El miedo que se esfumó con la luz
Habitar la casona de Mamá Queta en Diriamba era, para un niño de apenas seis años, aventurarse en un territorio donde la realidad y el mito se fundían al caer la tarde. En ese escenario, la figura de la Chon se erguía con una autoridad mística: una mujer morena, de piel arrugada por los años, con su moña recogida y esa mirada penetrante que parecía leer el alma de las sombras.
Ella no solo narraba cuentos de la Segua o la Carreta Nagua; ella custodiaba una sabiduría natural que hoy parece diluirse bajo el resplandor gélido de los diodos y la modernidad. A través de sus ojos, el misterio no era una amenaza, sino una lección de vida que conectaba nuestra fragilidad infantil con las raíces más profundas de la tierra nicaragüense.
La modernidad como el fin de los fantasmas
El avance tecnológico y las débiles luces de la calle terminaron por desterrar aquel "misterio fantasmal" que definía las noches de antaño. En las viejas casonas de Diriamba, la penumbra era una presencia viva, una atmósfera de reverencia que la iluminación constante ha borrado de nuestra experiencia cotidiana. Sin embargo, en aquel entonces, el miedo no era un vacío estéril.
El narrador recuerda sentirse satisfecho tras los relatos de la Chon, a pesar del temblor en las piernas. El secreto residía en una máxima de sabiduría popular: "Recuerda que todas esas apariciones no te pueden hacer daño si eres un buen niño". Esta conexión entre la rectitud moral y la protección ante lo sobrenatural ofrecía una seguridad psicológica que la modernidad, con toda su luz eléctrica, no ha logrado replicar.
La naturaleza: Madre, farmacia y sustento
En su humilde ranchito de la "Quebrada del Perro", la Chon vivía en una comunión absoluta con el entorno. No era solo una recolectora; era una artesana de la tierra que cultivaba hortalizas y matas de tabaco, las cuales secaba en alambres para elaborar los puros que vendía a Mamá Queta. Su filosofía no distinguía entre el alimento y la cura, integrando la economía y la salud en un solo ciclo vital.
"La naturaleza es como la madre de uno, nos da los remedios para curarnos y los alimentos para alimentarnos, por lo que uno debía cuidarla".
Este respeto ecológico, manifestado en sus pociones y en el cuidado de cada planta medicinal, nos recuerda que la tierra es una entidad proveedora. Para la Chon, el medio ambiente exigía una reciprocidad que hoy, en nuestra era de consumo desechable, hemos olvidado casi por completo.
El búho y la protección simbólica contra el mal
En el patio de su rancho, un búho grande permanecía vigilante sobre un palo de níspero. Para la Chon, esta ave no era un simple animal nocturno, sino un guardián activo capaz de espantar al Cadejo y otros malos espíritus que rondaban la quebrada. Esta creencia dotaba al entorno rural de una estructura de seguridad esencial para enfrentar la soledad de la noche.
Lejos de ser una superstición vacía, estos guardianes simbólicos actuaban como un mecanismo de defensa mental. El búho representaba la vigilancia y la sabiduría del instinto, permitiendo que los habitantes de zonas aisladas gestionaran su ansiedad ante lo desconocido. Era una forma de transformar el entorno salvaje en un espacio habitado y protegido por fuerzas aliadas.
El ciclo lunar y la fragilidad de la psique
La sabiduría de la Chon alcanzaba también el firmamento, vinculando los ciclos astronómicos con la estabilidad emocional. Con una intuición asombrosa, vaticinó la crisis de una enfermera que se hospedaba con ellos, advirtiendo que su inestabilidad se agravaría con la luna llena. Esta observación conectaba la psicología humana con el cosmos de una manera que la ciencia moderna aún debate.
La predicción cobró vida en la primera semana de febrero. Bajo el influjo lunar, la mujer comenzó a mostrar signos de una perturbación profunda, confirmando para la Chon que la posición de los astros marca los momentos en que la psique es más vulnerable. Para ella, la luna no solo iluminaba la noche, sino que movía las mareas internas de nuestra propia cordura.
La delgada línea entre la fe, la crisis y lo espiritual
El clímax de la historia ocurrió en el gran cuarto de 35 metros, entre mesas de santos y velas encendidas. La enfermera, en pleno brote, tomó un pesado Cristo de plata y concha nácar y huyó hacia la oscuridad de la calle. El niño y la Chon, paralizados por el temor de un posible ataque, solo pudieron escuchar el estruendo de los golpes contra las puertas de la Iglesia, situada a media cuadra de la policía.
Tras el incidente —que terminó con la mujer capturada, desnuda y alterando el orden—, la Chon no ofreció juicios, sino empatía. Mientras el frío, el cansancio y el susto se apoderaban de la casa al cerrar la puerta con aldaba, ella preparó una "poción" para la enfermera y recomendó ayuda espiritual. Fue un enfoque holístico que reconoció el sufrimiento ajeno como una mezcla de desorden mental y crisis del espíritu.
Conclusión: Lo que queda cuando la luna baja
Las vivencias de aquel niño en Diriamba ofrecen una visión profunda sobre nuestras raíces y la condición humana. La Chon y Mamá Queta representaban un mundo donde lo invisible se respetaba y la naturaleza se honraba. Eran tiempos donde el miedo tenía un propósito y la sabiduría popular ofrecía herramientas para navegar la incertidumbre del alma.
Hoy, mientras nuestras ciudades nunca duermen y las luces LED mantienen a raya a los fantasmas de la quebrada, queda una pregunta inquietante: ¿hemos sanado realmente nuestros temores o simplemente los hemos ocultado bajo un brillo artificial? Quizás, al perder el misterio de la noche, también hemos perdido la brújula que nos permitía entender nuestra propia oscuridad.
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