25.6.15

Confesiones y Relatos - Juan Carlos Vílchez

LA ÚLTIMA FOTOGRAFÍA DE MARINA VLADY
Siempre vengo a este lugar cuando la nostalgia co­mienza, esa que los seres humanos de esta parte del mundo, asociamos al nombre de la Navidad.
Los postreros vientos de noviembre ya exhalaban sus re­molinos por las esquinas y las hojas de los árboles caían, como si fuesen las vestiduras anuales que nos era necesa­rio renovar. El día de los muertos, con esa ausente pre­sencia detrás de todos acababa de pasar y el frío de su cercanía aún no lograba desaparecer.
Algunos trabajadores se apresuraban por las aceras con los rostros muy blancos, casi como un papel a la búsque­da de letras para llenar su vacío.
El sitio se divisaba desde la parada final del autobús. Había sido rodeado por los edificios de una ciudad en continuo crecimiento, salvo por uno de sus lados, donde una intrin­cada red de líneas férreas luchaba por abrirse paso hasta la estación Terminal. Había ocupado la totalidad de las diez hectáreas del antiguo parque oriental, dejando sin albergue a los cientos de nómadas y trashumantes, huéspedes noc­turnos de sus jardines.
Sus calles y avenidas habían sido trazadas con un diseño urbanístico de principios del Siglo XX y sus edificaciones de madera habían logrado permanecer en pié tanto tiempo, gracias a un material químico que las impregnaba y protegía contra los embates del clima.
Los locales eran pequeños galerones hechos en serie y aptos para cualquier actividad de comercio y entreteni­miento. Todo el lugar permanecía clausurado el resto del año y sólo se abría para dar cabida a esta feria anual del municipio.
Los comerciantes iniciaron la tarde con el traslado de los productos a los espacios designados. Aunque apenas esta­ban en la fase de montaje, algunos propietarios ya habían completado el trabajo y se aprestaban a la revisión final. Las casetas habían sido adornadas con esmero, una llu­via de cintas multicolores ondeaba bajo los aleros y mi­les de banderas tornasoladas, atadas a cordeles, cruza­ban de lado a lado las calles.
Algunos vendedores ya anunciaban su mercadería. Allí se ofrecía desde la ropa y el calzado de moda, hasta los más raros alimentos y diversiones. El ruido de un gigantesco altoparlante llenaba el ambiente con la propaganda de la cerveza más consumida por la población y un apetitoso olor a potajes se filtraba desde las marmitas de los res­taurantes. También las salchichas desprendían su aroma sobre las sartenes de los bares rodantes, lo que hacía in­evitable la estimulación de todos los sentidos, incluyendo los movimientos digestivos menos convencionales.
A pesar del bullicio, desde un recinto desconocido, una orquesta destilaba hacia nosotros la prodigiosa música de Liszt.
Afuera, la temperatura todavía posibilitaba el uso de ves­tuario liviano, sirviendo el calor de la propia piel, como calefacción.
Los arreglos de la avenida principal habían terminado la jornada anterior, su acabado indicaba gustos muy refi­nados de parte de los diseñadores. Ladrillos simétricos de color añil se extendían por la superficie del suelo y numerosas bancas formaban acogedores ambientes de descanso.
También pudieron rehabilitar el desvencijado quiosco central, cuya cúpula semejaba el casco de un navío aban­donado en una playa remota. Lo habían pintado de blan­co y por sus columnas de filigrana metálica se enredaban delicados jazmines de Valaquia.
El Ayuntamiento tenía fama de eficiente. Había cum­plido con la obra en el plazo estipulado. Se rumoraban algunos excesos sobre sus atribuciones, pues habían ad­quirido una taberna húngara situada en el centro de las instalaciones; sin embargo los ciudadanos no tuvimos ninguna percepción equívoca sobre el notorio interés de la municipalidad por esta adquisición, así como por otras tareas consideradas como rutinarias.
Llegado el día de la inauguración, no hubo ningún aviso, ni publicidad alusiva por la radio o por otros medios de comunicación.
En la tercera página del diario, el zodíaco llamó mi atención. Fecha: 18 de noviembre. Signo: escorpión, acuático y femenino. Piedra preciosa: Aguamarina. Número desuerte: Cero. Órganos que influye: Piel y espina dorsal. Países que rige: Centroeuropa.
Últimamente el desempleo se ha ensañado tan cruelmen­te en contra de los fotógrafos, que ni el horóscopo más acertado se atrevería a cambiar la rutina, —pensaba en voz baja— cuando la gente comenzó a desfilar por el por­tón principal.
Los primeros en llegar eran individuos del sexo mascu­lino, de mediana edad, sin acompañantes y enfundados en oscuras vestimentas. De su deteriorada condición se desprendía un aspecto muy particular. Quizás en sus ges­tos o en el desenfado de los cabellos se manifestaba una expresión limítrofe entre la sabiduría y el desencanto, en­tre la experiencia y el tedio. Llevaban bajo el brazo, —así como yo— un libro, mostrando de esta manera, algunos indicios de su afición por el estudio, o al menos por la información.
Muchos dirían que se trataba de corredores de seguros, o también, agentes distribuidores de tantas bagatelas de Taiwán.
Obviamente no eran marginales, mucho menos delin­cuentes. El más fornido parecía ser el jefe del grupo y se instaló en la primera terraza que desplegaba sus toldos a la clientela. Los demás le siguieron, arrancando de las manos de los meseros, las sillas aún amontonadas en el interior.
Luego aparecieron las madres. Todas vestían con la austera elegancia de quien ahorra todo un mundo para entregarlo a los hijos. Caminaban con los ojos clavados en el piso, absortas en los minúsculos detalles familiares. Sólo la insistencia de los niños pudo sacarlas del ensimisma­miento y fueron arrastradas por ellos hacia la heladería, identificada con un sorbete luminoso.
Ellas también fueron jóvenes, con sueños al fin y al cabo disipados en el esfuerzo del hogar, eclipsadas por la convi­vencia conyugal y el matrimonio. Algunas se dispersaron por las tiendas, manteniendo siempre el ojo avizor sobre las inquietas cabezas, que ya se debatían entre sabores de vainilla y chocolate.
Al anochecer entraron las parejas. Llegaron sobre una monstruosa maquinaria de ruedas y cadenas. Innumera­bles chapas de metal adornaban sus chaquetas y un ropaje de cuero negro se ceñía a la forma de sus cuerpos. Pare­cían desconocerlo todo o quizás visitaban aquel sitio por primera vez.
Ignoraron los juegos mecánicos, las ofertas y los delicio­sos platillos asomando por los mostradores. Unos pocos decidieron caminar y discretamente se deslizaron sobre el césped, en los bordes de la cerca, furtivos, como si fuesen roedores buscando una bodega de granos prohibida. Por su aspecto y su forma de vestir teníamos dificultad para identificarlos plenamente; sin embargo, la mayoría estaba conformada por jóvenes de ambos sexos, arrullándose a cierta distancia de las luces y de la algarabía.
A cada paso se abrazaban con la fuerza del instinto, hasta paralizar sus miradas. Saltaban juguetones hacia cualquier novedad y cuando la descubrían, se fundían en otro abrazo tan cálido como el anterior. Ellos eran el presente y lo demás tenía poco valor.
Inesperadamente irrumpieron los otros. Un escalofrío re­corrió mis huesos hasta escaparse por las puntas de mis pies. No me gustaban aquellos seres de brillo y lentejue­las. Realmente no me consideraba un supersticioso, pero aquel grupo de ojos vidriosos y profundos desplazándose con audacia, me develó nuevas coincidencias.
Habían sido por mucho tiempo la encarnación real de un destino oculto detrás de las cortinas de los carromatos o galopando sobre corceles, atados a cualquier ruta bajo el golpeteo de sus cascos.
Eran el azar entrando en un campo donde rigen todas las reglas del juego.
Pasaron sin mirarme. Yo, apenas pude levantar la vista hasta la empuñadura de sus dagas. Con el estremecimien­to de mis músculos, la vieja cámara rodó por el piso y se rompió en mil pedazos. Es lógica su participación del espectáculo —murmuré hacia adentro— una feria es un universo abierto a todas las posibilidades, un lago de fan­tasía donde sólo se refleja lo que nosotros arrojamos a sus profundidades. Un circo o un juego de dados son manio­bras incoherentes del devenir. Su sentido existe porque ya está dentro de nosotros, cada vez que nos sumergimos en sus aguas. Son el efímero brillo de nuestras carnes, el gesto que se hunde para descargarnos del peso de navegar entre dos orillas.
Al final de la noche apareció ella, puesta en el centro de la plazoleta. Nadie la vio entrar, ni siquiera los vigilantes, atentos a toda situación de peligro.
No quiso exponerse a la luz de los potentes reflectores, colgados como diminutos soles de la bóveda nocturna. Más bien, prefirió mirar evasivamente hacia la oscuridad, mientras giraba sobre sus talones, rumbo a los laberintos de la fiesta.
La reconocí inmediatamente, nada en ella había cambia­do. Era exacta a la que treinta años atrás llenaba con su imagen las páginas de la revista" Ecran".
Vestía un pantalón negro, de talle bajo muy ajustado, combinado con una blusa de macramé color turquesa. La parte delantera era de una sola pieza hasta el ombligo y por detrás se abotonaba á la altura de la primera vértebra dorsal con un botón único, revestido del mismo material. La espalda se extendía amplia y desnuda hasta llegar a ese suave remanso, esbozado bajo el fino cinturón.
No había signos de envejecimiento en su piel y aún te­nía esa sonrisa entre maliciosa y discreta, por la cual fue comparada alguna vez con la "Gioconda" de Leonardo da Vinci. Al verla más de cerca pude comprobar, cómo el ángulo de sus labios estaba dispuesto de una extraña for­ma en relación a sus pómulos, de tal manera que siempre aparentaba sonreír. Sobre ellos, dos hoyuelos paralelos te-saltaban su vivacidad y a la vez su misterio.
Calzaba una especie de zapatillas chinas de satín azul, haciendo contraste con los tobillos blancos y bien torneados. En uno de ellos se enroscaba una cadena de es­corpiones de oro, engarzados uno tras otro, por la cola. Caminaba sin levantar los pies, apoyando suavemente la punta de los dedos sobre las baldosas, como si en verdad se deslizara en su trayecto hacia el punto final.
Entre la multitud era inconfundible. Sin embargo nadie excepto yo, parecía asombrarse delante de las ondulaciones rítmicas de Marina Vlady avanzando sobre el cemento. Había llegado a la gran urbe desde las llanuras de la Pusz­ta a mediados de los años cincuenta. Su extraordinaria belleza huía de las imposiciones ideológicas que como hordas asolaban su lejana provincia. Aquí la acogimos con el entusiasmo propio de quien contempla un plane­ta incandescente elevarse sobre su órbita. Fue así como nuestro cine la hizo su primera actriz y el mundo del arte la nombró Reina de la noche metropolitana.
Ante las cámaras posaba orgullosa de su suerte, junto al director más osado de la época, quien luego la hizo su esposa. Toda la 'Prensa del corazón' publicaba los prime­ros planos de la “Mona Lisa del Este”; a su lado Brigitte. Bardot se insinuaba apenas como una asustadiza princi­piante.
Mi creciente afición por la fotografía había posibilitado el estudio minucioso de los rasgos corporales de Marina. En las noches de insomnio repasaba una a una las porta­das de las publicaciones pegadas en la pared, mientras mi memoria grababa de manera imborrable cada plano de su anatomía.
También para las mujeres, ella había sido un punto de re­ferencia, el arquetipo propio para odiar o envidiar. Eran esas mismas que hoy corrían detrás de sus vástagos sin siquiera reconocerla.
¿Por qué el silencio y el olvido devoraron con tanta per­severancia el nacimiento de una diosa? ¿Por qué la ava­lancha de humo sobre tantos ojos? ¿Cuál era el secreto de su secreto?
Resultaba harto extraño, cómo esos hombres de empo­brecida apariencia y pulcras maneras, no se hubiesen per­catado de su andar, artistas e intelectuales de un siglo en decadencia, no consiguieron escudriñar todos los eslabo­nes para descubrir a aquella bellísima extranjera. Ella se desplazaba como una sombra, penetrando en sus poros para cegarlos y hacerles olvidar.
Para mí no había dudas. Ella resurgía desde el fondo del pasado, lanzada por un impulso sin edad ni causa, con el mismo atuendo de la última edición de la revista; ese que la había hecho eterna en mis sueños.
Era en verdad una estrella y debía aprovechar aquella oportunidad para atraerla y confesarle mi admiración. La deslumbrante alameda central y la muchedumbre lla­maron su atención y hacia allí encaminó sus pasos. En la perfumería, una oferta de cosméticos causaba el revuelo de las señoras, pero ella se dirigió a la instalación conti­gua, a una taberna que promocionaba sus ventas, con los acordes de cinco violinistas de pobladas cejas.
Por el este, dicho negocio insistía en atraer el olfato de los clientes, escanciando vinos del Tokay en cristalinas copas. Se detuvo frente a la escalinata de la entrada. ¡Cuántafalta me hacía en aquel momento mi desvencijado ins­trumento fotográfico!
¿Tal vez la última fotografía debía ser malograda por des­conocidos designios?
¿O acaso fui yo el que entregué el acto más vital de mis sueños a la realidad,dejando caer el aparato? ¿Cuál era la realidad? ¿Ella tan cercana o la distribución indeleble de sus formas transmi­tiéndose por todo mi sistema nervioso?
Un payaso muy anciano nos observaba fijamente. Como un augurio, una lágrimarodó por los gastados surcos de su rostro. ¿Acaso él si la había reconocido?
¿Marina Vlady estaba realmente allí? En la confusión, el pintarrajeado personaje había desaparecido y probable­mente nunca contestaría estas preguntas.
Ella pareció entender mis cavilaciones y bajó los párpa­dos como prueba de asentimiento. Fue entonces cuando escuché su voz honda y melódica diciéndome: "Gracias por haberme hecho existir". Palabras premonitorias que nunca debieron ser pronunciadas.
Su eco aún rebotaba dentro de mis tímpanos, cuando el reflejo de un filo de metal rasgó el aliento de los transeúntes. Ya era demasiado tarde. Su cuerpo se resquebrajó enel acto como el gastado papel de una antigua fotografía, a escasos centímetros de mis manos.
Con la velocidad del cuchillo, los gitanos recogieron aquel fragmentado rompecabezas y rodeándolo por los cuatro flancos, se esfumaron en dirección desconocida. Habían pasado fracciones de segundo y los curiosos se agolparon entonces sobre la sangre, que como una flor roja se deshojaba sobre el mosaico.
Sus únicas palabras aún aguijoneaban mi cerebro hasta hacerme perder la noción del tiempo. Sobre el suelo en­sangrentado, el botón forrado en macramé se balanceaba aún tibio.
"Gracias por haberme hecho existir " retumbaba nueva­mente dentro de mi cráneo, mientras lo acariciaba entre mis dedos.
Los músicos afinaron en todo su esplendor las notas de una canción del Danubio, mientras unestridente Santa Klaus animaba la taquilla de la nueva tanda de cine, que pronto iba a empezar.
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SOY UN PERSONAJE DE FICCIÓN
Soy un personaje de ficción proclama el padre desde su sillón de lectura.
El hijo, motivado por las disquisiciones vehementes de su progenitor, se anuncia también como un producto todavía en estado de flujos y reflujos. La esposa y ma­dre, preocupada por los problemas de un hogar cada vez más incierto, se pregunta el porqué de tanta divagación y cuestionamiento a las cosas. La hija, en su cuarto de juguetes y apenas con edad suficiente para intuir los sig­nificados, protesta por tanta servidumbre, ante algo tan inconsistente para su tierna edad.
El resto de habitantes de la casa revolotean, gruñen y chi­llan como de costumbre. No son las incertidumbres y avatares de la conciencia, que manifiestamente se impone en el ambiente, los que habrían de torcer un poco más sus colas o disminuir el tono de su alharaca.
Pero se ha llegado en esta historia, a un punto, o mejor dicho a un límite, donde los actores entran y salen de sus papeles con toda naturalidad. Se podría decir que viven en dos mundos a la vez, aunque casi nunca sean cons­cientes en cuál de ellos se expresan, o en cuál de ellos son captados por los otros.
Los otros, por supuesto que están en la misma situación y normalmente nos cruzan la palabra en cualquiera de estos ambientes, tanto al entrar como al salir, aunque también comparten algún tiempo los mismos espacios; por lo tanto no se sabe, cuando estamos solos o si los espectadores han pasado masivamente a sentarse, en las butacas de otro instante.
De esta manera, podríamos conversar en la misma sala con Don Salvador Dalí o con Wolfgang Amadeus Mozart; pero sobretodo con Maurice Maeterlinck, Baruch Spinoza y con Jorge Luis Borges, amén de otras transfiguraciones, pues el contacto tiene sus códigos y perseverancias que van desde la música hasta las matemáticas, pasando por la lite­ratura y la filosofía..
A pesar de lo ficticio de esta personalidad, me encanta una nutrición a base de frutos de la tierra, aves, peces y otras carnes más aromáticas, pero como toda ficción tiendo a reproducirme para ocupar los vacíos en poder de otras entidades y —cual inevitable discípulo— procuro seguir los procesos que me han engendrado para llegar y siempre así continuar.
No vaya a ocurrir, que supercherías, inconsistencias y la­berintos se posesionen de toda esta amplitud, difusa en la mayoría de los casos, pero amplitud al fin y al cabo. Entonces lo grandioso sería tener la precisión para estar en ese movimiento de los seres y las cosas exactamente, no importa el lugar.
Hoy, como todos los días, una creación llamada mujer me invita a seguirla por cualquiera de sus lados.
Me toca en esta penumbra, preparar los alimentos de la cena y llamar a los seres animados, con los que convivo, incluyendo pájaros y felinos, para brindar, por esta ale­gría tan tenue de existir o quizás no todavía.
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UN DIOS SOBRE EL ASFALTO
A Blanca Castellón
Un ser cruza la vía. Entre izquierda y derecha seis carriles esperan por el animal. Es un pobre y triste cuadrúpedo, que avanza asustado, evadiendo el golpe de los vehículos a motor.
Hay muchos otros esperando más adelante, para mirarnos fijamente, a pesar de la velocidad de nuestra impaciencia, y seguramente en el trayecto les encontremos pálidos, an­gustiados y con el horror al destripamiento dentro de sus desmesuradas pupilas.
Es nuevo este ensanchamiento por el que todos condu­cen, no importa cómo ni en qué. Lo esencial es sentir bajo nuestros cuerpos una oscura sustancia, quizás tan oscura como la suavidad y el encanto del progreso sobre asfalto. Aquí no hay reglas y si existen, parecieran olvidarse ante la sensación de estar llegando a un lugar del cual no sabe­mos su nombre.
Destartalados autobuses con cabezas y piernas colgando de las ventanas, moribundos jamelgos tirando de carre­tones, aves de corral, cerdos, gatos y por supuesto peato­nes, se apresuran con inusitado deleite a penetrar en esa atmósfera de aterrizaje y despegue que la pista proclama. Es realmente una plataforma para naves ultramodernas, con turbocarburadores al estilo de los que ruedan en las"autostradas o highways" del primer mundo. Certera­mente se debe llamar a esto una tecnología apropiada, pues algunas ya se deslizan como aviones por toda la am­plitud del pavimento.
Varios transeúntes han bajado en la parada y siguiendo los pasos del mamífero se proponen esquivar los coletazos de tres camiones, aún bajo el riesgo de una muerte atrin­cherada en cualquier recodo de la travesía.
Un conductor ha ido más lejos en la búsqueda de los delirios producidos por tanta modernidad. Ha celebrado copiosamente la dicha de estrenar un amplio tramo y ha ido a estrellarse contra un muro de contención. Dos o tres imitadores han seguido su ejemplo, creando un des­orden que las autoridades naturalmente no esperaban. Los muertos podrían ser analfabetos, como tantos que han tenido acceso a un permiso de conducir, aún mucho antes de aprender a leer y escribir como la Constitución lo manda.
Pero una causa secreta de tanto caos, pudiese ser ese atá­vico y aún no bien esclarecido complejo británico de un gran sector de la población, que se refleja hasta en el modo de guiar un automóvil por los carriles izquierdos y aventajar por los de la derecha. Así nos lo transmite un infortunado visitante a quien acabamos de rescatar, todavía vivo, por el impacto de una camioneta sobre sus costillas.
También observamos a diestra y siniestra a numerosos niños, casi lactantes, asomando sus diminutas cabezas sobreel timón. Asustados de su temeridad y del miedo a ser descubiertos, endurecen histriónicamente las facciones de sus rostros, para imitar así la rigidez y arrojo diariamente observados entre sus mayores.
Los accidentes debieron ser más graves de lo previsto pues el tráfico se ha detenido sin darnos cuenta.
Por supuesto que estos inconvenientes no significan obstá­culo ninguno para los aguerridos gremios de taxistas, chó­feres de rutas urbanas e interurbanas y tampoco para los osados funcionarios que ya los imitan. Toman por asalto las rampas aledañas, las zonas de seguridad incluyendo la barda de separación, posesionándose sin ningún rubor de las vías de sentido contrario. Ellos tienen la obligación de llegar a su destino, sea cual este fuere, y no es un percance o un embotellamiento o unas normas sobre el papel, lo que les impedirá cumplir con sus elevados designios.
De vez en cuando, quizás instigados por alguna pasión, algún remordimiento o simplemente por el simple gozo de desplazarse como en los circuitos de Monza, Le Manso Indianápolis,' estos auténticos pilotos compiten entre sí, para dilucidar, quién es el amo de la civilización y de las calles. Cuatro o cinco ancianos aplastados o cualquier niña triturada al paso de los colosos, no enturbia el frene­sí de la gloria, ni el orgullo de los vencedores. ¡Qué más da! —cuchichean entre ellos sobre el podio—, en este país la carne se repone con mucha espontaneidad, casi automáticamente; así lo hemos escuchado en informes sobre la natalidad y en los censos de las Naciones Unidas.
Sin embargo, otros conductores no demuestran tanta pri­sa. Al igual que muchos de los viajeros, mantienen la cos­tumbre de arreglar sus asuntos personales desde los asien­tos. Así cuando otro vehículo se coloca paralelamente y los amigos emergen detrás de los cristales, ellos aprove­chan para recordar agradables conversaciones, resolver viejas querellas y para indagar por parientes o amores ya desteñidos en los vericuetos de sus memorias.
Indiferentes y sordos, para ellos el tiempo no tiene senti­do, mucho menos la estruendosa vociferación de las bo­cinas insistiendo en apartarlos de la ruta. Consagrados a sus preguntas y gesticulaciones, nos afirman que la ca­rretera no es un medio, sino la vida misma, donde siem­pre hay un instante para el recuerdo, otro para el amor y otro para la muerte. Por lo tanto un grito de un lado a otro, una voz con nombre propio desde un bus a otro, es solamente la señal para iniciar una etapa propicia a la recapitulación y al recogimiento.
Muchos de los pasajeros y timoneles aprovechan enton­ces esas sesiones de anarquía características del tráfico ve­hicular para voltearse hacia adentro de sí mismos y me­ditar. Aquí se medita con los más rebuscados métodos nos refiere uno de los usuarios. Yo por ejemplo —nos dice— utilizo la técnica Zen, porque encoge el espacio de meditación y el volumen corporal a una tercera parte de lo normal y eso se adapta de maravilla a estos reduci­dos cubículos, donde nos transportan como reses camino del matadero.
Otros han desarrollado la pericia del avestruz y sencilla­mente hunden su cabeza en un bolso y así se reencuen­tran consigo mismos en la intimidad. Otra intensa y eficiente modalidad de relajamiento mental, muy apre­ciada, sobretodo en presencia de asaltantes —lo cual es muy común en estas rutas— se llama "puercoespín". Por ella entendemos un estrujamiento del cuerpo hasta con­seguir la forma de una bola donde ni siquiera se observen cráneo ni orejas.
Puercoespín posibilita entonces el ocultamiento bajo las sillas, bajo el equipaje, y bajo las piernas de las señoras, lo que —una vez pasado el peligro— permite respirar aromas casi hipnóticos y aislarse del bullicio, los días que dure la espera.
Pero hay algunos que son muy aéreos en su modo de me­ditar y hasta desafían a las leyes de la gravedad colgándose de las barras de sostén, como si fuesen miembros de otra especie. Allí se enrollan en posiciones casi fetales como esos trepadores del género Choloepushoffmanni, llama­dos también perezosos. Cuando sienten las vibraciones del movimiento entonces se desenrollan y bajan, con la misma lentitud de la larga fila de vehículos, cuyos motores empiezan de nuevo a girar.
Pero los protagonistas de estas avalanchas motorizadas son indiscutiblemente, los modelos puestos en circulación. No obstante las marcas con las cuales se identifican, es­tos automotores no logran darnos una idea exacta de su origen ni de su fecha de fabricación, pues parecieran estarsiendo rediseñados constantemente por la mano de artis­tas muy creativos y poco convencionales.
Así pues, los hay con abolladuras en las puertas, en las partes traseras y por supuesto en los parachoques delan­teros. Según nos refieren estos expertos del metal, los hundimientos y deformaciones de la carrocería, cumplen una función estética acorde con las perspectivas y los de­seos insatisfechos de los propietarios. También hay otros elementos más determinantes, acerca de la naturaleza de estos individuos y de su vinculación con las máquinas, como son aquellos relacionados con el funcionamiento. De esta manera, algunos han suprimido errores en el dise­ño de los sistemas de combustible y cargan recipientes de gasolina sólo para verterla directamente dentro del motor por la acción de la gravedad, a través de una manguera. Otros son más audaces en sus ideas, han ido combinando como en una batidora, sus manifestaciones artísticas con el sentido de utilidad de algunas de las piezas. Como resulta­do de esta mezcla, muchos han eliminado las luces, tanto las anteriores como las posteriores, lo que con toda eviden­cia indica a los espectadores, la presencia de un modelo muy cotizado; sobre todo si circula por las noches. Otros, han preferido dejar un único foco de luz, pues en la enorme competencia por la moda han llegado al convencimiento, de que su vehículo puede pasar por otro, es decir, algo así como un travestí del mundo automovilístico; cuando de le­jos en la oscuridad parece motocicleta y al acercarnos com­probamos que se trata de un sedán o una furgoneta.
No está de más comentar la eficiente labor de las oficinas encargadas de promover, de regular y consolidar tanta creatividad entre diseñadores y campeones del volante, así como de ingenieros y constructores de autopistas y avenidas. Sus políticas han sido mencionadas laudato­riamente por las asociaciones internacionales de tránsito, pues entre otros aciertos, han sido los únicos capaces de desarrollar periódicamente concursos obligatorios, don­de por una contribución económica o impuesto, hacen desfilar a los propietarios con sus respectivos modelos, apertrechados de los atavíos e innovaciones característi­cos de una cultura claramente esteticista. Los premios consisten en poder rodar libremente durante otro perío­do, precisamente con todos los adornos presentados al momento de pasar la evaluación del jurado.
Todos estos oficinistas están constituidos por minuciosos especialistas, hombres y mujeres muy sensibles y com­prensivos para las misiones encomendadas. En algunos, la virtud más notable es la de servir de paradigma al resto de los ciudadanos y fundamentalmente actúan como ver­daderos caballeros o damas, extendiendo al público sus manitas abiertas como símbolo de amabilidad y cortesía. Otras veces arengan a los conductores, a cumplir con su inalterable voluntad de llegar adonde se debe y no adon­de se puede; independientemente de las condiciones ya explicadas. Otros, muy curiosos, detienen a los conduc­tores, por el simple placer de contemplar un arreglo me­tálico de buen gusto, un material delicadamente transformado o unas latas cuidadosamente decoradas —y en casos de excesivo refinamiento—, pintadas con alegorías al fuego; como para estimular las llamas que normalmen­te huyen de los tubos de escape.
Pero con justa razón los más lúcidos de entre todos, son los artífices —tanto financieros como técnicos— de las vías de circulación.
Han establecido procedimientos muy avanzados para agilizar el tráfico. Un semáforo donde se generan muchas colisiones, es inequívocamente un indicio de las complejas teorías que manejan. Han organizado un mecanismo muy especial mediante el cual, un conductor puede atravesar una calle de seis vías y de dos sentidos, en el mismo tiempo y en la misma forma que atraviesa solamente dos de ellas. Otra variante espectacular para aumentar la fluidez vehi­cular, ha sido la de construir unos redondeles, a imitación de los que alcanzaron su máximo esplendor durante los años de la reina Victoria, y que posteriormente fueron exportados a la India durante la colonia. Aunque en su época fueron diseñados para coches de caballos, resulta impresionante su versatilidad y elasticidad para adaptarse a nuevos siglos. Aquí vuelve nuestro malherido forastero a insistir en esa inexplorada tendencia, de creernos ingle­ses, al adoptar estos increíbles círculos de rotación, lla­mados "circus" por ellos, hace más de cuatrocientos años. Sin embargo, toda mi preocupación está dirigida a averi­guar, los extraños motivos que han obligado a este perro de raza tercermundista, a abandonar su casa y arriesgarse para husmear exactamente frente a mis narices. Para no maltra­tarlo he debido detenerme, bajar del carro, y allí mismo en un hueso sobre el suelo, he encontrado la respuesta.
Aquí una vía no funciona como un cauce para desplazar­se por el mundo, una línea para ir del principio hasta el fin, o una sucesión de puntos entre el Alfa y el Omega. Bajo estos cielos, la carretera también ha encontrado apli­caciones muy diversas, sobre todo aquellas propias de los procesos de autodepuración de la materia. Latas de cerve­za, restos de comida, servilletas, botellas y bolsas plásticas son apenas algunos de los artículos vorazmente apeteci­dos por toda clase de depredadores. Algunos como za­nates y urracas han desarrollado valiosísimas habilidades para capturar un desecho en el aire, al momento de ser lanzado desde una ventanilla.
Otros, como este representante de los cánidos, no ha te­nido más remedio que usar sus detectores olfativos, aún a expensas de la posibilidad de morir, y por supuesto, al rescatarlo he sentido el temblor de su agradecimiento entre mis brazos. Por eso hoy, delante de esta criatura hambrienta y sin pecado, a la que nuevamente se le ha concedido el don de la vida, he creído ser por un instante un Mesías entre ruedas; quizás un nuevo Dios sobre el asfalto.
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CRÓNICA DE UNA SALVACIÓN
Poca extensión tiene este poblado. Quizás dos o tres calles muy estrechas empinándose desde la hondonada, hasta la cima de una mole rocosa. También muy po­cas casas, no más de doscientas, construidas con ladrillo de barro precocido, de grandes aleros y excavadas en la ladera misma de la piedra.
Otras, sostenidas en peligroso equilibrio sobre los pedre­gales, están hechas de tablones con techos de cañas.
Para llegar a él esnecesario recorrer interminables caminos solitarios, casi a la altura de las nubes y luego descender de pronto sobre una pendiente sin final visible. Las edifica­ciones empiezan a aparecer sorpresivamente en la bajada, pues absolutamente, nada indica la existencia de una agru­pación humana en un territorio tan accesible a las águilas y otras aves de presa.
Tampoco tiene un nombre, aunque la conducta de sus habitantes bien podría merecerlo; por tal razón se ha extendido la manía propia de algunos exploradores, de identificarlo simplemente con una cruz en el mapa. Más allá de sus linderos territoriales, no existe información so­bre detalles geográficos o de seres vivientes.
Nada ocurre en este pueblo, salvo el acontecer sucesivo del sol y de la luna, de las lluvias y de la sequía, de losanimales nuevos sustituyendo la presencia de los otros, ya viejos.
En los días más resecos es frecuente encontrar bestias de carga, reclinadas para morir sobre los paredones de basal­to, con los buitres socavando sus vísceras, aún antes de haber lanzado el último aliento.
De esqueletos y osamentas, ¡ni hablar! Se encuentran es­parcidos como una extraña flora calcárea sobre los terre­nos aledaños, convirtiendo así la vegetación en la muestra pictórica de alguna escuela surrealista y necrófila.
Nadie llega a este sitio, excepto los campesinos regresan­do de los corrales y sus mujeres con ropa recién lavada su­biendo desde las orillas del río. Una empresa de camiones sirve a la zona, según requerimiento, sobretodo cuando algún grupo de parientes se reúne en la ciudad más próxi­ma y decide emprender la desolada travesía.
Por supuesto, también hay un parque; deteriorado y con algunas bancas desmoronándose bajo el follaje de una rala arboleda; dos columpios y una placa conmemorati­va completan el inventario de tal instalación. La iglesia, enfrente, se alza pequeña pero digna en su estructura de adobe y con su frontispicio en el estilo más austero de la colonia. Además posee una prolongación lateral con dos puertas y cuatro ventanas, donde suponemos las oficinas de la administración y la vivienda del párroco. Este ha salido por un momento hacia el atrio acompañado de dos sacristanes y podemos observarle con sus pies apenas recubiertos por san- dalias, el cordón blanco en la cintura,bien ceñido a un tocado oscuro, muy propio de las vesti­mentas de congregaciones terciarias y peregrinas.
Así, después de haber mostrado a este personaje tan in­fluyente, nada nos impide entonces describir al resto de los lugareños.
No son muchos. Aproximadamente unos mil, apretu­jando sus viviendas alrededor del centro. Los otros están distribuidos entre los solares baldíos de las rutas acceso­rias. Posiblemente también existan algunas chozas sobre la cresta del cerro, pues en el crepúsculo, a veces se ob­servan minúsculas siluetas, contra el resplandor rojizo de la tarde.
La actividad humana sobre aquel paisaje se reduce a los amaneceres cuando se sale a las labores del campo o a la misa, y a los atardeceres con unos pocos hombres vol­viendo a los hogares. Hay durante el mediodía un bre­vísimo eco de voces infantiles retornando a sus refugios después de finalizar las clases. De no ser ellos, nadie subiría por las cuestas entre ráfagas de viento y el ardiente sol. A veces, desde alguna ventana hundida en la sombra, el brillo temeroso de una mirada, puede insinuar la exis­tencia de una carne sedienta e incluso voraz. Pero como veremos, se trata de individuos de una raza desnutrida y pálida. Al caminar aparentan el ancho bamboleo de un camello, cuando en realidad conducen sus cuerpos con mucha seguridad entre los huecos y aristas de las rocas y más bien parecieran provenir de mamíferos caprinos, como el musmón de Córcega o el íbice transpirenaico; nose lamente por la firmeza de plantarse a vivir entre peñas­, o al borde del abismo, sino también por la terquedad de sus costumbres y por sus gestos, siempre tenaces hasta la temeridad.
Vistos de cerca, sus rostros son frontales, toscos y de rasgos inconclusos. Algo así como esculturas vivas, talladas por algún dios inexperto en las entrañas mismas de una veta (le mármol. No son expresivos ni comunicativos, aunque al hablar, un balido ancestral de una osadía sin límites se escucha a través de las aberturas dejadas por la ausencia de algunas piezas dentales. Ellos se consideran la justicia y sus actos regulan, no solamente la ley de la evolución de las especies, sino también las hondas interioridades del espíritu. Sus reglas se han encarnado .en la raíz de su len­guaje, negando al mundo exterior, tanto de palabra como de hecho, cualquier posibilidad de salvarlos.
En este estado de ingravidez en el tiempo, casi de hiber­nación, han vivido desde hace muchos siglos. Así lo ates­tiguan los cronistas y antropólogos publicados en 1965 por el Instituto Nacional Etnohistórico. Las memorias eclesiásticas de la parroquia dedicada a la Virgen de la Montaña, también nos facilitan la genealogía de las tradi­ciones religiosas y algunas descripciones no siempre pre­cisas de los bautizos, matrimonios y fallecimientos de las familias más distinguidas.
Sobre los ritos funerarios y los entierros de dichos ciudadanos, hay en el libro pasajes muy ambiguos, relacionados con la legitimidad de los agravios y otras enfermedades minerales propicias a la muerte, pues no debemos olvidar —refiere el texto— los riquísimos yacimientosmetálicos a flor de tierra, de donde extraen sus alimentos y con ellos la permanente ebullición de su sangre.
Los informes más recientes, explican la condensación y refinamiento de los hábitos de convivencia, por la emi­gración constante de los vástagos más débiles a las ciuda­des, mientras los ejemplares más recalcitrantes de dicha especie, han perfeccionado su capacidad de aferrarse a las irregularidades del suelo y su astucia para desechar viejas formas de exterminio, adoptando modalidades menos dramáticas.
Después de esta introducción aún muy general sobre las características de nuestro enclave, solamente nos queda comentar algún acontecimiento relevante o extraordina­rio, ocurrido dentro de sus fronteras.
Al parecer, como ya lo mencionábamos, los hechos de honor no son considerados por ellos como situaciones excepcionales, sino más bien, un modo natural de racio­nalizar las teorías de Sir Charles Darwin.
La llegada del primer vehículo a motor o la primera ra­dio hace más de cincuenta años, tampoco parecen haber despertado un interés por encima de lo cotidiano. La te­levisión no goza de mucha aceptación en la comunidad; además de su costo, las montañas interfieren las imágenes provocando bandas de interrupción y otros desórdenes. Pero precisamente hoy, 15 de septiembre de 1998, la agi­tación se ha apoderado de las personas. Aunque el alcaldey los concejales han invitado a la gente para celebrar la fiesta de la Independencia; las verdaderas razones de tan­to entusiasmo se deberían de buscar más bien, en alguna novedad, en algún suceso no común, capaz de convocar a una totalidad de moradores tan huraños, frente a la Al­caldía.
Hemos conocido por boca de una anciana, del ajetreo secreto y las reuniones clandestinas llevadas a cabo por los prominentes de la comuna. También nos ha convencido de la existencia de una extraña máquina cuidadosamente protegida bajo un envoltorio de tela, en un mueble exclu­sivamente acondicionado para ella.
Se ha limpiado el polvo y la maleza desde una distancia de cincuenta metros del local, donde ahora se esconde el mencionado artefacto. Este espacio de moderna estructu­ra ha sido vaciado con un mes de anticipación de las me­dicinas y del mobiliario; decretando el Concejo en pleno, la abolición de los servicios allí prestados para ceder su puesto a esta maravilla, nunca antes vista.
En el jardín se han plantado arbustos multicolores y una docena de voluntarios trabaja para reparar los ventanales, el tejado y hacer los arreglos definitivos.
Hay un ambiente de sigilo por parte de los funciona­rios y otro de alborozada expectativa en las pupilas de la muchedumbre. Aunque nadie sabe con certeza cuál es el motivo de tanta algarabía, en el fondo de los ojos antes impasibles, se dibuja una chispa de esperanza, una pre­monición de felicidad para sus aletargadas vidas.
También se ha preparado un "Te Deum" de acción de gracias por tanta suerte y buenaventura. El sonido de los cánticos retumba ya contra las barreras petrificadas de los picachos y su tono celestial invade los oídos de todos los seres animados e inanimados. Estará de más informarles, sobre las doce horas de racionamiento eléctrico dispuesto para la región por especialistas de la energía, así como la falta de una bomba para succionar el agua desde el úni­co pozo en la cañada. Evadiremos también por razones de buen gusto, los datos sobre nutrición, salud y analfa­betismo reportados por diferentes expertos. La ausencia de líneas telefónicas debe interpretarse como la voluntad manifiesta de un inmutable olvido.
Después del acto religioso los movimientos ariscos se han dulcificado y ahora todos se desplazan a la manera de las ovejas, tal y como fueran llamados por el sacerdote durante la celebración. Quizás esta naturaleza de carácter ovino corresponda más a sus posibilidades de romper con el pasado y salvarse. Afortunadamente esta pareciera ser la ocasión y los corderos de Shetland o de Merino no lo harían mejor.
Se han congregado pues frente a la limpia fachada donde alguna vez se brindaron atenciones necesarias a la pobla­ción.
Percibimos entonces una angustia profunda en las miradas, un desconocido temblor de desconcierto en los labios, el público respira aceleradamente y el soplo del aire al entrar y salir de los pulmones resuena ya en todas partes.
Las autoridades han sacado desde el interior aquel bulto recubierto por un paño de terciopelo y antes de descu­brirlo, delante de la multitud, lo inundan de mimos y caricias.
Todos habrán seguramente notado la figura de un des­conocido junto al paquete. Por su aspecto refinado, con camisa de mangas largas y corbata, pudiera tratarse de un oficinista o técnico venido desde la capital. Una comisura rígida y perspicaz se revela en su sonrisa, cuando oye los gritos de curiosidad reventando los tímpanos; es tal vez el rictus de la victoria ante las voces de la ingenuidad.
Pero aún con todo, no podemos omitir el momento de mayor trascendencia en los anales de este lugar, cuan­do la primera dama municipal levanta la cubierta y deja desnuda como una ofrenda la misteriosa caja. Tampoco prescindamos del estremecimiento y del clamor de niños y adultos presenciando por primera y quizás, única vez en sus vidas, la fuente de su nueva fe y cantando con toda la pasión de sus gargantas:
¡Nos salvaste en buena hora!
¡Que brillen tus luces del futuro!
Con vos derribaremos los muros
que nos alejan de la aurora.
¡Oh! paz, ¡oh! gloria ¡oh! encanto
de gozarte después del llanto
teclas, monitor, computadora.
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LOS CAMINANTES
Parecían estar vivos y emergían de una densidad va- porosa. Una nube color púrpura soplaba desde profundos rincones y los envolvía hasta los hombros, sólo para dejar al descubierto las partes superiores. Estas al desplazarse, parecían en verdad suspendidas en el aire y únicamente por la posición de la cabeza, se acertaba a confirmar la ubicación de los cuerpos dentro de la niebla. Aquellos seres se mostraban habitando dos planos de la misma ciudad. El plano desconocido se situaba entre el piso y los hombros, —es decir— hasta el límite más alto del vapor, pero el nivel visible se extendía abiertamente desde sus cuellos hacia la luz, la noche, los tejados, los pinares y los calurosos crepúsculos.
Siempre marchaban tiesos en mitad de las calles y —al parecer— su rumbo estaba orientado por la extensión del territorio construido, ya que nunca sobrepasaron las fronteras naturales del poblado; jamás se les vio rondan­do los huertos, el río o las colinas erizadas de pinos salva­jes y aromáticos.
Aparecían de pronto en la opacidad de la tarde y recorrían enormes trechos a nuestro lado sin pronunciar palabra. De igual modo podían desvanecerse aprovechando una fracción del parpadeo o pequeñas ausencias de nuestramemoria; así cuando volvíamos la atención sobre la ruta, ya se habían esfumado.
No tenían un sitio preciso para presentarse o ausentarse y lo mismo brotaban de las pedregosas callejuelas mar­ginales que de la avenida principal, siempre atiborrada de transeúntes. Constantemente aferrados al centro de las vías, la textura del terreno —fuese esta grava, asfalto o promontorio—, no alteraba la rigidez de su porte o su desplazamiento siempre equidistante de ambas aceras.
Los últimos rayos de sol nos revelaban la fuerza y la mag­nitud de sus rasgos.
Estaban constituidos de una recia osamenta de bordes afilados, con narices rectilíneas de gran tamaño. Los ojos saltaban como desproporcionadas naranjas desde las cuencas y en aquellos que portaban lentes de aumento, el color anaranjado ocupaba como única expresión toda la fisonomía. Las orejas se esforzaban para no desplegarse más allá de la piel y los labios fuertemente abultados nun­ca se abrieron para susurrar o al menos blasfemar algún sonido ante nuestra presencia.
Todos eran calvos o como si lo fuesen, ya que estaban simétricamente rapados. Bajo la sombra formada por la raíz de los cabellos, se insinuaban los voluminosos y bien cincelados huesos craneales.
No siempre era fácil identificarles, pues al amanecer, al mediodía o en la oscuridad, un débil resplandor permanecía como un aura sobre la superficie descubierta. Losdomingos se cubrían con algún tocado o usaban gafas, entorpeciendo así nuestra labor de reconocimiento. Semejaban verdaderos bloques vivientes y a través del trasiego cotidiano aprendimos a reconocerlos aún con cualquier atuendo; hasta el extremo de poder vaticinar con precisión, cual pómulo combinaba con cual boina, o si tal pestaña, correspondía a un determinado occipital marchando cien metros delante de nosotros.
En el horizonte de la villa era muy frecuente contemplar los bultos deslizándose bajo el insoportable sopor hacia los cuatro puntos cardinales; alejándose o acercándose como una barca sobre la espuma marina.
También con el paso del tiempo logramos investigar al­gunas características de su inevitable y oscura rutina.
En primer lugar nos sorprendía su aversión a caminar en parejas, pues al mostrarse lo hacían individualmente. Cuando un par surgía en un punto central, en el mismo instante uno de ellos se colocaba detrás, formando una fila. Todo ello indicaba que la línea del centro debía con­tener solamente a una persona por espacio y por momen­to. Asimismo advertimos su desproporcionado rechazo a los círculos, elipses, espirales, curvas y toda figura geomé­trica incierta, pues al llegar a la confluencia de las calles, enderezaban bruscamente su paso en ángulos de ciento veinte grados. Una voz compulsiva y militar se manifes­taba furtivamente con cada vuelta o cuando tropezaban con cualquier objeto redondo, incluyendo la visión del plenilunio en la lejanía.
De igual manera, su afición a cubrirse se expresaba en los días séptimos de la semana. En esas fechas algunos lle­vaban cascos deportivos, gorros o pelucas, otros se tapa­ban con pañuelos, capuchas, o artefactos menos comunes como mitras, birretes y turbantes.
A veces nos enfrascábamos en discusiones para adivinar si se trataba de un sombrero cordobés o mexicano o de artículos más refinados como tiaras, diademas, bonetes o peinetas.
De su comportamiento hermético desmenuzábamos todo tipo de hipótesis, pues la incomunicación con su entorno era absoluta y sin exclusiones. Nunca pudimos percibir algún tipo de código o señal entre ellos, mucho menos entre ellos y nosotros. La frágil luminosidad desplegada, sus movimientos y el uso de objetos dominicales, se en­trelazaban como la única evidencia para interpretarlos como seres animados y no como espectros.
Sin embargo después de algunos años, empezamos a sos­pechar de su inclinación por otro tipo de existencia. Habíamos averiguado —sin ninguna certeza— de su secreta propensión a los reductos interiores. La suma interminable de encuentros y desapariciones nos hizo desembocar en variables de probabilidad y conclusiones estadísticas. Un viraje brusco del mentón hacia la derecha o la izquierda, al pasar frente a un edificio, nos dilucidaba la exactitud de la entrada.
En varias ocasiones detectamos al mismo individuo desviándose hacia una puerta o reincorporándose después ala marca central. Sabíamos que para introducirse repetían el ritual y los giros utilizados para las esquinas, pero jamás sorprendimos a ninguno en el trayecto hacia un cerrojo, avanzando sobre un peldaño o sentado en un sofá toman­do café o leyendo los diarios.
En nuestra obsesión por esclarecer los itinerarios de estos conciudadanos, dotamos a las viviendas de vapores espe­ciales, humos y gases artificiales para reconstituir la atmós­fera del exterior, donde habitualmente se desenvolvían. Llegamos hasta el ridículo de colocar en las habitaciones, trampas para accesorios corporales y lámparas esféricas, esperando agazapados debajo de las camas por períodos incalculables. Así pasamos décadas enteras arrastrándonos por dormitorios y sótanos, pero pesar de ello, las aberturas entre la dimensión externa y la interna o entre el nivel pú­blico y el privado, no se advertían por ningún lado.
Con todo, no fue ni la persistencia ni la ingeniosidad, así como tampoco la curiosidad lo que nos hizo penetrar la abigarrada interioridad de los personajes.
Un martes descubrimos a una figura en el ejercicio de recuperar su postura de marcha frente a un llamativo y bien decorado portón. La nariz había abandonado su si­tio normal, sin dejar ninguna huella o cicatriz. Ese mis­mo cráneo fue interceptado seis meses después saliendo de otra casa, pero esta vez, además sin una oreja.
Pronto descubrimos una relación directa entre el regreso al punto abandonado y la ausencia de una prominencia facial o un órgano de los sentidos. Fueron muchas lasocasiones de sobreesfuerzo para reconocer a un perfil o a una silueta ya familiar, entrando o saliendo de las edifi­caciones. En los domingos la tarea se evidenciaba impo­sible.
La identidad de cada uno de los mencionados seres, se encontraba en una fase distinta de anulación, en depen­dencia del número de incursiones a las áreas cubiertas. Fue así, cómo a través de la geografía facial, pudimos in­dagar cuantas irrupciones por pasillos, alcobas o salas ha­bía efectuado cada uno de los extraños caminantes. Había gorros que al darse la vuelta mostraban amplios espacios aplanados y relucientes, con aberturas en proce­so gradual de clausura. Otras veces al rotar sobre su eje, revelaban solamente la ausencia de mandíbulas, pupilas o fosas nasales. En algunos, dichos agujeros sobre una lisa superficie, eran el único vestigio de todo un pasado olfativo.
En la desaparición de un accidente anatómico no existía un orden secuencial. Lo mismo podía esfumarse prime­ramente las comisuras labiales, que las cejas o la barbilla. Tampoco pudimos establecer alguna relación entre los modos de comportamiento en el interior de un recinto y la pérdida de un pedazo de la anatomía.
Así la incertidumbre se volvió un principio regulador de nuestras vidas, pues el vínculo entre lo externo y lo inter­no parecía no estar al alcance de nuestra perseverancia. No obstante, fieles a ese impulso tenaz que nos caracte­riza, establecimos valoraciones aleatorias y complicadas
medidas para el azar. La última encuesta había arrojado nuevos datos sobre el enigma de aquellos habitantes.
En la muchedumbre existía igual proporción entre des­narigados, desorejados, aquellos con los rasgos totalmen­te aplanados o con la boca ausente y los que aún guarda­ban todas sus señas antropomórficas.
Para entonces las casualidades del destino, me habían de­positado en un país frío y lejano.
Al deambular por los paseos y boulevards de una gran urbe, las voces de los peatones agujereaban mi cerebro con sonidos punzantes.
Estaba yo en mitad de una amplia avenida y mi cabeza se reflejaba sobre los vitrales de las tiendas iluminadas. Fren­te a mí, un monolito sin rostro se dibujaba sobre el cris­tal, mientras una intensa neblina enrojecida caía como un abrigo desde mis hombros y se escapaba por las grietas del suelo hacia los insospechados antros de la abolición.
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CONFESIONES DESDE EL LIMBO
Me llamo Melinda Puertas. Me presento ante uste­des como lo que creo ser: una niña de nueve años a las puertas de un supermercado.
Tengo un nombre y apellido casual, producto de algún programa de televisión, de moda por los días de mi naci­miento, donde entrevistaban –según dicen— a personas muy ricas y poderosas, pertenecientes a una raza pródiga en depredación y perseverancia.
No vivo muy lejos, aunque siempre mi fijación por este lugar es persistente, sobretodo allá en mi dormito­rio, cuando nada ingerible o comestible aparece entre las cuatro paredes, que también uso para otros menesteres. Mi hambre me devora con lentitud, con suaves desgarros sobre mi carne y yo, –si quiero vencerla– debo obligarme a permanecer aquí durante el día, vigilando y esperando por alimentos reales depositándose en el fondo de mi boca; porque a veces, ante esta falta de intercambio entre sustancias, me invade un sentimiento de tenue desaparición, de ruptura de los mecanismos de la vida, ligados a mi condición y a mi estirpe.
Así entonces, todo me sugiere una aventura, en la cual, las comidas no sean una cualidad intrínseca de la exis­tencia y ese sitio —de acuerdo con los criterios de los mayores— sólo pudiera ser el limbo.
Ellos hablan del infierno como un estado físico o espiri­tual en dónde el fuego es un sustento para trascender y por supuesto —eso ya lo sé— que el cielo es el reino de la nutrición total, sobretodo para ángeles y niños.
Del purgatorio no me ocupo, pues allí, al menos se pue­den utilizar las llamas como una merienda para fortale­cerse y así avizorar el término de los suplicios.
Lo mío es esta indecisión de estar y no estar, de insinuarme y de ocultarme de la manera más sutil, de moverme en un es­pacio ambiguo, en el cual no sé realmente, cuando me afirmo y cuando me diluyo; aunque sin ninguna culpa ni agravio. En verdad pareciera imposible averiguar, cómo una habi­tante de otra esfera, así como yo, pudo resbalar hacia esta atmósfera, pues no hay ninguna correspondencia entre las afirmaciones de los adultos sobre la niñez y esta sensa­ción atroz de ruidos y secreciones por mi tubo digestivo. Soy comprensiva y no los culpo. ¿Por qué tendrían que interesarse en las satisfacciones estomacales de una cria­tura que además de etérea, es integrante quizás de una especie aún no descubierta?
Sin embargo, mi recuento de todos los signos y señales de estos humanos, bien pudiera inducirme a encontrar similitudes en sus gesticulaciones y sonidos, pero mi voz no es la suya, mi lenguaje no les pertenece.
Por consiguiente, todo me hace esquivar la inmovilidad marmórea de sus ojos, pues no es ese el brillo de un es­pejo donde mi esencia deba reflejarse. No hay memoria en mí que no rehuya las superficies áridas; por esa razón, estoy segura de deslizarme como un ente no visible o —mejor dicho— como un espectro de otro instante.
Sería inútil por mi parte ahondar en los detalles de mi aspecto, de mi higiene y salud personal, así como de los accesorios adheridos a mi cuerpo, pues tampoco compar­timos los mismos atavíos y mucho menos los nutrientes. Con todo lo referido, esa que digo ser, puede transfor­marse en una y muchas a la vez. Recuerden la vitalidad fragmentaria de los espíritus al disolverse y la multiplici­dad de impactos de un ensueño sobre la realidad. Así, me adivino como la misma y todas las demás, acechándoles por plazas, calles y esquinas, con el delicado propósito de mitigar las naturales pulsiones de su instinto de la manera más efímera, de atenuar sus impulsos y ramificar nuestros lazos de sangre, por encima de abismos, grietas y siempre más allá. Por eso nos colocamos acá, justo a la orilla de la prisión donde simulan gozar, con nuestro poder de escindir y penetrar; pues solamente el contacto –como ya se sabe- es la clave de toda trascendencia.
Ustedes por su parte, tal vez quisieran restregarse un poco las pupilas, para estimular esa sección del cerebro adonde desemboca toda la exactitud del mundo y así entonces comentar ¿Si es una aparecida porqué pide? ¿Si es de otras tinieblas, para qué ese aliento?
"Los ausentes no tienen ningún derecho a insistir y tam­poco nosotros la obligación de responder".
A pesar de ello y abusando de mi situación a veces cor­pórea, me gustaría acallar otras expectativas y temores inherentes a una posible perversión de nuestro, —ya de por sí— extraño vínculo. Por supuesto que no llevo la intención de convertirme en un puente para iniciar rutas de caridad hacia la infancia y acaso con ello, importunar la paz de sus conciencias. Al fin y al cabo, eso es un vesti­do para usar según el clima, la latitud, las costumbres y el nivel de ingresos y mis sueños apenas se resguardan bajo mi única piel.
Por otro lado, creo adivinar en sus labios la incredulidad y hasta el disgusto por esta confesión, por lo demás im­practicable en una pequeña que de algún modo, también aspira a su linaje.
No deben inquietarse ante tales evidencias y no voy a discutirlas, pues las palabras desde esta íntima y tierna constancia, podrían ser —sin duda— la obra de cual­quier secta "difusionista", sospechosa de profanar y de hurgar en los retorcidos interiores de mis neuronas y no las atrevidas aseveraciones de una menor de edad.
Siempre existirán en todos los rincones esos individuos, —agresivos y excavadores— quienes apertrechados de sus maquinarias y fabulaciones bien pudieran haberme inventado, sólo para instigarlos con todas estas delicias, propias de una cotidiana reiteración de la penumbra.

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UN OLOR A ORQUÍDEA
Todavía chorreaba el agua por las calles. La brisa se había retirado lentamente hacia las cumbres, arrastrada por las nubes, mientras efluvios con olor a tierra y resinas se apoderaban de la atmósfera, limitando la visi­bilidad. La inundación había impregnado el aire de una humedad volátil. Se podría haber pensado en el escenario de un estudio cinematográfico, cuando artificialmente se crea ese ambiente de vapores, para efectos de misterio so­bre el espectador.
Cuantas películas como esta había ya contemplado a lo largo de mi existencia. Mi memoria estaba habitada por nieblas, pero con otros paisajes. Autopistas convertidas en interminables ofidios de asfalto se desenroscaban en mi cerebro, pirámides de metal, rascacielos azules y sub­terráneos de concreto desorientaban mis recuerdos, como deslumbrantes monstruos de otros planetas.
Pero había regresado a esta población y treinta años no pasan en vano —me repetía a mí mismo.
Reflexionaba: "la urbe, así como la esencia humana, debe también envejecer". Los universos de acero, los satélites de comunicaciones, el plástico, el vidrio, habían sido para mí hasta entonces, el único símbolo de la duración, el maquillaje que hace latir las aglomeraciones de humanos y —como el barniz— les permite expresar su edad en la acumulación y permanencia del brillo.
Sin embargo en este pavimento, los baches almacenaban el agua como los cráteres de un astro lluvioso sometido a desajustes gravitatorios. Aquel líquido saltaba y resba­laba por mis hombros convirtiéndose casi en un bautizo por inmersión. Luego, un poco de sentido común me confirmó que aquello era el centro de la municipalidad y al mismo tiempo, el charco más respetado por sus ha­bitantes.
Allí comenzó entonces a reflejarse mi figura. Aquella lá­mina sucia devolvía un rostro curtido y sinuoso, la chispa en las pupilas había sido sustituida por una matidez que absorbía totalmente el entorno sin devolver nada, ni si­quiera un destello del iris, ante el efecto de alguna impre­sión o algún recuerdo.
Medité sobre la extraordinaria posibilidad de poseer en el sitio de los ojos, dos agujeros negros incrustados en el cráneo; de esta manera no podían ser deslumbrados por ningún relámpago o fulminación y habrían aprendido entonces, a defenderse de fuerzas destructivas y temibles. A pesar de ello, mi cuerpo evidenciaba las señales de la re­ducción, los indicios de una disminución de su presencia en el espacio. Aquella superficie lo devolvía tal y como era en ese momento: frágil, encorvado y buscando apoyo en el centenario jenízaro, cuyas hojas atravesaban las aguas como imágenes a la deriva. Tuve la percepción de mi piel
desgajándose en pedazos con inaudita rapidez, mientras los vientos alisios descendían sobre el valle, dispersándola como si fuesen virutas de madera barridas por la escoba. Era demasiado tarde para regresar al trabajo. Aterrado por los acontecimientos me replegaba una y otra vez hacia adentro de mí mismo, pero el asombro aún no termina­ba. Me había quedado de pié frente al diminuto océano, con la vista inmóvil sobre las ondas y allí, —desdibuján­dose dentro de las aguas y balanceándose bajo el cielo gris— estaban las edificaciones.
El palacio municipal, la iglesia mayor y las casas de los más adinerados, se reflejaban intactos. Con sus vigas de roble, sus ladrillos de barro y sus portones labrados según la tradición más antigua de la Colonia; aparecían sobrios, tercos y desafiantes frente a la voracidad de los siglos. Has­ta los líquenes suspendidos de los aleros habían adquirido ese color propio de la arcilla, transformándose en piezas de cerámica, en árboles petrificados, nutriéndose de un subsuelo ubicado en otro territorio y en otro ambiente. La plaza principal y la arquitectura de la vida, los edificios y yo, la piedra y la carne, dos materiales en apariencia distintos frente a un espejo colocado por la lluvia ya fuese por circunstancia o propósito.
Ese instante dilucidó con certeza la consistencia de am­bos y también nuestro destino.
Una cinta empezó a girar hacia atrás dentro de mi mente. Por ella se deslizaron en sentido inverso túneles extendidos bajo el mar, puentes de extrañas aleaciones, rombosde cristal, torres de mármol, cilindros donde se reprodu­cen las hormigas humanas bajo rótulos fosforescentes, la omnipotencia del neón anunciando que la metrópoli es diferente para transcurrir, que la energía es el desarrollo de los cuerpos y que la apariencia es la fracción del ins­tante cuando el poliuretano y el hierro se animan de un devenir verdadero.
Aquel cinema personal debió durar pocos minutos, pues rápidamente retrocedí a los inicios, hasta la edad donde todo arquetipo se fija en la conducta, anudado por una poderosa manera de existir, llamada también adolescencia. Así, lo que adentro propugnaba por salir y lo que afuera se desesperaba por entrar, coincidían en un solo plano; como si la visión de la realidad se hubiese fundido frente a mí, a través de una esfera de cuarzo. Las formas se di­bujaban claras en la conciencia mientras la retina captaba con maravillosa nitidez la misma fotografía.
Entonces comprendí cómo aquel poblado que hoy visita­ba era exactamente la calcomanía fiel y sin modificacio­nes de mi época de juventud. Tal vez era una sola vivencia pero desmembrada en dos direcciones opuestas por algún no investigado azar.
Mientras mi ser había viajado, convertido en ciclos de noches y días hacia el lugar donde todos terminamos, aquellos muros habían aceptado la tentación de su so­ledad, enarbolando los embates del deterioro, como ca­ricias protectoras de algún arcilloso dios inmóvil. Los hombres y las mujeres no habían hecho nada para aplacar esa terrible protección ya fuese por costumbre o por indiferencia. Temían al porvenir, —en el peor de los ca­sos— también llamado civilización y dejaron a la divini­dad la decisión de actuar.
Sin nadie notarlo, se suspendió el envejecimiento de la argamasa y la destrucción de la cal. Las personas se desva­necían, frente a las estructuras que permanecían intactas de la manera más natural.
Toda una vida retrocedida como un carrete dentro de la cabeza. Todo un olvido intentando sobrevivir sin olvi­do, en un enclave entre montañas, donde el pasado y el futuro se habían detenido en el presente. En un lapso muy corto, como saliendo de una escena a otra, había regresado hasta la pubertad, teatro de los deseos y pre­moniciones.
Sin embargo, no había venido aquí expresamente. Algu­na imprecisa señal me hizo aminorar la velocidad cuando los nubarrones avanzaron sobre la ruta del sur. La deter­minación de quedarme me restituía la tranquilidad frente a una tormenta ya próxima y me concedía la curiosidad para hurgar en este laboratorio vivo del desgaste.
La neblina de la tarde empezaba a diluirse sobre los te­jados y el olor del adobe mojado me recordó un barrio periférico, allí donde el río se curva antes de internarse hacia las zonas bajas y cenagosas. El sonido de su caudal orientó mis oídos. Era la estación final, el descanso in­evitable delante de un nombre que como una sustancia empezaba a gotear en los recuerdos.
Su casa era la misma. No demostraba erosión del mundo en sus colores, ni tampoco en su estructura, pero dentro de ella era urgente y necesario que habitase un sueño. Quizás una epidermis de luz incorruptible, unos labios conservados en miel por las abejas, un rostro suave ava­sallando al tiempo, un olor a orquídea y a rocío, y no ese fluir turbio de las aguas en el patio, el vacío en el interior y el eco del silencio.
De regreso hacia el vehículo, las construcciones me pa­recieron más firmes en su pureza y entonces pensé cómo esta ciudad se yergue lenta pero impostergable, tránsfuga de la relatividad, azorada ante la levedad de los huesos, detenida, pero al fin y al cabo monumento, obra de la descomposición humana, desgarro hecho losa para per­durar, herida transformada en columna, sangre solidifi­cada en los frontispicios. Tiempo congelado, fijo, exacto.
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EL TÚNEL
Desde muy temprano habíamos buscado el sitio correcto sobre la pared. Con los nudillos encallecidosde tanta insistencia, fuimos dando pequeños toques de abajo hacia arriba, hasta encontrar el punto exacto, allí donde las vibraciones se escuchaban, como si fuesen bur­bujas saliendo por una tubería.
Estábamos exhaustos de tanto esfuerzo que no habíamos tenido la ocasión de preparar el equipaje y el alivio de aquel sonido tan característico, nos hizo olvidar por un momento, el futuro ya cercano. Entonces comenzamos a clasificar los recuerdos.
Hicimos un minucioso inventario de la ansiedad y tam­bién de las penas que habían dirigido nuestras manos hacia la meta. Empaquetamos el olvido, la ternura, la ira y sus consecuencias, pero en el compartimiento más oculto acomodamos el poderoso llanto de los recién na­cidos. Tampoco pudimos abandonar las raíces —fruto de alguna ilusión envejecida— que con paciencia habíamos forjado y hundido en aquella tierra seca y solitaria.
Todo ello fue suficiente para transmitirnos la lucidez y el coraje de quien debe abandonarlo todo y recomenzar en una dimensión aún desconocida. Después se hizo másfácil golpear y golpear en lo más hondo de la oscuridad hasta estremecer el muro y luego toda la habitación. Una fisura comenzó a dibujarse y luego otra, hasta que fuimos sumergidos en un torrente de polvo. Cuando el último pedazo de ladrillo cayó por los suelos, todos temblába­mos con la indescifrable expectativa de quien no sabe qué viene después, sí la alegría o el desencanto.
Un espacio irregular donde sólo podía pasar una persona a la vez, quedó expuesto delante de nuestros ojos. Haber vivido entre tinieblas tenía sus ventajas en ese extraordi­nario instante. Fue así cómo logramos atisbar a través de la abertura lo que parecía ser un pasadizo húmedo hacia una salida final, allí donde se percibía una tenue claridad. Uno a uno fuimos atravesando hacia el otro lado, uno a uno escapábamos con el sigilo del ladrón cargado de riquezas. Al fin el hermoso sueño se convertía realmente en otro universo, donde no existiría ni la agonía, ni la desesperación.
El lugar era retorcido y acuático. El piso era rugoso y te­nía el aspecto de una maltratada tela, dificultando nues­tro desplazamiento, hasta hacernos parecer larvas migra­torias; esas que pasan toda su vida a la búsqueda de una patria definitiva.
La primera impresión fue la de haber caído en el vien­tre de una gigantesca serpiente. Las historias tantas veces escuchadas, sobre náufragos viajando en estómagos de monstruos, así como las peripecias de Jonás devorado por una ballena, no hacían más que avivar nuestros temores.
Pronto descubrimos lo infundado de la sospecha, aquel fangoso tubo no mostraba el más leve indicio de movi­miento. Más bien eran nuestras cabezas las que con giros elípticos rotaban alrededor del cuello. Los pies abandona­ron su acostumbrada sincronización y corrimos con una fuerza incontrolable hasta elevarnos unos centímetros por encima del suelo. Al parecer, teníamos la facultad de trepar por las bóvedas como algunas especies de anfibios. Todo lo que habíamos escuchado acerca de la ausencia de gravedad en las estaciones espaciales, hubiese podido aplicarse a nuestra situación dentro de aquella galería. Si eso hubiera sido el vacío o la nada, tantas veces aborda­do por físicos y filósofos en sus escritos; lo hubiéramos creído.
Así, poco a poco perdimos la noción de los movimientos en su continuo acontecer, la sensación del hambre, de la sed y hasta la percepción del propio cuerpo, aún con la sangre y la respiración fluyendo sin pausas.
Las caras habían envejecido con pasmosa rapidez, en la frente y en los párpados las arrugas semejaban profundos valles donde se acumulaba la niebla. Tortuosos canales confluían en las comisuras de los labios arrastrando su­dor y sedimentos y todas las pieles se confundían ya con el verde liquen, extendido como una mancha dentro del subterráneo de arcilla.
Sin embargo nuestro corazón no aquejaba ninguna nostalgia y hasta pudimos adivinar sonrisas de satisfacción en los rostros de los más jóvenes. En ellos las pupilas seiluminaban como luciérnagas, volando a la reconquista de un nido anegado por la tormenta. Parecíamos seres de una nueva especie flotando por un camino donde sólo interesaba la plenitud y el éxtasis.
Eso era la dicha y poco importaba la incertidumbre sobre un punto de luz extraviado entre las cribas del laberinto, aunque de todas maneras, ya no cabía el regreso.
En algún momento tuvimos la certeza de no poder lle­gar jamás al ansiado resplandor y todo parecía indicarnos una nueva residencia bajo sombras.
La jornada había sido agotadora y buscamos los rincones para acurrucamos y protegernos ante la inminencia del sueño, invadiéndonos como único y placentero aroma. Reclinados en las rocas no pudimos dormir, intentando descifrar una y otra vez la complicada red de trabéculas, huellas y madejas, o al menos una señal de Ariadna de Cre­ta, pero Ariadna nunca apareció y tampoco dejó mensajes anunciando si llegaría después.
Así cuando despertamos, nos miramos con estupor y comprendimos la extráña etapa de nuestro ser, pronta a iniciarse dentro de aquella sinuosa gruta. No podíamos de­finir la duración precisa del trayecto, pero una corazonada de esas que aparecen en situaciones de crisis nos anunciaba un breve tránsito.
Pronto empezaron de nuevo los recuerdos y la angustia que pululaban por los pasillos a mordernos la carne, la inquietud zumbaba como una mosca fétida perforando los tímpanos con diminutos impulsos de sus patas, agrios matorrales brotaban de los viscosos charcos lacerando los talones; el pasado lanzaba un soplo ácido y caliente a través del viejo agujero que bien hubiese podido estar delante de nosotros.
Nuestras maletas se habían vaciado en el transcurso de la perplejidad y de la vacilación, en ellas no quedaba nada, ni siquiera la duda. Aquel antro nos ahogaba por dentro, era como si repitiéramos ese mundo recién acabado de destruir.
Entonces empezamos a dar golpecitos secos sobre aque­lla curvada estructura. Es imposible rememorar aquí las formas y relieves palpados por el tacto, siempre buscando un tono cuya sonoridad estuviese todavía fresca en las memorias. No supimos cuántas veces las articulaciones de los dedos martillaron la piedra hasta sangrar y cuan­tas veces la excitación de una posible respuesta alumbró la íntima llama, próxima a desfallecer. Tampoco nunca logramos entender aquellos simétricos dibujos que proli­feraban sobre la superficie de las paredes.
Eran hundimientos de la textura conformando una doble ene [nn] y a juzgar por la cantidad de poros y estrías im­presos en el fondo, podían haber sido hechos por humanos. Estaban grabados en un alfabeto muy bien conocido por todos, pero cuyo significado aún no lográbamos descifrar; algo así como inscripciones labradas por nosotros mismos pero en otro momento y lugar.
Pronto establecimos asociaciones de significados entre unos y otros, independientemente de la posición que tuviesen en el barro. Una cadena de instantáneas visiones parecía brotar de nuestro cerebro, trayendo en su extre­mo —como de un pozo- la transparencia del pasado.
Allí, brillando intermitentemente como los rótulos de neón de un área de peligro, estaban todos esos signos. Asombrados nos acercamos y vimos cómo se habían con­vertido en miles de espejos, en cuyo fondo se reflejaban las aguas. Nuestras imágenes eran riachuelos que nacían en el centro y con una fuerza centrípeta desaparecían por los bordes.
De inmediato entendimos un rumor atronador inundan­do la caverna. Era nuestra voz, acumulada como eco, di­ciendo y repitiendo hasta la saciedad: Este es el túnel...es el túnel...
Ese fue nuestro último recuerdo.

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EL GATO
Apareció en el pueblo una mañana de enero. El vecino de 'La Central' fue el primero en percatarse de su presencia, al abrir el portón metálico de su negocio. Estaba habituado a todo tipo de seres rondando los des­perdicios de su cubo de basura, pero un crujido de huesos le hizo fijar la atención, en un bulto que apenas se movía en la tenue claridad.
Parecía haber salido de un punto impreciso de la esquina, allí donde confluyen las cuatro calles principales del po­blado. Ninguno de los otros pobladores, pudo tampoco señalar el momento exacto de su aparición.
Desde lejos era hirsuto, como si hubiese viajado dentro de una ráfaga de aire y esta, de un coletazo, le hubiese depo­sitado, justo en el lugar donde por primera vez le vieron. Avanzaba emitiendo ruidos muy confusos que se acrecen­taban, según la posición del viento. A veces podían inter­pretarse como un zumbido de moscas o de abejas, pero aquel lenguaje, un instante después, evocaba al de un de­predador desgarrando su presa.
Se desplazaba con mucha lentitud, de tal manera que el ciudadano pensó en alguna herida o problema óseo, rete­niéndole en el suelo en contra de su voluntad.
El sonido de sus pasos semejaba al chirriar de dos super­ficies de hule frotándose una contra la otra. Descansa­ba en larguísimas pausas y cuando reiniciaba la marcha, también se escuchaba el jadeo de la respiración húmeda y corta, propia de alguna enfermedad pulmonar.
El individuo le sintió llegar hasta muy cerca de su acera, pero trató de ignorarlo, mientras continuaba con la coti­diana limpieza de su establecimiento.
Para él, significaba un hecho común, las visitas rutinarias de todas las especies hambrientas de la localidad. Su ba­surero se había convertido en una suerte de caja de Pan­dora alimentaria para perros, cerdos, gallinas y zopilotes, ya habituados desde muy temprano, a esperar el próximo depósito de desechos. Otros como tordos y gorriones, lle­gaban más lejos en su atrevimiento, al sustraer trozos de comida, directamente de las mesas de la clientela.
Un frío ventarrón soplaba desde las sierras en esa época del año y un escalofrío le paralizó la columna vertebral y todos los movimientos. En su costado izquierdo, una estocada le hizo retorcerse de dolor mientras un mau­llido sobrecogedor resonaba en el silencio, que como un perfume impregnaba el amanecer.
Se llevó las manos al sitio del impacto, a tiempo todavía, de contener el hilo de sangre que ya brotaba a través de su ropa. Levantó la nuca para incorporarse y entonces se encontró cara a cara con aquel engendro. Le recorrió de abajo hacia arriba con la mirada, a la vez que un senti­miento de indignación y de sorpresa, apretujaba como en
un saco— los rapidísimos latidos de su corazón. Ya no sentía ningún malestar, solamente una obsesiva curiosi­dad por desentrañar el enigma de aquel intruso agresivo y forastero.
Pertenecía al sexo masculino, de pequeño volumen cor­poral y encorvado sobre su panza. Una enorme giba sobre la espalda, —a manera de contrapeso— le hacía pegar la barbilla sobre el pecho.
Por consiguiente, era necesario agacharse para observar ese rostro siempre escondido hacia adentro. No tenía pre­cisamente el aspecto de un félido, pues sus ojos zarcos eran alargados, en forma de dos pequeñas almendras e incrustados como con violencia sobre unos pómulos de bordes ásperos y cortantes. Poseía una piel cobriza, flácida y con profundos surcos en la frente, quizás producto de la persistente radiación solar que inunda esos territorios. El resplandor del alba tampoco parecía herir sus pupilas y todo indicaba en su manera de observar, una visión dis­minuida. Además tiritaba continuamente, pero desde el fondo de sí mismo, con un temblor que rítmicamente se transmitía a su escasísima pelambre.
Un nuevo quejido abriendo las fauces mostraba unos la­bios filiformes, casi inexistentes, sobre unas encías im­púdicamente rosadas y viscosas. Ninguna de las piezas dentales había sobrevivido dentro de su cavidad bucal, ni siquiera los colmillos para la depredación, esos que también sirven para ostentar la extraordinaria belleza del marfil como arma de cacería y muerte.
Sus orejas se impulsaban largas y puntiagudas hacia atrás y constantemente rotaban sobre su eje, tratando de captar los sonidos de palabras circundantes, mientras su cuello se extendía como un telón de teatro con pliegues longitu­dinales, desde la mandíbula hasta los pectorales.
Asombrado, el propietario calculó su edad en setenta y cinco años. ¡Más de medio siglo!...comentaba para sí mis­mo, tratando de escudriñar el secreto de la ancianidad en aquel mamífero. Un cigarrillo tras otro y nuevamente co­menzaba la ronda delante del misterioso espécimen, has­ta quedar agotado completamente. ¿Cómo un gato podía durar tanto en el tiempo? ¿Era un caso de reencarnación felina en la deteriorada osamenta de un homínido? ¿O era tal vez un ser humano consecuente con su verdadera esencia y en proceso de mostrarse sin caretas atávicas?
El dueño de aquella taberna utilizó todos los nombres de mininos famosos venidos a su memoria, entre ellos los de Félix, Gaturro, Silvestre, Garfield, pero sin ningún re­sultado. Insistió en el apelativo de Micifuz por ser el más corriente, pero el animalejo le miraba, con una mezcla de súplica y burla, sin responder a su llamado. No había ma­nera de interrogarlo, de conocer su origen o su nombre. Pronto desplegó sus puños en un abanico de blancos cu­chillos relucientes y él los tomó entre sus manos cuidado­samente. Examinó aquellas armas perfectamente limpias y pulidas, quizás por obra de algún manicurista. Resul­taba imposible pensar cómo la naturaleza pudiese haber fabricado diez dedos con tales instrumentos tan bien cui‑
dados y que estos pertenecieran a una criatura tan senil y callejera.
El monstruo comenzó entonces a mendigar por la ca­lle, de casa en casa. Se detenía en cada portal el tiem­po necesario, hasta que a fuerza de lamentos era servido con algún alimento y hasta con dinero. Luego volvió y se acomodó con insólita desinhibición en la barra de la ca­fetería, demandando entre ronroneos y rugidos, algunos de los platillos dentro del exhibidor. Era pues un gato pedigüeño o un pordiosero gato.
Hilario conocía con exactitud a todos los mendigos del lugar. También recordaba a los que sólo gozaban de los placeres furtivos de su vertedero, siempre repleto de pe­llejos, legumbres pútridas y otras delicias. Estaba com­pletamente seguro de no haber visto antes a ese extraño limosnero, el cual, ya con absoluta familiaridad le hin­caba las garras en la espalda o en las piernas, mientras pronunciaba rarísimos vocablos en un idioma propio de su condición y de su especie.
El animal permaneció de pie frente a él, solicitando, casi exigiendo ser servido con una taza de café y un plato de huevos revueltos para su desayuno. Atrapado entre la duda y el amor al prójimo, el jefe de aquel próspero co­mercio, se negaba a silenciar mediante alimentos, los te­rribles jugos gástricos de aquella auténtica pantera, cuyos alaridos ya se escuchaban por todo el vecindario.
Con la llegada plena del sol, el tráfico de caballos, carre­tones y automóviles inundó de ruidos la tranquilidad de aquella olvidada ciudad de provincia. Los primeros auto­buses se detuvieron en la parada contigua y numerosos pasajeros descendieron cargando sus bolsos y paquetes; entraron a la cafetería y se instalaron en los asientos li­bres, junto a la fiera.
Con absoluta certeza, la proximidad de la estación de buses interurbanos, determinaba el movimiento de per­sonas y el auge comercial de aquel local.
¡El gato!...¡El gato!...exclamaron a coro los recién llega­dos, quienes con inusitada algarabía, empezaron a mau­llar y a pinchar —todos a la vez— la barriga, las nalgas y las carnes colgantes del esperpento, mientras este se contorsionaba como un acróbata, relamiendo la última gota de líquido, servida por el tendero, en un arranque de bondad.
Evidentemente se trataba de una fiera pública. Todos le conocían, le dispensaban confianza y de cierto modo también, cariño. Se podría haber pensado en alguna personalidad legendaria, acaso un león de Nemea humanizado, sobreviviente del mun­do mitológico griego, pero adaptado a las condiciones climatológicas y sociales de esas gentes y lugares
Atónito, el hombre clavó entonces la vista sobre aquella figura desgastada por el hambre y la intemperie, en la raí­da camisa de poliéster amarillo, en los desteñidos panta­lones sin color preciso, en las agujereadas botas de goma hasta las rodillas, en las dos varas de guayabo agarradas con fuerza prensil, a manera de báculo y en la alforja de lona colgando de los hombros.
¡El gato!... ¡El gato!... aulló entonces él también a todo pulmón, mientras hundía con convencimiento sus uñas, en los desvencijados lomos del animal.
La bestia, con los ojos en blanco, se doblaba de risa sobre su ombligo, pletórico por el cosquilleo del hambre y de la astucia, que como un manantial fluye de la mendicidad.

La mujer Goebbels
No se trata de la "femme Nikita", que aparece en una serie de televisión del mismo nombre, como una especie de ente deshumanizado y frío, pero de una belleza capaz de paralizar el aliento de los hombres.
Aunque comparte con ella una buena parte de su con­ducta, la fémina Goebbelsesta viva, es real, está presente detrás de todos los actos de nuestra vida cotidiana, ur­diendo para nosotros una intrincada telaraña, en la cual alguna vez debemos quedar atrapados y sin ninguna es­peranza. En esas redes ella afianza sus gestos, sus poses y sus más retorcidos anhelos, siempre que las cámaras estén presentes para convertirla en una consumada actriz, cuyo papel protagónico, debe ser una pieza maestra del arte histriónico por excelencia, —es decir, el engaño.
Más allá de su cinismo, de sus roles y de sus máscaras, la hembra Goebbels se miente a si misma, miente a su fa­milia y a toda la población, con la ayuda de un enjambre de asesores espirituales ecuménicos, que invocan para ella poderes ancestrales y la ungen como el prototipo local de Ixchel-Ishtar-Isis, vencedoras del fiero dragón.
El proceso de transformación en personaje de Madame Goebbels no tiene límites. Ella se ha impuesto ese destino, diseñado por su fluctuación lunar, por su afán decrear verdades basadas en la insistencia y en la realización de sus turbios deseos, acomodados a los oídos de los más débiles; a quienes repite constantemente sus consignas de bambalinas y sus embustes, de tal manera que al final de la función, ella como invento de si misma, de sus preten­siones, pasa desde la ficción, a convertirse en una reali­dad engendrada por la fuerza de su vocación desajustada y temeraria.
Su lema o cantinela no es original ni novedoso: "Mien­te, miente reiteradamente, que al final, de tanto mentir, al igual que una gota de agua constante sobre una piedra, creas un espacio bajo la sombra, donde al fin navegas victoriosa, como una creación de tu propia falsedad y desequilibrio". En algún momento del desarrollo de la obra, la Señora Goebbels hace penitencia de todos las faltas de su pa­sado, es perdonada y deviene conversa, no judaizante, pero si moralizante, adquiriendo entonces ese aroma de santidad propio de confesionarios y sacristías. Por ello, en sus negociaciones con el Altísimo, logra excluir de las condiciones para su salvación, el usufructo de esa veta de arrobadores y fructíferos pecados, de los cuales le es imposible prescindir —entre ellos- la incrustación de su cuerpo y espíritu, en la carne más delirante del poder. Afuera de ese laberinto oscuro y secreto donde habita, todas las evidencias y el sentido común, la señalan per­sistentemente como el germen de la destrucción y la dis­gregación de ese mundo que alguna vez ayudó a cons­truir; aunque ahora, aprovechando su versatilidad y las
nuevas circunstancias, ella como una moderna versión de Iemanjá, emerge vestida de flores y colores desde el fon­do de su calibrada voz teatral y se adelanta rasgando sus vestiduras, para decirnos que son otros los que mienten, que ¡Nunca!, que ¡Imposible!, que ella no es esa otra, que esas atribuciones de dominio, no existen en un corazón totalmente impregnado por el deseo vehemente de amar, que ella es una humilde y hacendosa tejedora de su hogar, destinada únicamente al ejercicio del combate amoroso y que su santuario sólo puede ser visitado por ángeles, de los cuales ella es intérprete, vocero y confidente a la vez. ¿No se llama acaso Irma, Magda o Durga? No lo sa­bemos, pues cualquiera de sus nombres sólo puede ser pronunciado, como una evocación de aquellos habitantes de la penumbra, que ya no pertenecen sino, a una dimen­sión donde la luz se distorsiona bajo los efectos de sa­humerios y efluvios, que como desesperadas y hambrien­tas alabanzas, suben desde la superficie hasta las tribunas y despeñaderos.
Por eso mismo, con su apariencia de icono de la man­sedumbre y de la paz, FrauGoebbels no tiene nada de rígida, ni de inflexible. Sesgada por su vocación de deidad que mueve los hilos de la vida y de las necesidades de los desposeídos, adapta leyes y reglas a su papel escénico, suplanta emociones, atribuciones y conocimientos, no admite desvíos ni desvaríos a sus propósitos, crea señue­los para disimular intenciones, impone su voluntad de control del espectáculo en cada una de sus actuaciones, suelta en el escenario las fieras de su ambición de "prima donnaassoluta", en fin, es una maestra en el arte de la simulación y los encantamientos y quienquiera que sea, allí donde ella exista, siempre —según la historia — estará marcada por un desenlace con olor a catástrofe, a con­tienda y desesperanza.
Finalmente, aunque su obstinación y desajustes le impi­dan aceptarlo, ella en su intimidad sabe, que la mentira aísla y ensordece a quienes la practican, y cómo, aquellos que hablan y actúan en nombre de los hambrientos, tar­de o temprano terminan crucificados, máxime cuando el montaje de la trama huele a fraude, a estafa, a descontro­lada devastación, en contra de hombres, mujeres, niños y ancianos, ya hartos de cargar incertidumbres, sangre de tragedias y funestos vaticinios, sobretodo ahora que también se manifiestan, por actuación y boca de mujer.
Noticias para María
Vinieron antes del amanecer. Aparecieron en la pe­numbra de la habitación y con susurros muy pausados, los médicos me hicieron despertar y alzar la cabeza. Desde el inicio yo sabía que era un caso muy difícil, pero aun así nunca sospeché del peligro que empezaba a co­rrer, cuando preparando la cena sentí un mareo y luego un abismo se abrió bajo mis pies.
El más anciano de ellos, alto y delgado, fue el primero en hablar. Sus pómulos oscuros y tostados daban la impre­sión de haber resistido la más prolongada de las insola­ciones, lo cual hacía resaltar la barba y los cabellos blan­cos; enmarcando su expresión dentro de un halo piadoso y espiritual. Parecía más bien un fugitivo de las Sagradas Escrituras que un científico del siglo veinte en una visita obligada a su paciente. Tenía un reflejo muy vivo en la mirada, algo así como una diminuta iridiscencia azulada, cuyos destellos me forzaban a parpadear continuamente. Se expresaba desde muy adentro, con la calma y el poder de un río al final de su curso y por la redonda abertura de sus labios expelía las palabras como frutas dulces, jugosas y cálidas, hacia las cuatro paredes del recinto.
Tenía un porte sereno y altivo y por el respeto que imponía a su alrededor, era el de más alta jerarquía entre ellos.
A su lado, enfundado en su bata blanca y con aire com­prensivo se encontraba el otro doctor. Era gordo, de tez clara y risueña. Sus ojos almendrados se delineaban como una pequeña raya horizontal cuando sonreía. Estaba reclinando sobre las barras laterales de la cama, con su ancho cuerpo levemente encorvado sobre el mío y sus manos cortas y regordetas presionaban las mías con sua­vidad, en cada sobresalto que aquella información me provocaba. Trataba de animarme, de darme confianza y yo noté en las facciones de su cara la intensa determina­ción de ayudarme, de hacerme comprender la rigurosa dimensión de lo ocurrido; de restituirme la esperanza de vivir y seguir luchando.
El tercero era como un cristal. Pálido hasta la transpa­rencia, no hablaba, pero tampoco era necesario. En su cráneo y en su pecho la realidad se reflejaba como en un espejo, exacta y sin dobleces. Fue a través de él que com­prendí el espacio de mi dolor y del dolor de los que al igual que yo, entendieron la magnitud del tiempo, en el cuál nos apagábamos.
Fue así como, desde el fondo de mi condición de mujer logré escudriñarme a mi misma y verme irremplazable y sola frente al destino. En él pude percibir los negros augurios deslizándose sobre su frente, la angustia del por­venir esbozándose en sus comisuras labiales. El lo sabía todo y desde su cuerpo translúcido me lo transmitía con imágenes, con símbolos y hasta con los gestos desespera­dos de sus dedos, casi gaseosos.
Entonces el primero, vislumbrando la trascendencia del instante se acercó por encima de mi hombro derecho y clavándome la precisión de sus irisadas pupilas prosiguió: Para ayudarte hemos venido. Sólo para auxiliarte hemos abandonado nuestros remotos países, nuestras familias y nuestros enfermos. Siempre buscábamos el rumbo correc­to pero siglos de confusiones y extravíos nos hacían perder la ruta en cada cruce. No sabíamos dónde encontrarte, no conocíamos ni tu ciudad ni tu calle, hasta que aquella noche un repentino resplandor se detuvo frente a tu casa. Delante de tu puerta iluminada, supimos por vez primera cuál sería nuestra responsabilidad y cual nuestra suerte. Allí empezamos a sentir el peso del planeta sobre nuestras espal­das; allí en aquel barrio derruido por la injusticia comenzó el recelo, el estupor, la impotencia y después el desasosiego. Al entrar y verte desmayada en el claroscuro de la cocina, corrimos por el vecindario en busca de un teléfono. Uno de nosotros te prestaba los primeros auxilios cuando la ambulancia rodó silenciosa entre los atemorizados veci­nos que en gran número, ya avanzaban por encima de los baches y los desperdicios de la calle.
Cuando llegamos al hospital nuestros colegas ya habían preparado los locales para el alumbramiento y cualquier otra emergencia que pudiese ocurrir. Ellos colaboraban con mucha voluntad y empeño; parecían advertir el al­cance de los acontecimientos y las terribles consecuen­cias, si las cosas no salían como deseábamos, pero tenían seguridad en nosotros. Habían estudiado nuestros libros
y artículos sobre la maternidad, conocían nuestras inves­tigaciones en el campo de las ciencias ginecológicas y obs­tétricas, manejaban con soltura los temas de las últimas charlas que sobre la materia, habíamos grabado para la televisión. Humildemente nos sorprendimos de haber sido divulgados hasta aquí, desde lugares tan distantes; jamás pensamos trascender con nuestras enseñanzas los confines de nuestros bienamados reinos.
Mientras tanto tú te debatías entre los espasmos y la pérdi­da del sentido. Cuando te instalamos en la camilla cesaron tus lamentos y reposaste flácida, aletargada, sin aliento. Iniciamos la exploración de tu barriga y descubrimos que era muy voluminosa. Su tamaño despertaba en nosotros sentimientos paradójicos. Junto a la fe y la alegría por lo grandioso, la ansiedad y la incertidumbre se afianzaban en nuestra imaginación. Aquel bulto viviente se movía intensamente bajo la piel dilatada y sudorosa, la bolsa de carne y líquidos que lo resguardaba podía convertirse poco a poco en una cárcel acuática y sellada, en una tram­pa fatal. Con sus fuertes manotazos bajo cada palmo de abdomen, parecía un cetáceo tratando de huir del nau­fragio y sus palpitaciones desgarraban nuestros tímpanos con una estocada directa y sin piedad.
La criatura hacía sobrehumanos esfuerzos para escapar hacia la claridad, para surgir desde el fondo ciego de las aguas y la violencia de su acometida había agotado el po­der constrictor de tus fibras, tu ancestral y poderoso ins­tinto de dar luz y de dar vida.
Hubiérase pensado que aquel ser, luchando desde tu vientre con tal coraje, era una divinidad a punto de ser creada, aunque su creación significara tu destrucción, pues no estabas a la altura de su grandeza, negándole el empujón sagrado, el impulso final propio de tu especie y de tu género.
Tu pulso se desvaneció hasta niveles no perceptibles, per­diste la conciencia y te trasladamos inmediatamente a la sala de operaciones.
Allí sobrevino el estruendo que hizo temblar las instala­ciones desde los cimientos. Los instrumentos se volcaron sobre el piso y las personas se tambalearon peligrosamen­te bajo las lámparas y los cables eléctricos. Nos aferramos a ti como a un paraíso a punto de perderse y tu fruto creció inmensamente dentro de su remanso, forzando las compuertas con tales bríos que creíamos verle fuera de su prisión. El ruido atronador se repetía en cortos intervalos haciendo vibrar una y otra vez los ventanales, el techo, las paredes y hasta la más fina hebra de nuestros cabellos. Constatamos que se trataba de miles de individuos gri­tando y golpeando sobre el muro exterior del edificio. Habían arribado frenéticos desde diversas zonas del país cuando supieron la gravedad de tu estado y el riesgo del ansiado nacimiento. Se habían congregado sobre la ave­nida del oeste y se apretujaban contra los portones de la entrada exigiendo con alaridos, el derecho a conocer la verdad y a ser informados sin pretextos ni manipulacio­nes.
Los vigilantes los fueron empujando con ademanes ame­nazadores y —cachiporra en mano— les hicieron retro­ceder hasta el parque más próximo, pero nuevamente volvían a la carga con sus pulmones hinchados de gritar tu nombre y el de tu cría pronta a nacer.
Su conducta era legítima pues habían esperado tantos años por Él. Habitaban un país opaco y sin Ley y Él era su única posibilidad de continuar existiendo. Él era el Glorificador que siempre debe llegar en el momento preciso, cuando en el cielo y en la tierra las otras deidades ya cumplieron con su deber. Ellas ya les habían abandonado, hartas de su irracionalidad, su intolerancia y su falta de escrúpulos. Así durante los últimos conflictos, los viejos dioses decidieron por fin marcharse y aprovecharon numerosas solicitudes de regiones cercanas donde todavía podían ser útiles. Car­garon con sus ritos, sus sumos sacerdotes, sus vicarios y se escabulleron sin dejar un sólo rastro.
Las multitudes quedaron vacías, como suspendidas en un limbo grisáceo, impredecibles, apáticas y con la rabia y la desolación emergiendo brutal desde la profundidad de sus poros. Habían depositado en tu heredero su ilusión por un futuro distinto; y verdaderamente no tenían otra elección. Sus excesos y defectos ya habían empobrecido a un grupo importante de la población; otra parte se había exiliado para siempre jurando no volver a ese antro de ambición maligna y desesperanza. Aquellos que habían logrado sobrevivir, vacilaban entre el hambre, el vasallaje o el sui­cidio.
Entre las mujeres que calladamente lograron resistir hasta el final estabas tú y a pesar del odio y el resentimiento que como una llama les consumía, te escogieron a ti; su­plicaron año tras año sobre tu regazo, por esa vida y esa libertad, que ellos mismos eran incapaces de conquistar. Habían avasallado a sus hermanos, habían extirpado la justicia como un tumor, establecieron desde el poder, estatutos para la venganza, el golpe bajo, el saqueo y la expoliación.
Desde sus pedestales, los cabecillas arropados en su propio veneno, reivindicaban la clarividencia de su becerro perso­nal, la eficiencia de sus ídolos domésticos sobre la miseria y la corrupción ciudadana. Eran realmente un pueblo pri­mario, artífice de su propia desgracia y sin ninguna posi­bilidad de sobrevivencia. Sin embargo, eras parte de ellos y como una Ifigenia contemporánea decidiste sacrificarte, hacer rodar tu nombre sobre la piedra, como una ofrenda de cuarzo cercenada en su máximo esplendor.
Decidiste ofrecerles el Creador que nunca les abandona­ría, el Mesías hecho desde la medida de sus deformacio­nes, para tener la voluntad de combatirlas; el Verbo des­de sus carnes, hecho a través de la tuya, puro, libertario, eterno.
Nosotros sudábamos a cántaros sobre la mesa quirúrgica. Un formidable equipo de asistentes, enfermeras y labora­toristas se desplazaba por los pasillos apoyando en todos los detalles. El personal estaba consciente del significado de aquel parto y su tenacidad llegaba hasta nosotros como un balcón iluminado en la más densa oscuridad. De ellos y nosotros dependía la salvación de un mundo, la rendi­ción de una estirpe a punto de esfumarse del mundo y de los hombres. Era un reto sólo para ángeles de categorías superiores o para magos experimentados.
El tumulto se escuchó entonces con más entusiasmo y a través de la abombada esfera tu hijo parecía sentirlo; se estiraba con indefinible poder pugnando por reventar el saco uterino. Se pudiera haber pensado que la potencia de las voces conformaba su principal alimento, el conjuro preciso para abrirse paso y anunciarnos que era un nuevo Salvador. Cuando el griterío se apaciguaba, sus movi­mientos se tornaban débiles, sin energía. No dudamos entonces que aquel clamor exasperado le despertaba vita­lidad, le infundía el arrojo esencial para saltar a nuestros brazos; creímos incluso ver su cuerpecito tierno y radian­te regocijándose con el pezón materno y pronunciando sus primeros vocablos; luego expulsando del templo a los mercaderes, para después situar su brillo como un lucero en el firmamento.
De pronto el vocerío disminuyó inesperadamente y al cabo de unos segundos no era más que un zumbido ron­co y lejano, confundido con el bullicio de las bocinas y el crujido de los carretones, tirados por desnutridos e in­completos sementales.
El niño dejó de agitarse y su resonancia se fue alejando de la misma manera, pero comprobamos que sus órganos vitales funcionaban y que aún permanecía con vida.
El gentío se había replegado a una plaza cercana, don­de escuchaban boquiabiertos las arengas del más reciente candidato. Este pertenecía a una de las bandas de malhe­chores, que —varias décadas atrás— se habían apoderado de todas las estructuras de mando del territorio. Estaba poseído por su habilidad en conversar directamente con los ciudadanos. Las frases se atropellaban pesadamente en su garganta y aunque salían magulladas, ennegreci­das, a tientas bajo la raquítica iluminación de los faro­les, él alababa su desempeño de líder con extraordinaria minuciosidad. Desmenuzaba cada obra, cada gesto, cada actividad hechas por su administración, vociferando co­piosamente hasta cubrir de desprecio y saliva la labor de sus adversarios. Un coro de diligentes secuaces y de pan­zudos profetas giraban a su alrededor, ungiendo de loas y bienaventuranzas la celebración. Terminando el discurso descendió de la tarima y todos le siguieron, entre el olor del ron y las frituras que acababan de recibir.

Tuvimos que practicar una operación cesárea de urgen­cia. En el quirófano se hizo un cavernoso silencio que ocultaba hasta el murmullo de la propia respiración. Bajo la clarísima luz de los reflectores, las manos diestras hicie­ron la incisión y sacaron al bebé. Era un varón hermoso, sin ninguna anomalía visible y aún guardaba cierta tibie­za de la sangre en el ombligo, pero a pesar de todas las maniobras y procedimientos no quiso respirar. Nosotros desconocemos cuantos días tú y tu pueblo le sobrevivi­rán.

Juan Carlos Vílchez