Por grandes que sean las acciones que atribuyamos a los héroes que ha tenido la Historia, si pudiéramos desplazar los resultados prácticos de su vida, de su propia personalidad, nos quedarían por siempre con el hombre, con su carácter, con la lección de su propia humanidad.
Y es que al juzgar al héroe, no lo hacemos desde un punto utilitario, sino bajo los reflejos ele una luz moral, de un sentido dramático, cal contemplar las fuerzas puestas en juego por el personaje para luchar contra el vendaval de un destino adverso. Lo que admiramos más bien no es el éxito; sino la fuerza de la voluntad y del esfuerzo, la magnitud de un espíritu. Importa al hombre, más que la realidad de las ventajas obtenidas, mantener su fe en el mismo manantial espiritual de la vida, en la personalidad, en sus móviles, su idealismo, su capacidad de desinterés y de abnegación. Contra la vulgaridad y el materialismo de la vida corriente, contra el soplo del escepticismo que quiere ver el egoísmo y el sentido práctico en todas las acciones humanas, la vida y los ideales del gran hombre serán fuente eterna de inspiración humana, como una lección de idealismo y cono un consuelo contra la pequeñez cotidiana. El gran hombre nos hace saltar por encima de la frase mefistofélica: “No es el hombre digno de inmortalidad”, y tener fe en los destinos humanos. Por eso la eficacia de los resultados prácticos es secundaria. Con todo el éxito de sus conquistas, Napoleón no pasará de ser un vulgar aventurero cuya obra se desmorona como un castillo de naipes. En cambio, Guillermo Teil, Daoiz, Velarde, Morales, De Valera, Abd-el-Krim o Sandino quedarán en la Humanidad como símbolos del espíritu indómito de libertad y como un ejemplo de grandeza moral.
No cabe duda que si los americanos, en cualquier forma, hubiesen querido aplastar a Sandino, lo hubieran hecho en poco tiempo. Si en vez de los quince mil hombres que enviaron a Nicaragua hubieran desembarcado cincuenta o cien mil y unos cuantos cientos de aeroplanos, los rebeldes no hubieran podido resistir sino muy pocos meses. Sandino hubiera perecido y la fuerza bruta hubiera triunfado inmediatamente. Pero el gesto inmortal del guerrillero hubiera quedado, lanzando sus destellos sobre un futuro más propicio, y esto es lo que no hubiera podido anular la fuerza de los invasores. Con eso contaba Sandino.
Hoy, sin embargo, y aun pesando la táctica oportunista del imperialismo, la fuerza evocadora y la enseñanza del héroe nicaragüense no es menor que si hubiera sucumbido a la presión arrolladora de la máquina militar de aquel país. La grandeza de Sandino está, más que en los resultados, en su actitud; más que en sus éxitos de guerrillero, en su elevación moral. El caudillo se ha levantado solo, en un pueblo cuya clase política estaba moralmente degradada y donde un pueblo escéptico se disponía a sobrellevar con resignación el collar de sus dominadores. Sandino sabía perfectamente, al iniciar su rebelión, que no podía triunfar, que el éxito era imposible, que fatalmente tenía que perecer, y, sin embargo, inicia su lucha en la forma novelesca que se cuenta en estas páginas, poniendo su mira no en el poder de sus armas, sino en la fuerza de su ejemplo y de su sacrificio, en su fe en el triunfo lejano de la justicia.
Y cuida pinta tan bien, con perfiles tan puros, el carácter de Sandino como las siguientes líneas que, desde su campamento de El Chipote, dirige a un amigo; líneas que merecían aparecer, en todas las escuelas hispanoamericanas, cono un ejemplo magnífico del espíritu de libertad:
«Puede usted estar seguro —decía el caudillo— de que no depondré mi actitud hasta que no arroje de mi patria a los invasores... Mi aspiración es rechazar con dignidad y altivez toda imposición en mi país de los asesinos de los pueblos débiles... Nicaragua no debe ser patrimonio de imperialistas y traidores, y por ello lucharé mientras palpite mi corazón... Y si por azar del destino perdiera todo mi ejército, en mi arsenal de municiones conservo cien kilos de dinamita, que encenderé con mis propias manos. Sandino morirá sin permitir que manos criminales de traidores e invasores profanen sus despojos. Y sólo Dios omnipotente y los patriotas de corazón sabrán juzgar mi obra.»
Hacía mucho tiempo que el autor de estas páginas trató de ir al campamento de Sandino con el objeto de ver de cerca los motivos que inspiraron a este adalid de la libertad, poniéndome al efecto en comunicación con su representante. Pero los meses pasaban y no recibía las cartas necesarias para entrar en el abrupto refugio del caudillo.
Más tarde, un extraño y desgraciado incidente retrasó aún más mi viaje. Con motivo de una fiesta en una ciudad mexicana, en que nacionales y españoles convivíamos, como de costumbre, con la más grande familiaridad, un papelucho de escándalo lanzó una mísera calumnia, esparciendo la especie de haberse pronunciado frases ofensivas contra el país. Y la ridícula falsedad hubiera quedado en seguida patente sin la felonía de dos o tres españoles, de los de arriba, que, ausentes o ajenos a la ciudad y llevados de un odio malsano, dieron, sin embargo, pábulo a tal creencia.
Los hechos quedaron aclarados, pero pasaron unos meses, y el que esto suscribe había perdido un tiempo precioso. En viaje ya hacia Nicaragua, se iniciaban entretanto las negociaciones de paz. Todavía, sin embargo, cuando llegué al campamento, el aparato militar continuaba, y pude ver y tratar a Sandino en el mismo escenario de sus luchas, apreciando, en momentos en que muchos obstáculos se oponían a la paz y la Guardia Nacional atacaba a las columnas sandinistas, su espíritu elevado de patriota, decidido a no convertir la guerra de la libertad en una guerra civil.
Estas líneas tienden a reflejar lo que ha sido la guerra nicaragüense y, sobre todo, a dar a conocer la personalidad de Sandino, el hombre que, sin temperamento de guerrero nato, enemigo de la guerra por la guerra y apreciando sinceramente al pueblo americano, ha levantado su bandera contra todo el poder del imperialismo yanqui.
CAPÍTULO PRIMERO
Centroamérica a vista de pájaro.
Cuando salimos del aeródromo de México apunta un amanecer magnífico. Aún no ha empezado la aurora a dorar las cumbres del Popocatepetl y del Iztaccihuatl, los dos gigantes del valle de México, maravillosos en medio de su soledad, cuando ya nuestro inmenso pájaro de acero se remonta en los aires con dirección a las tierras centroamericanas.
Las Compañías de aviación se esfuerzan, en su afán de propaganda, en demostrar al viajero la seguridad tan absoluta que ofrecen actualmente los viajes aéreos, haciendo ver, por ejemplo, que el número de accidentes que ocurren en el aire es bastante inferior a los marítimos o ferroviarios: entiéndase bien, por kilómetro de recorrido.
Nos guardaremos muy bien de sobresaltar a tales honorables Compañías con un alegato en contra, o mostrando quizá el color interesado del sofisma en tales demostraciones, o de llevar un nuevo temor al ánimo del posible viajero por los caminos del aire, haciéndole ver la hipérbole en los rosados colores de que revisten su propaganda a aquellas Compañías.
Al contrario, bien podríamos añadir una nueva lisonja a sus apologéticas demostraciones diciendo que el viaje por avión es más bien un viaje de elegidos, de gentes seleccionadas, contraponiéndolo al transporte por tierra o mar, donde las masas humanas se mueven con el carácter frío y opaco y lento de la vulgaridad.
El sentido aristocrático del avión está en representar un elemento de mayor potencia creadora en el transporte que ha surgido en la vida humana. El hombre habla podido correr y nadar siempre. El tren y el vapor han aumentado la rapidez, pero no le habían dado un nuevo dominio de los elementos. Y el avión representa esta conquista de algo nuevo: del aire; el sueño hecho realidad, las alas de Icaro incandescentes, sólo que ¡ay! sin que la idea del peligro deje de flotar como una sombra negra sobre todo este inmenso atrevimiento de la voluntad transformadora.
Pero esta misma idea del peligro contribuye también a su mayor distinción. Todo en el viaje aéreo requiere selección, orden, silencio, corto número de viajeros y, en fin, la idea y la responsabilidad del peligro aceptada libremente. Una invitación ligera, unos saludos rápidos, y el avión que corre, a enorme velocidad, para elevarse después majestuosamente.
Este ligero cosquilleo del miedo, que en un comienzo ensombrece nuestras impresiones, va desapareciendo a medida que el avión se va elevando, haciendo aparecer cada vez más pequeño el mundo que dejamos abajo. Los motores zumban poderosamente. Un suave balanceo al principio, que luego se va calmando. Rompemos unas nubes, marchando durante algún tiempo cegados en una atmósfera de bruma, para aparecer luego sobre un mar inmenso, algodonado y tranquilo, mientras el sol dora la cabeza del Popo. Adelante, el operador del Radio parece un mensajero de confianza en estas tierras agitadas repentinamente con vientos tempestuosos. Detrás, el mozo comienza a preocuparse del estado de nuestro estómago, dándonos generosamente pequeños paquetes de chicle.
Avanzamos hacia el Sur sin cesar. Hemos dejado Veracruz, donde un escuadrón de aeroplanos militares de Estados Unidos, que marchan a Panamá, aterrizando con entera confianza en suelo mexicano, proyectan la sombra de la grande y futura América hasta el Panamá, el nuevo gran bocado del coloso. Miramos a nuestro alrededor; los pasajeros se recuestan tranquilos en sus butacas. Casi todos americanos. Hay una mujer joven y rubia, con dos niños que se han mareado terriblemente. Algunos duermen, otros leen, pocos observan. El paisaje desde los aires es demasiado sintético, demasiado geológico. La mirada pide el detalle, el árbol, el prado, la casa; pero todo eso aparece borrado por la distancia. Y este paisaje inmenso, con su mar, con sus bosques, con tierras interminables, admira en un principio y luego cansa. Así somos los pobres mortales. Todo nos cansa, hasta lo sublime.
No hay duda que este paisaje de Centroamérica tiene un carácter propio y difiere del mexicano, más amplio y más suave. Aquí la tierra es como brava y más dura, llena de contrastes y de maravillas. Montañas elevadas y puntiagudas que las nubes cubren incesantemente, lagos de aguas azules, selvas tupidas y algún volcán, junto al que pasemos y nos hace sentir el cálido sofocante hálito de sus entrañas. Es el Momotombo, al que cantó Víctor Hugo. Tenemos nuevos pasajeros. Dos germanos de cabeza cuadrada y aire hirsuto, que montan en una región cafetera donde tienen gran preponderancia, y que nos hacen recordar, con sus aspectos campesinos, la fiereza de las tribus descritas por Tácito. Viene también el nuevo ministro francés de Centroamérica, que va a Guatemala.
He aquí la vieja ciudad que fundara el famoso Alvarado, el brazo derecho de Cortés. A nuestros pies, la nueva ciudad rebosante de vegetación, y más allá, las ruinas de la antigua, donde la esposa del caudillo, Beatriz la Sin Ventura, encontrara la muerte en una terrible inundación, no mucho después de su esposo, a quien adoraba. He de advertir que doña Beatriz firmaba así, La Sin Ventura, desde su viudez. Sospechamos que las bellas viajeras que nos acompañan no se dejarían llevar en un trance parecido por tan trágicas resoluciones. No; seguramente que la edad del jazz y del cocic-tail, no da a los sentimientos femeninos tan trágica inmovilidad.
Descendemos del avión y nos rodea un grupo de gentes vestidas con atildamiento, que nos cierra el paso. Es la Comisión francesa, que viene a recibir a su ministro. Es hombre de tipo vulgar, vestido casi con descuido, pero tiene una mirada inteligente, y esa mirada inteligente es francesa. El francés forma un conjunto de gentes de tipos enteramente variados, desde el germánico de cabeza cuadrada al netamente mediterráneo de tez ennegrecida; pero hay en ellos una cualidad unificadora de raza y esta cualidad es una mirada, quizá remotamente cansada, pero con toda la fuerza de una inteligencia repentista y brillante. Inteligencia francesa, brillo, claridad, lógica, decisión para imponer sus dictados.
He aquí Francia, el dulce país de los jardines y de los conversadores, realizando de nuevo su gran ambición imperialista contra todos los obstáculos que la Naturaleza y su mismo temperamento meticuloso y burgués le oponen. ¡Con qué magnífico esfuerzo estos hombres, que tienen ante sí la sombra de la despoblación de su suelo, se esfuerzan en hacerse sentir en todo el mundo! África, Asia, con sus grandes colonias ensanchadas, y América, donde no tienen apenas nada, pero donde quieren hacer sentir también la potencia de su comercio y de su espíritu. Imperialismo francés, obra artificial admirable de inteligencia y de voluntad, que lucha contra el obstáculo definitivo de un pueblo que se encoge y tiene el culto idolátrico de su propio suelo y sueña siempre en volver a su hermosa patria. Pero es que haciendo grandes cosas los pueblos se hacen grandes. Y vitales y geniales. La euforia no desciende a los pueblos arrinconados fuera de la corriente de los grandes acontecimientos. ¿No ha sido y es acaso Inglaterra también el país de los poetas?
Pero dejemos a la Comisión francesa, que recibe con su clásica cortesía a su ilustre viajero, y montemos de nuevo en el avión, que me lleva ahora a la pequeña República de El Salvador, en cuya capital pasaremos el resto del día y de la noche, para volver a embarcarnos al día siguiente.
Recorriendo sus calles, donde una población tostada y de aire popular bulle o descansa en sus jardines y donde se respira la calina y la somnolencia tropical y conversando con sus gentes, nos damos cuenta del sentido trágico de estos pequeños pueblos, que parecen res pirar el fuego inquietante y amenazador de su a volcanes.
Yo sabía, por las breves referencias de la Prensa, que había habido alguna revolución en El Salvador; pero no creí que hubiera tenido un desarrollo y, sobre todo, unas consecuencias tan devastadoras.
Parece que el comunismo, un comunismo de ambiente vago y amenazador, ha hecho irrupción en estos campos salvadoreños. No tiene la consecuencia nada de particular, si se tiene en cuenta que la propiedad de la tierra está en manos de una minoría de terratenientes, que el país está superpoblado con una gran población flotante, que no alcanza donde trabajar, y que los propietarios explotan en su favor estas ventajas del trabajo, conforme a las más inexorables leyes de la oferta y de la demanda, pagando a sus peones en especie y en míseras raciones de arroz, maíz, fríjol y café (eso sí, como tienen cafetales a todo pasto), con lo que sus nervios están bien a punto para toda clase de exterminios. Y añádase a esto la crisis.
Y el caso es que los efectos de una propaganda ardiente se hicieron sentir, y después de haber ganado casi este comunismo vengativo y destructor, sin inteligencia y dirección, las elecciones municipales, las masas, ardiendo en espíritu de venganza, se lanzaron, arriadas de rifles y de machetes, al saqueo de varias poblaciones, cometiendo toda clase de excesos.
Las represalias fueron terribles. El actual presidente, general Martínez, es un hombre de aire suave y palabra amable, bondadoso, al parecer; pero ustedes no saben que ha realizado en El Salvador la matanza más formidable que registran los tiempos modernos. Todas las versiones coinciden en afirmar que los fusilados han sido no menos de 8.000 en pocos días. ¡Imagínense ustedes las tropas del Gobierno entrando en los pueblos de sus desórdenes, apresando o reuniendo a los vecinos a quienes se considera actores o simpatizantes y luego, en grupos de centenares, las ametralladoras los barren, formando inmenso montón de cadáveres.
¡Qué idea más despreciable de la Humanidad deben tener estos caudillos que se atreven a decretar una matanza de esta naturaleza, a lo Espartaco, como si fueran los hombres unos insectos! Pero seamos justos. Todos coinciden en decir que la ola comunista era arrolladora, por el número y el espíritu sanguinario. Y en estas condiciones, ¿puede tacharse de tremenda represión, de cruel, es decir, de innecesaria? Contra un comunismo que tenía en su programa la destrucción en masa de todas las clases dirigentes, ¿qué cabía hacer? ¿Fué acaso necesario ese inmenso montón de 8.000 cadáveres? ¿No hubiera bastado sólo con los jefes? Pues precisamente para aclarar este tremendo episodio de la historia moderna, que arroja su luz sobre la lucha de exterminio, que ha planteado el comunismo actual, quisimos entrevistarnos con el presidente, que nos respondió con un amable telegrama excusándose para otro día. Es posible que no fuera muy agradable para él el rememorar estas cosas.
Y nosotros pensamos en España, donde, ahora, las represiones de Casas Viejas producen ese enorme revuelo entre los elementos políticas hostiles al Gobierno, que quieren hacer de este asunto arma definitiva para hacer caer al enérgico Gobierno de Azaña.
Se nos ocurren los conceptos que Trosky dedicó a los españoles: benévolos, tolerantes, liberales, sin el sentido dramático de la autoridad. ¿Pasaron aquellos tiempos del autoritarismo? Todo indica que sí. Porque los fusilamientos que se achacan a la policía que se batió en Casas Viejas, realizados, al parecer, inmediatamente de tomar la posición rebelde, en el momento en que la brutalidad de los combatientes llegaba al máximo, exagerada además por una mortífera resistencia, nos parecen un peregrino pretexto para querer echar un Gobierno que se defiende contra las furias internacionales de la anarquía y del comunismo. ¿Pero no saben esas gentes de oposición que el comunismo es una doctrina de exterminio; que allá donde entra no da cuartel a las clases dirigentes? En esas condiciones, hay un celo humanitario, un sentimentalismo derrotista, que, por su exceso de escrúpulos, se nos antoja falto de sentido de conservación o quizá artificial: simplemente tramoya política. Y en una sociedad, amasada en su base por un anarquismo estéril, esta falta de defensiva puede denotar una profunda debilidad.
Esta impresión de desorden revolucionario permanece aún al pasar por Honduras, donde los residuos de la última revolución se aprestan a una nueva ofensiva. Y, finalmente, Nicaragua, donde, por sus propios pecados y la taimada política del imperialismo yanqui, Sandino sostiene el pendón de la libertad hace siete años.
¡Qué agitación y qué perturbaciones la de estas pequeñas Repúblicas! En pocos días hemos puesto el pie en cuatro, donde las facciones políticas luchan entre sí desesperadamente por la conquista o la conservación del Poder, con todo el exacerbamiento de las pequeñas luchas, llevadas con el encono personalista de las ciudades y de los pueblos pequeños.
¡Qué ejemplo para los países que quieren dividirse excesivamente! Las luchas políticas, como no tengan un carácter de generalidad y de amplitud, se convierten en luchas de facciones, a las que se lleva un encono, un odio de vecinos que se aborrecen. Y luego todo tiene que ser en pequeño, desde el presidente, que habita un palacio de miniatura, hasta los ministros, que semejan concejales de alguna modesta población.
Desaparece esa aureola de misterio que encierra el Poder público en otros países, y que contribuye a su prestigio. No hay duda que el pueblo que ve demasiadas veces a sus gobernantes, termina por perderles el respeto.
CAPÍTULO II
Sandino quiere la paz.
Pesan mucho sobre Managua todavía las consecuencias del tremendo terremoto de 1931 y del incendio que siguió después, obra de casualidad, según algunos, o de manos criminales o descuidados, los más.
Hay en cada población un sello especial, un ambiente determinado. Nos impresiona primero como una sensación apenas intelectualizada que, como todas las impresiones primarias, casi se desvanece cuando empezamos a encontrar en nuestras observaciones motivos de análisis para una crítica. Diríase que es como una cara desconocida, que nos sorprende, pasando rápidamente ante nosotros, dejándonos una vaga inquietud y un interés que luego desaparece con el trato y la monotonía de las imágenes repetidas. Al cabo de mucho tiempo de tratar a una persona, nos preguntamos qué nos dijo su primera impresión, a la que acostumbramos a dar una fuerza definitiva, quizá porque nuestros sentidos vírgenes, que no han recibido mandato alguno del intelecto, graban en un principio las impresiones sin ninguna clase de prejuicio.
Luchamos en nosotros por recordar la primera impresión de sopor, casi de angustia, que sentimos al descender rápidamente de la altura en que volábamos a esta ciudad adormecida, recalentada por el sol tropical. Una ciudad que se nos asemeja al arrabal de un gran pueblo, con sus calles largas y sinuosas y recortadas a veces, con su pequeño trajín de peatones, con su tráfico variado, donde se cruzan el automóvil, el coche de caballos y la simbólica carreta de bueyes.
Managua sale dolorosamente de la ruina casi completa producida por el terremoto. En el centro de la ciudad se alzan todavía los negruzcos paredones de los edificios incendiados, que aguardan el levantamiento económico del país, después de siete años de guerras civiles, para su reconstrucción.
Tiene, a un lado esta ciudad, un lago de aguas grises, que a veces, en las puestas del sol, tibias y anaranjadas, toma unas tonalidades verdes. En sus aguas flotan unos barcos de vela muy pequeños, que aguardan unos pasajeros que rara vez llegan y que se balancean al oleaje pequeño y movido de este lago de aguas inquietas. Y en los días de fuerte viento se mueve con un descarado oleaje, que hace peligrar los barquitos de las orillas.
Este lago es el pulmón de la ciudad, y gracias a él penetra por estas calles, caldeadas por el sol de fuego, un aire bienhechor, que refresca y hace posible la vida callejera de quien no esté muy acostumbrado al ajetreo de la vida tropical. Por lo demás, la ciudad lo tiene en un abandono casi completo. No se ven ni bañistas, ni barcos de recreo, ni las típicas redes de los pescadores. Eso sí, en el rincón de su parque, las bellas managuas, muchas de ellas rubias, que demuestran la mezcla de sangre europea, hacen resaltar los encantos de sus líneas y de su gracia.
Pero en medio del sopor de su cálido ambiente, Managua se distingue por una viveza manifiesta dentro de su vida de tráfico callejero. Y es que esta ciudad, como León, como Granada, como todo el litoral del Pacífico, tiene un aspecto, en medio de su cosmopolitismo y de la variedad de sus influencias, muy marcadamente andaluz. Quizá nos recuerde también a Cuba.
Pasando por este país, donde campea la chispa del ingenio, la exuberante verbosidad y un individualismo exacerbado, pensamos en la trascendencia de las características que la colonización primitiva le impuso.
Dos son los conquistadores más destacados de Nicaragua: Pedro Arias de Avila, Pedrarias Dávila, como le llamaban sus coterráneos, y Fernández de Córdoba. Los dos representaban el tipo exageradamente individualista del español de la conquista, el afán personal, la ambición, la fe ardiente, un dinamismo prodigioso, la incapacidad para la colaboración. Y así los dos, cada uno por su lado, conquistaron y poblaron esta República, fundaron ciudades: León y Granada como las más destacadas, en recuerdo de ambos conquistadores, hasta que vino el inevitable choque, como pasó en Perú, y Pedrarias, el de Avila, terminó cortando la cabeza de su contrario. El nombre de Córdoba dejó mejor recuerdo, sin embargo, en la historia de Nicaragua, y hoy, además de Granada, ha impuesto en este país su recuerdo en la moneda nacional, que lleva el nombre de Córdoba.
Hemos insinuado la semejanza de Andalucía y de Nicaragua, no sólo por su colonización, sino por sus especiales cualidades, donde campea el sentido hiperbólico de sus habitantes, la claridad de sus ideas, su gran simpatía y gracejo, su innata comprensión, lo mismo en la ciudad que en el campo; su sentido batallador y hasta su lenguaje, matizado de un acento típico y muy diferente al resto de las otras Repúblicas de Centroamérica.
Gente de la élite y pueblo muestran una viveza desconcertante y un chispeante ingenio retórico, del que las gentes hacen gala. Si se trata de un casino, casi se siente uno en un casino andaluz, donde flamea el chiste y la gracia repentista. Entre la gente del pueblo, salpicada de influencias raciales distintas, se observa una viveza mental, que es difícil encontrar en otras partes de América.
Yo recuerdo, después de mi estancia en el campamento de Sandino, mi paso por el pequeño pueblo del mismo, con motivo de la fiesta que allí se dio después de la paz a uno de sus deudos: su hermano Sócrates. Se puede apreciar el sentido personalista y el color individual de esta raza, donde cada habitante es un poeta nato o un orador en cierne.
No habíamos empezado a comer cuando se levantaron los distintos oradores a hacer la apología del huésped, cantando en los términos más elevados el amor a la libertad o las glorias del anfitrión, mezclando sus conceptos con poesías recitadas, en las que, como es natural, Rubén Darío andaba siempre de por medio.
Y si nos fijamos en la Prensa diaria, encontramos una espectacular riqueza imaginativa, donde con frecuencia la pluma de los editorialistas se desborda en un lirismo fogoso, lanzando los adjetivos de las imágenes como lluvia de estrellas sobre la diaria monotonía de la vida local.
Algunas veces hemos pensado que, quizá sea esta superioridad imaginativa la que mantiene a estos pueblos en el exagerado individualismo, que es la gran espina de su historia. La imaginación los hace, por una parte, descriptivos y no creadores, y por otro lado, desarrolla en las gentes el sentir de una superioridad personal contraria a la modestia de la aceptación de valores y de jerarquías, tan necesaria en las sociedades. El desarrollo imaginativo es fácil para quien lo tiene, y por sí solo, sin la inteligencia y la acción, se envuelve en la esterilidad, mientras que la acción del intelecto es dolorosa, pero da a quien la cultiva la proporción exacta de los valores. Por eso la vanidad suele acompañar de ordinario a la imaginación y la modestia al intelectualismo, por lo menos al intelectualismo serio. ¿No será por eso que en pueblos imaginativos domina este concepto hipertrofiado del individualismo, donde cada persona se siente un ser aparte, nada dispuesto a formar el círculo de otra persona superior, como no sea para disfrutar de sus mercedes. ¡Ah, los grandes imaginativos y los grandes individualistas del café!
Pero estamos divagando quizá más de lo debido. Nicaragua es un pueblo complejo, en medio de su pequeñez. Hay una Nicaragua imaginativa y andaluza, la del Pacífico. Pero hay otra, más fundamentalmente india, salpicada de una inmigración del Norte de España, en gran parte gallega, más grave y activa, y una zona del Atlántico, primitiva y abandonada, donde una población india se ha mezclado bastante con la negra y hasta con residuos europeos, y formando una extraña mezcolanza, tan pintoresca como su dialecto, donde campean palabras indias, españolas o inglesas o francesas, formando ese extraño pot-purri de las costas americanas.
Y hemos olvidado, sobre todo, nuestro objetivo al trazar estas líneas, que no es otro que recoger la figura del gran rebelde Sandino, que se alza sobre el panorama de su pueblo, donde el espíritu público aceptó la dominación yanqui como la ley inevitable del destino.
Al llegar a la ciudad nos encontramos con el general Portocarrero, una especie de símbolo de luchas pasadas del país, con quien hace dos meses iba a internarme en la frontera de Honduras para llegar al campamento de Sandino, todavía en lucha contra los americanos.
Portocarrero es un hombre elástico y mentido, un viejo joven, digamos, que pasa de los sesenta y que lleva sus años con el garbo de un antiguo conquistador.
“Con dos ojos como chispas, cargados de largas cejas”, podríamos añadir, como del personaje del duque de Rivas. Y añádase a esto una afabilidad exquisita, un sentido cordial en las relaciones sociales, de perfecto caballero, que por lo que comienza a escasear actualmente casi lo llamaríamos arcaico.
El general Portocarrero, que es uno de los elementos decisivos en las negociaciones de paz que se vienen ejecutando, me cuenta así los últimos incidentes del preámbulo entablado, mientras yo hago los preparativos para marchar al campamento de los Segovias, de Sandino.
—Todos los partidarios de Sandino —me dice—, sobre todo el doctor Cepeda y yo, hemos creído que, habiéndose retirado los americanos, no había razón ninguna para continuar la lucha.
Estábamos en el campamento —añade— discutiendo las bases posibles para la paz, cuando al día siguiente el general Sandino viene hacia mí y me dice: “Hoy me he levantado romántico y trágico. Voy a Managua a hacer la paz, y si no la hago, mi vida ha terminado.”
—No haga usted eso —le dije, adivinando lo que trataba de hacer en caso de malograrse la tentativa—. Su vida no le pertenece.
—No; es algo ya bien pensado —respondió Sandino.
—Ya sabe usted que el general tiene una terquedad invencible. Aquel mismo día llamó a sus jefes, es decir reunió a sus tropas del destacamento y les explicó su proyecto. Iba a Managua a ver él mismo al Presidente, y si no lograba su objeto, no viviría un momento más; no era él hombre para estar en una cárcel, como les dijo.
Le diré a usted —continúa Portocarrero—, que estábamos como abrumados. Los jefes superiores rodeaban al caudillo, tratando de convencerlo, y asomaban las lágrimas a los ojos de todos. Pero Sandino era inexorable. Fuimos a Jinotega, y ya sabe usted lo demás.
Efectivamente, los hechos son de ayer. Sandino salió del aeroplano y fue saludado con vivas por los elementos de la Guardia Nacional que allí se encontraban. “Vengo a trae-ros— les dijo— la paz y el honor”, saludando a Managua con palabras espartanas.
Después fue un día de fiesta en la ciudad, mientras Sandino, con sus delegados, departía con el Presidente, tratando de buscar la fórmula de paz.
CAPITULO III
Los antecedentes del sandinismo. La maraña política.
Poco después, Sandino vuelve a su campamento, donde se encontraban sus columnas.
Entretanto, ¿sería posible una paz efectiva? ¿Se avendría la Guardia Nacional humillada, a respetar el convenio? ¿Aceptarían la paz los jefes de Sandino?
Tal era la situación de Nicaragua cuando yo llegué al campamento del general Sandino, una tarde de lluvia de los primeros días de febrero.
Poco después de llegar a Nicaragua, alguien me presentó a un joven de aire despierto e inteligente, que aguardaba a un amigo en el hall del hotel donde me alojaba.
Según me dijo, había formado en las filas de los revolucionarios hondureños, que con unos 2.000 rifles habían llegado el pasado mes hasta los fuertes de la capital Tegucigalpa. Resultó, sin embargo, que en el camino de la costa al centro, donde está la citada capital, habían gastado en algunos combates casi la totalidad de las municiones y se encontraban con que, cuando no tenían sino alargar la mano para apoderarse de la capital y hacer triunfar su partido, hubieron de retroceder a la frontera de Nicaragua, mientras su jefe, el general Reyna, entraba en esta República, para conseguir el parque que faltaba, y entonces ocurrió lo inesperado. Yendo en aeroplano el general citado, dentro del territorio nicaragüense, para conseguir sus fines revolucionarios, se vino abajo el aparato y allí pereció el caudillo, llevándose la esperanza de su partido. Esto había ocurrido días atrás, mientras yo estaba en Nicaragua.
Añadía el joven revolucionario que entonces se internaron muchos grupos en el territorio de esta República, siendo, como es natural, desarmados y sufriendo el calvario consiguiente. Se quejaba también de no haber encontrado apoyo en el Gobierno liberal de este país.
—¿Y qué programa tenían ustedes? —le pregunté yo, una vez que el joven terminaba la relación de sus cuitas.
—Cómo? ¿Qué programa?
—Sí; las orientaciones que tenían ustedes.
Seguramente habla un programa político y social.
Entonces e] joven de aire jovial soltó una estrepitosa carcajada.
Yo le miraba extrañado; pero uno de los amigos intervino con el mismo aire humorístico:
—Sí, mandar, y para eso echar abajo a los que mandaban.
—Pero —arguyo yo, con la ingenuidad de quien conoce los asuntos centroamericanos —¡A ustedes les achacaban unas intenciones malignamente comunistas!
—Claro —dice el tercero—; ésta es la treta de nuestros políticos contra los perturbadores de sus buenas digestiones. Ahora está de moda entre las grandes potencias llamar bandoleros a los defensores de su patria en los países invadidos. Nosotros tenemos también una receta cómoda para la propaganda gobiernista, y les ponemos el mote de comunistas.
No cabe duda que la carcajada que soltaba el joven rebelde de Honduras era un comentario no muy respetuoso, pero acertado, a la mayor parte de las revoluciones centroamericanas, donde hace más de cien años luchan unos partidos contra otros, en incesante algarabía de conservadores y liberales. Ellos se disputan constantemente el poder, por supuestos delitos anticonstitucionales que siempre los partidos achacan al bando contrario para salirse, del campo de la legalidad, al más movido y peligroso de los campos de batalla.
Y ésta ha sido la situación de Nicaragua, víctima de una casta de políticos rapaces que se han sucedido hasta la fecha, sin otro objetivo que echar al contrario para gozar del cómodo festín del presupuesto.
Toda la ideología de conservadores y liberales ha girado indefectiblemente alrededor de los viejos temas del liberalismo, pero en el fondo no han sido otra cosa que bandos personalistas dirigidos por líderes sin escrúpulos que manejan las consabidas libertades, y muy a menudo la contemporización o ataques al clero, como leitmotiv de sus actitudes políticas.
En el fondo, no ha cambiado aquí la ideología íntima del viejo feudalismo colonizador, donde cada espada fuerte significaba una voluntad omnímoda dispuesta a todo para conseguir sus fines personales. Es más: el espíritu directivo de aquellas edades ha bajado completamente de tono en los pigmeos de la política pasada, ya que sus ambiciones no se hallan refrenadas ni ennoblecidas por ninguna clase de idealismo sincero. El conquistador tenía una ambición sin límites, pero poseía también una fe ardiente y se hallaba animado de un sincero deseo de propagar la religión en que él creía con tanta fuerza, entre el pueblo indígena.
Por otra parte, había en él, al lado de su ambición personal, de su sed de oro, un espíritu imperial hispanista y romántico que le hacía apetecer las nuevas conquistas para gloria de su patria y de la monarquía.
Pero en estos modernos políticos que se han sucedido en Nicaragua desde tiempos muy atrás, como en el resto de estas pequeñas Repúblicas, no se ve ningún rasgo que les eleva de las pequeñeces de sus minúsculas luchas partidistas. Todo lo contrario: por satisfacer sus ambiciones personales, los políticos no han vacilado en poner su patria en manos del coloso americano, quien ha encontrado en estos líderes sus mejores servidores.
Ha sido necesaria la aparición de Sandino, de su bandera de libertad para redimir a este pueblo y a estas Repúblicas del estado de servilismo a que les habían arrastrado sus políticos.
Observo aquí que los tópicos del viejo clericalismo siguen siendo el tema fundamental y aparente, es decir, el tema de batalla cíe su política dirigente; pero no para superar lo que podría llamarse civilización clerical, sino para exterminarla, como si con una acción puramente negativa se abriera el camino del progreso como ante una senda de rosas.
Los liberales atacan a fondo los últimos reductos de una legislación que ya estableció hace tiempo la separación absoluta de la Iglesia y del Estado, mientras los conservadores reservan lo mejor de sus baterías para defender estas posiciones. Casi todos los pueblos, en donde la gente es creyente, el elemento campesino, tienen su cura, y hay en el país algunas órdenes religiosas que ejercen su acción en las zonas más primitivas. Por lo demás, la libertad religiosa es completa y la escuela es neutra, aunque los jacobinos más exaltados quisieran la imposición de la escuela racionalista.
Un día, pasando junto a las tapias de algún colegio de monjas, me decía un político de las viejas ideas jacobinas:
Mientras haya estas cosas no tendremos nada bueno. Todavía tenemos buena cantidad de fanatismo aquí dentro.
Y yo le dije:
—Ustedes están demasiado preocupados con eso. Me parece que más que con la ocupación americana. ¿No sabe usted que el sol disipa las nubes? Pues hagan ustedes sol. Lo demás se dará por añadidura. Pero quitar una fe para no dar ninguna después, me parece una cosa abominable. ¿Qué clase de idealismos y de abnegación pueden mostrar sus políticos directores?
—Pero este fanatismo es intransigente —argüía el político.
—Mire usted —le digo—, he oído en el mismo pueblo de Sandino, el día pasado, un discurso de un cura completamente liberal. Estamos ya lejos de la Inquisición. Vean ustedes de hacer, si pueden, una fe superior, y verá cómo lo viejo desaparece.
¿Tienen alguna clase de fe superior los viejos caudillos de las huestes políticas? Lo dudamos completamente. Hay unos hombres que van unidos a la débâcle política de Nicaragua. Pero hasta ahora no hemos tratado nada de ese punto. Un poco de historia. El presidente Celaya llena quince años de actividad de la historia de Nicaragua, hasta el año de 1909. Dígase lo que se quiera de su sentido reeleccionista, fue un hombre de acción que prometió llevar a su pueblo a una altura envidiable. Era del partido liberal.
Se le ha llamado el Porfirio Díaz de Nicaragua, y tiene, es cierto, alguna analogía con el famoso prócer mexicano. Como él, eleva los cimientos de la prosperidad patria, con la diferencia de que el aspecto intelectual de la instrucción representa en el learler nicaragüense una orientación que fue más deficiente en el grande hombre mexicano.
Y hay otra curiosa coincidencia. Que Cela-ya cae en la época de Porfirio Díaz, cuando trata de mover la empresa del futuro canal, apuntando su construcción en manos que no eran las americanas precisamente. Y si hay un enlace entre la caída del dictador Díaz y su proyecto de ferrocarril del Istmo, llamado a hacer la competencia al canal de Panamá, no debe de haber menos entre los proyectos de Celaya y su expatriación. Además, el presidente Celaya no fue muy respetuoso con los americanos cuando los vio enfrente suyo, y mandó fusilar a dos aventureros que dinamitaron un transporte del Gobierno con fines más o menos subversivos. Ese fue su golpe de gracia.
Y he aquí que entonces caen sobre el país los logreros de la política, que con sus luchas y ambiciones interminables lo llevan al intervencionismo yanqui.
Tres nombres llenan la historia contemporánea de Nicaragua con su sombra funesta: Adolfo Díaz, Monada y Emiliano Chamorro.
Cada uno de ellos representa un aspecto distinto de la vida de la política nicaragüense, y pueden considerarse representativos de toda Centroamérica.
Adolfo Díaz es el empleado de una empresa americana, espíritu sometido y americanizado, elemento apto de penetración para los fines de la política yanquista.
Cuando inicia sus luchas contra loa liberales, el año 10, Adolfo Díaz llama a los americanos con esas llamadas que el imperialismo procura que le hagan como prolegómenos de sus penetraciones armadas. Díaz es el político manejado por Compañías americanas que han envuelto en sus mallas una gran parte de la política de estos países. Lo que los Estados Unidos procuran a todo trance en Nicaragua es un Gobierno servil, hechura suya, para conseguir sus deseados derechos sobre el Canal, llamado a ayudar la obra de Panamá y a consolidar su dominio del Pacífico. Esto lo consiguen bien pronto. La situación conservadora de Díaz abre camino a la situación conservadora de Emiliano Chamorro. ¿ Cómo puede este político de vida independiente, de espíritu libre en su vida particular, echar sobre su país la cadena de la servidumbre, reconociendo a los Estados Unidos el derecho de opción para construir el Canal durante un período de noventa y nueve años? Un Congreso servil, hechura del dictador, aprobó el tratado Chamorro-Bryant, cuyo articulado pone en manos de los Estados Unidos la zona del futuro Canal por una mísera cantidad de dinero, por añadidura.
Pero en Estados Unidos tienen lo que pretenden: un estado de derecho conseguido a favor de la presión o de las dádivas políticas sobre los elementos dirigentes, que, como se ve, no han vacilado en vender su alma al diablo para satisfacer sus ambiciones y aplastar a sus enemigos.
Dicen que Chamorro se ha lamentado más de una vez de las consecuencias del famoso convenio, y tiene abundantes razones para ello. Porque Chamorro, además, no es, como Adolfo Díaz, un empleado que sube en una Compañía extranjera y a quien alzan para hacer de él un testaferro. Chamorro es un hombre de una familia antigua de terratenientes, dotado de completa independencia. Es un agricultor de afición, y sus facciones enérgicas revelan el hombre acostumbrado a mandar y que no se aviene fácilmente a hacer papeles de segunda mano.
¿Entonces cuál puede ser el secreto de este borrón que coloca el nombre de Chamorro en la Historia con los caracteres más negros? Es difícil dilucidar totalmente este asunto, todavía un poco en las sombras; pero hay que pensar que el espíritu partidista, el deseo de asegurar una dominación conservadora, con la protección yanqui, ha sido causa principal de esta triste historia del Canal.
Y llegamos a Moncada, que completa la trilogía de los hombres más funestos de Nicaragua y de Centroamérica toda. Moncada es el tipo del aventurero dotado de talento y, sobre todo, de una audacia y de una desaprensión sin límites, dispuesto a todo para salvar los escalones del poder y de la fortuna.
Moncada figuró en el partido liberal, pero nunca su pluma de periodista, que manejó algún tiempo, ni su espada de cabecilla le hubieran dado el poder, a no ser que la llamada traición de Tipitapa, que colocó el país, en 1927, en manos de los americanos, comprometiéndose a entregar el armamento a éstos y quedar a resultas de unas elecciones vigiladas por aquéllos, pero en las que ya de antemano él estaba designado como Presidente.
Si Díaz es el tipo de político escéptico y Chamorro del fanatismo partidarista, a Moncada corresponde, por antonomasia, el nombre de cínico. Tiene una aparente instrucción, y aun cuando su vida parece que ha sido inspirada en los principios niesteheanos, falta a ella toda grandeza, y su vida tiene de todo, quizá del zorro, pero en ninguna manera del león. Su vida no ofrece ejemplaridad, y aunque en el ocaso de su vida, precisamente ahora, construye en el pueblo donde habita alguna escuela u hospital, la voz pública dice, por lo bajo, que antes hizo los pobres, siquiera fuera con su desatentada política. Y, sin embargo, he de confesar que al ver a este hombre no dejé de sentir cierta simpatía, como ante esos héroes barojianos que quieren escalar las alturas del cielo para caer de pronto fulminados. Frisando ya en los setenta, no deja de tener Moncada, a pesar de lo menudo de su cuerpo, cierta prestancia dominadora, y su boca, indómitamente optimista, refleja una ironía inquieta. Y lleva también sobre sí el aire dionisíaco del viejo fauno, amigo del buen vino y de las buenas mozas.
Y fue precisamente paladeando unas buenas copas, cuando yo le indicaba que me habían dicho que él, Moncada, tenía cierto parecido moral con el ex presidente mexicano Obregón, en lo que respecta a la viveza de su genio. Respondió Moncada que no lo conoció nunca sino de oídas; pero de todas maneras, y reconociendo el juvenil aliento del hombre de Tipitapa, vi que estaba lejos de tener la exuberancia magnética del caudillo sonorense.
Pero, aparte de la acción de sus líderes, hay en la organización política de estos pueblos algo que pugna contra su saneamiento íntimo y que hace que las luchas políticas se lleven can una exacerbación desesperada.
Figúrense ustedes que cuando cae un Gobierno todo cambia, desde el ministro hasta el último portero. Y hay algo más enorme: cambian también los jefes militares.
El día pasado un simpático militar joven, que lleva el grado de general y a quien yo preguntaba cómo no estaba en activo, me decía, con la mayor naturalidad del mundo:
—Es que yo soy general conservador.
Ocurre que aquí hay, pues, un ejército conservador y otro liberal, que cambian entre si cuando viene el cambio de situación. Naturalmente que los que dejan el mando forman el fermento más dispuesto para la revolución.
En esta forma, el país, dividido en dos bandos irreductibles, el liberal en la ciudad de León como centro, y el conservador en Granada, más que partidos forman dos campamentos enfrentados que aguardan la menor ocasión para echarse sobre las armas.
Nada de extraño tiene, después de lo que dejamos apuntado, que leyéramos en la Prensa que en determinada oficina ya se había hecho saber que no había trabajo para los obreros conservadores. ¡Qué estupendo anestésico, se nos ocurría después, tendrán aquí para poseer unos obreros tan formales!
Hay un movimiento obrero, eso sí, que recuerda aquello de la revolución desde arriba de Maura. Yo creo que es un movimiento más bien retórico, donde falta la masa, es decir, los obreros. En realidad, Nicaragua no tiene apenas industrias, y el nacionalizarlas sería lo mejor que los Gobiernos pudieran hacer en punto a dar firmeza económica al país.
Es lástima que en una nación tan despierta, con una masa popular tan magníficamente educada en muchos aspectos, donde domina la pequeña propiedad y donde (y esto señala su estado de educación política) vota espontáneamente casi todo el censo (aparte del elemento indio del litoral del Atlántico), no hayan buscado los partidos políticos la fórmula de la convivencia institucional y sean dos bandos, más que en lucha por las ideas, en lucha por la propia existencia.
La obra nacional de comunidad, que ha enarbolado Sandino, es fácil, sin embargo, que dé pronto sus frutos.
Está en la Presidencia actualmente el doctor Sacasa, un hombre de antecedentes puros, descendiente de una familia de abolengo en el país, señalada por la rectitud de los hombres públicos que ha dado.
Hablando con el citado Presidente en el palacio presidencial, situado en una alta loma de las afueras de la ciudad, desde donde se divisa un espléndido panorama del lago, me decía que su ambición suprema era iniciar el desenvolvimiento económico del país y la realización de la paz efectiva con Sandino.
Pero luego, mientras me hablaba de su decisión de hacer la paz, teniendo en cuenta que era el camino más cómodo y más económico en vidas y dinero para conseguir el sometimiento de los rebeldes, comprendía yo que nunca tos viejos políticos perdonarían a Sandino su consagración de héroe del patriotismo ultrajado.
Porque todos aquellos que han ayudado o han consentido la penetración americana ven en Sandino restituido a la normalidad un símbolo que les recuerda los deberes que no cumplieron, el sentimiento patrio que postergaron a sus egoísmos individuales, a su escepticismo en el triunfo del derecho. Sandino es como una conciencia acusadora, y por eso todavía hay muchos de sus coterráneos que siguen poniéndole, aunque en voz más débil, el dictado de bandolero.
CAPITULO IV
Hacia el campamento del caudillo.
No es empresa fácil para el viajero llegar al campamento de San Rafael del Norte, cuartel general de Sandino en estos momentos, y hubimos de utilizar los lentos procedimientos en uso para llegar a este pueblo, situado a unos 250 kilómetros, aproximadamente, de la ciudad de Managua.
Primero, en un auto desvencijado hasta el lozano pueblo de Matagalpa, una villa rural situada a la entrada de este país encantado de los rebeldes, especie de Arcadia prometedora que es las Segovias y donde el inmigrante español hizo en otro tiempo mayor hincapié que en ninguna otra parte de esta pequeña República. Hoy no hay inmigración española.
Después, a caballo, al caer de la tarde. Un grupo de bon vivants, de los de “Viva quien vence”, nos acompañaba casualmente hasta el citado pueblo de Ginotega. Habían luchado algunos de ellos con los liberales en los tiempos de Moncada, pero la entrada de los americanos los había anonadado. Compadeciendo a Sandino, por su gesto de inútil heroísmo, según ellos, se volvieron a sus casas a disfrutar de la paz y a sacar partido, de paso, del oro de los invasores.
Se pasaban las horas en animada charla. Uno de los más conspicuos viajeros, antiguo cafetero arruinado por la revolución, me contaba, con su aire de pequeño Gargantúa, animado por una sonrisa picaresca, que había estado con Sandino hasta el combate de Ocotal —cuando en el comienzo de la rebelión los americanos pidieron la entrega de las armas y Sandino se presentó a atacarlos con fuerzas ínfimas—, pero que no veía solución a la lucha y se había escapado. Pero las penas no matan a esta gente de las Segovias, donde hay un humor que desafía el constante caer de la lluvia en un paisaje de montañas azules que recuerda las campiñas pirenaicas, y para mayor animación, el zucese, especie de aguardiente rabioso, de que hay amplia provisión en las casas de campo y chozas de los indios, se encargaban de poner una nota báquica en el ánimo de estas gentes, uno de los cuales —; oh inspiración poética del país!— recitaba a grandes gritos poesías de Rubén Darío sin temor a atraer la atención de alguna de las bandas sandinistas, que todavía pululaban por allí y hubieran sido peligrosas para estos contemporizadores de los “machos”, corno llaman los soldados de Sandino a los americanos.
Pero ya estábamos en Ginotega, donde una fuerte ‘columna de la Guardia Nacional vigilaba los movimientos de las fuerzas de Sandino. Y en las bocacalles y en alguna torrecilla elevada de madera, las bocas de las ametralladoras, emplazadas con dirección al campamento contrario, indicaban que todavía la paz no era un hecho definitivo.
Me despedí de mis buenos compañeros de viajo para continuar al día siguiente al campamento de San Rafael.
—Ya ve usted —me había dicho mi locuaz interlocutor, con su aire socarrón y un guiño malicioso—, ¿qué quiere usted que hiciéramos enfrente de los Estados Unidos? Y, mire, yo he sido luego intérprete de los americanos. Ya se sabe lo que quieren; pero, de todas maneras, conmigo no se han portado mal.
Mi confidente me hablaba en inglés todo lo que podía. Había estado unos años en Estados Unidos y procuraba hacerlo notar bien. Por su boca hablaba una gran parte del país, desespiritualizada y resignada a sufrir la bota del invasor. Era el espíritu de sometimiento de Nicaragua, fuera de los héroes de las Segovias.
Porque Sandino no ha sido respaldado por su pueblo, ni mucho menos, y ese es su mérito supremo. No ha sido el héroe que ha surgido y ha sido creado por la colectividad, sino el individuo que se ha impuesto a una moral de masa esclavizada y que, poco a poco, ha venido ganando terreno sobre el ambiente materialista.
En estos tiempos en que se tiende a negar la fuerza creadora del individuo y del héroe, atribuyéndolo todo a la masa obscura, este raro ejemplo de individualismo encierra una magnífica enseñanza.
Jinotega es un valle largo y estrecho, de arbolado frondoso en las alturas, donde crecen los cafetales a la sombra de árboles copudos y de prados verdes que, aunque abandonados casi durante la guerra, dejan de ver el herbaje exuberante del sorgo y la hierba de Guinea.
Me dicen que esto era muy rico antes de la guerra, y se comprende. El aspecto de estos campos da idea de una tierra de promisión donde el plátano y los mangos crecen al lado de los cereales y los pastos más variados. Además, domina el tipo de unas granjas pequeñas que se dedican al cultivo y a la ganadería; las cosechas son, por lo menos, dos.
Eso sí, los arados de madera que veo, y no usan sino en algunas partes, dan idea de un cultivo rudimentario.
En Jinotega hay un destacamento de la Guardia Nacional que quizá llegue a cerca de mil hombres. Y hay en otras partes también destacamentos más o menos numerosos que, en caso dado, avanzarían hacia las posiciones de Sandino, presionando San Rafael del Norte y cerrando por el otro lado la frontera hondureña. Esto es lo que quisiera hacer el partido militarista, que no ha dejado de actuar sobre el Presidente para evitar la realización de la paz y llegar al exterminio de las tropas de Sandino, que ellos creen bastante fácil, con el nuevo armamento y el aumento de la Guardia Nacional.
La Guardia Nacional la he oído definir de dos modos. Para los elementos gobiernistas significa la obra necesaria de la formación de un ejército regular, necesario en un país organizado, y que ha sido creado recientemente con la colaboración de los jefes de la ocupación americana.
Para los sandinistas significa la hábil formación de un ejército nicaragüense encargado de combatir a Sandino, evitando así a aquéllos tomar directamente parte en la lucha en forma que no sea corno oficiales y jefes.
El hecho es que la creación de la citada Guardia es muy reciente y que está formada conforme a una dirección y a un plan militar completamente americano. Hasta en sus trajes son una pequeña reproducción de sus papás.
Todavía, hasta hace menos de un año, combatían en la montaña fuerzas exclusivamente americanas. Los marinos, mandados, como es natural, por sus propios jefes. Pero fuera que el alto mando yanqui sintiera que la sangría continua que causaban en sus filas los combate: sandinistas era dura, fuera porque en todo caso comprendieran, dada la venalidad de los jefes políticos del país, es decir, de Moncada y sus secuaces, la facilidad de convertir la lucha contra Sandino en una guerra exclusivamente civil, el caso es que las sugestiones del ejército de ocupación americano fueron aceptadas in continenti, y la Guardia Nacional quedó formada a base de unos 5.000 hombres, habiéndose elevado últimamente a un mayor número, muy bien armados. Recientemente, el equipo de ametralladoras había subido, elevándose al total de 400, número elevadísimo para este pequeño ejército.
Por lo que respecta a la oficialidad, era en un principio completamente americana, habiéndose cubierto los cuadros más tarde con la del país, que se había formado gradualmente, y como el ejército de ocupación americana acaba de dejar el país, como es sabido, actualmente todo el personal de la Guardia Nacional se compone de elementos nicaragüenses. El imperialismo, pues, había encontrado una espléndida manera de hacer que otros guerrearan por él.
Poco antes de salir para San Rafael, un oficial me explicaba que, de no venir la paz, las tropas de Sandino serían batidas indefectiblemente. Según él, la frontera de Honduras estaba completamente cubierta, y no había manera de que los rebeldes resistieran la nueva acometida que les preparaban. En cuanto a la paz efectiva, él no creía que se pudiera llevar a efecto. Las tropas de Sandino, sin verdadera disciplina, no la aceptarían, y vendría de nuevo la lucha.
—¿Cuánto tiempo va usted a estar en el campamento de Sandino? —me pregunta el mismo oficial, con sonrisa amable.
—No estoy seguro —le contesto—; quizá unos quince días.
—Pues mucho cuidado —añade el oficial—. Le aseguro que antes de ese tiempo tienen ustedes zafarrancho.
Tenía mi pasaporte en regla y pude atravesar los destacamentos de la Guardia sin ninguna dificultad. No sobraban los caballos en el pueblo, pero, al fin, me proporcionaron uno para llegar hasta San Rafael del Norte. Me acompañaba un indio trotador, encargado de traer la bestia a Jinotega y de enseñarme el camino.
Llovía sin cesar. Una lluvia que opacaba el paisaje, envolviéndolo todo en una triste bruma azulada. Aquella melancolía íntima de la Naturaleza iba ganando mi ánimo. Pero el campamento de Sandino no estaba lejos, y mi acompañante el indio señalaba el primer destacamento.
—Allí, en aquella loma —me dijo, mientras corría junto a mi caballo.
Ya me habían advertido contra la posibilidad de que los sandinistas me tomaran por americano.
La cantidad de extranjeros no es muy grande en este país y, naturalmente, un pantalón caqui de montar y una apariencia distinta predisponen a que uno fuera clasificado como tal.
El recibimiento por parte del primer destacamento no fue del todo cordial, y varios de los sandinistas vinieron sobre mí en actitud un poco seria.
—Qué, ¿un americano? —ene preguntó uno, con aire inquisitivo—. ¡Aquí no pueden entrar!
—Si es “macho” le volamos la gallina —añadió otro, entre humorístico y siniestro.
Naturalmente que yo venía bien provisto para evitar cualquier equivocación, y enseñé una tarjeta de mi amigo el general Portocarrero para el general Sandino.
Salió uno de ellos, y yo me dediqué a observar los soldados que tenía ante mí.
Formaban un conjunto abigarrado de tipos, en los que se veía que el refinamiento y el cuidado de su indumentaria no era, desde luego, el rasgo más saliente. Había gentes de todas las edades; muchos muchachos. Aunque algunos estaban con sus ropas bastante completas, en general dominaban los pantalones, hechos jirones, de manta, es decir, tela de algodón blanca. El aire de todos ellos era duro, y se adivinaba la fiereza de los hombres obligados a vivir en la selva durante años. El rasgo común era el lazo rojo y negro que adornaba su sombrero. Muchos llevaban una gran mascada del mismo color sujeta al cuello. Las armas eran un rifle y el machete que llevaban colgado al cinto. Algunos llevaban dos pistolas, y bastantes bombas de mano. Estábamos junto al panteón del pueblo, y flotaba en lo alto del muro la bandera sandinista rojinegra.
Uno de los jefes comenzó a hablarme después que marchó el mensajero. Tenía casi las dos orejas cortadas. Era comunicativo, y me indicó que le habían macheteado terriblemente hacía poco tiempo. No tenían en la montaña, me decía, ni medicinas, ni vendas, ni nada; pero se las arreglaban como podían, curándose con unas hierbas. No estaban muy seguros de la paz, y por eso ejercían una vigilancia continua.
El otro jefe, con buenas botas de montar y un aire guerrero y petulante, alto y bien formado y envuelto como en una clámide en una gran capa impermeable, se paseaba impertérrito desafiando la lluvia.
Por fin, llegaron dos soldados con un mensaje del general Sandino, en el cual se manifestaba que tenía permiso para permanecer en el campamento y me recibiría al día siguiente. El papel traía señalado el típico sello de Sandino, en el que se ve un circulo con el lema “Patria y libertad”, y en el centro, un guerrillero sandinista empuñando un machete para cortar la cabeza a un soldado americano, a quien agarra con la otra mano por la cabellera, mientras lo pisa en el vientre, sujetándolo en tierra. ¡Vaya un valiente símbolo antiimperialista!
Los jefes del destacamento estaban ya tranquilizados y pude entrar en el campamento libremente, mientras comenzaba a caer la noche.
CAPITULO V
Llegan las columnas sandinistas.
Un día, de mañana, comenzó a oírse en el campamento el tableteo de las ametralladoras, allá a lo lejos, en los cerros boscosos que rodean a San Rafael del Norte. Hubo cierto revuelo, precursor de un movimiento inmediato. Los destacamentos que guardaban las entradas del pueblo requirieron sus armas, y la trinchera de una especie de blockhouse situado junto a la casa de Sandino comenzó a verse llena de caras inquietantes. Sin duda era algún ataque de la Guardia Nacional, algunos de cuyos elementos no parecían conformes con la paz y atacaban en varios puntos a las columnas sandinistas, que se reconcentraban. En el campamento nuestro había cerca de 1,000 hombres en ese momento.
—¡Que vengan, que vengan! —decían algunos soldados—. ¡Van a llevar su merecido esos vendepatrias!
Pero era un rumor infundado. Algunos soldados destacados volvían diciendo que no se trataba de ningún ataque, sino que era la columna del coronel Raudales, que se acercaba, y que había sido atacada, eso sí, la víspera por las fuerzas de la Guardia, que trataron de sorprenderlos al amanecer, en el campamento improvisado del bosque. Los disparos no significaban otra cosa que la alegría de los soldados al regresar al campamento general después de meses de ausencia.
Poco después entraba el coronel Raudales con su gente. Podrían ser alrededor de 200 hombres, de la más variada catadura, secos y endurecidos por la intemperie y las privaciones; unos, los menos, de tez blanca y hasta rubios; otros, con el tono moreno claro del mestizo de la región, y bastantes, indios de la montaña, con su aire reconcentrado, y hasta algún negro corpulento de cabellera encrespada. La ropa de muchos de ellos eran verdaderos harapos, y asomaba el bronce de la piel en una buena parte a través de los jirones de la camisa o del pantalón. Los sombreros, de fieltro algunos y de palma los más, llevaban como distintivo el clásico lazo rojinegro. Unos, menos de la mitad, portaban rifles Springfield, de los del ejército americano, y el resto, pistola y machete o únicamente machete. En cuanto al calzado, diré que las botas escaseaban, que una gran parte llevaban el clásico huarache, a base de una tira de cuero sujeta por correas, que es el calzado típico en el campesino de una gran parte de Sudamérica.
Delante iban los hombres montados, que serían aproximadamente una tercera parte, sobre las mulas pequeñas y resistentes de la región y unos matalotes escuálidos que parecían seguir a duras penas el paso de la columna.
Diríase que en este destacamento, como en todo el ejército de Sandino, estaban representadas todas las edades del hombre. Había viejos de cabellera bastante cana y el aire encorvado y muchachitos verdaderamente infantiles, de doce a catorce años, que portaban su fusil y seguían con paso aguerrido la marcha de la columna.
El jefe de las fuerzas, el coronel Raudales, era un tipo interesante, con el aire inteligente y decidido y una prestancia generosa y romántica. Seco y estirado, el aire nervioso y ardiente, sus bigotes levantados y tocado de un amplio sombrero de fieltro, no haría mal papel colocado entre los tercios del cuadro de las lanzas de Velázquez.
Raudales, un antiguo hacendado rico, a quien los americanos habían destruido sus propiedades, contaba ahora a Sandino los incidentes del ataque de la Guardia Nacional, que los había tratado de sorprender en su campamento el amanecer del día anterior. Felizmente, según decía, aun cuando plantaron las ametralladoras enfrente de ellos, estaban ya preparados, y pronto rompieron el fuego contra el enemigo, que no respetaba la tregua firmada. Fue un milagro que no les hicieran más que unos heridos de poca importancia.
Desfiló la fuerza ante Sandino en línea india de a uno, con su bandera al frente, rústica bandera cuya asta estaba formada por un palo del bosque, aun sin descortezar, que sujetaba un abanderado montado, que iba al frente. Desfilaban los hombres con aire sombrío y cansado, mientras sus pies chapoteaban en el barro, rompiéndose de pronto la monotonía de la marcha con algún ¡viva estentóreo!, que era coreado por todos: “¡Viva el general Sandino! ¡Viva el ejército de la independencia!”
Yo contemplaba a Sandino, el pequeño jefe, de pie, rígido junto a la puerta de la casa que le servía de habitación, en las hileras de casas junto al camino que forman el pueblo de San Rafael del Norte.
El caudillo estaba pensativo, y su cara, ensombrecida por arrugas prematuras, reflejaba, con una expresión tan suya, yo no sé si una reflexión profunda o un íntimo dolor. Su vista parecía fijarse, más que en los pobres soldados que, batidos por las privaciones, pasaban por delante, en algo lejano e invisible. Sandino no tenía el aire fiero del guerrero a quien la lucha endurece el semblante y a quien el peligro y las necesarias crueldades de la guerra acucian sus nervios y dan una inexorable inflexibilidad a su mirada. Su rostro reflejaba la psicología del hombre hecho para el pensamiento y para la fantasía, de Hombre Espiritual convertido en cabecilla por obra de la fatalidad.
No; en aquel momento, situado ante nosotros en una escena espontánea e imprevista, no era el soldado de vocación guerrera, ni siquiera quizá el hombre de acción provisto de un sistema nervioso que le impulsa a la lucha. Aquella mirada vaga y profunda, que parecía mirar a las lejanías, saliendo del marco de una cara macerada, mitad de santo, mitad de pensador, nos revelaba el hombre de ideología vaga y lejana de sus confidencias, el espíritu atormentado, pero preciso y definitivo en sus convicciones; la voluntad ardiente y espiritualizada. Fue ésta una de las primeras impresiones del caudillo, que luego se iba a afirmar en mi trato constante con el mismo.
En los días sucesivos continuaron entrando más fuerzas. Había llegado ya el general Gómez, que también fue atacado por las fuerzas de la Guardia Nacional en Zaraguasca, en un punto próximo al campamento, y Peralta e Irías, con sus fuerzas respectivas. Faltaba el general Pedro Altamirano, el temible Pedrón, el terror de las gentes que tenían algo que ver con los americanos, a los cuales no perdonaba nunca.
Pedrón entró con muy poca gente. Aunque su columna era de unos 300 soldados, se vino apenas con 50 ó 60 y el resto lo había destacado al mando de algún subalterno. Cuando Sandino marchó a Managua, decidido, de la noche a la mañana, a ofrecer la paz por sí mismo, sin otra transición que una noche de insomnio, agitada, Pedrón fue el que más se opuso a que el general se fuera. El viejo tigre de la montaña, de aire feroz, mitad socarrón, con una sonrisa escondida en lo espeso de sus bigotes grises, lloraba como un niño. Sandino no tenía entre sus soldados un hombre más devoto, que más creyera en él. Era un perro fiel, un guerrillero incansable, que cuando Sandino marchó a México, donde estuvo cerca de un año, sostuvo él casi solo, en la montaña, las acometidas de los invasores.
Hay en la vida de Pedro Altamirano un destino injusto: la persecución de la ley inexorable, como en el héroe de Los miserables, que lo lanzó a cuantas revoluciones ha habido desde muchos años atrás, para evitar la persecución incesante de la justicia vengadora por algún delito de sangre cometido en su juventud. El viejo guerrillero, corpulento y macizo, de casi setenta años, fue el mejor apoyo que tuvo al principio Sandino en su rebelión contra los invasores. Pedrón adquirió fama temible, porque se le acusaba de aplicar “el corte del chaleco” a todos los prisioneros, así como a los nicaragüenses que consideraba como traidores por contactos con el enemigo o por no cumplir los mandatos del jefe supremo.
Parece que el famoso “corte del chaleco” lo aplicó primero algún jefe americano contra los soldados sandinistas o los supuestos espías o simpatizadores de la causa, siendo luego copiado por las fuerzas de Altamirano para ahorrar municiones. Consistía en aplicar la muerte de un machetazo, a cuya ejecución la ferocidad de los soldados añadía a veces el corte de los brazos de raíz, lo que dio lugar a la denominación de “corte de chaleco”. Imagínense estos hombres, perseguidos como fieras, a quienes las fuerzas de invasión destruyen con frecuencia sus hogares y matan sus familias, y se deducirá que el “corte del chaleco” o “el cumbo”, otra manera de descabezar con el machete, no estaba muy lejos de la realidad.
Cualquiera que fuera la dureza empleada en las represalias de los jefes sandinistas, lo que no es cierto es que su móvil fuera el lucro, sino el sentido de un rigor que creían necesario en un país sometido al temor de las fuerzas de ocupación americana.
Achacaban a Pedro Altamirano, por ejemplo, el haber mandado matar, poco tiempo atrás, a un miembro de una de las familias más connotadas de las Segovias, el cual, hecho prisionero de improviso, ofreció una verdadera fortuna si le perdonaban la vida. Pero Pedro se mostró inexorable, y la cabeza del perseguido cayó como la de algunos otros más humildes. Altamirano se justificaba expresando que todos los que no cumplían la orden del general Sandino de abstenerse por completo en las elecciones recientes, controladas por los americanos, eran reos de un delito contra la patria, y debían seguir su pena.
Claro que al lado de este y otros casos, que dimanan de una necesidad autoritaria de mantener un sentido de firmeza patriótica, ha de haber habido crueldades aisladas, venganzas injustas, opresiones indefendibles. Pero a esto responden los sandinistas: “¿No saben ustedes la guerra de exterminio y de horror llevada por los americanos en la montaña? ¿La destrucción sistemática de gentes pacíficas, de habitaciones y de ganado, destrucción que muchas veces se llevaba a cabo sin ninguna clase de comprobación ni de concomitancia con los rebeldes, motivada solamente por el espíritu sanguinario de algunos de los jefes?”
Y lo cierto es que, oyendo a muchos soldados sandinistas, yo he sacado la convicción de que la guerra de exterminio llevada a cabo por las tropas de ocupación, por lo menos algunos de sus jefes, llevó a los rebeldes una gran parte de sus hombres y afirmó en éstos y en la región un espíritu patriótico, un ansia de libertad que antes no tenían.
Habían llegado ya casi todas las pequeñas columnas, que formaban algo más de 3.000 hombres, entre la gente armada, las reservas y los espías, que pudieran llamarse volantes. Estaban ya el general Colindres, un jefe inteligente y de los más distinguidos, excelente conservador, animado de espíritu de libertad, patriótico y sencillo; el general Umanzor, hondureño, alto y cetrino, dotado, corno los otros, de un afecto personal extraordinario al general Sandino, de quien dice no se apartará .nunca: Gómez, otro de los generales, con aspecto de campesino bondadoso (cuyas aspiraciones son dedicarse a la agricultura en la zona del Atlántico, de donde es originario); Irías, un hombre de cerca de cincuenta años, con el moreno del indio, pequeño, amojamado y puro espíritu; Peralta, un hombre cetrino y severo, alto, de negros bigotes, en cuyas manos no me gustaría seguramente caer como prisionero o siquiera como sospechosa.
Había comenzado a salir frente desarmada del campamento y llegaban noticias, a veces, de que los licenciados eran maltratados o encarcelados por la Guardia Nacional y hasta que habían matado a varios en algunos puntos, de paso para regresar a sus casas.
Hablando con algunos jefes o soldados, yo veía un ambiente un poco turbio, y me acordaba de las palabras del oficial de la Guardia Nacional de Jinotega, que me anunció un zafarrancho para antes de quince días.
Un día Sandino, nervioso, después de haber hablado largo tiempo con él, me dijo:
—Piba usted por ahí que yo no quiera salir al campo más que cuando sea necesario, en un caso de invasión. Lo demás, no. No quiero luchar contra mis hermanos. Pero si fuéramos a la montaña, es que nos echan, que nos obligan a hacerlo. Vea usted lo que está pasando.
CAPITULO VI
Cómo surge el caudillo.
En la vida de Sandino se ve que los hombres a veces llegan a la gloria por los caminos más vulgares e insospechados. Hay de pronto en ellos como la revelación de una gran fuerza interior, y es el momento en que se muestran superiores a sus semejantes y se convierten en héroes.
Esa gran fuerza interior no es ajena al ambiente y surge siempre en una familia o en un medio donde se ha rendido culto a los ideales.
La vida de Sandino me ha sido revelada en gran parte por él mismo, o por su padre, don Gregorio, con quien conviví durante los días que estuve en el campamento, y en cuanto a los episodios militares transcurridos hasta esa fecha lo sé por las conversaciones habidas con estos señores o con los jefes y soldados del campamento.
Sandino es del pueblo de Niquinohomo, un pueblecillo que tiene poco más o menos de 1.000 habitantes, donde la familia era de las más consideradas por su posición, si no la principal. El padre del general Sandino, como su abuelo, tenía algunas propiedades ganaderas en los departamentos del centro y comerciaba también con el ganado, haciendo a veces largos viajes a Costa Rica, donde las reses tenían un buen mercado. Don Gregorio Sandino era aficionado a la lectura, y le eran familiares los nombres de la antigüedad clásica. Esto es por lo cual puso los dos nombres mencionados del guerrero y del filósofo a sus dos hijos.
Es de advertir que la imposición de los nombres elevados de la antigüedad es algo muy frecuente en este país. Yo recuerdo haber tenido, en una comida de pueblo, a un lado a un Orlando, no el furioso ciertamente, y un sencillo hombre doméstico que se llamaba Alcibíades. Horacio, Homero, Aquiles o César Constantino puede decirse que son casi vulgares.
Por lo que he oído a uno de sus compañeros de escuela, Sandino no se reveló por su gran talento en la enseñanza primaria. Más bien era en esa época del pelotón de los torpes y parecía no haber en él nada que pudiera dar destellos en su inteligencia o en su carácter. Pero de pronto se operó en él un cambio notable. Después de la enseñanza primaria hizo otros estudios secundarios de comercio, y a los dieciocho años se marchaba del pueblo, como consecuencia quizá de un incidente desagradable que tuvo con algún vecino del lugar. Después de alguna estancia en los países de Centroamérica, se dirigió a Tampico, donde residió algunos años. Olvidábamos decir que su padre fue en la región, un miembro bastante conspicuo del partido liberal.
Unos años más tarde vemos a Sandino, en el mismo puerto de Tampico, trabajando en una compañía petrolera. Es allí donde, aprovechando el tiempo que le deja libre el trabajo, se dedica a la lectura y donde se empapa de conocimientos teosóficos y de cuestiones sociales.
La guerra constitucionalista contra el partido conservador, al que apoyaban los yanquis, terminaba el 4 de mayo de 1927 con la paz de Tipitapa, en la cual Moncada se comprometía, en nombre del partido liberal y usando de unas atribuciones que no tenía, a entregar las armas a los intervencionistas. Previamente, el almirante Stimson había hecho saber que como los liberales no se entregaran intervendrían los Estarlos Unidos por la fuerza hasta conseguir la rendición de los rebeldes. Esta guerra hace venir a Sandino de Tampico a su país; es el preámbulo de su actitud de rebelde de la independencia. Oigamos a Sandino, que al comienzo de esta faena está todavía en Tampico, cómo se incuba en él el ideal de independencia y cómo, con espíritu de vidente, llega el día en que se cree llamado a llevar adelante la causa de la libertad patria contra el intervencionismo americano.
«Esta misma intervención —nos ha dicho— ha sido causa de que los demás pueblos de Centroamérica y México nos odiaran a nosotros los nicaragüenses. Y ese odio tuve oportunidad de confirmarlo en mis andanzas por esos países.
»Me sentía herido en lo más hondo cuando me decían: “Vendepatria, desvergonzado traidor.
»Al principio contestaba a estas frases que, no siendo hombre de Estado, no me consideraba acreedor a esos títulos deshonrosos; pero después vino la reflexión y comprendí que tenían razón, pues, como nicaragüense, yo tenía derecho a la protesta, y supe entonces que en Nicaragua había estallado un movimiento revolucionario. Trabajaba entonces en la Huasteca Petroleum Co., de Tampico; era el 15 de mayo de 1926. Tenía mis economías, que montaban a cinco mil dólares.
»Tomé de esas economías tres mil dólares, y me vine a Managua; me informé de lo que pasaba y me fui a las minas de San Albino, naciendo a la vida activa de la política, cuyos detalles todos conocen.
»Terminó la llamada revolución constitucionalista, en que Moncada vio que podía realizarse su vieja ambición de ser Presidente, sin fijarse en los medios que debían llevarlo hasta allí, sin tomar en cuenta que se entregaba al país nuevamente al interventor, y hasta olvidando a los delegados del doctor Sacasa, doctores Espinosa R. Argüello y Cordero Reyes, quienes, una vez en esta capital, lanzaron un manifiesto, dando a conocer las intenciones de Moncada y expresando que no eran esas las instrucciones del doctor Sacasa. Así entregó las armas Moncada. Comprendí que éste traicionaba los intereses de la revolución, pues así lo declaró el doctor Sacasa, y comprendí también con amargura que eran defraudados los ideales del pueblo nicaragüense.
»No era posible que yo fuera indiferente a la actitud asumida por un traidor. Recordé en esos momentos las frases hirientes con que nos calificaban a los nicaragüenses en el exterior. Así pasé tres días en el cerro del Común, abatido, triste, sin saber qué actitud tomar, si entregar las armas o defender el país, que reclamaba conmiseración a sus hijos. No quise que mis soldados me viesen llorar, y busqué la soledad.
»Allí solo, reflexioné mucho, sentí que una voz extraña me decía: “¡Vendepatria!” Rompí la cadena de reflexiones, y me decidí a luchar, comprendiendo que yo era el llamado para protestar por la traición a la Patria y a los ideales nicaragüenses, y que las balas serían las únicas que deberían defender la soberanía de Nicaragua, pues no había razón para que los Estados Unidos intervinieran en nuestros asuntos de familia. Fue entonces cuando publiqué mi primer manifiesto.»
Ya tenemos a Sandino, después de lanzado el Alea jactaest de su actitud definitivamente rebelde. No es un impulso momentáneo. En adelante, ni las voces de sus familiares, que consideran como una locura la lucha de su ejército de pigmeos contra los americanos, ni la deserción de sus soldados, ni los dolores de la campaña, ni las tentaciones de la riqueza, le harán abandonar su decisión. Su carácter tiene la fuerza del acero, y el decaimiento de los soldados que le rodean, la imposibilidad de pensar en el éxito, hasta la rechifla de muchas gentes se estrellan contra su ánimo indomable. Adelante hasta la muerte, que es el único final que puede esperar de su actitud rebelde contra el coloso del Norte, herido en su amor propio, y contra la autoridad militar de su jefe, el general Montada.
La campaña constitucionalista se había verificado sobre todo en el Atlántico, y la paz se firmaba, como decimos, en Tipitapa, cerca de Managua.
Sandino salió del cerro del Común con unos 400 partidarios, dirigiéndose a Las Segovias. Allí se apoderó de Jinotega, defendida por unos cientos de hombres; pero la lealtad de su gente comenzaba a quebrantarse. Habló a sus soldados, los arengó y les dijo que era preciso combatir hasta la muerte contra la intervención yanqui.
Sin embargo, siguió adelante hacia la montaña, para evitar la pérdida de las armas de los que se fueran. Ya en El Chipote hizo dar un paso al frente a los que quisieran permanecer con él. Entre los que habían marchado antes y los que ahora se fueron, sólo le quedaban 29 hombres; con él, 30. ¡Buen ejército para luchar contra la intervención yanqui!
Estando en El Chipote, recibió la nota del almirante Sellen, en que explicaba los motivos de la intervención y establecía que los americanos permanecerían en territorio nicaragüense hasta la celebración de las elecciones, que estaban encargados de vigilar.
Poco antes había tenido una entrevista con su padre, don Gregorio, quien me contaba que era amigo de Moncada, y éste lo comisionó para que hablara a su hijo, convenciéndolo de la inutilidad de su gesto. Don Gregorio le siguió los pasos y pudo alcanzarle más allá de San Rafael del Norte.
Me decía don Gregorio que él, convencido de la locura de la rebelión, le decía las palabras que Moncada le transmitía; que en este mundo, los redentores salen sacrificados, y que el pueblo nunca agradece nada. Era en pleno campo, y discutían los dos junto al puñado de soldados que tenía Sandino. Al ver éstos que el caudillo persistía en sus razones y que decía que su vida estaba ya lanzada, se pusieron a dar estrepitosamente vivas a su jefe.
Entonces don Gregorio tuvo un gesto notable, y escribió al otro hijo, Sócrates, para que se uniera a la causa de su hermano.
Cuando Sandino dio a conocer a sus soldados los términos de la nota Sellen, la fe de éstos comenzó a vacilar de nuevo y trataron de retirarse casi totalmente. Es de advertirse que ya para entonces el guerrillero había conseguido aumentar hasta 200 el número de los 29 soldados que le habían quedado a su llegada. Vio la causa perdida, y cono el caudillo no ha ocultado nada a su gente y ha jugado siempre con las cartas limpias, les dijo que él estaba conforme con que se celebraran las elecciones y los americanos tomaran el control del país hasta la terminación de las mismas; pero que vieran que la intención de los yanquis sería quedarse siempre en Nicaragua.
Redactó su nota y la envió al almirante Sellen.
Pero esa nota nunca se contestó. En cambio, llegó una notificación del capitán Hartfied, de Ocotal, exigiendo la entrega inmediata de todas las armas, en un plazo de cuarenta y ocho horas.
En ella le recordaba la vida de Aguinaldo, en Filipinas, que después de haber combatido a los americanos, se convirtió en el más leal amigo suyo.
Aquí se revela de nuevo el gesto indomable del general Sandino. En vez de amedrentarse o de tratar de esconderse en la selva, reunió a sus jefes y les propuso un ataque directo a la plaza de Ocotal, dentro de las cuarenta y ocho horas que Hartfied exigía para la entrega de las armas.
Dos días después, antes de amanecer, llegaban al citado pueblo, iniciando el ataque contra el cuartel, donde la guarnición americana se mantenía fuertemente fortificada.
De madrugada ya, y visto lo difícil de la toma del fuerte por un ataque directo, el general Colindres, entonces capitán, que llevaba el ataque, decidió proceder al incendio del referido cuartel, y ya se habían apoderado de un edificio próximo, cuando una Comisión de vecinos se acercó pidiendo que no llevaran a efecto el incendio, que iban a poner en peligro al pueblo entero.
Accedió Sandino, cuando poco después se presentaban los aviones americanos, en número de siete, iniciando un fuerte bombardeo, secundado por el fuego de los sitiados.
La posición de los atacantes, cogidos entre dos fuegos y con un amplio campo abierto en las afueras, sacudido por las bombas aéreas, era más terrible y de una peligrosa retirada. El fracaso era completo, y Sandino dio orden de que todo el mundo se retirara como pudiera, tratando de llegar al pueblo de El Jícaro, enclavado en el extremo norte de la montaña.
Fue una jornada dolorosa y deprimente en extremo. Sandino apenas pudo ganar la montaña con un puñado de los suyos. Sus tropas estaban desbandadas y diezmadas por el fuego de los aviones, y su moral rota.
Para un carácter menos firme que el del general Sandino, aquella lucha hubiera sido una jornada decisiva. ¿Qué podrá hacer en lo sucesivo? En poco tiempo iba a tener cercándole los 10 ó 12.000 marinos que estaban entonces en Nicaragua.
Pero el formidable guerrillero no se abatió en la desgracia. Allí, en El Jícaro, comenzó a reunir a su gente; y poco después lo vemos en el campamento de El Chipote, reorganizando sus fuerzas y resistiendo a las tremendas acometidas de los marinos yanquis, que se disponen a cortar la rebelión de raíz, con todo el empuje de sus tropas y la fuerza destructora de sus aviones.
CAPÍTULO VII
Una guerra de exterminio en la montaña.
Para comprender la lucha extraordinaria que Sandino ha mantenido durante más de seis años contra las tropas americanas de ocupación y últimamente contra la Guardia Nacional nicaragüense, mandada por jefes yanquis, se precisa tener una idea del territorio en el cual ha operado el moderno libertador centroamericano.
El campo de lucha de este pequeño ejército de Sandino ha sido una buena parte del Norte de esta República, especialmente el territorio conocido con el nombre de Las Segovias, al que, sin duda, los conquistadores denominaron así por cierta semejanza topográfica que ofrece este país con la zona montañosa de la provincia de su nombre en España.
Está Nicaragua dividida en departamentos. Su suelo es maravillosamente bello y fértil. Sus volcanes, sus lagos, sus magníficos bosques vírgenes, algunos de los cuales casi no están hollados por las pisadas del hombre, hacen de él un país de fantásticos paisajes. En cuanto a sus producciones, ofrece toda la gama de un país tórrido y templado a la vez, según sus altitudes, desde los cereales hasta el cacao, pasando por los frutos más variados, y el café, base principal de la riqueza nicaragüense. En este país de tantas bellezas no es extraño que exista una raza imaginativa y exuberante. La riqueza de imaginación y éxito de Rubén Darío parece un enigma cuando sólo se conocen otros países de América. Al conocer Nicaragua, se ve que Darío es hijo legítimo de este país de fantasía y de eterna primavera.
Téngase en cuenta ahora que toda la República comprende una extensión de unos 140.000 kilómetros, y que los cuatro departamentos del Norte donde operaba Sandino forman una extensión de unos 30.000 kilómetros, para deducir que la guerra afectaba a una buena parte de la República. La zona afectada es mucho mayor, por ejemplo, que la de los rifeños en su lucha contra España, ya que todo el Rif no llega a los 18.000 kilómetros cuadrados, aun cuando la naturaleza del terreno permitía a los sandinistas cubrir más territorio con bastante menos gente. Como toda guerra de guerrillas, una y otra han tenido sus analogías. Pero la lucha de Sandino es una lucha invisible por excelencia, en la que las columnas microscópicas permanecen siempre escondidas al acecho, en la selva, y casi ni se dejan ver en el momento de la emboscada.
Esta inmensa zona se extiende desde casi el centro de la República, en dirección Norte, hasta la frontera de Honduras, que cubre completamente los límites nicaragüenses en esa dirección. Al Oeste, desde el mar Pacífico, el terreno se va elevando desde las llanuras de León y Chinandega hasta las alturas de Nueva Segovia, donde comienzan a formarse los inmensos bosques inexplorados. La región atlántica, al Este, es baja y boscosa también y termina en la zona de los suampos o pantanos, de llanos extensos, completamente inhabitables.
Son cinco más bien los departamentos que sufren los efectos de esta lucha: cabo de Gracias a Dios, en el Atlántico; Chinandega y Estelí, en el Pacífico, y Jinotega y Nueva Segovia, en el Centro. Un gran río, el Coco, desciende desde las alturas de Nueva Segovia hasta el mar, recorriendo una distancia de varios cientos de kilómetros, y formando un caudal apto para la pequeña navegación; pero donde las caídas de agua, los randales, como les llaman las gentes del país, impiden que aquélla sea continua. Este río, sin embargo, por su amplitud, ha sido mirado con atención en algún tiempo por los americanos, como base de una posible comunicación entre el Atlántico y el Pacífico, y como un proyecto que quizá fuera preferible al del lago de Nicaragua, en su deseo de tener un canal substituto para el de Panamá.
La situación de todo este territorio se comprende mejor si el lector se figura una especie de rectángulo, como un cinturón de tierra, entre dos mares (cinturón que en el mapa general de América viene estrechándose paulatinamente hacia el Sur, teniendo su máximo estrechamiento en Panamá). Este rectángulo tiene una parte exterior de zona cultivada y bastante población y una interior completamente boscosa y casi impenetrable. La zona exterior está bastante habitada y tiene como pueblos de más importancia Matagalpa y Jinotega, al Sur; Ocotal, en el Oeste, y El Jícaro, al Norte, dominados por las fuerzas americanas o la Guardia Nacional. Es una zona de pastos y de café y de montañas muy grandes, en cuyos altos suelen verdear los pinos.
De manera que en este rectángulo, de 30.000 kilómetros aproximadamente, las tropas de ocupación dominan en la parte exterior; en todos los poblados de importancia, en cuyas calles exteriores aparecen siempre las bocas de las ametralladoras. Así, en Ocotal, Matagalpa y Jinotega. Los sandinistas se limitan a hacer excursiones de vez en cuando, vigilando desde las lomas próximas y cayendo sobre las fuerzas contrarias cuando la ocasión las brinda una oportunidad. En esta parte la población, en contacto íntimo con los americanos, mantiene cierta simpatía hacia el guerrillero; pero su moral, decaída por el aparato de fuerza de aquéllos, guarda una estricta neutralidad, sin permitirse, de ordinario, externar sus afectos a Sandino. El verdadero refugio del caudillo es el bosque, un bosque inmenso, tropical, que cubre con su fronda gigante la cadena de montañas que se suceden hasta la frontera de Honduras y llega hasta las llanuras del Atlántico. Lo habita una raza de indios, más o menos amestizados, a quienes los primeros invasores y el avance de los colonos los movió a refugiarse en las anfractuosidades de la montaña e hicieron su centro en las riberas del río Coco.
Pero subsiste, en grandes extensiones, el bosque virgen, no hollado por el hacha ni casi por la presencia humana, silencioso y profundo. Quien conoce la selva tropical, sabe de ese sentimiento frío de soledad que allí se apodera del alma, con una mezcla de admiración y de tristeza. Es un silencio distinto del silencio de la gran llanura solitaria, donde el espíritu descansa en la diafanidad de las cosas vistas y dominadas. En la gran selva, el silencio parece esconder algo en acecho. Algo que puede precipitar una cosa imprevista. El vuelo inesperado de un ave, los pasos silenciosos de algún animal salvaje en acecho hacen volver la vista, pensando en algún peligro. Aves, fieras, hombres, guardan en la selva una compostura extraña, como si un respeto religioso los dominara. Los árboles gigantes, el cedro, con su tronco obscuro; el matapalo, de corteza plateada, etc., dan la sensación de un mundo imponente y grandioso. La selva, coronada por una fronda casi impenetrable, mantiene el espacio en una semioscuridad, que contribuye a dar al espíritu la idea del misterio que produce lo grandioso y lo desconocido.
El ejército invasor tiene la ofensiva y trata de avanzar por distintos puntos de la zona habitada, para estrechar más y más al guerrillero libertador, para sorprender sus campamentos, ametrallar a sus gentes y apoderarse de sus avituallamientos, sobre todo de sus reservas de ganado, que Sandino oculta y tiene en los claros del bosque. Adelante van los marinos por los pequeños senderos que a veces hay en el bosque, comunicando unas zonas con otras, o siguen la pista de los sandinistas en las partes más difíciles e inaccesibles. El espíritu jovial del yanqui, la animación y algarabía de su vida de marinos, no dejan de sentir el choque impresionante de la selva, donde todo parece conspirar contra ellos. Y las risas o bromas del campamento o del campo abierto se transforman en un cauteloso silencio o en unas breves palabras, que se mezclan al rumor de sus pisadas. Y de pronto se ve brillar el fogonazo de un disparo, y antes de que puedan echarse el rifle a la cara o montar en el trípode una ametralladora, suena un sin fin de disparos, con el tableteo de la Thompson, que parece tomar respiro durante breves momentos, para reanudar en seguida sus secos disparos. Y apenas ven unas sombras que se mueven entre los árboles o en los herbajos del suelo. Y es entonces cuando las sombras se incorporan y resuena en el bosque el bárbaro estampido de las bombas de mano. Y durante las descargas, sobreponiéndose al repique de fusiles y ametralladoras, se oye el temible grito: “¡Viva Sandino! Viva el ejército libertador!”
Los marinos son bravos y además saben que si son hechos prisioneros en el combate, no salen con vida, y avanzan con el rifle o la ametralladora de mano, disparando sin cesar. Las palabras son breves y decisivas: “¡Adelante sobre los bandoleros!” Unos caen, otros siguen avanzando. ¿Pero qué ha pasado? Ya los contrarios no disparan, ni gritan, y parece que se han desvanecido como una sombra. Sólo resuenan en el aire los gemidos y los juramentos de los heridos, que se retuercen en el suelo. De nuevo las guerrillas, que se han formado en orden de ataque, se reconcentran y emprenden la vuelta al campamento, quizá después de haber arrasado alguna choza o de fusilar a sus habitantes, para poder llevar a los jefes alguna prueba de las bajas hechas al enemigo.
Así es la guerra de Sandino; guerra de emboscadas, de soldados invisibles, dotados de una puntería maestra; pero tan escasos de municiones, que a veces reciben la orden de no disparar más de dos o cuatro tiros y desaparecer en seguida. Pero a veces también los combates se prolongan y los combatientes, que luchan a 30 ó 40 metros de distancia, se acercan más y salen a relucir las pistolas y los machetes se levantan furiosamente sobre las cabezas contrarias, hasta que abaten al núcleo enemigo o la orden de escapar viene.
Este sistema de incesante ofensiva está basado en una red de espionaje, que es como el sistema nervioso de toda esta máquina militar del sandinismo. Toda la montaña está conspirando contra el invasor. Probablemente no en un principio. La ideología de estas gentes es simple y primitiva, y muy fácilmente no hubieran dado importancia transcendental a la ocupación americana si no se hubieran visto acosados y perseguidos como animales dañinos.
Desde que la lucha se generalizó, se inicia en los americanos el furor de aniquilamiento de una región, donde ven en cada cabaña un centro de vida hostil y en cada habitante un guerrillero o espía. Con frecuencia enfilan sus ametralladoras contra las casas que encuentran en el camino o contra las reses que topan en algunos puntos, con la idea de llevar el terror y la desolación al territorio rebelde y de hacer imposible la vida del enemigo. Y así, con estas persecuciones y matanzas, llega un momento en que toda la montaña o está luchando con Sandino o coopera con él en su incesante espionaje. Los menores movimientos americanos o de la Guardia Nacional son vigilados y transmitidos al Chipote por andarines, que se relevan en su comisión de llevar noticias. Cuando alguna columna del ejército de ocupación se mueve, ya Sandino ha destacado fuerzas para preparar la irremisible emboscada. Y el caso para el jefe libertador es hacer el mayor daño posible y sufrir lo menos que pueda; es decir, atacar y desaparecer inmediatamente. Sandino tiene en sus manos, desde su refugio invisible, todos los hilos de su sistema guerrero, moviéndolo incesantemente, haciéndolo avanzar y retroceder, en un sentido y en otro, hostilizando enteramente a las tropas contrarias.
El ejército de Sandino ha variado en los distintos períodos de la guerra, oscilando entre 2.000 y 3.500; pero de ellos, muchos no tenían rifle y actuaban de elementos de reserva, para substituir a los armados y para irse armando con los rifles tomados al enemigo; en muchos, la única arma era el machete y la bomba de mano.
Las columnas son muy pequeñas y de muy vario húmero. Hay columnas de 50 y de menos soldados y otras de 300 y más hombres. Sus jefes, los distintos generales Altamirano, Gómez, Colindres, Umanzor, Irías y Peralta, se distinguen por su mayor instrucción, sus dotes de organización y, desde luego, por su valor y don de mando.
El Chipote ha sido, durante una gran parte de la campaña, el centro de toda la trama defensiva del ejército libertador. El Chipote es un cerro no muy elevado en la parte más abrupta de la montaña. El cerro es una eminencia solitaria, que avanza sobre un pequeño llano, cubierto por el mismo bosque. Dos riachuelos pasan por ambos lados del mismo, y a uno y otro costado existen horadaciones y cuevas naturales, que han servido admirablemente para la defensa en los ataques de los aeroplanos. Porque en la ofensiva continua de los aviones enemigos, este cerro, donde estaba el campamento de Sandino, ha sido el punto más castigado. Día tras día llegaba la escuadrilla de aviones, dejando caer su carga destructora, resonando el bosque con terribles estampidos de las bombas aéreas. Pero detrás de los árboles, el corazón indomable de los soldados de Sandino no se amedrentaba y respondían con un vivo fuego de fusilería o ametralladoras, que abatían en ocasiones los aparatos contrarios. No menos de siete aeroplanos cayeron en manos de Sandino. El mismo caudillo, que tiene excelente puntería, abatió en alguna ocasión, con una Lewis, una máquina americana.
En esta tropa de Sandino, el núcleo principal ha sido nicaragüense; pero hay muchos de las otras Repúblicas centroamericanas que cuentan con algunos jefes distinguidos. Ha habido, desde luego, también mexicanos y de otros puntos de Hispanoamérica.
Los soldados eran absolutamente voluntarios, y no ganaban un céntimo. El compromiso era el de luchar en el ejército libertador hasta conseguir la total desocupación del país por los americanos o morir en la lucha.
Muchos tipos interesantes o pintorescos han desfilado por el ejército de Sandino. Por allí pasó Martí, un agitador comunista centroamericano, lleno de la fe ardiente de un apóstol, y que trató de convencer a Sandino de que diera un color social a la bandera antiimperialista, declarándose en favor del comunismo.
Sandino, que tiene sus ideas sociales definidas, pero que no cree en ninguna clase de reforma a base de la opresión de la libertad, rechazó las continuas insinuaciones del leader salvadoreño, y éste terminó abandonando las filas de Sandino.
Fue el mismo Martí el que luego dirigió el movimiento comunista de la República de San Salvador, que terminó con la espantosa carnicería que señalamos en otro capítulo. Quizá hubiera podido huir, pero el ardiente agitador había fracasado, y él mismo pidió que lo llevaran al cementerio, en unión de otro de los jefes, el estudiante Zapata, con quien fue fusilado.
Otro tipo interesante fue el de un alemán, que apareció también en las filas de Sandino, incorporándose a ellas sin ningún motivo particular. Había estado en la guerra europea y había sido herido en la cabeza, lo cual pudo ser motivo de sus rarezas; una especie de neurastenia que lo aquejaba. Por otra parte, como era rubio y hablaba apenas el español, daba lugar a sospechas de parte de los soldados sandinistas, con los cuales tenía a veces fuertes altercados. Nadie sabía su nombre.
Un día, estando lejos del campamento general de Sandino, el jefe de la columna, general Colindres, dio la orden de marcha para volver al “Chipote”. El alemán, no sé yo por qué motivo, no quería obedecer. Insistió el jefe, y el alemán se obstinaba. Aquél amenazó con el fusilamiento inmediato, a lo que el germano contestó irritado que él no quería que lo fusilaran, pero que se batiría inmediatamente con cualquiera de ellos, para ver si así lo mataban.
—Está bien —dijo uno de los jefes, el coronel Padilla, lleno de ira—; agarra una ametralladora de mano; ¡yo tomaré otra!
Se separaron los dos contendientes y echándose el arma a la cara, comenzaron a disparar. Una descarga, y Padilla caía en tierra, destrozado por la metralla.
Pero en los soldados se había despertado ya un violento furor.
—¡Ahora te mataremos de una vez! —gritaron algunos, amenazantes.
El teutón había sufrido también un cambio notable. Al ver a su contrario muerto, cayó en una profunda desolación.
—Sabéis lo que he hecho, ¡perros! —dijo—: ¡he matado a mi amigo! ¡El hombre que yo más quería! ¡Ya no me importa ir o no ir! Que me fusilen ¡No quiero nada!
—¡Sería mejor llegar donde el general Sandino! —observó el jefe Colindres.
—No, no; que me fusilen ya —insistió el alemán—. ¡Lo único que pido es que me entierren al lado de mi amigo Padilla!
Lo fusilaron. Y allí, en el silencio inmenso de la selva virgen, descansan unidos los cuerpos de los dos infortunados soldados de Sandino.
CAPÍTULO VIII
Combates y emboscadas.
En alguna ocasión nos ha dicho el general Sandino que en distintas épocas de la guerra habían llegado por el campamento gentes que habían estado en otras luchas armadas, especialmente en la guerra europea, y trataban de convencerle a él de que adoptara una táctica determinada, avalorada por opiniones técnicas de nota.
El, sin embargo, se había obstinado en seguir una forma especial de guerra de guerrillas, acomodada a la situación en que estaban, en un terreno montañoso y cubierto de bosque, hostigado de continuo por un ejército mucho más numeroso.
Tenía que acomodar su táctica a la necesidad de economizar gentes y municiones, adoptando un sistema de pequeñas partidas, que dieran una gran movilidad a su ejército y que impidieran que, cualquiera que fuese el fracaso de una columna, implicara un daño de gran consideración para su ejército libertador. Era, por otra parte, la mejor manera de esquivar las pérdidas grandes en los ataques aéreos.
Los americanos iniciaban un ataque de exterminio y tenían que defenderse, evitando a aquéllos la oportunidad de un ataque serio, en el cual debían llevar la peor parte y caer sobre el enemigo de una manera rápida y sólo a base de emboscadas.
La emboscada fue, pues, el sistema de guerra del general Sandino; eficaz sólo materialmente a base del utilísimo sistema de espionaje, que entonces empezó a crear. Dividió su minúsculo ejército en columnas de 100 a 300 hombres, de los cuales, al principio, muy pocos iban armados de rifles, y el resto fueron equipándose con las armas arrebatadas a los invasores.
El atrevido ataque a Ocotal, de parte del general Sandino, y sus movimientos en Las Segovias decidieron a movilizar a los americanos un fuerte contingente de 5.000 a 6.000 hombres, que entraron por Las Segovias, mientras un total de fuerzas parecidas se remontaban por el Atlántico, entrando por el río Coco. El movimiento era envolvente. El cuartel general de los marinos estaba en Telpaneca.
Para entonces se había puesto a precio la cabeza de Sandino, y se ofrecían 10.000 dólares al que lo entregara vivo o muerto. El teniente coronel Bruce, de la Marina americana, se ofreció para ir a atacar al caudillo nicaragüense, asegurando que llevaría su cabeza a Managua. Una mañana avisaron a Sandino sus espías que Bruce, a la cabeza de 500 hombres, se dirigía hacia El Chipote. Sin pérdida de tiempo, envió dos destacamentos, al mando de Estrada y Colindres, a preparar la emboscada en el cruce del camino del El Jícaro, por donde debían pasar los marinos. El jefe Colindres me contaba que todavía recuerda con verdadera pena el avance del jefe norteamericano, rodeado de sus oficiales, quien, todavía momentos antes de recibir la descarga fatal, decía a su cabalgadura: “No tener miedo, mula; no haber bandidos aquí.” Apenas había acabado de decir estas palabras, las sandinistas abrieron fuego a quemarropa y comenzaron a arrojar bombas, siendo las primeras víctimas el teniente coronel Bruce y la mayor parte de sus oficiales y muchos soldados. Poco después y mientras seguían recibiendo los marinos el fuego de los rebeldes, se desplegaron en guerrilla y comenzaron un fuego terrible de ametralladoras y bombas, tratando de envolver a aquéllos. La superioridad del armamento americano era demasiado grande y los sandinistas, siguiendo su táctica de siempre, se retiraron inmediatamente, recogiendo sus heridos.
Fue éste el combate de las Cruces, al que siguieron los de Zapotillal y los Puertos, y aunque en estas emboscadas los marinos sufrían fuertes golpes, la avalancha seguía avanzando por varios lados y amenazaban copar a la totalidad de las fuerzas nicaragüenses en El Chipote.
La situación iba siendo desesperada, y entonces se le ocurrió al jefe nicaragüense un ardid guerrero, que le permitió escapar de las garras de los marinos cuando ya éstos llegaban al “Chipote”, sin que hubiera fuerzas capaces de detenerlos. Durante la víspera del día en que esperaban el ataque definitivo se dedicaron todos a hacer grandes montones de leña en puntos diversos, que rodeaban su campamento. Al mismo tiempo hacían muñecos de zacate y revistiéndolos de alguna ropa, los ponían en distintos puntos, en actitud de disparar.
Al día siguiente, muy temprano, los aviones comenzaron con más actividad su obra destructora, cayendo en el campo una enorme lluvia de plomo, entretanto que los marinos hacían el fuego con sus lanzabombas. El anillo de los invasores se iba cerrando por momentos; pero la cuestión para Sandino era resistir hasta la noche, y ya entonces pusieron fuego a los montones de leña, dejando un grupo, que seguía hostilizando a los americanos. Al mismo tiempo que éstos concentraban el fuego sobre los famosos muñecos de zacate, el grueso de las tropas de Sandino, valiéndose del conocimiento del terreno, del tigre de la montaña, el general Pedro Altamirano, escapaba a una muerte segura. Y mientras los marinos y aviones seguían envolviendo el campamento en un fuego mortífero, que arrasaba a los árboles y los muñecos, Sandino se ponía a muchas leguas de distancia, amenazando a Matagalpa. Pero en lugar de atacar esta plaza, torció su ruta al Oriente y se dirigió al Atlántico.
Este viaje por la costa permitió a Sandino realizar una idea, que constituía una verdadera obsesión, y fue la destrucción de la mina de la Luz y Los Ángeles, donde se inculcó la idea de la intervención americana de Nicaragua, habiendo sido el instrumento adecuado el ex presidente Adolfo Díaz, que tuvo un cargo importante en la citada Compañía. Esta idea de imponer un castigo ejemplar a la Empresa se impuso a Sandino y sus soldados como una necesidad de justicia.
El encargado de ejecutar este castigo, el jefe Juan Romano, puso allí 60 quintales de dinamita. La destrucción fue completa. Al marchar de la mina el general Sandino se llevó al gerente de la Empresa, Sr. Marshal, quien, no habiendo podido resistir el rigor del clima de la montaña, murió de fiebre algún tiempo después. Este incidente iba a acentuar en la prensa amarillista americana los ataques contra el bandolero Sandino.
De vuelta de su gira del Atlántico a Las Segovias, la columna rebelde, fuertemente estrechada, sufre un ataque imprevisto en Zaraguasea, donde es herido el caudillo en una pierna, y tienen bastantes muertos y heridos. Esto ocurre el 19 de junio de 1930.
Poco después Sandino marcha a México. La noticia de la muerte del defensor de la independencia de Nicaragua había cundido por todas partes, y quiso aquél dar fe de vida y activar con su presencia en un país hermano la propaganda del ideal antiimperialista. Entretanto, el general Pedro Altamirano era el encargado de dirigir la campaña en una gran parte del territorio. Al despedirse Sandino, dirigió una sentida nota a todos sus soldados, explicándoles los motivos de su viaje.
La estancia de Sandino se prolongó en México mucho más de lo que él pensaba, debido a incidentes varios, que impidieron su vuelta al país. El imperialismo no perdía ocasión de anular al héroe que tanto daño causaba en el mundo con la leyenda de su patriotismo, y es entonces cuando alguien le ofreció una gran hacienda en México si desistía de continuar la lucha, ofrecimiento que rechazó indignado.
Por fin, consiguió volver a Nicaragua y reanudar su lucha incesante. Poco después se libra el combate del Bramadero, no lejos del río Coco, en el cual los americanos trataron de sorprender a los rebeldes una madrugada; pero prevenidos a tiempo, convirtieron aquel asalto de los marinos, en un triunfo.
Más tarde y en las riberas del mismo río Coco, sorprendían un día los sandinistas a sus perseguidores en plena noche y durmiendo en su campamento. Para distinguirse en la obscuridad, los nicaragüenses se desnudaron casi completamente y entraron al ataque con pistola y machete. En ese ataque los marinos sufrieron una de sus mayores pérdidas.
Es de advertir que durante toda la guerra, los aviones americanos volaban incesantemente sobre la zona de guerra, persiguiendo a las columnas y hostilizándoles en cuanto les daban vista. A veces eran sorprendidos en los llanos, y entonces las columnas se disolvían, para reunirse en la zona arbolada. En algunas ocasiones, al aparecer los aeroplanos, se detenían súbitamente, permaneciendo los soldados en pie y erectos, sin que los aviadores se dieran cuenta de la presencia enemiga. A su vez, los rebeldes se defendían del ataque de los aviones con fuego mortífero, capturando o matando más de 20 aviadores o mecánicos. Generalmente, los pilotos americanos se resistían valientemente hasta el último momento. Cerca de El Chipote cayeron dos, que se internaron en una cueva, defendiéndose de sus perseguidores, pistola en mano y haciéndoles algunas bajas, hasta que fueron volados con bombas de mano. De ordinario, los americanos tuvieron de 20 a 30 aviones en Nicaragua; pero llegaron a 70 en algunos momentos. Las tropas de Sandino empezaron a matar a los prisioneros cuando vieron que los americanos fusilaban inmediatamente a los suyos. Hasta entonces Sandino prefería soltarlos, para que fueran contando el trato humano que recibían de los rebeldes. Pero viendo que esta táctica no les servía de nada y sus prisioneros morían fatalmente, y que los americanos arrasaban el país y los aviadores lo bombardeaban, contra todas las leyes de la guerra, inició la misma táctica de exterminio que sus perseguidores, no perdonando a los soldados capturados.
Ya en 1932 entran en juego las fuerzas nicaragüenses de la Guardia Nacional. Desde ese momento dicen los soldados de Sandino que la situación era más penosa y difícil para ellos. Aparte de ser de la misma patria, conocían mejor sus mañas. Mientras los soldados americanos combatían de pie, echándose el rifle o la ametralladora a la cara en cuanto sonaba el primer tiro, los de la Guardia se tiraban como ellos al suelo inmediatamente, dificultando así la fácil puntería que tenían contra aquéllos.
Son muchas las anécdotas interesantes que han quedado de esta tremenda lucha de Las Segovias; pero nos vamos a limitar a referir las siguientes, que pintan el valor estoico y la protesta ardiente de los segovianos contra la mortífera destrucción de los invasores, o la chispa de humanidad que se revela de pronto en los momentos más terribles de la lucha:
Un aviador americano, que hacía el recorrido ordinario de guerra, se encontró de pronto con un hombre en un llano, en actitud de cortar el zacate con el machete. Ello le pareció una treta de un soldado sandinista, y empezó a dispararle con una ametralladora. Efectivamente, el hombre aquel agarró pronto su rifle y comenzó a disparar contra el avión, dando saltos y carreras para desviar las bombas que el aviador comenzaba a dejar caer. Una de éstas le voló un brazo y el rifle, y entonces vio el piloto que aquel hombre levantaba su brazo crispado hacia el avión con un gesto de desesperación y de rabia.
Así estuvo hasta que una nueva bomba lo hizo pedazos. El aviador que contaba este incidente añadía que aquel gesto le dio la impresión de toda la protesta de la tierra contra la ocupación armada.
La siguiente es más reciente. El jefe do un destacamento de la Guardia Nacional sabe que en cierta cabaña de la montaña el dueño de la misma tiene rifle y ayuda a Sandino. Un día se presenta allí con su columna y encuentra a un muchacho de unos diez años.
—Tu padre —le dice— me envía a que me des el rifle. ¿Dónde está? A ver si me lo das.
—No sé —responde el niño, imperturbable. —Ten esto —y el oficial le da algún dinero—, y dímelo.
El muchacho se encoge nuevamente de hombros.
—Pues entonces —dice el oficial perdiendo la paciencia— agárrenlo y lo llevan al río a ver si me lo “petatean”. Esto significa la pena de muerte, y el chiquillo entonces agarra un hatillo y su sombrero de paja, y dice:
—Ya estoy listo; vámonos.
El oficial no se atreve a matar a aquel pequeño valiente, y se marcha un poco desconcertado.
He aquí la tercera: En un combate cuerpo a cuerpo, un muchacho sandinista se encuentra frente a frente con un jefe americano. Los dos disparan y los dos caen heridos. Recogido el muchacho, le cae en gracia a su captor, quien lo lleva a Managua y lo tiene consigo. Mucho tiempo después el militar yanqui es trasladado a Estados Unidos y dice al pequeño sandinista que se vaya con él y que lo pondrá a estudiar en un buen colegio. Y al muchacho se le ocurre consultar el caso con don Gregorio Sandino (quien me cuenta la anécdota), el cual le dice:
—Mi consejo es que vayas con ese buen señor. Tú sabes amar a tu patria —le dijo—; pero no tienes por qué no marcharte e instruirte y estar con quien ha demostrado quererte tanto, y que, además, no luchará más contras nosotros.
Hoy el pequeño soldado se hace un hombre en un colegio americano.
¿Creyeron los jefes de la ocupación, en su fuero interno, que Sandino y los suyos eran bandoleros? ¿Es que el profesionalismo militar cegó en su mente el verdadero papel de los defensores de Nicaragua?
Carleton Beals, el notable periodista americano que estuvo con Sandino en los comienzos de su campaña, cuenta una conversación con el jefe de las fuerzas de ocupación, general Feland, en su interesante obra Banana Sold, que muestra hasta qué punto la mala fe y la insidia se han mezclado en esta campaña contra el heroico defensor de la independencia de Nicaragua.
—¿Entonces —pregunta el periodista— cree usted que Sandino es un bandido?
—No —contesta el general, con sorna—; desde luego, no. Es un hombre correcto. Pero damos la palabra bandido en un sentido técnico, en el de un jefe de una banda.
—¡Ah, según eso—replica aquél, mientras oyen un concierto—, el director de esta, orquesta es también un bandido! Dirige su banda. ¡Perfectamente!
Pero todos los dictados humillantes, todo el empeño de la Prensa amarillista de Wall Street, no podrán manchar, ni quitar su aureola, a la grandiosa figura de Sandino. Y la América hispana, hoy medio insensibilizada, y el mundo entero, le contarán mañana entre sus grandes héroes, con la íntima pesadumbre, quizá, de no haberle apoyado ¡ay! debidamente.
CAPITULO IX
El alma del sandinismo.
En algún momento pude creer que el alma extraña y profunda del general Sandino había creado en su ejército una secta religiosa y había imbuido en ella el fuego de una nueva revelación.
No ciertamente a la manera de Cronwell, cuyos soldados de cabeza rapada llevaban la Biblia en la mochila, o de Zunmalacárregui, el héroe del carlismo, que rezaba a veces piadosamente el rosario con su ejército en las tardes de calma.
Pero algo original en el espíritu de estas pobres gentes desarmadas de Sandino sí que había. Algo distinto de la disciplina, desde luego. Digamos que la disciplina es absoluta, definitiva. En todo el tiempo que hemos estado en el campamento no vimos un borracho. En las noches el silencio era absoluto. Las distintas columnas que vimos entrar en el lugar con los trajes hechos jirones y sin una acémila para las provisiones, guardaban al llegar una compostura extraordinaria, aguardando el reparto de las comidas, que no siempre llegaban a punto. La víspera había fusilado a dos jefes; pero fue por el hecho de haber atemorizado a una familia con la que tenían quizá algún resentimiento político y de haber disparado unos tiros al aire.
Algo más que la disciplina, que el mando y el respeto al jefe. Entre superiores y soldados, subordinación, y, al mismo tiempo, una profunda camaradería. La forma del saludo es el abrazo fuera de las formaciones militares y el trato de unos y otros, de hermanos. Aun en los soldados de aire menos despierto he visto una profunda convicción en la justicia de la causa que defienden y en una especie de poder sobrenatural que les ayuda. “Es que tenemos la justicia contra los machos”, “Es que Dios nos ayuda”, son frases que he oído frecuentemente entre los jefes y soldados.
La idea de una comunidad fraternal, de un todo movido por sentimientos íntimos más que los de la cohesión militar, es algo que está grabado en todos ellos.
—La disciplina es dura, muy dura —me dice uno de los jefes que más se han distinguido, el general Gómez—; pero, una vez que terminamos nuestras cosas militares, todos somos hermanos.
Y me explica que en el reparto de alimentos o vestidos no hay distinción ninguna; que todos participan en igual manera, sean altos o bajos en jerarquía, y que lo que uno tiene por ley de hermandad lo ofrece a los otros.
No olvidaré el entusiasmo de un muchacho, un estudiante de Derecho en la Sorbona de París, que se vino hace unos meses a engrosar las filas sandinistas. Sandino era para él el sucesor de Bolívar, el nuevo héroe de América.
—Después de haber peleado con él, no me marcharé sin haber visitado el pueblo donde nació —decía—. Toda mi vida he de dedicarla al ideal de la gran Unión.
Y recuerdo también la marcha de otro grupo de estudiantes del ejército libertador, despedidos por uno de sus generales improvisados.
—Ustedes —decía— se van lejos, pero estarán siempre en nuestro corazón. Y ya saben que cuando sea necesario, aquí estamos todos.
Uno está acostumbrado a ejércitos más o menos disciplinados, donde la idea mecánica predomina sobre la idea moral; pero este ejército, desprovisto hasta lo increíble de las cosas más elementales para su funcionamiento; donde casi la tercera parte de los soldados marchan descalzos; donde la mayor parte de los días no tienen para comer una comida medianamente suficiente; donde nadie, ni jefes ni tropa ganan un solo céntimo, envuelve un poder espiritual tan grande, que representa el más potente ejército ideal que haya tenido América entera desde los tiempos del libertador, y que quizá dentro de su pequeñez y modestia le supera en profundidad ideológica.
Sandino habla con una voz lenta, persuasiva, precisa, de un tono reflexivo, y a veces da la impresión de extraer con angustia los conceptos del fondo de su cerebro.
Hay en su rostro, macerado por las privaciones de la campaña, un efecto raro, como de dos caras superpuestas. Diríase que las comisuras de sus labios, dibujadas en dirección distinta, señalan como dos expresiones diversas: una, que expresa alegría juvenil, y la otra, que revela el dolor y las preocupaciones. Visto a la luz se encuentra uno a veces con una fisonomía rejuvenecida. En las sombras, quizá las líneas de la preocupación se espesan y da la impresión de una vida cansada.
Pero es joven: tiene treinta y siete años, y el humor no deja a veces de colorear con la sonrisa sus convicciones más profundas.
—Déjeme que le abrace —me dice en una ocasión—, en vez de darle la mano. Es éste nuestro saludo (Sandino habla siempre en nosotros). Así, los fluidos se transmiten mucho mejor, y hay en él una franca sonrisa de acogimiento.
Es un supernervioso. No hay más que verle. Aunque su serenidad de “yoguista” parece haber vencido a los nervios.
Un día entramos en su casa. Hay en la habitación tres o cuatro jefes que, como de ordinario, observan silenciosos, escuchando la conversación. También está, como de costumbre, el caballeroso padre de Sandino, don Gregorio, y, si mal no recuerdo, su hermano Sócrates.
—Hay algo interesante por ahí —dice Sandino, iniciando la conversación—. Algunos quieren que me yaya con la música a otra parte. Vea, vea ese periódico.
Y me alarga un periódico de Managua, donde aparece un artículo de Sánchez Azcona sobre las posibilidades futuras del general.
—Vaya; léalo alto —añade. Y luego que termino, continúa—: Creen algunos que yo hago la paz sobre la base de marcharme; y eso de quererme echar, no. Cuando haya algo que hacer o decir, nosotros no podemos dejar de hacerlo, si es nuestro deber. ¿Y a usted qué le parece?
—Me parece que trata de un punto interesante —le indico.
—¿Pero sobre el fondo?
—Pues, verá usted; creo que las personalidades no deben desgastarse —añado—. Hay que reservarse siempre para los momentos decisivos.
Y no digo más, porque el temor de aparecer como un mentor pedantesco, o quizá como un adulador de fácil elogio, me tiene en estos momentos un poco en reserva.
Pero la noble personalidad de Sandino, su extraordinario desinterés, su fe en una alta obra por realizar nos subyugan profundamente y gustosamente le hubiéramos dicho lo que más tarde expresamos a uno de los suyos.
Sandino es un símbolo y a un símbolo no hay que enterrarlo ni dejarlo enterrar. Es una bandera de la libertad y de la unión hispanoamericana: Por eso su figura tiene un interés general para todos nosotros. La política envenena y empequeñece muchas veces, sobre todo en un pequeño país, donde todo se personaliza, y debería quedar fuera de ese elemento, como no fuera en los casos puramente precisos. ¡Lástima que Nicaragua sea un país tan pequeño. La figura de Sandino y su papel futuro requerían un ambiente, un país más amplio y resonante. ¿Pero acaso ese campo no deba ser toda la América hispana, empezando por la misma España? Un poco de misterio y alejamiento; eso sí, sin prodigarse. Los mismos dioses emprendieron el ejemplo, no mezclándose demasiado en las disputas de los hombres.
A los pueblos hispánicos nos gusta admirar al héroe; pero pronto le abandonamos a su suerte y le olvidamos. No sabemos ser agradecidos a los héroes a los cuales les debemos la libertad o el ensanchamiento de los conocimientos humanos en el campo de la geografía o de la ciencia, o la elevación moral que se desprende de sus vidas. Ignoramos que son seres humanos, que tienen también su lucha por la vida, con todas sus pequeñas miserias; que tienen sus depresiones y que hay que inyectarles también fuerza moral y optimismo y los abandonamos después de un breve y frenético aplauso, y de habernos aprovechado también de su obra. Colón, Cervantes, Bolívar... y tantos otros, marcados con el pesimismo del abandono, señalan el camino de la ingratitud y hasta de la inconsciencia de pueblos que no alientan ni levantan a sus Héroes. Y por eso su final no arroja los destellos de fe y de grandeza, que de otra manera pudieran mantener hasta el último aliento. ¿Hubiera Bolívar renegado de la libertad si sus partidarios y su pueblo hubieran mantenido inalterable sobre él la aureola de gloria de sus días de triunfo militar? Y Cervantes, ¿no hubiera dado, quizá, otro relieve insospechable a su Quijote, de no haber tenido una vejez roída por la miseria y el desengaño, haciendo de él un faro luminoso del ideal triunfante, como ha dicho Cajal, donde toda la Humanidad hubiera sacado alientos de lucha, en vez del pobre caballero lunático, befa de las gentes, obligado a confesar al final la sinrazón de sus ideales magníficos?
Ahora se habla mucho de Sandino, otro Quijote del ideal; pero se olvida que está abandonado completamente a su suerte, que es de un magnánimo desinterés, que ha estado recibiendo, como el resto de sus soldados, las raciones de alimentación de la Comisión de la Paz, y que no ha querido hablar de ninguna clase de indemnizaciones.
La obra de Sandino no ha terminado. Podrá venir un momento, quizá años de descanso o de apartamiento. Pero esa fuerza ordinaria continuará en una u otra forma. Es una flecha lanzada al horizonte, dotada de un impulso moral invencible.
Y lo que hace falta es no abandonarlo. Inyectarle esa fuerza de la confianza y del estímulo, esa fuerza espiritual, silenciosa y lejana, en la que Sandino tanto cree.
CAPÍTULO X
Lo maravilloso y lo real en Sandino.
Hay en la psicología de Sandino un aspecto de complejidad que está vedado a la mayor parte de los mortales y parece patrimonio de algunos hombres que han dejado su huella en la marcha de los acontecimientos humanos. Dentro de los dos tipos de organización psicológica más salientes, o se es hombre de especulación o un soñador, un devanador de lejanos problemas o, más bien, un hombre de concepciones mínimas, de ideas cortas y de realizaciones largas. Pero en este cabecilla los dos aspectos se hermanan y es un organizador de conjunto y de detalle y al mismo tiempo un hombre de ideas amplias y, sobre eso, un vidente, un iluminado, en el mejor sentido de la palabra.
Desde su campamento central de El Chipote, Sandino dirigía las diminutas columnas de ataque, que cubrían un radio de acción inmenso, a base de un país conquistado moralmente, donde cada cabaña era un centro de espionaje, y cada habitante un andarín dispuesto a cruzar en todo momento los espesos boscajes de Las Segovias, para poner en conocimiento del jefe todos los movimientos del enemigo.
La organización de este espionaje y sus columnas volantes de guerrillas, que combatían huyendo siempre, para ahorrar el parque, constituyen la base del éxito militar de Sandino, que ha tenido que combatir con sus escasos fusiles y 30 ó 40 ametralladoras, copadas al enemigo, contra fuerzas mucho mayores, dotadas de todos los elementos.
Le decía un jefe que él no había visto a Sandino en cuatro o cinco años; pero que en todo ese tiempo no había dejado de estar en comunicación directa con él cada dos o tres meses, por medio de correos volantes. Y a pesar de esta falta de contacto, este hombre, como todos los soldados, lo adoraban. “El viejo”, como le llamaban, era un padre; pero al mismo tiempo un jefe inexorable con los que claudicaban. El día que marchó a Managua, del campamento, lloraban aquellas gentes endurecidas. Y es que temían que no iban a volverle a ver jamás.
Toda esta organización, a través de un país de selvas interminables, donde los caminos son raros, ha requerido la obra de un pensamiento constructor, de un organizador de conjunto y de detalle, que dejara todos los puntos absolutamente previstos, desde la dotación del escaso parque de que disponían hasta la distribución de sus correos, y espionaje entre las distintas columnas volantes, separadas por cientos de kilómetros, y obligados con frecuencia a abrirse paso, machete en mano, por la selva tropical.
En cuanto a su aspecto de vidente, Sandino tiene su parte esotérica, su sentido de lo maravilloso, su fe nueva, independiente y arbitraria.
Pero en este sentido y dentro de sus concepciones extrañas, Sandino tiene la fe simple del iluminado y así asienta sus convicciones en las raíces más profundas del mundo psicológico. Tiene una fe en el mundo moral, que está, faltando hoy en día en la Humanidad, y que cuando la sienten los caudillos les da una austeridad y un sentido y una amplitud que alarga sus conclusiones y sus actos adonde no llegan otros conductores de la grey humana, que dan a la vida y al espíritu una concepción puramente fenomónica y de duración limitada.
Hablando conmigo en una ocasión de su creencia en la supervivencia del espíritu, de lo que él llama espíritus encarnados, y de la futura comunicación, a cuya palabra da el sentido de fraternización, añadía con aire jovial:
—¡Pero mire usted, que si esto lo dijera por ahí fuera, me tomarían por un loco o por un borracho!
Esto me recordaba el mundo de pensamiento esotérico de los líderes que manejan una filosofía simple para las masas y reservan para sí o su Cenáculo sus convicciones más profundas. Cronwell, que fue también un hombre de acción y un visionario, en una ocasión en que había despedido a varios puritanos con demostraciones religiosas (y ya cansado de la jerigonza eclesiástica que usaba en tales casos), decía a su secretario Milton: “En fin, ya marcharon estos santurrones. No hay más remedio que hablarles en su lenguaje.” Pero no hay esa malicia en Sandino.
Un día, al iniciarse el desarme, Sandino llevó a sus soldados a un cerro próximo al campamento y allí les dijo, al comenzar su arenga, que los sacaba allí porque el espíritu de Dios llegaba a ellos mejor en la alturas y la soledad. Y en todo su ejército hay eso: una especie de vago misticismo, que no es artificial, sino enteramente fundido a su ser.
El caudillo tiene la convicción de que hay un mundo de fuerzas suprasensibles, que obran de acuerdo con su sentido de justicia.
He visto que este sentido de lo maravilloso está muy divulgado en su ejército y que participan muchos, por lo menos, de la idea, dentro de lo primitivo de su cerebro, de que existe ese apoyo y de que el cabecilla es un escogido por el Destino o la Providencia.
Recuerdo que uno de los estudiantes que luchaban en el pequeño ejército me decía: «Yo no soy un ignorante, como puede pensarse de la mayor parte de estos soldados, y he visto, con otros, posarse el ángulo de un arco iris doble sobre la cabeza de “El viejo”.» Algo extraordinario.
Y me contaba a continuación, con detalle, cómo estando en el campamento y al terminar una lluvia vieron que sobre la cabeza de Sandino se posaba una especie de arco iris doble. La explicación no era fácil de entender; pero significaba, en síntesis, que los soldados creían ver una especie de aureola sobre la cabeza de aquél.
Naturalmente, no estoy yo dispuesto a creer nada de esto; pero lo traigo a colación para dar a entender sencillamente que la reverencia de sus soldados era campo dispuesto para dar un carácter fantástico y sobrenatural a su general. Es decir, que ha llegado a inspirar una especie de fanatismo ciego en sus soldados.
Me decían también otros que en ocasiones los habitantes de la montaña le seguían, tratando de obtener algún objeto que él tocara para agarrarlo como una reliquia. En una ocasión sucedió que un indio se llevó una correa del zapato de aquél. Pudo ser localizado el piadoso ratero que, naturalmente, guardaba aquello como un amuleto inestimable. Sandino le dio una reprimenda, no exenta de humorismo, diciéndole de paso que aquellas cosas no tenían ningún valor.
Finalmente, con lo que respecta a la capacidad personal para aceptar lo maravilloso, podría decir que quizá tuviera en el caudillo un sentido hereditario. Lo digo por lo siguiente: Tuve ocasión de conocer a la madre de Sandino, y recuerdo que esta señora me decía en el curso de la conversación que durante mucho tiempo no tenía noticias de su hijo, y ocurrió que una noche tuvo un sueño en el cual un niño le decía que revolviera un montón de maíz que tenía delante hasta que diera con un grano de arena, y que aquel grano de arena era su hijo. Encontró el grano fantástico en sueños, y poco tiempo después, según la misma señora, tuvo noticias de que su hijo vivía y continuaba en sus actividades de la montaña contra los americanos.
Dejo la interpretación de estos hechos y esos puntos de vista a los psicoanalistas, pero servirán para explicar el por qué Sandino ha esparcido a su alrededor ése sentido fantástico y ha mantenido en su ejército una obediencia fiel y respetuosa, que dimana en gran parte de sentimientos distintos de los militares.
Mucho he oído hablar de la falta de instrucción de Sandino. En un medio atiborrado de sobra de erudición y de retórica, no es extraño que se llame ignorante a quien no va con la corriente de los libros modernos o que no sea una especie de ratón de biblioteca. Un joven poeta nicaragüense ha descrito la erudición de algunos centros literarios centroamericanos con chispeante poesía modernista:
“Intelecto mediocrom, — tormentosa erudición, — literatura fósil, melenuda, campanuda, filosofía, el honor, hipocresía barata, —poblana, y en política un fracaso.”
En este cuadro de instrucción empalagosa, Sandino desempeña fácilmente un papel ignorante. Pero aclaremos esta ignorancia. Desde luego se ve que tiene principios generales de Historia, que ha leído algunas biografías y que carece de continuidad y de conocimientos detallados. Ha picado en la filosofía y, sobre todo, la teosofía. En fin, ha leído algo, después de una enseñanza primaria y comercial.
A cambio de esto ha madurado mucho todo lo que ha leído, ha llevado una vida intensa, llevando a teclas las impresiones un cerebro pensante, y alumbrado este conocimiento experimental con un sentido profundo que le lleva a investigar las causas más íntimas y con una fe rectilínea en la trascendencia de la vida. Es un hombre que tiene una intuición clara y una comprensión amplia de las cosas, comprensión que, como dice Keiserling, es la esencia de la sabiduría.
En cuanto a su sentido de lo maravilloso, digamos que prueba su capacidad de fe; esa capacidad que constituye un privilegio de una naturaleza exquisita y no una debilidad orgánica. Porque la fe —aparte la creencia con determinada fenoménica teológica— es de un sentido especial de infinitud que liga el espíritu a la profundidad indefinida del tiempo. No todos pueden tenerla, y más en estos tiempos de aparente claridad científica de sábelo todo, como no todos pueden tener sentido musical. Para mí esa fe infantil de Sandino es uno de los rasgos más fundamentales de su carácter que explican su éxito y su tenacidad.
Sandino, como se ve, es un hombre extraño, una mentalidad original Creo yo que es sugestionador, pero también muy sugestionable. Esto encaja con su temperamente excepcionalmente nervioso y agitable.
Sandino es sugestionable, como buen intuitivo; pero, una vez que tiene una idea formada, es un terco, un inmenso terco, y es un poco difícil el hacerle cambiar de opinión.
Recuerdo que más tarde, al afirmarse la paz, decía uno de sus partidarios que más activa y desinteresadamente hablan intervenido en ella y mejor hablan servido la causa sandinista:
—Yo me voy ya. Nada tengo que hacer al lado de Sandino. Mis opiniones son distintas enteramente sobre lo que debe hacer y sé que nunca podré conseguir que cambie.
CAPITULO XI
Procesión y baile en el campamento.
Una tarde me invitó don Gregorio, el padre de Sandino, a la procesión organizada por el cura del pueblo para celebrar la vuelta de los soldados.
La iglesia es un edificio cuadrado con una espadaña en forma de cruz y donde resaltan los cuadros dolorosos del víacrucis y las imágenes vestidas en los altares. Sandino so había quedado en casa. En cambio, estaba su hermano Sócrates, que durante mucho tiempo hubo de actuar coma propagandista en los Estados Unidos dando conferencias y mítines, explicando la lucha que sostenía en Las Segovias su hermano César Augusto contra el imperialismo americano. Entraban también en la iglesia un buen número de soldados y, desde luego, todas las viejas del pueblo.
Primero hubo un largo rosario, después gimió el arinónium, pequeño y asmático, acompañado con un coro de muchachas, y, finalmente, se organizó la procesión. Iba delante un piquete de soldados con sus rifles al hombre; detrás, la imagen de Jesús, ensangrentada y pálida, vestida con un gran manto morado y balanceándose tristemente al paso de los anderos. A continuación, la música del pueblo, el resto de las gentes del lugar y los soldados mezclados. A un lado y otro del grupo iban varios soldados con los ojos vendados, apoyados en brazos de otros; dos de ellos, según me dijeron, cuñados de Sandino, y que cumplían un voto por haber salido con vida de algún serio accidente de la campaña.
El cuadro no dejaba de tener emoción patética. Avanzaba el cortejo al lento paso de una marcha fúnebre, quejumbrosa y cortada, cuya modesta ejecución daba aún a la escena un aire de mayor espontaneidad, y luego la imagen chorreante, con todo el dolor de la vieja imaginería española, ponía a los ojos de aquellos pobres soldados desgarrados y vueltos, al parecer, a la paz, no el cuadro gozoso de una vida tranquila de amor y de alegría, sino de un mundo obscuro donde el sentido de la tragedia reinaba. Caía la tarde en medio de un crepúsculo gris, y las montañas por doquier aparecían envueltas en una bruma azul. Y al lado de la imagen, separados del grupo central, los soldados de los ojos vendados marchaban con paso vacilante, balanceándose como la triste imagen de Jesucristo.
¿Por qué el clero ha perdido en parte la emoción afectiva que se desprende de los Evangelios? El momento era, por decirlo así, de una emoción compasiva; el cuadro patético de la procesión, la tragedia de la guerra, las luces trémulas del crepúsculo, todo convidaba a una oración cordial y amorosa. Habló el cura. Era un hombre alto y de rasgos enérgicos y populares. Estaba en la puerta, al aire libre, y el pueblo y los soldados le rodeaban piadosamente escuchando sus palabras. Pero la oración era fría, de tono polémico, y en lugar de hacer resaltar en una modesta homilía la paz y el amor, el cura se desbordaba por temas especulativos, terminando con un fulminante ataque al protestantismo y a la masonería.
Y sentimos el chispazo de lo inarmónico. Aquel sermón no había llevado un sentimiento de paz a aquellos hombres endurecidos por la guerra. ¿A qué, pensábamos, este sentimiento de polémica y lucha en los encargados de predicar el sentido evangélico de la vida? La religión es un sentimiento, una música interior, afecto, veneración, piedad, la emoción de lo sublime y de la trascendencia de la vida, y se convertía en estos casos en una argumentación continua, en un razonamiento seco y árido, en una aspiración de unificación raciocinadora. De afectiva se convertía en teológica; de moral, en política. ¿No evolucionaría acaso el catolicismo con su sorprendente vitalidad, con la fuerza de su sentido universal, en una religión musical ex intelectiva, dejando a un lado el viejo ropaje político, su tenaz empeño en presentar el misterio con los ojos de la carne, con los de un intelecto inmovilizado? ¿No verían los tiempos venideros el triunfo del misterio de la fantasía sobre la claridad de la llanura, sobre la visión de unos ojos demasiado mundanos, sobre el silogismo, el razonamiento y la definición de lo incomprensible?
Terminó el sermón, y marchamos diluyéndonos en las sombras de la noche.
—Es un buen predicador —me decía don Gregorio—, pero hoy no me ha gustado.
Yo lo he comparado luego con otro cura nicaragüense allá en Niquinohomo, de donde es precisamente el mismo Sandino. He aquí un cura que, mezclado en el barullo de un baile, animaba la fiesta, tocaba el bombo o la sonajera del jazz, participaba de la alegría general, era amigo de los creyentes y de los incrédulos, cuanto tenía era de los demás. El primero era un cura teólogo, de sentimientos áridos; el segundo era el cura humano más o menos perfecto, pero animado por el fuego de la caridad. ¿No ganaría acaso la Humanidad
a la teología en la futura vida de la Iglesia?
En la noche una familia había organizado una fiestecita, y en ella había algo de la plana mayor del ejército de Sandino. Era una familia pariente de la mujer del caudillo, doña Blanca Arauz. Un matrimonio con dos hijas, una de ellas casada, pero con su marido ausente. Habían estado refugiados en Honduras durante algún tiempo por temor a las represalias de los americanos, y habían vuelto hacía poco tiempo cuando aquéllos se marcharon. Decían que eran de ascendencia española, y su tez blanca y cabello castaño parecían abonarlo completamente.
Tocaba un gramófono ramplón. Estaban allí los generales Colindres e Irías, el coronel Raudales y Sócrates Sandino. Bien se veía que en el campamento de Sandino no había Habido una academia de baile. Pero, de todas maneras, aquellos hombres, acostumbrados a pisar el eterno fango de la montaña, no lo lancea con unos grandes pasos inconmensurables hacían tan mal. Sócrates de todo se reía. Una de las señoras me contaba que estando en Tegucigalpa, capital de Honduras, sobrevino el incidente del Jesús del Gran Poder, el famoso avión pilotado por el aviador Iglesias que recorrió una gran parte de América. El Gobierno hondureño dio su permiso, pero prohibiendo sacar fotografías. Este tono petulante de la prohibición hizo que los aviadores cambiaran de ruta.
Se veía cierta rivalidad comarcal. No simpatizaban con aquella capital. Las gentes eran más bruscas y no hacían caso del que no tenía dinero. La instrucción querían ganarla por los puños más que por la inteligencia. No era raro el caso de muchachos que amenazaron a sus profesores con hacerles una barbaridad si no les aprobaban el curso. Contaba también el caso de cierto señor altruista que se empeñó en que se aprobara un curso entero de La Normal, y como sus razones eran terminantes, no hubo más remedio que hacerlo. Era un político fuerte.
—Una bonita manera de hacer grandes hombres —insinué yo.
También estaba uno de los estudiantes del ejército de Sandino, un colombiano que hablaba con su entusiasmo habitual. Unamuno era objeto especial de su veneración.
—Es el que nos señala —decía— la senda rectilínea del Quijote. ¡Ah!, El sentimiento trágico de la vida, ¡qué formidable!
—¿Le conoce usted? ¿Cómo es?
—¿Don Miguel? Como su obra. Un hombre de guerra, un luchador. Un filósofo con una espada.
—Pues yo no quiero dejar de verlo. A Salamanca me voy en la primera ocasión —añadía el estudiante, decidido.
Y luego, hablando de Sandino, me decía: —Sabe usted, yo tengo por él verdadera veneración. ¡Es el único hombre por quien yo daría mi vida en América! Y todos, todos lo mismo.
Me contaba luego su venida al ejército de los segovias hacía unos meses. Estaba en París estudiando Derecho y asistía al aniversario de Bolívar. Hablaba Vasconcelos, ensalzando la figura de Sandino, y tanto le impresionaron sus referencias considerándolo como el realizador del programa de Bolívar, que decidió venirse inmediatamente. Salió para Honduras dejando un viaje a Suiza, donde tenía su familia. Después de muchas interrupciones, dio en la frontera con la columna de Raudales que atacaba a El Jícaro. Se unió a él y tomó parte en el ataque. Después marcharon a El Chipote y allí Sandino lo dejó a su lado.
He aquí también al bueno de Ferreti. Ferreti es nada menos que el coronel, un coronel diminuto e infantil, con un talento natural para la diplomacia, una diplomacia abierta y afectuosa, y, sin duda por eso y por su corazón sano, ocupa un puesto de verdadera confianza al lado del caudillo. Lo recordamos allí en el cuarto de Sandino escuchando silencioso, pero más que nada yendo activamente de un lado para otro o pronunciando fervorosas frases en honor de aquél. También lo recordamos de animador de las tropas metiéndose en el barullo de las columnas que llegan e iniciando las vivas de rigor a la llegada. Es algo grande este coronelito de enormes ojos azules en los que brilla la chispa de unas pupilas obscuras.
Ferreti me insiste para que no salga del campamento todavía, hablándome con el gracioso tuteo de Sudamérica.
—Pero vos no te debes marchar. Vete de aquí a Honduras —añade—. Son quince días a caballo.
—Sí; no tengo ganas de que me chalequeen los mañosos que andan por ahí —respondo.
—No —arguye Ferreti—; el general puede darte a vos unos cuantos soldados para el camino.
Pero luego, en vista de las dificultades, conviene en verme más bien en la capital (si se hace la paz efectiva), en vista de una comisión que le va a dar el general.
Y Ferreti me cuenta luego la marcha de un curioso idilio, cuyos orígenes se abrieron tiempos atrás en sus días de campaña.
Conocía nada más de nombre a una hija, fruto de los años mozos de Sandino, del pueblo de donde aquél es originario. Y en su deseo de no separarse del caudillo y de unirse más a él, había concebido la idea de casarse algún día con ella.
Ahora había visto a la muchacha, y aunque le parecían otras más guapas, prevalecía en él esa especie de sentido místico, y el idilio mental que había surgido en las soledades de la montaña llevaba camino de su plena realización.
Sólo esperaba ver el rumbo que tomaban las cosas y enderezar su vida si se hacía la paz (utilizando sus conocimientos mecánicos para poner una pequeña línea de camiones) para llevar adelante su matrimonio reverencial, sintiéndose el más feliz de los mortales.
Nuevo cambio de programa. Ahora uno de los jefes ha traído dos cantadores. Uno de ellos es el inquieto Cabrerita, el minúsculo cornetín a quien vemos infatigable, siempre de un lado para otro. El otro es un mocetón de cara cuadrada y de pómulos absolutamente indios.
El ambiente ha cambiado, y ya estamos preparados para recibir la musa popular de los luchadores de Sandino. Las guitarras suenan quejumbrosas y la voz desgarrada de Cabrerita comienza a hacerse sentir.
Pero Cabrerita tiene empeño en hacernos ver sus sentimientos sindicalistas, y entona él solo una de sus canciones favoritas, una Internacional más o menos mutilada y graciosa:
Bello jardín al fin la tierra será.
Rojo pendón, no más sufrir
La explotación debe sucumbir.
Levántate, pueblo leal,
al grito de Revolución Social.
Terminando sus coplas con un piadoso
Felón burgués, atrás, atrás.
o lo más terminante de
Ladrón burgués, a trabajar.
Cabrerita tiene un público benévolo que sonríe la gracia picaresca de sus coplas. Aquellos soldados de Sandino respiran el ambiente casi general de Nicaragua del campesino dotado de tierras, y los exabruptos del cantor no les levantan los nervios.
Pero luego entran los dos cantadores en dúo, y puedo decir que sus cantos, sacados de la medula de la montaña, impresionan a todos vivamente. Es el alma popular saturada de sentimiento patriótico, la alta idealidad de Sandino que ha impregnado estas almas simples, haciéndoles cantar la belleza de su sacrificio.
Cabrerita ha cambiado ya su aire malicioso, y parece dejarse sumir en la emoción de una música dolorosa; pero el otro, el cantor indio, sufre una especie de transfiguración cuando acompaña a su pareja. Sus ojos parece que se esfuerzan en contener el llanto y su boca enorme da unas inflexiones patéticas a la canción. Hay momento, sin embargo, en que brilla la ironía en las canciones, y Cabrerita parece transmitir algo de su aire jovial a su triste compañero.
Oigámosles algo de su musa popular, obra de uno de sus poetas cancioneros:
A cantarles voy, señores,
un verso de actualidad,
haciéndole los honores
a un valiente general.
Que se derramen las copas,
apuremos más el vino,
y brindemos por que viva
ese valiente Sandino.
Sandino se ha defendido
con un puñado de gente,
y dicen que él morirá,
pero que nunca se vende.
Sacasa dijo a Sandino:
Yo me voy a retirar;
a los Estados Unidos
no les vamos a ganar.
Dijo Sandino una vez,
apretándose las manos:
A diez centavos les vendo
cabezas de americanos.
¡Viva la patria, señores!
¡Vivan todos los valientes
que han derramado su sangre
por hacerse independientes?
Viva el patriota, señores,
que lucha siempre gozoso;
con orgullo se ha enfrentado
contra el gringo ambicioso.
Y luego, con música de la Adelita, la clásica canción de la Revolución mexicana, principia:
Compañeros, patriotas, hermanos!
No desmayen jamás en su valor,
que si morimos en defensa de nuestra patria
quedará en la Historia que hemos muerto con honor.
Todo aquel que sienta por su patria
que venga estas filas a engrosar,
porque mañana más tarde no les pese
que los “machos” vengan y nos vayan a pisotear.
Nuestro jefe Sandino se ha interpuesto por querernos venir a libertar;
pero mucho “vendepatria” se ha enfrentado por querernos venir a desarmar.
Y el plazo se ha vencido y no han podido desarmar estos cuatro segovianes
que se han venido a juntar.
Hemos logrado matar moncadistas por partidas, y nosotros aún seguimos encantados de la vida.
Y más tarde los cancioneros tomaron un tono más alegre y movido:
Fueron armas potentes
para seguir el destino
que Augusto César Sandino
nos enseñó a defender.
Y debemos proceder
como soldados valientes:
recibir mejor la muerte
que dejarnos humillar.
Por los aires, tierra y agua
con orgullo ha defendido
a su patria Nicaragua.
Y cantando este corrido,
hemos pasado un buen rato;
en Nicaragua, señores,
le pega el ratón al gato.
Y ya entrada la noche nos fuimos a dormir en una noche serena en que parpadeaban las estrellas en el ambiente húmedo.
¡Pobres soldados —pensábamos—, pobres jefes, sobre todo, de una causa romántica, ahora que la paz se precipitaba! ¿Qué sería de un Raudales a quien habían arrasado cuanto tenla; qué de ese general Gómez, con su aire de campesino bondadoso; qué de ese servicial Irías; qué del inteligente Colindres? Hablan combatido siete años, y, ya viejos algunos de ellos, se veían lanzados al torbellino de un mundo donde no tenían loa peligros, pero tampoco la solidaridad fraternal que les había animado en el ejército. Algunos, como Gómez, marcharían al Atlántico, a ganar el sueldo de un peso con los americanos a quienes habían combatido y que quizá tratarían a él y sus compañeros brutalmente. Otros, ¡quién sabe!, entrarían en el nuevo mundo quizá hostigados por la rechifla de unas gentes, que no reconocerían su heroísmo, que a ellos los hería en su pequeñez; quizá serían batidos por la pobreza y el desengaño. Quizá la paz iba a ser más dura y, sobre todo, más árida que la guerra, porque faltaba en ella la luz que antes tuvieron y que iluminó sus vidas, haciéndolos ver que servían a una gran causa.
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