Este es el primero, de otros libros, que Editorial Amerrisque, está publicando con metodología y compilación del pintor y arqueólogo esteliano, profesor Bayardo Gámez Montenegro, sobre leyendas del norte y centro de Nicaragua, los otros libros, próximamente a editarse y también distribuidos por Casa del Libro, abordarán leyendas exclusivamente de Jinotega y Matagalpa.
Estas leyendas, de este primer libro, forman parte de una recopilación realizada por los estudiantes de las carreras de licenciatura en Español y licenciatura en Ciencias Sociales durante las actividades académicas de la asignatura Antropología Cultural Nicaragüense impartida en la modalidad sabatina de la Facultad Regional Multidisciplinaria de Estelí (FAREM-Estelí), Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, Managua (UNAN-Managua), durante los cursos académicos comprendidos entre 1999 y 2005.
Las mismas se han transmitido de forma oral de generación en generación durante muchos años, muchas veces se ven enriquecidas con detalles, dramatizaciones, recreaciones de su ambientación con sonidos guturales y onomatopeyas.
Muchas aquí recopiladas hacen referencia a la creencia popular de que algunos seres humanos se conviertan en animales, perro, yegua, mono, tigre o cerdo, entre las más conocidas tenemos: El Mico, La Mica, La Chancha Bruja. Otras tratan de la creencia y descripción de seres monstruosos o mujeres trasformadas como en el caso de La Cegua.
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El Duende Rojo
Leyenda de Ocotal, Nueva Segovia, Nicaragua
El caso es que cuando iba bajando la cuesta a caer al puente observé que al otro lado del río estaba una vaca sin cabeza, sangrando a chorros, como borbollones de agua que fluyen de un cerro barrialoso. Pero como los Pedros no somos dejados; sino que valientes y hombre de fe, cogí la verga de toro, la reata con que se le pega a los animales para que se apresuren, y me dirigí con los burritos hacia la vaca sin cabeza, y una vez que estuve cerca ya no había nada, buscaba por todos lados, pero no miraba ni las huellas de aquella animala decapitada.
— ¡Ve! —me dije—, esa criatura del demonio me tuvo miedo. Es que los Pedros somos pencones, son chochadas, hom...
Pensando estaba cuando de pronto vi entre medio de unos charrales una semejante gallina como del tamaño de un chompipe. Juro que en mis años que tengo de existir sobre la tierra, jamás había visto gallina tan semejante.
—¡He!— dije entre dientes— aquí está la sopa para toda la familia y hasta los vecinos.
Y recogí del suelo tres hermosas piedras como del tamaño del puño de mi mano y le lancé la primera, resultando vano mi primer disparo.
Pero no me di por vencido, busqué a la gallina, la que se metió en unos charrales, pero también, como por arte de magia, desapareció.
90 leyendas nicas
Mi buen amigo Víctor Nissing; escritor, compilador de cuentos, leyendas y tradición escrita y oral de nuestro pueblo (y demás es locutor), ha seleccionado 90 leyendas de Nicaragua y las ha narrado y grabado, con efectos de sonido y música, en tres discos compactos que pone a su disposición en la ciudad de Chinandega, donde reside. Lo puede contactar a través de
La historia del viejo
Tomado de Gustavo A. Prado: Leyendas Coloniales.
Título original: La historia del viejo Ahumada.
Ediciones de Club del Libro Nicaragüense, Managua 1962.
Esto ocurrió durante el período colonial en tiempos en que se les llamaba a estas tierras Indias Occidentales.
Santa Teresa de Jesús, a quien crónicas y memorias llaman la doctora de Ávila, tenía un hermano, llamado Francisco de Ahumada, bien entrado en años, a quien dio la santa el encargo de dotar a las tres catedrales más célebres de estas Indias, de tres esculturas de la Virgen Santísima, bajo tres distintos títulos. Así: la del Carmen, a Guatemala; a la de Concepción, a León de Nicaragua; y la de Mercedes, a la llamada ciudad de los Virreyes de Lima.
El varón se dispuso a cumplir el encargo de su hermana la santa, y enderezó proa con otros más, hacia las Indias Occidentales desde España, haciéndose a la mar con buen viento.
Cumpliendo su misión en Lima y Guatemala, quedaba pendiente Santiago de los Caballeros de León y zarparon con hinchadas velas a la mar, embarcándose en el puerto de Iztapa, luego llegaron al Realejo y de allí siguieron su viaje a Chinantlán, en donde hizo alto para continuar al otro día su viaje hacia León.
Muy de mañana, enderezadas las cargas, en una mula y unos caballos partían, mas es fama bien notoria, que la mula, al llegar a cierto punto, se negó a pasar y siendo en vano los ruegos y zurras de don Francisco de Ahumada, éste le dijo tantas palabrotas y maldiciones que la mula se estremeció tanto que hizo exclamar a Francisco:
—¡Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal!
—No sigáis hermano que puede llover fuego —le dijo uno de sus acompañantes.
El animal quedó quieto, le pusieron la carga y éste la tiró del cabestro, le hicieron mil diligencias para que se moviera y el animal todavía estuviera allí si Dios le hubiese dado largos años de vida.
—Hágase tu voluntad, Dios mío —dijo Ahumada—, y retornemos a la posada que mañana será otro día.
Por varios días buscó otra salida, otros caminos, pero regresaba al mismo sitio; el animal iba a buen paso, pero se detenía en ese mismo lugar.
La piedad y la superstición dieron en decir que la Virgen no quería marcharse de Chinantlán y de acuerdo con el cura y el permiso de Ahumada, se acordó que la Virgen quedase en Chinantlán. Procediéndose enseguida a levantar el templo.
Corrieron los años y la Virgen de la Concepción llegó a conocerse como la Virgen del viejo, haciendo referencia así, al viejo Ahumada que la dejó.
“Sólo la Virgen del viejo puede salvar a tu hijo.” “En la tempestad del Realejo, se salvaron todos porque eran devotos de la Virgen del viejo”, decían muchos creyentes.
Un caso muy conocido se refiere a una señora que estaba sola en el momento justo que iba a dar a luz, invocó la misericordia de la Virgen del viejo, apareciendo momentos después una mujer de rara belleza que la asistió con cuidadoso esmero, y al despedirse la señora agradecida le dijo:
—Dígame donde vive usted para ir a verla en cuanto me levante.
—Pregunte por mí en la plaza y cualquiera te dará las señas.
—Y… ¿cómo se llama usted?
—Yo me llamo María de la Concepción.
La señora se levantó, fue a buscar a la divina comadrona; pero nadie le dio razón.
—Sin embargo —decía— ella me asistió, y quiero verla.
Y la pudo ver, la reconoció al notar que se trataba de la mismísima Virgen del viejo Ahumada.
—Ella es —dijo. Y le dejó a sus pies sobre el altar, algunas frutas y flores como muestra de agradecimiento.
Pasó el tiempo y la escultura del viejo Ahumada, fue adquiriendo cada vez más popularidad por sus milagros tan numerosos.
Todo el mundo la conocía como la Virgen del viejo. De esta manera Chinantlán pasó a ser conocido como El Viejo Chinantlán, luego simplemente El Viejo, que se convirtió en un municipio, bastante poblado, del departamento de Chinandega y teniendo como centro la Basílica de la Concepción de María, donde aún se encuentra la Virgen de El Viejo, ahora como referencia al poblado.
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Leyendas de piedras: Cerro Quizaltepe y La piedra de Cuapa
En San Lorenzo, jurisdicción del departamento de Boaco, cerca del departamento de Chontales, se levanta una cerro rocoso, como si fuera un inmenso monolito esculpido por la naturaleza, conocido como El Monolito de Quizaltepe, cuya belleza y misterio encanta a los viajeante que lo ven desde la carretera.
Dicen los pobladores que han visto en la punta, unos niños pequeñitos caminando en fila y que se trataba de los duendes que habitan el cerro.
Una vez la tierra se abrió y brotó lodo y agua que recorrió montaña abajo, en la misma temporada en que la cruz que habían puesto uno religiosos meses antes se había desaparecido a consecuencia de un rayo que le cayó un una noche de tormenta y serpientes surgieron misteriosamente.
Otra leyenda es la aparición de una extraña luz, que según los lugareños, se trata de un gran diamante que se desplaza desde mediados del cerro hasta el pie del mismo.
En el cerro hay un hueco que le dicen La Cueva del Alumbre, su interior es bien claro por el reflejo de los rayos del Sol y por las piedras de alumbre similar a la loza, al estar adentro se comienza a sentir una suave brisa que se propaga en todo el lugar.
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Muchas historias fantasiosa se cuenta alrededor de esta cerro sobre duendes, apariciones, espantos y hasta del mismo demonio, así como el canto de un misterioso gallo durante la noche, que lo que lo han podido ver dicen que es de oro.
Dicen los pobladores que han visto en la punta, unos niños pequeñitos caminando en fila y que se trataba de los duendes que habitan el cerro.
Una vez la tierra se abrió y brotó lodo y agua que recorrió montaña abajo, en la misma temporada en que la cruz que habían puesto uno religiosos meses antes se había desaparecido a consecuencia de un rayo que le cayó un una noche de tormenta y serpientes surgieron misteriosamente.
Otra leyenda es la aparición de una extraña luz, que según los lugareños, se trata de un gran diamante que se desplaza desde mediados del cerro hasta el pie del mismo.
En el cerro hay un hueco que le dicen La Cueva del Alumbre, su interior es bien claro por el reflejo de los rayos del Sol y por las piedras de alumbre similar a la loza, al estar adentro se comienza a sentir una suave brisa que se propaga en todo el lugar.
Cerro Quizaltepe
Leyenda de "Los duendes de la piedra de Cuapa"
Hacía muchos años, una humilde familia vivían
en las faldas de la montaña donde está el gran peñasco llamado "La piedra de
Cuapa", cuanta la leyenda que unos duendes habitaban esa piedra y se habían
enamorado de una de las hijas de la pareja, estos duendes no la dejaban en paz,
todo el día la molestaban escondiéndole las cosas, jalándole el pelo, tirándole piedritas, la familia completa ya no los aguantaban más, pues los duende hacían todo eso porque estaban enamorados de una de las hijas de la pareja.
Eran tan traviesos que un día se robaron un burro y cuando los dueños lo buscaron, lo miraron encaramado en lo alto de la piedra de Cuapa. La señora desesperada hizo un trato con ellos; acordaron que si le bajaban a su burro, ella les regalaría a su hija, por supuesto que esto era una mentira de la madre, solo era una treta para recuperar al burro. Cuando los duendes le devolvieron al animal, la señora no cumplió su parte del trato y los duendes empezaron a molestarlos aún más, se volvieron realmente insoportables, era imposible seguir viviendo allí, entonces la familia decidió irse a vivir a otro lugar. Así que empacaron sus cosas y con la carreta cargada hasta el copete de chunches y sin mirar atrás se pusieron en marcha. A mitad del camino, se dieron cuenta de que se les había olvidado unas cosas, y se disponían a regresar para buscarlas, cuando de repente oyeron unas vocecitas que les decían desde detrás del burro... “¡no! ¡si aquí traemos lo que se les había quedado!” ¡Y qué susto! No eran más que los traviesos duendes que venían detrás de ellos...
¡que va, si de esos bandidos no se capea nadie tan fácil!
Eran tan traviesos que un día se robaron un burro y cuando los dueños lo buscaron, lo miraron encaramado en lo alto de la piedra de Cuapa. La señora desesperada hizo un trato con ellos; acordaron que si le bajaban a su burro, ella les regalaría a su hija, por supuesto que esto era una mentira de la madre, solo era una treta para recuperar al burro. Cuando los duendes le devolvieron al animal, la señora no cumplió su parte del trato y los duendes empezaron a molestarlos aún más, se volvieron realmente insoportables, era imposible seguir viviendo allí, entonces la familia decidió irse a vivir a otro lugar. Así que empacaron sus cosas y con la carreta cargada hasta el copete de chunches y sin mirar atrás se pusieron en marcha. A mitad del camino, se dieron cuenta de que se les había olvidado unas cosas, y se disponían a regresar para buscarlas, cuando de repente oyeron unas vocecitas que les decían desde detrás del burro... “¡no! ¡si aquí traemos lo que se les había quedado!” ¡Y qué susto! No eran más que los traviesos duendes que venían detrás de ellos...
¡que va, si de esos bandidos no se capea nadie tan fácil!
Encuentro con el Sisimique
Por Mauricio Valdez
Este cuento está basado en algunos hechos reales, vivencias con mis hermanos cuando éramos adolescentes. El Sisimike o Sisimico, según creencia de la zona Caribe de Nicaragua es un "Hombre Mono", quizás una versión del famoso pie grande. Un cuento más del libro Cuentos y Mitos de Nicaragua. Al final "La Sisimique y el hombre".
******
La quebrada no quedaba muy lejos, solo había que cruzar un potrero, llegar a un cominito pedregoso y seguir caminando hasta llegar a otro potrero y a la lejanía se veía un gran árbol de Genísaro bajo el cual yacía una pequeña casa con algunas tablas desencajadas y tejas que se le caían, luego estaba una bajada que daba a unas piedras entre las cuales fluía el agua sonora y limpia del riachuelo que llamábamos la quebrada. La casita estaba abandonada, nadie se atrevía a volver a habitarla, ni la remendaban, ni se llevaban nada de ahí, ella sola se iba consumiendo, iba desapareciendo con el paso del tiempo. Los que pasábamos por ahí, lo hacíamos de prisa, evitando pasar de noche por temor a que nos sucediera lo que les sucedió a los que antes vivían ahí, en la casa que ahora decían; estaba embrujada.
Esa tarde, como muchas otras anteriores, nuestra única intención era pescar. Mi hermano mayor y dos amigos recorrimos la quebrada aguas arriba buscando posas en donde sabíamos que estaban los más hermosos peces que llamábamos guapotes, en una de esas posas, la más grande, es en la que permanecíamos por más tiempo, cada quién ocupaba su lugar alrededor de ella, pero eso sí, todos callados. No faltaba quien se metía al agua para despegar su anzuelo de una roca; —Este fue un cangrejo— decía mientras metía su brazo y la mitad de su cara al agua, a veces se zabullía por completo cuando el anzuelo pegado estaba en aguas más profundas.
Era invierno y nos sorprendió la lluvia, calló un aguacero y el agua de la quebrada se tornó achocolatada, entonces los barbudos, unos peces con apéndices en la cara, comenzaron a picar y uno a uno se pegaban a nuestros anzuelos comiéndose las mazamorras (lombrices de tierra) que poníamos de carnada, estábamos entusiasmados, pues nunca habíamos tenido tanta suerte. En tiempo récord, cada uno de nosotros teníamos al menos cinco pecados más o menos grandes, pero luego dejaron de picar y nosotros queríamos obtener más, pues todo el día no habíamos pescado nada y solo fue en ese corto periodo de tiempo, mientras duró la lluvia, que logramos pescarlo lo que teníamos. Así, esperando obtener más barbudos, se nos pasó la hora en que debíamos de regresar, cuando comenzó a oscurecer nos acordamos de la casa embrujada y de los coyotes que rondaban la zona, casi corriendo nos dispusimos a irnos, al divisar la casa cuesta arriba, nuestros corazones comenzaron a palpitar aceleradamente, nadie decía una sola palabra, a medida que nos acercábamos nos parecía escuchar ruidos que provenían desde adentro de la supuestamente abandonada casa, no mirábamos luces, ni bulto, ni nada de lo que podría suponer que alguien estaba en la casa o que algo estaba acechándonos al pasar.
—¡El Simiseque! gritó Goyo que iba adelante, al mismo tiempo que echó a correr, tras él los demás le seguimos corriendo también. Pasamos el susto, no era nada o por lo menos no vimos nada, corrimos hasta que nos cansamos, nadie se quedó rezagado.
—Caminemos rápido —dijo nuevamente el alborotista que nos había hecho pegar la carrera y el mismo que llevaba un pedazo de machete sarroso, seguro creía que con eso podía defenderse o defendernos de cualquier cosa que nos saliera al paso, como los coyotes que quizás eran perros descarriados, semisalvajes que se hacían escuchar en la lejanía.
Ya un poco calmados pregunté:
—¡Oe, Goyo! ¿y qué cosa es el Siquequique?
—Sisimique —me corrigió— es un animal que se parece a un hombre mono y que tiene los pies al revés, él fue el que se llevó a las dos mujeres que vivían en esa casa, se las robó, eran chavalas bonitas.
—¿Sisimique?, hasta ahora lo escucho.
—Pues dicen —continuó Goyo con su relato— que en esa quebrada vive un Simisique que sale buscando alguna mujer que se esté bañando en horas de la noche o que le haya agarrado la tarde lavando ropa. Cuando ese señor que construyó esa casa le dijo a algunas personas que eso es lo iba hacer, muchos le dijeron que no lo hiciera, que no construyera en ese lugar, que era peligroso y que ya antes había pasado una tragedia por culpa de ese Sisimique a otra familia que tenía su casita cerca de la quebrada, pero el señor no hizo caso y le pasó lo que le pasó.
—¡Ala! y hasta ahora nos decís eso, si hubiera sabido, no vengo a esta quebrada —Dijo Raúl, al parecer el más miedoso de todos.
Acababa de decir eso cuando el mismo Goyo, siempre a la cabeza, se detuvo callándonos con un fuerte ¡Ssshh! Luego dijo: Ahí viene alguien.
—Yo no veo a nadie —dijo Eddy mi hermano, nadie veíamos bien, pues la oscuridad estaba opacando la poca luz que del sol quedaba.
—¡Caminemos hombre, si no es nada! No ven que los coyotes nos van a alcanzar, ellos huelen los pescados que llevamos —dijo el que iba en la cola.
Comenzamos nuevamente a caminar, el regreso me parecía más lejos que la ida y de seguro que más de alguno pensaba lo mismo que yo. También estaba casi seguro que habíamos extraviado el camino.
El baquiano machetero de nuevo dijo ¡Ssshh! —Ahí viene alguien.
Pero esta vez no se detuvo y todos continuamos la marcha a pasos agigantados, en fila india, sobre el caminito donde a veces pisábamos alguna que otra plasta de vaca y estiércol de caballo.
¡Schack!
—¡¿Y ese ruido?!
—Eso fue un conejo.
¡Schack!
—¡¿Y ese otro?!
—Es una lechuza.
Preguntaba uno y respondía otro, hasta que un ruido en particular, como un gruñido, nos dejó con ganas de salir corriendo, pero solo nos quedamos pensando que animal podría ser.
—¡¿Qué fue ese ruido?! Al fin se hizo la pregunta…, pero nadie respondió.
Sin una linterna a mano y nada para alumbrarnos, con miedo y caminando de prisa, nuestro pensamiento estaba enfocado en llegar a nuestra casa, sé que íbamos por el sendero correcto y eso me tranquilizaba de cierto modo.
La sensación de que algo nos seguía estaba latente, más porque nos parecía escuchar pisadas tras de nosotros.
—¡El Sisimique! —de nuevo el grito seguido de la carrera, pero esta vez la cosa fue diferente, pues Goyo corriendo tropezó con algo, posiblemente con una piedra, y cayó sobre el sarroso pedazo de machete que llevaba, objeto que ahora sí, al parecer, se había convertido en un arma letal.
Nosotros nos reímos de él creyendo que se levantaría enseguida sacudiéndose la tierra de su cuerpo, pero solo escuchamos un quejido de dolor y Goyono no se movía.
—¿¡Qué te pasó!?—le preguntamos mientras nos agachábamos para asistirlo.
—¡Creo que me ensarté el machete! —nos dijo aterrado, y con ambas manos en su estómago se incorporó sentándose.
No podíamos ver con claridad, pero sabíamos que estaba sangrando, presentíamos lo peor.
—Solo es una cortadita —dijo Goyo poniéndose de pie, sentimos alivio al saber que no se había ensartado por completo el susodicho machete. Recogió los peces que en el suelo había dejado y nos disponíamos a continuar la marcha, cuando divisamos una enorme figura emitiendo un fuerte gruñido que nos dejó a todos paralizados, al parecer el Sisimique nos había seguido desde la quebrada. En ese momento, con más pánico que nunca, a la voz de ¡corran! De quien sabe quién, pegamos carrera una vez más pasando un alambrado sin saber cómo.
Exhausto dejamos de correr, jadeante como todos, Goyo levantó la vista y nos dijo:
—Ahí viene alguien.
Sobre el zacate que se extendía a lo largo y ancho del potrero, se escuchaba acercarse el galopear de unos cascos de caballo. Ante la penumbra pudimos divisar a un jinete alumbrándonos con una lámpara y saludándonos con un ¡Joo! Era mi tío.
—¡Ideay chavalos! Iba a buscarlos, pensábamos que se habían perdido.
—El Sisimique —dijimos todos en voz alta casi en coro, aún muy asustados.
—¡¿Qué?! Eso no existe —dijo mi tío con incredulidad.
¡Sí!... nos siguió y nosotros lo vimos, era grande y peludo, y salimos corriendo, casi nos atrapa.
Mi tío solo se puso a reír, se bajó del caballo, miró a Goyo que se apretaba la panza.
—Me hice una herida con el machete —le dijo éste.
—¡Aaaala! Se te van a salir las tripas —le dijo mi tío en tono de broma.
Lo montó al caballo, luego se montó él y nos dijo:
—Hay llegan ustedes, voy a llevar a Goyo.
Dimos unos pocos pasos y divisamos las luces que iluminaban la casa. Nuestros amigos Raúl y Goyo, cuya casa quedaba bastante cerca de la nuestra, se despidieron de nosotros. Esa noche cenamos pescado frito mientras no parábamos de relatar a nuestros padres, con detalle, nuestro encuentro cercano con el Sisimique.
Vídeo del cuento
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A continuación una leyenda de Costa Rica:
La Sisimique y el hombre
Érase una vez, un hombre cazador que fue a una montaña lejana a cazar animales, muy lejos de su casa, y cuando se dio cuenta, andaba perdido en la montaña sin encontrar el camino de regreso. En su andanza por el bosque encontró la fuente de un río y siguió río arriba. Después de haber caminado un buen rato, escuchó un ruido extraño, era como que si alguien levantaba piedras y las tiraba al río. El hombre pensó que había alguien cerca de él, y en eso vio a una persona muy extraña, parecía una mujer, pero de muy alta estatura, con el cuerpo cubierto de pelo, los pies grandes y un extraordinario sentido del olfato. Al ver esto, el hombre se asustó, y escondiéndose huyó del lugar, pero lo que este hombre no sabía, es que este personaje era una Sisimique, un ser sobrenatural que vive solo en la montaña y se alimenta de carne cruda. La Sisimique ya se había dado cuenta de que alguien se había corrido de allí porque ella olfatea y distingue a los humanos de los animales. Entonces la criatura usó su olfato para seguir al hombre hasta que lo alcanzó, y enseguida se lo llevó a su escondite para tenerlo como su hombre. Lo mantenía constantemente bajo estricta vigilancia, pero con el paso del tiempo le fue dando cierta libertad, aunque siempre limitada.
Le permitía andar solo alrededor de su escondite en la búsqueda de cangrejos y de miel. Para ese entonces la Sisimique ya estaba embarazada del hombre. Él, sin embargo, tenía una sola meta: encontrar cómo escaparse lo más pronto posible de ese lugar. Un día por fin logró salir, muy temprano en la mañana, siempre con el pretexto de buscar cangrejos, y aprovechó la oportunidad para correr y librarse de las manos de esa malvada. La Sisimique, al ver que no regresaba, sospechó que el hombre había escapado y salió en su persecución, corriendo rápidamente bajo los árboles, pero aun así no lo pudo alcanzar. El hombre, cansado y con miedo, seguía corriendo, y de pronto se encontró con una playa, vio el inmenso mar, y miró que iba pasando un barco y lo llamó desesperadamente haciendo señal de auxilio. Los tripulantes del barco vieron la señal y se acercaron para recogerlo. El hombre se sintió muy alegre, y cuando ya iba nadando en alta mar, la Sisimique apareció en la orilla de la playa, y pensando que él regresaría le gritó con una gran voz: “Mirá aquí traje a nuestro hijo, vení a recibirlo, y si no lo hacés lo partiré por la mitad”, pero en ese instante el hombre nadó más rápido hasta subir al barco, y entonces la Sisimique le enseñó a su hijo desde la playa y, llena de furia, agarró a la criatura, lo levantó de ambos pies, y lo partió en dos pedazos. La Sisimique regresó nuevamente a su escondite sin el niño y sin su amor.
Cuentos con moralejas
El Pez Gordo y otros 3 cuentos más de Mauricio Valdez
El pez gordo
—Mañana te atrapo, mañana vas a ver —le decía todos los días a un pez un campesino que acostumbraba cortar y recoger leña en un bosquecillo no muy lejos de donde estaba su humilde vivienda, por allí pasaba un riachuelo donde él se detenía a pescar, habían muchos peces pero uno en particular llamaba su atención, era un guapote, el más grande de la poza a ése lo quería atrapar, pero era tan astuto el pez, que siempre lograba escaparse hasta del mismo anzuelo llevándose la carnada y otras veces se mostraba tan escurridizo que ni tan siquiera picaba. Cada vez que el campesino se iba, el guapotón alegre, daba saltos fuera del agua como burlándose del hombre.Cuando llegaba a su casa les decía a sus hijos:
—Un día de estos, hijos míos, les traeré un gran pescado gordo, pues ya estoy aburrido de traerles sólo pequeños pescaditos.
Pero los días pasaban y nada que lo atrapaba, ni porque le ponía todo tipo de carnadas; él le ponía chapulines, él le ponía mazamorras, él que gusanos y hasta trozos de tortilla le tiraba al agua a ver si así salía a la superficie y darle un sólo sopapo en la jupa, pero nada, por eso es que estaba gordo el bandido pez, de tanto que el campesino le daba de comer.
Una vez el campesino quiso atraparlo con sus propias manos; se zambulló en las turbias aguas de la poza y con los ojos bien abiertos trataba de ver dónde se escondía el pez gordo, vio una pequeña cueva; y ahí estaba dormido, adivinen quién, pues sí, el pez gordo. Con mucho cuidado y tratando de no hacer ruido estiró sus brazos y ¡zas! atrapó al pez, éste se retorcía de un lado a otro tratando de escaparse. El hombre asomó su cabeza fuera del agua, tomó una bocanada de aire y en ese mismo instante el pez se le zafó, era tan gordo y fuerte que no lo pudo sostener con firmeza. Por más que lo volvió a buscar ya no lo encontró, tuvo que regresar una vez más a su casa, con sólo unos cuantos pescaditos para cenar.
En la mañana siguiente, el campesino fue, como ya era costumbre, a intentar atrapar al escurridizo pez; —esta vez fabricaré una lanza— dijo y se puso a cortar una vara, agarró la rama de un árbol y en seguida se alborotaron unas abejas, le comenzaron a picar y corrió como un loco huyendo de los insectos y se tiró a la poza donde vivía el pez gordo, estando dentro del agua miraba como las abejas revoloteaban en la superficie.
—Si salgo éstas abejas me seguirán picando, pero si no lo hago me puedo ahogar —pensaba muy afligido el pobre hombre.
Ya el aire se le estaba acabando, no podía contener más la respiración, de pronto el pez gordo apareció saltando fuera del agua, saltaba de un lado a otro, por encima del campesino y cada vez que lo hacía se pasaba tragando una abeja, hasta que éstas asustadas se fueron, así el campesino pudo respirar sin ser picoteado y comprendió que el pez le había salvado la vida.
Salió de la posa dispuesto a irse para su casa dejando tranquilo al pez cuando escuchó un tremendo ruido que venía de lo más profundo del bosque, los pajaritos volaban asustados, los venados corrían huyendo, todos los animales querían escapar del lugar por donde venía el infernal ruido, El campesino caminó durante unos minutos hasta que llegó donde unos hombres que derribaban árboles con sus motosierras y él les gritó:
—Deténganse, no sigan.
—Fuera de aquí, esta propiedad es privada —le dijeron los hombres enojados y campesino tuvo que irse.
A día siguiente no pudo levantarse, estaba enfermo, nadie sabía que es lo que tenía, sus hijos creían que tal vez era por tanta obsesión que tenía por atrapar al pez gordo: —lo atraparemos por ti— le dijeron a su padre, pero éste les aconsejó diciéndoles:
—No crean que ese pez tiene la culpa de que yo esté enfermo, él es un buen pez, ahora lo considero mi amigo— y les contó lo que le había pasado con las abejas.
A los pocos días se curó y lo primero que hizo fue ir a visitar a su amigo el pez, pero se sorprendió al ver que en el pequeño bosque casi no quedaban árboles, ya no había lugar donde los animales pudieran vivir. Observó con espanto que el riachuelo se había secado y muchos peces estaban muertos, corrió a la poza de su amigo y allí estaba en un pequeño charco lleno de lodo, se le acercó y vio como el pobre animalito se esforzaba por respirar dando su último aliento de vida.
—¡Oh mi amigo! ¿Qué te han hecho? —dijo con profunda tristeza y sus lágrimas caían sobre el gran pez que ya no se movía, ni sus lágrimas pudieron resucitarlo y allí lo dejó ya sin vida.
El tiempo pasó, el campesino se fue a la ciudad. Donde hubo bosque ahora hay cultivos y casas, sólo un gran árbol rechoncho permanece en la zona, se distingue a lo lejos por sus frondosas ramas, un árbol que nació y creció justamente donde estaba la poza del gran pez gordo.
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Moraleja: Haz el bien sin mirar a quién.
Moraleja: Haz el bien sin mirar a quién.
Ilustraciones Mauricio Valdez.
El Duende Zeta
Una mañana Carolina despertó riéndose, sentía que algo le hacía cosquillas en sus pies, levantó la sábana esperando ver salir despavorido algún roedor pero no vio nada, en eso escuchó una ricita proveniente de debajo de la cama, de una salto se puso de pie y agachándose preguntó con curiosidad:—¿Quién está ahí?
Se acostó boca bajo sobre el piso, viendo detenidamente hizo de nuevo la pregunta:
—¿Quién está ahí?
¡jijiji! Otra vez la ricita, y saliendo de su escondite delate de sus ojos se dejó ver un pequeño ser vestido de rojo, su piel era verdosa parecida a la de un sapo y sus orejas las tenía puntiagudas, éste le sonrió y le dijo:
—¡Hola Carolina! Vine a hacerte compañía.
— ¿Y tú quién eres? —preguntó la niña retrocediendo ante la fea figura del pequeño y raro ser.
—Mi nombre es Zeta, —dijo con una voz ñaja— soy un duende amistoso al que le gusta hacer reír a los niños, por eso les hago cosquillas mientras duermen y magia cuando despiertan.
Entonces el duende sacó de su bolsillo polvo de hada y lo lanzó al aire, y muchas mariposas de todos los colores revolotearon por toda la habitación, Carolina se reía y estaba maravillada de la magia del duende.
Las mariposas se desvanecieron y niña buscó a Zeta a su alrededor, lo buscó entre sus sabanas, por debajo de la cama, por todos los rincones de su habitación y de pronto vio que una de sus muñecas de trapo caminaba sola, ella se asustó, pero pudo ver que era Zeta la que la sostenía por detrás.
— ¿Estabas invisible? —le preguntó Carolina.
—Sí —le dijo Zeta—, nosotros los duendes podemos desaparecer a nuestro antojo, nos dejamos ver por los niños pero nunca por los adultos, pues éstos siempre nos quieren hacer daño.
Carolina agarró su muñeca, la puso en su lugar y dijo:
—Pero yo tengo que decirle a mi mamá que tú eres mi nuevo amiguito.
—¡No! —Gritó Zeta—, guardemos este secreto, que esto quede sólo entre tú y yo. Pero Carolina no le hizo caso y le fue a contar a su mamá, por supuesto que su mamá no le creyó y esa noche acostada ya en su cama disponía a dormir, de nuevo le apareció Zeta, se subió a su pecho y viéndola su los ojos le dijo:
—¡No guardaste nuestro secreto!
El duende estaba enojado y se puso más verde todavía y mucho más feo; los dientes se le salieron y sus uñas crecieron, sacó otra vez de sus bolsillos polvo de hada y lo sopló en la cara de Carolina, ella estornudó varias veces botando a Zeta sobre el colchón, la pobre niña jadeaba, se esforzaba por respirar mientras Zeta se reía a carcajadas de forma maliciosa, de pronto, de la nada, aparecieron cuatro duendes vestidos de azul que rodearon a Zeta, lo agarraron con fuerza como que se lo llevaban preso y desaparecieron junto con él, sólo se escuchaba a Zeta gritar: Déjenme, no me lleven.
Carolina de apoco pudo respirar con normalidad, afligida y temblando se puso a llorar, en eso su mamá entró corriendo a la habitación y la abrazó calmándola y diciéndole que solo había tenido una pesadilla.
—No mamá, no fue una pesadilla, era Zeta el duende de quien te hablé.
Las dos quedaron abrazadas por un largo rato hasta que la niña se durmió. Con el tiempo Carolina casi olvidó lo sucedido y hasta llegó a creer que realmente se trataba tan sólo de una pesadilla, lo bueno era que; ya sea en sueños o en la realidad, nunca más volvió a ver a Zeta, el duende malo.
Y es que por generaciones se ha creído que si un niño o niña lo desea, puede llegar a conocer a los duendes, sólo tienes que desearlo de verdad y preguntar entre sus sábanas en voz baja antes de dormir: ¿Quién está ahí? Pregunta todas las noches y una de tantas, en cualquier momento, aparecerá un duende jugando y haciéndote cosquillas en tus pies, pero ten cuidado si te aparece un duende cuando tú no has llamado a ninguno y dice ser tu amigo, ese puede ser Zeta, no le creas nada de lo que te diga y mándalo a volar lejos.
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Moraleja: No todas las personas que se te acercan y dicen ser tu amigo, tienen buenas intenciones, pueden ser lobos vestidos de ovejas.

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El Pájaro Desgarbado
En un gran patio de una pequeña casa, bajo un frondoso árbol de mamón una viejita había construido su gallinero, en el que solamente tenía un pollo. Todas las mañanas ella le daba de comer algunos granos, de maíz y a veces de trigo, todo el día el pollo se la pasaba rascando y buscando entre la leña alguna cucaracha o cualquier otro insecto para embuchárselo.Una mañana cuando el pollo estaba comiendo, se apareció volando un pájaro, el pobre estaba con hambre, sus plumas lucían desarregladas y hasta una de sus alitas se veía un poco caída, tal parece que no tenía mucho tiempo de haber abandonado su nido y por su apariencia seguramente se cayó del mismo. Dio unos saltos y se acercó en donde estaban algunos granos de trigo y se puso a comer, el pollo lo observó por un instante, pero luego parecía no darle importancia al descaro de la inesperada visita y él también continuó comiendo aunque más de prisa viendo de reojo al pájaro.
Cada mañana la desgarbada ave llegaba volando a comer los granos y luego tomaba agua de un recipiente que le viejita le había puesto al pollo y luego así volando se iba por donde había venido. A la mañana siguiente hizo lo mismo; comió, tomó agua y esta vez hasta se bañó, en los días siguientes el pollo se había acostumbrado al pájaro que lo esperaba y hasta lo dejaba dormir junto a él, allí en el gallinero, los dos se hacían compañía, ya eran buenos amigos, un día el pollo logró escaparse del gallinero y juntos los amigos anduvieron rascando y comiendo insectos y gusanos por todo el gran patio. El tiempo pasó y el pollo se convirtió en un elegante y gallardo gallo, y por supuesto el pájaro también creció, pero éste siempre lucía todo desgarbado.
Ahora cada día, lo primero que hacía el gallo, era cantar al alba, despertando a su amigo el pájaro quien también intentaba cantar al igual que su amigo el gallo, pero no podía. De pronto escuchó muy cerca de allí, cantos de otros pájaros, e intentó imitarlos y por fin se escuchó su melodioso trino, cantó tan bonito que los pájaros que le escucharon se le acercaron, lo rodearon, algunas pajaritas lo acariciaron y tanto lo hicieron que hasta su plumaje que estaba desarreglado quedó muy bien arreglado, en eso estaba, extasiado por su fama, cuando su amigo el gallo volvió a cantar, el estruendo asustó a los pajaritos y las pajaritas obligándolos huir de tan monstruoso sonido, su plumaje se erizó y quedó nuevamente desarreglado, enojado voló siguiendo a las pajaritas y sus nuevos amigos que en otro árbol estaban, se posó sobre una rama muy cerca de ellos y comenzó a cantar nuevamente y de nuevo lo rodearon y las pajaritas lo volvieron a acariciar, pues su canto era el más perfecto y merecía tal atención. Así vivió por muchos días, convertido en una celebridad, pareciera que esa era la vida que eternamente quería vivir, hasta que se enfermó, una gripe lo atrapó, se contagió de tal manera que ya su canto no se escuchó, por más que intentaba cantar, de su pico no salía más que un feo jadeo, sus amigos lo abandonaron, sus plumas se desarreglaron, adolorido y desanimado se fue a buscar al único amigo que no le importaba de cómo él lucía o de cómo cantaba, pero ya no lo encontró, habían muchas plumas en el gallinero pero nada de su amigo el gallo. El pájaro esperó para poder verlo, deseaba escucharlo cantar, pero sólo se escuchaba cerca de allí; el hervor de una olla que estaba sobre un fogón. Pasó esa navidad triste pero no estuvo solitario por mucho tiempo ya que la viejita puso otro pollo en el gallinero, el pájaro con su nuevo amigo compartían los granos de maíz o trigo y de vez en cuando salían al patio a comer insectos y gusanos, pero el pájaro no volvió a ser como era antes, pues extrañaba a su amigo el gallo gallardo, de él aprendió el valor de amistad.
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MORALEJA: Muchas veces se valora la amistad hasta que se pierde.
© Cuentos e ilustraciones de Mauricio Valdez Rivas}
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