5.2.15

Cuentos con moralejas

Tres cuentos de Mauricio Valdez

El Pez Gordo

—Mañana te atrapo, mañana vas a ver —le decía todos los días a un pez un campesino que acostumbraba cortar y recoger leña en un bosquecillo no muy lejos de donde estaba su humilde vivienda, por allí pasaba un riachuelo donde él se detenía a pescar, habían muchos peces pero uno en particular llamaba su atención, era un guapote, el más grande de la poza a ése lo quería atrapar, pero era tan astuto el pez, que siempre lograba escaparse hasta del mismo anzuelo llevándose la carnada y otras veces se mostraba tan escurridizo que ni tan siquiera picaba. Cada vez que el campesino se iba, el guapotón alegre, daba saltos fuera del agua como burlándose del hombre.

Cuando llegaba a su casa les decía a sus hijos:

—Un día de estos, hijos míos, les traeré un gran pescado gordo, pues ya estoy aburrido de traerles sólo pequeños pescaditos.

Pero los días pasaban y nada que lo atrapaba, ni porque le ponía todo tipo de carnadas; él le ponía chapulines, él le ponía mazamorras, él que gusanos y hasta trozos de tortilla le tiraba al agua a ver si así salía a la superficie y darle un sólo sopapo en la jupa, pero nada, por eso es que estaba gordo el bandido pez, de tanto que el campesino le daba de comer.

Una vez el campesino quiso atraparlo con sus propias manos; se zambulló en las turbias aguas de la poza y con los ojos bien abiertos trataba de ver dónde se escondía el pez gordo, vio una pequeña cueva; y ahí estaba dormido, adivinen quién, pues sí, el pez gordo. Con mucho cuidado y tratando de no hacer ruido estiró sus brazos y ¡zas! atrapó al pez, éste se retorcía de un lado a otro tratando de escaparse. El hombre asomó su cabeza fuera del agua, tomó una bocanada de aire y en ese mismo instante el pez se le zafó, era tan gordo y fuerte que no lo pudo sostener con firmeza. Por más que lo volvió a buscar ya no lo encontró, tuvo que regresar una vez más a su casa, con sólo unos cuantos pescaditos para cenar.

En la mañana siguiente, el campesino fue, como ya era costumbre, a intentar atrapar al escurridizo pez; —esta vez fabricaré una lanza— dijo y se puso a cortar una vara, agarró la rama de un árbol y en seguida se alborotaron unas abejas, le comenzaron a picar y corrió como un loco huyendo de los insectos y se tiró a la poza donde vivía el pez gordo, estando dentro del agua miraba como las abejas revoloteaban en la superficie.

—Si salgo éstas abejas me seguirán picando, pero si no lo hago me puedo ahogar —pensaba muy afligido el pobre hombre.

Ya el aire se le estaba acabando, no podía contener más la respiración, de pronto el pez gordo apareció saltando fuera del agua, saltaba de un lado a otro, por encima del campesino y cada vez que lo hacía se pasaba tragando una abeja, hasta que éstas asustadas se fueron, así el campesino pudo respirar sin ser picoteado y comprendió que el pez le había salvado la vida.

Salió de la posa dispuesto a irse para su casa dejando tranquilo al pez cuando escuchó un tremendo ruido que venía de lo más profundo del bosque, los pajaritos volaban asustados, los venados corrían huyendo, todos los animales querían escapar del lugar por donde venía el infernal ruido, El campesino caminó durante unos minutos hasta que llegó donde unos hombres que derribaban árboles con sus motosierras y él les gritó:

—Deténganse, no sigan.

—Fuera de aquí, esta propiedad es privada —le dijeron los hombres enojados y campesino tuvo que irse.

A día siguiente no pudo levantarse, estaba enfermo, nadie sabía que es lo que tenía, sus hijos creían que tal vez era por tanta obsesión que tenía por atrapar al pez gordo: —lo atraparemos por ti— le dijeron a su padre, pero éste les aconsejó diciéndoles:

—No crean que ese pez tiene la culpa de que yo esté enfermo, él es un buen pez, ahora lo considero mi amigo— y les contó lo que le había pasado con las abejas.

A los pocos días se curó y lo primero que hizo fue ir a visitar a su amigo el pez, pero se sorprendió al ver que en el pequeño bosque casi no quedaban árboles, ya no había lugar donde los animales pudieran vivir. Observó con espanto que el riachuelo se había secado y muchos peces estaban muertos, corrió a la poza de su amigo y allí estaba en un pequeño charco lleno de lodo, se le acercó y vio como el pobre animalito se esforzaba por respirar dando su último aliento de vida.

—¡Oh mi amigo! ¿Qué te han hecho? —dijo con profunda tristeza y sus lágrimas caían sobre el gran pez que ya no se movía, ni sus lágrimas pudieron resucitarlo y allí lo dejó ya sin vida.

El tiempo pasó, el campesino se fue a la ciudad. Donde hubo bosque ahora hay cultivos y casas, sólo un gran árbol rechoncho permanece en la zona, se distingue a lo lejos por sus frondosas ramas, un árbol que nació y creció justamente donde estaba la poza del gran pez gordo.

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Moraleja: Haz el bien sin mirar a quién.


Ilustraciones hechas por el mismo autor de los cuentos.

El Duende Zeta

Una mañana Carolina despertó riéndose, sentía que algo le hacía cosquillas en sus pies, levantó la sábana esperando ver salir despavorido algún roedor pero no vio nada, en eso escuchó una ricita proveniente de debajo de la cama, de una salto se puso de pie y agachándose preguntó con curiosidad: 

—¿Quién está ahí? 

Se acostó boca bajo sobre el piso, viendo detenidamente hizo de nuevo la pregunta:
—¿Quién está ahí? 

¡jijiji! Otra vez la ricita, y saliendo de su escondite delate de sus ojos se dejó ver un pequeño ser vestido de rojo, su piel era verdosa parecida a la de un sapo y sus orejas las tenía puntiagudas, éste le sonrió y le dijo:

—¡Hola Carolina! Vine a hacerte compañía.

— ¿Y tú quién eres? —preguntó la niña retrocediendo ante la fea figura del pequeño y raro ser.

—Mi nombre es Zeta, —dijo con una voz ñaja— soy un duende amistoso al que le gusta hacer reír a los niños, por eso les hago cosquillas mientras duermen y magia cuando despiertan.
Entonces el duende sacó de su bolsillo polvo de hada y lo lanzó al aire, y muchas mariposas de todos los colores revolotearon por toda la habitación, Carolina se reía y estaba maravillada de la magia del duende.

Las mariposas se desvanecieron y niña buscó a Zeta a su alrededor, lo buscó entre sus sabanas, por debajo de la cama, por todos los rincones de su habitación y de pronto vio que una de sus muñecas de trapo caminaba sola, ella se asustó, pero pudo ver que era Zeta la que la sostenía por detrás.
— ¿Estabas invisible? —le preguntó Carolina.

—Sí —le dijo Zeta—, nosotros los duendes podemos desaparecer a nuestro antojo, nos dejamos ver por los niños pero nunca por los adultos, pues éstos siempre nos quieren hacer daño.
Carolina agarró su muñeca, la puso en su lugar y dijo:

—Pero yo tengo que decirle a mi mamá que tú eres mi nuevo amiguito.

—¡No! —Gritó Zeta—, guardemos este secreto, que esto quede sólo entre tú y yo. Pero Carolina no le hizo caso y le fue a contar a su mamá, por supuesto que su mamá no le creyó y esa noche acostada ya en su cama disponía a dormir, de nuevo le apareció Zeta, se subió a su pecho y viéndola su los ojos le dijo:

—¡No guardaste nuestro secreto!

El duende estaba enojado y se puso más verde todavía y mucho más feo; los dientes se le salieron y sus uñas crecieron, sacó otra vez de sus bolsillos polvo de hada y lo sopló en la cara de Carolina, ella estornudó varias veces botando a Zeta sobre el colchón, la pobre niña jadeaba, se esforzaba por respirar mientras Zeta se reía a carcajadas de forma maliciosa, de pronto, de la nada, aparecieron cuatro duendes vestidos de azul que rodearon a Zeta, lo agarraron con fuerza como que se lo llevaban preso y desaparecieron junto con él, sólo se escuchaba a Zeta gritar: Déjenme, no me lleven.
Carolina de apoco pudo respirar con normalidad, afligida y temblando se puso a llorar, en eso su mamá entró corriendo a la habitación y la abrazó calmándola y diciéndole que solo había tenido una pesadilla.

—No mamá, no fue una pesadilla, era Zeta el duende de quien te hablé.

Las dos quedaron abrazadas por un largo rato hasta que la niña se durmió. Con el tiempo Carolina casi olvidó lo sucedido y hasta llegó a creer que realmente se trataba tan sólo de una pesadilla, lo bueno era que; ya sea en sueños o en la realidad, nunca más volvió a ver a Zeta, el duende malo.
Y es que por generaciones se ha creído que si un niño o niña lo desea, puede llegar a conocer a los duendes, sólo tienes que desearlo de verdad y preguntar entre sus sábanas en voz baja antes de dormir: ¿Quién está ahí? Pregunta todas las noches y una de tantas, en cualquier momento, aparecerá un duende jugando y haciéndote cosquillas en tus pies, pero ten cuidado si te aparece un duende cuando tú no has llamado a ninguno y dice ser tu amigo, ese puede ser Zeta, no le creas nada de lo que te diga y mándalo a volar lejos.

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Moraleja: No todas las personas que se te acercan y dicen ser tu amigo, tienen buenas intenciones, pueden ser lobos vestidos de ovejas.



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El Pájaro Desgarbado

En un gran patio de una pequeña casa, bajo un frondoso árbol de mamón una viejita había construido su gallinero, en el que solamente tenía un pollo. Todas las mañanas ella le daba de comer algunos granos, de maíz y a veces de trigo, todo el día el pollo se la pasaba rascando y buscando entre la leña alguna cucaracha o cualquier otro insecto para embuchárselo.

Una mañana cuando el pollo estaba comiendo, se apareció volando un pájaro, el pobre estaba con hambre, sus plumas lucían desarregladas y hasta una de sus alitas se veía un poco caída, tal parece que no tenía mucho tiempo de haber abandonado su nido y por su apariencia seguramente se cayó del mismo. Dio unos saltos y se acercó en donde estaban algunos granos de trigo y se puso a comer, el pollo lo observó por un instante, pero luego parecía no darle importancia al descaro de la inesperada visita y él también continuó comiendo aunque más de prisa viendo de reojo al pájaro.

Cada mañana la desgarbada ave llegaba volando a comer los granos y luego tomaba agua de un recipiente que le viejita le había puesto al pollo y luego así volando se iba por donde había venido. A la mañana siguiente hizo lo mismo; comió, tomó agua y esta vez hasta se bañó, en los días siguientes el pollo se había acostumbrado al pájaro que lo esperaba y hasta lo dejaba dormir junto a él, allí en el gallinero, los dos se hacían compañía, ya eran buenos amigos, un día el pollo logró escaparse del gallinero y juntos los amigos anduvieron rascando y comiendo insectos y gusanos por todo el gran patio. El tiempo pasó y el pollo se convirtió en un elegante y gallardo gallo, y por supuesto el pájaro también creció, pero éste siempre lucía todo desgarbado.

Ahora cada día, lo primero que hacía el gallo, era cantar al alba, despertando a su amigo el pájaro quien también intentaba cantar al igual que su amigo el gallo, pero no podía. De pronto escuchó muy cerca de allí, cantos de otros pájaros, e intentó imitarlos y por fin se escuchó su melodioso trino, cantó tan bonito que los pájaros que le escucharon se le acercaron, lo rodearon, algunas pajaritas lo acariciaron y tanto lo hicieron que hasta su plumaje que estaba desarreglado quedó muy bien arreglado, en eso estaba, extasiado por su fama, cuando su amigo el gallo volvió a cantar, el estruendo asustó a los pajaritos y las pajaritas obligándolos huir de tan monstruoso sonido, su plumaje se erizó y quedó nuevamente desarreglado, enojado voló siguiendo a las pajaritas y sus nuevos amigos que en otro árbol estaban, se posó sobre una rama muy cerca de ellos y comenzó a cantar nuevamente y de nuevo lo rodearon y las pajaritas lo volvieron a acariciar, pues su canto era el más perfecto y merecía tal atención. Así vivió por muchos días, convertido en una celebridad, pareciera que esa era la vida que eternamente quería vivir, hasta que se enfermó, una gripe lo atrapó, se contagió de tal manera que ya su canto no se escuchó, por más que intentaba cantar, de su pico no salía más que un feo jadeo, sus amigos lo abandonaron, sus plumas se desarreglaron, adolorido y desanimado se fue a buscar al único amigo que no le importaba de cómo él lucía o de cómo cantaba, pero ya no lo encontró, habían muchas plumas en el gallinero pero nada de su amigo el gallo. El pájaro esperó para poder verlo, deseaba escucharlo cantar, pero sólo se escuchaba cerca de allí; el hervor de una olla que estaba sobre un fogón. Pasó esa navidad triste pero no estuvo solitario por mucho tiempo ya que la viejita puso otro pollo en el gallinero, el pájaro con su nuevo amigo compartían los granos de maíz o trigo y de vez en cuando salían al patio a comer insectos y gusanos, pero el pájaro no volvió a ser como era antes, pues extrañaba a su amigo el gallo gallardo, de él aprendió el valor de amistad.

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MORALEJA: Muchas veces se valora la amistad hasta que se pierde.

© Cuentos e ilustraciones de Mauricio Valdez Rivas


Cuento de Camino

por Mauricio Valdez

Pues vean amigos, yo casi no he salido de esta isla tan bella ubicada en mero centro del Gran Lago de Nicaragua, por eso es aquí donde me han pasado taaantas cosas, más cuando yo era chavalo, ¡huuuu, hace muuuucho tiempo ya! como una vez que iba a la finca de mi compadre Uriel, para ver si me vendía algunas vaquillas, de pronto en medio del camino veo atravesado un gran tronco, yo pensaba que se había caído por los fuertes vientos que estaban azotando en esos días, cabalgué a la orilla del gran tronco tratando de rodearlo para pasar al otro lado, después de un rato cuando llevaba como un kilómetro, me detuve, bajé de mi caballo, me subí a la ramas más altas de un árbol para ver hasta donde llegaba el susodicho tronco y ¡vean que susto! El supuesto tronco comenzó a moverse y alláaa se miraba una cabeza, era una enorme culebra, tuve que esperar que pasara para poder seguir mi camino, cuando pasó agarré de nuevo el sendero, por suerte no estaba cerca de su cabeza porque si no me hubiera hartado con todo y el caballo.

No pasó mucho tiempo cuando escuché unos rugidos ¡eh! Me detuve, allí estaba un león en medio camino, parecía que estaba con una pata herida, desmonté lentamente y me escondí detrás de unos matorrales, quedé esperando a que se valla el animal, pero el caballo se me puso brioso, se me zafó de las riendas y el león que me ve, se lanza sobre mí, en ese instante aparece otro león a mis espaldas y se lanza agarrando al otro por los aires y comenzó la feroz lucha, se paraban en dos patas, se daban con sus garras y se escuchaban los grandes rugidos como truenos, ya mi caballo ni lo miraba, yo sólo puse los brazos sobre mi cabeza y quedé ahí mismo agachado, de pronto un silencio, volví a ver hacia donde estaban los dos leones y habían desaparecido, me fijo bien ¡eh! sólo estaban las dos puntas de las colas, se habían hartado los dos, ¡sí! los dos se comieron uno al otro, ¡que ferocidad de animales!

Tuve que caminar mi buen trecho hasta que vi a mi caballo, me estaba esperando más adelante, era un fiel animal, ya el susto de los leones le había pasado, lo agarré por las riendas y me monté, así continué mi camino.

Al rato escucho otro rugido ¡Eh! ¿Y eso que será? me dije, era un rugido más fino, como de tigrillo, pero mi caballo de nuevo se puso nervioso y se me para en dos patas y pega la carrera en dirección contraria, pero no me votó, las ramas más bajas de los árboles me pegaban en el rostro, no podía detener al animal que iba a todo galope, ¡Joo! ¡Joo! Le decía mientras le jalaba con fuerzas las riendas hasta que se detuvo, ¡Shss! Quieto amigo, lo trataba de calmar acariciando su pescuezo, pero yo miraba oscuro a mi lado derecho, me toco la cara y siento que no tengo un ojo, ¡ala chocho! y me regreso a buscarlo, ahí iba con sólo un ojo buscando el otro que se me había perdido, y allí estaba, entre las ramas había quedado colgado, lo agarro, lo sacudo porque ya estaba lleno de hormigas y me lo pongo, ¡hey jodido! me lo había puesto al revés, me lo quito deprisa y me lo vuelvo a poner, esta vez me lo puse bien, que feo se ve uno por dentro.

Pero bueno, sigo mi camino y de nuevo ese rugido de tigrillo, ¡Shss! le decía a mi caballo, me bajé, lo amarré y me fui en dirección al ruido, ahí estaba, era un gato salvaje, bien bonito el animalito y como se miraba manso me le fui acercando despacio, él no se movía ni hacía más ruidos, me lo quería llevar para tenerlo como mascota, ya lo estaba acariciando cuando ¡Plash! me lanza un tapaso y me muerde el dedo, cuando me fijo, ya no tenía mi anillo, un anillo grueso de oro que me lo dejó de herencia mi papá, el gato se lo había tragado, ¡Ah, no! ¡Eso si que no! dije y le meto la mano en el gaznate hasta la panza, agarro el anillo y lo halo con fuerza, pero también agarré el estómago del animal y lo volteo como calcetín, ¡Huy! ¡Que feo se ve un gato al revés! Pero vean, sale el gato como loco pegando contra todo lo que estuviera en su camino, claro el animal iba ciego.
Bueno, al fin llegué a la finca de mi compadre, allí estaba él, platicamos, tomamos “culo de buey” (cususa: bebida alcohólica de maíz) y luego me vendió dos toretes y una vaca, ese mismo día ya iba de regreso para mi casa.


Ya estando en mi finca, sentado en mi silla mecedora tomándome mi cafecito, observaba el montón de quiebra platas (luciérnagas) regadas por todas partes, parecía una gran alfombra con lucecitas de navidad, miraba una con una luz de un color distinto, alumbro con mi potente foco y veo un arbusto que sólo se mueve, ¡Eh! ¿Y eso? me digo, pero no le puse mucha mente, vuelvo a ver más hacia la izquierda y otra vez la rara quiebra plata y le pongo de nuevo el foco, otro arbusto que sólo se mueve, ¿Será algún animal que anda por ahí? ya me inquietó, apago el foco y aparece la lucecita por otro lado, se encendía y se apagaba con un movimiento distinto a las otras, le vuelvo a poner el foco, otro arbusto que se mueve, en eso, alumbrando estaba todavía cuando veo que sale del arbusto poniéndose de pies Genaro, uno de los peones que trabaja en la finca, estaba fumándose un cigarrillo y me dice: ¡Idiay hombre, no me vas a dejar cagar tranquilo! y yo que suelto la carcajada, ¡Ah, sos vos! le digo, pero no me aguantaba la risa. ¡Hay! las cosas que a uno le pasan en estas tierras. Hay les cuento otras andanzas que me han sucedido en los caminos y senderos de mi Nicaragua.


© Cuento e ilustración de MauricioValdez Rivas. 

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4.2.15

Los cuentos de mi abuela


• El Cadejo

Pues hombre, yo nunca les tuve miedo a esos espantos, cuando a mí me salían les decía malas palabras, chanchadales les decía y se iban, es que solo así dejaban de estar molestando...

—Así comenzó mi abuela a contarnos sus cuentos. Mi “güela” así le decíamos, le echó más gas al candil, un candil grande que ella misma hizo con una botella de vidrio transparente y grueso, echaba humareda, pero eso no nos molestaba porque estábamos en el alero, estilo porche de la casa, y en donde estaba amarrada a dos pilares, la hamaca en que la güela se mecía, ella continuó diciendo:
... Yo estaba muy cipota pero me acuerdo bien haber visto muy asustado a mi abuelo Perfecto una noche que llegó a la casa bien asustado, él comenzó a decir que El Cadejo lo venía siguiendo; nos dijo: «Venía caminando despacio porque vengo con mis tragitos, de pronto escuché un gruñido, ¡Eh! ¿Y eso?» —dice él—. El ruido venía del mismo camino por dónde iba a pasar, pero no miraba bien porque estaba muy oscuro, después oyó unos paso detrás, a sus espaldas y dice: «¡Ay Diosito! Hasta el guaro se me fue quien sabe dónde». —Él pensó en lanzarse a un lado del camino, pero era “pior” porque de seguro lo mordía alguna que otra culebra. Se quedó paralizado y agarra una gran piedra y “con los huevos a tuto” camina hacia donde él creía que estaba esperándolo El Cadejo malo, el perro negro, porque el blanco es el bueno y es el que protege a la persona de ese otro perro que es arrecho, ¡Ah! pero si uno le tira piedras al blanco para que no lo siga, éste también ataca, lo mejor es dejar que los dos se peleen y salir corriendo. A pues, mi abuelo Perfecto con la piedra en la mano se acerca y... nada, el cielo se despejó y no vio nada, y por detrás todavía escuchaba el ¡trakc! ¡track! y es que a esos animales le truenan los “güesos” de las patas cuando caminan, escuchaba esos pasos como se acercaban a él y pega la carrera sin mirar atrás, hasta llegar a la casa todo cansado, sudado y asustado con el corazón ¡pum, pum, pum! latiendo a todo mamón. Nosotros le dimos agua y ¡glu! ¡glu! se la tomó rápido. Cuando se calmó es que comenzó a contarnos lo que le acababa de pasar.




• La Carretanagua

Esto le pasó tiempo después a un amigo de mi papá con el que salía de parranda, don Nacho. Era una noche con tormenta, que nadie salía de sus casas, todos con las puertas y ventanas cerradas, era temprano pero estaba oscuro...
— ¿Había luz eléctrica en ese tiempo güela? —La interrumpimos.
—Sí, si había pero sólo unas cuantas casas tenían, los que podían, si esto era un pueblo con sólo unas cuantas calles y casitas.
— ¿Ajá?, Siga.
...Apues, nadie asomaba la cabeza todo árido aquello y ¡chissss! Aquella lluvia incesante, no era fuerte pero no paraba de llover y ¡bruum! se oían unos truenos y se veía relampaguear, de pronto ¡crach! ¡crach! ¡crach! no eran truenos, ni árboles cayendo, ni cualquier otra cosa; sino el traqueteo de la carreta jodida, La Carretanagua.
Nadie quería asomarse para verla cuando estaba pasando en frente de sus casas, todos con miedo, sólo don Nacho, que se quedó lempo como un fantasma, hasta parecía una hoja de papel, ¡pálido, pálido, pálido el pobre! y es que abrió la ventana el curioso, le pega la brisa con un viento que sopló, estaba mojado pero eso ni lo sentía, porque con “los chonetes pelados” estaba viendo a La Quirina con su carreta jalada por dos bueyes flacos, él nos contó, días después, que esos bueyes eran sólo cuero y güesos”. Y entonces se va de espadas, casi le da un infarto.
Alláaa... al rato, ya no se escuchaba más el traqueteo de la carreta, claro al llegar a la esquina la carreta ya no puede pasar porque las calles forman una cruz, se desaparece y vuelve a aparecer en la otra calle. Pero el pobre hombre casi se lo vuela por el susto que le dio, sólo a él se le ocurre mirar y así les pasó a varias personas, a algunas si se les paró el corazón o se enfermaron y murieron a los días. En esta calle pasaban todas esas cosas: La Chancha Bruja, La Mona, hasta La Procesión de las Ánimas Perdidas, por eso es que pusieron esa cruz en la esquina, ahí en el tope, que antes era de madera pero se pudrió, ahora es de cemento, pero ¡uuuh! ya tiene bastantes años desde que pusieron la primera cruz en ese lugar.

—Mi güela y sus cuentos, así terminó el segundo bastante interesante.
—Le preguntamos que si tenía un “relato” de La Cegua, ella nos dijo que sí y comenzó a contarnos.




• La Cegua

Esto le pasó a un fulano que ya ni recuerdo su nombre, era enamorado de una prima, era muy bonitilla la jocoteada con su cuerpecito delgado pero caderuda, ¡eeeh! pero ese hombre era bien mujeriego, por eso es que no le hacía caso la Felipa, que así se llamaba la prima, ella fue la que nos contó lo que le pasó al fulano ese, Julián creo que se llamaba, él le contó a ella que una vez fue a visitar a unos familiares allá por El Viejo, familiares decía él que de seguro era alguna queridita que tenía escondida, entonces dice que él se fue a pies, estos lugares eran diferentes no son como ahora, las casas no eran tan seguidas y habían trochas donde la gente tomaba atajos para llegar más rápido, Julián salió ya de tarde, todavía había claridad cuando pasó cerca de un casita que estaba abandonada, se había encontrado con un señor que iba a caballo y le había dicho que no pasara cerca de esa casa porque estaba embrujada y que ahí vivía La Cegua. Pero Julián no se podía desviar, entonces pasó ya con miedo caminando lo más rápido que podía y de pronto que se queda quieto al ver una mujer vestida de blanco que se le acercaba, y dice ¡La Cegua! pero no fue tonto ya que iba preparado, ya sabía desde que salió, que ahí vivía La Cegua, iba preparado con granos de mostaza, pues él sabía que si le arrojaban al suelo a las Ceguas granos de mostaza éstas no podían resistir las ganas de recogerlos todos uno por uno y de esa manera al que están por atrapar le da oportunidad de salir corriendo y escaparse, pues así hizo, tembloroso el hombre les tiró los granos que llevaba en un saquito, y La Cegua se puso a recogerlos, él decía que eran varias, tres o cuatro, caminaban rápido y no se les veían los pies parecía como que flotaban y tenían una larga cabellera como mecate de cabuya y los dientes; unas los tenían de cáscara de plátanos y otras de granos de maíz, no se les veían los ojos por el pelo que le tapaba casi todo el rostro y las manos con los dedos largos y unas uñas grandes eran como de palo, parecían ramas.
A varios atrapaban esas mujeres, pero sólo a los trasnochadores y mujeriegos, dicen que los dejan todos dundos y así pasan días, tardan en volver a normalidad, por eso cuando uno es dundo, así todo jambeco, le dicen que parece jugado de Cegua. Pero a ese Julián no le hicieron nada por los granos de mostaza que llevaba, mucha gente caminaba preparada con objetos benditos como el cordón de San Francisco para protegerse de cualquier espanto porque hay que ver cuántas cosas se miraban antes.
Una vez —continuó diciendo la güela— mi abuelo Perfecto atrapó una Cegua. Él estaba bañándose en el río muy de mañanita, cuando escucha decir: ¡Perfecto! ¡Ohe, Perfecto! ¿Sos vos Perfecto? vení ayudame.
Se viste mi abuelo; se pone su pantalón, se lo amarra con su cordón bendito, se pone su cotona, sus caites y su sombrero de paja.
—Sí ¿quién es?, preguntó.
—Soy yo, Jacinto.
— ¡Idiay Jacinto! ¿Qué haces ahí?
Era un campisto que vivía cerca y que estaba enredado metido en unos bejucos tras unos matorrales, allí a la orilla del río.
— ¿Pero qué te pasó hombre?
— ¡Estas brujas fueron!
— ¿Quienes?
—Pues las Ceguas, sólo para molestar sirven.
Y las Ceguas: ¡cuas! ¡cuas! ¡cuas! Se escuchaban carcajearse no muy largo de donde ellos estaban.
Mi abuelo ayudó a Jacinto a salir del las enredaderas y dijo enojado:
—Van a ver las muy bandidas, espérenme que ahí voy.
Se quita la cotona y se la pone al revés, luego se saca su cordón bendito, el que caminaba como cinturón, y una cutacha que tenía forma de cruz, se acerca a una de las Ceguas, estas tenían el cuerpo de tallo de cepa, pelo de cabuya y dientes de pétalos de alacate, una flor de monte amarilla. Apues le pone la cruceta de frente y... ¡ésta que se va de retroceso! Le tira el cordón bendito y se queda La Cegua quieta, la laza del pescuezo con un mecate y la amarra a un palo.
—Perfecto dejame ir—. Le decía La Cegua con voz áspera.
— ¡Ah! con que me conocés, decime quién sos.
—No puedo Perfecto, sólo dejame ir.
—Si no me decís quién sos, te llevo donde el cura.
Y no habló, entonces mi abuelo la llevó donde el cura jalándola con el cordón bendito. Allá la amarraron en una palmera frente a la iglesia y el cura le dio unos riendazos con unas coyundas remojadas con agua bendita y la mujer hasta que se retorcía y gritaba como endemoniada, luego la soltaron y le tiraron granos de mostaza, allí amaneció recogiéndolos, al rato se murió de pena, porque ya todos sabían quién era, conocida era la muy chancha.
Así termina otro cuento la güela, ahora fueron dos por uno, cortos pero interesantes como los anteriores, iguales son los que siguen.
—Güela ¿y cómo son los granos de mostaza? —le pregunté.
— ¡Asiii chiquititos! —fue lo único que respondió enseñado sus dedos índice y pulgar apretados.
—A mi abuelo también le salió el hombre sin cabeza o El Gritón como era conocido.
— Dijo la güela y así comenzó otro cuento.




• El Gritón

Bueno, y es que a mi abuelo le salió de todo: él era perseguido por El Cadejo, a él le salió El Mosmo, a él la Chancha Encaitada, La Mona, El Gritón, a éste así lo llamaban porque antes así se comunicaban los campistos, con gritos, para saber quién andaba “poraí”, ese señor que quedó sin cabeza era un hombre que andaba buscando unas vacas que se le habían perdido, hay andaba montado en su caballo gritando: ¡Hay va hom! se metió a la espesura de la selva en el cerro El Chonco y con mala suerte que el caballo se asustó por los rugidos del tigre que andaba cerca y sale a todo galope el animal y pasa por unos bejucos que estaban colgados y le pasa arrancando la cabeza al pobre hombre y el caballo se desnuca, así andaba sin cabeza y todavía montado en su caballo.
Mi abuelo lo escuchaba de vez en cuando, hasta que un día se topó con él. Esa noche lo escuchaba bien cerca ¡Hay va hom! gritando, y rápido se puso su chaqueta de dril al revés y sacó su cordón bendito y lo puso de frente con la mano estirada en dirección de los gritos y El Gritón pasó de largo, sólo la sombra miró pero aún así pudo observar que el hombre no llevaba la cabeza.
Sí, es que antes todo era monte, montaña espesa y muchos campistos desaparecieron sin dejar rastros, ese cerro El Chonco era selva casi impenetrable, de todo animal había, abundaban los venados, las guardas tinajas, los cusucos, todo eso, la gente tenía bastante para comer, no padecían de hambre, hasta frutas por todos lados había, ahí estaban los árboles llenos de frutas, si estaban cerca de una casa, sólo pedía permiso y cortabas hicacos, mangos, mandarinas, fruta de pan, aguacates y otra más. A los animales los cazaban con perros y algunos que tenían escopetas. Pero el garrobo no se comía, se miraban los grandes garrobones, iguanas verdes grandotas, ¡Ah! Pero se tenía uno que cuidar de los animales feroces como los tigres y leones que ahí vivían. Con el deslave de 1960 eso quedó todo pelado, poco a poco se fue recuperando pero ya no como antes por la misma gente que comenzaron a despalar para cultivar. Pero antes del deslave ese cerro estaba resguardado por los duendes.





• Los duendes del Chonco

Allá de vez en cuando se aparecía un amigo de mi abuela Cesaria, llegaba y le decía:
— ¡Ideay Cesaria! ¿Cómo estás?
— ¡Eh! ¡Ideay Chicoyo!
Se llamaba Francisco, pero le decían Chicoyo, quien sabe por qué.
—Aquí te traigo —le decía él. Eran unas frutas hermosas, grandotas, unos grandes plátanos que nunca se habían visto por estos lados, unos zapotes con bastante comida grandotes también.
—Hombre, Chicoyo y vos ¿de dónde sacás todo esto, estas frutas tan grandes? —le preguntaba mi abuela.
— ¡Ah! es que por ahí tengo unas tierritas muy buenas, siempre tengo de todo, por hay te traigo más otro día que pase —le decía.
Por allá a los días se aparece: Adiós Cesaria hay paso de regreso dejándote frutas —le dijo.
Pero bueno, nunca faltan los curiosos, uno de los hermanos de mi abuela, mi tío Isidoro, se va detrás del tal Chicoyo.
Tengo que saber donde tiene éste esas tierras —decía— y lo va siguiendo de larguito cuidando que no lo mirara, él en sus caballo y mi tío a pies, luego ve que Chicoyo se mete en la selva, ahí en El Chonco y se le pierde de vista, él quiere entrar también, pero le sale un hombrecito, así la mierdita, bien chiquito, si parecía un cipotito pero con cara de viejo. Apues, se le aparece y todo odioso le dice:
—De aquí no pasás, devolvete.
—Cómo que devolvete ¿por qué no puedo pasar? —le pregunta mi tío.
—Que no vas a pasar te digo y haceme caso.
Arrecho el hombrecito. Entonces le hace caso mi tío y se regresa.
—Y éste jodidito ¿por qué no regresó a Chicoyo? ¿por qué sólo a mí?
Bueno, y llegó a la casa, al rato llega Chicoyo:
—Cesaria ya voy de regreso tomá estas frutas, no traje muchas pero aquí te dejo.
Cuando ya va de salida le dice mi tío:
— ¡Ajá Chicoyo! Ya sé que tenés un arreglo con esos duendes del Chonco, andá hombre no seas malo y deciles que me ayuden a mí también, no ves que tengo que darles de comer a una marimba de chavalos, con esas frutas suficiente para todos, hasta podría sembrar las semillas.
—Está bien, vamos pues, te voy a llevar —le dijo y se van.
Allá al rato llegan a una quebrada donde estaba, del otro lado, un gran palo de jocote, entonces Chicoyo le dice:
—Mirá Isidoro, yo me voy a ir al otro lado de la quebrada, detrás de esa loma y vos quedate a este lado, no te crucés —y se fue.
Mi tío se puso a recoger jocotes de unos palitos que estaban allí. Como a la hora los recoge todos y dice:
—¡Eh! voy a recoger más del otro lado de la quebrada, de ese gran palo que está allá, a mí nadie me va a decir que es lo que tengo que hacer —y se cruzó, él que pone un pies al otro lado de la quebrada y lo palmean, escucha unas palmadas como cuando llaman la atención a un niño.
— ¿Y eso? —dice él asombrado, pero no miraba a nadie y sigue caminando, lo vuelven a palmear. Ya la cagaron estos enanos —dijo y en ese momento aparece Chicoyo con el caballo cargado de frutas, repletas las alforjas, hasta que venía cansado y sudado el pobre animalito.
—¡Ideay! no te dije que no te cruzaras, vámonos que aquí llevo bastante frutas para vos y tu familia —y se fueron del lugar.
Así era Chicoyo ayudaba al que podía pero nunca supo nadie que es lo que había hecho, qué trato tenía con los duendes, dice la gente que esos duendecillos se robaban a las muchachas cuando se enamoraban de ellas, pero tenían que ser bonitas para que se la llevaran y la familia recibía favores a cambio. Decían que Chicoyo tenía una hija joven muy bonita y que ya hace tiempo no la veían.

Así termina de intrigante uno más de los cuento de la güela. Nos acomodamos mejor para escuchar el otro y uno de mis hermanos le preguntó:
— ¿Güela y qué cosa es El Mosmo que dijo que también le salió a su abuelo Perfecto?


                      

• El Mosmo

El Mosmo es un espíritu burlón, es un chompipe, pero sólo la mitad, como que lo partieron de arriba hacia abajo, sólo tiene una pata y un ala, es la mitad de su cuerpo nada más. Cuando le salió a mi abuelo se atracó con él, le salió en el patio de la casa cuando estaba sacando la bacinilla a media noche, la vaciaba al fondo del solar, esa vez se le aparece El Mosmo saltando de un lugar a otro, claro como sólo una pata tenía entonces saltaba y ¡Purururuu! Hacía una bullaranga como hacen los chompipes con el ala extendida. Mi abuelo le saca su cutacha de cruz que nunca se la despegaba, y se la pone de frente, sale aquel animal brincando hacia el monte perdiéndose en la oscuridad, de pronto le aparece por detrás y le pega una patada en la espalda a mi abuelo. «¡Hey jodido!» dice éste y se da la vuelta rápido y le pega con la bacinilla, allá fue a dar contra el cerco el jodido animal, pero se levanta y zafa para el monte, ya no regresó. Al entrar a la casa mi abuela le pregunta que qué era esa bullaranga que se tenía, «era El Mosmo», le dijo él muy tranquilamente y se acostó a seguir dormir.
Y es que hay espantos que son espíritus como El Mosmo, pero también hay gente que se transforman en Ceguas, en Monas y en Chanchas Encaitadas que se le llama así porque esa chancha cuando camina va haciendo un ruido como que lleva  caites, era difícil verla pero cuando la lograban ver se les tiraba encima queriendo morder con unos chillidos fuertes, la muy jodidas mujeres se trasforman en esas cosas para andar molestando a los demás, sólo por eso.


              

• La Mona 

En monas se convertían mujeres vagas, aquí había una mujer que vivía sola y que sabía la vida de los demás, cualquier secreto ella ya se daba cuenta rápido y era para eso que se convertía en mona, le rezaba al diablo, hacía una oración que sólo ellas sabían, daba tres volteretas hacia adelante y la piel se les caía, ya quedaba como mona, igual a una mona con cola y todo, ahí dejaba la piel mientras andaba de árbol en árbol y hasta encima de las casas buscando a quién seguir o ya tenía visto al que iba a espiar o la casa en que iba a escuchar la plática de los demás.
Cuando siguió a mi abuelo éste venía de una vela de un campista que le había caído un rayo, pero mi abuelo ya sabía que La Mona venía detrás.
«¡Ah, sí! Con que me venís siguiendo, ya vas a ver» dijo él. Pero bueno, pasó. Ya mi abuelo sospechaba, quien era la que se transformaba, muchos sabían que era esa mujer que vivía sola, entonces mi abuelo fue donde el cura y le contó todo, el cura le dijo:
«Tomá este frasquito que contiene agua bendita, llegá a su casa cuando sepás que ella anda afuera convertida en mona, la esperás, pero que no te vea, esperás que dé tres volteretas hacia atrás para que se le suba la piel y cuando eso haga ella queda como adormecida, entonces aprovechá y le echás el agua bendita y ahí la dejas, vas a ver que nunca más se va a poder transformar en mona aunque lo intente una y otra vez.»
Así hizo mi abuelo, fue a la casa de la mujer:
¡Buenas!, dijo cuando llegó, para asegurarse que no había nadie y allí estaba la piel en el piso, toda recogida como que era una vestimenta de trapo, la casa estaba toda oscura, sólo un candilito que estaba sobre la mesa era el que medio alumbraba.
No sé si él no le entendió bien lo que le dijo el cura o es que no quiso esperar a que llegara la mona, tal vez sintió miedo, la cosa es que él le echó el agua bendita a la piel que estaba ahí y se fue. Cuando llega la mona, ésta da las tres volteretas hacia atrás y dice súbete piel, pero no se le sube, por más que intentó no pudo transformarse nuevamente, daba las tres volteretas y volvía a decir súbete piel y nada y así se quedó mona por el resto de su vida. Ya no molestaba a nadie, los pobladores como la conocían y ya sabían de quien se trataba, le daban de comer y la cuidaban hasta que murió de vieja.



• Procesión de las Ánimas

Esto le sucedió a mi mamá, una noche cuando la luna estaba grande y redondita, iluminaba como que estaba amaneciendo, mi mamá se levanta quién sabe a qué, su cama quedaba pegada en la parte de la casa que daba a la calle, mira entre las rendijas de las tablas unas luces, abre la ventana y ve que estaban pasando un grupo de personas encapuchadas, iban en fila a cada lado de la calle, cada uno llevaba en sus manos una candela encendida, caminaban sin hacer nada de ruido, sin hablar, todo en silencio y es por eso que nadie se daba cuenta de que estaban pasando y no salían a ver, todos estaban dormidos pues eran casi la media noche, sólo mi mamá que nos despierta para que fuéramos con ella, abrimos la puerta para ver la procesión que pensábamos que era de algún santo, en eso uno de los encapuchados, el último de la fila se nos acerca y le da una candela a mi mamá, extrañadas nosotras cerramos la puerta y nos fuimos a dormir todas acurrucadas muertas de miedo, mi mamá no dijo nada, sólo apagó la candela que le habían dado y la guardó en una gaveta de una mesita en donde tenía encima una imagen de San José.
Bueno, al día siguiente comentamos sobre la rara procesión y nadie nos creyó, tal parecía que sólo nosotras fuimos testigo de lo que pasó, en eso mi mamá se acuerda de la candela regalada y al abrir la gaveta mira que en vez de la candela estaba un hueso y dice con asombro: «¡Lo que vimos anoche fue La Procesión de las Ánimas Perdida!» Y nos quedamos con la boca abierta y el corazón que casi se nos salía. Esto sucedió porque la cruz de madera que estaba puesta en el tope de la calle, se había caído hace algunos días, hasta que pusieron la cruz de cemento que es la que está ahora.

—Güela, una vez nos contó que a usted la molestaban los espíritus. ¿Cómo fue eso?



• Espíritus burlones

¡Aaah! Sí. No había nacido tu mamá todavía, estaba chiquita tu tía Elvira, que fue la primera que nació, yo siempre la ponía en una “maquita” hecha de saco y la mecía hasta que se dormía, así me dejaba hacer las cosas de la casa, pero cuando la hamaca se detenía la pirrimplina se despertaba y comenzaba a llorar, entonces llegaba a mecerla. Allá al rato oigo que está en carcajadas la chavala, voy a verla y estaba en grandes mecidones, unas mecidas que yo miraba que ya se iba a caer la Elvira. ¡Hey, carajo! grito yo, detengo la hamaca y les digo a los espíritus: ¡me van a botar a la chavala, pues! no estén jodiendo. Sólo di la media vuelta y la hamaca comienza a merecerse de nuevo, ¡bueno!, y comienzo a regañarlos y a putiarlos. Es que sólo diciéndoles malas palabras ellos se van, pero esa vez sólo se calmaron por un rato. Escucho en la sala ¡plof! ¡plof! voy a ver y estaban unos jícaros regados en el piso, como en el patio había un palo de jícaro cargado, los jodidos los habían ido a tirar a la sala. ¡A la p...! digo, y me pongo a recoger los jícaros, los saco y los voy a votar al fondo del patio, cuando regreso otra vez ¡plof! ¡plof! más jícaros que fueron a volar dentro de la casa, sólo logré ver algunos que daban vueltas en el aire antes de caer en medio de la sala. Ya la ca... ustedes, vayan a jo... a otro lado, les dije.
Mi mamá se había ido a León donde un doctor amigo de ella, el doctor Paneagua, era doctor en medicina pero también era espiritista, pero mi mamá fue porque tenía unas dolencias, ¡pero ideay! ¡ya se estaba dando cuenta de lo que estaba pasando en la casa! y es que los espíritus se fueron a quejar con el doctor, éste decía a mi mamá:
—Usted tiene espíritu en su casa, ellos me dicen que una hija suya los maltrata, que les dice barbaridades.
—Si a ella la molestan ella se arrecha, pues —le dijo mi mamá al doctor y éste le dice:
—Pobrecitos, dígale que no los maltrate, si ellos están allí es por su otra hija; la Bertilda, que tiene tendencia al espiritismo pero no se ha dado cuenta de eso, es una médium.
— ¿Y qué es eso? —preguntó mi mamá.
—Pues alguien que se puede comunicar con los espíritus —le dijo el doctor.
Cuando mi mamá llega a la casa todo eso nos cuenta, entonces mi papá envió a la Bertilda a pasar un tiempo con unos familiares a León, pero los espíritus no se fueron, siempre molestaban haciendo ruidos.
Y es que todo comenzó desde que quitaron una pared que dividía el patio, ahí comenzaron con la fregadera, se fueron cuando se llamó al padre de la parroquia y bendijo cada rincón de la casa por dentro y por fuera, hasta que tronaban todas las tablas de la vieja casa cuando el cura echaba el agua bendita diciendo a los espíritus que se fueran, sólo así salieron y ya nunca regresaron.




Llegó la energía, la güela sopló el candil y al segundo intento lo apagó dejando una estela de humo negro. Todos estábamos agradecidos por sus cuentos que además nos sirvieron para conocer un poco de la vida de nuestros antepasados y de las personas que vivieron en estos lugares hoy bien poblados. 


© Cuentos e Ilustraciones de MauricioValdez Rivas. 
Del su libro Cuentos y Mitos de Nicaragua

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ORÍGENES Y DESCRIPCIONES 
DE ALGUNOS DE ESTOS MITOS

Tomado de Folklore de Nicaragua. Enrique Hernández.
Editorial Unión. Masaya, 1968.

EL CADEJO

En las noches a altas horas, cuando generalmente ya los hombres van de regreso para sus posadas, después de visitar a sus mujeres, un perro grande y fuerte, de color blanco, sigue a aquellos, a poca distancia, custodiándolos, hasta dejarlos a sus casas, este perrote es El Cadejo, el amigo del hombre trasnochador; quien se siente garantizado cuando se da cuenta que es seguido por dicho animal; el perro blanco y grande lucha y defiende de todo peligro al hombre. En la versión nicaragüense se maneja que son dos perros; el otro que al igual que el blanco es grande y fuerte pero de color negro, éste también deambula en las noches, es el enemigo del trasnochador. Si los dos Cadejos se encuentran, se traba entre ambos una tremenda y sangrienta lucha, hasta que por lo general cae vencido el negro. (El bien vence al mal).
También el Cadejo blanco procede con malicia si el caminante no quiere su compañía, tirándole piedras y ahuyentándolo.
Los ojos de los Cadejos brillan mucho por las noches y no se cansan de caminar toda la noche hasta que ya al amanecer desaparecen. Por eso cuando una persona es buena a caminar se le compara con el cadejo.
En el mito de El Cadejo se contempla la existencia de un animal guía para cada persona (según creencias indígenas). El animal guardián defiende contra el mal encarnado a veces en El Cadejo Negro, color que simboliza el mal. Cuando un Cadejo Blanco olfatea a un perro negro en el momento de acercársele a su protegido, el blanco ataca de manera que la persona pueda huir y salvarse del mal que le aguarda del negro. El combate de los dos Cadejos encarnan en ese momento los principios opuestos del bien y el mal. No se le atribuye superioridad a uno o a otro, ambos tienen igual poder e influencias sobre las personas.


 LA CARRETANAGUA

Algunos creen que pasa anunciando la muerte de alguien y es en la carreta misma que La Muerte Quirina maneja y acarrea con todas las almas en pena, de aquellos que hicieron maldades en el pueblo. Pues ya se ha visto de que al día siguiente de haberse aparecido La Carretanagua alguien ha muerto en el pueblo. “Se la llevó La Muerte Quirina en La Carretanagua”.
La gente se siente sobrecogida de terror cuando oye pasar La Carretanagua, que sale en las noches oscuras y tenebrosas. Al caminar hace un gran ruidaje; pareciera que rueda sobre un empedrado y que va recibiendo golpes y sacudidas violentas a cada paso. También pareciera que las ruedas tuvieran chateaduras. La verdad es que es grande el estruendo que hace al pasar por las calles silenciosas a deshoras de la noche. Los que han tenido suficiente valor de asomarse para verla pasar, han dicho que es una carreta muy vieja y floja, más grande que las carretas comunes y corrientes. Cubierta de una sábana blanca muy grande, de manera de toldo. Va conducida por La Muerte Quirina, envuelta también en un sudario de sábanas blancas, con su guadaña sobre el hombro izquierdo.
Va tirada por dos bueyes encanijado y flacos, con las costillas casi de fuera.
La carreta al parecer no puede dar vueltas en las esquinas. Pues si al llegar a una, ésta tiene que doblar, desaparece, para luego reaparecer sobre la otra calle. Al pasar los perros aúllan y las personas que se atreven a ver aquella Carretanagua quedan con fiebre del tremendo susto. Algunos pierden el habla por varios días y hasta han muerto por el sólo hecho de oír el ruido del chirriante paso de la carreta.
“Nagual o Nahualli” quiere decir brujo de ahí su nombre. Algunos historiadores creen que posiblemente el mito comenzó con los aterrados indígenas en el tiempo de la conquista cuando los españoles pasaban con sus carretas repleta de pertrechos militares, de ahí el ruidaje que producía.


 LAS CEGUAS, LA MONA Y CHANCHAS BRUJAS

Aseguran los indios de Monimbó que hay mujeres en el barrio que tienen la manía de ser brujas, que se transforman en Chanchas Brujas, en Monas y en Ceguas.
Todas estas mujeres poseen un guacal grande y blanco. A las once de la noche, hora en que los tunantes salen de una choza a otra, las mujeres se dan tres volantines para atrás y otros tres para adelante, echando el alma por la boca en el guacal grande y blanco, al final del tercer salto delantero.
Vomitada el alma, quedan convertidas en el ser brujo en que decidieron convertirse antes de dar los volantines, por cuanto tienen el poder arbitrario de transformación.
El objeto primordial de estas transformaciones es el de ejercer venganzas a causar daño a los hombres y mujeres, por causa de celos, rivalidades, despechos o enemistades enconadas por motivos pasionales, etc.
Y así, estas brujas se valen de la oscuridad nocturna y del ambiente de superstición que respira la población indígena, en extremo crédula y de imaginación fantástica, llevan a efecto sus correrías y asustamientos a sus anchas.
Como Micos Brujos o Monas se dedican a efectuar robos, se trepan a los árboles, cortan las frutas y se las lanzan a la víctima. Cuentan que se les mira en los techos de las casas, saltan de un lugar a otro; bajan al patio o a la calle y arrojan piedras contra las puertas, se introducen a la cocina y quiebran lo que encuentran; se esconden en las casas y después corren rápidamente a colgarse de las ramas de un árbol cercano a balancearse burlescamente.
Mientras el Mico que se halla en plena acción, la víctima, auxiliada por vecinos, lo persiguen con palos y garrotes, tratando de matarlo, pero todo es en vano. Ya están cerca, ya creen tenerlo acorralado, y el Mico se les esfuma y aparece luego en otro lugar, y así de nuevo desaparece de donde creían estaba acorralado. La gente se desespera y gritan nerviosamente, hasta enfermarse y caen al suelo, debilitados, se creen entonces embrujados o hechizados por La Mona, La Chancha o La Cegua, según a quién de las tres estén persiguiendo.
Como Chanchas Brujas andan en las calles y caminan siempre al trote, son chanchas grandísimas embadurnadas de lodo podrido. Apenas divisan a la persona elegida aligeran el paso y comienzan a gruñir horriblemente, embisten a la persona que persiguen y furiosamente les dan de trompadas y mordiscos en las piernas y si la persona no se corre pronto la chancha la derriba al suelo y la golpea hasta que ésta pierde el conocimiento, al día siguiente la víctima amanece bien mordida y con los bolsillos vacíos.
Como Ceguas, después de vomitar el alma, quedan transformadas en mujeres jóvenes. Sus vestidos son de hojas de Guarumo y sus cabelleras de cabuya les llega hasta la cintura y sus dientes están recubiertos de cáscaras verdes de plátano, si hablan se les oye la voz cavernosa y hueca. Sale del lugar pegando tremendos chirridos, los aullidos son escalofriantes o a veces son risas o llantos.


LOS DUENDES

Los duendes son seres pequeñitos, traviesos, astutos, de agilidad prodigiosa, de inteligencia superior y en extremos burlones.
Aparentemente, con sus actos y hechos sencillos, son inofensivos. Pero una cosa es oír relatar las travesuras y jugarreta de los duendes, y reírse a carcajadas con el relato; y otra, es ser víctima o blanco de su puntería, tema o tirria.
Por lo general no se dejan ver de la gente. Hacen sus fechorías como seres invisibles, y la persona o personas perjudicadas, solamente escuchan los ruidos o palpan los daños. Algunos han oído las risitas de los duendecillos, después que acaban de hacer éstos el entuerto.
Como se expresó, estos seres burlones ejecutan actos sencillos, pero pertinaces y hostigadores. La mayoría de las veces les da por dejar caer “lluvias de piedras” durante horas enteras y con frecuencia, durante varios días consecutivos, sobre los patios y corredores de las casas. Sus habitantes, al sentirse así acosados, se desasosiegan y aterrorizan; y al cabo de cierto tiempo, optan por irse. Pero algunas veces los duendes siguen a los huyones.
Mucho se oye hablar de los duendes por todas partes, ellos se llevan a los niños sin bautizar en un abrir y cerrar de ojos. Según dice la gente en los pueblos y comarcas, que los duendes son malos espíritus, son unos enanos que tiene la planta del pie al revés, andan vestidos de rojo y caminan en fila india, siempre en grupos de cinco. Se dice que los duendes son invisibles para los ojos de los adultos, sólo los niños pequeños y los mudos lo ven y del miedo se ponen a llorar. Por eso dicen que nunca hay que dejar a un niño sólo porque los duendes se lo roban y se lo llevan a la montaña y allá convierten en duende si no a sido bautizado, aunque también se dice se llevan a los niños ya bautizados para perderlos en las montañas.
Otra versión dice que los duendes son como niños de la edad de cinco años. Son viejos de edad pero son chiquititos, ese es el tamaño al que ellos llegan. Son morenos aindiaditos como el tipo de gente de Masaya. Tienen el pelo corto, liso, aindiado y llevan unos cotoncitos rojos de manta sin botones, sólo van amarrados con unos lacitos. A ellos también les gustan las muchachas jóvenes sin casarse. Las invitan a que se queden a vivir con ellos.