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Entre Leyendas y Luna Llena: Lecciones de Sabiduría Olvidadas de Nicaragua

 


El miedo que se esfumó con la luz

Habitar la casona de Mamá Queta en Diriamba era, para un niño de apenas seis años, aventurarse en un territorio donde la realidad y el mito se fundían al caer la tarde. En ese escenario, la figura de la Chon se erguía con una autoridad mística: una mujer morena, de piel arrugada por los años, con su moña recogida y esa mirada penetrante que parecía leer el alma de las sombras.

Ella no solo narraba cuentos de la Segua o la Carreta Nagua; ella custodiaba una sabiduría natural que hoy parece diluirse bajo el resplandor gélido de los diodos y la modernidad. A través de sus ojos, el misterio no era una amenaza, sino una lección de vida que conectaba nuestra fragilidad infantil con las raíces más profundas de la tierra nicaragüense.

Historias y Leyendas de Diriamba: Un Cómics Mágico para Colorear

 


Historias y Leyendas de Diriamba

¡Un Cómic Mágico para Colorear!

Basado en las memorias de la familia Castro Baltodano.


Hola a todos y bienvenidos a esta nueva exploración. Hoy vamos a abrir las páginas de una historia fascinante, pero a ver, no estamos hablando de un libro de texto aburrido. Para nada. Imagínense un cómic clásico, una de esas novelas gráficas antiguas con trazos a lápiz súper expresivos en blanco y negro que sólo están esperando cobrar vida.

En este recorrido nos vamos a sumergir en las memorias de un niño en la Nicaragua de los años 40. Vamos a rescatar esas historias familiares, leyendas locales y aventuras que, literalmente, parecen sacadas de una tira cómica lista para ser coloreada.

Y para arrancar, nos topamos con esta gran pregunta: ¿Qué pasa cuando la memoria se dibuja en blanco y negro? Bueno, la respuesta es que nos toca a nosotros usar la imaginación para rellenar esos colores.

Imagínense viajar en el tiempo a Diriamba, una hermosa ciudad cafetalera, viéndola a través de los ojos de Danilo, un niño lleno de asombro. Sus recuerdos son una colección increíble de personajes excéntricos, monstruos míticos y aventuras en la naturaleza, todos plasmados como esos primeros bocetos a lápiz que hoy, juntos, vamos a empezar a delinear.

Bueno, metámonos de lleno en esto. Aquí vemos a Danilo y a su fiel perrito Ojito llegando a esta mágica ciudad rural de Diriamba. Tras tener que separarse un tiempo de su mamá, el niño es recibido por sus abuelos y una familia gigante. Y justo aquí es donde arranca nuestro cómic: un niño, su mascota y un mundo completamente nuevo por descubrir, lleno de fincas de café y tradiciones súper arraigadas. Es, como les decía, exactamente como un libro de colorear esperando que le demos vida.

Pasemos a nuestra primera historia.

Tío Conejo y Tío Coyote: Coyote Quemado


Tío conejo engañó a Tío coyote: Final doloroso

Tío Conejo logra engañar a Tío Coyote de manera sistemática utilizando su astucia, agilidad mental y una gran habilidad verbal para explotar las debilidades de su adversario, principalmente su hambre insaciable, su codicia y su falta de previsión.

Tío Conejo (El Astuto)

Pequeño, veloz y muy inteligente. Siempre encuentra una manera de salirse con la suya, aunque sea un poquito ladrón de huertas.

Tío Coyote (El Hambriento)

Grande, fuerte, pero muy crédulo. Siempre quiere atrapar al conejo, pero su vanidad y su hambre lo meten en problemas.

Cuentos europeos

Esta es una selección de cuentos populares europeos con ilustraciones a lápiz de grafito de Mauricio Valdez Rivas, el mismo que ilustró su propio libro Cuentos y Mitos de Nicaragua, donde puede leer Los cuentos de mi abuela, AQUÍ, estos son los primeros cuentos del libro, las ilustraciones para la versión digital, están a colores. Este libro lo puedes descargar AQUÍ en PDF en su segunda edición

Cuentos europeos


CONTENIDO



Las albóndigas del Coronel - Rubén Darío

Lo que va entre corchetes [ ] es para un mejor entendimiento a la lectura.

Descarga GRATIS el cuento ilustrado "Las albóndigas del Coronel" 👍

Las albóndigas del coronel

Tradición nicaragüense1

Cuando y cuando que se me antoja he de escribir lo que me dé mi real gana; porque a mí nadie me manda, y es muy mía mi cabeza y muy mías mis manos. Y no lo digo porque se me quiera dar de atrevido por meterme a espigar en el fertilísimo campo del maestro Ricardo Palma; ni lo digo tampoco porque espere pullas del maestro Ricardo Contreras.2 Lo digo sólo porque soy seguidor de la Ciencia del buen Ricardo.3 Y el que quiera saber cuál es, busque el libro; que yo no he de irla enseñando así no más, después que me costó trabajillo el aprenderla. Todas estas advertencias se encierran en dos; conviene a saber: que por escribir tradiciones no se paga alcabala; y que el que quiera leerme que me lea; y el que no, no; pues yo no me he de disgustar con nadie porque tome mis escritos y envuelva en ellos un pedazo de salchichón. ¡Conque a Contreras, que me ha dicho hasta loco, no le guardo inquina! Vamos, pues, a que voy a comenzar la narración siguiente:
 
Allá por aquellos años, en que ya estaba para concluir el régimen colonial, era gobernador de León el famoso coronel Arrechavala4, cuyo nombre no hay vieja que no lo sepa, y cuyas riquezas son proverbiales; que cuentan que tenía árboles de oro.

El coronel Arrechavala era apreciado en la capitanía general de la muy noble y muy leal ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala.

Así es que en estas tierras era un reicito sin corona. Aún pueden mis lectores conocer los restos de sus posesiones pasando por la hacienda Los Arcos, cercana a León.

Todas las mañanitas montaba el coronel uno de sus muchos caballos, que eran muy buenos, y como la echaba de magnífico jinete daba una vuelta a la gran ciudad, luciendo los escarceos de su cabalgadura.

El coronel no tenía nada de campechano; al contrario, era hombre seco y duro; pero así y todo tenía sus preferencias y distinguía con su confianza a algunas gentes de la metrópoli.

Una de ellas era doña María de..., viuda de un capitán español que había muerto en San Miguel de la Frontera.

Pues, señor, vamos a que todas las mañanitas a hora de paseo se acercaba a la casa de doña María el coronel Arrechavala, y la buena señora le ofrecía dádivas, que, a decir verdad, él recompensaba con largueza. Dijéralo, si no, la buena ración de onzas españolas del tiempo de nuestro rey don Carlos IV que la viuda tenía amontonaditas en el fondo de su baúl.

El coronel, como dije, llegaba a la puerta, y de allí le daba su morralito doña María; morralito repleto de bizcoletas, rosquillas y exquisitos bollos con bastante yema de huevo. Y con todo lo cual se iba el coronel a tomar su chocolate. Ahora va lo bueno de la tradición.


Se chupaba los dedos el coronel cuando comía albóndigas, y, a las vegadas, la buena doña María le hacía sus platos del consabido manjar, cosa que él le agradecía con alma, vida y estómago.

Y vaya que por cada plato de albóndigas una saya de buriel, unas ajorcas de fino taraceo, una sortija, o un rollito de relumbrantes peluconas, con lo cual ella era para él afable y contentadiza.

He pecado al olvidarme de decir que doña María era una de esas viuditas de linda cara y de decir ¡Rey Dios! Sin embargo, aunque digo esto, no diré que el coronel anduviese en trapicheos con ella. Hecha esta salvedad, prosigo mi narración, que nada tiene de amorosa aunque tiene mucho de culinaria.

Una mañana llegó el coronel a la casa de la viudita.

—Buenos días le dé Dios, mi doña María.

—¡El señor coronel! Dios lo trae. Aquí tiene unos marquesotes que se deshacen en la boca; y para el almuerzo le mandaré... ¿qué le parece?

—¿Qué, mi doña María?

—Albóndigas de excelente picadillo, con tomate y chile y buen caldo, señor coronel.

—¡Bravísimo! —dijo riendo el rico militar—. No deje usted de remitírmelas a la hora del almuerzo.

Amarró el morralito de marquesotes en el pretal de la silla, se despidió de la viuda, dio un espolonazo a su caballería y ésta tomó el camino de la casa con el zangoloteo de un rápido pasitrote.

Doña María buscó la mejor de sus soperas, la rellenó de albóndigas en caldillo y la cubrió con la más limpia de sus servilletas, enviando en seguida a un muchacho, hijo suyo, de edad de diez años, con el regalo, a la morada del coronel Arrechavala.

Al día siguiente, el trap trap del caballo del coronel se oía en la calle en que vivía doña María, y ésta con cara de risa asomada a la puerta en espera de su regalado visitador.

Llegóse él cerca y así le dijo con un airecillo de seriedad rayano de la burla:

—Mi señora doña María: para en otra, no se olvide de poner las albóndigas en el caldo.

La señora, sin entender ni gota, se puso en jarras y le respondió:

—Vamos a ver, ¿por qué me dice usted eso y me habla con ese modo y me mira con tanta sorna?

El coronel le contó el caso; éste era que cuando iba con tamaño apetito a regodearse comiéndose las albóndigas, se encontró con que en la sopera ¡sólo había caldo!

—¡Blas! Ve que malhaya el al...

—Cálmese usted —le dijo Arrechavala—; no es para tanto.

Blas, el hijo de la viuda, apareció todo cariacontecido y gimoteando, con el dedo en la boca y rozándose al andar despaciosamente contra la pared.

—Ven acá —le dijo la madre—. Dice el señor coronel que ayer llevaste sólo el caldo en la sopera de las albóndigas. ¿Es cierto?

El coronel contenía la risa al ver la aflicción del rapazuelo.

—Es —dijo éste— que... que... en el camino un hombre... que se me cayó la sopera en la calle... y entonces... me puse a recoger lo que sé había caído... y no llevé las albóndigas porque solamente pude recoger el caldo...

—Ah, tunante —rugió doña María—, ya verás la paliza que te voy a dar...

El coronel, echando todo su buen humor fuera, se puso a reír de manera tan desacompasada que por poco revienta.

—No le pegue usted, mi doña María —dijo—. Esto merece premio.

Y al decir así se sacaba una amarilla y se la tiraba al perillán.

—Hágame usted albóndigas para mañana, y no sacuda usted los lomos del pobre Blas.

El generoso militar tomó la calle, y fuese, y tuvo para reír por mucho tiempo. Tanto, que poco antes de morir refería el cuento entre carcajada y carcajada.

Y a fe que desde entonces se hicieron famosas las albóndigas del coronel Arrechavala.

1 Darío no oculta la influencia de las Tradiciones de Ricardo Palma (1833-1919); la declara en las primeras líneas de su Tradición nicaragüense. En 1885 la Biblioteca Nacional de Managua, donde Rubén tenía un empleo, recibió en canje algunas obras de don Ricardo; entre ellas, seguramente la segunda edición de las Tradiciones peruanas (1883), que alcanzaba hasta la sexta serie.

2 Ricardo Contreras, profesor mexicano de gran información literaria, fue el primer crítico de la poesía de Darío. El Diario Nicaragüense de Granada, 16 y 22 de octubre de 1884, nums. 85 y 90, respectivamente, publicó su comentario a la ley escrita, en la que Contreras, no obstante echarle en cara incorrecciones gramaticales, le hacía magníficos augurios Darío contestó con una extensísima Epístola en tercetos, publicada en el mismo diario, 29 de octubre de 1884, núm. 96, con que luego el poeta encabezó sus "Primeras notas" [Epístola y poemas], Managua, 1888.

3 En la Biblioteca Nacional de Managua, Darío debió conocer el Poor Richard's Almanac (1733-1758) de Benjamín Franklin (1706-1790) en traducciones españolas como la Ciencia del buen Ricardo, Madrid, 1844: Caracas, 1858, y Guayaquil, 1879.

4 El coronel Joaquín Arrechavala ocupó interinamente la Gobernación de la Provincia de Nicaragua (1813-1819). Su figura se ha vuelto legendaria en ese país: aparece, siempre a caballo, como protagonista de anécdotas amorosas y cuentos de aparecidos.

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