10.2.18

Los cuentos de Tío Coyote y Tío Conejo


Un día, Tío Conejo estaba comiendo zapotes arriba de un árbol, y Tío Coyote, como siempre, lo andaba persiguiendo. Cuando Tío Conejo lo vio pasar, le gritó:

–¡Oy, Tío Coyote!

–Conque ahí estás ... Hasta hambre ando aguantando por andar detrás de vos –le dijo Tío Coyote.

–¿y para qué me busca, pues? –le preguntó el conejo, haciéndose el que no sabía.

–Hoy te como –le dijo Tío Coyote.

–Qué raro ... –le respondió Tío Conejo–, qué raro que usted me va a comer siendo yo tan bueno con usted.

–Pero te como, 'es demás' –le dijo Tío Coyote.

–Mire –le dijo Tío Conejo–, si tanta hambre tiene, pruebe lo que estoy comiendo –y le tiró un pedazo de zapote.

Al coyote le gustó el zapote. Al darse cuenta, Tío Conejo buscó otro maduro, y se lo tiró también.

–¿Ya se llenó? –le preguntó Tío Conejo.

–y qué me voy a andar llenando –le respondió Tío Coyote–, solamente que me tirés uno grande.

–Ah ... , le voy a buscar uno bien maduro, pues –le dijo Tío Conejo.

El conejo cortó un zapote muy grande, que él calculó que no le cabía en la boca, y le dijo:

–Mire ... , pero éste sí no lo vaya a dejar caer, porque se deshace. Abra bien la boca.

El coyote abrió bien la boca, y Tío Conejo le dejó caer el zapote ...

–¡Ay! –gritó el coyote cuando le cayó el zapote en los dientes.

Entonces aprovechó Tío Conejo para salir huyendo.

Tío Coyote, como pudo, se quitó el zapote, y se puso a seguir las huellas del conejo. Al poco tiempo, lo encontró subido en un palo de zunza.

–Aquí estoy, Tío Coyote –le gritó Tío Conejo.

–Ah, hoy no te me librás –le dijo Tío Coyote.

–Pero, ¿por qué? –le dijo Tío Conejo–o Usted siempre conmigo viendo que yo le doy de comer.

–Qué me vas a dar de comer ... ¡me quebraste todos los dientes! –le contestó Tío Coyote.

–Ah ... –le dijo Tío Conejo–, mire qué mala suerte: le salió verde, ¿verdad? Pero pruebe lo que estoy comiendo ahora –le dijo, y le tiró un pedacito de zunza bien madura.

Tío Coyote se saboreó, y le dijo:

–Pero no me lleno con un pedacito ...

Tío Conejo buscó otra, y le tiró un pedazo más grande.

–Vaya, ya está lleno, ¿verdad? –le dijo Tío Conejo.

–Qué me voy a andar llenando con esto –le contestó el coyote.

–Vaya, abra la boca; pero esta sí no la vaya a dejar caer, porque ésta sí está madura: mírela, cómo está –le dijo el conejo, dejándole caer un pedacito.

–Ah, ésta sí está madura. Tirámela, pues –le dijo el coyote. Y le ocurrió lo mismo que con el zapote: trabada se le quedó en la boca la zunza.

Días después, el coyote encontró al conejo comiendo zacate en un zacatal. Cuando él quiso capturarlo, el conejo se le escapó por debajo de las patas, y el coyote se puso a perseguirlo.

Pero Tío Conejo ya tenía pensado cómo librarse del coyote: pasó corriendo por debajo de un cerco de alambre de púas. Como él era pequeño, pasó por debajo de los hilos sin dificultad. El coyote pensó que también él podía pasar, pero no pudo, y se quedó enredado en los alambres.


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Otras aventuras de Tío coyote y tío conejo




Este era el Tío Coyote que se puso a trabajar con el tío Conejo. Se pusieron a sembrar nabos y zanahorias y no se separaban del sembradío. Llegado el tiempo de la cosecha, decidieron hacer la recolección y repartirse fraternalmente.
-¿Y cómo hacemos la división, Tío Conejo? -Se habrá fijado, Tío Coyote, que la siembra tiene dos partes: la de arriba, linda y verdecita, y la de abajo, que sepa Dios cómo está. Voy a ser con usted como siempre: ¡parejo! Tome usted la parte de arriba y yo... yo me conformo con lo de abajo.
-¡Usted sí que es un broderazo, tío Conejo. De acuerdo.
El tío Conejo se quedó, pues, con los bulbos, es decir, la parte alimenticia de los nabos y zanahorias y el tío Coyote se quedó con las hojas. Feliz, el tío Coyote puso las hojas al sol como si fuera tabaco... pero al día siguiente ya estaban secas.
-Pero si esto es paja. -dijo el tío Coyote.- Me ha engañado. Ah, pero en la próxima vez me las pagará.
Al año siguiente, los dos inseparables amigos, hicieron de nuevo una nueva siembra.
-Este año sembramos trigo. Los campesinos así lo hacen: alternan la hortaliza con el grano.
-Sí, dijo el tío Coyote. Estoy de acuerdo. Sembraron, pues, el campo de trigo. El sembradío creció maravilloso y, llegada la época establecida, el tío Coyote y el tío Conejo hicieron la siega. Extendieron las mieses y, cuando estaban secas, empezaron a batirlo El tío Conejo sólo hacía «la coca mona» y era el pobre tío Coyote el que de veras apaleaba el grano. Terminada la faena, buscaron la forma de repartirse:
-Yo soy el más pequeño, dijo el tío Conejo, y es justo que me quede con la parte más pequeña. Para ti será, pues, la paja, que es aquel montón enorme. Yo me quedaré con el grano que, como ves, es tan sólo un montoncito.
El tío Coyote, que era muy alagartado, estuvo de acuerdo y juntos se dirigieron al molino. El tío Conejo se llevó a su casa un buen saquito de harina blanca y el tío Coyote, en cambio, un amasijo grisáceo que todo parecía, menos harina.
-¿Cómo es que tú tienes una harina tan bonita y yo, en cambio, tengo ésta tan fea? -Por qué yo la he lavado, dijo el tío Conejo.
El tío Coyote, sin perder un minuto, corrió al río y arrojó al agua su harina; aguardando que se lavara con toda comodidad. Mientras esperaba, se echó bajo un árbol y se puso a dormir. Cuando una hora después se despertó, fue corriendo a la orilla del río. Pero ahí no había ni rastro de harina. Comprendió otra vez que con el tío Conejo no se pude hacer negocio.

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Tío Coyote y Tío Conejo - La sandía y otros cuentos


Estera una vez una viejita que tenía una sandilla. “Sandillas” grandes de tierra negra. Un día por ahí, se vieron Tío Coyote y Tío Conejo, y como estaba madurando el sandillal, se concertaron para merendárselo. Tío Conejo cuidaba un rato y Tío Conejo comía, y así, al revés. Pero la viejita que estaba encariñada con su campito de frutas todos los días renegaba: “¡Bandidos, ladrones, me las van a pagar!”
El domingo, la viejita al salir de misa se fue donde el señor Obispo y le dijo:
— ¡Señor Obispo, le voy a mandar de regalo una gran sandillota; la más rica!
Y el señor Obispo la bendijo.
Pero Tío Conejo estaba en el patio robándose unas lechugas y oyó a la viejita y ay nomás salió en carrera donde Tío Coyote:
— Tío Coyote, vamos a hacerle una buena pasada a esta vieja renegona.
Y se fueron hablando.
A poquito llegó la viejita y ellos se escondieron detrás de unas matas. Y la viejita fue tanteando todas las sandillas, una por una:
— ¡Esta es la más hermosa! La voy a cuidar para el señor Obispo y pa que estos bandidos ladrones de fruta no la vean, la voy a poner bajo estas hojitas de plátano.
Tío Coyote y Tío Conejo se estaban riendo y se volvían a ver. Y cuando se fue la viejita se fijaron dónde estaba la sandía y diario la iban a ver y la tanteaban.
Bueno, pues; pasaron sus días y ya estaba bien madura la sandía. ¡Grande y hermosa, bien aseada!
Y entonces Tío Conejo le abrió un hoyito y con la pata le fueron sacando y se fueron comiendo todo el corazón hasta que la dejaron vacía como calabazo. Y después se cagaron los dos dentro de la sandía y la volvieron a tapar dejándola a como estaba, bien disimulada.
Al día siguiente llegó la viejita:
— ¡Qué buena sandilla! ¡Qué buen regalo para el señor Obispo!
Y fue a traer su rebozo y corló la sandía y se fue ligerita donde el señor Obispo.
— ¡Aquí le traigo este regalito, mi padrecito!
— ¡Muchas gracias, mijita, Dios te lo pague!
Y cuando llegó la hora del almuerzo el señor Obispo le dijo al Sacristán:
— Andá traeme un cuchillo grande bien filoso, pues yo mismo quiero partir esta sandilla tan hermosa.
Y ya se puso a partirla. Y pega el brinco. ¡Qué susto! ¡Estaba repleta de ñaña!
— ¡Buff!, dijo el Obispo, y la aventó de un lado. ¡Esta vieja puerca ahora verá!
Y mandó al sacristán que se la fuera a llamar.
La viejita llegó muy alegre, corriendo. “Esto es que el señor Obispo me quiere agradecer con algún regalo”, pensaba. Pero llegando, el señor Obispo estaba furioso y le dio una gran regañada y le enseño la ñaña de la sandilla y le dijo que se iba a ir al infierno por irrespetuosa.
Y se volvió triste. Y le iba echando maldiciones al que le hubiese hecho la trastada.
— Me las paga el que sea, dijo. Y puso a la entrada de la huerta un muñeco de breya (brea).
El tío Conejo, que es fachento, llegó ese día al frutal y vio el muñeco que le cortaba el paso:
— ¿Ideay, hombré? ¡Quitate de ahí o te quito!
Como el muñeco se quedó callado ay nomás le dio un trompón y se quedó pegada la mano en la breya.
— ¡Soltame o te pego!, le dijo Tío Conejo.
Y como el muñeco se quedó callado, le deja ir otro trompón y se pega de las dos manos.
— ¡Si no me soltás te pateo!
Y le da una patada y se pega de las dos patas.
Ya arrecho Tío Conejo porque estaba forcejeando para soltarse, dice otra vez:
— Si no me soltás, bandido, te pego un panzazo.
¡Y ónde le iba a responder el muñeco! Entonces— ¡Pas!— le da con la barriga y se pega todito.
En eso llega la vieja.
— ¡Ajá! ¡Conque vos sos, conejo bandido, el que me has hecho tantas carajadas! ¡Vas a ver!
Y cogió una red y lo encerró. Y Tío Conejo veía que la vieja prendía las brasas de la cocina y ponía a calentar el asador al fuego.
Cuando en eso pasó por allí Tío Coyote. Entonces Tío Conejo apenas lo vio, le dijo:
¡Adiós, Tío Coyote! ¡Venga para acá!
Tío Coyote se le arrimó.
— ¿Qué estás haciendo encerrado ahí?
— Pues estoy esperando una gallina que me están cocinando. ¿No quiere acompañarme?
— Bueno, Tío Conejo.
— Entre por aquí entonces, Tío Coyote, le dijo Tío Conejo.
Y Tío Coyote por de fuera abrió la red y en lo que se iba metiendo, el Conejo salió en carrera. Ya estaba llegando la vieja cuando éso. Y traía un gran asador bien caliente, rojo.
— ¡Ahora verá ese cagón si no me las paga todas!
— Conque tenés tus mañas. ¡Velo al bandido!, ¡ya se hizo coyote! ¡Pero a mí nadie me engaña!
Y le mete el asador entre el culo. ¡Nunca había brincado tanto Tío Coyote! Y sale disparado pegando gritos y dándose contra los palos. Y ahí bajo de una mata estaba viendo todo Tío Conejo, y cuando pasó chiflado Tío Coyote, Tío Conejo, muerto de risa, le gritaba:
¡Adiós Tío Coyote, culo quemado! ¡Adiós tío Coyote, culo quemado!
II
A pues otra vez, se encontraron Tío Coyote y Tío Conejo a la orilla de un zapotal.
— Vamos a comer zapotes, Tío Coyote, le dijo Tío Conejo.
Pero Tío Coyote ya andaba roncero. Tenía hambre. Pero maliciaba del Tío Conejo.
— ¡Vamos, hombre! ¡Hay que ser resuelto, están toditos maduros y vea qué ricos!
— ¡Vamos, pues!, le dijo al fin Tío Coyote.
— Entonces, como usté no puede subirse a los palos, se queda abajo, y yo me subo arriba y se los voy aventando.
Y así fue: Tío Conejo ligerito se encaramó a un zapote bien cargado. Allí cortó los más maduros y se los comió.
— Ahora le toca, Tío Coyote. ¡Abra la boca que ahí le va uno bien maduro!
Y en diciendo eso cortó un zapote celeque, bien duro de tan verde y se lo voló. El Tío Coyote, creído, abrió la bocota esperándolo suave y madurito. Y ¡país! Le cayó pesado y le quebró toditos los dientes.
¡Qué carrera otra vez la del Tío Coyote, con todo el hocico golpeado y sin dientes! Y Tío Conejo, muerto de risa, le gritaba desde arriba del palo:
— ¡Adiós Tío Coyote, dientes quebrados, culo quemado!

III
Allá, al tiempo se volvieron a encontrar en un camino Tío Coyote y Tío Conejo. Se traían hambre y mucha sed. Y ya era bien noche y estaba llenando la Luna.
Como al rato se toparon con una poza. El agua estaba muy sincera y delgada y reflejaba la Luna. Y ay nomás bebieron.
¡Truclús!, ¡truclús!, ¡truclús!...
En eso le dice tío Conejo:
— ¿Tío Coyote, quiere que comamos queso?
— Pues, claro, le dijo Tío Coyote.
— Aytá en el fondo el queso, ¿que no lo ve? Y le enseñó la luna bajo el agua.
— Ujú. Y es grande, le contestó Tío Coyote.
— Pues bebamos el agua entre los dos hasta que sequemos la poza.
— Y ya se ponen a beber. Pero el bandido del Tío Conejo hacía como que bebía y no tragaba.
— No baja la poza, Tío Conejo, dijo al rato Tío Coyote.
— ¡Jesús, Tío Coyote! Para comer hay que trabajar.
Y siguieron bebiendo. Y el Tío Coyote tragaba mientras que Tío Conejo sólo arrimaba la trompa al agua, de puro bandido.
Ya al rato Tío Coyote estaba panzón y le dijo al Tío Conejo:
— ¡Ya no aguanto!
— ¡No sea inútil, Tío Coyote! ¡Véame a mí qué serenito estoy!
— Sí, Tío Conejo, pero es que siento que me está saliendo el agua por el culo.
— No tenga cuidado. Eso se remedia muy fácilmente...
Y en un milpal seco que estaba al lado, recogió un olote y se lo zampó en el culo.
Y siguieron bebiendo... pero el zángano del Tío Conejo nada que bebía. Y el pobre Tío Coyote, tru-cús, tru-cús, ya casi se desmayaba.
— Oiga, Tío Conejo. Francamente ya no aguanto. Siento que se me sale el agua por las orejas.
Corrió el Tío Conejo a una colmena que se tenía cerca y le tapió con cera los oídos. Y el bandido hizo como que seguía bebiendo.
Y el Tío Coyote por no darse por vencido siguió bebiendo y bebiendo.
Y de repente —¡ploff!— se reventó. Y cayó muerto.
¡Pobre Coyote!

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TÍO CONEJO Y LOS QUESOS - El queso


Púes señor, es el caso que tío Conejo se nos había vuelto muy melindres para comer, y a mi amo no le gustaban sino cositas buenas. Decía que ya el churristate lo tenía hasta el copete y a los quelites les hacía ché. Ultimamente andaba antojado de comer queso tierno. ¿Y cómo hago? ¿Y cómo hago? Por fin quién sabe cómo averiguó que un carretero bajaba todos los viernes de una hacienda, por un camino de la vecindad, con madera y quesos.
Allá el viernes a la nochecita que era la hora en que pasaba la carreta, se tiró tío Conejo en medio camino y se hizo el muerto. Dichosamente hacía una luna como el día y el carretero se agachó para ver qué era aquel bultico.
¡Miren allá dijo a un compañero— si es un conejito! ¡Ah señor, qué le pasaría!... ¡Pobrecito! Pero no está muerto, todavía resuella. Lo voy a echar en la carreta y quien quita que vuelva en sí.
Y lo que el sapo quería... El carretero acomodó a Tío Conejo entre los sacos de queso, y la carreta se puso otra vez en marcha. Entonces abrió un ojo, después el otro, y como vio que no había nada que temer, hizo un buen boquete al saco de gangoche en que venían los quesos bien envueltos en tusa. Se puso a sacarlos y a arrojarlos al camino. Así que el saco estuvo vacío, se tiró él y salió como un cachiflín a recoger los quesos y a llevarlos a su casa. Luego se dio tal atipada de queso que quedó que no podía moverse.
Otro día se sentó a la puerta a relamerse y a hacer la boca agua a cuantos pasaban. Iba tío Armadillo a hacer diligencia, a ver si encontraba algo qué comer y el muy mal corazón lo detuvo:
Asómese compadrito y espíe para adentro y me cuenta un cuento.
Y tío Armadillo se hizo cruces cuando vio aquel gran montón de quesos que llegaba hasta el techo.
Pasó Tía Iguana y lo mismo:
Venga acá viejita y dese una asomadita.
Tía Iguana se fue llena de envidia.
Pasó tía Ardilla y tío Conejo le gritó:
Vení acá niñá y cuidado con caerte para atrás cuando veas lo que vas a ver.
Y de veras, la pobre tía Ardilla que andaba en ayunas se quedó como quien ve visiones, y no se atrevía a recoger unas boronitas que estaban en el suelo.
A tío Conejo se le movió el corazón y le hizo un gallito de queso con tortilla: Tomá niñá para que no se te reviente la hiel.
Dios se lo pague tío Conejo dijo tía Ardilla que Dios me lo guarde y me le dé salud y me le repare de donde menos piense.
Tía Ardilla, tía Iguana y tío Armadillo se fueron por los campos a contar de la maravilla de quesos que tenía tío Conejo. Oirlo tía Zorra y corre para donde tío Conejo, todo fue uno.
Apenas la divisó, se metió corriendo tío Conejo, y atrancó bien la puerta.
Llegó tía Zorra y se puso a tocar: Upe, tío Conejo, ¿qué hace Dios de esa vida?
Tío Conejo se asomó por la ventanita alta.
¿Qué se le ofrece tía Zorra? le preguntó. Y perdone que no salgo a abrirle, pero es que me acabo de calentar la nuca con manteca de chancho y me puse un trapo zahumado porque estoy rabiando de un oído.
Lo siento mucho, tío Conejo. Y hablando de otra cosa: ¿no me querrías vender un diez de queso?
No comadrita, no tengo venta.
Andan diciendo que tenés la casa llena de quesos. Contame cómo hiciste; por qué no me decís.
Con mucho gusto tía Zorra. Viera qué sencillez. Fue así y así y tío Conejo le explicó todo.
Así quien no... ¡Qué mamada! dijo tía Zorra. Y decime, hombré, ¿vos crees que si yo me hago la muerta en el camino me pasa la misma?
¡Uh! Pues cómo no contestó tío Conejo. Otra cosa tendría duda, ¿pero eso? Si la veo ya con la casa llena de quesos. Anímese viejita...
Sí, hijó, voy a ver si hago el ánimo. El que no se arriesga no pasa el mar. Habiaos que no saque algo. Ai encomendame a Dios para que me vaya bien.
Y tía Zorra se fue.
De veras, allá el viernes a la nochecita se puso a la mira y cuando sintió venir carretas se tiró a lo largo en medio camino, en el mismo sitio en que lo hizo el otro. Y para quedar mejor se estiró bien y se puso tieso. El carretero deonde la vió, dijo: --¡Adiós trabajos! Hoy hace ocho era un conejo y hoy es esta lambuza hedionda. ¿No querrá también dejarme sin quesos? Aguardate ai y verás... Gui, buey viejo, gui...
Y diciendo y haciendo, el muy ingrato chuceó los bueyes y la carreta le pasó por encima a la infeliz tía Zorra.
Sólo porque Dios es muy grande y porque las zorras tienen la vida muy dura, tía Zorra quedó contando el cuento. Pero cuando la pobre volvió en sí, no valía un cinco, todos los huesos le dolían y como pudo, regresó a su casa y tuvo que estar un mes en cama.
A los días pasó por donde tío Conejo, todavía en muletas. Apenas lo vio le torció los ojos y le hizo tan mal modo que parecía se lo quería tragar.
Vas a ver mechudo, orejón, me las has de pagar. Yo te contaré le gritó en un temblor.
¡Eso sí que está bonito! ¿Y yo qué le he hecho? preguntó tío Conejo.
Sí, ¿yo que le he hecho? Pero con esa no te quedás, y le quiso meter su muletazo.
¡Eh! ¡diantres la vieja revesera! le dijo tío Conejo, y tuvo que meterse corriendo y pasar el picaporte a la puerta; y por torear a tía Zorra se asomó por la ventanita alta y se puso a comerse un buen tuco de queso, y a arrojarle boronitas en la cara.
A tía Zorra de la cólera le dio un ataque y tuvieron que llevársela a la casa en silla de manos, tío Armadillo y tío Coyote.

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TÍO CONEJO Y TÍO COYOTE - Tío Coyote quemado.


Una viejita tenía una huerta que era una maravilla.
Allí encontraba uno todo: rabanitos, culantro, tomates, zapallitos y chayoticos tiernos, lechugas. Pero la viejita comenzó a encontrar los quelites de las matas de chayote y de zapallo comidos, y después, daños por todo. Entonces hizo un gran muñeco de cera y lo plantó en la puerta.  Pues, señor, el caso es que tío Conejo era el de aquel tequio; se metía en las noche y se daba cuatro gustos gurruguseando por todo.
Cuando llegó y se encontró con aquel espantajo, se escondió detrás de unas matas a examinarlo. y al convencerse de que no se movía y que era de mentiras, la picó de valiente, se acercó y le dijo: —¿Idiai, hombré, a ver qué es la cosa? Echémonos, a ver si vos me podés atajar.
Y tío Conejo le metió su moquete, pero como el muñeco era de cera, tío Conejo se quedó pegado. Le dio mucha cólera y le metió otro moquete y se quedó pegado. Por despegarse comenzó a patalear y se quedó pegado de las dos patillas; metió la cabeza y se le pegaron las orejas.
En esto amaneció y salió la viejita a su huerta y se va encontrando con mi señor, bien pegado del muñeco.
—¡Ajá, con que ya di con lo que era! ¿Con que vos eras, confisgado, el que estabas acabando con mi huerta? Aguárdate ahí y verás. Ahora te voy a pelar, a ver si te quedan ganas—. Y lo cogió y lo metió entre un saco; lo amarró y lo dejó a un ladito en la cocina, mientras iba a traer el agua.
—¡Ah vaina la que me fue a pasar! -se puso a pensar tío Conejo. Y comenzó a pegar unos grandes gritos: —¡Sáquenme de aquí! ¡Sáquenme de aquí!
En esto iba pasando tío coyote y a los gritos, se fue metiendo hasta la cocina a ver qué era. Cuando llegó junto al saco, preguntó: —¿Quién está aquí; —Tío Conejo le contestó: -Pues yo, tío Conejo, que me tienen entre este saco porque me quieren casar con la hija del rey, y yo no quiero. Yo no me quiero casar.
Tío Coyote le dijo:
—¡Qué mamada! ¡Con la hija del rey— !¡Así quien no...! ¿Qué más querés?
Tío Conejo le dijo: —Pues ni aun así. Ya ves que es la hija del rey, y todavía si me la dieran encasquillada en oro, diría que no. ¡Qué vaina! ¡Qué vaina! El buey solo bien se lame. Yo que pensaba morir soltero...
Tío Coyote dijo: —¡Cuándo yo! ¡Más bien estaría bailando de la contentera! Yo sí que no me haría el rosita como vos.
Entonces tío Conejo le propuso: Mirá, ¿por qué no me soltás y te metés vos en mi lugar? En la ceremonia el novio va a estar metido entre el saco, para que la princesa no se dé cuenta, porque el rey es el de la gana de que yo me case con su hija. Y una vez pasada la ceremonia, el rey tiene que convenir.
El muy no nos dejes de tío Coyote, sin acordarse de que ya otras veces tío Conejo le había jugado sucio, convino. Desamarró el saco y salió tío Conejo; se metió él, y tío Conejo lo amarró y ¡paticas! por aquí es camino...
Se escondió entre unos matorrales para ver en qué paraba aquello.
Volvió la viejita con su tinaja de agua. Puso una olla de agua al fuego y se sentó a esperar. Tío Coyote, donde oyó gente, por quedar bien comenzó a decir: —¿Idiay, a qué hora viene la princesa? Ahora sí, ya tengo ganas de casarme.
—Sí, princesa te voy a dar yo sé por dónde— le contestó la viejita.
Cuando el agua estuvo hirviendo, desamarró el saco y se asomó. —¿Ajá, con que de conejo se volvió coyote! Está bueno.
Y tío Coyote, vuelto una agua miel, respondió: —Si señora, pero yo si tengo mucho gusto en casarme.
La viejita cogió su olla de agua hirviendo y se la echó por la trasera.
El pobre tío Coyote salió en un alarido, y en carrera abierta. Cuando lo vio pasar tío Conejo le gritó:
—¡Adiós, tío Coyote... quemao, por amigo de ser casao!



***

Allá a los días, en una que va y otra que viene, se va topando tío Conejo con tío Coyote. Tío Conejo se quedó como el día en que lo habían de enterrar. ¡Hijo del padre! ¡Ahora sí que me llevó quien me trajo! —se puso a pensar.
Verlo tío Coyote y ponerse como un jarro zonto, todo fue uno.
—¡Bueno, tío Conejo, yo y usté tenemos que arreglarnos...!
Tío Conejo se hizo el tonto: —Y ¿eso de qué, tío Coyote? Yo espulgo mi conciencia y veo que en nada lo he ofendido.
—Sí, callate solfas. Por dicha que ya yo sé con la tusa con que me rasco. Encomendate a Dios, porque aquí me las vas a pagar todas juntas.
Tío Conejo, mientras tanto, estaba volando ojo para todos lados. A la orilla de una cerca había un palo de zapote cargadito de zapotes. Entonces dijo: —Bueno, tío Coyote, ¿qué vamos a hacer? El que puede, puede. Pero eso sí, que antes de acabar conmigo, me deje subir a ese palo de zapote a comerme un zapotico que estoy viendo desde aquí, madurito que no sé cómo no se ha caído. No me mande al otro lado con la gana. Tome mi mano que vuelvo a bajar para que me tasajee.
—¡Qué caray! —contestó el otro—, andá y comete el zapote, que en seguida será otro cantar. Y lo que es yo no me quito de aquí hasta que bajés.
No bien había acabado tío Coyote de consentir, cuando iba mi señor palo arriba diciendo:
—¡Carachas! ¡Que me he visto en alitas de cucaracha! ¡Enainas me almuerza!
Ya arriba, se puso a hacer que comía zapote y a decir: —¡Qué zapotes! ¡Si es como estar comiendo sobao! ¡Qué ricura!
Hágase de cuentas, tío Coyote, que tatica Dios encerró entre estas cáscaras terrones de dulce.
Tío Coyote ¿quiere que le tire uno para que pruebe?
—Bueno —respondió el otro.
Allá te va; abra la boca y cierre los ojos.
De veras: el otro gandumbas va abriendo ahí hocico y Tío Conejo buscó el zapote sazón más galano que encontró y se lo dejó ir con toda alma hacia la boca.
Por supuesto que le apió cuanto diente tenía y el pobre tío Coyote dijo a correr pegando el grito al cielo. 

***

Fueron pasando días y en una de tantas, en una noche de luna, vuelve a dar tío Coyote con tío Conejo.
Todo moletas, le dijo mientras lo agarraba de las orejas: —Lo que es de ésta sí que no escapás, grandísimo tal por cual. Mirá cómo me tenés...
Y tío Conejo, aunque no era del caso para reírse, ya no aguantaba las ganas, al ver al pobre tío Coyote sin dientes y al recordar cómo andaría la trasera.
—Pues bueno, tío Coyote, ¡qué vamos a hacer! Cuando usted dice este macho es mi mula, nadie lo saca de ahí. Dios sabe que nada le he hecho con intención de hacerle daño. Es que vea, tío Coyote, yo soy más torcido que un cacho de venado con usté, y cada vez que quiero hacer una paloma me sale un sapo. ¡Que el señor le dé paciencia conmigo!
Y tío Conejo dio un gran suspiro.
Callate, vende miel y bebe sin dulce. Quien no te conoce que te compre.
—¿Sabe para dónde iba, tío Coyote? Pues a atiparme de queso. ¡Viera qué queso! Hasta que se ve amarillito.
—¿Y dónde está? —le preguntó tío Coyote.
—Pues ande y vamos.
Y echaron a andar, tío Coyote sin soltar a tío Conejo.
Llegaron a un gran charco y en el fondo de él se reflejaba la luna llena.
—Tío Conejo dijo:
—Mire, tío Coyote repare qué queso. Yo creo que hay para un aóo. Y diga si no se le ve chorrear la mantequilla.
Y el otro Juan Vainas contestó: —De veras, tío Conejo. ¡Qué hermosura! ¿Y cómo hacemos para cogerlo?
—Muy sencillo. Pongámonos a bebernos el suero.
No es mucho y ahorita lo acabamos.
Y dicho y hecho, se puso a hacer que bebía. Tío Coyote sí, se puso muy en ello a beber y beber, a beber hasta que por fin ya no le cabía.
—¿Ay, tío Conejo de Dios! Ya no aguanto.
Tío Conejo respondió: —Aturrúsele tío Coyote, ya entre poco acabamos.
Allá al rato, jadeando y con la panza como una tambora, volvió a decir tío Coyote: —Ja.. jaa..., ja... ¡Ay, ya no aguanto!
—¿Sabe lo que vamos a hacer? dijo el indino de tío Conejo. Pues mire, tío Coyote, vamos a pegar una carrera en esa cuesta, para que se nos baje el suero, y enseguida volvemos a acabar con lo que falta.
El otro convino, tío Conejo lo cogió de una mano y salió con él cuesta abajo.
Tío Coyote no pudo ni gritar y en media cuesta se oyó como cuando revienta una vejiga de res inflada.
¡Pues qué era! Pues el pobre tío Coyote, que llevaba la panza como una timba, había reventado en la carrera.
Y tío Conejo que por dos veces se había visto a palitos para no ir a parar a la panza de tío Coyote, pudo ya andar tranquilo para arriba y para abajo.
Tío Conejo Comerciante
Una vez tío Conejo cogió una cosecha que consistía en una fanega de maíz y otra de frijoles y como era tan bandido, se propuso sacar de eso todo lo que pudiera.
Pues bueno, un miércoles muy de mañana se puso su gran sombrero de pita, se echó el chaquetón al hombro y cogió el camino. Llegó donde tía Cucaracha y tun, tun. Tía Cucaracha, que estaba tostando café, salió cobijándose con su pañuelo para no resfriarse.
—¿Quién es? ¡Adiós trabajos! ¡si es tío Conejo! ¿Qué se le ofrece? Pase ‘pa dentro y se sienta —y tía Cucaracha limpió la punta de la banca con su delantal.
—Aquí no más— contestó tío Conejo —si vengo rapidito a ver si quiere que hagamos un trato. ¿Qué le parece que vendo una fanega de maíz y otra de frijoles en dos pesos? ¡Báileme ese trompo en la uña! Regaladas, tía Cucaracha, pero la necesidá tiene cara de caballo.
—Pues ahí vamos a ver, tío Conejo. Si me decido, allá llego.
—No, no, tía Cucaracha. Si se decide es ya, porque si no voy a buscar otro. Vine aquí de primero por ser usté. Y si se decide, llegue a la casa el sábado como a las siete de la mañana, porque yo tengo que bajar a la ciudá.
—¡Qué carambada! Hago el trato y allá llego el sábado con mi carreta. Pero no se vaya. Ahorita está el café y tengo un tamal que acabo de hacer.
Tío Conejo se sentó y al poco rato estaba allí tía Cucaracha con un buen jarro de café acabadito de hacer y una gran tamal fresquecito.
Con ese bocadito en el estómago, siguió tío Conejo su camino. Llegó donde tía Gallina y tun, tun.
—¿Quién es? gritó desde adentro tía Gallina, que estaba sofocada con el almuerzo.
—Yo, tío Conejo, que vengo a ver si hacemos un trato.
—Pase ‘pa dentro y se sienta. A ver, ¿qué cuál es el trato?
—Es que vendo una fanega de maíz y otra de frijoles en dos pesos. ¡Vea qué fácil! Como quien dice, tirar el maiz y los frijoles a la calle... Pero estoy en un gran problema y tengo que venderlos por esa miseria. Me vine directo a buscarla, tía Gallina, porque al fin y al cabo somos buenos amigos y uno debe preferir a los amigos.
Tía Gallina fue a voltear la tortilla al comal, y mientras fue y vino, pensó que era un buen negocio y prometió a tío Conejo ir el sábado como a las ocho con su carreta, por el maíz y los frijoles. También le dio un queso hecho en la casa para que probara.
Tío Conejo siguió su camino y llegó donde tía Zorra que estaba pelando unos pollos.
—¡Hola, tía Zorra! ¿Cómo me le va?
—¡Pero hombre, tío Conejo! ¡Buenas patas tiene su caballo! Pase adelante, pase adelante y ahorita almorzamos.
Tío Conejo entró y propuso el negocio del maíz y de los frijoles a tía Zorra, metiéndole unas largas y otras cortas: que la había preferido a todos y que por aquí y por allá, y que si se decidía, llegara como a las nueve el sábado, porque él tenía que bajar a la ciudad. Tía Zorra dijo que bueno, y prometió llegar el sábado con sus dos pesos donde tío Conejo.
Después que se pegó la gran hartada, tío Conejo se despidió y siguió su camino. Llegó donde tío Coyote, que estaba quitando del fuego una gran olla de nacatamales.
—¡Upe! Tío Coyote. ¿Cómo le va?
—¡Dichosos ojos, tío Conejo! Vale más llegar a tiempo que ser convidado. Entre ‘pa dentro y prueba estos nacatamalitos, están bien ricos.
Mientras se comía su nacatamal, tío Conejo ofreció sus fanegas de maíz y de frijoles a tío Coyote por dos pesos. En seguida cerraron el trato y tío Coyote quedó en llegar por ellas el sábado como a las diez de la mañana, con su carreta.
Tío Conejo se despidió y siguió adelante. Llegó a casa de tío Tigres, que estaba en el corredor afilándose las uñas.
—Tío Tigre, a ofrecerle una fanega de maíz y otra de frijoles en dos pesos. ¡Un disparate! Pero es que ando apurado para salir de unas mis deudas que me tiene loco.
Tío Tigre trató, y quedó de llegar el sábado con sus dos mulas, por el maíz y los frijoles. Tío Conejo le propuso que llegara como a medio día, porque en la mañana tenía que estar en la ciudad, de precisa, y no volvería a casa sino hasta por ahí de la una.
Luego tío Conejo regresó a su casa. El sábado se levantó de mañanita y se sentó en el corredor. Apenas había salido el sol, cuando vio venir a tía Cucaracha con su carreta.
Tío Conejo la hizo llevar la carreta detrás de la casa. Le enseñó el maíz y los frijoles; tía Cucaracha sacó del seno el pañuelo en que traía anudado el dinero, soltó el nudo y puso en manos del vendedor los dos pesos.
El muy bueno a las tapas [labioso] de tío Conejo invitó a entrar a tía Cucaracha, descolgó la hamaca que estaba guindada de la solera de la sala y le dijo: —Venga, tía Cucaracha, y se da una mecidita mientras se fuma este puro de chilcagre. Y tía Cucaracha se echó en la hamaca y se puso a fumar.
Tío Conejo estaba para adentro y para afuera. De pronto apareció con las manos en la cabeza.
—¡Tía Cucaracha de Dios! Allá viene tía Gallina, y viene para acá.
—¡No diga eso, tío Conejo! —dijo tía Cucaracha tirándose de la hamaca—. ¡Dios libre sepa que estoy aquí!
¡Escóndame por vida suyita, tío Conejo! Ya me parece que estoy en el buche de tía Gallina.
Tío Conejo la escondió entre el horno y salió a recibir a tía Gallina, a la que hizo llevar la carreta al galerón, le enseño las fanegas de maíz y de frijoles y recibió los dos pesos. Después por señas la hizo asomarse al horno y tía Gallina se va encontrando con tía Cucaracha, que pasó a su buche en un decir amén. En seguida la llevó a la sala, la hizo subir a la hamaca y aceptar un puro.
Cuando tía Gallina estaba en lo mejor, meciéndose y fumando, entró tío Conejo con las manos en la cabeza: —¿Tía Gallina de Dios? ¿Adivíneme quién viene ay no masito?
—¿Quién, tío Conejo?
—Pues tía Zorra, y no sé si es por usté o por mí.
—Por mí, tío Conejo. ¿Por quién había de ser? !Escóndame por vida suya! —Y la pobre tía Gallina, más muerta que viva, corría de aquí y de allá sin saber qué camino tomar.
Tío Conejo la escondió en el horno y salió a recibir a tía Zorra. La llevó a dejar la carreta en el potrero, para que no viera las otras, recibió sus dos pesos y en lo demás hizo como antes. Le señaló el horno con mil malicias y tía Zorra se zampó a tía Gallina. Mientras se estaba meciendo en la hamaca y fumándose su puro, tío Conejo estaba como un condenado a muerte, para adentro y para afuera. En una de tantas, entró haciéndose el asustado:
—¡Tía Zorra de Dios! ¿Adivine quién viene para acá?
Tía Zorra pegó un brinco—. ¿Quién, tío Conejo?
—Pues tío Coyote... Y no se sabe si es por usté o por mí.
—¡Ah, tío Conejo más sencillo! ¿por quién había de ser si no por mí? ¡Escóndame y Dios quiera no me huela!
Tío Conejo la escondió en el horno y salió a recibir a tío Coyote. Después que éste le entregó los dos pesos, lo llevó a la sala.
—Echese en la hamaca, tío Coyote, y descanse. Mientras tanto fúmese este purito.
No hay que apurarse por nada. De repente, cuando uno menos lo piensa llega la Pelona y adiós mis flores, se acabó quien te quería. Yo por eso nunca me apuro por nada.
Así que se fumó el puro, tío Conejo le dijo al oído: —Vaya y dese una asomadita al horno y verá la que le tengo allí. —Fue tío Coyote y halló a tía Zorra zorrita. En un momento la dejó difunta y se la comió. Estaba todavía relamiéndose, cuando entró tío Conejo:
—¡Tío Coyote de Dios! ¿Adivíneme quién viene allí no más?
—Diga, tío Conejo— contestó tío Coyote asustado al ver la cara que hacía tío Conejo.
—¡Pues tío Tigre, con sus garras afiladas! Y no se sabe si es por usté o por mí.
—¡Ay, tío Conejo! ¡Ese viene por mí, porque me lleva una ganas! Escóndame, por la que más quiera.
—Pues métase entre ese horno y yo cierro la puerta.
Tío Coyote se metió, con el corazón que se le salía y bandido de tío Conejo se fue a la puerta a recibir a tío Tigre.
—Ya creí que no venía, tío Tigre —dijo el muy rebandido—. Pase, pase y descansa en esa hamaca, que debe de venir muy rendido. Fúmese este purito y luego viene a ver su maíz y sus frijoles.
Cuando tío Tigre descansó, tío Conejo le dijo al oído:
—Prepárese, tío Tigre, y vaya a darse una asomadita por el horno.
Así lo hizo tío Tigre, quien se va hallando con tío Coyote que estaba con las canillas en una tembladera. Tío Tigre lanzó sus zarpazos y ¡Pun! ..., ¡Adiós, tío Coyote! ...
Después fueron a cargar en las mulas el maíz y los frijoles, y así fue como éste fue el único comprador que recibió la cosecha de tío Conejo, quien cobró diez pesos por una fanega de maíz y otra de frijoles, y se quedó con cuatro carretas y cuatro yuntas de bueyes y muy satisfecho de su mala fe.




1.2.18

Tres cuentos sobre duendes

Por Mauricio Valdez

1. LOS DUENDE DEL CAMINO


En una comarca no muy lejos de la ciudad capital, Managua, vivía una humilde familia formada por un padre, una madre y dos niños (niña y niño). Todos los días los dos hermanos iban a la escuela en sus bicicletas, pues la escuelita no quedaba tan cerca de su hogar, iban por veredas y caminos polvorientos, los mismos que en invierno se volvían fangosos con las lluvias, es por eso que aunque trataran de llegar limpios a su escuela, siempre llegaban sucios, polvorientos en verano y con lodo en invierno, muchos llegaban así, pero nadie se burlaba de nadie.

Ya hace días, los niños comenzaron a escuchar unas risitas burlescas cuando pasaban por un cruce de caminos, nunca miraron a nadie y al comienzo no le prestaron mucha atención, pero como era asunto de todos los días, comenzaron a preguntarse de donde provenían esas risas y quién era el que las provocaba.

–Estefanía, ¿escuchaste? – siempre le preguntaba Ángel a su hermana.

–Sí –contestaba ella– deben ser los duendes.

Y continuaban su camino hasta llegar a la escuela, pero a nadie, ni a su maestra ni a sus compañeros de clases, le comentaban algo sobre ese asunto.

Al otro día lo mismo:

–Estefanía, ¿escuchaste?

–Sí –volvía a contestarle ella– ya te dije que son esos duendes.

–¡Cuales duendes! –por fin reaccionó Ángel con cierta ira y asombro.

–¿Pues cuales más? ¿A caso no sabes que aquí existen duendes y les gusta burlarse de las personas?

–¿Pero de nosotros por qué se burlan?

–Pues, porque siempre pasamos todos sucios, creo.

–¡Ah! Mañana procuraremos no ensuciarnos y pasaremos limpios para ver si ya no se burlan de nosotros.

Y así fue, los hermanos procuraron no ensuciarse demasiado, conduciendo sus bicicletas con más cuidado, no pasando por la tierra muy blanda ni jugando a revolcarse a la hora de recreo y cuando pasaron por el lugar, iban limpios y ni una risa se escuchó.

–Ves que tenía razón –le dijo Estefanía a su hermano.

–Ajá, sí. Pero ahora me quedó la curiosidad por saber cómo son esos duendes que tanto se burlaron de nosotros, mañana volvamos a pasar sucios y seguiremos las risas hasta dar con esos traviesos.

–¡No Ángel! ¿No sabes que si los molestas o tratas de averiguar su identidad o querer saber dónde viven, ellos se vuelven agresivos contra uno?

–¿A caso solo ellos pueden molestarnos? Nosotros también los molestaremos –dijo Ángel.

Al día siguiente los dos pasaron sucios y una risita se hizo escuchar, Ángel rápidamente se bajó de su bicicleta dejándola tirada a la orilla del camino: –Por aquí se escucha –decía mientras seguía el sonido de la risa tras unas piedras, Estefanía también dejó la bicicleta aparcada y fue detrás de su hermano. El sonido de la risa cambiaba de lugar y los niños la seguían adentrándose a un bosquecillo, un riachuelo sonoro y cristalino corría por el lugar y a la orilla se podía ver unas medianas piedras que formaban una diminuta cueva.

–¡Con que aquí es donde viven esos traviesos! –dijo Ángel dirigiéndose a la pequeña cueva.

–Vámonos de aquí, no es buena idea seguirlos, ni mucho menos descubrir dónde viven –decía Estefanía con miedo.

Ángel que era muy curioso y travieso, metió la mano en la pequeña cueva y tras un grito la sacó rápidamente trayendo consigo pegado a sus dedos un pequeño cangrejo.

–¡Hay! Esta es la cueva de un cangrejo –dijo tirando por los aires al animalito que fue a parar al agua, sumergiéndose en ella y desapareciendo de la vista.

Enojado, el travieso niño desbarató la cueva quitando las piedras y ambos se fueron del lugar siguiendo el sendero por donde habían venido, al llegar a la orilla del camino las bicicletas ya no estaban, tuvieron que irse caminado hasta llegar a casa.

–¿Y las bicicletas? –les preguntaron sus padres cuando los vieron llegar sin ellas.

–Nos la robaron por dejarlas solas en el camino por ir tras unos duendes –le dijeron muy tranquilamente y se fueron a hacer sus tareas escolares.

El día siguiente era sábado, por los que los hermanos se levantaron un poco más tarde y se fueron a jugar con su perro llamado Sarnos, cerca de un montón de leña, unos pequeños ojos se asomaron entre esa leña:

–¡Un ratón!– dijo Ángel con sorpresa.

–¿En dónde? –preguntó Estefanía.

–Ahí, entre la leña.

Su perro Sarnos comenzó a ladrarle y el supuesto ratón se escondió aún más. Los niños rápidamente comenzaron a quitar una por una la rajas de madera, de pronto salió corriendo con una extraordinaria rapidez el supuesto animalucho, que para mayor sorpresa de los hermanos, notaron que no se trataba de ningún ratón ni de otro animal, sino, de un extraño ser verdoso y orejas puntiagudas, era un duende.

–¿Viste eso Ángel?

–Sí, uno de esos duendes del camino nos siguió hasta aquí, atrapémoslo –dijo el valiente niño y con una de las rajas de leña en su mano se dispuso a acabar con el intruso, Sarnos no dejaba de ladrar y con el escándalo los demás miembros de la familia se acercaron a ver qué es lo que estaba pasando.

–Ahí va, que no se escape –gritaban los hermanos.

–¿Qué animal están queriendo atrapar? –preguntó la mamá.

–No es ningún animal –respondió Estefanía– es un duende.

–¿Un qué? –dijo con extrañeza la mamá creyendo no haber escuchado bien.

–Un duende –le repitió Ángel mientras le atinaba al escurridizo ser un buen palazo en mitad de su pequeña cabecita, matándolo al instante.

–Ahí está, vengan a verlo.

Y todos corrieron a ver a la extraña y pequeña creatura que yacía muerta con su cabeza aplastada.

Sarnos iba de un lado a otro todavía eufórico por la cacería recién hecha, hasta que agarró a la inerte creatura entre su hocico y corrió con ella perdiéndose entre unos matorrales a lo lejos, por más que sus amos lo llamaron éste no hizo caso. Lo fueron a buscar pero no lo encontraron, el día pasó y Sarnos no regresaba, pasó otro día y el perro sin aparecer, pero la peor de las noticias es que a los siete días después de pasar el hecho, también había desaparecido la niña Estefanía, se hizo una búsqueda intensa día y noche sin descanso, pero nada de encontrarla, hasta que con el tiempo, la familia y los demás se dieron por vencidos seguros que ya nunca volverían a verla, muchos aseguraban que eso había sido obra de los duendes en venganza por la muerte de uno de los suyos.

Ángel creció solo sin la compañía de su querida hermana, llegó a ser un adulto con su corazón entristecido y arrepentido por lo que había hecho, muy dolido por ser el culpable de la desaparición de su querida hermanita.

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Moraleja: No hay que hacer cosas malas, pueden traer consecuencias no deseadas con arrepentimiento de toda la vida.


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2. EL DUENDE ALUX


Una mañana Carolina despertó riéndose, sentía que algo le hacía cosquillas en sus pies, levantó sus sábanas, pero no vio nada, en eso escuchó una ricita que prevenía por debajo de la cama, de una salto se puso de pie y agachándose levantó el cobertor de su cama buscando con su mirada el causante de tan singular risa, preguntó con curiosidad: 

—¿Quién está ahí? 

¡jijiji! Otra vez la ricita, y saliendo de su escondite, delante de sus ojos, se dejó ver un pequeño ser vestido de rojo, su piel era verdosa y sus orejas puntiagudas, pero tal apariencia no le hizo temer a la pequeña, éste le sonrió y le dijo: —¡Hola Carolina! Vine a hacerte compañía.

— ¿Y tú quién eres? —preguntó la niña retrocediendo ante la fea figura del pequeño y raro ser.

—Mi nombre es Alux, —dijo con una voz ñaja— soy un duende amistoso al que le gusta hacer reír a los niños, por eso les hago cosquillas mientras duermen y magia cuando despiertan. 

Entonces sacó de su bolsillo un polvo mágico y lo lanzó al aire, muchas mariposas de múltiples colores revolotearon por toda la habitación, Carolina se reía y brincaba queriendo atraparlas, estaba maravillada de la magia de Alux.

Las mariposas se desvanecieron y niña buscó al duende, lo buscó entre sus sabanas, por debajo de la cama, por todos los rincones de la habitación y de pronto vio que una de sus muñecas caminaba sola. Ella se sorprendió, pero luego pudo ver que era Alux la que la sostenía.

— ¿Estabas invisible? —le preguntó Carolina.

—Sí —le dijo Alux —, nosotros los duendes podemos desaparecer a nuestro antojo, nos dejamos ver por los niños pero nunca por los adultos, pues éstos siempre nos quieren hacer daño.

Carolina agarró su muñeca, la puso en su lugar y dijo:

—Pero voy a decirle a mi mamá que tú eres mi nuevo amiguito.

—¡No! —Gritó Alux —, guardemos el secreto, que esto quede sólo entre tú y yo. 

Pero Carolina no le hizo caso y le fue a contarle a su mamá, pero por supuesto que su mamá no le creyó y esa noche acostada ya se disponía a dormir y de nuevo le apareció Alux, se subió a su pecho y viéndola a su los ojos le dijo:

—¡No guardaste nuestro secreto!

Alux estaba enojado, se puso mucho más feo de lo que era; los dientes se le salieron y sus uñas crecieron, sacó otra vez polvo mágico y lo sopló al rostro de Carolina, ella estornudó botando a Alux, la pobre niña jadeaba, se esforzaba por respirar mientras el duende se reía a carcajadas, de pronto, de la nada, aparecieron cuatro duendes más vestidos de azul que rodearon a Alux, lo agarraron con fuerza y desaparecieron junto con él, sólo se escuchaba a Alux gritar: ¡Déjenme, no me lleveeeeeen!.

Carolina pudo respirar con normalidad y se puso a llorar, en eso su mamá entró corriendo a la habitación y la abrazó calmándola y diciéndole que solo había tenido una pesadilla.

—No mamá, no fue una pesadilla, era Alux el duende de quien te hablé.

Las dos quedaron abrazadas por un largo rato hasta que la niña se durmió. 

Con el tiempo Carolina casi olvidó lo sucedido y hasta llegó a creer que realmente se trataba tan sólo de una pesadilla, lo bueno era que; ya sea en sueños o en la realidad, nunca más volvió a ver a Alux, el duende malo.

Y es que por generaciones se ha creído que si un niño o niña lo desea, puede llegar a conocer a los duendes, sólo tienes que desearlo de verdad y preguntar entre sus sábanas en voz baja antes de dormir: ¿Quién está ahí? Pregunta todas las noches y una de tantas, en cualquier momento, aparecerá un duende jugando y haciéndote cosquillas, pero ten cuidado si te aparece un duende cuando tú no lo has llamado y dice ser tu amigo, ese puede ser Alux, no le creas nada de lo que te diga y mándalo a la porra.
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Moraleja: No todas las personas que dicen ser tus amigos, tienen buenas intenciones, pueden ser lobos vestidos de ovejas. Consejo: Cuídate de los extraños y no creas todo lo que te digan.
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3. LOS DUENDES DEL CHONCO


Allaaaaa.... de vez en cuando se aparecía un amigo de mi abuela Cesaria, llegaba y le decía:

— ¡Ideay Cesaria! ¿Cómo estás?

— ¡Eh! ¡Ideay Chicoyo!

Se llamaba Francisco, pero le decían Chicoyo, quien sabe por qué.

—Aquí te traigo —le decía él. Eran unas frutas hermosas, grandotas, unos grandes plátanos que nunca se habían visto por estos lados, unos zapotes con bastante comida grandotes también.

—Hombre, Chicoyo y vos ¿de dónde sacás todo esto, estas frutas tan grandes? —le preguntaba mi abuela.

— ¡Ah! es que por ahí tengo unas tierritas muy buenas, siempre tengo de todo, por hay te traigo más otro día que pase —le decía.

Por allá a los días se aparece: Adiós Cesaria hay paso de regreso dejándote frutas —le dijo.

Pero bueno, nunca faltan los curiosos, uno de los hermanos de mi abuela, mi tío Isidoro, se va detrás del tal Chicoyo.

Tengo que saber donde tiene éste esas tierras —decía— y lo va siguiendo de larguito cuidando que no lo mirara, él en sus caballo y mi tío a pies, luego ve que Chicoyo se mete en la selva, ahí en El Chonco y se le pierde de vista, él quiere entrar también, pero le sale un hombrecito, así la mierdita, bien chiquito, si parecía un cipotito pero con cara de viejo. Apues, se le aparece y todo odioso le dice:

—De aquí no pasás, devolvete.

—Cómo que devolvete ¿por qué no puedo pasar? —le pregunta mi tío.

—Que no vas a pasar te digo y haceme caso.

Arrecho el hombrecito. Entonces le hace caso mi tío y se regresa.

—Y éste jodidito ¿por qué no regresó a Chicoyo? ¿por qué sólo a mí?

Bueno, y llegó a la casa, al rato llega Chicoyo:

—Cesaria ya voy de regreso tomá estas frutas, no traje muchas pero aquí te dejo.

Cuando ya va de salida le dice mi tío:

— ¡Ajá Chicoyo! Ya sé que tenés un arreglo con esos duendes del Chonco, andá hombre no seas malo y deciles que me ayuden a mí también, no ves que tengo que darles de comer a una marimba de chavalos, con esas frutas suficiente para todos, hasta podría sembrar las semillas.

—Está bien, vamos pues, te voy a llevar —le dijo y se van.

Allá al rato llegan a una quebrada donde estaba, del otro lado, un gran palo de jocote, entonces Chicoyo le dice:

—Mirá Isidoro, yo me voy a ir al otro lado de la quebrada, detrás de esa loma y vos quedate a este lado, no te crucés —y se fue.

Mi tío se puso a recoger jocotes de unos palitos que estaban allí. Como a la hora los recoge todos y dice:

—¡Eh! voy a recoger más del otro lado de la quebrada, de ese gran palo que está allá, a mí nadie me va a decir que es lo que tengo que hacer —y se cruzó, él que pone un pies al otro lado de la quebrada y lo palmean, escucha unas palmadas como cuando llaman la atención a un niño.

— ¿Y eso? —dice él asombrado, pero no miraba a nadie y sigue caminando, lo vuelven a palmear. Ya la cagaron estos enanos —dijo y en ese momento aparece Chicoyo con el caballo cargado de frutas, repletas las alforjas, hasta que venía cansado y sudado el pobre animalito.

—¡Ideay! no te dije que no te cruzaras, vámonos que aquí llevo bastante frutas para vos y tu familia —y se fueron del lugar.

Así era Chicoyo ayudaba al que podía pero nunca supo nadie que es lo que había hecho, qué trato tenía con los duendes, dice la gente que esos duendecillos se robaban a las muchachas cuando se enamoraban de ellas, pero tenían que ser bonitas para que se la llevaran y la familia recibía favores a cambio. Decían que Chicoyo tenía una hija joven muy bonita y que ya hace tiempo no la veían.

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