12.8.16

Libros nicas en amazon.es


29.7.16

RECLUTADO EN LOS 80


Por Mauricio Valdez

En la década de los 80 yo fui uno de esos tantos jóvenes que conocieron la vida militar sin querer hacerlo, en esos momentos lo único que quería era terminar mi secundaria, cursaba el tercer año, pero como dije, eran los años ochenta y definitivamente en Nicaragua un joven que cumplía los 18 años de edad no podía escaparse de “Prevención”, nombre asignado a un grupo de oficiales del Ejército Popular Sandinista (EPS) que patullaban las ciudades, comarcas y pueblos, generalmente lo hacían montados en un “UAZ” vehículo jeep militar de fabricación rusa, a veces iban en unos camioncitos o hasta a pie, esos eran los policías, todo era militarizado, la misión de ellos era rondar los lugares donde podían encontrar a jóvenes aptos para el Servicio Militar Patriótico (SMP) que era obligatorio pues el país atravesaba una situación de guerra, ellos determinaban quien estaba apto para cumplir con el deber a la patria, aunque no tuvieran la edad requerida, es por eso que en las filas de Los cachorros de Sandino a como llamaban a los que ya estaban cumpliendo el SMP, era común ver a chavalos de 15 ó 16 muchos aparentando los 18, a algunos los reclutaban o mejor dicho los agarraban por vagos o bandoleros, hasta habían reclusos que los mandaban a cumplir sus condenas, a otros simplemente por estar en lugar y hora inadecuada y los montaban a sus vehículos como si fuera delincuentes, luego muchos se desertaban no importando que lugar recóndito de Nicaragua los habían metidos, lo más triste es que muchos eran entregados a sus familiares ya sin vida.

Conocí a algunos menores de edad que eran voluntarios y lo hacían por varios motivos: unos no tenían quien los atajara, eran ovejas descarriadas y querían experimentar tener un arma en sus manos, otros eran de cerebros lavados, de familias que los empujaban e influenciaban para ser patrióticos, pero habían otros de mente madura y con la plena convicción de estar defendiendo a su país del invasores no deseados, luchando contra el imperialismo norteamericano que por siglos tanto daño había ocasionado a nuestra gente y que ahora estaba financiando a rebeldes conocidos como los contras para seguir de esa manera su intervencionismo.


PRIMER SUSTO

«Llaman a Mauricio a la Dirección», escuché a alguien que le decía a mi profesora desde la puerta del aula de clases, «vaya Mauricio» me dijo ella y me dirigía hacia la puerta de salida del aula rumbo a la Dirección, mientras caminaba en el pasillo pensaba qué es lo querían de mí. Al acercarme vi a unos militares que conversaban con dos monjitas del colegio, estaban en frente de la puerta que daba a la oficina de la directora.

–Buenas –dije.

–¿Sí? –me interrogó una de las monjitas.

–Me llamaron, soy Mauricio.

–¡Ah! No… es con la directora, pasá.

Y pasé entre medio de ellos y abrí la puerta de la oficina.

–¡Hola, Mauricio, pasá! –me dijo la directora.

–Como se acerca el mes de la patria, ahora quiero que dibujés los símbolos patrios en el mismo pizarrón en que dibujaste para el día de las madres. Aquí está este libro, vas a ser esta bandera, aquí está el escudo, el Guadabarrancos, la flor de Sacuanjoche, aquí tenés la caja de tizas de colores, yo le informaré a tu profesora que estás haciendo este trabajo.

Me retiré con el material entregado, pasé nuevamente entre los de verde olivo y las monjitas y me dirigí al auditorio; un salón abierto y techado donde ponían sillas frente a una tarima, para celebrar actos culturales, en frete estaban dos grandes pizarras verde de madera en las que yo dibujaba, comencé a hacer mis bocetos de los símbolos patrios, la Dirección estaba a mis espaldas y de vez en cuando giraba la cabeza para ver de reojo cómo los visitantes militares se retiraban del colegio. “¡Uff! Pensé que era a mí a quien buscaban, pues acababa de cumplir mis 18 años” me decía para mí mismo.

Días después me volvió a llamar la directora, seguramente otros dibujos, pensaba.

Toqué a la puerta y desde adentro escuché decir: “adelante”.

–Mauricio pasá, sentate –me dijo. –Vea Mauricio, revisando su documentación vemos que ya tienes 18 años, han estado viniendo miembros del ejército y nos dicen que tenemos la obligación de informar a los alumnos, los que ya tienen la edad, para cumplir el servicio militar, que tienen que ir a inscribirse a los lugares indicados para cumplir con esa obligación. Nosotros no queremos problemas con el Gobierno y nos atenemos a cumplir con las leyes, así es que nos traes tu comprobante de inscripción para que podás seguir estudiando.

Lo único que yo podía decir en esas circunstancias y fue lo dije es que estaba bien, pero no sin antes hacerle saber a ella que yo quería terminar el año escolar para tener asegurado el siclo básico o sea el tercer año de secundaria aprobado que es el que estaba cursando y ella me respondió con seguridad que sí, que lo terminaría pero que vaya a inscribirme, me puse de pies y muy pensativo me retiré del lugar.

–¿Para qué te querían en la Dirección? –me preguntó un compañero de clases.

–Para que me fuera a inscribirme al Servicio –le respondí con semblante triste, recordé a mi hermano mayor que estaba a punto de terminar sus dos años de servicio y la primera vez que lo había luego de 5 meces que se fue, me dio una terrible impresión, estaba flaco, más negro, mechudo y me había contado que su vida había peligrado en varias ocasiones, que había pesado muchas penurias, hambre, desvelos, sentimientos de desolación y otras cosas terribles tanto en lo físico como en lo psicológico y hasta en lo espiritual, pero aun así, recuerdo también, que le noté cierto orgullo cuando decía que estaba en la Marina de Guerra y que pertenecía a las Tropas Especiales, que hacían misiones secretas muy arriesgadas y que su entrenamiento era en extremo elevado y muy especializado, que no era para cualquiera, solo para los más aptos, fuertes y capaces.

–A mí también me llamaron –me dijo Jim, el compañero de clases–, vamos los dos a inscribirnos yo sé dónde está el lugar de inscripción, –me dio la dirección– nos vemos allí mañana a las 10 am.

–Dale pues, –le dije ya decidido.

Pero pasaron los días y de mañana en mañana nunca íbamos, y como no nos volvieron a decir nada, ahí llegábamos a estudiar esperando a que la directora nos volviera a llamar o que los militares no llegaran a traer. Mientras tanto comenzó a llegar a mi casa un señor, papá de uno de los amigos del barrio, a preguntar por mi hermano, «Está en el Servicio Militar» le decíamos, pero como que no creía, pues nuevamente llegaba a preguntar lo mismo a otros miembros de mi familia. Una vez que llegó, al verme me preguntó:

–¿Y vos que edad tenés?

–Dieciocho –le respondí inocentemente.

–¿Dieciocho?, ¿Y ya te inscribiste en el SMP?

–No, todavía no.

–Pues tenés que ir, es una obligación, acordate que tenés que cumplir el Servicio.

–Sí, ya lo sé, voy a ir mañana.

–Bueno pues, eso espero, ¿Cuál es tu nombre?

Le dije mi nombre y apellidos, él lo anotó en una libreta que andaba y se fue despidiéndose con un «va pue, chavalo».

Pero yo seguía yendo al colegio como si nada, yo no voy a inscribirme todavía mientras la directora no me obligue –pensaba–, hasta que tenga el diploma de tercer año del Siclo Básico en mis manos iré, pues ya sabía por mi hermano, que al inscribirse hay nomás te llamaban aunque digan que dentro de unos tantos meses.

El viejo “sapo” del barrio llegaba a diario ahora a buscarme a mí, mi madre sabiendo sus intenciones, enojada siempre me negaba y el viejo le decía que yo tenía que cumplir con ese deber.

Jim dejó de asistir al colegio, fui a su casa; detrás de una cerca de alambre de púas lo divisé conversando con una chavala y le pegué el grito: ¡Hey Jim!

Él caminó atravesando un árido terreno acercándose hacia donde yo estaba.

–¡Entonces!, ¿cómo te va? –me saludó.

–Aquí visitándote para saber de vos, –le decía mientras nos dábamos el tradicional apretón de manos, –¿por qué ya no vas a clase? –pregunté sospechando ya la repuesta.

–No ves que las monjas ya me dieron el ultimátum, y yo mejor me salí porque no quiero ir a “morder el leño”.

–¿Y qué vas a hacer ahora?

–Pues, me voy para Costa Rica, allá está un tío que dice que me ayuda a pasar.

–¿Y ella es tu esposa? –pregunté refiriéndome a la joven que a lo largo veía sentada, pues él me había contado que recién había “metido las patas” con una chavala y que se iba a casar con ella.

–Sí, –me dijo– nos vamos los dos, allá va a tener a mi cipotito.

–¿Y fuiste a inscribirte –me preguntó.

–No –le respondí–, a eso vengo, dijimos que íbamos a ir.

–Tendrás que ir solo, porque como te dije, yo me voy de aquí.

Luego de un instante de silencio le dije:

–Dale pues, buena suerte, a ver qué día nos vemos.

Al darnos el apretón de mano para despedirnos, tanto él como yo, sabíamos que posiblemente era la última vez que nos veríamos y así fue, pues nunca más volví saber nada de mi amigo Jim.

Días después fui al lugar de inscripción, pues ya faltaban pocos días para terminar el año escolar, había aludido al viejo “sapo”, a los de “Prevención”, y a la directora que al fin y al cabo me ayudó al no reportarme por lo que mi hermano mayor aún no había salido del SMP, además yo tengo una ventaja; soy “come años” aparentaba tener unos 16 años y no trasnochaba en las calles, ni iba a fiestas exponiéndome.

En el lugar de inscripción estaba una persona en una mesa que ocupaba de escritorio en donde había apilados algunos fólderes llenos de papeles, las puertas altas de la casa estaban en pampas.

–Buenas –entré saludando.

–Buenas –me respondió un señor– ¿venís a inscribirte? –me preguntó, pensé que luego de verme detenidamente me preguntaría mi edad, pero no fue así.

–Sí –le dije– y me dio unos papeles para firmar, los que en síntesis indicaban que por voluntad propia me comprometía a cumplir con mi deber patriótico y prestar mi Servicio Militar durante dos años. Me dijo que dentro de dos meces llegaría una cita con mi nombre a la dirección que había dado, para que vaya a chequeo médico al hospital y luego, si estoy apto, me integrarían a la filas del SMP.

Como era de esperarse a los pocos días llegó la primera cita, dejé pasar dos más esperando terminar el año escolar y que me dieran el diploma de tercer año el que al fin obtuve, se hizo un pequeño acto en el colegio para entregarnos el tan esperado diploma. Ahora sí ya estaba listo para partir a lo que sería la más grande experiencia de mi vida, la odisea estaba por comenzar y mi hermano Eddy estaba allí para apoyarme y darme consejos, él ya había cumplido sus dos años de Servicio, ya había pasado ese tiempo y aún, después de más de dos meses, seguía esperando que oficialmente lo desmovilizaran, pero como lo habían traslado a una base militar en San Juan del Sur conocida como Nacascolo, el mismo nombre de la bahía donde se ubicaba, como a 30 km. de Rivas, le habían dado permiso para estar en casa, al cabo de unos días él tendría que presentarse a su base militar ya que aún era miembro del ejército y en cualquier momento podrían solicitarlo para una última misión. Ese traslado se lo había ganado, según me contó, por las destacadas hazañas en las misiones encomendadas, destacándose además en los entrenamientos, en su alta disciplina y hasta por sus dotes de ser confiable compañero, al igual que se había ganado distinción por méritos propios dentro de su cuadrilla de subordinados y una posición casi como si fuese un oficial al asignarle el grado de Sargento Primero, propuesta de ser permanente del ejército no le faltaron, pero él quería regresar a la vida civil, estudiar y prepararse, ser un profesional en Administración de Empresas. Su vida desde que inició en el SMP y después está plagada de interesantes anécdotas, de malas y buenas vivencias, que ameritarían plasmarlas de forma escrita en un libro.

–¿Vas a ir? –me preguntó.

–Tengo que hacerlo –le respondí.

–Llevate provisiones, porque en los primeros días pasás hambre, no se sabe dónde irás a parar, así es que andá lo más preparado que podás. ¿Para cuándo es la cita?

–Para mañana a las ocho.

–Te voy a alistar esta mochila –era una mochila color verde oscuro de tela, el doble de grande que las ordinarias–, y mañana te acompañaré, le voy a decir a mi mama para que te compre lo que vas a llevar. –Concluyó diciéndome, en su rostro podía notar algo de angustia y preocupación.

En la mañana allí estaba la gran mochila repleta de víveres que por la noche registraría cuando el hambre me apretara, mi madre sollozante se resguardaba en su cuarto. “Ya me voy” le dije y le di un fuerte abrazo, “va pues, que Dios te acompañe”, me dijo. Mi hermano agarró la mochila diciendo “vamos”, yo lo seguí, caminamos, al rato llegamos al hospital García Labiana, en donde decía que era la cita, allí encontramos a Jorge Luis un conocido vecino que solo lo llamábamos por su apellido y que también iba a hacerse el chequeo médico para ser reclutado, según pasara el examen médico.

–Entonces Préndiz –lo saludó mi hermano que era el que más lo conocía.

–¡Ideay! ¿Qué hacen aquí? ¿Vas de viaje vos también? –le preguntó Préndiz.

–No, yo no… él, mi hermano –dijo Eddy señalándome con la mirada y poniéndome su mano sobre mi hombro.

–¡¿Él?! –preguntó con sorpresa, –¿y es que ya tiene la edad?

–Sí, acabo de cumplir 18 –le dije aclarando sus dudas.

–¡Ah! Pues yo también voy, ya me aburrí de andar huyendo.

Se abrió una puerta, una enfermera dijo “el que sigue” y Préndiz entró, al rato salió: –Seguís vos –me dijo–, solo te van a ser unas preguntas.

Afuera quedó mi hermano con la mochila y conversando con Préndiz. Adentro sentado frente a la doctora y su escritorio, me hizo algunas preguntas y luego escribía en su talonario mis respuestas.

–¿Padeces de algo? –me hizo la primera pregunta.

Queriendo aludir a última hora mi “responsabilidad patriótica” le respondí lo primero que se me vino en mente como para persuadirla que me pusiera no apto, que padecía de reumatismo, que me dolían los huesos en noches frías. La doctora me quedó viendo incrédula por encima de sus lentes, sin decir nada y con lápiz en mano sobre papeles de recetas escribió, luego me hizo la segunda pregunta:

–¿Tienes pies planos?

–No.

–Tomá esta receta y vaya al auditorio –me dijo entregándome un papelito con un nombre de un medicamento que no recuerdo.

–¿Pero qué pasará con mi artritis? –pregunté olvidando por un momento que lo que le dije fue reumatismo e interpretando que lo que me daba era una sentencia definitiva para el reclutamiento.

–Presentá ese papel, te darán medicamentos para eso –dijo, y con papelito en mano salí rumbo al lugar indicado.

–¿Qué te dijeron? –me preguntó Eddy.

–Solo me dieron esta receta y me dijeron que valla al auditorio.

–¡A pues, ya estás listo! Tomá la mochila, entrá ahí y esperá a que te llamen, yo voy a estar aquí afuera hasta que te vallas.

Préndiz ya se había ido para el auditorio.

Me dirigí a una puerta de metal con un círculo de vidrio resguardada por dos hombres que la abrieron para que entrara, así lo hice y me senté en una de las cómodas sillas, el auditorio era un lugar amplio con piso inclinado más bien parecía un cine, al fondo estaban barias personas recibiendo e inscribiendo a los elegidos, en los parlantes se oían que llamaba a uno por su nombre. Nos dieron las doce del mediodía, tras el círculo de vidrio de la puerta, podía notar a mi hermano que me llamaba, fui dónde él dejando la mochila en el asiento, él les pidió a los porteros que me dejaran salir por un rato, cuando salí me dijo que tal vez tarden mucho tiempo en llamarme, que se iría a almorzar y que seguro ya no regresaría. –Dale pues –le dije y dio la media vuelta al mismo tiempo que yo también la daba, en eso noté un rostro conocido.

–¡Mauricio! ¿vos aquí? – me preguntó ella con cara de sorpresa.

Era una chavala, dos años mayor que yo, nos habíamos conocido la noche anterior en una de esas fiestas populares a la que muy pocas veces iba, buscando a una chica con quien bailar la vi disponible, ella estaba con una amiga, a la que primero le ofrecí mi mano invitándola a bailar, fui rechazado, luego siempre con mi mano extendida invité a su amiga, aceptó, así nos conocimos; bailando.

–Sí aquí estoy, –le respondí–,te dije que ahora iba a venir para hacerme el chequeo e irme al Servicio.

–Pero yo no te creí, pues para mí no tenías la edad.

–Pues ya ves que sí, y vos ¿viniste a ver si era cierto lo que te dije? –le preguntaba mientras observaba a los dos porteros que no me despegaban la vista, seguro creían que yo me les iba a escapar en cualquier momento.

–Vine a visitar a un familiar enfermo, y sí, vine a ver también si te encontraba.

–Bien pues, ya ves que no soy mentiroso –después de una corta pausa continué diciendo: –ya voy a entrar, tal vez nos volvamos a ver. Adiós.

–Que te valla bien, cuídate, ojalas que todo salga bien –me despedía creyendo notar en su rostro cierta melancolía.

Me dirigí al auditorio, los desconfiados porteros me abrieron la puerta y entré a esperar que me llamaran, no tardé mucho en escuchar mi nombre por los parlantes y con mochila a cuesta me dirigí a la larga mesa donde estaban los anotadores, me puse en presencia del primero.

–Sentate –me dijo un “maje” serio, como ordenándome.

Luego de sentarme me preguntó:

–¿Dispuesto a cumplir tu Servicio Militar?

–Bueno, no hay de otra –le dije.

–¡Ajá! Bueno.

Respondí todas la pregunta sobre mis datos personales que me hizo y luego le pasó los datos escritos al otro anotador que estaba a la par y me dijo que pasara con él, así lo hice, firmé respondí otras preguntas que ya ni me acuerdo, les presenté mi recetas que la doctora me dio que para nada me sirvió y al final de la mesa otro cara seria de pies al lado de una puerta que daba al lado de afuera indicándome que pasara, en un estacionamiento estaba un camioncito militar con varios jóvenes montados y siendo custodiados por algunos militares, me indicaron que también subiera y allí me encontré nuevamente con Préndiz: –vamos de viaje– me dijo.

–¿Ahora, donde nos llevarán? –le pregunté.

–Quien sabe –me respondió.

Al rato el camión estaba en marcha. Nos llevaron a una casa que creo era la CST (Central Sandinista de Trabajadores) al estilo prisioneros nos bajaron y nos metieron a la casa sin permiso de salir, tras un portón de rejas que daba a la calle pude ver a un conocido que pasaba por la acera, éste también me vio y me preguntó que hacía ahí.

–Voy a cumplir el servicio– le dije.

–¡Ha sí! –dijo– le voy a avisar a tu familia que estás aquí.

–Ya ellos saben que me voy, pero no saben que estoy aquí, decíles pues.

De esa manera es que puede ver a mi hermano Eddy una vez más antes de partir, me encontró comiendo de lo que llevaba en la mochila y que compartí con Préndiz. Ya entrando la noche, los mismos camioncitos nos trasladaban rumbo a Diriamba, a unos 70 km. carretera Sur, allí, antes de llegar a la ciudad, había una base militar, durante el camino tuvimos que cuidar a uno que a última hora habían montado antes de salir de Rivas, pues éste iba completamente ebrio y vomitando el piso del vehículo.

Llegamos a la base y es ahí que comienza la verdadera odisea. Todo lo que pasamos durante meses, lo que vivimos primero en la escuela militar en Estelí y luego al incorporarnos a un BLI en Nueva Guinea, lo narra extraordinariamente mi compañero de guerra Jorge Luis Préndiz Bonilla en su libro que tituló “Mi voluntad” y que lo puede adquirir en Casa del libro, Managua, CST 1 1/2 c. Abajp, frente al estadip Cranshaw.

#googleads

28.6.16

Literatura de Nicaragua: El diario de una cegua

¡GRATIS! https://freeditorial.com/es/books/el-diario-de-una-cegua Literatura de Nicaragua: El diario de una cegua: "El diario de una cegua" es una corta novela dividida en siete capítulos ambientada en la Nicaragua de a mediados del siglo XIX, r...

Vistas a la página totales

Google+ siguiendo