"Managua en el corazón" de Mario Fulvio Espinosa (fragmento)

Los recuerdos, esas lejanías amadas que arrastramos desde que adquirimos uso de razón, que permanecen en nuestra mente con terquedad y de las que solo nos liberaremos al quedar amnésicos, locos o segados por la parca, constituyen ahora el tema sustancial de esta obra que nos entrega por la vertiente del corazón el periodista Mario Fulvio Espinosa. 

Con esta obra se complementa una trilogía de añoranzas, testimonios, anécdotas no exentas de recursos místicos que Mario Fulvio comenzó en el 2000 con “Managua la inolvidable”, continuó en 2002 con “Managua 1900” y culmina con ésta: “Managua en el corazón”, que siempre lleva como personaje principal a la amada, desaparecida y casi invisible, Novia del Xolotlán.

 

«Hay tanto encanto en las historias cotidianas de la vieja Managua que no puedo privarme del placer de contarlas», dice Mario Fulvio. «Sería muy triste para mí, que alguien me privara del delicioso derecho de narrarlas».

. 

Reitera el autor que estas páginas constituyen un homenaje a los que él llama “recordadores irredentos” de la ciudad desaparecida en cuyas añoranzas van envueltos personajes humildes, hombres y mujeres, chavalos juguetones, y vulgares, locos sublimes y cuerdos extraños.

 

Con la sabrosura de su estilo siempre fresco y de fácil lectura, a veces descarnado por su fidelidad el lenguaje de sus personajes, “Managua en el corazón” puede causar escozor en la sensible epidermis de algunos que comulgan con las ruedas de molino de la doble moral globalizada. Pero como puntualiza el Dr. Norberto Herrera Zúniga, rector fundador de la UPOLI: «Mario Fulvio sabe de lo que escribe y escribe lo que sabe».  

 

MANAGUA EN EL CORAZÓN

 

¡Gracias por los recuerdos! Hay tanto encanto en la historia de los héroes cotidianos de la Vieja Managua que no puedo privarme del placer de tratar de contarlas. Relatarlas a mi gusto y antojo, sin pretensiones de historiador severo ni de erudito investigador de infolios y viejos documentos, ni siquiera insinuando ser un poeta o literato constructor de frases bellas. 

Quiero narrar esas vivencias como yo las sentí, en la forma exacta en que estremecieron mi conciencia e hicieron vibrar mi sensibilidad, haciendo renacer en mí el amor a mi entorno natural, social y universal.

 

Sería muy triste mi suerte si deseando comunicar estas cosas, si cifrando mi felicidad en ese objetivo, alguien me prohibiera o me privara de la facultad de darlas a conocerá nuestra gente.

 

Dirán algunos que no basta con contar, sino que hay que saber contar, a mi entender saber contar es estar transido de una motivación esencial, que parte del saber amar. Lo que se ama siempre es bello, siempre es esplendoroso, siempre es ideal, siempre genera asombro, novedad, gozo, dolor y lágrimas.

 

Lo que se ama se cuida con esmero, se cultiva como la flor más preciosa de nuestro jardín mítico y está en el centro de nuestra estimación. Se guarda en la mente como en cuna de plumas para que no se atrofie, se alimenta de argumentos, imaginaciones y ensueños. Lo que se ama toma la forma de una criatura indescriptible que, para como de dichas, siempre te exige la difícil tarea de describirla.

 

Y cumpliendo pues, esa compulsión de amor, ahí va “Managua, en el corazón”, que ahora formar Darte de una trilogía junto a “Managua, la inolvidable” y “Managua 1900”. Tengo que señalar que debido a la edición reducida que tuvo la primera, he insertado algunas crónicas que figuraron en ella y que dan “cierta” idea cronológica a los relatos. En este sentido atiendo la solicitud de muchos compatriotas que residen en el extranjero, sobre todo en los Estados Unidos.

 

Sea esta una contribución a la alegría de saber que por decisión de la UNESCO Managua ha sido nombrada “Capital de la Cultura Iberoamericana”, y que, además, está cumpliendo 156 años de haber sido designada capital de nuestra patria, Nicaragua. 

Reitero lo que dije en las dos obras anteriores; “Si algún mérito puede tener lo escrito, ese merecimiento no es mío sino del pueblo humilde, de esa gente pobre con la que conviví los mejores años de mi vida y que suelen pasar ignorados en los anales de los ilustres memoristas, aunque con su sangre y trabajo han sido los forjadores de esto que ahora llamamos Patria.

 

Intenté al principio contar lo que fue mi entorno, y para eso tenía que hablar de Managua y de los personajes citados que dejaron huellas “indelebles” en mi mente. En esa tarea apoyé mis apreciaciones en los testimonios valiosos de amigos a los cuales menciono en su oportunidad, a los que agradezco su identificación con mi propósito.

 

Gratitud igual a la Universidad Politécnica de Nicaragua y al Instituto Martin Luther King y dos de sus ejecutivos, doctores Norberto Herrera y Denis Torres, editores de “Managua la Inolvidable”. Reconocimiento igual al doctor Melvin Wallace, al que le tocó publicar “Managua 1900” ya mi amigo y hermano Manuel Eugarrios que hizo el prólogo de ambos libros. 

También pecaría de ingrato y mal nacido si no menciono los consejos y las observaciones de un personaje que siempre andaba jun a mí sin yo notarlo, mi caro amigo Sancho. A veces cínico por sincero, vulgar por lo franco, libre de pensamiento y además librepensador, él ha sido siempre el fiel de la balanza. 


Al principio sostenía con Sancho diálogos interminables sobre casos y cosas que nos envolvieron a ambos. Es hermoso tener un interlocutor que se comporta tan fiel como nuestra propia sombra y tan complicado como nuestra propia conciencia. De ahí considero que si algún acercamiento tiene este libro con los célebres personajes de Cervantes -don Quijote y Sancho Panza-, aquí las cosas suceden al revés, pues Sancho es esencia de la sabiduría popular y yo no paso de ser su notario o escribano.

 

Para nuestra dicha, ambos nacimos en petate de miseria, de ahí que quien espere encontrar en este Ebro testimonios sobre ricos y pudientes estará perdiendo el tiempo, pues que estas páginas, repito, constituyen nuestro homenaje a héroes comunes y corrientes, obreritas y trabajadores del pueblo, chavalos juguetones y vulgares, locos sublimes y cuerdos extraños. 

Hay, advierto, mucha fantasía en estos relatos. Sitios y lugares soñados desde los cuales hemos cifrado estas saudades, o que nos han servido como puerto de partida para sacar a la pesca de más añoranzas. 


Si al principio pensamos que los peces serían pocos, hoy puedo afirmar que la pesca ha sido prodigiosa y que amenaza con ser interminable.

 

El Autor. 

Mario Fulvio Espinoza 

 

Prólogo

por Manuel Eugarrios  


A lo mejor sería dable decir que Mario Fulvio Espinoza es un obseso por las cosas de la vieja Managua, pero más apropiado y justo me parece el término fascinado, porque precisamente revela y encaja con más exactitud espiritual, la pasión que este periodista y amigo siente por una ciudad que se nos adentró para siempre en el alma, y desde la tibieza de sus (nuestros) sentimientos no ha dejado de palpitar un solo minuto desde que una medianoche de espantos y escombros nos dijo un adiós definitivo. Si, desde la perspectiva del corazón, este adiós es muy parecido o igual al que en nuestros años juveniles —cuando la corriente del afecto se convierte en un río impetuoso- nos dice el primer amor, dejándonos desolados pero al mismo tiempo gozosos porque hasta el fin de nuestros días habremos de recordarlo. 

Para demostrar con creces todo ese caudal de nostalgias que Mario Fulvio Espinoza trae dentro de sí por una capital en sus inicios polvorienta y pocas calles, recoleta y acogedora, bastaría que hubiese escrito y publicado un solo libro sobre ella: “Cosas veredes Sancho amigo / MANAGUA LA INOLVIDABLE” en el año 2001, donde retrata, con intelecto de amores, personajes y lugares de nuestra ciudad. 

Sin embargo, el gusanito de la ternura pica de nuevo en los hijares de Rocinante, y Mario Fulvio se lanza de nuevo por las campiñas imaginarias de Castilla, y un año después, a finales de 2002, nos regala con traje de caballero una segunda obra titulada “MANAGUA 1900” —siempre con la frase inmortal del Quijote “Cosas veredes Sancho amigo” recreando con amorosas letras barrios inolvidables, el 016 milagro de las primeras radionovelas y sus protagonistas, los héroes y villanos del sismo de 1931, los humildes pero apasionantes juegos de niños de esa época, mucho antes que aparecieran los modernos juegos de la televisión con su carga de violencia y malos ejemplos, y otros temas más que para mi paladar y el de muchos miles más de managuas son bocados de Cardenal. 

Pero el nidos de la ternura tiene aún más que extraer de ese hontanar de recuerdos por lo visto inagotables, y hoy con renovado fervor y con igual devoción, Mario Fulvio nos presenta la edición de un tercer libro que habla nuevamente acerca de Managua, sólo que esta vez no es él el que narra los recuerdos, sino quien entrevista a decenas de managuas que hilvanan sus remembranzas con el mismo hilo y con la misma aguja de la nostalgia que Mario Fulvio usó con una gran dosis de gozo en sus dos primeros libros. 

Como avezado conductor entre las correntadas de la querencia citadina, Mario se nos muestra como un hábil navegante que va introduciendo a cada entrevistado en las añoranzas que le son más queridas, y los lleva al punto exacto de la melancolía para que den rienda suelta a sus vivencias, y montados sobre el resplandor victorioso de los recuerdos vuelva a vivir ya sentir su antigua ciudad, la que nunca debió dejarnos, pero cuyas estampas permanecerán iluminadas en nuestros sentimientos. 

Se dice que cuando estamos bajo los reflectores de la vida, se nos hace difícil meditar. Y esto es una verdad de a puño, porque en esa etapa estamos urgidos, porque el tiempo se nos pasa rápido y se nos pierde al doblar de una esquina. Pero cuando llegamos a una cierta edad, y creemos que ya venimos de vuelta de todo, entonces afloran los recuerdos, los sueños que tuvimos, las realizaciones que alcanzamos a plenitud, y, sobre todo, los lugares donde fuimos felices por ellos mismos o porque albergaron amores y cariños. Va lo mejor, con las aristas de la nostalgia nos ponemos un poco triste, pero es una tristeza tibia, acariciadora, casi beatífica, porque es la saudade la que nos hace señas de las alegrías del pasado. 

Yes eso lo que les sucede a los entrevistados en este libro, porque son seres humanos que tuvieron un pasado en una ciudad que se nos antojó nuestra para siempre, pero que el destino y la naturaleza se encargaron de arrebatárnosla abruptamente, sin que, como dijo gallardamente Horacio Ruiz para el terremoto de 1972, hubiera ninguna señal en el cielo que nos avisara de la catástrofe. 

Más si ella se nos fue, físicamente partida en miles de escombros, lo que ni la naturaleza niel destino podrán quitarnos jamás de nuestras mentes, son sus entrañables referencias, la gracia de los pregoneros que pasaban frente a nuestras casas vendiendo las delicias del motahatol, el pebre de Masaya, la guardatinaja, el tembloroso atol de nalgas, el bienmesabes, la cuznaca, el tiste con alta espuma, el arroz con leche y canela, los caramelos de nancite, las cosas de horno, el yoltamal, y otras viandas de maravilla para nuestra sensibilidades culinarias; a lo que debemos agregar los modestos restaurantes que ofrecían sopas de mondongo, de punche, de garrobo, de frijoles con crema y chicharrón, etc. 

Entre ese pregón y los clientes que compraban se entablaba un diálogo cordial, casi benedictino, que los acercaba mediante el cordón umbilical del trato diario, de la vecindad, y a veces de un vínculo imperecedero de amistad, al igual que las tertulias en las aceras por las tardes, el respeto de los niños y jóvenes hacia las personas mayores, el urbanisimo saludo según fuera la hora en que se daba, el inexorable cumplimiento de la palabra empeñada, que por esos tiempos valla más que una fortuna. 

Es, decir todo eso y más, lo que nos hacía verdaderamente seres humanos, donde la virginidad en las jóvenes era una auténtica prenda de garantía, donde la honestidad y los valores morales tenían un ataren cada casa por más humilde que fuera. 

. Por supuesto que como en todas las épocas, también en esos años se dieron vicios y violaciones a esas normas de trato y social, de urbanidad, de respeto y de ética, pero fueron tan pocos que no tuvimos la fuerza para cambiar tan señaladas y buenas costumbres. Y, ciertamente, del pasado sólo las cosas buenas merecen recordarse, celebrarse y, a veces, cuando se puede, rescatarse, sin que por eso se nos pueda acusar de que tengamos como sacrosanta verdad que todo tiempo pasado fue mejor, como en su bella copia a la muerte de su padre lo proclamara Don Jorge Manrique. 

La frase “recordar es volver a vivir”, quizás suene un poco cursi, más lo cierto es que hay recuerdos que no sólo te marcaron hondamente sino que fueron definitorios para la esencia de tu vida. De ahí que no creo que haya alguien que afirme que no le cautiva o al menos le atrae su propio pasado. En tal sentido, recordar constituye un verdadero placer íntimo, porque a través de él se pinta en tu memoria lo que fuiste, y eso es nada menos que una renovación instantánea de tu vida, de lo que fuiste ayer nomás. 

De eso trata este libro, de los sentimientos, de los afectos, de los amores, de lo que un día en forma única o repetida nos conmovió por una u otra causa. De todo lo que guardamos en el pecho y en la mente. Todo eso recoge y abarca el título que le puso Mario: “MANAGUA EN EL CORAZÓN”. 

Algo parecido dice un escritor sudamericano muy anegado a mi espíritu, cuando escribe: “Avanzo hacia mi casa entre las magnolias y las palmeras, entre jazmines y las inmensas araucarias, y me detengo a observar la trama que las enredaderas han labrado sobre el frente de esta casa que es ya una ruina querida; y, sin embargo, o precisamente por su vejez prendida a la mía, comprendo que no la cambiaría por ninguna mansión en el mundo”. 

En pocas palabras, pues, se trata, como ya habréis adivinado, de los recuerdos que únicamente pueden invocarse en carne y hueso por medio de la memoria, y de eso nos habla de esta manera el autor citado en el párrafo anterior, que no es otro que Don Ernesto Sábalo en “La Resistencia”. 

“En el momento, nuestras vidas nos parecen escenas sueltas, una al lado de la otra, como tenues, inciertas y livianas hojas arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo. Mi memoria está compuesta de fragmentos de existencia, estáticos y eternos: el tiempo no pasa, entre ellos, y cosas que sucedieron en épocas muy remotas entre sí están unas junto a otras vinculadas o reunidas por extrañas antipatías y simpatías. O acaso salgan a la superficie de la conciencia unidas por vínculos absurdos pero poderosos, como una canción, una broma o un odio común. Como ahora, para mí, el hilo que las une y que las va haciendo salir una después de otra es cierta ferocidad en la búsqueda de algo absoluto, ciertas perplejidades, la que une palabras como hijo, amor, Dios, pecado, pureza, mar, muerte... 

“Así nos es dado ver a muchos viejos que casi no hablan y todo el tiempo parece mirar a lo lejos, cuando en realidad miran hacia dentro, hacia lo más profundo de su memoria. Porqueta memoria es lo que resiste al tiempo ya sus poderes de destrucción, y es algo así como la forma que la eternidad puede asumir en ese incesante tránsito. Y aunque nosotros (nuestra conciencia, nuestros sentimientos, nuestra dura experiencia) hayamos ido cambiando con los años; y también nuestra piel y nuestras arrugas van convirtiéndose en prueba y testimonio de ese tránsito, hay algo en el ser humano, allá muy dentro, allá en regiones muy oscuras, aferrado con uñas y dientes a la infancia y al pasado, a la raza ya la tierra, a la tradición y a los sueños, que parece resistir a ese trágico proceso resguardando la eternidad del alma en la pequeñez de un ruego...” El autor de esta “Managua en el Corazón” al dar al inicio de su libro gracias a los recuerdos, justamente se cree obligado a citar a Sancho, de quien se autocalifica apenas como notario y escribano, y yo deseo completar su sentimiento y su nobleza, citando a mi vez a Don Miguel de Unamuno en su quijotismo y Cervantismo: “La sed de sobrevivir ahogó en Don Quijote el goce de vivir, goce que caracteriza a Sancho. La cordura de Sancho provenía de atenerse a esta vida ya este mundo en cuanto personalmente los gozara, y el heroísmo sanchopancesco —porque Panza es heroicoconsistió en seguir a un loco, siendo él cuerdo, acción más de fe que la de seguir el loco su propia locura. 

“Grande fue la locura de Don Quijote, y lo fue porque era grande la raíz de que brotaba, ESE INEXTINGUIBLE ANHELO DE SOBREVIVIRNOS, QUE ES EL MANANTIAL AL TANTO DE LOS MÁS DESATINADOS DESVARÍOS COMO DE LOS MÁS HEROICOS ACTOS...” Los entrevistados de Mario en esta su tercera obra, van desgranando sus recuerdos momentáneamente anclados en un tiempo que ya fue, pero que por eso mismo sienten el tibio aletazo de la niñez, la adolescencia y la juventud, los colegios a que acudieron y sus condiscípulos, los personajes de sus barrios, las pulperías que visitaban, etc., y aunque sea con brevedad que en el goce interior se eterniza vuelven a vivir intensamente los días y los años de ese ayer inmaculado. 

Ana Ilce Gómez, por ejemplo, colega de profesión, pero sobre todo, y para mi criterio, la mejor poeta de Nicaragua en más del último medio siglo, rememora su primera decisión de estudiar periodismo, y nos dice con las mismas palabras de su honda y bella poesía que “todos tenemos un niño adentro y cuando lo matamos le arrebatamos el sentido a la vida”. Hace poco nos vimos en un formidable recital de Yelba Calvo y Rodolfo Sánchez Arauz, nuestros amigos comunes, y aproveché para traer a la memoria los días y noches inolvidables de las tertulias del Evertz junto a la poetada de la época; Edwin 1escas, Roberto Cuadra, Juan Mates, Charles Pierson, Leonel Vanegas, Bayardo Arce, Mario Selva, Ramiro Argüello, esporádicamente Mario Cajina Vega, y otros de igual factura en la vida, en la poesía y la exultante bohemia. 

Usted va a gozar, querido lector, al leer el corto, pero sanamente picaresco cuento sobre lo que le ocurrió al astado Diablo Chingo, de la fecunda imaginación de los cuentacuentos de antaño. 

Va también a descubrir el origen, o más bien el misterio poco revelado de esas casas tan particulares de Granada —que es igual a decir las casas de la Nicaragua rural y urbana- del extraordinario pintor Alfonso Ximénez, de las que Pablo Antonio Cuadra afirmaba que parecían templos solares, y que a mí se me antoja con el libérrimo derecho de opinar aunque sea profanamente, que son las casas desoladas pero a la vez habitadas del pueblo de Comala, e 1 feudo de Pedro Páramo. Entre otras muchas cosas de rico J~ sabor, Alfonso recuerda cuando con su yunta de chavalos iban a cazar con tiradora ya pescara Punta Chiltepe. 

En otra nota de este pretérito tan cercano, se nos cuenta de Metempsicosis, cuyas cuatro estrofas iniciales dicen: Yo fui un soldado que durmió en el lecho de Cleopatra la reina. Su blancura y su mirada astral y omnipotente. 

Eso fue todo. 

¡Oh mirada ¡Oh blancura y oh aquel lecho en que estaba radiante la blancura! ¡Oh la rosa marmórea omnipotente! Eso fue todo. 

Y crujió su espinazo por mi brazo; Y yo, liberto, hice olvidara Antonio, ¡Oh, el lecho y la mirada y la blancura! Eso fue todo. 

Yo, Rufo Galo, fui soldado, y sangre tuve de Gala, y la imperial becerra me dio un minuto audaz de su capricho. Eso fue todo. 

las nostalgias de quienes fundaron o vivieron en el barrio La Bolsa, propincuo a la antigua y aún erguida Catedra!, entre las que sobresalen el por qué a los Araquistan les decían “chiricayas”, un gesto muy valiente de don Santos Zelaya, y las dotes de recio boxeador que bajo la sotana ocultaba el popular padre Luis Almendares. 

Y, ¡Por Dios!, cómo no dejar de mencionar en este prólogo el relato sobre la originaria iglesia de Santo Domingo, adonde mi querida abuelita María me llevaba sin falta a la misa de los domingos, y al santo rosario —según el decir tres veces por semana. Con gusto deseo completar la nota de Mario sobre este barrio querido, señalando que el fundador de la Escuela Loyola no fue Roque Iriarte, sino el padre italiano Antonino Atucha. 

Más adelante, podrá darse cuenta de los “toque por retaguardia” de los bandidazos que laboraban en Radio Mundial —la catedral de la radiodifusión en esos años-, de las que no pudo escaparse ni el mismísimo Fray Narciso “Chicho” de Arenys. 

Y unas notas más adelante se narra la historia de la cantina de Mama Sara del barrio Ducuali —de la que fui cliente y testigo presencial de su cierre- que era visitada por banqueros y gente de carros lujosos, y en la que resultaron con una rara manía los redactores de “La Prensa” después de tanto saborear costillas dizque de cerdo. 

No podría faltar, por supuesto, en este vendaval de recuerdos, las que corresponden a la vida, obra y pasión de mi entrañable amigo Manuel Aragón Buitrago, uno de los escritores más eruditos —a pesar de que sólo aprobó el cuarto grado de primaria que he tenido el placer de conocer, y mucho más de leer por veinte años sus contundentes artículos en El Nuevo Diario, escritos con una prosa acerada y cuita, y sin pelos en la lengua. 

Y si a la delicia de los buenos recuerdos, le añadimos la fantasía de los que creen en la reencarnación, entonces nuestro deleite espiritual habrá colmado el ánfora de la i f ternura. Con esta idea cierro este prólogo citando a Don Rubén Darío que soñó haber dormido en una vida pasada con la reina Cleopatra. 

 Los Gardelianos de Santo Domingo (Para Esperanza Román, con cariño) o conocía Sancho hace más de setenta años. Entonces era de cara ovalada, boca fina, ojos negros y tristes a los que proporcionaba mayor pesadumbre el cabello negro lacio, cado sobre las tupidas cejas como visera de gorra vieja, dando penumbra al rostro para esconderlas lágrimas. 

1.0 miré aquella noche cuando estaba sentado en el quicio de la puerta del tallercito de costura y bordado que tenía la Mariíta Campos frente al costado norte de la iglesia de Santo Domingo. Allí pasaba desde las seis de la tarde hasta las once de la noche, hora en que la madre, bordadora de oficio, despegaba de la máquina Singer para irse con él a la cuartería de doña “Pacerero”, donde alquilaba un cuchitril de nueve varas cuadradas suficientes para acomodar una tijera de lona y una estufa de latón, que eran los únicos bienes inmuebles de madre e hijo. 

Mi encuentro con Sancho no fue casual. Más bien yo lo provoqué. Había comprado con mis ahorros de la venta de tortillas un trompo de puro guayacán morado, de los que fabricaba Amador, un señor gordo, negro, corpulento, de bigotes al estilo Sassa Moutema, que tenía un taller de torno que quedaba, de la esquina noreste del Caimito cuadra y media arriba. En esos tiempos a mime enredaban con eso de “arriba” y “abajo”, pero resolví el problema cuando en cierta ocasión Sancho me dijo que “arriba” es donde sale el sol y “abajo” donde se pone, ese fue uno de los primeros y sanos consejos que me dio aquel chavalito. 

Pero déjenme contarles lo del trompo. Sucede que andaba con un “rigio” arrecho por bailar aquel pedazo de guayacán, pero carecía de manita. Buscaba como sonámbulo aquella noche aunque fuera un mecate de plátano, una tira, algo que enrollar al trompo, pero nones, parecía que no estaba en mi noche. 

Vi pues aquel muchachito y mete acerqué. 

Vení ve le dijeayúdame a conseguir una manita para bailar este trompo. Pide una a esas mujeres que están costurando y bordando allí en tu casa. 

Esa no es mi casa -me dijo-. Pero aquí trabaja mi mamá, es aquella muchacha morena que está en la máquina de la esquina... ¿La ves? Está bordando un cojín negro. 

Pues que te dé un pedazo de manta, tal vez tiene, y jugamos una “mancha”... Yo te presto el trompo”. 

Pero, es que no ves que estoy escuchando radio y que a esta hora ponen mis canciones favoritas, me respondió enconchado. 

Hombre le dije yo no veo ningún radio por aquí... ¿De qué me estás hablando? No me respondió, pero con el índice señaló el cercano parque de Santo Domingo. 

¿Y qué? le pregunté, yo no veo nada. 

No es cosa de ver sino de oír, gruñó incomodo el muchachito. Agucé mis chorejas y escuché una voz que cantaba algo así:  Y entonces al oírla introducción del valsecito criollo y pasional dormida su belleza angelical temblando se despertará. 

Su boca de ilusión sabrá reír sus ojos de otro azul sabrán mirar  y se pondrá la noche sus alas embrujadas  y tu mi dulce amada temblarás. 

 Me gustó aquello. La voz del cantor era dulce, cálida, varonil, vibrante. Hasta entonces solamente me habían gustado las canciones que cantaba todo el mundo, “El Barrilito”, “El pajarito”, “La Zandunga” y uno que otro foxtrot que tarareaba de puro formulismo. Pero aquel urntante y aquella orquesta hicieron volar mi mente por paraísos ‘,!derales donde, sobre una infinita alfombra azul velvet, parejas bailaban el vals dejando tras sí estelas de zafiros y diamantes que se desparramaban trazando pentagramas rediscentes eternos que se perdían detrás de miles y miles de horizontes. 

Me había quedado como en el Limbo, oí ahora -me despertó Sancho- esa otra canción es más sentimental. 

Caminito que el tiempo ha borrado Que juntos un día nos viste pasar No le digas si vuelve a llegar que mi llanto tu suelo regó Caminito que entonces estabas bordado de trébol y juncos en flor una sombra ya pronto serás una sombra lo mismo que yo Definitivamente aquel muchachito, Sancho, era un perfecto diletante del programa de tangos que ofrecía noche a noche La Voz de la América Central, y escuchaba esa música porteña desde el parlarte que alguien nunca supe quién para darle las gracias, había colgado de uno de los postes del kiosco del hum’.’de parquecito. 

Volvía la siguiente noche para sentarme al lado de mi nuevo amigo y muy pronto tuve el chance de “escupir en rueda” de dos, y hablar no solamente de Gardel nuestro indiscutible favorito, sino también de Razzano, imaginando que éramos nosotros los que cantábamos en dúo “Ausencia”, “Los ojos de mi moza”, “Barrio querido y soleado”, y otros tangos sentimentales. 

Con el tiempo también fuimos apreciando otras voces porteñas como las de Hugo del Carril, Libertad Lamarque, Agustín Irusta, Imperio Argentina y las notables orquestas de Francisco Canaro, Eduardo Pug;esi y Alfredo de D’Angelis. 

Y así, a través de Gardel, quedamos para siempre amigos, hasta hoy atados a la vida y al tango, y nos da repelos. 

La historia triste y heroica de la “Juliana Trabajadora” cuando allá, de vez en cuando, escuchamos al doctor Alberto Castillo decir en el tango “Amarras”; “Soy como mi barca carbonera que ha quedado recalada sola, atada a la rivera. 

Yo también atado a mi pasado soy un barco que está anclado y siento en mi alma sus amarras como garfios, como garras. 

Quedamos juntos para arrastrar tejanas, para contar historias, para vivir haciendo relaciones, para morir el uno cuando desaparezca el otro. 

Ella originó aquel decir de los nicaragüenses para referirse a la gente laboriosa: “Es más trabajadora que lo Juliana Trabajadora”. Hoy queremos revivir su ejemplo. 

El primero de noviembre de 1930 dos chavalos bajaban alegremente el camino encajonado que conducía a la verde laguna de Tiscapa. 

De pronto se detuvieron extrañados, adelante, sobre un pequeño promontorio, estaba una mujer sentada, recostada sobre un enorme motete de ropa, con sus brazos abrazaba el bulto y parecía dormir sobre él. 

Roberto Castro Báez, uno de los cipotes, la reconoció al punto. 

--- Es la Juliana Trabajadora, dijo quedito. 

--- Parece que está dormida, respondió Octavio Herradora, el otro chavalo vago. 

Venciendo el primitivo miedo a lo oculto, pues la Juliana tenla fama de bruja, los muchachos se acercaron para verla mejor. Estaba morada y rígida, un sonido seco y gutural salía de su garganta. 

--- Está muerta, vamos a avisar a la gente, dijo Roberto. 


Han pasado 67 años y aquella escena de la bajada de Tiscapa permanece latente en la memoria de “El Viejo” Roberto Castro. 

“Recuerdo que era Día de Todos los Santos y que mi madre, para meterme miedo y evitar que saliera a vagar, decía que tanto el primero como el dos de noviembre las almas de los difuntos salen a asustar a los perdularios. Pero yo logré zafarme muy temprano y salir para Tiscapa arrebiatado con Octavio, al que le decían “Tortilla Seca”.


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