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Anécdotas de Róger Mendieta Alfaro - Carazo

EL HEROE DEL GUACHIPILIN




El pueblo entero se había amontonado en los andenes de la estación del ferrocarril, y sus alrededores, donde de treinta en treinta arpillaban los durmientes. Allí estaba Mito con su vaca y el enano cabezón que encabezaban la zarabanda en los topes de San Marcos y otros santos de Carazo. A la bullaranga no faltaban los Ortega, los Urbina, los Herrera, los Moncada, los Pérez, los Alfaro y los Morales colorados, pues los había verde como Pancho y su clan que pertenecían al partido de Chamorro.
En puertas de algunas casas pendían banderitas rojas de manta, y en el sector de la estación y el espacio donde se apilaban los durmientes, del uno al otro lado colgaban festones de papelillo a colores, sobre tallos de plátanos de alargadas y abundantes hojas, que servían de telón al vistoso escenario donde los músicos del maestro Luís Yescas con la trompeta, Pedro Patón con el violín, Porfirio Sánchez con la tuba, José María Pérez con el contrabajo, y Gustavo Renco con los chinchines y redobles de tambores, resultaban más que suficientes para llenar de alaridos el ambiente y para estimular la saltadera.
Todo parecía fantástico bajo el ruidos de los triquitraques, el alboroto de los chinchines y los alaridos del “Viva Tacho Somoza, jodido, el perro macho del Guachipilín”, que tenía origen en cierta rocambolesca alharaca revolucionaria que había sido montada por él mismo para engancharse las charreteras de General y justificar el nombramiento. El plan le salió como lo había diseñado. Primero fue figurón, luego figura y al final el famoso dictador balanceado, mientras hacía chacota de la campaña electoral y se divertía bailando”¡Qué rico el mambo!”, en el club de obreros de León.
A Ernesto, Federico, Juan José, Pablo Emilio, el negro Luís, Armando y Garrobo lo que nos llamaba la atención era la vaca de Mito, y la bola que andaba entre la gentes del pueblo, que en la “Maruca Sacasa” maquina de ferrocarril bautizada con el nombre de la hija del Presidente, entre algarabía de la gente, los estridentes ruidos de los chinchines, la música de toros y los espontáneos dicharachos del pueblo estimulados por el alcohol, se aparecía Tacho Somoza en San Marcos para promover su candidatura a Presidente de la República.
Y el tipo se apareció. “La máquina entró de culo”, como expresó Juan Cabezón, para que lo primero que vieran los centenares de sanmarqueños apostado a lo largo de andenes, fuera al hombre, al cojonudo, al protegido del yanqui, montado en el caballo moro, de casta andaluza, que le había obsequiado mister Feland, para cabalgar en la calles y plazas de los pueblos con motivo de la campaña; y desde el lomo del animal, destaparse con el discurso que informaba de su lucha armada y la derrota de los bandoleros en las montañas de las Segovias.
Dicen—no me consta más que la malas o buenas lenguas años más tarde—, que el alboroto de manifestación que recorrió la ciudad llegó hasta el parque municipal, donde el héroe pronunció el ampuloso y desequilibrado discurso desde el lomo de su caballo; y luego entre alaridos de entusiasmo estimulado con sus palabras, y la respuesta envalentonada de los picaditos, estallaron cargas cerradas de morteros, cuetes y bombas de las buenas que fabricaban en Masaya.
De esto último, ni mis amigos ni yo nos dimos cuenta de nada. Nos habíamos quedando husmeando los billetitos. Pero en mi memoria permanece vivo y latente, el recuerdo del Héroe del Guachipilín sacando puñados de billetes nuevos de diez centavos del cajón, para lanzarlos al aire sobre la multitud, estimulando la desesperación de los que llenos de alborozo y curiosidad competíamos por coger algunos, a tal grado que la concentración se dividió en gente de a caballo, y de a pie, que corrían y daban codazos en pos de los billetes.
De acuerdo a Pancho Morales, militante del otro partido, la nueva edición de billetitos de diez centavos lanzados desde el andén del carro presidencial, arruinó la concentración del Héroe del Guachipilín. Y Mito Escobar, el burlón, que de todo hacía chacota, cagándose de las risa afirmó que los chavalos del colegio, pasaron por lo menos un mes buscando los billetitos entre rieles y durmientes. En verdad, jamás entendí por qué aquel hombre lanzaba al aire billetes nuevos de diez centavos. Jamás pude olvidar esta postal imaginaria. En la ocasión, siendo todavía niño, reflexioné sobre algo que me había dicho mi madre: “Hijo, el dinero no se bota”.


LA FIESTA DE LA CRUZ

Por Roger Mendieta Alfaro y Gilberto Bergman Padilla

La Fiesta de la Cruz se celebra el 3 de mayo de cada año, es el mejor recuerdo que tengo del balneario La Boquita, es algo de nunca olvidar.
En La Boquita hay un pleito entre los masayas y los diriambinos, cada uno de ellos se cree dueño de la festividad, se dice que la cruz se apareció en la costa y que fue encontrada por un Masaya; los diriambinos dicen que ellos son los dueños de la festividad porque La Boquita pertenece a Diriamba.
Se dice que el origen de la Fiesta e la Cruz comienza cuando el Emperador Constantino tuvo una visión donde se le apareció la cruz de Cristo con las palabras “in hoc signo vincis” (con esta señal venceras). El Emperador hizo construir una cruz y la puso al frente de su ejército y así venció al enemigo.
Hay otras historias acerca del origen del Día de la Cruz, en España se asocia con la llegada de la primavera, pero en Nicaragua se celebra con la llegada del invierno.
Cuando yo tenía 13 años, veraneaba en Casares, balneario triste y aburrido. Mi mamá me mandaba de veraneo al Casino o donde Calabeta que era una familia de evangélicos. Sin embargo yo soñaba con ir a La Boquita, y es que ese balneario era peor que Sodoma y Gomorra; lleno de roconolas, bares, cantinas y lo mejor era que al otro lado del río se ubicaban los burdeles llenos de mujeres.
La gente de Casares regresaba a Diriamba el 2 de mayo, porque generalmente el invierno comenzaba el día 3 y entonces los caminos se ponían intransitable.
Era tal el rigio que tenía para ir a La Boquita que no me regresé el día 2. El 3 de mayo a las seis de la tarde me fui por las costa caminando desde Casares hasta La Boquita, ahí me encontré un par de amigos y comenzamos a vagar.

Al obscurecer las roconolas de las cantinas empezaban a tronar, las fichas para bailar valían veinticinco centavos, uno escogía la pieza y luego sacaba a bailar a las “muchachas” de la casa. La mejor música era los boleros, y de aquellos tiempos me acuerdo de: Por amor en quinto patio, Cabaretera o Luces de Nueva York. La Sonora Matancera con Daniel Santos, Celio González y otros, era todo un espectáculo.
Cuando se me acabaron los cinco pesos que andaba y ya cansado, regresé a Casares. Era 4 de mayo y la gente donde estaba hospedado habían hecho viaje de regreso a Diriamba. Me dijo el cuidador que había un camión que salía a esos de las tres de la tarde.
Iba alegre después de la parrandeada que me di en La Boquita, pero afligido porque al llegar a Diriamba mi mamá me iba a malmatar. Cuando íbamos a mitad del camino empezó a caer un aguacero que puso el camino tan lodoso que el camión se quedó pegado, así que mientras buscaban unos bueyes, que nunca llegaron, ya eran como las cuatro y media de la tarde, me acordé que cerca de ahí había una finca de un amigo de mi mamá, agarré mi valijita, me remangue los pantalones y me fui a la finca de don Benito.
Ya estaba obscureciendo cuando llegué a la finca, empecé a buscar a Toño Calandraca, el mandador y no lo encontré. Entré al dormitorio, en el suelo vi una botellas de guaro por lo que supuse que Toño esta bien borracho. “Toño, Toño, levantate jodido que soy Gilberto, el hijo de doña Zobeyda y tengo hambre” le grité. El tipo ni se mosqueó, y siguió dormido.
En la cocina encontré unos guineos cuadrados y una cuajadas ahumadas, me las comí y me fui a buscar una camas, con la desgracia que la única cama que había era donde estaba dormido el mandador de la finca.
A como pude lo empuje, agarré la sábana, me la eché encima y me dormí. Me levanté a las cinco de la mañana, le di cuatro codazos al Toño y el desgraciado no se levantó, menuda borrachera se había pegado el jodido.
En el corral encontré un caballo, le puse la albarda y me fui hacia Diriamba. Cuando iba llegando al pueblo me encontré con don Benito quien venía acompañado del juez de mesta y el forense.
¡Ideay Gilito —me dijo don Benito— veo que andás en uno de los caballos de mi finca. Le dije que lo había agarrado prestado. Le conté el problema del camión y le puse las quejas de queue el Toño Calandraca, su mandador, estaba totalmente borracho pues en el suelo estaba una botella de guaro, y por más que le grité no se despertó. Como no encontré otra cama no tuve más remedio que acostarme en la misma camas.
Chocho Gilito —me dijo don Benito— fijate que precisamente voy a la finca a levantar el Acta de Defunción, pues ayer por la tarde a Toño le picó un cascabel y su mujer me vino a avisar que había muerto. El médico forense me miró y me dijo —Que bárbaro chavaló, dormistes toda la noche con un muerto.
Me puse pálido, no se ni cómo me despedí y cuando llegué a la casa, mi mamá saca un chilillo de cuero crudo y me da una buena apaleada, ni siquiera me dejo explicarle lo que había pasado y me mandó al cuarto a dormir. A las dos horas mi mamá entró al cuarto y me encontró hirviendo en fiebre y llorando le expliqué lo que había ocurrido y me dijo: Está bueno que te haya pasado por vago y desobediente. Ahora vas a pasar soñando que dormiste con un muerto.

Anécdotas de Octavio Robleto - Chontales

CERCADO AJENO



Se le conocía más por Chinón que por su propio nombre. Alto y desproporcionado, con los ojos oblicuos, de donde le venía el apodo: boca grande y casi siempre andaba descalzo. Su popularidad se debía a sus raterías.
Que se perdió un par de espuelas, un machete, unas porras de cocina o alguna ropa por descuido dejada en los tendederos, no había más que buscar a Armengol Duarte y él confesaba, bajo amenazas de muerte, a quién se la había vendido o empeñado. Tres días preso, duras amonestaciones y la promesa, de su parte, que no volvería a robar, lo ponían en libertad para que a los pocos días volviera a las andadas. Era un caso incorregible y sin embargo, a pesar de conocer sus mañas, siempre había quien le comprara y hasta apañara sus raterías, aunque el secreto fuera descubierto con posterioridad.
Pocas veces se formalizó en algún trabajo que ocasionalmente encontraba, y vivía bajo la protección de una tías que cuidaban de sus pocas exigencias. La mayor parte del tiempo vagaba. Se le veía en las esquinas, en las aceras, jugando ladrillete, Cuando alguien lo invitaba, tomaba tragos en cantidades apartadas. No era dipsómano, su pasión era la cleptomanía..
Una vez llegó al pueblo el doctor Aráuz, quien, aprovechando constatar el estado de varios de sus pacientes, en esa ocasión estaba invitado para asistir a una fiesta.
Para comodidad del médico visitante, una familia amiga le había acondicionado un cuarto para dormir, con acceso a la calle, donde el doctor pernoctaría cómodamente.
En el cuarto había una cama, con mosquitero que pendía de dos clavos de la pared y de dos sostenedores de madera en el extremo opuesto, con sus bases de soporte; ropa de camas perfumada de almidón, una mesa de noche, dos sillas y un lavamanos con su correspondiente pichel de agua, jabón oloroso y palangana; espejo en la pared, una lámpara tubular y una cajita de fósforos; también había una palmatoria con su vela nuevecita. Las puertas del cuarto se cerraban por dentro y la que daba hacia la calle se aseguraba, por fuera, con un viejo candado agarrando dos argollas; las que se abrían al patio tenían una tranca puesta en unos travesaños de una hoja de las puertas, lo que le daba una seguridad absoluta en caso de forzamiento.
Cuando el doctor Aráuz regresó de la fiesta, a eso de la media noche, entró a su cuarto con toda tranquilidad. Encendió la vela porque pensaba acostarse de inmediato y levantarse muy temprano. Había orinado en la calle; se lavó las manos y revisó, asegurando las trancas que prestaban seguridad a la entrada de su cuarto. Cuando regresaba a su camas, se sorprendió al ver, por debajo de la misma, dos enormes pies descalzos. Inmediatamente se percató de lo que se trataba. Tenía un ladrón o un asaltante en su dormitorio. Se repuso del susto y no dijo nada. Con toda serenidad salió nuevamente a la calle para comunicar el suceso a algún amigo que de seguro a esas horas, aún estaría despierto.
Lo encontró en una casa cercana a la suya. Golpeó suavemente y después de identificarse descubrió el objeto de su inesperada visita. Entre los dos fueron a buscar a un tercer amigo y juntos regresaron al cuarto del escándalo. Abrieron, encendieron luces y con armas en mano, después de darle un puntapiés en las piernas, obligaron a salir al pobre Armengol, quien de el susto no podía ni hablar bien, además que por naturaleza era medio tartamudo.
Explicó todo confuso, que él se encontraba allí para ayudarle al doctor y que se había dormido debajo de la camas para no ajarle la ropa extendida con tanto esmero. Pero ante las preguntas y las amenazas, posteriormente confesó que también tenía la intensión de robar que su víctima tuviera en el bolsillo, pero que él no era ningún asesino ni un asaltante. No le valieron sus excusas y súplicas y fue conducido al comando de la guardia en donde lo recibieron dos alistados todavía con trazas de haber ingerido aguardiente. Lo condujeron como prisionero a una celda anexa al cabildo, que hacía las veces de cárcel, Ahí lo dejaron con decididas amenazas de muerte y de conducirlo al día siguiente a la cabecera departamental para que recibiera su imperdonable castigo.
Quedó sólo y Desconcertado, rogando a los santos de su devoción que lo ayudaran en ese trance tan peligroso. Cuando logó calmarse un poco y se acostumbró a ver en la oscuridad, empezó a reconocer el sitio donde se encontraba, pues eran muchas las veces que allí lo habían recluido. Trató de abrir la puerta pero considero que esto era casi imposible; después de inútiles forcejeos encontró una oportunidad de mayor éxito cuando al subir en los travesaño de la puerta y gracias a su desarrollada estatura, logró alcanzar el borde la pared medianera vecina. Tras un impulso adecuado estuvo al borde de la pared y, para suerte suya, contra la otra pared encontró un estante fuerte que le sirvió de escalera y bajó con gran comodidad y sin provocar ruido que lo delatara. En ese nuevo local encontró más luz que provenía de una veladora puesta en homenaje a una imagen sagrada. Se persignó ante ella y después abrió varias gavetas del mostrador y en una de ella encontró billetes y monedas que echó apresuradamente en sus bolsillos. También se apropió de dos cortes de buenas telas, un cartón de fósforos y otro de cigarrillos; se bebió dos gaseosas que tomó de unas cajillas que estaban bajo el mostrador; abrió la puerta sin ninguna dificultad y salió a la calle muy contento, considerando que a ese ahora no sería visto por nadie, como en efecto así era.
Al siguiente día en el pueblo no se hablaba nada más que estas tres hazañas cometidas por el Chinón; asalto al doctor Aráuz, fuga de la cárcel y robo, esa misma noche en la tienda de don Solón Enríquez. Cada suceso se exageraba notoriamente al pasar de boca en boca. A consecuencia de esas fechorías, Armengol se ausentó por unos meses del pueblo y estuvo trabajando en algunas fincas ganaderas de otros municipios. Regresó después de casi medio año cuando apenas se hacían fugaces comentarios de su pasado.
Vagaba por las calles, jugaba ladrillete y se veía más flaco y desgarbado. Como nadie le daba trabajo empezó a vender frutas propias de esa estación: papayas, jocotes, marañones, mangos y tamarindos. Su primera clientela la encontró en las cantineras, quienes le compraban las frutas sin preocupación de su procedencia y a sabiendas de que él no poseía ningún huerto con árboles frutales pero con la certeza que eran de cercado ajeno. Su clientela aumentó y hasta adquirió fama de vender barato. Todos le compraban, estableciéndose cierta complicidad entre vendedor y compradores. Con la ventaja de que todos se hacían de la vista gorda y aprovechaban los precios bajos.
Cuando la cosecha de mangos y marañones estuvo por terminar, se estableció el origen de abastecimiento del improvisado comerciante, pero ya era demasiado tarde.
Las hermosas frutas que indudablemente eran producidas por árboles bien abonados y terrenos de mucha fertilidad eran cortadas de los palos que daba sombra en el panteón y que nadie sabía como habían sido sembrados o por quién o con qué objeto, sino era únicamente el de dar sombra o que la casualidad había hecho nacer tan vigorosamente.
Pero, eso sí, se había establecido un código de moral colectiva en que nadie era capaz de recoger ningún fruto para comerlo públicamente, considerando que algo de la sangre de los muertos circulaba por el jugo de aquellos frutos.
El fracaso de Chinón fue total; hubo un repudio generalizado y padeció un aislamiento inmisericorde.
Muchos temieron padecer de enfermedades desconocidas y otros sintieron la culpa de haber mordisqueado la nalga de algún abuelo ya casi en olvido, o chupado las huesos de algún pecador desconocido, cuyas culpas podrían hacerse patentes de un omento a otro.
El Chinón desapareció y su ausencia fue casi definitiva.


EL ENTIERRO

La lluvia persistía con más de cuatro días de aguaceros continuos. Ríos desbordados. Caminos intransitables y desgracias locales de las que se hablaba a toda hora.
—A doñas Gabriela se le han muerto todas las gallinas.
—Eso no es nada, a don Pancho la crecida se le llevó dos vacas paridas y se le destronó parte de la casa.
—¡Ay, amigo, esta lluvia parece un diluvio!
—Así es, tenía más de diez años de no ver un temporal así.
Del poblado de Cuapa al cementerio hay una distancia de cómo diez kilómetros. Caminos pedregosos y en subida. Recodos y pequeños zanjones a la orilla. Hilario López había muerto de fiebre en esos últimos días de octubre.
Con muchas dificultades se lograron conseguir cuatro tablas para improvisar un ataúd. Allí lo acomodaron para velarlo una noche muy lluviosa. Inevitablemente había que enterrarlo al día siguiente. Y entre perplejidades y vicisitudes, así se hizo. En la vela no faltó el guaro, como ritual fúnebre, por ser una válvula de escape de las pobres gentes, para mitigar el frío, por la lluvias, en fin.
El entierro empezó a organizarse desde antes del medio día, ya que eran dos leguas de camino y a pie. Salieron como a las dos de la tarde. Casi sólo iban hombres y la mayor parte tambaleantes y desvelados. El tiempo era brumoso y caía una llovizna fina pero insistente..
El pueblo quedó atrás y empezaron a subir las cuestas que conducían al cementerio.
Una hora después la lluvia arreciaba. Todo el acompañamiento había bebido guaro. Las incomodidades del camino, el efecto del alcohol y la cususa, el lodo, las piedras, los zanjones, el desvelo, contribuían a la falta de coordinación de los cargadores. El cajón traqueteaba y era una carga llevada con desconcierto.
El cadáver comenzaba a ponerse olisco.
En una de las subidas más incomodas la caja se destapó de atrás y los pies desnudos del cadáver se salieron casi hasta verse las rodillas. La marcha se detuvo. Bajaron la caja y la colocaron patas para arriba para que el cuerpo resbalara , y resbaló.
Con una piedra clavaron nuevamente la pequeña tapa que había fallado. Continuó la marcha y el aguacero arreciaba. P3ro las botellas y los litros, pasando de mano en mano y de boca en boca, disimulaban la tragedia de los pobres.
Cuando llegaron al cementerio la fosa estaba con bastante agua. Lograron achicarla con unos baldes prestados en el vecindario.
Remojados y tambaleantes, enflaquecidos por el frío los enterradores parecían dormidos. Se hablaban entre ellos y no entendían lo que medio pronunciaban. El mal olor se hacia más penetrante. Echaron las últimas paladas de tierra, mejor dicho, de lodo, y se dispersaron misteriosamente.
Ninguno se despidió de nadie.


EL TIO SANTIAGO

El tío Santiago era bebedor. Bebedor de carrera. Su vida la utilizo para beber. Tenía su trabajo de talabartería y además una pequeña finca ganadera. Cuando empezaba a beber era previsor; reunía de diez a quince mil pesos y los distribuía prudentemente y con estrategia. A una cantinera reconocida le dejaba ochocientos pesos, a otra de menor categoría le ayudaba con quinientos y a cantinas menores les asignaba cien o doscientos pesos. También depositaba cantidades mayores en personas de su confianza, con el compromiso de realizar ganancias fabulosas. Después comenzaba a tomar solo, para lo cual iba recogiendo las sumas depositadas. No por ocho días, ni por treinta, sino por ocho meses o un año. Llegaba al desastre completo. Se cagaba en los pantalones y caminaba tambaleante, sostenido por un largo bastón de palo de guásimo.
Era viudo. Pero sus sobrinas, sus hermanas y su madre le ayudaban dándole comida y aseándolo.
Tenía buena casa, esquinera, y allí se encerraba a beber. Para su familia era una continúa interrogante la manera como se las ingeniaba para conseguir lico . Y lo descubrieron. A media noche salía a proveerse de uno o dos litro contundentes y en el centro de la sala de la casa, donde había extraído unos ladrillos de barro, socavando la tierra, los escondía.
Era su bar. Práctico y seguro.
Una vez (año maldito) hubo una gran escasez de granos, de dinero, en fin, de comida. El empezó a beber. Bebió un año. Después sus amigos le preguntaban:
—Idiay don San, ¿cómo pasó la crisis?
El se limitaba a contestar ¿Cuál crisis?
Murió de una bebedera y todavía algunos lo recuerdan.

Octavio Robleto — Chontales


Anécdotas de Jaime Marenco Monterrey - Rivas

HISTORIA DE LA YELBA RUIZ (La Chelín)



Yelba Ruiz, nació en San Rafael, pequeña comarca del municipio de Rivas, carretera a Tola, a pocos kilómetros de la ciudad. Su padre Antonio Ruiz y su madre Ofelia, sus hermanos, Alicia, Ofelia y Wilfredo.
Esta dama transita por todo Rivas a cualquier hora del día o de la noche, con su caminar de pasos cortos pero rápidos, tan rápidos que pareciera no tocar el suelo, camina como si tuviera prisa por llegar a algún lugar donde no hubiera maldad ni egoísmo, camina vestida con cualquier ropa que le regalan, pero es muy común verla desnuda, con una desnudez inocente, con una desnudez de niña, entonces alguna dama le regala alguna prenda para cubrirse, supuestamente para hacer una caridad o a lo mejor para limpiar algún pecado cometido.
A la persona que encuentra le pide un chelín, tal vez por costumbre, porque no se da cuenta de que un chelín no tiene ningún valor.
Camina siempre con una sonrisa a flor de labios. Si llueve ella esta sonriendo y si no, también; si come o no, si duerme o no; para ella da lo mismo, yo siempre la he mirado sonriendo.
En una ocasión la estuve observando, estaba en una gasolinera completamente desnuda, estaba haciendo el amor con un enajenado, ella sonreía (nadie sabe si sonríe de tristeza, nadie sabe si su risa es realidad), pero una cosa es segura: que es feliz como un niño, o como un ave que vuela en las alturas donde todo es puro, sin contaminación ni contradicción, porque es una contradicción regalarle algún dinero o una prenda de vestir y no darle comprensión, o al menos una sonrisa de indulgencia. “(¡Oh, chelín! Aprendiste a vivir como los astros, libre en medio de lo que es sin fin y sin que nadie te alimente)”.
Dice un adagio que el hombre feliz no tenia camisa. La chelín es feliz porque no tiene vestido.
Que estas líneas sirvan para que los rivenses le demos comprensión, cariño, y aliviemos un poco su indigencia, porque todas estas personas que forman parte de nuestro entorno, de nuestra sociedad de una manera u otra, contribuyen a la gloriosa historia rivense.
Un País Increíble
En un dormitorio, acostado se encontraba un niño, de pie junto a la cama, su padre que decía:
—Bueno hijo, póngase la pijama y duérmase.
—Papi contame un cuento. Contestó el niño.
—Ya es tarde hijo, mañana se lo contaré.
—No papi, ahorita para que me dé sueño y después me duermo. Se lo juro.
—Bueno hijo, se lo contaré— dijo el padre sentándose en la cama,— pero prométame que se dormirá después del cuento.
—Te lo prometo papi— dijo el niño acurrucándose en sábanas y almohadas, y con toda atención escuchó al padre que decía:
—Hijo, esta es la historia de un país muy lejano, lo conocí hace mucho tiempo, con una extensión territorial de 121.428 Kilómetros cuadrado de tierra seca y 10,384 Kilómetros cuadrado de ríos, lagos y lagunas, una población de varios millones de habitantes, tiene costas muy bellas en el océano Pacífico y Atlántico. Tiene dos lagos: en el centro de uno de ellos se encuentra una gran isla con dos volcanes, eso hijo, es una maravilla y que contradicción, con tal cantidad de agua, sus habitantes tienen escasez del líquido: se puede imaginar Ud eso?
—Ese país con esas condiciones debe de ser muy próspero, muy rico. Verdad Papi?.
—No hijo, sus habitantes deberían de vivir felices, más no es así, muchos de ellos han emigrado hacia otros países, buscando trabajo y seguridad para su familia.
—¿Por qué papi, siendo un lugar tan bello y con tantos recursos emigra la gente a otros países?.
—Es porque en ese país hay poco empleo, mucha inestabilidad y ha habido muchas guerras, existen muchas familias pobres, y eso lleva a la delincuencia y otras miserias.
—Papi, cual es la causa de ese mal?
—Fíjese hijo, ese país ha sufrido pérdidas en su territorio, ha tenido guerras, terremotos, sequías, inundaciones, erupciones volcánicas, maremotos, huracanes, plagas, invasiones de piratas, intervenciones y ninguna de esas tragedias ha sido la causa de la pobreza de ese país.
—Papi, entonces cual es la causa?, como perdieron esos territorios.
—Una de las causas es que sus habitantes no se ponían de acuerdo para trabajar juntos, gobernar juntos, sin celos ni envidias, ni prepotencia. Por eso siempre la armonía en las relaciones es fundamental para que funcione cualquier proyecto. Las guerras eran comunes entre ellos. Como consecuencias de esto, países vecinos se aprovecharon e incluso algunos de sus habitantes cooperaron con el país anexionista, para que llevara a cabo sus planes imperialistas. Otra de las causas es que los funcionarios piensan en el estado botín piensan sólo en beneficio propio y esto lo practican a cualquier costo, no importando los medios, no tomando en cuenta la ética ni la moral, esto desgraciadamente carcome a la sociedad en general, va en detrimento de sus principios.
—¿ Papi, que significa estado botín?
—Significa que el dinero del Estado a emplearse en proyectos y obras sociales, es utilizado por funcionarios en beneficio propio.
—Papi, me hubiera contado algo más bonito, porque este cuento me dan ganas de llorar al oír tanta desgracia que sufren esos habitantes.
—Bueno hijo, otro día le relataré un cuento de hadas, de caballeros, de príncipes y castillos. Pero todavía le falta oír algo más y esto le va a gustar menos, pero así es el cuento. Han contaminado ríos y lagos, han destruido bosques, están haciendo todo lo humanamente posible para destruir un lugar tan bello.
—Papi, cual es la forma de ser de esas personas tan raras.
—Esas personas son alegres, sinceras, habladoras, cantadoras, destructores, haraganes, sentimentales, mentirosos, amorosos, autosuficientes, sabelotodo, poetas, dicharacheros, orgullosos, valientes, cariñosos, fachentos, inventores, fantasiosos, viajeros, desordenados, yoquepierdistas, confianzudos, sinvergüenzas, arrogantes, bailarines, descorteces, pendencieros, mal hablados, vulgares, audaces, amistosos, malandrines, guatuceros, viven el momento.
—Papi ¿Qué significa esa palabra guatucero? ¿Cómo es posible que haya personas con tantas cosas al mismo tiempo?
—Esa palabra guatucero se origina de un roedor llamado guatuza, y guatucero le llaman a un rifle antiguo y a la persona que miente o engaña. Hijo, es un país increíble, sus habitantes tienen un dicho:”el corcho se hunde y el plomo flota”.
—Papi, que quiere decir eso?
—Eso quiere decir que las cosas son al revés, lo contrario a como deberían ser.
—Papi ese cuento no me gusta, es muy triste y parece que a Ud. le da nostalgia, lo noto pensativo y triste.
—Hijo, mañana le contaré otra historia más bonita, duérmase ya, que tiene que levantarse temprano para ir al colegio— Buenas noches hijo—dice el padre cerrando la puerta y apagando la luz.
Buenas noches papi—Dice el niño bostezando lloroso,—no se sabe si por el bostezo o por estar pensando en el País Increíble.


LA LEYENDA DE LOS DOS VOLCANES

(Dedicado al Dr. Jaime Incer Barquero).

Me encontraba en una casa de la Isla de Ometepe, si acaso se le puede llamar casa, muy humilde, con una cocina y un cuarto donde dormían 6 personas, entre ellas un anciano de edad indefinida, su cara llena de arrugas y en su boca la ausencia de dos piezas dentales en la parte superior y dos piezas dentales en la parte inferior, se veía un anciano de experiencia, hablaba mucho y al hacerlo expulsaba saliva por la ventana que formaba la ausencia de los cuatro dientes.

Me había dirigido a esa casa por recomendaciones de que ese anciano, era un hombre que conocía mucho de tradiciones y leyendas. Estuvo platicándome de su familia, de sus antepasados y de los indios que habitaron la Isla de Ometepe.
Me decía que los volcanes eran sus dioses y que la isla, era un santuario que tenía que ser visitado por todos los indígenas, nadie debía morir sin haber estado por lo menos una vez acompañando a los dos volcanes.
Le pregunté al anciano la creencia del porqué, a los dos cerros los tomaban como dioses.
—Ah —me contesto— esa historia es larga y muy antigua, uuuuh antiquísima, tal vez en otra ocasión se la cuente.
—Sabe —le dije— me gustaría escucharla ahora, pues tengo tiempo porque me quedaré a dormir en la isla.
—Bueno, vamos a ver.
El anciano se levantó de la pata de gallina donde se sentaba y de un pocillo enlozado blanco descascarado, que estaba en la mesa, extrajo un puro que ya tenía consumida la mitad, después el anciano se metió a la cocina y tomando un tizón que lo acercaba para hacer contacto con el puro y encenderlo, haciendo mucho esfuerzo por la falta de las piezas dentales, pero después de varios intentos el puro se encendió y el anciano se sentó de nuevo en la pata de gallina.
Con su frente arrugada y sus ojos casi cerrados dijo:
—Vera, es una leyenda muy hermosa y triste, que trata de la formación del lago y los dos volcanes.
Yo me acomodé lo mejor que pude en un tronco, porque esperaba oír algo novedoso, porque nunca había escuchado algo de la formación del lago y los volcanes.
El anciano después de exhalar el humo del puro en dos ocasiones y con el dedo índice sacudiendo el puro para tirar las cenizas me dijo:
—Hace mucho, muchísimo tiempo, no existía el lago ni los dos volcanes, esto era un paraje extenso, un valle propicio para la caza y la agricultura, estas tierras eran habitadas por agrupaciones dispersas, que una vez estaban en un sitio y otra vez en otro, posando en cada lugar de dos a cuatro años, luego emigraban, pero siempre en los parajes de este valle.
Su alimentación básica era: hierbas, frutas, raíces y carne, no conocían el fuego. Tenían un jefe o dirigente muy joven, que había heredado el cargo de su padre, muerto repentinamente. El joven era ágil, fuerte, hermoso y como su padre, había aprendido hablar con los dioses, estos le recomendaban hacia donde podía moverse o emigrar, pero siempre dentro del perímetro del Istmo, porque este sitio era sagrado, este sitio era la morada de los dioses.
Este joven jefe, tenía el nombre de karmakirra (El poderoso) y a pesar de su juventud, era apreciado y respetado por su pueblo.
Un día de tantos decidió casarse, escogiendo para esto a una joven con un cuerpo bien formado, con su pelo negro, y cosa rara, el color de su piel era blanca y sus ojos celestes, por estas condiciones sobresalía entre todos los de su raza.’
Llegó el día de la boda, hay gran festividad y todo fue alegría, porque la pareja de recién casados trasmitían dicha y felicidad.
Pasaron los días y meses, los jóvenes no cabían de gozo, y este se aumentó cuando la joven empezó a engordar, producto del embarazo que naturalmente tenía que llegar a los 9 meses.
La joven dio a luz, una pareja de niños; uno era de sexo masculino y el otro de sexo femenino; los del pueblo comentaban que este caso raro sería de buen agüero decían unos y otros traerían desgracias, pero con el tiempo, al ver lo lindo de los niños se olvidaron de los agüeros y se dedicaron a querer a estos niños y por supuesto, los mas orgullosos y felices eran los padres por la llegada de estos lindos retoños.
Los habían bautizados;—al niño como Waiknawanki, que significa:—hombre grande y a la niña como Yamnienjal, que significa: EL ángel hermoso.
El padre fue a consultar a los dioses y preguntarles cual sería el futuro de estos niños.
El Dios le contestó que sus hijos serian felices, porque iban a ser adorados como dioses.
Con estas predicciones fue contento a darle cuenta a su esposa del futuro de sus hijos.
Pero va un día aciago, de lluvia, relámpagos, truenos, temblores y terremotos, el aullar del viento, que esa noche parecía que el mundo se extinguía, pero pasó la noche y apareció el día y con este, la calma.

La joven madre al despertarse se da cuenta que sus dos criaturas, sus dos lindos hijos, no se encontraban junto a ella. Con sorpresa y angustia le cuenta al marido de la desaparición de los niños para que inicien la búsqueda. Inmediatamente, ponen en movimiento a todo el pueblo, para dar con el paradero de los niños.
Pasan días sin encontrar una señal de ellos y tan afanados estaban en la búsqueda que no habían notado el surgimiento de dos volcanes en el centro del valle.
El cacique en su infructuosa búsqueda, consultó a los dioses y les preguntó:
—¿Dónde están los niños? ¿Están vivos o muertos? Ustedes habían pronosticado que serian venerados por su pueblo. ¿porque no los encontramos?
Los dioses contestaron:
—Los niños están entre ustedes y serán la gloria de su raza y las razas venideras.
¿Pero por qué no los hemos visto?—Dice el jefe— si están entre nosotros ¿dónde están? ¿Será necesario recorrer mas distancia para abarcar más espacio?, mi esposa está dispuesta a hacer cualquier sacrificio.
—Si quiere tu esposa buena vista, yo se la doy, si quiere alas para abarcar distancias, yo se la doy, pero tus hijos están entre ustedes.
—Mi esposa tan desesperada que está dispuesta a mejorar su vista y tener alas para buscar mejor.
—Bien karmakirra, regresa a tu casa que tus deseos son cumplidos.
El joven regresa al encuentro de su esposa, la busca en su casa sin resultado, sorprendido por la ausencia empezó a dar voces para hacerse oír pero sólo recibía silencio, escuchaba el gorjeo de un ave, de colores muy bellos que lo observaba taciturna, los colores del ave eran: blanco que significa pureza, negro que significa sufrimiento, celeste que es el color del alma, en el cuello un hermoso collar negro coralino y rematando su cabeza un penacho largo, negro, que era distintivo de dignidad. El joven se queda extasiado mirando aquella ave que le recuerda a alguien, que le inspira cariño, hasta darse cuenta que esa ave, era su esposa como se la habían descrito los dioses.
El ave lo miraba con ojos de angustia, de amor y dolor. El joven acercándose le dice:
—Tú eres mi esposa adorada y has hecho el mayor de los sacrificios con tal de encontrar a nuestros hijos. Tu bien sabes que te amo que siempre te amaré, te deseo la mejor de las suertes para encontrar a nuestros hijos y tu nombre será Urrakat que significa lo más bello.
El ave con un gorjeo remonta las alturas y se elevó tan alto que llegó hasta la cúspide de los volcanes que para ella eran cosa nueva, pero desde el primer momento los volcanes le inspiraron confianza y por eso siempre revoloteaba en la cúspide de ellos, en busca de sus hijos, suspirando; ¿Dónde están? y Urrakat, lloraba y lloraba inconsolable.
En aquel paraje de los dos volcanes, era continua la llovizna, que eran las lágrimas de Urrakat.
Pasaron años de esta búsqueda y fueron tantas las lagrimas derramadas por Urrakat que se formó un gran lago y en el centro sobresalía una pareja de hermosos volcanes, estos eran los hijos de Urrakat, se comunicaban entre ellos y se dolían del sufrimiento de su madre, pero al mismo tiempo se consolaban por el destino que tenían, que era proteger a su pueblo desde las alturas. Y Colorín Colorado, este cuento se ha acabado.
El anciano guardó silencio, el puro hacia tiempo se había apagado, el anciano lo quedó mirando, sacudió la ceniza y poniéndose de pie, se dispuso a guardar en el pocillo lo que quedaba del puro, regresando a sentarse esperando que yo le comentara algo.
Yo presentía que este relato estaba inconcluso, algo le faltaba para rematar como todas las leyendas. Sentía gran desasosiego porque no estaba satisfecho, y le pregunté al anciano:
—Bueno ¿y qué pasó con Urrakat?, con el lago y los volcanes?
Por primera vez, vi. al anciano sonreír, con su ventana en la boca por la falta de sus piezas dentales y me dijo con una voz doctoral que me sorprendió:
—Hay cosas que tienen principio y no tienen fin. Está de ejemplo: el lago y los dos volcanes…
—¿Y Urrakat? —Insistí.
—Urrakat? —me contestó el anciano— ella anda por toda la isla preguntando: ¿Dónde están? Usted debe observar las Urracas de esta isla que son las más lindas y hermosas de Nicaragua por su gran colas y su largo penacho y si escucha con atención va oír como un eco que se pierde en el bosque: ¿Dónde están?, ¿Dónde están?
Me levanté del tronco y me despedí de aquella gente que me había relatado una leyenda muy hermosa.
Tomé el sendero para llegar a la carretera y abordar el bus que me condujera a Moyogalpa, de pronto escuché un ruido de ramas que venía de un piñuelar, observando con atención descubrí un gran pájaro blanco y celeste con su gran cola y su penacho negro y me pareció escuchar una voz que salía del piñuelar diciendo: ¿Dónde están?, ¿Dónde están?
Miré un rato para convencerme de la realidad y decidí emprender el camino, pero antes eché un vistazo a la humilde casa que había dejado atrás, y en la entrada de ella, el anciano me observaba con su cara llena de arrugas, sus ojos entrecerrados y una sonrisa llena de burla, de sabiduría o de misterio.


POBRECITA NICARAGUA

Corría el año 1982, por más señas el mes de marzo, me encontraba frente a la farmacia Los Ángeles del doctor Guillermo Jiménez (El Bull), en un solar vacío que antes fue la casa de habitación de don Felipe Salinas, esposos de doña Amelia Martínez, que se mantenía en una miscelánea donde vendía frutas y productos de la finca.
Un grupo de personas estacionadas en el solar observábamos una manifestación con un poco de temor e inquietud. La marcha venia del lado del mercado, en esa época se acostumbraba que las manifestaciones pasaron por el mercado para engrosar las filas con las sufridas mujeres de delantal. Los manifestantes venían entonando consignas: “patria libre o morir”, “patria o muerte, venceremos”, “en la montaña enterraremos el corazón del enemigo”, “el que se cruce de la raya le rompemos la papaya”, “un solo ejercito. Un solo ejercito”, “pueblo únete”, “si Nicaragua venció, el salvador vencerá”, y tantas consignas más que se usaban en la en esa época. Una de las personas presentes en el grupo de observadores eran don Eloy Canales Rodríguez, que se notaba con una gran tristeza y movía pausadamente la cabeza de derecha a izquierda, repitiendo: “pobrecita Nicaragua”, “pobrecita Nicaragua”.
A partir de la revolución, se enfermo de tristeza. La tristeza es una enfermedad no diagnosticada y con un mal pronóstico. En esa época don Eloy padecía esa enfermedad: la tristeza; y al poco tiempo murió. Don Eloy Canales fue mi maestro en primaria en el instituto Rosendo López, también en secundaria, en Managua, en el Instituto Nacional Central Ramírez Goyena (colegio destruido en el terremoto de 1972), también fue maestro en las calles, no necesitaba un aula para enseñar, no importaba el lugar ni el momento, el siempre enseñaba, incluso su forma y proceder eran una enseñanza.
A don Eloy siempre lo tenemos presente cuando nos decía: “hola Monsieur; ¿Cómo esta su mamita y su papito?” Siempre al referirse a los padres lo hacía con respeto, con cariño, y después del saludo de rigor hablaba de historia, de cultura y de otras cosas más.
 En ocasiones lo encontraba en el parque contemplando extasiado la iglesia san Pedro en Rivas, me contaba que era una de las iglesias mas armónicas, que era mejor que la catedral de León, que a pesar de ser mucho más grande, no tenía relación lo alto con lo ancho, en cambio la de San Pedro era bien proporcionada, bien armónica y guardaba una simetría correcta. También don Eloy me contaba sus viajes alrededor del mundo, y me decía que mi apellido era italiano, porque en una lápida del cementerio de Venecia había visto el apellido Marceno, también me decía que las pirámides de Egipto no le habían impresionado ni había sentido ninguna emoción, y donde él se sintió identificado fue en Atenas, Grecia. Decía que en una vida anterior había vivido ahí. Me contaba que había recorrido en México la avenida de insurgentes de 52 kilómetros, y dormía en los parques, y me hablaba de la laboriosidad de los japoneses, de los metódicos alemanes, de los fríos ingleses, me relataba la vida en el altiplano peruano y boliviano, y de los “ches” de las pampas argentinas, y tantas cosas que están en mi recuerdo, que son imborrables, inolvidables, inconmensurables.
Don Eloy era ferviente, católico, mariano, rosacruz, masón, pertenecía al club rotario, a la cruz roja, sindicalista, vegetariano, y a cualquier institución que lo invitara a cooperar, allí estaba don Eloy Canales Rodríguez, dispuesto a ello. Con su miserable salario ayudaba económicamente a gran número de personas, y ahorraba para hacer sus viajes alrededor del mundo, porque decía que era malo tener dinero, aferrarse a bienes materiales, de esa manera era universal.
En una ocasión, mientras don Eloy estaba en San Juan del Sur, bañándose, estaba intranquilo pues debía estarse fijando en su ropa, que la tenía en la costa, y tenía miedo que le robaran cien córdobas que andaba en a bolsa de su pantalón. Entonces tomó la decisión de salirse del mar, se fue a su pantalón, tomo los cien córdobas y los repartió entre unos transeúntes, volvió al agua y comenzó a bañarse feliz y sin preocupación. No tenía dinero, no tenia mujeres, creía en la reencarnación. Decía que él era sastre de abolengo, porque cinco generaciones de familia habían sido sastres. Para él todos los animales eran sus hermanos, y por eso sus habitaciones estaban llena de gatos y cucarachas. Decía que era ciudadano del mundo, era gran pacifista y gran propulsor de la unión centroamericana.
Los dos maestros más grandes que ha tenido Nicaragua nacieron en Rivas: don Emmanuel Mongalo y Rubio, don Eloy Canales Rodríguez
Don Emmanuel Mongalo y Rubio, el héroe nacional, muere en Granada, el primero de febrero de 1872, de tuberculosis. Don Eloy Canales muere en Rivas el 13 de agosto de 1982, de tristeza.
“Caramba, cuanta insolencia”. En la actualidad, el maestro siempre sigue mal pagado, con la diferencia de que antes, el maestro y el ministro eran mal pagados, ahora la diferencia de salario es desproporcionada. En recuerdo a los insignes maestros, Emmanuel Mongalo y Rubio y don Eloy Canales, hay que repetir la frase: “Pobrecita Nicaragua”, “Pobrecita Nicaragua”.


Jaime Marenco Monterrey 

Ciudad de Rivas, 2008

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Anécdotas de Armando Incer Barquero - Boaco

¡MAGDALENAS, MAGDALENAS!


Mis hijas a veces se ponen muy traviesas. No tienen cabida en ningún sitio: corren, brincan, cambian de lugar los muebles, encienden el televisor, tiran los cuadernos por cualquier lado. Mi mujer y yo aguantamos, un poco molestos, esta indisciplina.
Pero lo que no resistimos esa que hablen en voz alta.
Siempre les corregimos este defecto.
En la mesa, en el parque, cuando vamos paseando por la carretera, yo les toco el codo o las mejillas y hago el gesto de darle vuelta al botón de un radio, para bajar el volumen.
En realidad, quisiera que tuvieran un botón para controlar el volumen. O que se les descargara la batería, como dice una primita de mis hijas.
Una tarde, gritaban mucho, discutiendo no se que cosa de gran trascendencia para ellas.
Era una discusión acalorada y metían mucha bulla. Varios regaños de mi mujer no habían hecho nada al respecto. Cuando la cosa se puso insoportable, ella les dio una fajeada.
Terminó automáticamente la discusión y comenzó el llanto. Se lamentaban, como Magdalenas. Era una catástrofe. Nosotros nos sentimos en peores circunstancias.
Trilce, que tiene 10 años, lleva la voz de cantante. Trilce es ronquita. Carmilla e Ivette hacían el coro; son más pequeñas, de 8 y 6 años, respectivamente.
Cada vez que mi mujer pasaba junto a ellas les decía: Cállense, Magdalenas.
Alejandro es un diablo. Le gusta molestar y es un jinca—jinca, como dice mi suegra. El también, desde su escondite, les decía: Magdalenas, Magdalenas.
Mis hijas lloraban, sintiéndose molestadas.
Cada una de las niñas lloraba apoyándose sobre el brazo de una mecedora.
¡Magdalenas, Magdalenas!
Carmilla ya no pudo más. Incorporó un poco la cabeza, volvió a ver a Alejandro y le gritó:
“Cho!! Ni conozco a esas jodidas”


LA TERCERA EDAD

Persona mayor de 80 años, delgado, alto, semi encorvado; así era don Concho.
El y su esposa habían trabajado mucho mientras tuvieron ánimo y fuerzas y lograron hacer un bonito capital.
Yo lo conocí cuando ya era viudo y se encontraba bastante sordo. En la finca que tenía en una zona alta la neblina permanecía hasta horas avanzadas de la mañana y las rachas de viento frío obligaban a sus moradores a andar siempre de suéter.
Don Concho recorría sus tierras montado en un hermoso macho. Un día, mientras hacía su ronda habitual, le sobrevino un repentino derrame cerebral y cayó de su montura. Menos mal que aterrizó en un zacatal y sólo sufrió golpes ligeros. El animal no se movió de su lado.
Horas mas tarde, sus familiares, al notar que don Concho no regresaba de su acostumbrado recorrido, dispusieron salir a buscarlo. Orientado por la presencia del noble macho, no tardaron el localizar al anciano.
Lo acostaron en una hamaca y dispusieron llevarlo a la ciudad.
Yo lo atendí en el hospital, donde permaneció unos 8 días.
Tanto sus hijos como yo, notábamos que el enfermo se ponía desorientado: no nos reconocía, no sabía donde estaba, olvidaba su nombre, etc.
Aconsejé llevarlo a Managua, para que lo viera un especialista en Geriatría. Y yo me fui con él.
Durante la consulta con el doctor, don Concho estuvo muy colaborador. Había que alzar la voz para que oyera.
—Cómo se llama Ud.?—gritaba el doctor.
—Concho.
—Dónde vive?
—En mi finca
—Cuántos años tiene?
—84
El Doctor me quedó viendo y con una sonrisa maliciosa, de broma, hizo un comentario, en voz baja:
—Este señor, ya nos está robando oxígeno, dijo.
Finalmente el médico no prescribió ningún medicamento.
—Su desorientación se debe su edad, a la mala circulación cerebral. Les recomiendo estar atentos con sus alimentos. Puede comer de todo lo que quiera.
—Además, hay que darle un trago de wisky en la mañanita para que se anime a bañarse, otro trago a mediodía para que almuerce con apetito y un trago doble por la noche, para que duerma sin frío.
Unos dos años más tarde, tuve yo la oportunidad de visitar a don Concho. Lo hallé tomando un buen plato de sopa de res, con abundantes verduras.
La habían puesto un gran babero, para que no ensuciara su camisa, pues él insistía en manejar la cuchara.
Sin decir una palabra, me senté frente a él. Su mirada iba de mi persona al plato de sopa en repetidas ocasiones; su mente trabajaba recordando quien era yo.
Poco antes de terminar su sopa, se le iluminaron sus ojos y dijo sonriendo ¡Doctor!


EL VIEJO Y EL NIÑO

En la década de los 30, las mamás enviaban a sus pequeños hijos a comprar cosas a la pulpería más cercana. Si faltaba el azúcar en la casa, había que ir a comprarla; lo mismo sucedía con los fósforos, un pedacito de dulce partido, 4 onzas de queso, media cuarta de gas, una candela de 5 centavos, un pliego de papel de empaque para hacer un cuaderno, un pan de jabón del país, 5 alfileres de cabeza, una gasilla, etc.
Enviando al niño, la madre no perdía tiempo y continuaba en sus labores. Una vez, doña Tulita envió a su hijo Toño, (el Dr. y poeta Antonio López García) a comprar azúcar donde los chinos, el establecimiento comercial que dirigía don Ernesto Quant Tang.
Transcurría el ventoso mes de Noviembre y el niño salió presuroso a hacer el mandado, llevando un billete de un córdoba en su mano; al llegar a la esquina más próxima, sintió la gran corriente de aire y antes de que pudiera evitarlo, el viento le arrebató el billete.
El niño corrió tras de él y no pudo darle alcance. Se volvió a su casa llorando, pensando en el castigo que le iba a dar su mamá.
Así, pasó frente a la casa de don José Mercedes , quien intrigado por el llanto del niño, le preguntó el motivo.
—Es que mi mamá me va a pegar porque perdí un billete.
—Cómo lo perdiste?
—El viento me lo arrebató de las manos, allí en la esquina.
Don Mercedes no la pensó dos veces:
Venite conmigo—le dijo al niño, vamos a esa esquina.
Ya en el sitio, don Mercedes sacó de su bolsillo un billete de un peso y aprovechando una ráfaga de viento, alzó la mano y soltó el billete.
Este billete —dijo— nos va a llevar al lugar don de está el billete perdido.
—Sigámoslo.
El niño sintió renacer sus esperanzas y corrió con fuerza, seguido por Merchito. Y corrió y corrió.
No hallaron el primer billete y también se perdió el segundo.
Don Merchito, sonriendo, se sentó en una acera, pues le faltaba el aire de tanto correr. El niño corrió como 2 cuadras más y luego se detuvo, desconsolado y triste. Se puso a llorar.
El viejo le dijo: No llores, niño. Yo voy a hablar con tu mamá para explicarle lo que pasó y para que no te castigue. —Ella me va entender.
El niño se calmó.
Don Merchito le agarró la mano y se fueron caminando cuesta arriba.
50 años después, Toño recuerda este suceso, como una agradable aventura. Valió la pena, —me ha dicho— como para no olvidarla jamás.


SACRIFICIOS

Desde niño, don Vicente trabajó incansablemente.
Fue aventador en varias fincas, por lo que tenía que levantarse a las 3 ó 4 de la mañana, muchas veces con lluvia o con frío, para que el ganado entrara temprano al corral para ser ordeñado. Comía mal, a veces le daban tortilla con cuajada, otras tamal con frijoles, café negro simple y posol con sal.
Me contaba que nunca le dieron pollo y mucho menos carne de res o de cerdo. Se hizo la promesa de trabajar duro y economizar bastante dinero para poder darse gustos en la comida.
Soñaba con una carne asada, con un bistec, con un plato de comida caliente, con una ración apropiada para su apetito de muchacho.
Y trabajó y trabajó y trabajó durante años y años.
Yo ya lo conocí cuando frisaba en los 60.
Tenía una finca productiva, en La Concepción, municipio de Teustepe, cerca de Coyusne, a orillas del río Malacatoya. Doña Fernanda, su esposa, le secundaba en el trabajo de administrar la propiedad.
En algunas ocasiones estuve yo por allí.
Los vecinos de su comarca llegaban a platicar con él y él les convidaba a comer del alimento diario.
En una ocasión él me contó la historia que yo estoy relatando ahora: sus sacrificios, la dureza de su vida en la niñez.
El deseo de alimentarse mejor y mas gustosamente.
Me moría por masticar la carne y sentirle su sabor. Deseaba ardientemente comerme unos huevos fritos, y para eso había que trabajar mucho y economizar bastante. Ahora ya llegué a viejo, me decía. Ya tengo dinero.
Y se da los gustos que quiere? —Le pregunté.
—No.—Me dijo muy serio.
—Ya tengo dinero, pero ya no tengo dientes.


LAS MONEDAS

Cualquier moneda es, en rigor,
un repertorio de futuros posibles.
J. L. Borges

La palabra “peso” designó la unidad monetaria principal de muchos países, como México, Colombia, Bolivia y también Nicaragua. Conforme a la ley monetaria del año de 19l2, se cambió la palabra peso por la de “córdoba”, como un homenaje al conquistador de nuestro país y fundador de las ciudades de León y Granada, Francisco Hernández de Córdoba.
Para ser usado por la población, el córdoba se fraccionó en centavos y tuvo las denominaciones siguientes:
Había monedas de un córdoba que popularmente se llamaron bambas, seguían las monedas de 50 centavos y cuyo tamaño era un poco menor que las anteriores. Venían después las monedas de 25 centavos, llamadas chelines y finalmente estaban las monedas de 10 centavos, monedas de a real. Todos estos 4 tipos de monedas eran de pura plata y precisamente eran plateadas.
Luego venían las monedas de 5 centavos, llamadas “medios “ o sea medio real, finalmente las monedas de un centavo y de medio centavos. Estas dos últimas eran de color café. De vez en cuando veíamos monedas norteamericanas de un centavo de dólar, con la efigie de Lincoln y la llamábamos Níquel.
En ese tiempo muchas casas tenían piso de tambo y entre las ranuras de las tablas se iban los monedas y las perdíamos.
Los niños de las escuelas solo manejábamos las monedas de baja denominación, un centavo y medio centavo; pero vale la pena aclarar que con medio centavo uno podía comprar una pieza de pan .
Las monedas de plata de un chelín y de un real fueron convertidas, con el correr de los años, en pulseras o dijes que lucían señoras y señoritas. En Bluefields, un fino joyero, don Alfonso Ugarte, con las monedas de a real hizo cucharitas que los visitantes adquirían como recuerdo de su visita a la ciudad. Yo conservo una.
Allá por el años de 1936, mis padres alquilaban una parte de la casa esquinera de mi tío Julio Incer Barquero, y la tía Lola, su esposa, nos congregaba en una pieza de la casa para contarnos cuentos, temprano de la noche.
Pues bien, una noche ella nos entretenía con un cuento de aparecidos y yo estaba con miedo y jugaba nerviosamente con una monedita de a centavo entre mis manos. Me encontraba sentado en el piso de tablas y le daba la espalda a la calle. Pasó en ese momento el anciano maestro don Chu Pardo y a manera de broma con la parte curva de su bastón me jaló un pie y del susto yo me incorporé rápidamente y la monedita rodó un poco y se metió en una ranura que había entre las tablas y la perdí.
Este suceso me acuerda de la historia del niño que se dirigía a la iglesia a cumplir con el mandamiento de oir misa entera los domingos y fiestas de guardar. En cada una de sus manos, llevaba una moneda que su madre le había dado, diciéndole: Una moneda la das de limosna en la iglesia y con la otra te compras un dulce.
El niño caminaba saltando, girando, alzando los brazos. De pronto una monedita se le escapó y rodando y rodando fue a parar a un albañal. El niño trató de sacarla con un palito, pero no pudo. En eso sonó el ultimo repique y el niño se dio prisa para llegar a la iglesia.
¨¡Qué lástima— dijo.— se perdió la monedita de Nuestro Señor.
Por ultimo, yo recuerdo una canción de cuna que una tía viejita le cantaba a mis hermanos menores:

“Dormite niñito, que tengo que hacer
lavar tus pañales y sentarme a coser.

Si este niño se durmiera yo le diera medio real
Y cuando se despertara se lo volvería a quitar.


VISITAS DE ANIMALES

No se si fue en la década del 20 o del 30 que en Boaco se vio un hecho singular.
Un fuerte invierno se hizo sentir en todo el territorio nacional. Lluvia y fuertes vientos eran el denominador común de esta situación. Los ríos aumentaron su caudal de manera alarmante y los fuertes vientos levantaron las tejas de varios techos, haciendo que las familias afectadas fueran victimas de las múltiples goteras.
En ese tiempo no había estaciones de meteorología en nuestro país, y las comunicaciones con Managua, se interrumpían al caerse los postes del telégrafo y al arruinarse el camino de 20 leguas de longitud que nos unía con la capital.
A lo mejor estos aguaceros eran consecuencia de una tormenta tropical que azotaba el país y nosotros no lo sabíamos. El pueblo calificaba esos temporales de agua con la expresión de “crudo invierno”, ya desaparecida.
Pues bien, el hecho que se dio en Boaco es que en la cuesta que une El Bajo con el Barrio Olama, por donde ahora esta la discoteca La Cueva, cayo del cielo de una manera inesperada un lagartito o cuajipal.
Cayó un lagarto!!! Llovió del cielo un lagartito.!!! Así eran las expresiones de sorpresa que se oían en la ciudad, regando la noticia en todas las direcciones. La gente salió de sus casas a ver la novedad. Había incrédulos que pensaban “hasta no ver no creer” y cuando vieron al animalito, sonreían todavía llenos de duda.
Ahora nosotros podemos pensar que un tornado de los que se producen en el Gran Lago fue capaz de alzar en su remolino al pequeño animal, igual que a peces, y venirlo a soltar sobre nuestra ciudad, tras un “vuelo” de unos 20-25 kms.
No se que pasó con el pequeño saurio, qué fin tuvo, pero si puedo afirmar que el suceso causó un gran impacto en nuestra comunidad y que durante muchos años, fue motivo de conversación entre nosotros.
A propósito de cuajipales, referiré otro suceso del que yo fui testigo.
En los primeros años de la década del 60, estaba recién abierta la trocha que ahora nos lleva a Río Negro, La Corona, etc.
Los camiones entraban hasta esos lugares a cargar reses y llevarlas al matadero y no era raro ver varios camiones en fila, detenidos en su viaje, para poder auxiliar a uno de ellos que se encontraba con una falla mecánica o simplemente pegado en los lodazales.
Pues bien, una noche llegó a mi casa un joven ayudante de camión, que andaba vendiendo un cuajipal pequeño, como de dos cuartas de largo. Lo traía atado con un mecatito y pedía por él 15 córdobas (unos 2 dólares).
El animalito se desplazaba con gran rapidez sobre el piso de mi casa y solo el mecate limitaba su campo de acción. Mis hijos estaban pequeños entonces, y tuve temor de que al querer jugar con el cuajipal éste les fuera a morder.
El vendedor para demostrarme que no era peligroso, acarició al animal, pasando su mano por el lomo y de pronto el animalito se volteó con gran rapidez y le mordió los dedos. Sorprendido, el joven dio un grito al ver salir un poco de sangre.
Le pase un algodón con alcohol para que se desinfectara la herida y mientras lo hacía me dijo muy maliciosamente “Se lo vendo probado. ¡¡¡Muerde!!!”.


BROMAS DEL CAMINO

En la década del 40, cuando la carretera Managua—Boaco no era pavimentada, se fundó una compañía de transporte llamada TAISA, que hacía los viajes entre estas dos ciudades.
La TAISA tenía su agencia, en Managua, cerca del antiguo mercado San Miguel y allí acudía el pasajero a comprar su boleto, con cierta anticipación, para asegurarse un asiento donde viajar cómodo los 90 km de recorrido.
Cuéntase que al llegar el pasajero a la Agencia, se desarrollaba un diálogo, mas o menos así:
—Quiero un pasaje a Boaco.
—Siéntese, ya lo atendemos.
—Gracias. Y se sentaba.
El empleado sacaba un talonario y escribía el nombre del pasajero, la hora de partida y su destino final. Después le decía al pasajero: Hay pasajes de 5 córdobas, de 4 córdobas y de 3 córdobas; cómo quiere el suyo?
El pasajero, en sus adentros, pensaba: Que curioso, tres precios distintos para llevarme a Boaco. Lo más lógico es que pague sólo 3 córdobas y así me economizo unos reales.—Y lo compraba en 3 córdobas.
El viaje tardaba unás tres horas; recorría primero unos 30 km en pavimento, 40 en macadán y los últimos 20 km en camino de tierra. De todo este recorrido, los últimos 10 km eran los más difíciles, pues habían unas cuestas muy empinadas, donde el chofer tenía que poner la doble transmisión y la auxiliar. La más peligrosa y difícil era la cuesta de El Quebracho, donde la dinamita había logrado apenas adaptar el camino para vehículos y no sólo para bestias de carga.
Pues bien, cuando después de mas de 2 horas de viaje, el autobús llegaba al pie de la subida mentada, el chofer del bus detenía el vehículo, se incorporaba de su asiento y dirigiéndose a los pasajeros les decía:
—Pónganme atención. Los pasajeros que pagan 5 córdobas por el viaje, deberán permanecer en sus asientos. Los que pagan 4 córdobas, subirán la cuesta caminando y me esperan arriba, para que vuelvan a subir al vehículo. Los que pagaron sólo 3 pesos, ¡A empujar, jodido!.
Ya ven pues, como para cada uno de los tres precios había también una clase de pasajeros.
Los que subían la cuesta de El Quebracho sentados cómodamente en sus asientos, se iban jesuseando, los que subían a pie decían que era bueno para la salud y los que empujaban el autobús decían que era bueno para los bolsillos.

Armando Incer Barquero (1930) Boaco, Nicaragua. Médico de profesión. Miembro correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Ex alcalde de su ciudad natal. Ha viajado por Europa y América Latina. Es autor de La Guerra Predilecta y Debo la sed (poesías); obras de teatro, reseñas históricas, etc.



Armando Incer Barquero — Boaco

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Anécdotas de Hugo Astacio Cabrera - Chinandega

EL DECÁLOGO



En tiempos del dictador José Santos Zelaya se prohibió, bajo pena de ser “llevado a la reja”, ingerir licor en horas de trabajo.
Pero Nicolás —el abogado Nicolás Tiberino— no podía perderse los tragos, y acudió al cantinero.
—No puedo —le dijo éste—. Está prohibido servir licor a estas horas.
—Poneme un cuarto (de litro) —insistió aquél— debajo del mostrador. Así nadie verá que me has servido.
—¿Y si viene el “resguardo”?
—Yo voy a hacer que te estoy enseñando el catecismo y así no pasará nada.
El cantinero quedó convencido.
Casi terminaba Nicolás su “cuarto” de guaro, cuando se apareció el amigo del orden.
—Va a pasar conmigo —le ordenó— porque está bebiendo en horas de trabajo.
—No, señor policía —replicó Nicolás— lo que pasa es que vengo aquí a esta hora porque estoy enseñando la doctrina cristiana a éste.
—A ver… —prosiguió, dirigiéndose al cantinero— ¿por dónde íbamos cuando llegó el señor policía?
—¡Ah, estábamos repasando el Decálogo!
—Sigamos: el primero, amar a Dios sobre todas las cosas; el segundo, no jurar su santo nombre en vano; el tercero…
El policía estaba a punto de convencerse de la caridad de Nicolás, cuando observó que debajo del mostrador estaba la prueba irrefutable de la verdad.
—Va a pasar porque no hay tales mandamientos—dijo con decisión—. Y Nicolás se fue preso y en silencio.
Pero el cantinero, que veía que con la ida de su cliente se le escapaba el valor del cuarto de aguardiente, le grito:
—Oye Nicolás, Nicolás… ¿y el cuarto?
—¡Ignorante!—contestó éste de largo— ¿No te he dicho ya que es “honrar a padre y madre?


DOS PALABRAS

En Chinandega nadie debe contestar a otro concediéndole dos palabras para hablar, aunque sea una expresión solamente simbólica para insinuar que uno sea breve, porque le pueden dar una respuesta inconveniente. Y es que ya pasó a la historia, con carta de ciudadanía chinandegana, la réplica relampagueante de doña Mercedes Novoa de Rivas.
Dicen las malas lenguas que don Francisco Baca se infatuaba más de lo debido cuando ejercía los altos cargos que ocupó en tiempos del dictador José Santos Zelaya al rayar el presente siglo. Y sucedió que siendo Ministro, un día fue a Managua su coterránea y vecina doña Mercedes a exponerle un problema.
Llegó al Ministerio, se identificó y solicitó audiencia.
Don Chico se hizo el de a peso.
Estimando como olvido la desatención, doña Mercedes recordó su audiencia al recepcionista. Pero aquél continuó ignorándola.
Insistió nuevamente doña Mercedes, ya alegando que venia desde Chinandega; mas su vecino mandó a decir que estaba muy ocupado.
Pasaba el tiempo, cuando don Chico salió de su despacho y pasó cerca de doña Mercedes. Esta lo siguió:
—Necesito hablar con vos.
—No tengo tiempo, estoy muy ocupado.
—Chico, es poco lo que te voy a decir. Acordate que vengo de Chinandega.
El Ministro acorralado no pudo negarse. Pero…
—Dos palabras, pues, nada más; dos palabras —dijo, haciéndose el muy ocupado.
—¿Dos palabras, solamente? —preguntó, como no creyendo doña Mercedes.
—Dos palabras —repitió don Chico.
—Comé mierda —dijo entonces aquella.


CELEBRE VISITA

Hace mucho tiempo el Dr. José Francisco Rivas visitó a su amigo y vecino Dr. Isaac Montealegre. Llegó como a las ocho y empezaron a conversar.
Amena la conversación, no sintieron el tiempo….y dieron las nueve.
Siguió la plática, ya agotándose los temas….y dieron las diez. Y dieron las once.
Doña Lily, esposa del Dr. Montealegre, cerró la puerta del aposento en forma que se oyó muy bien. Pero el Dr. Rivas siguió de frente, y dieron las doce.
—Son las doce, Isaac —dijo significativamente el Dr. Rivas.
—Si, José Francisco —contestó el Dr. Montealegre.
—Es bastante tarde ya —volvió el Dr. Rivas.
—Ciertamente —apuntó el Dr. Montealegre.
—Ya no circula nadie por la calle —insistió el Dr. Rivas.
—Claro, si ya es muy noche —contestó el Dr. Montealegre.
En ese chifletear, el reloj dio claramente la una.
El Dr. Rivas estimaba mucho a su amigo, pero no para tanto. Y volvió a la carga.
—A la Quina (su esposa) no le asienta develarse—dijo ya más francamente.
—Ni a la Lily —contestó un tanto enojado el Dr. Montealegre.
Pero combinando ironías con indirectas dieron las dos.
—El Dr. Montealegre se cabeceaba de sueño.
—Ve Isaac —dijo ya resueltamente el Dr. Rivas—, perdona que sea franco, pero en confianza te digo que es mejor que te vayas ya, porque es peligroso que lo hagas muy noche.
—Eso mismo te iba a decir yo, hombré —le contestó el Dr.Montealegre—, pero como estás en mi casa…
El Dr. Rivas se golpeó fuertemente la frente.
—¡Ay, Dios mío, yo creía que eras vos el que estabas en la mía!


¡AHORA YO!

Sucedió en los tiempos en que nuestro comendador don Santiago Callejas Sansón era el personaje más importante de Chinandega, que fue a Europa más veces que el padre de la Casas atravesó el Atlántico.
Don Santiago viajaba por placer, aunque aprovechando hacer sus negocios de exportación e importación, y era un veterano de esos trasatlánticos de entonces.
Por cierto que por aquellos tiempos, de varias ciudades de Nicaragua salían personas adineradas a pasear por Europa.
En alta mar, un día salió don Santiago al restaurante, y para su sorpresa se encontró con tres amigos, leoneses por cierto; y, después de los apretones de mano y abrazos y cumplidos, dispusieron festejar el encuentro haciéndose servir licores y viandas. Pasó el tiempo y vino el final para despedirse, y se pidió la cuenta. Pero al acercarse el mesero con ella, los amigos se habían retirado al urinario.
—No importa —dijo don Santiago—. Entre amigos y caballeros no hay problema. Cárguemela a mí.
Al día siguiente de nuevo el encuentro.
—Idiay, ¿cómo amanecieron?
—¿Qué tal la goma, Santiago? —dijo otro.
—¿Por qué no tomamos otros traguitos?
—¡Idiay, pues!
Pidieron una botella y se continuó la farra. Y a la hora del pago, da la casualidad que los leoneses andaban otra vez en el urinario.
Don Santiago entendió que era por pura casualidad, y entre amigos no hay problema, el gasto se le cargó de nuevo.
Al tercer día, casi igual. Mejor dicho, todo igual.
¿Y al cuarto? Cuando se pidió la cuenta y se acercaba el mesero, los leoneses intentaron levantarse, pero don Santiago los detuvo sobre sus asientos:
—¡Un momento, ahora me toca a mi orinar!


CAMPAÑA FRUSTADA

Hace cuarenta años vino a Chinandega a ejercer su profesión el médico ruso Dr. Lourod Eutuchide, vegetariano y abstemio, que padecía tema contra el alcohol y predicaba constantemente contra él.
Este y el Dr. Carlos Salazar, otro enemigo del licor, visitaba a mama Yeca; y ante estos dos peroraba aquél, cuando pasó el Dr. José Antonio Tigerino. Mama Yeca encontró feliz la ocasión para que el Dr. Eutuchide demostrara su capacidad de convencimiento y aquél fue llamado.
Después de las presentaciones del caso, el Dr. Eutuchide empezó a tratar a su paciente explicándole el error de ingerir licor; y en el desarrollo de su argumentación, enumeró las enfermedades y males que ocasionaba.
Tras breve pausa, el Dr. Tigerino preguntó al Dr. Eutuchide cómo andaba su salud, y éste, sin entender el propósito, se refirió a las enfermedades que padecía: hipertensión, deficiencia hepática, neuralgia, etc., campo sobre el cual hablaba con predilección sólo comparable con la campaña contra el licor.
—Pues creo entonces—dijo el Dr. Tigerino al Dr. Eutuchide—, que con su propio ejemplo y el mío está demostrado que lo malo es no beber, porque Ud. que ingiere licor del todo, padece todas las enfermedades; y yo, que bebo todos los días, no padezco ninguna.
El Dr. Eutuchide decepcionado abandonó desde entonces su campaña anti alcohólica.
y para corroborarlo le dieron un empujón y lo llevaron preso a Managua.


MEJOR TRES…

Don Alberto López Callejas, el apreciable caballero quien vivió más de cien años, era persona muy seria pero de un fino humor.
Había enviudado y andaba allí por los sesenta, cuando un día conversaba con su hija Adilia.
El tema resbaló por los viudos, por el matrimonio y qué sé yo. Y en un momento Adilia le decía a su papá que ella consideraba justo y hasta conveniente que un hombre que queda solo busque nueva esposa.
—No creas, papá, que voy a pensar con egoísmo, porque yo vería normalmente que te casaras. Pero eso sí —añadía—, no me gustaría verte hacerlo con una persona que no fuera para tu edad.
—¿Y cómo te gustaría esa mujer?—le preguntó don Alberto.
—Bueno, digamos que yo vería bien que te casaras con una de unos 45 años, poco más o menos—dijo Adilia.
—Ay, hija —contestó rápido don Alberto—. ¿Por qué no me das esos cuarenta y cinco en sencillo? Dame, mejor, tres de a quince.


REGALO EQUIVOCADO

Por esas cosas de América Latina, sucedió que el General Reyes (José Trinidad), de humilde extracción semi-indígena, cuya madre era originaria de Chinandega, llegó a ser Ministro de la Guerra del Gabinete del General Ubico, en Guatemala.
Tenía méritos propios el General Reyes en aquel ambiente, pues se había distinguido como valiente y defensor leal del régimen ubiquista en aquellas montoneras de entonces, y había contribuido a la paz de que tanto hablan los dictadores.
No importaba que apenas supiera leer y escribir, porque bastaba que sólo pusiera su firma, fuera fiel a su jefe y se prestara a todo acto de represión para defenderlo.
Gozaba, pues, de la estimación del Presidente.
Un día cumplió años y, claro, fue agasajado, alabado, visitado, regalado. Y…pues, no debía faltar el regalo del Presidente: un hermoso radio receptor, que entonces era una novedad y algo valioso. Hablo del año 1933.
Pero fue el único que tuvo que rechazar el General Reyes y con todo y empaque de lujo, fue regresado al señor Presidente.
Este quedó sorprendido, pero creyó que algún mal entendido debía haber, porque no podía suponer que el General Reyes se atreviera a desairarlo.
Cuando estuvo cerca, el Presidente le reclamó:
—General Reyes, ¿cómo es eso que Ud. me devolvió el regalo que le hice para su cumpleaños?
Es que no era para mí.
—¿Cómo que no era para Ud.? ¿Y para quién otro, General? —continuó un tanto molesto el Presidente Ubico.
Vea, mi Presidente, yo soy, como usted sabe, General Reyes, pero en ese aparato que Ud. Mandó, decía claramente: “General Electric”.


ES LA MISMA

Cuando apareció en la escena pública el “Che” Francisco Lainez como gerente del Banco Nacional, comenzó por imponer medidas disciplinarias muy estrictas. Debían olvidarse consideraciones en atención a la antigüedad u otras circunstancias, y no se perdonaría falta alguna. Las órdenes fueron drásticas.
Pero en el Banco se daba trato especial con respeto y cariño a viejos funcionarios devotos de Baco, desde los días en que don Vicente Vita, el gran economista, se inspiraba con whisky para dictar medidas que cambiaron, agilizaron y mejoraron la economía del país, propiciando aquella política de “sembrar córdobas para cosechar dólares”, otorgando préstamos con la garantía de la cosecha a quienes no tenían fincas.
Pepe, un viejo y eficiente empleado, originario de Chinandega, era uno de esos aficionados que de vez en cuando empezaba parrandas que duraban meses. Pero no dejaba de asistir a su trabajo, y durante éste bajaba la aceleración de sus motores alimentándolos sólo lo necesario para que no se apagaran, como esos aviones a chorro cuando aterrizan y esperan para partir a que bajen sus pasajeros e ingresen otros.
El caso llegó a la Gerencia General, donde se dieron órdenes para advertir a Pepe por última vez, si volvía a las andadas.
Para colmo, el oficial encargado, amigo por cierto suyo, lo encontró “a media asta”.—Ve—le dijo—, tengo órdenes estrictas contra vos. Si en otra ocasión cogés otra parranda como en la que andás, serás despedido aunque lo sienta muchísimo. ¿Quedás entendido?
Pasaron seis meses, ora vez apreció el oficial superior, y de nuevo encontró a su amigo con olor a licor.
—¿Te acordás lo que te dije hace seis meses de que serías despedido si cogías otra parranda?
—Sí, me acuerdo—le contestó Pepe—, pero la verdad es que ésta no es “otra”…. Sino la misma.


EL INSECTICIDA NO SERVIA

Mi amigo Dr. Luis Andara Ubeda vino a Chinandega cuando empezaba la fiebre del algodón. Y probó suerte en su cultivo.
Pero no olvidaba otros quehaceres más placenteros, y por ellos recorría la ciudad más que el campo con su amigo Dr. José Antonio Tigerino, especialmente los sábados cuando sacaba la partida de dinero par insecticida, que entonces la daba en efectivo para que uno lo comprara.
Llegó el final, vino la pérdida y quedó un saldo insoluto.
Luis y Toño consultaron con su amigo Dr. José Jesús Rizo Vásquez, abogado del Banco; y Chu aconsejó que Luis pidiera una prórroga para pagar el próximo año.
—¿Y qué motivos razonables pondré?—le preguntó Luis.
—Bueno —le contestó Chu—, deci que el algodón se lo comió la plaga porque el insecticida no servia.
—¿y creerán eso del insecticida como cierto?—preguntó ingenuamente Luis.
—¡Cómo no! Porque vos y Toño se lo bebían todos los sábados, y no les dio ni dolor de barriga.


Hugo Astacio Cabrera — Chinandega


Anécdotas de Isolda Rodríguez Rosales - Estelí

ESTELÍ EN MI RECUERDO



Nada tan reconfortante para el alma que evocar el terruño que nos vio nacer, a nosotros, nuestros padres y abuelos. Reconstruir los rostros que nos cubrieron de cariño en la niñez, rostros de tíos, amigos de nuestros padres, la familia, amigos y conocidos que formaban en ese entonces el pequeño pueblo de Estelí. Revivir el frío delicioso que nos hacía tiritar cuando en las madrugadas nos levantábamos para ir a misa o al colegio. Sentir el olor a pan recién horneado, de los elotes tiernos cocidos, o de la miel que hervía en los calderos de la molienda.
Veo ese pueblo “chiquitito como una maní”, cubierto por la niebla del tiempo; aparto con mis manos esas nubes pesadas y aparece el parque rodeado de un grueso muro de piedra, donde se sentaban los muchachos para ver pasar a las muchachas; parque sencillo sin los columpios que aparecieron años después, sembrado de grama natural y flores. En el centro, el quiosco donde jugábamos a vender “aceite”. Más allá, la iglesia, la única en el pueblo, posteriormente convertida en catedral, que se mantenía y estaba en pie gracias al esfuerzo del padre Chavarría, que todos los domingos imploraba ayuda económica para evitar que el templo se desplomara.
La iglesia era el centro de la vida de la población eminentemente católica. Recuerdo que en sus paredes había hornacinas y altares de madera tallada, con santos que después fueron dados de baja por el Vaticano. Las mismas viejas bancas de madera, que según contaba mi padre, en un tiempo tuvieron el nombre de las familias que las habían donado. En el centro del altar, la Virgen del Rosario, patrona de Estelí, cuya imagen estaba destinada a la catedral de león, pero que quiso quedarse con los estelianos. De ella se decía que había hecho muchos milagros, entre ellos, meter sus manos para evitar que cayera un trabajador que reparaba las paredes, subido en un andamio. La imagen es una obra barroca bellísima de la imaginería sevillana.
Frente al parque, al este, quedaba el edificio de la Sanidad, en la esquina norte quedaba el Club Social, y en la esquina suroeste, el Teatro Estelí, construido muchos años después del pionero del cine: el Teatro Montenegro. Junto al cine, el Palacio Municipal, de tres pisos, novedad nunca vista en el pueblo, y que albergaba las oficinas de correos y demás servicios municipales.
Ese era el centro de Estelí y allí se realizaban las actividades citadinas más importantes en los años cincuenta y sesenta. En ese entonces, Estelí, como muchas sociedades nicaragüenses, conservaba una estructura patriarcal, en la que los fuertes lazos del parentesco funcionaban con la herencia de la estructura colonial. Las familias construían sus viviendas unas cerca de las otras, y era fácil reconocer la calle de los Castillo, al lado oeste de la iglesia, y la de los Rodríguez, al lado este de la misma. Bajando la “cuesta de don Siméon”, que iniciaba en la esquina noreste del parque, esa manzana era propiedad de quien le había dado nombre a la cuesta y quien fuera propietario de la compañía de la luz eléctrica por muchos años, el empresario Simeón Rodríguez. Terminado la esquina norte, hacia el este, quedaba la casa del Dr. Humberto Rodríguez, más allá don Aristo Rodríguez, y en la acera de enfrente, media cuadra al este, una amplia casa esquinera propiedad de mi abuelo paterno Sotero Rodríguez Moreno. Más hacia al este quedaban las casas de don Antonio y Ezequiel Rodríguez, hermanos de mis abuelos, hijos de Vicenta Moreno y Bartolomé Rodríguez. Por el lado oeste, la calle de los Castillos, que iniciaba al costado sur de la iglesia, donde vivía don Tomás Castillo. Hacia al este, una casa grande, de dos pisos, de don Dionisio Castillo.
La vida transcurría tranquila, apacible y existían lazos de amistad fuertes, especialmente entre comadres y compadres. A propósito de compadres, desde cualquier lugar de la ciudad, hacia el oeste se veía un pequeño cerro y la gente decía que al atardecer se veían dos luces que chocaban y rodaban hasta el río. Eran dos compadres que se habían peleado y seguían penando después de muertos. Por eso los compadres se respetaban mucho. Se acostumbraba elegir a los mejores amigos o miembros respetados de la familia, para que en caso de faltar el padre, el padre apoyara al niño o niña huérfano/a.
La ciudad vivía del campo. Casi todas las familias tenían su tierrita donde sembraban maíz y criaban ganado, que fue famoso desde la época colonial. Los domingos se veía llegar a los campesinos, temprano a misa. Aquellos hombres blancos, colorados de Santa Cruz, o los igualmente “cheles” de otros poblados cercanos. Vendían sus mercaderías, compraban baterías, azúcar, géneros, algunas medicinas o un sombrero nuevo; si les sobraba un peso, se iban donde doña Juana González a tomarse un trago “tacón alto” acompañado de un jocote verde. Por las tardes se les veía regresar a sus fincas, bamboleándose en un perfecto equilibrio, sobre los caballos briosos.
Estelí despertaba a la cinco o cinco y media, al toque de las campanas que llamaban para misa de seis. Antes de las ocho de la mañana, los chavalos y chavalas iniciaban su camino hacia la instrucción. Las clases comenzaban a las ocho en punto. Para los años cincuenta, Estelí contaba solamente con tres escuelas primarias estatales: la de varones, una para niñas y otra mixta, que estaba a cargo de la maestra Berta Briones. En esa década se fundó el primer colegio religioso Nuestra Señora del Rosario, a cargo de las religiosas franciscanas Sor Providencia, Sor Patrocinio, Sor María Camino y Sor María Luisa, junto a la superiora, Madre Adoración, ellas fueron las pioneras de ese centro, el que contó con el apoyo de los padres de familia, En sus primeros años funcionó en una casa propiedad de don Simeón Rodríguez Vílchez; posteriormente construyeron un hermoso edificio en la salida hacia Managua. Recuerdo que un día, el viento se tornó agresivo y una especie de tornado se llevó el techado del segundo piso del edificio recién construido. Todo el pueblo se volcó en ayuda para que pudieran reparar el daño. Las construcciones estuvieron a cargo de don Rufino González.
En ese entonces los maestros y maestras tenían una gran vocación por la docencia y se trataba a los estudiantes con afecto y disciplina. No hay quien no recuerde a los primeros maestros o maestras con verdadero cariño. Grandes profesoras de esa época fueron doña María Llanes, doña Berta Briones, Haydee Valdivia, doña Nena Rodríguez, que por cierto robó los corazones de los chavalos de entonces por su belleza y dulzura. Yo tuve la suerte de tener como maestra de primeras letras a mi madrina Esperanza Valenzuela, casada con el ganadero don Carlos Castillo. En esos tiempos no se entendía mucho de pedagogías especiales, y la madrina me daba con una faja en la mano izquierda, para que escribiera con la derecha. Tuve la suerte también de que mis padres fueran ambos educadores y junto con mis hermanas y hermanos crecimos en ese ambiente de libros y estudio.
Mi padre, don Sotero Rodríguez y Rodríguez, hijo de un ganadero originario de La Concordia, aunque amaba el campo, quiso estudiar para maestro y fue de los primeros graduados en el Instituto Pedagógico de Varones, regentado por los Hermanos Cristianos, por lo que era conocido como “el maestro”. En los días de reuniones del Sindicato de Maestros, allá por el año 58 ó 59, la maestra responsable de organización pidió un par de voluntarios para que limpiaran la “Casa del Maestro”, lugar donde se reunían. Pues sucedió que dos muchachos levantaron la mano y salieron corriendo. Llegaron a la casa de mi padre y le dijeron a la trabajadora doméstica que llegaban a limpiar la casa del “maestro”. En otra oportunidad, estábamos en retiros espirituales y el padre Otto Samayoa, a quien todas adorábamos, preguntó en una de sus conferencias: ¿Quién es el Maestro de maestros? A esa pregunta, Itza, mi amiga e inseparable compañera de clase respondió con mucho plomo: “¡El profesor Sotero Rodríguez!” Al sacerdote no le quedó otro remedio que reírse de la espontánea respuesta de la señorita Kontorovsky Artola, hoy destacada educadora, lingüista y antropóloga.
Las clases terminaban a las cuatro de la tarde, cinco en secundaria, y por las noches, la única distracción eran los cines: a las seis se rezaba el rosario en la iglesia y después de la cena. Nosotras buscábamos un pretexto para ir la sector del parque, y cuando se podía, al cine, aunque fuera a ver la colita de la película. El propietario del cine Montenegro era un afable señor de piel blanca y rosada, cabellera cana y brillante, culto, refinado, que tenía la particularidad de recibir y saludar a los cinéfilos en la entrada del cine. Se trataba de don Hilario Montenegro, amigo de todo el mundo esteliano. Las películas más populares eran las mexicanas, especialmente con Jorge Negrete y Pedro Infante. Sucede que como las películas ya eran un poco viejas y además gastadas por el uso, con frecuencia se reventaban y por muchos esfuerzos que hiciera el operario, no lograba reparar la cinta. Mientras los de luneta chiflaban, tiraban tapas de gaseosas, escupían y amenazaban con derrumbar el cine. Estonces, se encendían las luces y aparecía en el escenario la figura del caballeroso don Hilario, quien decía: “Cálmense, la película se presentará de nuevo mañana, pero mientras tanto les digo que la muchacha se queda con el muchacho y todos fueron felices”.
A finales de los cincuenta se abrió con mucha pompa el otro cine que llevó el nombre de la ciudad. Era una construcción más moderna, se vendían palomitas de maíz, algo nunca visto en Estelí, y presentaban películas “prohibidas para menores”. Increíble, pero la película Lo que el viento se llevó, la vi en Málaga en 1976, porque después de las primeras proyecciones prohibidas para menores, salió de circulación.
La otra parte de la vida nocturna de la ciudad la constituían los billares, lugar que era punto de reunión de los “muchachos” de la época: Oscar Molina (Cacho), Vicente Rodríguez, Leonel Rodríguez (Talimán), Oscar Rodríguez, los Pereyra (los burra), los Kontorovsky, los Floripe, especialmente el chele. Entre otros muchos, recuerdo con especial afecto a Oscar Barreda, quien falleciera en los años 60, en un accidente de tránsito. Oscar fue muy amigo de mi hermano Leonel y todos los antes mencionados y eran contemporáneos en edad.
Todos tenían apodos, individuales y colectivos, es decir, por familia, como en todos los pueblos, era algo inevitable. Ni el cura se escapó de ellos. Sucede que el capellán del colegio de las monjas era negrito y un poco odioso. A las alumnas no nos gustaba confesarse con él, porque si una muchacha se acusaba de haber besado a su novio, el sacerdote inquiría cuántas veces y todo tipo de detalles un poco morbosos. Hasta que un día le pidieron a la Madre Superiora que llevara otro padre. Ella dijo que sí y llamó a todas a confesarse. Por cierto cada alumna, después de una hora de reflexión, elaboraba una lista de sus pecados, para no olvidar ninguno. Después del toque de campana, se formó la fila en el confesionario. Habían pasado un par de muchachas a cumplir la penitencia, cuando el padre se salió furioso del confesionario, gritando que la chavala era una irrespetuosa y la iba a excomulgar. Lo que había pasado lo supimos más tarde: una alumna interna, se arrodilló confiadamente y le dijo al padre: “Me acuso padre que me río del padre “Juan” porque tiene los pies para el monte y además, le digo padre leche burra” ¡Para que quiso más la chavala! El padre, que en realidad era el mismo de siempre, pues no habían conseguido a otro, salió enfurecido, y casi lloraba de rabia: “Si yo no tengo la culpa que Dios me haya hecho negro y con los pies torcidos”, gritaba.
Así era eso de los apodos. Muchas veces la direcciones se daban aludiendo a los apodos de las familias, por ejemplo: de donde los Chepones, dos cuadras al este. Los “muditos” le decían a una familia en la que dos hermanos eran sordomudos, y los otros dos, tartamudos. Vendían helados de leche, que en Estelí llamábamos popcicles. Otra dirección era, pues, de donde los muditos, tantas cuadras al sur… A propósito de los muditos, mi hermana Marcia cuenta una historia que es mitad real y mitad ficción, como todos los relatos. Sucede que mandó a comprar un pastel allí, porque también horneaban pan y rosquillas para vender, y le llevaron la repostería comida por las orillas, por lo que ella le reclamó a la muchacha por qué había llevado en esas condiciones, a lo que le respondió: “me dijo don Pedro que este pastel era el único que había y si lo quería me lo trajera así”. Lo divertido de la historia es que don Pedro era uno de los muditos. La realidad fue que la muchacha se comió los bordes del pan e inventó esa excusa.
En septiembre se celebraban, como en todo el país, las fiestas patrias. Se organizaban veladas, desfiles y todo tipo de actos para exaltar el amor patrio. Después del quince, había dos semanas de vacaciones. Lo usual era que la chavalada se fuera para las fincas cercanas. Los varones, para ayudar a sus padres y nadar en los ríos, montar a caballo y llevar al regreso, atados de dulce, sacos de café, que vendían para obtener dinero para las fiestas. Creo que en ese entonces todo mundo sabía nadar y montar a caballo, porque el río Estelí, baja como afluente del Coco, y acompaña a la ciudad en su recorrido. El río era parte de la vida apacible de aquel entonces. Allí se llevaba la ropa para lavar. En las partes más profundas, el agua formaba hermosas pozas, que constituían el solaz de jóvenes y adultos, que se bañaban en los días cálidos de marzo y abril. Realmente, el río está al lado de la ciudad, y cuando llovía mucho, se decía entonces que había un “temporal”, a lo que ahora los meteorólogos llaman vaguada o baja presión tropical; cuando llovía dos o tres días seguidos el río se desbordaba e inundaba las casas vecinas. Todo el mundo iba a asomarse a ver la crecida, el agua arrastraba ramas secas, ropa, zapatos y hasta animales muertos. Para medir la crecida del río, se decía: este año llegó hasta donde los Carmona o hasta donde la Vilma Bello. En una ocasión, el río creció tanto que se llevó el puente de hierro, llamado así porque era el único de ese material en el sector; para ir a las pozas del Playón se pasaba por un puente colgante hecho al estilo de nuestros antepasados, y realmente daba terror cruzar aquella “hamaca” de bejucos y yute. En esos días de lluvias incesantes, los muchachos y muchachas pasábamos felices porque se interrumpían las clases. El río Estelí ha sido el cómplice callado de los estelianos y como tal lo hemos amado.
En diciembre comenzaban las celebraciones de las Purísimas, en casa de amigos. Todo muy religioso, fervor, al final, nosotros sólo esperábamos el brindis. Una de las más bellas celebraciones se hacía donde el maestro Castellón, profesor de música en todas las escuelas. El profesor tenía una hija llamada Viola que cantaba como los ángeles, y como todos en la familia eran músicos, los rezos se acompañaban de alegres cantos de la orquesta Castellón. El siete de diciembre, la Gritería que tenía una características muy especial, y es que había mucho recogimiento y devoción. No había mucho altares a la Virgen María, pero los que había eran hermosos,
Ya para esa época se había iniciado el rezo de la novena del Niño Dios, y en las escuelas se hacían chischiles con tapas de gaseosas para acompañar los cantos. Hacia el veinte, iniciaban las fiestas patronales, aunque la patrona es la Virgen del Rosario, cuya celebración es el siete de octubre. Se sabía que iniciaban las fiestas cuando se veía pasar las partidas de toros y novillos, camino hacia el campo, donde se levantaba una barrera de toros. Ese evento, lejana evocación de las fiestas en Pamplona, provocaba diversas reacciones. Las madres tomaban a sus hijos en brazos y cerraban las puertas de las casas, por temor a que un toro se metiera, como sucedía con frecuencia. Los hombres, envalentonaos quizás, por una copa de aguardiente, tiraban los sombreros frente al toro y hacían gala de valentía. Al día siguiente amanecía instalada la fiesta. Había chalupas, juegos de azar, ventas de todo tipo de chucherías, y el tiovivo. Tres cosas quedaron grabadas en mi mente infantil: el algodón de azúcar, que miraba salir como hilos mágicos de aquella enorme pana, delicia de todos los chavalos y chavalas; la rueda Chicago, con sus asientos que desafiaban la gravedad, sostenidos por garfios de hierro. Esa rueda que nos acercaba, en su punto más alto, al infinito y nos parecía tocar las estrellas con las manos, se me antojaba también algo irreal. La tercera cosa, opuesta a las anteriores, era una olla de barro ennegrecida, colocada sobre astillas de ocote, donde una anciana envuelta en un chal negro, batía con un molinillo de madera, y en cada batida salían deliciosos aromas de una bebida de leche con huevos, llamada ponche, otra de las herencias coloniales españolas. La viejita semejaba una especie de hada madrina en tiempos de pobreza. Su rostro, casi oculto por el tapado, me parecía tan misterioso como los hilos rosados que el vendedor enredaba en torno a un delgado palo de madera.
Alrededor del 22 de diciembre, las matronas comenzaban a sacar los Belenes que arreglaban con primor. Mi madre, artista nata, recreaba una cueva, simulándola con papel Kraft, pintado de verde y café. Ponía musgo encima y helechos frescos. Con qué devoción cantábamos:” Niño Dios vendrá mañana/ qué encanto qué placer/ reinará en nuestras casas/ qué sorpresas van a haber…” Teníamos fe ciega que el Niño Dios nos traería regalos el 24. Esa noche mágica, recorríamos la calle principal de la ciudad que va del parque hacia el sur, entrábamos a las casas a ver los Belenes o Nacimientos, que ocupaban espaciosas salas. Las señoras, orgullosas de sus arreglos, nos ofrecían ponche caliente, para mitigar el frío que, por entonces, se sentía de manera especial el 24. Qué imágenes, qué colorido, parecía que estábamos reviviendo la Natividad. En casa, madre preparaba la cena, auxiliada por la querida Matilde, empleada doméstica que estuvo más de veinte años con ella. Nosotras, de la mano de padre, subíamos a la plaza, donde hoy queda un centro escolar, y nos deleitábamos en los carruseles, con la seguridad que al regresar, encontraríamos los obsequios del Niño. Ningún gordo comercial enturbió nuestras mentes. Mi hermana tuvo una vez una Papa Noel, vestido de verde, que terminó sus días en el fondo de un pompón, donde la acompañaba siempre.
Días de inocencia y felicidad. La cena en familia con tíos, primos, tirando triquitraques, bailando el baile de la escoba, cubiertos con antifaces y haciendo bromas hasta el amanecer. El 25 era el día de sacar los trajes nuevos: amplias faldas con ruchos de telas delicadas como el organdí o el tul, traídas de San Marcos de Colón o Choluteca, porque en ese tiempo, el comercio de los pueblos del norte era más fácil con los pueblos del sur de Honduras, que con Managua. Visitábamos a los tíos, corteses y elegantes. Mis padres tuvieron la sabiduría de mantener la unión de la familia, incluida en ésta, tíos y primos Rodríguez. Después íbamos donde las madrinas. Nosotras teníamos todas la misma madrina de bautizo, la distinguida matrona doña Clementina Rodríguez, prima de mi padre y esposa de Alejandro Molina. La madrina Clementina, como la llamábamos, tuvo la delicadeza de regalarnos juguetes especiales para Navidad: juegos de té en miniatura, tacitas y escudillas de porcelana, que aún me siguen fascinando.
El seis de enero, Día de Reyes, en casa no faltó una moneda en los zapatos que dejábamos convenientemente, fuera de los dormitorios. La celebración de la llegada de los reyes magos se hacía en la iglesia, por la noche, y había cantos, colorido y dulces. Eran días de risas, juegos, bromas, comidas, amar al Niño Jesús y la Virgen, cantar villancicos, con la voz de mi madre que era preciosa. Pienso que por algún fenómeno cultural que habría que estudiar con detenimiento, Estelí conservaba muchas tradiciones españolas, quizás del siglo XVIII. En Madrid escuché un villancico que nos había enseñado mi madre: llegó al portal un gallego/ con su sombrero de paja/ mientras al niños adoraba/ el buey el comió el sombrero…
A mediados de enero se reanudaban las clases, era la época de los exámenes finales. Yo tenía que ensayar siempre un largo poema de despedida, a petición de la dulce Sor María Camino. Antes que se iniciaran los exámenes, había que celebrar las jornadas darianas. Nuevamente la veladas, donde se hacía derroche de creatividad. Se escenificaban poemas de Darío, se declamaba, había concursos. En cuanto más largo el poema, mejor: “La cabeza del Ravi”, “Los motivos del lobo”, “La marcha triunfal”, donde las bellas muchachas estelianas representaban a otras bellas que ofrendan coronas de lauro; mi hermana Magda figuró entre ellas y en el álbum familiar se guarda esa foto que ha preservado para la memoria el momento en que ella lleva una corona de laurel en las manos.
Recuerdo que una vez, en esas jornadas darianas declamé “La rosa niña”, todo escenificado, con telón de Belén, pintado a mano. En ese poema, una niña va a Belén a ver al niño Jesús, pero no le lleva nada de obsequio. Darío dice que la niña, gracias a la influencia de su hada madrina, “se fue convirtiendo poco a poco en rosa/ en rosa más bella que las de Sharon”. Y mientras “la lejana sombra de Ovidio aplaudía” su cuerpo echó pétalos y su alma, olor. Pues la niña que se transformó en rosa, con un bello vestido con pétalos debajo de la falda, es hoy la destacada doctora Milagros Munguía, hermana del recordado Christiam Mungía y del hermano Francisco, que quiso seguir las huellas del santo de Asís.
Las veladas se realizaban en el Teatro Montenegro, que era como decir, el Teatro Rubén Darío, y en ellas se respiraba devoción dariana. Hoy pienso que era una buena manera de dar a conocer la poesía de Rubén, con ese encanto provinciano que el mismo poeta tenía.
A fines de febrero concluía el año escolar. Era hora de emociones reprimidas, despedidas y temores, en caso que hubiese algún reprobado. A inicios de marzo, ya estábamos de vacaciones que duraban tres largos y deliciosos meses. Provistas de traje de baño y pantalones de dril, partíamos para la finca, llamada El Cacique, ubicada en el camino a La Concordia. Eran días inolvidables de juegos y más juegos. Nos levantábamos temprano a ver el ordeño de las vacas y allí mismo bebíamos leche con pinolillo. Luego desayunábamos formalmente, arreglábamos las camas y salíamos corriendo para el río, donde pasábamos nadando, tomando el sol sobre enormes piedras que aún existen el lado que va hacia Iziquí. Por la tarde andábamos a caballo, recogíamos limones y mangos, y de nuevo al río. Cuando el sol comenzaba a ocultarse, nos sentábamos en los cercos de piedra que protegían los corrales, y allí permanecíamos viendo aparecer las primeras estrellas y constelaciones, que reconocíamos al instante. Después de la cena comenzaban los relatos escalofriantes: que si había un león que bajaba a beber agua al río. Yo vi las pisadas, decía Vicente, el primo terrible que nos mortificaba con historias tétricas, como la de La Llorona, que entraba en las casas donde había niñas y se las llevaba. Imitaba con vos temblorosa “ ¡Yaaaaaa voooooy por miiiii muchachita!”
En ese entonces era muy común que las empleadas domésticas durmieran en la casa y contaban todo tipo de historias y leyendas como la Mokuana, de la cual, como sucede con todas las leyendas, circulaban varias versiones. Recuerdo la de la Mujer—mica, se trataba de una mujer que se convertía en mona y para ello decía “abajo carne” y ya quedaba hecha mona.
Como en todos los pueblos o ciudades pequeñas, había personajes pintorescos que hoy forman parte de nuestra microhistoria. Una de ellas era la Juana Paula, a quien llamaban “Paula loca”. Era una mujer de mediana edad, inofensiva y caminaba por toda la ciudad con un bulto de ropa en la cabeza. A los muchachos les gustaba molestarla y le gritaban “Paula locaaaaaa” y ella les tiraba piedras. La otra mujer que recorría Estelí con palo en la mano era la Celina. Le gustaba pintarse la cara, siempre andaba colorada, el pelo suelto, en desorden, blusa escotada y con vuelos. No soportaba que le llamasen loca y perseguía a los chavalos amenazándolos con el garrote.
De los hombres pintorescos recuerdo a Porfirio Acuña, no era loco, sólo alcohólico con su “itinerario” y se volvía agresivo. Decía que “onde él se paraba, naiden lo hacía”.
Juan Pablo un personaje extraño que gesticulaba moviendo los músculos de la cara como si fuesen de hule. Se pintaba las cejas, los labios, un lunar en la mejilla y llevaba enormes anillos con piedras preciosas y cadenas al cuello.
A la par de estos personajes de clase “subalterna” había personajes destacados de los que la gente contaba historias divertidas, por ejemplo de don José María Briones, Antonio Molina y Simeón Rodríguez, se decía que eran pactados, o sean que habían hecho pacto con el diablo y así habían hecho dinero. También contaban que Lucas Siles tenía tanto dinero, que lo sacaba a asolear al patio.
A finales de los años sesenta me trasladé a estudiar a la universidad y después llegaría ocasionalmente para ver a mis padres, pero ese pueblo sencillo, de gente cariñosa y trabajadora es la que vive en mi recuerdo. Quizás otras personas tengan otros recuerdos, no digo que fue el mejor o el peor de los tiempos, sólo recuerdo los días de mi niñez y a la gente a quien aún le guardo cariño.


Isolda Rodríguez Rosales