24.4.18

No puedo ni quiero callar

Carlos Alberto Ampié Loría

NO PUEDO NI QUIERO CALLAR

Selección de artículos y discursos 
2001-2015

Prólogo
“La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés”.
Antonio Machado: Proverbios

Para mí él es “los hermanos Grimm” de Nicaragua: Cuando Carlos Ampié Loría en el año 2000 –después de muchos años de vivir en Alemania– regresó a su país, dedicó mucho tiempo a la recopilación y redacción de las leyendas y cuentos populares nicaragüenses más importantes. Eso significa un trabajo de conservación del bien cultural, que mi país Alemania agradece a los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm. Como filóloga germanista Carlos Ampié Loría conoce esta obra de la mejor manera y por supuesto también el idioma y la cultura alemana. Por todo eso le fue posible publicar las leyendas y cuentos populares de Nicaragua en 2003 en un tomo bilingüe.

Como traductor trajo al público nicaragüense “Doce cuentos” del premio Nobel alemán Heinrich Böll y a los niños de Nicaragua les regaló los cuentos populares de tío coyote y tío conejo en forma de baladas –una forma particularmente típica de la lírica alemana.

He querido mencionar estas publicaciones porque reflejan la competencia intercultural de este autor, resultado de su biografía entre dos mundos y sus estudios durante toda la vida. Estudios sobre todo de lenguas y literatura. Algunos de los artículos de esta colección son muestra de ello.

Desde 2005 vive de nuevo en Alemania. Sin embargo, nunca ha perdido de vista Nicaragua: Lee con regularidad los diarios nacionales, se informa sobre el acontecer actual. Mantiene correspondencia con intelectuales y amigos nicaragüenses. A través de ese constante intercambio le es posible acercar a otros a Nicaragua –a gente que en Europa pregunta: “¿Nicaragua? Y eso ¿dónde queda?” Estos por lo general pertenecen a la nueva generación. A los mayores que han perdido de vista Nicaragua porque ya no está en los titulares de los medios– ojos que no ven, corazón que no siente: “Allí hubo una revolución ¿no? ¿Qué ha sido de los sandinistas?” Y mientras entusiasma a los primeros, hablándoles de su “proyecto de juventud”, especialmente de la Cruzada de Alfabetización y de la solidaridad que Nicaragua recibió en los años 80 y que lo llevó a él mismo como becario a la RDA, les cuenta a sus coetáneos en Europa qué ha sido de los ideales de la revolución de entonces.

Si al hacerlo su posición es crítica, a menudo demasiado crítica respecto a sus otrora compañeros, ello no es sino un testimonio más de su amor a Nicaragua. Tal y como un padre verdaderamente amoroso acompaña a sus hijos con mirada crítica, en vez de verlos con impasibles ojos arrojarse a la desgracia, así sigue Carlos Ampié Loría las sendas que hoy toman los compañeros. También de todo eso dan testimonio algunos de los artículos seleccionados para este tomo, los cuales junto a otros en lengua alemana han sido escritos en los últimos quince años.

“Si pequeña es la patria, uno grande la sueña,” quizá pero en ningún caso nacionalista en demasía. Carlos Ampié Loría da seguimiento con igual interés a los acontecimientos mundiales y comparte sus preocupaciones y análisis, sus conocimientos, percepciones e ideas con sus lectores. Al hacerlo alza, él que por lo general es más bien calladito, conscientemente su voz, y no puede ni quiere callar –¡ni debería hacerlo!

Katja Ullmann 
13 de febrero de 2016



PUEDES OBTENER ESTE LIBRO IMPRESO EN CASA DEL LIBRO




17.4.18

Los Cuentos del General y Otros Relatos

Enrique Alvarado Martínez

Ensayista y narrador. Nació en la ciudad de Granada en 1935. Hizo estudios de Ciencias Políticas en Costa Rica y Estados Unidos. Planificación e Investigación de la Comunicación en Quito, Ecuador. Se licenció de psicólogo en la Universidad Centroamericana (UCA) y obtuvo una Maestría en Comunicación Social, en la Universidad de Texas, EUA.

Ha sido docente, Director de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la UCA.Vicerrector de la Universidad Centroamericana y Diplomático de Nicaragua ante los Países Nórdicos.


Ha publicado: El Pensamiento Político Nicaragüense (1968) Cuentos de Calle y Camino (1970) ¿Ha Muerto el Partido Conservador de Nicaragua? (1994), Las Increibles Aventuras de Johnny White y Billy Black  (1997), Anécdotas Granadinas (1998), la novela histórica: Doña Damiana (1998), La UCA: Una historia a través de la Historia (2000), Esa Insólita Suecia: vista por un nicaragüense (2003)  La Verdadera Historia de Johnny White y Billy Black (2004) y La UCA; Una historia a través de la Historia (2010).




LOS CUENTOS DEL GENERAL

LA MUERTE DEL GENERAL

La muerte del General se escondió por unos días para preparar las honras fúnebres con los honores de merecimiento pero también para asegurar a los amigos del General que su obra perduraría aún después de su muerte.

Por su parte los obispos que habían sido generosamente protegidos por el General, no encontraban maneras de demostrar su agradecimiento. Se hicieron misa y en ellas se repartieron hasta 500 Indulgencias Plenarias que según los sacerdotes serían efectivas por la intercesión del General.

El más ardoroso de estos clérigos era un sacerdote elevado en rango, de capelo y caperuza, que toda la vida había llevado una conducta ejemplar aún al riesgo de ofender al General, como muchas veces lo hizo, sufriendo privaciones e insultos de parte de los turiferarios. Su valentía frente al tirano lo hizo respetable y ante los ojos de la oposición como el más confiable mediador en cuanta crisis cierta o artificial había provocado el General. A él acudían los perseguidos para implorar su bendición y su amparo. Todos predecían que moriría en olor de santidad por las mortificaciones que había padecido por amor a la verdad y a la tranquilidad de su pueblo.

Pero a los ochenta años, cuando la vejez debía haber morigerado sus pasiones y atemperado sus ambiciones, una jugosa capellanía que dio abundante riqueza y poder a él y sus familiares, hizo cambiar completamente su personalidad y su conducta. Él lo explicó como una revelación divina que le hizo ver las virtudes incomprendidas de un gobernante dedicado a su pueblo, aunque siempre escondía su perfidia en un lenguaje sibilino.

En todo caso repetía incansables oraciones al altísimo al bien común y al perdón, pero por mucho esfuerzo que hiciera no podía esconder esa metamorfosis de ser humano a animal rastrero que la mayoría observaba con asombro y tristeza.

Ni aun cuando dejaron de llegar las romerías de suplicantes solicitando su bendición entendió su tragedia, más se fue hundiendo en el pantanal de su con ciencia. Cuando alguien se atrevía a criticar su nueva forma de pensar él terminaba diciendo que Cristo había profetizado que los pastores serían perseguidos y vilipendiados por defender la verdad y que la iglesia siempre se sentaba en la esquina para ver pasar el cadáver de sus enemigos.

A la muerte del General se hicieron rogatorios, vigilias y procesiones, y fueron tantas las oraciones a Dios por el alma del General que alguien llegó a decir que ni las misas, ni las Indulgencias Plenarias, ni los rosarios ajustaban para que el General subiera al purgatorio y mucho menos al cielo. Entonces el obispo “renacido” propuso que lo nombraran Cardenal de la Santa Iglesia. Todos aprobaron la idea porque hasta se pensó que bajo el título de Cardenal se facilitaría en un futuro próximo pedir la canonización del General. El telegrama que fue a Roma exaltaba las virtudes y la nobleza del General y hasta le atribuía hechos que podrían considerarse milagrosos en su ejemplar vida.

Roma, prudentes en estas cosas, mandó a recordar que la Santa Sede era la única institución a la que le correspondía el nombramiento de los cardenales. Que los cardenales en el presente debían de ser religiosos no casados. Que, aunque en el pasado hubo cierta liberalidad en eso de papas con mujeres, como el caso de Alejandro VI, esa era historia antigua y finalmente, que nunca se había nombrado a una persona Cardenal después de muerto.

Los obispos locales entendieron el mensaje del Vaticano, pero no quedó satisfecho su afán de agradar a la familia del General con una especial distinción. Por lo tanto, desistieron del cardenalato y le nombraron Príncipe de la Iglesia, con lo cual, no desobedecían al Santo Padre, pero aseguraron que ser Príncipe de la Iglesia era prácticamente lo mismo, con la única diferencia que el General no podría votar en un Cónclave de la iglesia. Explicaron con abundancia que en tiempo pasado cuando los papas tenían tanto poder como los reyes, se usaba indistintamente la palabra Cardenal o Príncipe de la Iglesia.

Por su parte los militares que miraban al General como su propio padre organizaron maratónicas sesiones de llanto colectivo, acompañados de sus mujeres. Muchas de ellas habían compartido la cama del General, de tal manera que el llanto auténtico que sus esposos observaron, no era la solidaridad con el marido huérfano de padre, sino el llanto de la mujer huérfana de amante, abatida por la pérdida de su objeto de placer.



EL GENERAL EN SU  LECHO DE MUERTE

Ya en su lecho de muerte el General recordaría como fue que pasó todo, hasta perderse en los meandros del poder. Regresó paso a paso por su vida. Su juventud estremecida por una pasión sin freno con aquella empleada doméstica, mulata de duras carnes y sexo salvaje. La aflicción de sus padres para desprenderlo de esa insania amorosa. Su viaje a Estados Unidos donde trató de olvidarse de Olivia, metiéndose en la cama de la esposa de su profesor de inglés hasta que el teacher ofendido le ofreciera doce perdigones de su escopeta con que cazaba patos en las riberas del Potomac.

Unos meses en la escuela de los marines, de donde desertó por falta de disciplina y una excesiva prisa para saltar etapas y llegar a lo más alto. Su regreso a un país en guerra, contra un guerrillero desafiante y peligroso. Sus ojos puestos en la oportunidad precisa para saltar de la insignificancia al poder.

Su país ocupado por marines y su inglés facilitándole entrar en la confianza de los interventores. Sus pantalones bombachos, sus botas de charol y una fusta de mando que le regaló el Capitán Lake, y así se miraba marcial y decidido para seguir su destino. Dio la orden de muerte para el “bandido” sin que le temblara la voz y sin que le remordiera la conciencia, porque todo lo había hecho por la patria como se lo dijeron sus oficiales y los del ejército de ocupación. Y así llegó al poder total, aclamado por rojos y verdes porque él era el símbolo de la paz y el progreso. Porque habría de dirimir los antagonismos partidarios y redimir las pesadas cadenas del atraso.

¿Qué hizo? Se preguntaba para que lo llamaran dictador, cuando todo cuanto procuró fue para aliviar a los pobres de la pobreza, a las viudas de la tristeza y a los niños de la orfandad. Consiguió la paz precisamente para que hubiese bienestar y progreso.

En principio su corazón estaba con los trabajadores y su lema: Primero el Obrero, era legítimo, porque él había sido un obrerista de corazón. Les había dado a los obreros, a pesar de los capitalistas vende—patria, un Código del Trabajo, uno de los más avanzados en el mundo. Les había creado un Seguro Social para que los obreros al momento de llegar a la ancianidad no murieran en el desamparo.

Todos los Primeros de Mayo, él había marchado a la cabeza con sus obreros reclamando justicia social y cantado con ellos La Internacional. Se abrazó con Lombardo Toledano el líder de los sindicalistas mejicanos y ambos levantaron los puños como símbolo de la victoria del proletariado. Les había regalado casas para convertirlas en Club de Obreros y por eso no debían sorprenderse que los obreros, por su propia voluntad, le hubiesen erigido bustos o estatuas en el frente de estos clubes. Que más pruebas del amor a su pueblo se podía esperar. Y si es cierto que en algunas ocasiones tuvo que usar la mano fuerte y el puño firme, fue porque como todo padre amoroso, amante del orden y el bien común, tenía que castigar a quienes atentaban contra el pueblo.

El pueblo, su amado pueblo, lo llevó a donde quiso y si en algún momento el pueblo le hubiese pedido dejar el mando, él inmediatamente lo hubiera hecho. Y si se tuvo que reelegir fue porque el pueblo se lo pidió y nadie más.

Pero también reflexionaba: los políticos me embrocaron con sus cantos de sirenas: General usted es el único. General con usted hoy y siempre. General que no haya receso, siga hasta terminar su obra. General si usted nos deja quien va a continuar el progreso. Los vende patria y la oligarquía lo quieren ver fuera del poder para vender de nuevo el país a los inversionistas extranjeros.

Que sin usted somos huérfanos de padre y madre. Que hasta la Santa Iglesia Católica ruega a Dios por su salud eterna. Y ¿porque dios o demonio estoy aquí muriendo a fuego lento en este infierno de intestinos ardientes? ¿A quién hice tanto mal para que se alegraran con mi muerte? No es la bala que me quema sino el poder que me consume y que me hace maldecir a todos los generales que me sucederán en el mando y que sufrirán de igual desgracia. ¿Qué mal hice para que me hicieran tanto mal?

En otro momento de lucidez, el General llamó a su hijo, que le sucedería en el mando y tuvo una larga conversación. Su sabiduría de moribundo profetizó sobre el futuro de los generales y los hombres fuertes que quieren creer en su inmortalidad. Algo que recordaría siempre que el fantasma de la muerte lo asediaba. Una de las advertencias que le dio era que el poder era mortal, porque el que tiene poder quiere más y es un vagón sin freno bordeando el precipicio. Le aconsejó saber cuándo debía bajarse del poder ya que él no estaba muriendo por los estropicios de la bala certera sino por los excesos del poder.

Le profetizó que todos los generales de su siglo y del siguiente terminarán cuando el poder los vuelva insensibles y ciegos. Cuando no acierten a ver de lejos la bala que le pondrá una condecoración de sangre en su pecho estrellado. Le advirtió que el oficio del poder era trabajo de 20 horas y 4 para dormir con los ojos abiertos. Que en este país se sube y se baja por la fuerza, nunca por la razón. Que para conservar la vida por más tiempo hay que tener el poder por menos tiempo. Y finalmente que los que le adulan y sugieren retener el poder por siempre no lo hacen para la salud del general, sino para el beneficio del soldado. Y que eso, como a él se lo hicieron, se lo harán al siguiente.
___________________________

CONTENIDO DEL LIBRO

  • LA MUERTE DEL GENERAL
  • EL GENERAL EN SU LECHO DE MUERTE
  • EL PADRE DE LA PATRIA
  • CUAUTH-OCELOTL
  • LA ESTATUA DEL GENERAL
  • LA CARRETERA DEL GENERAL
  • EL REPORTERO Y LA POLICIA DEL GENERAL
  • LA HIJA DEL GENERAL
  • EL BÉISBOL Y EL GENERAL
  • LAS ELECCIONES
  • COMO BURLAR AL TIRANO
  • LOS POBRES Y EL GENERAL
  • EL CORONEL BRAGUETA
  • LA PISCINA DE CACA
  • ASENCIO
  • LAS TURBAS CELESTIALES
  • EL GENERAL Y LA GUERRA MUNDIAL
  • EL ABOGADO DEL GENERAL
  • EL POETA Y LA AMANTE DEL GENERAL

OTROS RELATOS

  • ¡ULTIMAS NOTICIAS!
  • EL QUE JUGO A SU ESPOSA
  • EL MUERTO DEL ADRIATICO
  • ELISA
  • LA MALACRIANZA
  • LA ESCALA
  • MANU UMBILICAL
  • NO TODOS LOS ÁNGELES NACEN EN EL CIELO
  • PANCHO, CHICO, FRANCISCO, FRANK
  • ¡TEA, TEA!
  • CUPERTINA


Buscar

14.4.18

Aventuras de Juan Parado - Cuentos

Carlos Alemán Ocampo

Esta colección de relatos es el libro más entrañable del narrador Carlos Alemán Ocampo (El Diriá, Granada, 1941), maestro de oralidad e inventor de historias. Pero aquí reinventa —a partir de una admirable contextualización y recreación— la fantasía popular, centrada en un personaje: Juan Parado (cuyo apellido era Mena), émulo de Pedro Urdemales, Machón Gago, Juan Ventura y otros célebres "mentirosos". Aquí se plasman los sueños y las aspiraciones de la gente que en su entorno vital el autor conoció, recurriendo a un sentido mágico de la vida.

Alemán Ocampo, lingüista formado en España, obtuvo el “Premio Nacional Rubén Darío” en 1995 con su novela Vida y amores de Alonso Palomino y es miembro de número, desde 1998, de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Entre sus obras figuran las novelas "En esos días" (1972) y "Bardmg House San Antonio" (1985); el cuentario "Tiempo de llegada" (1973), la crónica "Y también enséñenles a leer" (1984) y el libro de ensayos culturales "Entre el fuego y el agua" (1986).

Aventuras de Juan Parado. Segunda edición

—1—

EL AYOTAL DEL CABALLO

UN HOMBRE recién casado debe ser cumplidor. Cumplirle con el gasto a la mujer y nunca dejarla sola. No es por la desconfianza, es por la ilusión del cariño con que se casa y porque en los primeros años se le van haciendo las costumbres. El otro asunto es con la mantenencia, el hombre que no mantiene su casa mejor que ni busque mujer, así decía Juan Parado y así lo cumplía.

Cuando Juan Parado se casó con la Fulgencia, fue asunto de admiración, hasta doña Adelita, una señora de Nandaime, de buena familia, casado con un dirialeño, de los hijos del Cabo Ríos, pobres pero muy honrados y decentes, era su vecina, y una vez, cuando ya se fue familiarizando con el barrio, al verla pasar, exclamó:

— ¡Qué suerte la de ese hombre! Esa mujer nunca ha pecado ni con el pensamiento. Hermosa y hacendosa.

En El Diriá, para esos tiempos, Juan Parado, seguía trabajando como tendalero, oficio que conocía desde muchacho. Un tendalero trabaja en todo, desde batir el barro con los pies, hasta darles el fino en los moldes de tejas y ladrillos cuarterones para colocarlos al sol en el enorme patio vacío, que relucía limpio y los hombres en constante movimiento tendían tejas y ladrillos. Buenos ladrillos, cuarterones y buenas tejas. Él trabajó en el mismo tendal donde aprendió Teódulo Ríos que en su día gozó de fama por producir los mejores ladrillos y las mejores tejas que se ocuparon en la reconstrucción de Managua después del aluvión. Suerte para los managuas que acababan de inaugurar el ferrocarril de “Los Pueblos” que pasaba por Catarina. El asunto de los tendales es que únicamente se puede trabajar en verano. Cuando caen los rayos del más ardiente sol para que en una sola mañana, seque el barro que después entrará a los hornos para ser quemado. Algunos de los tendaleros tenían huertas, pero los que no las tenían salían a trabajar por otro lado.

Un año, a la entrada del invierno, se fueron a Rivas a trabajar a los campamentos de siembra de caña que puso ese año Don Rafael Ocampo, en el camino de Veracruz. Allí, esa vez, había trabajo todo el año, desde la siembra y limpia, hasta el cuidado de las ratas para que no molestaran la caña de azúcar cuado iba sazonando. Los trabajadores de El Diriá siempre han sido muy bien acogidos en el trabajo porque son hombres de ñeque y le avientan mejenga a los tacotales y luego al destronque para dejar limpio el terreno. Son hombres que, en tiempos de zafra, antes de que caliente el sol ya tienen cortada una carretada de caña cada uno. Y si es limpia, para esa hora ya tienen por lo menos dos o tres tareas cada uno. Con esa fama arrimó Juan al campamento de Ocampo y se quedó trabajando. Llegó desde El Diriá en su cholenquito, un caballo colorado, brioso en sus tiempos, pero que muy poco le quedaba de los antiguos bríos.

Todos los días, a la caída del sol, colocaba la albarda sobre el maltrecho lomo de El Tayacán, así se llamaba el caballo, y salía para El Diriá: dormía con su Fulgencia y regresaba rayando el amanecer, listo para entrar al pegue antes que los demás trabajadores. Como era puntero, debía ser el primero en estar sobre los surcos en la deshierba, en el desmonte o en el corte de la caña.

Al pobre caballo, de tanto viajar, se le peló el lomo, se le puso una enorme chonela que casi alcanzaba el tamaño de la albarda. No aguantó la viajadera. Juan Parado no lo había visto porque lo agarraba de noche y lo soltaba al amanecer. Compadecido, para darle chance que se restableciera. Juan, autorizado por Ocampo, lo soltó en un potrero cerca de donde cruzaba el río. El caballo anduvo comiendo como desesperado en unos rastrojos de arroz, aunque un poco alejadito de los animales de Ocampo, como que le daba pena juntarse con los animales de raza. Después de comer se revolcó contra el suelo para rascarse la chonela, se levantó más chollado, caminó lento, como que la pensaba para dar el paso, a Juan le dio pesar verlo como cabeceaba. Pensó que la comida de quince tareas de rastrojo de arroz casi una manzana lo habían agotado, porque de ser tan flaco, el caballo desesperado sintió como que nunca más volvería a tener tanta comida enfrente, tragó y tragó tanto zacate del arrozal que se le inflamó la panza y no pudo seguir en pie. Se echó sosegado, muy lentamente, al lado del río. Juan, después de mirarle un rato la paciencia y el acomodo, allí lo dejó.

Pero la ilusión de una mujer no contiene a nadie. Juan no se contuvo en su viajadera, con caballo o sin caballo, él tenía su obligación de promesa. Todas las tardes, después que se enfermó el caballo, salía al camino, se ponía sus caites de burrucha, esperaba la oscuridad y llegaba saltando a El Diriá. A la pasada de los ríos, sobre todo el Ochomogo, tenía que saltar un poco más fuerte para no caer en los pantanos del otro lado. Una vez llegado a El Diriá, se quitaba los caites y tranquilo se dirigía a su casa, donde la Fulgencia lo esperaba con la cena y con ropa limpia para que se alistara al siguiente día. Mientras los otros se quedaban en las barracas de la casa hacienda jugando naipes, bebiendo guarapo fermentado y cantaban al son de guitarras de talalate, hasta que se le acababa el aceite a los candiles.

Un día de tantos, poco después del medio día, cuando ya había despegado del trabajo, los demás amigos, entre risitas soslayadas, indirectas, rectas por allá, se quisieron burlar de él. Juan Parado que tenía mal carácter, en el primer momento se enfureció y amenazó con pegarle un tiro con su rifle guatusero al primero que se volviera a reír.

— No es al primer pendejo que voy a joder, — dijo con el mayor énfasis para dejar claro que hablaba en serio.

Como le conocían la decisión, todos callaron, sólo José Luis Selva, también trabajador y originario de El Diriá, se decidió a romper el silencio, peligroso entre hombre duros y acostumbrados a jugarse la vida por cualquier motivo. Habló:

— Hombré Juan. Yo te creo. Y quiero que me hagás un favor. Ahora que te vayás en la noche al pueblo, si llegás temprano, haceme el favor de ir donde la Chilo, mi mujer y decile que me mande unos puros que dejé amarrados a las teleras de la cama. No le digás ni por favor, así nomás; que me los mande con todo y pañuelo. Vos sabés que aquí los puros están muy caros.

— Ve José Luis, yo te traigo los puros, pero quiero saber a cuántos tengo derecho, esos favores no se hacen de balde.

— Pues te doy la mitad de los puros.

— Trato hecho —confirmó Juan.

Al momento salieron otros que también pidieron favores, para que les trajera o llevara encomiendas, pero Juan los paró:

— Un momento que no soy carreta de carga. Esos puros se los voy a traer a José Luis, porque yo no me hallo a fumar otro tabaco que no sea cosechado en El Diriá.

El día que llevó los puros, todos pensaron que Juan, llegaría cansado o que entraría tarde al trabajo, pero ese día se especializó en despertarlos temprano. Entró a los camarotes mucho antes de la salida del sol… y dando voces, decía:

—Esos haraganes, levántese que ya está a punto de salir el sol.

Todavía sin la claridad completa de la mañana, lo vieron parado junto al camarote de José Luis, en ese momento le entregaba los puros envueltos en el mismo pañuelo rojo que la Chilo recogió en donde José Luis los había dejado.

—Que nadie me haga bulla —dijo con firmeza, sabedor del carácter jocoso de los dirialeños— nada más le hice el favor a mi amigo.

Mientras terminaba de hablar exigía su parte de puros después de cerciorarse que venían completos. A partir de ese momento nadie volvió a dudar de Juan Parado. El grupo de peones siguió trabajando en el mismo campamento durante el resto del año. Para Octubre, todavía con los últimos aguaceros, comenzó la zafra. Limpiaron los trapiches, asearon las calderas, reforzaron los hornos, alistaron bueyes y malacates, buscaron mecates nuevos, reforzaron carretas con estacas grandes apropiadas para el acarreo de la caña. La zafra es alegría y se trabaja día y noche, por turnos. A mediados de diciembre, después de la Purísima, cortaron la primera caña. Juan trabajaba dando el punto de cocimiento en las calderas y de vez en cuando se ponía a hacer alfeñiques para llevarle algo a la Fulgencia, entonces los viajes tenían que ser más rápidos, entre la vaciada de una caldera, la puesta de la miel en los moldes del dulce y dejar que la miel se solidificara. Mientras se llenaba de guarapo la canoa para rellenar de nuevo la caldera, él hacia su viaje. Llegaba a su casa, dejaba su tarro de miel gorda, su alfeñique, hacía lo que llegaba a hacer y se regresaba. Eso sí, a veces no le daba tiempo ni de cambiarse de mudada. Pero durante la zafra así es, hay gente que se pone una ropa cuando comienza y se la quita hasta que termina. Sudada, llena de miel y guarapo y con olor a mujer, de esas que llegaban a los cañales para aprovechar que los hombres están solos y andan con reales porque la mujer se queda en la casa. Aparta son los que llevan hasta el perro y se quedan todos los cuatro meses. Muchas llegan con un hombre y se regresan con otro para otro lado. Ha habido mujeres que anochecen y no amanecen y el hombre se queda con la duda de con quién se fue. Porque para eso se pinta la gente, nunca habla, nunca dice cuál camino tomó una mujer que se fue al descuido del hombre. Lo que se termina diciendo es que se la llevaron los duendes y que desapareció por encanto. Lo peor es que todos los hombres siguen trabajando, como si nada hubiera pasado y ya se sabe que uno de ellos, cometió el hecho.

Así pasaron los meses y la zafra terminó, todos estaban listos para regresar a El Diriá. Juan entre ellos. Puesto en camino, se acordó de su caballo y lo salió a buscar, pensó que estaría repuesto y curado de las chonelas. Lo buscó donde había estado el rastrojo de arroz que estaba de nuevo cultivado, y no lo encontró, entonces se fue a los potreros, llegó al río y lo recorrió de alambrada a alambrada y nada, ni los huesos. Sabía que podía estar vivo, porque en toda la temporada en ningún momento se vieron zopilotes volando en ruedas en la zona.

Varias veces había pasado por un ayotal, con unos ayotes hermosísimos, pero pasaba de viaje. Detenido por un momento decidió chiflarle al caballo cerca del lugar donde lo había visto echarse la última vez. Le silbó.

— Fiiu, fiiu. Fiiu, fiiu.

El caballo relinchó sin aliento, metido entre el ayotal, desde allí venían los relinchos, muy débiles, pero eran los relinchos del Tayacán, su caballo. Se le acercó con el cuidado de no enredarse entre los bejucos del ayote y llegó hasta tocarle el hocico. En la mera chonela, al revolcarse, se le había pegado una semilla de ayote y que, por el cansancio acumulado, la gran comida y la falta de fuerzas, no se pudo levantar. La semilla germinó, echó sus raíces y cuando el caballo quiso despertar, ya era tarde, el bejucal lo tenía enredado. Tuvo que quedarse en el mismo lugar.

Juan Parado se fue a llamar a Ocampo para decirle que allí estaban esos ayotes, que los quitara para llevarse su caballo. Al llegar Rafael Ocampo y ver el cuadro, le dice:

— Amigo, esos ayotes son suyos, la raíz está en la chonela de su caballo. Lo que puedo hacer es prestarle unas carretas para que los lleve a vender. Recuerde que viene la Semana Santa y le pueden dar buena plata.

Salieron cuatro carretadas de ayote que fueron vendidas en Granada, Masaya y Rivas. Muchos reales le quedaron de esa venta, de allí fue que compró su caballo tordillo, compuso su casa y sembró su primer tabacal. El caballito cholenco murió antes de que terminaran de cargar las carretas con los ayotes. No pudo aguantar, ya se le había cerrado el estómago.




CONTENIDO DEL LIBRO:

1. EL AYOTAL DEL CABALLO
2. EL CABALLO VOLADOR
3. LA PASADA DEL TREN
4. EL CORREVENADO
5. EL HOMBRE-SOMBRA
6. LOS SANTOS ÓLEOS DEL SEÑOR OBISPO
7. EL PADROTE
8. LOS CERDOS VIAJEROS
9. EL CAITE SALTADOR
10. EL FORZUDO
11. EL KIKIRIMIAU
12. EL CORRECUSUCO
13. EL VENCEDOR DE LAS CEGUAS
14. EL VENDE CHOCOYOS
15. LAS CABEZAS QUEJOSAS
16. EL FRENO Y LOS FRENITOS
17. EL RESUCITADO
18. EL INQUIETO
19. LOS NIÑOS ENCANTADOS
20. EL UÑUDO
21. EL PIERDEFORTUNA
22. EL VENDEALAMBRE
23. LOS SENTIDOS DE LAS VACAS
24. EL ÁRBOL MÁS GRANDE DEL MUNDO
25. EL CICLISTA
26. EL CORTARROZ

Próximamente disponible en Casa del libro.
CST 1 1/2 cuadras arriba, frente al Cranshaw, Managua.
Teléfono 505 2254 5135

Visite la página de Casa del libro de Nicaragua.


Carlos Alemán Ocampo, el autor.