en que la casa mortuoria debía permanecer con abundantes crespones negros en todo sitio visible y los deudos debían vestir de riguroso luto primero y de medio-luto después, por tantos años, meses, semanas y hasta días, lo cual obedecía a normas conocidas y respetadas por toda la familia que presumiera decencia. Se comentó que en Chinandega y en Masaya y en lugares menores los períodos eran más largos; en Granada y León bajaban un tanto y todavía más en Managua; sin embargo aún se comentaba con acritud cómo un conocido caballero managüense había asistido a una función de ópera presentada en el Teatro Variedades, antes de dos meses de fallecido su padre. Esta compañía de ópera había venido a Managua aprovechando el atraso sufrido en Corinto por el barco que la conducía.
También se habló de los novenarios, de la misa de treinta días y de la misa de cabo de año, esta con distribución de estampitas conteniendo textos de oraciones con indulgencias, etc.
A la salida del entierro la tarde del día siguiente, las mujeres de la casa prorrumpieron en llanto como no lo hubieran hecho mejor las plañideras más bien pagadas de los tiempos remotos. Soltaban también exclamaciones que en frío hubieran resultado cómicas, encargando a la muerta no olvidarlas y llevar al cielo los saludos de ellas para otros deudos fallecidos antes. Ya habíamos andado muchos metros en la marcha hacia el cementerio y todavía podíamos oír a las plañideras: — “Fulanita linda, no te vayás, no nos abandonés”.

Solamente una alcoba
Para los exámenes de fin de curso, además de las tareas escolares propiamente tales como repasos, ensayos, etc., nosotros cuatro, y a veces con participación de amigos comunes, discutíamos planes y propósitos referente a las vacaciones que se aproximaban. Se trataba de un descanso con goce de sueldo, circunstancia esta que hacía parecer aún más atractivos los casi tres meses que mediarían entre el cierre del año lectivo y el siguiente 15 de mayo.
De Carazo vino a Managua el papá de Antonio Parrales en esos días y si bien no fuimos a esperarlo a la estación del ferrocarril, la misma tarde de su llegada estuvimos a saludarlo Elías, Alfredo y yo. Bondadosísimo, el señor Parrales nos obsequió buena parte de las provisiones que había traído de su hacienda, (las más de ellas las cedimos nosotros a Elías), y diciéndonos que él sabía de nuestra fraternal amistad con su hijo, nos brindó un trato casi paternal, nos llevó a tomar refrescos en la glorieta del Parque Central y nos habló de su señora y de sus otros hijos, a quienes él deseaba que también conociéramos. Con tal fin nos invitó a todos tres que fuésemos a pasar la próxima semana santa con su familia, residente en una hacienda de ganado. Elías había aceptado trabajos especiales con el abogado paisano suyo por casi toda la temporada y no pudo aprovechar la generosa invitación. Alfredo y yo, sí, tras expresar nuestro agradecimiento, amarramos. Como Toño estaría ya en casa, todo quedó convenido. Nos iríamos por el tren de los pueblos hasta Jinotepe y ahí, Toño, que nos esperaría en la estación, se encargaría de todo lo demás.
****
De las cosas que uno ve, oye u observa a lo largo de la vida, algunas parecen tan extraordinarias que se quedan grabadas en la memoria indefinidamente. Confío que en este caso, el que me induce a seguir moviendo mi vieja pluma, tú, amable lector, estarás de acuerdo conmigo en cuanto a que de veras se trata de algo muy singular, aunque la Santa Biblia nos refiere episodios de alguna semejanza. De lo que ahora me propongo contar fuimos testigos Alfredo y yo durante nuestra grata temporada caraceña. Ruego se me permita narrarlo a manera de cuento, con inserción de algunos paréntesis conducentes, manía de la que yo padezco.
Se trata de la Pina y la Lola, muchachas de buena planta aunque entre sí no guardaban ningún parecido. Ambas cifraban por los tempranos veintitantos. Cuatro nenes, entre los tres y, los siete años, iban y corrían por la casa y con igual familiaridad se acercaban indistintamente a Pina y a Lola y mamá las llamaban a ambas. Niños limpios, alegres, saludables, comunican la impresión de pertenecer a una familia privilegiada de paz y bienestar. Yo empecé por creerlos hermanitos de padre y madre a todos los cuatro.
El amo de esta casa —pronto pudimos saberlo—, era un hombre en pleno goce de sus mocedades; se llamaba Pedro, hermano mayor de mi buen compañero y amigo Toño. Diríase que Pedro Parrales era un sujeto sin características especiales. Un joven como los hay tantos y que apenas guardaba alguna semejanza con Toño, un aire de familia no más, si bien se podía pensar de él que era un tanto más hombre que su hermano.
Morada del grupo objeto de esta peregrina historia era una casita soleada, ventilada y aislada, típica de las buenas casas de campo en el agro nicaragüense; no muy lejos quedaba la vivienda grande, de cuatro corredores y muchas ventanas, habitada por los patrones. El propietario de la hacienda, llamada “El Guapinol”, donde todo esto tenía lugar, era don Bibiano, papá de Toño, señor sesentón, recio de contextura, ligeramente cojo, de buen alto y reposado continente, y a quien yo había conocido en Managua como ya lo conté. La patrona, madre de Pedro y Antonio y de una joven casada que vivía con su marido en una finca vecina, se llamaba Doña Minda y uno podía darse cuenta que en la propiedad ella no tenía ni voz ni voto y se limitaba complacida a echarle segunda a todo cuanto Don Bibiano dijera o deseara.
Alfredo y yo fuimos muy cordialmente recibidos por la familia. Nos alojaron en un amplio cuarto de la casa-hacienda y pusieron hermosos caballos a nuestra disposición. Acabaditos de llegar el lunes santo y tras un pinolillo de agua fresca con deliciosas rosquillas, don Bibiano mismo nos condujo por las dependencias inmediatas de la hacienda: corrales, chiqueros, queseras, etc. Pude darme cuenta que Toño no sabía mucho de las cosas de “El Guapinol”.
Un rato más tarde Toño nos llevó a la “otra casa”, la que habitaban Pina y Lola y los mencionados infantes. Nos presentó como sus mejores amigos de Managua. Me llamó la atención que las muchachas llamaban a Toño “cuñadito” y “compadrito”; uno de los niños abrazó a mi amigo más cariñosamente que los otros y le decía “padrinito”; a todos los cuatro Toño los obsequió con caramelos y caballitos de palo del mercado de Masaya. Nosotros los huéspedes no habíamos llevado nada; nos limitamos a obsequiar solamente palabras cariñosas a los niños y elogiosa las muchachas por la casa tan limpia y ordenada y el jardincito tan bien cuidado. Así comenzó nuestra amistad con ellas.
Instantes después de nuestra llegada a la “otra casa” nosotros empezamos a notar que allí ocurría algo raro, pero buen cuidado tuvimos de no dejar traslucir ni en palabras ni en gestos ni en miradas nada que delatara nuestras sospechas. Cuando nos disponíamos a partir llegó Pedro; un coro de “papá, papá” lo saludó con infantiles voces: las damas sonrieron afablemente con un “qué tal” más un beso de tipo conyugal. Pina se alejó del grupo y regresó en breve con un vaso de jugo de naranjas para Pedro y trayendo además un paquete de rosquillas que puso en manos de Toño diciéndole: —”Compadrito, como los jóvenes no aceptaron el pinolillo, lléveles Ud. esto para el café de la noche”.
Pedro tomó asiento y nos estuvo diciendo de unas rondas que tenía emprendidas para terminarlas antes de empezar a quemar potreros, “tempraneando el invierno”. Hablamos luego de otras cosas propias de una conversación entre gente de la ciudad y gente del campo. Al partir, las muchachas y los chiquillos nos acompañaron hasta el portón y Pedro también se vino por un buen trecho con nosotros y nos invitó para aprovechar la luna saliendo de paseo esa misma noche y sugiriendo que fuésemos hasta las playas de Casares por una trocha corta que él conocía como sus manos.
Apenas Pedro se hubo separado de nosotros para ir a vigilar sus trabajos, Toño nos hizo parar y echar pie a tierra bajo un umbroso chilamate, a pocos pasos de un rumoroso ojo-de-agua que mantenía alfombrada de verde la vecindad y bendecido de sabrosa frescura el paraje. De sus alforjas sacó él una botella con tapón de olote. Alfredo y yo hicimos como él: sentarnos de plano sobre la húmeda grama. La botella trazó un par de triángulos yendo sucesivamente del uno al otro, que así saboreamos a pico de botella un sorbo de rica cususa caraceña.
En la cara de Toño se notaba que tenía algo que decir. En la de Alfredo y en la mía también debió notarse que teníamos algo que inquirir.
Toño empezó: — “Ya sé, y no se les ocurra negarlo, que ustedes están cavilando: están que rascan por descifrar el enigma de la “otra casa”... la de Pedro y las muchachas... Bueno: es natural, es lógico. Ustedes no se imaginaron nunca que eso podía ocurrir; quiero decir, que un hombre tuviera dos mujeres no es cosa nunca vista, pero que las tenga y mantenga bajo el mismo techo y que todos vivan en paz y felices.., eso sí, reconozco que es algo insólito de este lado del mundo”.
Alfredo: —Hombre, Toño, nosotros no te estamos preguntando nada.
Toño: —Ya sé que ustedes no están preguntándome nada, pero los dos, Ricardo y vos, andan un signo de interrogación en la frente y yo les voy a contar cómo ha ocurrido todo eso.
Yo intervine: —Hombre, Toño, la verdad es que a nosotros claro está que nos llamó la atención todo lo que vimos y lo que nos hemos imaginado; yo le daba vueltas y le daba vueltas en mi cabeza y no hallaba qué pensar. La verdad es que tal vez hubiera acabado por preguntarte a vos qué era todo aquello.
Sonriente, Toño hizo trazar un nuevo triángulo a la botella de cususa y empezó con el cuento tal y exactamente como ahora prefiero yo que lo repita él mismo. Le cedo la palabra.
Escuchémoslo pues:
— Esto que voy a contarles empezó hace unos nueve años, digamos.
En Jinotepe vivía una señora llamada doña Leoncia Arévalo, muy devota del Señor de Esquipulas, tanto que por nada del mundo hubiera ella perdido ninguna de las romerías cuaresmales al santuario de La Conquista; allá iba ella, pues, con todo fervor y claro está que se hacía acompañar de su piadosa familia, que se componía de tres mujeres en total, incluyendo a sus dos hijas de casa naturalmente, porque ella las cuidaba mucho y jamás las hubiera dejado solitas en Jinotepe. Estas muchachas que ustedes acaban de conocer ya señoras, eran un par de cipotas, frescas, aseaditas, más o menos de la misiva edad, unos diecisiete o dieciocho años, y originarias de La Paz de Carazo. Las dos eran muy simpáticas; con doña Leoncia se portaban requetebién y la verdad es que Doña Leoncia las quería mucho y las vestía bonito. La tercera persona era una tal niña Chepita, buena gente, muy virtuosa, sólo que un poquito cargada de años.
Pedro, mi hermano, también era devoto del Señor de Esquipulas y las peregrinaciones de La Conquista le encantaban; allá iba él, montado en la mejor bestia de “El Guapinol” con su ayudante y con buena plata en el bolsillo para las limosnas y lo demás que se ofreciera. Claro que con doña Leoncia y con su familia Pedro se conocía y eran amigos. Fíjense: cuando ellas querían bañarse en el río de La Conquista, con sólo que dijeran que Pedro iría con ellas tres, ya tenían seguro el permiso de doña Leoncia. Mi hermano, que tendría entonces unos veintiún años, era fino con la señora y con todas ellas; las atendía con chibolas y con chicha y les obsequiaba escapularios y medallitas; en las gradas les daba la mano; en fin ellas sabían quién era Pedro y que bien podía haber andado con cualquier muchacha de la sociedad de Jinotepe y les gustaba mucho la preferencia y que aparte en bromitas y algún piropo él nunca se propasaba.
Verdad es que a mi hermano le gustaban la Lola y la Pina pero no estaba enamorado de ninguna; ni crean que el tal Pedro fuera gallo de muchos altos; una sola vez había tenido un enredito con la sobrina del mandador, por cierto un poquito más vieja que el mismo Pedro y en cuanto mi mamá se dio cuenta se lo dijo a mi papá, que ya había husmeado algo y total que la muchacha tuvo que salir de “El Guapinol”.
Bueno, pues doña Leoncia alquilaba una casita en La Conquista desde la semana del tercer viernes hasta el martes santo. La tal casita quedaba en un solar de buen tamaño, con cerca de piñuelas, que no dejaba de tener sus boquetes.
La botella de cususa trazó su último triángulo con los tres sorbos consiguientes que la dejaron casi vacía. Toño encendió un cigarrillo y el cuento siguió.
En ese tiempo yo tenía digamos diez años y claro que no escupía en rueda. A mí Pedro nunca me dijo ni jota ni nunca me di cuenta de nada hasta que un día mi papá le recetó a Pedro una regañada solemne y Pedro se plantó y dijo que él era hombre y que jamás le faltaría al respeto a su padre… pero que ese mismo día se iba de “El Guapinol”, pues le sobraba donde ganarse la vida. Mi maná se puso lívida. Estábamos en la mesa, almorzando.
Mi papá estaba de sortearlo; cogió sus platos y los hizo añicos contra los ladrillos. Sólo mi hermana Inesita que todavía estaba soltera se paró y le habló a mi papá con voz no muy dulce; le dijo más o menos: — “Señor, ¿qué le pasa? ¿Pedro no es su hijo mayor? ¿Quién pasa todo el día sudándose en esta finca? Y doña Leoncia ¿qué es de nosotros? —Una vieja mojigata que ya no es ni mujer”.
Claro está que yo me quedé hecho piedra, ni siquiera parpadeaba.
Mi mamá, la pobrecita, seguía sentada, calladita y llorosa. Mi papá sólo volvía a ver a la Inesita con ojos de susto. Ella, la Inesíta, se fue con paso enérgico tras de Pedro que se había levantado de la mesa y había cogido para su cuarto.
Sobre la entera casa cayó un silencio sepulcral que se prolongó por largo rato. La gente se movía, pero calladita.
De repente vi llegar al ayudante de Pedro con su caballo ensillado y también trayendo otro caballo de albarda. Los amarró en el postecito de la entrada y cuando se vio con Pedro le dijo: — “Patroncíto, yo me voy con usted”. Mi papá oyó aquello y dio un paso hacia ellos y como que iba a hablar, pero no dijo nada.
Bueno, ustedes estarán preguntándose qué había provocado semejante alboroto. Es que yo todavía no les había contado lo más gordo. Por favor, esto no lo repitan a nadie en Managua; ni una palabra; ¡ni una sílaba! ¡Dios quiera que por boca mía no se sepa nada jamás! Bueno, pues que una tarde, regresando del río la Pina y la Lola se quedaron un poco atrasito para decirle a Pedro que ellas pasaban las noches muy solitas en su cuarto y que a veces hasta les entraba miedo porque allí no había ni un perro. —¿Y doña Leoncia?, les preguntó mi hermano; ellas le contestaron: —Esa señora se toma su tibio y se acuesta bien tempranito y apenas cae en la cama ya la estamos oyendo roncar. —¿Y la niña Chepita?, insistió él. —Esa niña vieja es más dormilona que doña Leoncia, contestaron ellas. Por toda respuesta Pedro murmuró un “Ajah”... Las muchachas no tuvieron que hablar más...
Bueno, pues cuando Pedro fue a dejarlas le dio una vuelta a la casita y se estuvo fijando en las piñuelas y en los boquetes de la cerca. Cuando ya La Conquista estaba privada y antes que saliera la luna, Pedro despachó a su peón a “El Guapinol”, se fajó su treinta y ocho y cogió la calle a pie.
Todo aquello estaba oscuro, pero mi hermano sabía cuál era la puerta, que claro.., estaba destrancada. Pedro entró y tras de sí volvió a cerrar; se quedó quietecito, esperando distinguir algo en la oscuridad, cuando una mano lo cogió del brazo y lo condujo hacia un catre-tijera, que según Pedro debe de haber estado bien engrasado porque ni crujió cuando le cayeron los dos cuerpos.
Mi hermano me ha jurado, cuando hace poco ya hablamos sobre esas cosas de hombre a hombre, que hasta ese momento él no sabía si estaba con la Pina o con la Lola, pues ni una palabra medió.
Antonio tenía absolutamente hasta la última gota de nuestra atención.
En su primer nido Pedro se quedaría como una hora, digamos, antes de pensar en partir; pero ya estaba de pie y subiéndose los pantalones cuando una segunda mano lo tomó suavemente de la suya y lo condujo hacia el segundo catre-tijera de aquella singular noche, noche loca, frenética, como en los cuentos de Boccacio.
La mañana siguiente, bien temprano, Pedro partía con rumbo a “El Guapinol”; hasta pasó despidiéndose de doña Leoncia; las muchachas todavía no se habían levantado.
Aquí Antonio hizo una breve pausa. Encendió otro cigarrillo y continuó:
Y hasta ahí, pues, digamos, casi como si no hubiera pasado nada. Pero viene el Pedro y sigue peregrinando. Todas las tardecitas, a La Conquista se ha dicho; él mismo ensillaba y partía solito, sin ayudante; mi papá no podía decir nada porque ningún trabajo se atrasaba. El tipo estaba de vuelta muy tempranito, antes de las siete y todo seguía como todos los días. Pedro era el brazo derecho de mi papá y allí prácticamente nada se hacía sin Pedro, más desde que el señor se puso un poquito reumático y el doctor le prohibió que se mojara, hasta que se anduviera humedeciendo.
Una vez mi mamá le dijo a Pedro que ella se quedaba muy intranquila con esos viajes, pero él le metió el cuento de unas promesas y le ofreció que para el miércoles santo ya iba a pasar las noches en la hacienda. Y así fue.
Toño hizo otra pausa. Ofreció lo poquito que en la botella quedaba. No, quisimos ni Alfredo ni yo; él se tomó las gotitas de cususa sobrantes, tiró la botella y…
El tiempo fue pasando. Las escapadas de Pedro eran ocasionales y francamente nadie habló más de su devoción por el Señor de Esquipulas. Pero la bomba tenía que estallar un día. “El Guapinol” se conmovió como nunca con los cuentos que llegaron. La cosa fue que primero doña Leoncia entró en sospechas; luego llamó a un doctor Rappaccioli de Diriamba, pariente de los Arévalo y en dos palabras el doctor le dijo que no pasaba nada, que todo era que la Pina y la Lola estaban embarazadas.
A la señora se la llevaba el diablo de arrecho y más cuando las dos muchachas confesaron delante del doctor y dijeron que desde en La Conquista habían empezado a vivir con Pedro, las dos. Hecha una furia doña Leoncia las corrió de la casa.
Toño se alejó unos pasos del paraje y aparentemente fue a hacer aguas, yo fui después y a continuación Alfredo también llenó la misma necesidad; recuerdo que hasta los tres caballos, casi simultáneamente hicieron igual. La historia siguió:
Poquito después el papá de la Pina vino una mañana a “El Guapinol” en busca de Pedro, estuvieron hablando unos minutos y luego se fueron juntos con rumbo a Jinotepe. En pasando por Santa Teresa mí hermano logró alquilar una casita, la amuebló lo justo, y los dos, el viejo y Pedro, se fueron a buscar a las muchachas y las llevaron a la casita de Santa Teresa. Ellas contentísimas, quedaron viviendo juntas como dos hermanitas gemelas; así viven desde entonces; jamás ni un sí ni un no. Ustedes las vieron en la “otra casa.” y así ha sido siempre.
Mi hermanita Inés algo sabía. Mi papá algo se imaginaba; él había oído cantar el gallo, pero no sabía por dónde. El bombazo fue cuando a la vieja se le ocurrió escribirle una carta a mi papá contándole todo. Ese fue el día del bochinchón cuando estábamos almorzando.
Nueva pausa de Antonio, como para descansar. Pero Alfredo y yo seguimos calladitos.
Los dos primeros niños habían nacido con pocos días de diferencia; así todo estuvo mejor; la Pina solícitamente acompañó a la Lola, después la Lola a la Pina, con el mismo esmero. Yo soy padrino del de la Lola, que nació primero; al de la Pina la llevó a la pila mi hermana Inesita.
Todo anduvo bien a Teresa y a Pedro le salía más corto el viaje y ya no tuvo que andarle con más embustes a doña Leoncia.
Ya sé que ustedes quieren saber en qué paró el bochinche del almuerzo, cuando mi papá quiso imponerle a Pedro las leyes de “El Guapinol”... Pues el Pedro efectivamente se marchó, sin el peón que le ofreció irse con él; se fue solo con su caballo y una alforjada de ropa. Naturalmente se fue a su otra casa, la de Teresa; la Inesita de una vez se lo había imaginado y así lo hizo saber a mi papá. El viejo se fue a encerrar diciendo que no quería ver a nadie. Estaba que echaba espuma. Allí, encerrado pensaría qué iba a ser de los trabajos de “El Guapinol” que nadie conocía como Pedro ni nadie sabía manejar como él. Teníamos siembras encaminadas, se estaban resembrando potreros y el invierno ya estaba encima. Para colmo el vaquero mayor se había enfermado y no había quien ordeñara, que estando Pedro eso no valía nada porque él sabe hacerlo todo mejor que nadie; también pensaría don Bibiano en las lágrimas de su mujer, silenciosas pero elocuentes. Total que el viejo acabó por entreabrir su puerta y llamar a la Inesita. Se estuvo con ella un buen rato y hablaron y hablaron. Mi pobre madrecita paseándose en un corredor, rosario en mano, sin masticar palabra y volviendo la vista hacia el camino que le había quitado a su hijo. Por fin salió mí hermanita de hablar con papá, mandó ensillar dos bestias y me dijo: — “Alístese, amiguito, que vamos a Santa Teresa a traer a don Pedro Parrales”. Yo feliz, porque Pedro era mi héroe, mi ídolo y con los cuentos que había oído lo veneraba todavía más.
Ahora no vayan ustedes a creer que todo fue friendo y comiendo y que Pedro se dejó venir a la primera llamada.
¡Qué va! Primero dio una larga platicada con Inesita, quien también había saludado cariñosamente a sus dos cuñadas, y como que querés... como que no querés, mi hermano acabó por disponerse a regresar, con el evidente beneplácito de las dos muchachas. Y así nos dijo:
“Váyanse ustedes de regreso por donde vinieron.., y llévense mi palabra de que mañana a las siete, Dios mediante, yo estaré entrando al Guapinol”.
Inesita y yo, contentísimos, picamos espuelas y volvimos a la hacienda con las buenas nuevas.
Cuando Pedro llegó, temprano del día siguiente, mi mamá se lo comía a besos y lo abrazaba llorando; él también lacrimó su poquito. Mi papá se hizo el ocupado y no salió de su cuarto. Pedro se fue a los corrales y empezó a dar órdenes como si nada había pasado. Hasta Diana, la perra, lo seguía coleándole más que de costumbre.
Unos minutos antes de las seis de la tarde nos reunimos en el comedor y cenamos todos juntos; nadie habló más que con su propio plato. Apenas Inesita dijo algo de las brisas del sur que traían la lluvia todos los años.
Pocos días después de aquel en que ocurrieron los sinsabores causados por la carta de la tal doña Leoncia, mi hermano, sin consultarlo con nadie, empezó la construcción de la “otra casa”, y al terminarla se trajo a que vivieran en ella la Pina y la Lola y sus dos tiernos; hubo otra temporada incómoda en “El Guapinol” pero nada detonante ocurrió; mi mamá estuvo padeciendo una manifiesta inquietud que le dilató más de una semana pero nunca dijo nada que oyera yo, solamente con Inesita eran sus pláticas. El señor fue quien no se apagaba nunca; se pasaba largos días sin hablar con nadie, ¿pero qué hubiera hecho el pobre sin Pedro? Por una parte él mismo se ponía cada vez más viejo y más inútil con su reumatismo, por otra Pedro cogía más riendas cada vez. Las cosas seguían requetebién en “El Guapinol”; buenas las cosechas, el pasto abundante, las vacas pariendo y leche que sobraba.
Mi hermana, que ya estaba por casarse, era la única que iba a ver a las muchachas y chineaba a los nenes; todo el mundo la adoraba... Yo también iba con ella. El novio de la Inesita, a quien todos llamábamos cuñado, era íntimo amigo de Pedro, y también la única persona que le hablaba a papá de las gracias de sus nietos y le ofrecía llevárselos a que lo visitaran, pero el viejo todavía se aguantaba las ganas de conocerlos. Con su modo franco y festivo, Gerardo, —Gerardo se llamaba el novio de Inesita—, le dijo un día a mi papá: “Oiga, suegro: no se olvide usted: no hay caldo que no se enfríe ni gato que no lo beba”, y mi papá acabó bebiéndoselo. Cierto que él no ha ido nunca a “la otra casa” pero siempre está mandando por los chavalitos. No lo van a creer ustedes, pero no hace mucho lo sorprendí con todos los cuatro jugando que iban a La Conquista y el peregrino era mi ahijadito, y ¿quién creen ustedes que era el caballo? —Pues don Bibiano Parrales, mi señor padre, con todo y su reumatismo.
Antonio echó una ojeada a su reloj de bolsillo y con el tono de voz que usan los oradores para sus últimos parágrafos, nos hizo entender que se disponía a cerrar su historia.
Ahora, relaciones oficiales entre la casa grande y “la otra casa”, francamente, no las hay todavía, pero son cuentos: regalitos van, regalitos vienen y la otra vez, ya casada Inesita, cuando el sarampión tumbó a los dos mayorcitos, mi mamá se pasaba noches enteras acompañando a las muchachas sin que mi papá dijera nada, si no era para preguntar cómo seguían los enfermitos.
Toño se puso de pie, nosotros hicimos igual. Mientras nos acercábamos a los caballos, nuestro amigo cerró su charla diciendo...
Pedro, muchachos, es todo un hombre, gallo de pico y espuela. A nadie le aguanta pulgas. El único que a veces lo friega es Gerardo que le dice: “Salomón ¿cómo va el serrallo?”. Y Pedro sólo se ríe.
Cosas del mar
Bien sabido es que el paso de los años barre muchas huellas, borra muchos recuerdos y yo diría que suele ser una dicha que así ocurra, sin embargo entre tales memorias algunas que nos causaron viva impresión por una u otra razón, persisten a través de las décadas. Una de ellas, que a mí me conmovió más que a Toño, se refiere a la ocasión en que mi citado compañero vino a decirme durante el primer recreo de una mañana, entrando ya el curso escolar, que... nuestra amiga, la señorita... (llamémosla Fulanita), estaba encinta.
— Pero, Toño, vos pasaste una semana en Huehuete, en el rancho de ustedes, junto a la enramada donde estaban hospedadas ella y su madre. No me salgás con que...
— Sí, hermano. Es verdad. Es mío. Son cosas que pasan en el mar.
— ¡Qué bárbaro, Toño! ¿No te pudiste acordar que esa niña había sido novia de Alfredo, amiga de Marta y de todas las muchachas? ¡Qué bárbaro! Vos no tenés remedio. Primero fue la chavalita de Susucayán, la hija de casa de tus tías, y ahora la pobre Fulanita. Don Bibiano y Doña Minda, ¿qué van a decir?
— Ya los viejos saben. Tenía que contarles. Yo pensaba que tal vez tenía que casarme con ella, pero mi papá dice que esa muchacha tiene más edad que yo y que si nunca había sido ni siquiera mi novia, pues que él no piensa que nos debemos casar. Él dice que debo reconocer al niño y que debo, eso sí, ocuparme... de todo, y que ojalá no nazca mujercita.
— Tiene algún sentido lo que dice tu viejo. ¿Y Doña Minda?
— Vos sabes, para mi mamá lo que dice mi papá es la última palabra.
— ¡Qué bárbaro! ¿Y cómo fue todo eso?
— Hermano, ni yo mismo lo sé... Cosas del mar.
— ¡Qué mar ni que pierna muerta! Vos tenés un modo muy fregado con las mujeres. Tenés que pensar en ser de otro modo o un buen día te va a llevar la trampa. ¿Y cómo no nos habías dicho nada, hasta ahora?
— Bueno, es que ya sabía que ustedes me iban a caer encima y pensé que era mejor hablar primero con mis viejos. Te cuento que mi papá dice que de otro lío no me saca y que si no dejo en paz a la Fulanita, que no cuente para nada con él.
Le doy la razón al viejo. Seguramente piensa que ya tiene bastante con “la otra casa”.
Tocante a esta señorita, que trabajaba en Managua como dependienta de uno de los mejores almacenes, puedo referir que las cosas ocurrieron de modo tan simple que causan asombro.
Varias veces la había visto yo en casa de Marta y a pesar de que don Félix era bastante selectivo en cuanto a las amistades de sus hijas, jamás objetó a la persona de quien me ocupo; se trataba, pues, de una señorita en perfecto goce de su fama; ella era mayor que Alfredo, tal vez uno cuatro años y bastante agraciada la muchacha, y vestida siempre con cierta elegancia, si bien no se podría decir que con lujo. Su jalencia con nuestro compañero no fue duradera, ni tampoco muy exaltada. Alfredo tomaba festivamente el apodo de “roba-cuna” que le pusimos aludiendo a la edad de la joven y un día de tantos quebraron; todo había pasado sin pena ni gloria, pero ella quedó ya incorporada a nuestro grupo y seguíamos viéndola con relativa frecuencia. De algún modo supe que esta damita se disponía a viajar a Huehuete, en Carazo, a fin de pasar allí una temporada veraniega; no tuve la más remota sospecha de lo que habría de acontecer, Pensé: “Allí se encontrará Fulanita con Toño Parrales”, pues él me había anunciado el mismo propósito de ir a Huehuete y hasta me había invitado a venir con él, ofreciéndome la casa que allí tenían sus padres.
En las playas del citado balneario Toño y Fulanita hallaron lógico y se creyeron en el deber de pasear juntos, de ir y venir sobre las húmedas arenas del mar —oscuro lecho en que también se extinguen las espumas del oleaje—; tal vez inadvertidamente iniciaron un idilio, un romance dicen ahora los muchachos, y a pesar de que ella era unos añitos mayor que él, en una de las caminatas, probablemente antes que saliera la luna o tal vez cuando ya se había puesto, la abundosa cabellera de Fulanita se llenó de arena... y un nuevo ser humano inició su gestación en el vientre de ella.
Eso fue todo. 
Se nos va Elías Cruz
Una tarde de cielo encapotado, como suelen serlo con frecuencia las de noviembre, llegó a mi casa en bicicleta Alfredo, diciendo que le urgía verme. Sin demora vine a la acera donde él insistió en esperarme:
— Hermano, Elías está en el hospital; lo llevaron esta mañana y acabo de saberlo. Ahorita viene Toño a buscarte; que lo esperés en la puerta dice; lo dejé buscando un coche.
— ¿Qué ha pasado, pues?
— No sé. No sé nada, sólo que no podemos fallarle a Elías. En el portón de la calle de San Pedro los espero yo, porque Elías está en una sala de caridad.
Alfredo partió pedaleando duro. Lueguito pasó Toño por mí. Fustigando sus jamelgos sin piedad el auriga nos condujo rápidamente al Hospital General. No eran horas ni día de visita, pero un portero conocido nuestro nos franqueó la entrada.
Sobre un catre-tijera de la sección de indigentes yacía nuestro compañero. Demacrado, ojeroso, la frente húmeda de sudor. Triste cuadro. Se vino hacia nosotros una dulce hermanita llamada Sor Luz María y conversamos breves minutos con ella; supimos que Elías había sido llevado al Hospital General en un coche el día anterior, muy entrada la mañana. Estaba en la sala del Dr. Castillo, quien lo había examinado muy detenidamente y había pedido a la hermanita que por favor lo hiciera ver también por el Dr. Cortés como ruego suyo; nos mostró igualmente Sor Luz María una hoja de papel donde estaban registrados el nombre, edad, etc., de nuestro paciente y algo más que nosotros no supimos descifrar.
Lo primero que hizo Toño fue ordenar el traslado de Elías al Pensionado, para lo cual la religiosa le explicó a quien debía ver, etc., prometiendo interesarse ella misma para que el cambio se hiciera sin demora, contando con alguna pieza disponible en dicho Pensionado, que dichosamente la hubo.
Elías había permanecido en silencio, sin quejarse, pero al darse cuenta de lo dispuesto por Toño extendió su diestra hacia el noble amigo y no dijo ni una palabra pero sus ojos hablaron por él.
Alfredo se apartó unos pasos, seguramente para que no viéramos los ojos de él, humedecidos también.
Breves minutos después habló Toño: “Elías, tenemos que irnos. Ahora no es tiempo de visitas, pero en el Pensionado todo será más fácil. Mañana vendremos más temprano y seguiremos viniendo hasta sacarte de aquí, bueno y sano, y te vamos a llevar a temperar donde el doctor Castillo nos diga”.
El enfermo contestó apenas con un intento de sonrisa.
Sor Luz María nos acompañó hasta la puerta de su sala y al agradecerle nosotros su fina atención dijo: “Ustedes deben ser casi hermanos del enfermo, ¿verdad?”
— Sí, lo somos.
— Jóvenes, temo que este muchacho está muy mal. Vi al doctor Castillo muy preocupado por él. Me recomendó que no lo perdiera de vista y que mañana le comunicara todas mis observaciones. Ojalá en el Pensionado...
— Hermana, ¿cree usted...?
— No sabría qué decirles... Hay que confiar en Dios. Yo no lo veo nada bien... Cuando él tose... ¡cómo tose!
Nos marchamos cabizbajos, en silencio.
Alfredo y yo volvimos al Pensionado la mañana siguiente, muy temprano. Buscamos a la hermana Luz María, quien nos dijo que nada tenía que ver con los enfermos del Pensionado pero que por pura simpatía durante la noche había pasado dos veces por la pieza de Elías; que ahora esperaba al doctor Castillo. Agregó que en cuanto al doctor Cortés, no había llegado desde el día anterior. Pero en su carita no mostraba la Sor ninguna señal alentadora.
Por tres días consecutivos la visita cotidiana la hicimos juntos Alfredo, Toño y yo. Frente a la pieza de Elías —la número siete—, al cuarto día hallamos que la puerta estaba cerrada y con un papel pegado que decía: “Prohibida la entrada”. No sabíamos qué hacer ni qué pensar. Una enfermera seglar, de gorrita blanca, vino hacia nosotros.
— ¿Ustedes son los jóvenes que vienen a ver a este paciente? — Sí, señorita. Es nuestro hermano. Queremos verlo.
— Mucho lo siento, pero la entrada está expresamente prohibida por el doctor Castillo. — ¿Es que ya falleció el señor Ruiz?
— No todavía... Pero... no pueden pasar.
Toño murmuró: “Esto se pone muy feo”.
Nos alejarnos desconsolados, siempre en silencio, pensando que a Elías ya nadie lo podía detener.
Al, otro día, bien temprano, vinieron a buscarme Alfredo y el Director de la escuela de Elías. Había muerto nuestro compañero. Al ir a recoger su cadáver la hermanita Luz María nos esperaba. — “Murió como un santo —nos dijo—. La única vez que lo vi sonreír fue cuando me llamó para pedirme al capellán”.
El Director de la escuela municipal había obtenido una modesta suma autorizada por el Señor Alcalde para sufragar los funerales de nuestro amigo, y además, sus compañeros de trabajo a pesar de gozar un sueldo muy limitado, también reunieron unos tantos córdobas con el mismo fin. Lo demás lo puso Toño. Hubo igualmente ofrendas florales entre las que se podían apreciar una corona enviada por las Aguirre, otra, de flores naturales, amorosamente elaborada por mis hermanas que siempre guardaron por Elías estimación y simpatía. También la Municipalidad envió otra. En el cementerio un padre capuchino de San Sebastián rezó un responso.
— Bueno, —dijo Toño—, Elías es el primero que se marcha... ¿Quién irá a ser el segundo?
Alfredo tomó la palabra: “Eso es todo un enigma y por dicha no te lo podrán descifrar, pero, sí puedo asegurarte que todos los tres partiremos. Es ley ineludible. Allá en Palacagüina, yo me acuerdo, cada vez que alguien moría, era un duelo general. Todo el pueblo se conmovía y el viejo curita aprovechaba el estado de ánimo colectivo que prevalecía para decir unos sermones que había que oírlos. Una vez por cierto estuvo elocuentísimo. Nos explicó con palabras muy sencillas que en Palacagüina todos éramos inquilinos y que el casero era Dios. Tenemos que irnos algún día; repetía, aunque no sepamos cuándo... Talvez mañana, talvez hoy mismo!”.
Alfredo se dio cuenta que lo estábamos escuchando con sumo interés, circunstancia que lo animó a seguir perorando. Toño casi abría la boca, imaginándose talvez que estaba oyendo al propio curita de Palacaguína en persona. Con tono casi oratorio nuestro compañero volvió a la palabra. Y seguía diciendo cosas que no he olvidado todavía: “En la tierra algunos somos como coyotes solitarios y la pasamos íngrimos, pero también formamos parejas, grupos o manadas, y los llamamos familias, pueblos, naciones... Y cada uno anda con su careta: allí vemos máscaras de muchachas hermosas, de militares valientes, de jóvenes inteligentes, de viejos muy sabios... Son caretas. Cuando nos toca pasar al otro mundo todos nos vamos sin careta. Hermanos míos —decía el curita—, por dicha no sabemos cuándo será el día del viaje, pues así estamos más tranquilos, pero sería demasiada tranquilidad pensar que nunca va a llegar ese día. Y así seguía hablando el buen viejo. De modo, querido Toño, que no puedo contestar tu pregunta. ¿Seré yo? ¿Serás vos? ¿Será Ricardo?”.
Toño, muy pensativo, agregó: —¿Y por qué no los tres juntos, en algún naufragio o algún terremoto, por ejemplo?
Yo intervine: —¿Por qué no hablamos de otra cosa? Pensemos que Elías por lo menos tuvo la suerte de morir como un santo, según nos lo dijo la hermanita Luz María, y de que nosotros tres lo enterramos y lo lloramos... ¿Se dan cuenta?: --Plegarias, flores, lágrimas...
Toño siguió: —No es que me alegre, pero Elías murió bien; supo morir. A veces yo temía que un día de tantos pudo haber resuelto poner fin a sus días... por su propia mano.
Pensé que talvez Toño estaba en el secreto de la pena que solía torturar el corazón de nuestro pobre amigo, y recordé que algunas veces a mí mismo se me venía a la cabeza: —El último regalo que yo le haría a Elías Ruiz sería una pistola.

Una beca en Europa
El ascenso de Don Bartolomé Martínez a la Presidencia de la República tuvo un reflejo muy favorable sobre mi familia. Don Bartolito, como mi padre lo llamaba, era padrino de mi hermana Julia y siempre mantuvo con nosotros relaciones muy cordiales. El compadrazgo ocurrió mientras vivíamos en Matagalpa, donde mi padre trabajó en la administración de las haciendas de unos señores Amador la buena amistad continuó con favorable brisa y después de nuestro regreso a la capital, cuando Don Bartolo venía a esta ciudad, mucho antes que lo hicieran Vice-Presidente, nos visitaba y no olvidaba a su ahijada ni a sus compadres; venía a vernos sin anunciarse y aún aceptaba complacido las ocasionales invitaciones que le hacíamos para que se quedara a almorzar o a cenar con nosotros. Hombre de costumbres muy sencillas, honrado a carta cabal, su conversación no tenía nada de ampuloso ni de retórica; a todos nos gustaba su compañía en la tertulia hogareña.
Dicho en su honor, cuando a la muerte de Don Diego Manuel Chamorro Don Bartolito heredó la Primera Magistratura, el hombre no cambió de conducta, aunque dada la nueva situación y los quehaceres y compromisos de su cargo, sumados a las complicadas circunstancias políticas que surgieron, las ocasiones de ver a nuestro amigo escasearon mucho; una sola vez vino a casa siendo Presidente y se quedó un buen rato con nosotros: era el día del cumpleaños de Julia, cuando llegó acompañado de una sobrina de él llevando para su ahijada un lindo presente. En esa misma oportunidad habló Don Bartolito, sin insinuación ajena, de “una beca en Europa para Ricardito”.
A raíz de mi bachillerato mi padre había empezado a hablar de la posibilidad de que yo emprendiera estudios profesionales en Guatemala.
Claro está que entre la Universidad de San Carlos de Guatemala, donde se suponía que muy probablemente yo tendría que buscar algún trabajo razonable para ayudarme a hacer frente a mis gastos, y una beca en Europa, cosa en la cual jamás había soñado yo, mediaba una distancia como de polo a polo. Ese día, después que el Señor Presidente se despidió repitiendo su generoso ofrecimiento, quedaron danzando en mi cabeza nombres de los grandes centros europeos que alguna vez había oído mencionar: La Sorbona, Oxford, la Universidad de Salamanca...
Un detalle que tal vez contó para estos afortunados desarrollos fue una feliz y oportuna idea de mi señora madre: al momento de la conmoción ocasionada por la muerte del Presidente Chamorro y las especulaciones respecto al sucesor, que debía serlo el Vicepresidente, ella le sugirió a papá que sin demora partiera con rumbo a Matagalpa y se regresara a Managua formando en la comitiva que sin duda alguna acompañaría a Don Bartolito para la toma de posesión. Papá no esperó segunda palabra: se puso un vestido de casimir y salió a buscar cómo trasladarse a Matagalpa. Esto le agradeció mucho Don Bartolo, pues a pesar del Derecho Constitucional y de que en Nicaragua reinaba entonces la paz, eso de recibir el tostador sin sangre y sin balas no ofrece muchos ejemplos en nuestra modesta historia; consiguientemente, verse bien rodeado y aclamado por sus conciudadanos hacía sonreír al Señor Vicepresidente de la República.
Todo siguió en buen orden. Don Bartolito fue debidamente juramentado, a Don Diego se le sepultó con gran solemnidad y luego, entre vítores y palmas ingresó al país, procedente de Washington y conducido por un barco de guerra donde flameaban las barras y las estrellas, el caudillo indiscutible, amo y señor del partido gobernante, General Emiliano Chamorro. Mi padre fue honrado y distinguido por Don Bartolito al recibir de sus propias manos una carta escrita de su puño y letra, (muy buena caligrafía), con encargo de ponerla él mismo en las manos del mencionado General Chamorro. Como hubiera trenes expresos libres a Corinto, mi señor padre se hizo acompañar por Julia y por mí, para que conociéramos nuestro lindo puerto del Océano Pacífico.
****
Todo siguió a pedir de boca. Se empezó mi alistamiento con entusiasmo aunque mi madre no dejaba de anticipar quejas respecto a la falta que yo le haría, añadiendo desde luego lindos consejos. Se resolvió que entre todos los centros contemplados el preferible era Oxford, por aquello del inglés que ya desde en aquel tiempo era considerado el idioma más indicado, después del español, para progresar y gozar mejores oportunidades en Nicaragua, tanto en lo económico como en lo social y también en lo político. Ante la llana oportunidad ofrecida tan inesperadamente por mi destino, yo había optado por estudiar medicina. Ya soñaba con un bonito letrero en la puerta de mi casa: “Dr. Ricardo Solís - Médico y Cirujano” y un calesín tirado por un hermoso caballo, (seguramente Toño me lo habría obsequiado), y yo atareado visitando mi numerosa clientela, prescribiendo recetas con letra casi ilegible y haciendo prosperar conmigo a toda mi querida familia.

Se nos muere Papá
Cómo, en vez de médico y cirujano, resulté abogado y notario es una historia de comienzo muy doloroso. Mi padre, quien generalmente gozaba de buena salud, un día se enfermó de cuidado; por herencia materna le venían a él ligeras aunque frecuentes indisposiciones renales, y esa vez la cosa se puso seria desde un principio. Peligrosa víscera el riñón, o los riñones. Para nosotros resultó un golpe mortal la extemporánea defunción de mi padre quien no había alcanzado ni cincuenta años todavía.
Claro está que fue mi santa madre quien recibió con más rudeza aquel trágico desenlace y no voy a entrar en detalles, pero quienes hayan sufrido en su existencia acerbos trances que afectan duramente el bienestar de una familia hasta cambiar el curso de muchas vidas, bien pueden figurarse nuestra angustia, que apenas una cristiana resignación pudo atemperar.
En vez de una beca en Europa opté por la matrícula en la Escuela de Derecho de Managua y el nombramiento —gracias a una tarjeta de Don Bartolo—, como secretario de un juzgado local. Mi hermana Julia empezó a trabajar como secretaria de la jefatura Política. María permanecería en casa ayudando a mamá en los quehaceres domésticos. Se consideró el despido de la Pancha, mas esta humilde y nobilísima mujer enfáticamente declaró: — “¡Yo soy de la familia. Pago o no pago, de esta casa yo no me voy.., ni que me corran!” Mi madre, conmovida hasta las lágrimas, le dio a la Pancha un abrazo largo y apretado.
Innecesario mencionar que la solidaridad fraternal de Toño y Alfredo y la cariñosa asistencia de Luisita Aguirre y otros amigos, estuvieron patentes con ocasión de nuestro duelo. Don Bibiano Parrales, padre de Toño, vino sin demora desde su hacienda a presentar su condolencia y me hizo un obsequio valioso en dinero, el cual yo acepté solamente en calidad de préstamo, un préstamo que con gran satisfacción pude algún día cancelar. Recuerdo que cuando puse la plata de mi pago en manos de Toño y le insinué que calculáramos los intereses, el Toño me quedó viendo: --”Si yo te aceptara a vos un centavo de intereses, Don Bibiano sería capaz de desheredarme”.
—Tantas gracias.
Noticia de Marta
En fecha relativamente reciente y de manera perfectamente casual e inesperada vine yo a relacionarme profesionalmente con un ingeniero tico, —no recuerdo su nombre—, interesado en aceite de coco, quien en sus viajes de negocios había visitado repetidamente la Costa Atlántica de Nicaragua y se había conocido y amistado con don Félix, de quien tenía alto concepto. Este señor costarricense conoció también a Marta y a Carlotita; hablando, hablando, me di cuenta de todo aquello y claro está que quise saber de todos ellos.
Ni los largos años transcurridos ni los nuevos contactos sentimentales que yo, naturalmente, había creado, anulaban mi sincero interés en gente que había ocupado destacado lugar en mis tempranos afectos, cuando mis veinte años mantenían mis sentimientos límpidos hasta la diafanidad. Pienso que debo trasmitir cuanto entonces supe, gracias al señor costarricense, a los amables lectores de Éramos cuatro... quienes, sabiendo cuanto he referido tocante a esa excelente gente, es posible que hayan llegado a crearles algún cariño y no desdeñen ahora la oportunidad de saber de ellos.
Ingeniero, cuando yo era joven y cultivaba con esmero mis ilusiones y mis buenas amistades, fui amigo de don Félix, aquí en Managua; y fui también un devoto admirador de Marta; Carlotita estaba muy chica todavía...
— ¡Oh, doctor Solís, bien lo creo! Don Félix es un excelente hombre; desde hace unos ocho años fue nombrado “assistant manager” de la corporación. Ha prosperado mucho, tiene acciones en la empresa y goza del aprecio de todos cuantos lo conocemos.
Y... ¿y Marta?
¡Oh, la encantadora Mrs. Roberts! Bueno, pues hace unos años que no los he visto. Tengo entendido que viven en Dallas, Texas. Yo conocí también al Ingeniero Roberts, el joven superintendente, cuando empezó a cambiar lecciones con Marta; él le enseñaba inglés, ella español. Luego estrecharon su amistad, se enamoraron y decidieron contraer matrimonio. Ella, Marta, lo convirtió al catolicismo; hizo de él un nuevo devoto ferviente y un marido amoroso. No conozco pareja más feliz...
Así, que... ¿en Dallas?
Creo que siempre viven en Dallas; ellos han estado a visitar a don Félix varias veces, aunque ya Richard no pertenece a la misma corporación.
¿Richard? ¿Ricardo?
Tal es el primer nombre del Ingeniero Roberts, y así se llama su primogénito: Richard, aunque en casa lo llaman Ricardito. Por cierto que vinieron a bautizarlo en la iglesia católica de Bluefields. No he visto un abuelo más ufano que don Félix; la madrina fue Carlotita.
Bueno, y... ¿y Carlotita?
Es un encanto de criatura. Yo la llevé a pasar una temporada con mi familia en Alajuela; allá se prendó de ella un sobrino mío y llevan ya cuatro años de casados... y tres nenes. Viven en Alajuela, si bien mi sobrino trabaja en San José.
Ingeniero, cuánto le agradezco todas sus nuevas y de veras me alegro que todas sean buenas. Esa gente siempre creí yo que lo merecía todo, todo y algo más.
— Lo mismo he creído yo, doctor Solís. Para mí, don Félix debía haberse trasladado a Bluefields desde muchos años antes. Ese caballero, trabajando por un gobierno en Centro América, ahí se hubiera quedado eternamente si antes un cambio de ministro no lo echa a la calle. En la iniciativa privada prosperó como lo merecía. ¿Y sabe que también don Félix se casó ya?
¡No me diga...!
Sí. Corto tiempo después del casamiento de Carlotita se casó con la viuda de Mr. Phillips, quien por cierto había sido muy buen amigo suyo.
¿También don Félix?
También, doctor. Yo le decía a él que Phillips, quien estaba paralítico, había sabido morirse muy oportunamente. ¿Qué hubiera hecho Mrs. Phillips en aquella soledad, con sus hijos lejos, uno establecido en California y la mujer ejerciendo su dentistería en Washington? ¿Y qué hubiera hecho don Félix después que Richard y Marta se trasladaron a Dallas y con su otra hija en Costa Rica? Fue una unión indicadísima.
Muy bien casado, digo yo. ¿Y son felices?
Claro está que lo son. Toda esa gente es feliz. Son muy nobles; son muy buenos. No solamente son felices ellos: también hacen felices a los demás.
Cierto, ingeniero. Don Félix y sus hijitas fueron siempre buenos. Buenos como el agua limpia, como el sol.
Ya veo que usted los conoció muy bien. Raro que nunca oí que lo mencionaran... Yo los aprecio mucho. Empezamos con negocios de aceite de coco y como clientes. Ahora, yo ya estoy prácticamente retirado, pero unas dos veces al año nos vemos. Yo voy a Bluefields y ellos también se dan sus asomaditas por Alajuela. Nos sentimos muy contentos de haber emparentado.
Difícilmente pudo el ingeniero tico sospechar siquiera la alegría que me produjeron sus noticias sobre Marta, don Félix y Carlotita. “Todavía me quedan algunas fibras generosas de las que mi madre supo tejer en mi corazón”, pensé yo. Y recordé mi candorosa plegaria de aquel domingo, en San Antonio, el día que don Félix y sus hijas debían partir de Managua para nunca más volver, cuando cerrados mis ojos pero abierta a toda luz mi alma de muchacho enamorado, le pedí al Omnipotente: “Señor, haz que Marta me olvide pronto, pero a mí no me dejes olvidarla jamás”. ¿No cabría pensar que de puro fervorosa y cordial mi plegaria de aquel domingo fue escuchada en el cielo?
Bueno, más casamientos
Considero que talvez alguna amable lectora de Éramos cuatro... (me la imagino joven y guapa), acercándose ya las últimas páginas e informada como está acerca de qué ha sido de Marta, Carlotita y don Félix y, después de lamentar nuestra orfandad y la temprana defunción de Elías Ruiz, posiblemente se pregunta: —Bueno, ¿y Alfredo? ¿y Toño? Y con el mismo Ricardo Solís y Luisita Aguirre, ¿qué ha pasado?
Puedo brevemente satisfacer su curiosidad, empezando por Alfredo Báez: un 12 de octubre, celebrando en la Legación de España el Día de la Hispanidad, el Encargado de Negocios de la Madre Patria oyó cantar a Alfredo y quedó encantado de la buena voz del joven. Esa misma noche le habló de una posible beca en Barcelona y poco tiempo después nuestro querido compañero tomaba un barco en Corinto tras una alegre despedida y andando el tiempo se hizo de algún renombre como cantor bajo el supuesto nombre de Eduardo del Rosal. Hace algunos años no sé de él, apenas una ocasional postal navideña, pero sí sé que estuvo en México y en otras grandes ciudades de Hispanoamérica, que se casó en Bogotá con una españolita, aunque antes había realizado giras artísticas acompañado de una linda cantante italiana. Le voy a mandar un ejemplar de Éramos cuatro... a la última dirección suya que conozco. Ojalá lo reciba y me escriba largo y tendido.
Tocante a Antonio Parrales, pues hace diez años que es mi querido cuñado. Teníamos que acabar emparentando.
Sucedió que a la trágica muerte de su hermano Pedro, acaecida en una lidia de toros durante las fiestas de Santiago, en Jinotepe, y con su señor padre muy cargado de años y muy recargado de achaques y con doña Minda en su silla de ruedas, Toño tuvo que trasladarse a “El Guapinol”, del departamento de Carazo, entre La Conquista y Santa Teresa, desde donde venía a Managua muy frecuentemente. Antes había él pasado unos años en Puerto Rico, estudiando veterinaria. Se hospedaba donde sus tías pero el día lo pasaba prácticamente en mi casa. Su antigua amistad con María se vino estrechando más y más hasta llegar a un compañerismo tan cordial que siempre que regresaba a su hacienda desde Santa Teresa le ponía a María un infalible saludo telegráfico. No me equivoqué. Un buen día, estando conmigo en mi bufete, me pidió que llamara a mamá para “hablar asuntos muy personales”. Mi oficina quedaba muy vecina de la vieja casa de mis padres así que mi madre pudo llegar sin demora. Juntos ya los tres, Toño sin muchos proemios, nos dijo que María y él habían resuelto seguir juntos en la vida y que pedía formalmente la mano de mi hermana. Mamá guardó un silencio emocional. Como jefe de familia a mí me tocó hablar: — “Hombre, Toño, hermano, pues vamos a ser más hermanos todavía”.
—María ya escogió la fecha —dijo él—, su cumpleaños; esto es dentro de tres semanas. Ella tiene todo lo necesario para su alistamiento. Solamente espera que ustedes digan una palabra...
Mi madre se levantó de su silla sin decir la palabra y salió para regresar breves minutos después con María.
Aquello fue una de abrazos y besos. Toño empezó a hablar con voz de yerno y todos cuatro, en un hermoso carruaje bandas de hule (número 181) como los había en Managua, nos trasladamos al Café Albión, centro elegante de aquellos tiempos, y en ambiente de fraternal felicidad se descorchó la primera botella de champaña. Instantes después ingresaron al Café Albión mi hermana Julia y mi mujer. Por la elegancia de las damas jóvenes comprendí que todo aquello era cosa planeada de previo por Toño. Los únicos que no estábamos exactamente en el secreto del nacatamal éramos mi madre y yo, si bien, claro está, sospechas ya las teníamos.
Y de este atento y seguro servidor, Ricardo Solís, Abogado y Notario, pues naturalmente tengo más párrafos que ofrecer: mi amistad con Luisita Aguirre continuó, si bien sembrada de altibajos, confesando yo que siempre los bajos ocurrieron por culpa mía y los altos gracias a ella. A unos pocos años de afortunado ejercicio profesional, di con unos versos del gran poeta español Manuel Machado, quien hablando de mujeres dice que tiene dos: “una que me quiere y otra que quiero yo...” Le di muchas vueltas en mi cabeza a la expresión del poeta, que hallé acorde con lo que yo consideraba mi propia situación y pensé, lógicamente, en Marta y en Luisita Aguirre. Cierto que el primer sitial habría correspondido a Marta pues si bien no me quedaron quejas de su amorosa devoción, sigo pensando que yo la quise a ella un tanto más que ella a mí, ya que ni antes ni después he sentido yo un arrobamiento como el de aquellos inefables días, o sería la florescencia del divino tesoro... Alguna vez y un tanto más creciditos, nosotros cuatro hablamos de eso y los muchachos decían: “Tus lecturas de los poetas románticos... Tus veinte años... Las devociones inculcadas en tu casa y en el Pedagógico...” Es posible todo eso, pero a mí me caía mejor una expresión del recordado Elías: “Tu buena estrella”.
El hecho es que el segundo sitial a mi juicio correspondía a Luisita, quien nunca se cansó de perdonarme.
Acababan de pasar los treinta años, me hacía falta algo mío propio a lo largo del día y de la noche. Hay cosas que sólo pueden, hablarse en la misma almohada. Más de una vez mi señora madre me había dicho que ya era hora de pensar en el altar y que a ella le encantaría acariciar nietecitos.
El hermano Edmond Armel, quien había sido mi profesor de inglés primero y fue después uno de mis mejores amigos, también me decía: “Bueno, Ricardo, ¿cuándo piensas aflojar esos cinco claveles?”.
Para no prolongar más este introito, pues una mañana, en la parroquia de San Antonio, Luisita Aguirre y yo nos casamos; eran los breves tiempos de la llamada “Ley de Pedro Joaquín” (Chamorro Zelaya), cuando el sacramento surtía efectos civiles. No intervino pues, ningún juez, ninguna jueza. Y así fui yo el primero de los cuatro hijos de Don Jorge Solís Gutiérrez y Doña Clotilde Blandino de Solís en desfilar ante el altar.
De esto hace ya casi catorce años y todavía no me he arrepentido. El caballeroso niño Ricardo Solís Aguirre, —trece años—, es un cumplido alumno de primer año de secundaria, siempre con los Hermanos. María Ernestina, segundo hijo, primera mujercita, forma con el quinto grado de la Asunción. Hay dos nenes más, Xavier y Paola, que todavía pasan el día tirando de las faldas de mamá.
El año pasado fuimos por semana santa a “El Guapinol”, la entera media docena. ¡Qué bella es la amistad fraterna y añeja! Nos sentimos de veras en casa. También a ratos nos sentíamos jóvenes, ilusoria imagen, producto de la euforia, como el espejismo es producto de la ansiedad.

Cosas de la vida
Si alguien pregunta por Pina y Lola, las muchachas de la “otra casa”, la respuesta será breve. Pina sigue con todos los nenes en el mismo local —ya ellos están creciditos y estudian en la escuela de la hacienda fundada por Toño—, si bien lo más del día ella lo pasa en la vivienda grande, asistiendo y acompañando a Doña Minda, para quien Pina es como una nuera muy querida. Tocante a Lola, nadie me dijo nada pero tengo entendido por rumores mal escuchados que poco tiempo después de haber enviudado de Pedro se trasladó a Santa Teresa, donde ahora tiene otro hogar, otro marido y otro hijo.
Cosas de la vida.

Carta de Alfredo Báez
Barcelona, 24 de marzo, 1978. 
Dr. D. Ricardo Solís
Callejón de la Aurora, n.° 15 
Managua.
Querido Ricardo:
Debo empezar pidiéndote perdón por el prolongado, imperdonable silencio que he guardado desde diciembre de 1963, cuando te escribí y te mandé una caja de turrones de Alicante con el Dr. Arístides Samayoa, tu colega y según me aseguró, tu buen amigo. La verdad es que al transcurrir tan largo tiempo sin que acusaras recibo de mi carta ni dijeras nada de los turrones, pensé que quizás el mencionado Samayoa se había comido las confituras y había resuelto, lógicamente, perder la carta. Mucho lo siento, pues él me había prometido contarte de los buenos, alegres ratos que pasamos juntos aquí en Barcelona, acompañados de nuestro querido Cónsul, el Dr. Ernesto Selva Sandoval, ocasiones en las que frecuentemente hablamos de ti, de Luisita, de Marta, de tu familia y de Toño Parrales; de nuestras parrandas y fiestecitas y de nuestros apuros y también de aquella inolvidable serenata, cuando tú estabas al perder el juicio —o ya lo habías pedido—, por nuestra encantadora Marta. El Dr. Selva Sandoval insiste en que te invite a ti y a Toño a visitar Barcelona, pues desea conocerlos, lo mismo que a Luisita y a María tú hermana. Es un excelente sujeto, Selva Sandoval, aunque yo solamente lo veo, como si dijéramos, a la muerte de un obispo.
Pero el primer propósito de la presente es agradecerte mucho el envío de un ejemplar de la primera edición de tu libro (podría decir nuestro libro) Eramos cuatro... Hombre, Ricardo, cómo me han emocionado y regocijado tus historias de aquellos lejanos días cuando estábamos chavalos, y, como decías tú, teníamos una estrella en cada mano. Además, confieso que tus saudades me han alborotado las ganas, no siempre muy urgentes, de volver a Nicaragua; me encantaría conocer a tus hijos y a los de Toño y María, ver creciditos al grupo de chiquillos de “la otra casa”, en “El Guapinol”, tomar unos tragos con ustedes en “Las Magnolias” y también llevarle una corona de siempre vivas a nuestro recordado Elías Ruiz.
Pero tú quieres saber de mí, quieres que te escriba “largo y tendido”, según expresas en página 87 del citado libro, que he releído con deleite y que ha gustado mucho a mi mujer, a pesar de tus exageraciones acerca de mis amartelamientos. Pues aquí voy, Ricardo: Cuando gracias a la beca española estudié música y canto en un liceo de Barcelona y me relacioné con gente de mis propios padecimientos, consideré que ya tenía un machete para hacerle frente a la vida.
Es lo que he podido hacer.
Mientras fui estudiante pasé muy serios aprietos económicos, pero nunca faltó buena gente catalana que viniera en mi auxilio y además, frecuentemente cantaba por las noches en sitios bien concurridos de Las Ramblas, donde me ganaba buenas comidas con buen vino y algunas peseticas. Mi nombre de cartel, Eduardo del Rosal, lo tomé en homenaje a una familia que en aquellos duros días me brindó calor hogareño y en ocasiones techo y mesa.
Después de mis tres años de estudios tuve oportunidad de realizar algunas giras artísticas por México y Sudamérica, una de ellas —es verdad— la hice en compañía de una encantadora muchacha italiana de linda voz y linda figura, con quien debí tal vez haberme casado, pero consideré que estaba muy joven todavía y de mutuo y cordial acuerdo nos separamos definitivamente cuando ella tuvo una mejor oportunidad de establecerse en Río de Janeiro. Allá vive siempre, casada y madre de varias carioquitas y hasta rica, dicen.
Efectivamente, como tú lo cuentas, yo me casé en Bogotá con una excelente muchacha madrileña, Rocío Romero y Rosales, hoy señora de Báez.
Ya tenía yo treinta años y como tú mismo lo dices en tu capítulo XXIII “me hacía falta algo mío propio a lo largo del día y de la noche”. Soy el orgulloso papá de dos nenas; ellas y Rocío, aunque no te conocen, ya te quieren y también desean que vengas con Luisita Aguirre de Solís a visitar España y a pasar una temporada con nosotros.
Debo agregar que al presente trabajo todo el tiempo, —ello es, con excepción del verano que aquí es como un paréntesis del año— en una compañía de zarzuelas que actúa la mayor parte del tiempo en provincias, viajando mucho.
Comprenderás que cuando las primaveras se fueron acumulando Eduardo del Rosal dejó de ser una atracción en teatros de las grandes ciudades, pero gracias a Dios, a algunas economías y a una buena mujer, podemos pasarla en condiciones que puedo llamar satisfactorias.
Frecuentemente pienso en mi gente de Palacagüina, la que queda. De mis tíos de Managua no sé nada. Mis hermanas ya tienen su propia familia y alguna vez nos carteamos.
Lo más sensacional que hallé en Éramos cuatro... fue lo relativo a las nuevas que el ingeniero tico te dio acerca de Marta (Mrs. Roberts). No hay duda que la vida es traviesa y caprichosa. Tiempos hubo en que yo hubiera jurado que nada en el mundo impediría que Marta fuera tuya, pero hemos de convenir en que Luisita Aguirre te puso el ojo muy bien puesto, no desmayó jamás... y se quedó contigo ante Dios y los hombres. Puedes estar orgulloso de haber inspirado un grande y verdadero amor a dos mujeres cuya fabricación parece descontinuada. Cuando el viaje ala Costa Atlántica, Marta te dio por perdido y a mi juicio hizo lo indicado y justo: pensar en ella misma y en que tenía la vida por delante, con Ricardo o sin Ricardo. Tú haces muy bien en guardar su recuerdo como un tesoro; en tener bien sabido que ella es la madre de los hijos de otro hombre, que seguramente la quiere mucho, como Marta siempre lo mereció.
Querría escribir más largo; otro día será, si me contestas. Ahora debo ir a los ensayos, que son arduos y serios.
Rocío, tanto como mis hijas —Paloma y Nieves—, suman sus abrazos a los míos; muchos, para que los compartas con Luisita, Toño y María, y con toda tu gente.
Tu hermano
Alfredo
P.S. Cuéntame de Julia, de tu mamá —Dios te la conserve—, de las otras Aguirre, de toda aquella bella gente de la Managua vieja, la de los paseos a la carrilera y a la playa y de los coches banda de hule, la del Parque Infantil y los alegres velorios y de la dejada de Santo Domingo y los desnudadores... Cuéntamelo todo.
Según Samayoa, el roba-turrones, ya eres uno de los abogados más atareados de Managua. Parabienes.
Dos palabras más: mi nena mayor tiene muy buena voz y rasca la guitarra con mucha gracia, pero yo la desaliento cuando se menciona la carrera del teatro, que a mí me cayó de arriba pero que para mis hijas no la quiero por buenas razones.
Para ellas deseo una vida menos agitada que la ofrecida por las tablas, desarraigada y nómada. Prefiero pensar de ellas que serán como tu madre y la mía: amas de casa, con su marido y sus hijos, señoras de un hogar donde reinen la paz, el amor, el bienestar y la modestia. ¡Dios me oiga!
Y sí estas letras mías llegaran a tus manos oportunamente para alcanzar en la segunda edición de Éramos cuatro..., te pido que les des un campito, con mi saludo cariñoso para tus amables lectores. Vale.
                                                                              A. B.
Apéndice
Un culto caballero y reconocido hombre de letras, tras leer los originales de Éramos cuatro..., me observó que de algún modo debía el autor aclarar lo relativo a la indumentaria de la gente y a ciertas otras costumbres características de la comunidad, olvidadas ya, en la época durante la cual se suponen acaecidas las historias que esta obra pretende narrar.
Considerando la observación atinada he querido, con tal fin, agregar este apéndice: Antes del terremoto de 1931 los muchachos, en la ciudad, usaban pantalones cortos y blusas semejantes a las guayaberas de hoy, aunque más cortas y ceñidas por la cintura. A los quince años, más o menos, se echaban los pantalones largos y así dejaban de ser “canilla fría”. Los pantalones largos suponían saco y corbata y los llevaban siempre maestros y estudiantes de cursos superiores, funcionarios, profesionales, oficinistas y en general todos los varones mejor situados en la comunidad.
Los artesanos en la ciudad iban de camisa; los jornaleros y peones, o mozos, usaban la cotona; corrientemente andaban descalzos y entre ellos privaba un analfabetismo pavoroso. En el campo era general para los hombres más humildes la cotona, el caite y también el analfabetismo.
El sombrero era indispensable aún cuando se recorrieran trechos cortos; andar por las calles sin sombrero era tan poco usual que se corría el riesgo de que tomaran por loco a quien así fuese. En los puestos saco y corbata y sombrero eran prendas prescindibles.
Entre mujeres, el túnico correspondía al saco de los hombres, lo mismo que una especie de chaqueta preferida por señoras de mayor edad. La camisa, que era una especie de huipil sin adornos, equivalía a camisa y cotona de los varones. El sombrero era rarísimamente usado por las mujeres del país, quienes (las más privilegiadas), únicamente se lo ponían para estrenarlos en alguna procesión de semana santa o en ocasiones decididamente extraordinarias. Una mujer con sombrero —fuera de las circunstancias apuntadas—, corría el riesgo de que la tomaran por protestante o extranjerizada.
La mujer del país, independientemente de su situación económica o del estrato social a que perteneciera, usaba como prenda de cabeza, especialmente para ir al templo, la mantilla, el tapado, el rebozo y las que podían, para asistir al teatro o a fiestas elegantes, llevaban el pañolón, usualmente de seda y bordado a vivos colores, o algo más elaborado que llamaban “salida”.
En cuanto a pantalones se consideraban prendas exclusivas del varón; para ver a una mujer con pantalones se habría tenido que ir al circo, o esperar que pasara alguna norteamericana cabalgando a horcajadas.
Cuando las circunstancias cambiaban para mejorar, las muchachas de camisa se “echaban el túnico”, y los varones se “echaban el saco”.
Expresamente, los hombres de la familia de Alfredo eran todos de camisa; Alfredo mismo no se echó el saco hasta que vino a Managua para su secundaria con una beca oficial. Su primaria la había hecho en Somoto, de camisa o cotoncita. En cambio las mujeres, su madre Y hermanas, fueron siempre de túnico, diferencias que con frecuencia se observaban en muchas familias.
En Palacagüina, contaba. Alfredo, el alcalde mismo se ponía un su saco únicamente cuando venía a Managua.
Acerca de los religiosos, el traje talar era de uso constante y permanente. Jamás en aquellos tiempos hubiéramos podido nosotros ver a un profesor en traje de jugador de fútbol. En cuanto a monjas, hermanas y demás, nunca se les hubiera visto sin sus hábitos y tocas.
Tocante a lo expresado por Ricardo en su plática del primer día de clases con Antonio Parrales, de que llevaba dos años de ejercer el magisterio como Maestro de Educación y que acababa de bachillerarse, cabe explicar que los maestros graduados en la Escuela Normal del Instituto Pedagógico de Varones necesariamente debían hacer la docencia por dos años, antes de poder optar al grado de bachiller en ciencias y letras. Por otra parte, los maestros de educación graduados gozábamos de un sobresueldo equivalente al 50% de la mensualidad presupuestada.
Y un punto final para este Apéndice: el paseo por la carrilera a su paso por el costado Norte del Parque Infantil, del que con tanta prolijidad se ocupa el Bachiller Solís en el Capítulo III, era entretenimiento frecuente para la gente de la Managua de mi tiempo, especialmente por los atardeceres y en las noches de luna. Lo usual era caminar lenta y sosegadamente, desde el extremo occidental de la Plaza del Principal, frente a donde más tarde se fundara el Hospital del Ferrocarril, hasta la primera callejuela de un inexistente barrio de la ciudad llamado “de la Bolsa”, al noroeste de la Parroquia, años después Catedral Metropolitana, el barrio que por cierto no gozaba de buena fama, aunque las luces rojas todavía no se habían inventado.
En el mismo sector, pero ya sobre las arenas de las playas del Xolotlán, cuando en el firmamento lucían nuestras fulgentes lunas veraniegas, se gozaban los “paseos a la costa del lago”, con juegos de prendas, cuyos “castigos” generalmente eran cantar, recitar, bailar y otros más peculiares: rebuznar, pedir limosna, andar como Chico Chiquito, etc. Todo a base de un instrumento indispensable: la guitarra y algunas veces mandolinas y acordeones. Para tales paseos las hijas de don Félix no hubieran obtenido nunca el permiso de su papá.
Otra afición muy favorecida por los muchachos de mi antigua Managua era el balneario de Peña Blanca de Tiscapa, la laguna que un tiempo fuera también lavadero público y que todavía sigue copiando en sus aguas verde-cielo lo que en lejanos días fuera la todopoderosa Fortaleza de la Loma.
Temprano del día y en horas del atardecer, grupos de hombres jóvenes venían a bañarse en Peña Blanca; su entretenimiento era la natación. Cuando alguien, mediante anunciado intento y con testigos previamente citados emprendía y lograba cruzar a nado la laguna, orgulloso proclamaba “que ya era ciudadano”.
¿Habría que agregar que el calzón de baño era prenda desconocida para los nadadores de Tiscapa? “Estos muchachos se bañan como las ranas”, decía el hermano Urbano. Y era famoso un club de natación que se llamó “Las Ranas”, presidido por el ahora venerable Chilo Barahona, creador de las famosas caricaturas del Panchito Y la Rana.
Por su parte la laguna cobraba dolorosos tributos que se suponían anuales: los ahogados.
Telón
Verdaderamente complacido, el autor dedica esta segunda edición de Éramos cuatro... a los profesores y estudiantes de enseñanza secundaria interesados en la narrativa nicaragüense. Tal dedicatoria entraña una muestra de su reconocimiento por el bondadoso interés que los maestros han mostrado en divulgar y analizar sus cuentos y novelas y por la favorable disposición de los alumnos al acoger graciosamente la recomendación.
En repetidos casos el suscrito ha tenido la feliz oportunidad de charlar con grupos de gente muy joven en las propias aulas de diversos centros escolares, casi todos de Managua, acerca de la novelística y la cuentística nicaragüense, y más expresamente de su propia producción. En tan gratas ocasiones el autor ha podido comprobar los certeros puntos de vista que los estudiantes asumen para la lectura e interpretación de nuestra narrativa, inteligentemente asistidos por sus profesores. La proposición es evidentemente propicia: nicaragüenses los maestros y lectores y nicaragüenses también el autor y sus narraciones, la digestión y apreciación de las obras llevan gran probabilidad de ser afortunadas.
Una culta profesora me decía: “Nosotros no descuidamos la lectura estudio de obras renombradas de la literatura hispanoamericana ni de la propiamente española, pero damos preferencia y un poco más de amor al conocimiento de nuestros poetas, novelistas y cuentistas. Puedo decirle —agregaba—, cuando conocí los panoramas suizos con sus picos nevados, sus lagos y sus valles, me parecieron maravillosos, pero mis ojos y mi corazón se embelesan más ante mis volcanes, mis montañas y mis llanuras, mis ríos, mis lagos y todo cuanto luce la hermosura tropical de mi Nicaragua, bendita de Dios”.
Mi reacción fue un cordial apretón de manos; hubiera preferido darle un apretado abrazo.
Las frecuentes preguntas que se escuchan de muchachas y muchachos guardan relación con su edad y el grado de sus estudios, pero hablando de tales preguntas las ha habido positivamente peregrinas. Un chico de segundo año, que tenía en sus manos un ejemplar de Sangre santa, me soltó la siguiente: “Perdone, maestro, pero yo quiero que por favor nos diga cuántos hombres calcula usted haber matado en la batalla de Monkey Point”. Mi contestación tenía que ser honesta. “Hijo, yo nunca he matado más que zancudos y cucarachas... tal vez algún jelepate, quizás una culebra, pero hombres ninguno. Ni siquiera he disparado contra nadie”. Aproveché los minutos siguientes para explicar a mis jóvenes oyentes que, para dar interés y amenidad a sus narraciones, los autores se aprietan el magín para inventar personajes, situaciones y episodios acordes con la materia que tratan, con el fin de adobar sus historias. Como Sangre santa se ocupa, para execrarlas, de nuestras criminales guerras intestinas, había que presentar combates y, lógicos derivados de los mismos, muertos y heridos, audaces locuras y temerarios duelos.
La pregunta del chavalo que dejo referida se origina en el hecho de que las narraciones de Sangre santa están presentadas en primera persona: “Yo fui”... “Yo hice”... “A mí me dijeron”... y el joven lector las tomó por autobiográficas, que decididamente no lo son, como tampoco lo son las de Éramos cuatro... si bien, para darles un tinte de autenticidad, algo de aquello “que si no fue pudo haber sido”, precisa haber visto las cosas de cerca, simular experiencias, presentarse como actor.
Esta es una ocasión para confesar que yo, de muchacho, participé en dos de esas malaventuranzas de esta mi Nicaragua, cada día más querida y más malaventurada: la primera fue en una “guerra de galletas”, con cuartel general en Quezalguaque, enfrentándose las fuerzas del gobierno conservador de don Diego Manuel Chamorro a un enemigo invisible, imposible de localizar porque no existía. El supuesto cabecilla revoltoso se llamaba, decían, Victorino. Tras una vacación de cinco o seis días el General en Jefe don Tomás Masís, uno de los militares conservadores de mayor prestigio, “gran espada del partido” lo llamaban los cronistas, resolvió regresar a Managua con toda su gente. La otra aventura ocurrió por el bellísimo Río San Juan y el sur de la Costa Atlántica, todavía remota y legendaria. Estas andanzas fueron más prolongadas y más “al de verdad”. Era cuando la segunda presidencia del General Emiliano Chamorro y el General en Jefe de quien yo estuve más cerca en San Juan del Norte era un caballero sobrio, honesto, de suave y reflexivo trato. Se llamaba don Joaquín Argüello Jiménez. Lo recuerdo con acendrado afecto. En las dos ocasiones, para dicha mía, ambos señores, don Tomás y don Joaquín, eran buenos amigos de mi padre, lo cual sólo colchones me valió, quiero decir un puesto en el Estado Mayor que es donde se está mejor y se corre menos peligro. Mi conocimiento de don Joaquín me permitió modelar al general de Sangre santa. Tanto Masís como Argüello Jiménez —en aquel tiempo para mí “lindos viejos”—, pasaron hace días a mejor vida. Dios los mantenga en algún apacible kiosco de sus jardines celestiales.
Y volviendo a las experiencias que he tenido ocasión de atesorar en mis visitas a las aulas escolares ya mencionadas, me place reconocer que muchas de las preguntas que en ellas me han hecho, igual que comentarios escuchados, pueden calificarse como valiosos y oportunos y que he tratado de aprovechar algunos. En cierta visita, comentando Éramos cuatro... una simpática jovencita de tercer año, cuyo hermano es bachiller del Pedagógico, me observó: “¿Cómo es posible que ni el lasallista Ricardo Solís, ni sus tres inseparables compañeros hayan alguna vez asistido a nuestras purísimas y viviendo todos en Managua?”. Otra guapa chica de cuarto año me hizo muy cortésmente esta crítica: —”Usted, señor novelista, nos ofrece en Éramos cuatro..., una especie de epílogo incompleto... Después que entierra al pobre Elías Ruiz acaba contándonos qué fue de Marta, de Carlotita y de don Félix, y también de Ricardo Solís, de Toño Parrales y las muchachas de la otra casa y de casi toda la gente que anduvo en la novela, pero del simpatiquísimo Alfredo Báez nos deja en ayunas”. Tan pertinentes observaciones me indujeron a agregar el capítulo de “Las Purísimas” y la “Carta de Alfredo Báez” en la segunda edición de Éramos cuatro..., esta que ahora presento “revisada y ligeramente ampliada”.
El cuento de un tercer comentario, que lamentablemente no puedo aprovechar; tiene que ver con mi culto, buen amigo, el doctor Julián Corrales, Vice-Rector de la UNAN, cuyo hijo, un chavalo de trece años, inquirió de papá: “¿Cómo fue posible que él haya consentido que Marta se fuere con su familia a vivir a la Costa Atlántica? ¿Por qué si eran novios y se querían tanto no se casó él con la muchacha?”. Evidentemente, si el chico hubiera estado en el lugar de Ricardo Solís, el doctor Corrales sería a estas horas el suegro de Marta.
Y tantas gracias.
Adolfo Calero Orozco
Managua, agosto de 1978.


C
​​
asa del libro
​ 

Parroquia El Carmen media cuadra arriba, 

Frente al estadio Thomas Cranshaw​, 
Managua, Nic
. ​

T
​el
​éfono
: (505) 2254 5135