24.8.17

Cuentos de retazos de amor y de tiempo


“La marimba pone huevos en los astros,
¡Para un huevo que ponés tanta bulla que metés!
¡Vení ponelo, vos pués!
(Miguel Ángel Asturias, Guatemala)

PRESENTACIÓN

Estas líneas y la portada, son lo único diferente de la primera edición de Cuentos de retazos de amor y de tiempo, libro muy afortunado. Los cuentos que forman su contenido fueron escritos varios años antes de su salida a luz cuando fue premiado en un concurso nacional de narradoras, en ocasión al “Primer Congreso Centroamericano de Escritoras” en el año 2002, bajo el auspicio de la Asociación Nicaragüense de Escritoras (ANIDE). Por eso el título, y la portada de la presente edición, con pastel de bodas saboreado por la autora, porque el tiempo y el amor siguen cruzando cada uno de los trozos de su escritura, llevada de la mano por la intuición. El Jurado que lo premió; Merceditas Gordillo, Alejandro Bravo y Helena Ramos, le encontró “frescura y encanto” y es que, hay quienes nos hemos formado como escritoras sin pasar por especializaciones estéticas o filosóficas. Sin embargo tenemos la fuerte convicción de que es necesario trabajar cada día con disciplina por lo que queremos lograr, para dar forma a la propia obra y al mismo tiempo, rescatar, como es el caso de estos cuentos, la cultura, la tradición y el compromiso con las sensibilidades acordes al mundo en que vivimos en donde todos tenemos derecho a un espacio y a una voz que debe ser escuchada. De tal modo que la frescura y encanto se vayan convirtiendo en algo aún más fuerte y convincente, capaz de provocar cambios en el entorno y en nosotras mismas.

La presente edición lleva varias intenciones. Una, enfatizar en la importancia del cuento como género literario en que la imaginación y la experiencia estética y personal son muy importantes, donde también hay que considerar el buen manejo de la técnica y el lenguaje, de tal manera que su contenido trascienda el hecho narrado, independientemente de muchos cánones o innovaciones admitidos ahora en la estructura de un cuento. Por otra parte, expresar el deseo de los escritores de dar a conocer nuestra obra, principalmente a los jóvenes y qué mejor manera que a través de un programa como “Para que leamos” en que existe la oportunidad de contar con libros buenos, bonitos y baratos en su edición, pero con un contenido de calidad que se merecen nuestros jóvenes y niños.
Quiero dejarles con la fuerza, la verdad y la ficción de mis cuentos.
E.C.C.

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Memoria adolescente


Dalia buscaba información para sus hijos en un cuarto donde guarda cajones con diarios y papeles viejos. Allí se encontró un librito con pasta amarillenta que llamó su atención y comenzó a leer:
«Desde que llegamos todo ha sido maravilloso para mí. Después del almuerzo, las Profesoras, nos llevaron a un paseo por la ciudad. En el parque Aurora pasamos viendo la Mocosita, la elefantita del Zoológico que es la mimada de los niños capitalinos de Guatemala.

»Yo nunca había visto una elefante porque nosotros no tenemos un Zoológico en Nicaragua. El bus nos llevó a lo largo de La Reforma, una avenida muy hermosa; pasamos bajo la Torre del Reformador, la mandó a construir el Presidente Ubico imitando la Torre Eifel de París y en honor a él mismo, auto llamándose Reformador. Por esta avenida llegamos a la Casa Crema, así llamada la Casa Presidencial. Pudimos entrar (yo me asusté porque en Managua se pasa de largo por La Loma de Tiscapa) Los guardianes de Casa Crema fueron muy amables y nos dejaron verlo todo. El jardín era un esplendor tropical. Había un quetzal, que es el pájaro nacional, con sus plumas multicolores, en una especie de jaula, amplia (para disimular su cautiverio). Salimos de Casa Crema.

»Continuando nuestro paseo entramos a un museo con unos cuadros de arte indígena y moderno. Me llamó la atención un cuadro que se llamaba El Gallinero. Al pie de la tela tenía un mensaje que decía: “Así es la ley de la vida en este mundo carajo, que las gallinas de arriba, se caguen en las de abajo».

***

«La casa del internado es colonial. Las tardes son lánguidas y aún parece escucharse el frú-frú de las enaguas de las hijas de los conquistadores y el rumor de los besos de los caballeros galantes, en sus manos. Ya es un día envuelto en su rutina. El estudio comienza a ocupar el lugar principal en ella.

Desde que suena el timbre de clases, sale el tumulto de alumnas por las galerías. Hoy observé, lo bonitas que nos vemos con nuestro uniforme de falda de tela típica tejida por los indígenas de Xalcajá y Xelajú. La blusa y las calcetas son blancas. Se destaca mucho el pelo liso y negro de las “patojas” de Guatemala.

»Me fascina el jardín, hace honor a que esta ciudad de Antigua Guatemala es llamada “La de las Perpetuas Rosas”. Al pie de las ventanas de nuestros dormitorios hay grandes matas de Monjas Blancas».
***
«Hoy me he sentido triste porque desde que llegué no he tenido noticias de mi familia y de mis amigos y amigas . Por la Galería, de camino hacia mi aula de clases, pasó un muchacho por la calle, al lado del ventanal de abajo. Se sonrió conmigo y agitó su mano. Pude ver sus ojos y los noté muy hermosos. He pensado que algún día si me enamoro de alguien, será porque tenga unos ojos hermosos».
***

«Hoy fue un día especial, alegre y esperanzador. Recibí carta y mi familia está bien. Por la tarde pasó el muchacho del otro día. Volvimos a saludarnos».

***

«Este día fue cansado, pero emocionante. Han llegado las Fiestas Patrias y con ellas el trajín de ensayos de marcha y banda de guerra. La reunión de los colegios fue en la vieja Plaza de Armas, frente al Palacio de Los Capitanes Generales. Desde allí va a salir el gran desfile de conmemoración del Día de la Independencia de Centro América. Hoy salió la antorcha de la Independencia en su viaje a través de Centro América que finalizará en Costa Rica. Las muchachas aprovechamos los intermedios y tuve la oportunidad de saludarme con el muchacho del otro día, el de los ojos hermosos. Se llama Alejandro (me encanta ese nombre) es antigüeño y se auto nombra Panza Verde porque los antigüeños comen muchas verduras y vegetales. ¡Qué bueno saberlo! Desde ahora yo seré vegetariana».
***

«¡Glin, Glin! —Sonaba la campanita del Hermano Pedro de San José de Betancourt en los tiempos de la Colonia, por las calles empedradas de Antigua Guatemala, poco antes de las celebraciones de Semana Santa.

—»Acordaos hermanos que un alma tenemos y si la perdemos no la recobramos».

Comienza la Semana Santa en Antigua Guatemala. Parece Jerusalén.

La ciudad con sus calles empedradas, con sus edificios de cal y canto, con la policromía de los trajes orientales de los cucuruchos cargadores de las imágenes y la presencia de cientos de los últimos descendientes maya-quiché, colmando aquellos templos de hinojos y de plegarias. Hay tristeza majestuosa en el ambiente. Hoy comienzan las Velaciones. El pueblo se queda en vigilia desde el Lunes Santo para reflexionar sobre los sagrados misterios de nuestra redención.

El Lunes Santo, Jesús Nazareno en La Merced. El Martes Santo, en San Francisco. El Miércoles Santo en la Iglesia Escuela de Cristo. El Jueves Santo, la Eucaristía en la Catedral.

Hay bellísimas alfombras de aserrín con pétalos de flores, toda una obra de arte, presentes de frutas y mucho corozo en los altares. Los cirios perfumados arden frente a las veneradas imágenes.
El Viernes Santo, las capuchas moradas se tornan negras en los cucuruchos cargadores para llevar el Santo Entierro.

¡Cristo Redentor ha muerto!

El Domingo de Pascua, todo es blanco y rojo. La Iglesia La Merced tiene los altares más esplendorosos.

¡Cristo redentor ha resucitado!

***

Dalia lamentó la rotura de las siguientes páginas, que no le permitió saber más de aquellas “Memorias de una adolescente”.

Este librito amarillento era un diario que escribió su mamá hace algunos años, no cabía duda. Ella se hizo Maestra en la Escuela Normal Centroamericana “Sor Encarnación Rosal” de Antigua Guatemala a principios de la década de los sesenta del siglo veinte.



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Antonia Güinil


Antonia Güinil llegó desde una comunidad lejana en Sololá. Ella es del grupo de guatemaltecas normalistas que integran el gran grupo de la excelencia estudiantil centroamericana de la Escuela Normal Centroamericana “Sor Encarnación Rosal de Antigua Guatemala” Elena, una muchacha nicaragüense, se hizo amiga de ella desde que participaron juntas en el Concurso de Declamación. En ese tiempo Elena no conocía mucho la obra literaria de Miguel Ángel Asturias, el gran poeta guatemalteco del mito y la leyenda maya. Fue Antonia Güinil la ganadora de ese concurso con su arrolladora interpretación de una poesía del gran guatemalteco.

Marimba tocada por indios.
La marimba pone huevos en los astros.
¡Para un huevo que ponés tanta bulla que metés!
¡Vení ponelo, vos pues!
La marimba pone huevos en los astros.
El Sol la desangra, la monta, es su gallo.
La marimba pone huevos en los astros.
¡Para un huevo que ponés tanta bulla que metés!
¡Vení ponelo vos pues!

Elena fue con Antonia un fin de semana a conocer su comunidad indígena y a su familia de la etnia quiché. Así fue que entendió la tristeza de sus ojos negros y la gravedad de su rostro, a pesar de su juventud. La familia le contó que el papá desapareció cuando llegaron los militares a buscar guerrilleros y a su hermana la sacaron a violarla a orillas del ojo de agua.

La amistad de las dos muchachas perduró mucho tiempo aun cuando Elena regresó a su país de los lagos y volcanes.

Un día de tantos, Antonia Güinil le escribió a Elena y le dijo en su carta que su destino había sido solamente “poner huevos en los astros”. Elena sonrió pensando que hubiese deseado también “poner huevos en los astros”.


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Adelita


La Finca La Montañita de los Palos Grandes era una propiedad con una casa de corredores, un corral al fondo y una entrada bordeada por unos árboles de Tempisque muy altos. Por eso la finca llevaba ese nombre. En sus terrenos verdeaban los pastos y en las lomas abundaban los refugios silvestres de pájaros, guardatinajas y abejas mieleras. El ganado bajaba a beber agua al Zanjón, que ofrecía además, sus aguas frescas, por lo profundas, a los lirios y “mondongas” de agua. Después, las vacas se quedaban rumiando el guásimo baboso, las bolitas melosas de tigüilote y las olorosas guayabas que caían de innumerables árboles de esas frutas. Para subir de nuevo a las lomas, pasaban por una huerta, consumiendo la miel exquisita de los marañones.

Una noche en esta finca murió don Pilar, el dueño de la finca, Adelita, su hija menor de los siete de la familia, tenía seis años. Doña Ventura, su madre, era una agraciada mujer, todavía joven. Estanislao, hijo mayor, de los varones, tenía diecisiete años y consolaba a su madre con la promesa de no apartarse nunca de su lado. Sin embargo, algunos meses después se marchó a la Costa Atlántica.
Trece años después regresó Estanislao convertido en un hombre con posibilidades de llevarse a sus hermanas y a su madre. Su periplo lo había convertido en hombre rico, poseedor de plantaciones de banano a orillas del Río Escondido. 

Una de las hermanas adelantó la boda con su novio para no marcharse tan lejos. En cambio Adelita que en ese tiempo tenía diecinueve años y otra de sus hermanas solteras decidieron hacer el viaje porque no podían dejar ir sola a su madre. Es cierto que no les gustaba mucho la idea porque era doloroso dejar el hogar de su niñez. Sin embargo también querían mucho al hermano. Durante mucho tiempo habían sobrevivido con sus envíos de dinero y en una ocasión les envió un gran regalo. Era una victrola musical marca RCA Víctor y unos discos de Fox Trot. Todo esto era traído de New Orleáns, lugar hacia donde el hermano había viajado en barcos en el negocio bananero. Como todo, lo que uno no desea, llegó el día del viaje. El hermano hizo llegar un carro desde Managua a San Isidro, Matagalpa, para llevar a las viajeras.

Las muchachas iban tristes, pero no lloraron. Fue en Managua que Adelita lloró mucho, cuando al pasar por una casa oyó una melodía que se difundía por la calle: “Cuatro milpas tan solo han quedado del ranchito que era mío… ¡Ay!

De Managua a Granada tomaron el tren. Para otras, el viaje hubiera sido una maravilla porque la ruta era pintoresca y cómoda, esa parte del país, la costa del Pacífico, tenía muchas cosas nuevas que ver para ellas. Además, el hermano las rodeaba de atenciones, ansioso de verlas alegres. En Granada estuvieron tres días, muy bien hospedadas en el Hotel Alhambra, esperando el Vapor Victoria; el cual hacía la travesía por el Gran Lago hasta Puerto Díaz en las costas del lago Cocibolca en Chontales.

Al fin tomaron el Vapor Victoria y aunque no era tan cómodo porque había toda suerte de viajeros incluyendo animales, el viaje transcurrió placentero. Las muchachas disfrutaban de un paisaje diferente y de vez en cuando Adelita percibía las miradas de admiración por ser poseedora de un pelo asombrosamente negro que enmarcaba un rostro expresivo y tierno.

Una vez que el vapor atracó en Puerto Díaz, las viajeras siguieron por tierra a Juigalpa, La Libertad, Santo Domingo y por fin llegaron al Puerto de Dos Bocas, sobre el Río Siquia. Allí tomaron una lancha que les llevaría sobre ese río hasta el sitio en donde se juntan los tres ríos : Siquia, Mico y Rama para formar el Río Escondido, enorme, caudaloso y ancho que derrama sus aguas en el embravecido Atlántico. El paisaje del río al inicio sobrecogió el ánimo de las viajeras. Adelita lloró por segunda vez. Sin embargo, más adelante se fue sintiendo más tranquila con la conversación de Coty, el viejo negro que, solícito, se encargó de cuidarlas desde que llegaron a Dos Bocas.

Desde la ribera llegaban los cantos de infinidad de palomas, que posadas en los guarumos echaban al aire sus notas. En otros trechos se oía el aullido de los monos congos y se percibía el aroma de las orquídeas y diversas especies exóticas que asomaban en los ramajes. Las ondas verdes del río salpicaban aquellos rostros perplejos, al ver el libre albedrío de aquella naturaleza, en contraste con la opresión que empezaban a sentir en sus vidas.

Para surcar el gran Río Escondido tomaron un barco bananero. Allí había un poco de más comodidad, dado que había que dormir en la travesía. La noche y un día navegaron para llegar a Santa Elena, así se llamaba la hermosa plantación de Estanislao.

Transcurrió un año y Adelita pasó a formar parte física de ese paisaje, pero su corazón estaba lejos de esa selvática vida. Al año siguiente, pese a la oposición tenaz del hermano y la debilidad de ánimo de su madre, organizó el regreso. Esta vez, él fue quien lloró cuando las despidió en Puerto Díaz.

—Déjelas ir Don Estanislao —lo convenció el Negro Coty. Adelita no es Flor de Agua. Adelita es Flor del Valle.


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Un viaje a Managua


Los dos chavalos se acomodaron bien en el bus Vargas que venía de Ocotal y pasaba por San Isidro, directo a Managua, en un viaje muy seguro con el chofer Miquín, que así le decían por ser muy flaquito.

Cada uno tomó asiento con ventana para ver bien la carretera y Alicia, la niña pequeña, hermana de César, no se perdía detalle. Las plantaciones de algodón blanqueaban y se perdían en el horizonte del Valle de Sébaco, extenso y caliente en aquel sol de Marzo.

Don Telémaco, su papá, iba con ellos, pues desde el año pasado les tenía prometido este viaje a conocer Managua, la capital. Por fin, pasando las Playitas, Alicia se durmió. Sólo tenía nueve años, el viaje era cansado y caluroso, tardó casi tres horas.

Llegaron a Managua y don Telémaco con los niños tomó un taxi-gato para el Hotel Primavera. Este era un hotel de viajeros cómodo, bonito y seguro situado en la parte central de Managua. Allí cerca estaban los cines y varias calles de Managua que podían ser recorridas a pie y divertir a los chavalos que por primera vez verían las luces en grande de nuestra capital. Todo esto era un lujo que se estaba permitiendo don Telémaco porque sus ganancias en el algodón habían sido muy buenas y bien se lo merecían Alicia y César, su muchacho de doce años que acababa de terminar el Sexto Grado de Primaria. Uno de los sueños de Alicia era ver de cerca el Lago Xolotlán. César quería ver una carrera de caballos en el hipódromo del Malecón y otras cosas que diera tiempo porque iban a estar tres días. Esa noche después de cenar una apetitosa carne asada y gallo pinto se dirigieron al cine. Entraron al Teatro Salazar. A don Telémaco le pareció apropiada la película que se anunciaba en la marquesina : Lilí . Protagonistas: Leslie Caron y Mel Ferrer.

Efectivamente, la película resultó ser un musical en donde la protagonista bailaba y era conquistada por unos maravillosos y dulces títeres, al compás de una melodía que la fue llevando a un lugar donde la esperaba su amado. ¡Ay Lilí! ¡Ay Lilí! ¡My Love! La niña disfrutó mucho y por fin al terminar compraron unos helados y caminando felices por las calles capitalinas regresaron al hotel. Alicia soñó con el mundo de los Títeres y César se durmió pensando en la carrera de caballos del día siguiente.
Al día siguiente, muy temprano desayunaron y se fueron caminando para disfrutar viendo el Parque Infantil y conociendo el Monumento a Rubén Darío.

¡Qué emoción! Ni que decir lo que disfrutó Alicia porque todos estos lugares estaban descritos en su libro El Lector Nicaragüense. Por todo este recorrido, llegaron un poco tarde al Hipódromo, cerca del Malecón. Inmediatamente al llegar, César se fijó en los caballos que ya estaban en plena competencia. Le llamó la atención una yegua mora con un número seis en las ancas.
—¡Esa va a ganar!, la Mora —Exclamó el muchacho.

—Cállate, chavalo baboso —le dijeron dos hombres gordos del palco delantero.

Ya en ese momento, evidentemente, la yegua mora se notaba que avanzaba cada vez más, dejando muy atrás a otros caballos más recios. Alcanzó a un negro con blanco que era favorito del público. Sin embargo gran parte de la gente coreaba entusiasmada y rodeaba a César, que en ese momento se convirtió en todo un personaje:

—¡La Mora! ¡La Mora! —coreaba la gente.

Momentos más tarde anunciaron por el altoparlante que la ganadora de la carrera era la participante número seis, la yegua Mora. Un periodista se acercó a César, le tomó una fotografía y le hizo una entrevista. El niño sonreía y hablaba muy desenvuelto, contando con la simpatía del grupo que le rodeaba. Cualquier político hubiese sentido envidia.

Al día siguiente, ya en San Isidro, don Telémaco enseñaba orgulloso a sus vecinos el periódico La Noticia. Allí estaba la fotografía de su hijo César en el hipódromo de Managua.


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Candilejas


Germán era un adolescente inquieto y tenía muchos amigos de su edad que no se perdían ningún acontecimiento en el pueblo. Su mamá lo castigaba mucho porque temía que se hiciera un vago y sin oficio. Un día de tantos pasó una camioneta con altavoces anunciando la llegada del Gran Circo de Firuliche con toda suerte de fantasías, acrobacias, magia y payasadas.

Germán y sus amigos se ubicaron en lo más alto de las graderías ya que desde allí se disfrutaba mejor. Esa primera función fue un éxito. Las gracias del payaso Puntizuelas con sus zapatos puntiagudos les hicieron desternillarse de risa. Sin embargo, lo que más impresionó a Germán fue la actuación del Mago Samyuwan y las danzas orientales de la bailarina Hannia cuando desplegaba su impresionante belleza envuelta en muchos velos. La muchacha era muy joven y la presentaban como hindú.

Esa noche, Germán no durmió tranquilo y dispuso que al día siguiente iba a buscar la forma de conocer a Hannia. Se levantó temprano y se encaminó a la plaza en donde estaba instalado el circo. Se entretuvo observando a los mozos que daban comida a las fieras. Enfrente estaban unos carros carpas que servían de habitaciones. De pronto se abrió una pequeña puerta de uno de aquellos carros y salió una joven menuda y pálida con un plato y una taza en las manos. Germán abrió mucho los ojos y se quedó viendo pasar a la joven. Sin poder evitarlo, pensó en voz alta y dijo asustado:
—¡Pero… si esa es Hannia, la bailarina!

 Su desencanto era evidente. Nada, en la muchacha, con excepción de sus bonitos ojos, coincidía con la espléndida belleza de la bailarina de las candilejas.

Esa noche, llegaron sus amigos, a buscar a Germán. El no quiso ir al circo, prefirió quedarse en el billar de la esquina.

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El Rosario de las cuatro


A las cuatro de la tarde en punto, la viejecita ponía la Radio Católica para rezar el rosario, sentada en su sillón “Abuelita”. Doña Máxima, esta viejecita, era la mamá de la Niña Soledad, una noble y encantadora señora de Ocotal, Nueva Segovia. Ella se estableció en Managua muchos años atrás en una gran casa antigua, situada de la Basílica de San Antonio media cuadra al lago, enfrente de una familia Caldera. En esta casa se hospedaban empleados, estudiantes norteños y familiares de Niña Chola que trabajaban o estudiaban en la capital.

Allí todo mundo vivía como en una gran familia, contando con el carácter afable de la dueña y algunos inconvenientes del Rosario de las cuatro, para los más jóvenes, que a esa hora querían escuchar música. Uno de los huéspedes era Ramoncito, un joven oficinista de origen salvadoreño. Las muchachas huéspedes le llamaban “Mi querido viejo “porque en ese tiempo (1972) estaba de moda esa canción y él tenía modales de adulto mayor. También vivía Julián, el español. Los compañeros de habitación aseguraban que poco se bañaba, a pesar de que al salir del cuarto dejaba una oleada de colonia Old Spice cuando salía a dar sus clases al Instituto Pedagógico de Managua. Otro huésped era Eugenio, un joven estudiante de leyes de la UCA. Él se creía de rancio abolengo por tener un conocido apellido de Granada, aunque vivía en una ciudad del norte. Durante el desayuno sólo hablaba de política y aseguraba que llegaría a ser diputado del partido conservador.



Aydita era una joven muy hermosa, era la más guapa muchacha de las que vivían allí. Tenía poco de vivir en la casa porque procedía de Somoto y solamente llegaba a hacer los Cursos de Profesionalización que se impartían a los maestros en la Escuela de Ciencias de la Educación, para la temporada de vacaciones de Noviembre a Enero. Ella era maestra de educación primaria.

Niña Cholita no hospedaba a cualquiera. Ella llegó allí por recomendación de una sobrina que en ese año salió electa Miss Nicaragua, porque, eso sí, Aydita se codeaba sólo con gente “nice”. Cuando salía de clases, ya tenía muchos compromisos para salir a bailar a muchos lugares de Managua con diferentes amigos.

Cuando Aydita salía, al día siguiente, en el desayuno, los huéspedes jóvenes le preguntaban sobre sus salidas nocturnas. Ella les platicaba y presumía de visitar lugares como La Vista del Intercontinental, la boite del Gran Hotel y el Club Versalles. Los muchachos le recomendaron un día que no hablara mucho sobre eso porque si Niña Chola sabía, no la volvería a hospedar. Ella se reía y les decía que no pensaran mal de ella y que sólo la animaba el deseo de divertirse, ya que el resto del año ella lo pasaba muy aburrida en Somoto. Además, antes de Navidad, solamente pensaba ir a la despedida de unos jugadores de béisbol del Campeonato Mundial que se realizaba en esos días.

Para el 20 de Diciembre en la Casa de Huéspedes de San Antonio, la mayoría, empezó a viajar a los departamentos a pasar sus vacaciones de Navidad y Año Nuevo. Aydita no quiso viajar y pensó irse en la mañana del 23, porque tenía algunos compromisos sociales.

La noche del 22 de Diciembre de 1972, la capital Managua brillaba con las luces navideñas. Aydita disfrutaba las vísperas de Navidad en el club Plaza del Parque Central. Sucedió el terremoto a la media noche y ella quedó entre las víctimas porque de allí nadie pudo salir. Una loza enorme aplastó a las personas que allí se divertían. La Casa de Huéspedes de San Antonio quedó convertida en escombros y polvo.

Algunos días después, pasada la Navidad, muchos huéspedes del Norte regresaron al lugar. Derramaron muchas lágrimas al igual que los Managuas. Sólo quedaban escombros y más escombros. Desolación.

Allí hacía mucha falta el Rosario de las Cuatro.


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Clonación


En el Laboratorio de Genética está el Profesor Jara con el Doctor Winter. Este con su habitual acuciosidad científica observa algo.

—¿Cree usted Doctor, que tuvieron que ver algo las mariposas para que resultara este monstruo ? Preguntó preocupado el Profesor Jara.

—Jamás creí —continuó consternado el Profesor —que iba a ser progenitor de un monstruo con alas de mariposa.

En efecto, acercándose más a la gran urna de cristal, se observaba una enorme criatura humana con alas de mariposa. Ya el Doctor le miraba todas las características de un artrópodo y pensaba en la forma de conservarla viva para que vinieran otros científicos de clonación a estudiarla. Sacó unos lentes de colores, los puso delante de la criatura y ésta aleteó muy fuerte.

—¡Su sentido de la vista es humano! —Exclamó el Doctor Winter.

Mientras tanto, el Profesor ordena sus propias notas y reflexiona en que cómo pudo ocurrir este gran desastre genético que lo pondrá en la picota de la curiosidad y la malicia humanas.
—Pensarán que he hecho un experimento de clonación humana con mi propio hijo —se lamentó desolado, el Profesor Jara.

Empiezan a llegar periodistas que se acercan con sus cámaras fotográficas a la urna de cristal, deseosos de tener la mejor fotografía para sus diarios. El Ayudante del Profesor sale al paso y anuncia: —Señores Periodistas, hagan el favor de pasar a la sala contigua, el Profesor Jara dará una conferencia de prensa Los periodistas salen del Laboratorio de Genética y entran en la sala de conferencias. El Profesor acompañado del Doctor Winter les saluda y les advierte que habrá un espacio de preguntas al final de su intervención.

—Señores, todo sucedió hace algunos meses. No podía terminar mi libro Lepidópteros de América, sin incluir la “Mesomenia cresus”, una especie de mariposas que existe en Guayanas. Es un ejemplar raro en sus colores y comportamiento, además de tener gran tamaño. Estuve a las orillas de un pantano verduzco. Recogí muchos especímenes y tuve que pedirle ayuda a mi esposa, que estaba embarazada, para poder llevarlas en varias cajas. Mi esposa continuó acompañándome en mis giras de trabajo. Ya mi gira tocaba a su fin. Sin embargo, mi esposa empezó a preocuparme. Estaba coleccionando unas mariposas raras y con las más bonitas adornaba sus vestidos. Al principio pensé que eran excentricidades de embarazada. Pero el colmo llegó cuando la encontré una tarde sentada en una mecedora, a la sombra de los corpulentos bambúes de la posada, con un semblante muy raro. Tenía un vaso en la mano con una bebida de color amarillo. Pensé que era cerveza. Me acerqué sin prisa y le pregunté qué tomaba, me dijo:

—Tomo agua de mariposas.

Reaccioné asustado y dispuse internarla en el Hospital. Desde allí, salimos después hacia el aeropuerto y volamos hacia Londres. Allí mi esposa dio a luz lo que ustedes vieron hace un momento en la urna de cristal.

Se escuchó un murmullo de los periodistas, alguien se levantó y dijo:

—No soporto a un farsante. Esa es clonación humana.

Otro periodista se levantó y dirigiéndose al Doctor Winter, le dijo que prefería que él contestara de la manera más objetiva sobre lo que estaba pasando y si estaban ante un caso de clonación humana.
—De ninguna manera —dijo pausadamente el doctor Winter, que estimaba mucho al Profesor Jara, su compañero en la investigación científica, —lo que ha pasado —continuó diciendo— es un hecho sobrenatural. Probablemente ustedes se asombran de ver una criatura semejante porque se sale del límite de nuestro mundo. Tenemos muy bien marcadas las fronteras entre lo humano y lo irracional, lo real y lo fantástico. Pero a decir verdad, los científicos sabemos que estas fronteras son tenues. Todos estamos asustados ante la visión de ese pequeño monstruo. Él por su parte cuando despierte y mire lo que le rodea se asombrará tanto como nosotros y va a tratar de huir. Sin embargo ha sido parte de nuestro mundo real por unas horas. Digo esto porque esa criatura no sobrevivirá.
Apenas terminadas estas palabras, irrumpió en la sala de conferencias el Ayudante de laboratorio muy agitado diciendo:

—¡Vengan todos, por favor! La criatura está asustada.

 Todos corrieron hacia el laboratorio contiguo. Cuando llegaron frente a la urna, la mariposa aleteaba violentamente contra las paredes de cristal. Aleteó más fuerte en una convulsión y luego quedó inerte.
El Doctor se acercó y dijo: “Ha muerto”.

***

En su casa, la esposa del Profesor Jara despertó sobresaltada. Sintió que el niño saltaba en su vientre y una gran punzada en la cintura le hizo exclamar: ¡Ay!

El esposo despertó y se dio cuenta de que era hora de llevar a su esposa al hospital. Ya venía su primer hijo.

Menos mal que ella lo despertó, con su malestar, porque en su sueño, él ya no aguantaba a los periodistas.




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Facetas


Carlos es un estudiante pobre. Vive en una ciudad del norte del país. Allí en la Escuela de Ciencias y Letras de León, todos lo conocen. Su personalidad contrasta con el ambiente de la cuartería donde se aloja allá por la salida hacia Poneloya. En su cuarto vive solo, es decir, sin otros compañeros. Pero él vive ocupado con sus ideas y un estante lleno de libros, El Capital, las Confesiones de Rousseau, El Discurso del Método de Descartes y muchos más. Como es un día sin clases, almorzó y se recostó un rato a leer. A los pocos minutos se quedó dormido. El librito con pasta de color verde tierno se deslizó de sus manos y cayó al piso. Carlos despertó poco rato después sintiendo un malestar en la cabeza. Repara en el librito verde que está leyendo, lo toma de nuevo y sale. Al caminar por la polvorienta calle, piensa en lo acogedor que es su cuarto.
—¡Este calor de León! no termino de acostumbrarme —son las cavilaciones de Carlos, limpiando sus gruesos anteojos que le lastiman un poco arriba de su nariz. La farmacia está a la cuadra, llega y pide un analgésico. El hombre del establecimiento lo atiende y él sale sin mostrar interés en otra cosa. Casi inmediatamente lo llama:

—Oiga, usted, joven, ha dejado su libro —regresa, sonriendo por su olvido. Se detiene un poco porque el hombre está leyendo el título.

—El Arte de Amar… Ovidio —leyó el hombre. Miró al muchacho.

—Muy buen tema —le comenta—, es para los románticos.

Carlos tuvo la impresión de que había un abismo de generaciones entre él y aquel hombre, pese a que todas luces, era culto. El no gustaba de hablar mucho y entrar en polémicas, pero le respondió: —El amor es una realidad cotidiana para todos. Es como una religión que profesa un ser humano. Es la luz dentro del Ser. Cabe en todos y se agiganta cuando vence la miseria humana.

A Carlos le brillaban los ojos cuando el hombre le devolvió su libro, —gracias —le dijo.

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 Las “curas” de la Dolores Corea


La Dolores Corea curó a Bernardino de una fiebre mala. Después de eso él se casó con ella. Tenía diferentes recetas en su cabeza que siempre le daban buenos resultados a la gente que las usaba.
“Para los dolores artríticos se toma agua de alfalfa, restregada y colada, durante cuatro días. Descansas cuatro y la vuelves a tomar.

Para la gastritis se toma agua colada, de papas molidas o licuadas con cáscara, en ayunas, durante una semana. Se descansa tres días y se vuelve al tratamiento.

Para la chistata o ardor de orines se hacen asientos de agua fría con una cucharadita de sal durante unos 10 minutos.

Para aliviar los dolores menstruales se cuecen siete hojas de planta purga de fraile o frailecillo. Tomar esta agua con unas cucharaditas de miel de jicote.

Para las recién alumbradas que quedan con dolores en el vientre, se cuecen hojas de naranjo agrio. Se enfría el agua y se le agregan una gotitas de Elixir Pare górico para la irritación de las heridas uterinas y se toma dos veces durante el día.

Para aliviar cualquier estado nervioso de las mujeres, se cuecen hojas de limón, pericón, rondana, albahaca y ruda. A esta agua, ya fresca, se le agrega cususa de maíz, previamente quemada. Esta preparación tibia, la toma una persona en su boca, como cuando se hacen gárgaras (esta persona tiene que ser de la confianza de la enferma) y en un descuido de la enferma se procede a rociar su nuca, cara y cabeza. Muy importante es la sorpresa del tratamiento Una vez que termina esta acción, a la enferma se le envuelve la cabeza y se le deja reposar tranquila. Esto se puede realizar nuevamente después de una semana.

Para las manchas negras que les quedan a las mujeres después del embarazo, se toma una porción de sebo de res, (también puede ser de chivo, o cabra) se pone a coser en poca agua y se recoge la grasa cocida en un recipiente de vidrio o de plástico. Se pone en lugar seguro al sereno. Al siguiente día se bate hasta que toma consistencia suave como de crema, se le agregan unas gotitas de agua florida o de cualquier colonia. Aplíquela por la noche después de limpiar la cara y en poca cantidad.

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Desde que era una jovencita a Dolores Corea le comenzó la fama de “Curandera”. Ella era muy humilde y lo hacía con mucho sentido común y amor. Esto le llegó así de forma espontánea. Se dio cuenta que con esto expresaba su amor a la gente y lo hacía sin cobrar ningún dinero. Todo comenzó cuando un día iba pasando con una hermana por la comidería cercana a su casa. Sentado en la acera estaba un señor con la cabeza muy inclinada hacia el suelo. Echaba mucha baba por su boca y la tenía sumamente inflamada. A su lado estaba una joven que trataba de ayudarlo.



—¿Qué tiene el señor ? Preguntó la Dolores, dirigiéndose a la muchacha.

—Parece que se le trabó una espina del pescado que se comió y no ha sido posible que mejore, desde ayer. Ya fue al hospital y allí no lo volvieron ni a ver siquiera. 
Así se expresó, contrariada la muchacha, que al parecer era pariente del señor.

La Dolores se quedó un rato observando el tormento del enfermo y de pronto le dijo, ante las miradas curiosas de algunos chavalos que se acercaron:

—Señor, óigame y haga lo que voy a decirle.

El señor levantó la cabeza y asintió. Sus ojos estaban enrojecidos y su cuello inflamado.
—Párese arriba de la acera, suspenda la cabeza, tome aire tres veces y luego tírese de la acera.
El hombre obedeció al pie de la letra las instrucciones y cayó parado como gato. La Dolores Corea sonrió y siguió su camino.

El señor se tocó el cuello y se sintió totalmente aliviado. Durante muchos años la Dolores Corea se dedicó a curar. Lo hizo hasta que curó a Bernardino, quien al casarse con ella, no la dejó que volviera a curar a nadie.

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Los pajaritos de china


A doña Martha le gustan los adornos de china. Tiene muchos en una vitrina, de diferentes figuras: elefantes, máscaras, abanicos, patitos, pocitos, flores, bellas durmientes, en fin toda suerte de figuras y escenas. A través de los años ha guardado muy aparte, en su mesa redonda con mantel de encaje, unos pajaritos que en una rama juntan sus piquitos. Cuenta que se los regaló un novio un día de San Valentín. El se llamaba Pablo, claro que en nada se parecía al protagonista de Pablo y Virginia, la clásica novela.

El muchacho llegó a estudiar en la Escuela de Agronomía y allí se conocieron con Martha en una fiesta estudiantil. Desde el principio a ella le gustaron sus ojos, eran muy negros, pero tenían algo melancólico en su expresión, cuando miraban. A Martha le decían sus amigas que era un muchacho extraño, enigmático y huidizo y que no se explicaban por qué le gustaba. Ella se reía y no les hacía caso.

La muchacha salió con su enamorado varias veces y él era muy vehemente cuando la besaba. La apretaba mucho y a veces la hacía sentirse incómoda. Un día le dijo que no le gustaba salir en grupo y expresó que las otras muchachas no le caían bien. A estas alturas ya Martha no encontraba la forma de salir de esa amistad.

Pensando así estaba y un día él la invitó a salir. Fueron a un restaurante y se sentaron en una mesa casi al centro del local porque era el único lugar vacío. Pidieron unos refrescos y allí, ella comenzó a insinuarle que no quería verlo más. De pronto, se quedó quieto y silencioso, mirándola de aquella forma especial, muy triste. Ella se inquietó ante aquella mirada extraña y de pronto él emitió un pequeño grito y entre estertores cayó al piso. El mantel de la mesa con todo y vasos rodaron junto con él. Las convulsiones eran fuertes y Martha muy rápida se arrodilló, casi debajo de la mesa, para auxiliarlo. Poco a poco él se fue quedando quieto y como dormido. Ella le enjugó el rostro con el mantel. Vio a su alrededor y sólo había una persona, el mesero, quien se le acercó, la ayudó a incorporarse y sin disimular su molestia, le dijo:

—Ya pasó todo señorita, llévese pronto a ese muchacho epiléptico. Todos los clientes se nos han ido.
Martha sintió mucha piedad y se dolió de la actitud de aquel hombre. A como pudo sentó al joven que era alto y fuerte, lo incorporó y con palabras suaves lo instó a que salieran de allí. En la acera, detuvo un taxi y llevó a Pablo a una dirección que el balbuceó.

Nunca más volvieron a verse. Pero ella lo recuerda cuando ve los pajaritos de china.


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Con las momias de Guanajuato


Tía Elisa llegó al aeropuerto de Managua para tomar su vuelo a México. Estaba comenzando la revolución en Nicaragua y todo era entusiasmo. Ella se animó a viajar para pasar la Navidad con su sobrino Ernesto. Era la primera persona con posibilidades de verlo después de tres años de ausencia. Se había ido a fines del 78 después que la Guardia dispersó a balazos una manifestación en León, donde él estudiaba en la UNAN. Ahora andaba en aventuras literarias, porque devino en poeta. Trabajaba, estudiaba y vivía en Guanajuato. Además ya estaba casado y tenía un niño recién nacido.
 Al llegar a la agencia de viajes, en el mismo aeropuerto, le dijeron que no aparecía su reservación y que solamente podría viajar dos días después. Ella sentía pánico de viajar en días muy cercanos a la Navidad porque había oído de muchos contratiempos ocasionados a otras personas. Sin embargo, al no haber alternativa, regresó dos días después y tomó el avión. Al llegar al aeropuerto de México, siendo las dos de la tarde, parecía la media noche.

—Lástima —se lamentó Tía Elisa, qué bella avenida la que divisó del avión, pero la ciudad estaba llena de “smog”.

Como era de esperarse, sumado a los contratiempos previos al viaje, Ernesto no estaba en la terminal aérea. Tía Elisa respiró fuerte y después de los chequeos migratorios de rigor, se dirigió a la calle con sus maletas. Con mucha calma abrió su bolso y buscó su libreta de direcciones:
—¡Dios Mío!— Tía Elisa se percató de que la bendita libreta no estaba. Buscó y buscó, cada vez menos calmada y se dio cuenta de que efectivamente no estaba. De lo que estaba segura era de que no tenía la menor idea de la dirección de su sobrino y lo único que sabía de Guanajuato era que allí estaba el museo de las momias. Gracias a Dios ella tenía arranques de buen humor, heredado de su abuela Matías y decidió que llegaría de cualquier modo. Tomó un taxi y le pidió al chofer que la llevara directo a la terminal de buses a Guanajuato. Casi a las cinco de la tarde Tía Elisa tomó un expreso y entre dormida y despierta, casi a las diez de la noche entraba en la ciudad. Una señora, compañera de asiento le dio información sobre un hospedaje económico y seguro. Con toda comodidad ella llegó a ese hotel y allí durmió tranquila.

Muy temprano, Tía Elisa, se vistió, desayunó y lo primero que se le ocurrió fue ir a conocer el Museo de las Momias. Se dirigió allá y comenzó a verlas una por una. De pronto las vio tan horribles porque, muy a su pesar, estaba preocupada y decidió salir a tomar aire. Se sentó en un lugar y abrió una cremallera del bolso que cambió esa mañana. Allí estaba un papelito que no había visto antes. Lo extendió y leyó:

—Familia Lorenzini C. Guanajuato. Apartado Postal 506. ¡Dios Mío! Estos son los suegros de Ernesto y allí vive él con ellos.

En efecto, Ernesto, por el momento, estaba viviendo donde sus suegros, pero no le había contado más detalles.

—Lo que me queda aquí, es ir al correo y pedir esta dirección.
Esta fue la brillante idea de Tía Elisa. Tomó un taxi y llegó al Correo. Se encaminó a los casilleros y allí apareció el 506. Ella suspiró aliviada y se encaminó a la oficina del encargado. Tras algún rato de gestión, el hombre sugirió una propina por ser tiempo de Navidad. Tras amarrar el negocio, el hombre apuntó la dirección y la Tía Elisa leyó:

—Rancho El Espinero, Sur-Oeste, final de calzada de Las Carmelitas. Señor B. Lorenzini.
—¡Señor Mío! —se lamentó Tía Elisa —esta dirección es incompleta, pero con la ayuda de las momias, porque son ellas las que me ayudan, no hay duda , terminaré de llegar como llegó donde su madre el niño genovés en el Cuento de los Apeninos a los Andes de Edmundo D’Amicis.
Ese día ya era 24 de diciembre, pasado el mediodía. Tía Elisa, tomó nuevamente un taxi, pasó a recoger sus maletas al hotel y se encaminó a la dirección apuntada. Al salir de la calzada, la carretera era de tierra y empezaron a adivinar dónde sería el Rancho El Espinero. Pasaron por una pequeña estación de tren, una larga cerca de nopales y más adelante encontraron a dos campesinos con un burrito, a quienes les preguntaron sobre la dirección buscada.

—Orale, señito, por allí cerca es —señaló un rancherito que caminaba con su morral en un manso burrito.

Siguió avanzando el taxi y por fin llegaron a una casona de dos plantas, de paredes blancas y con un jardín al frente. Allí cerca no había otra y sólo se divisaban, por ambos lados, grandes campos de alfalfa. La Tía Elisa pidió al chofer que se detuviera y bajó del taxi. Un niño que jugaba con un abuelo, muy anciano, en el pequeño jardín, la vio y muy alegre exclamó:

—¡Mira Nono! Esa es la Tía Elisa de Ernesto, la que vimos en la foto.

El viejecito era el abuelo italiano, Lorenzini que entornó sus pequeños ojos azules y agitó sus manos, saludando a la recién llegada. Tía Elisa se despidió del taxista y en unos instantes más se abrazaba con Ernesto, en el Rancho El Espinero, y conocía a una familia mexicana aquel día de Navidad.


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Un monstruo al acecho


En 1984 llegó una pariente cercana de la familia Larios que vivía en San Francisco de California. Toda la familia se alegró mucho porque ella trajo muchos regalos. En Nicaragua había guerra y la familia estaba pobre y con muchas carencias. De modo que esta visita era como caída del cielo. Un día ella conversaba sobre la vida de allá y entre un tema y otro, dirigiéndose a su sobrino Alex, le comentó:

—Vieras hijo, que enfermedad más horrible la que ha aparecido en San Francisco. Le da a los homosexuales y por eso ya nadie allá quiere saber nada de esa gente.

La familia escuchaba atentamente y los padres de Alex cruzaron sus miradas. Por su parte, Alex se quedó silencioso y de pronto se levantó y se fue directo a encerrarse en su cuarto. Los padres de Alex sabían que era homosexual. Dentro de su habitación, Alex recordó los tiempos tristes de su niñez. Su madre lo trató siempre con mucha delicadeza. Él era muy piadoso, rezaba mucho y decía que algún día sería sacerdote. Le gustaba poner velas a las imágenes y adornarlas con flores, lo hacía con la delicadeza de una niña. Tenía unos primos que se burlaban de él y lo llamaban “marica”. En la escuela también empezaron a llamarle así. Un día que su mamá salió, ellos llegaron y uno por uno, tomaron a Alex por la fuerza y lo violaron. Ellos eran tres. Aquel abuso quedó en silencio. Sólo sus padres lo supieron.

Algunos años más tarde Alex ya siendo un joven se acostumbró a las prácticas homosexuales y sintió que esa era su naturaleza y preferencia sexual. Sus padres no le reprochaban nada, porque él se esforzaba por ser discreto. Por ese tiempo fue llamado al Servicio Militar en la Revolución. Allí en la montaña él tuvo muchos compañeros sexuales. Todos supieron que era homosexual.

Un día de tantos empezaron a darle fiebres muy altas y en la enfermería de la base le mandaron unos exámenes. Una encargada del puesto de salud se comunicó con el médico militar y le informó que Alex tenía el VIH-SIDA. El médico habló con él y lo mandó a su casa.

Alex murió muy pronto. Su familia aseguraba que murió de la malaria que agarró en la montaña.


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Esperanza


Jacinta encendió la televisión aprovechando una tarde en que sus hijos y su esposo se fueron al béisbol. En ese momento estaban pasando Casablanca, una película de la época de la Segunda Guerra Mundial cuando los alemanes invadieron Francia y los de la Resistencia se refugiaban en ese puerto de las costas de Marruecos.

La película había iniciado hacía mucho rato y ella poco animada esperó a verla un poco más. De pronto ve una escena en que la protagonista baila en un club y la orquesta interpreta: “Mujer, si quieres tú con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez, te he dejado de adorar”…

—¡Perfidia!… exclamó en tono muy bajo Jacinta y sin mirar la televisión empezó a recordar.
“La muchacha con su vestidito blanco de encaje se quedó sentada mientras todo el mundo se fue a bailar. El salón brillaba de luces al reflejarse en el piso. Había ido a ese baile por invitación de una amiga y esa era para ella la oportunidad de estar en una fiesta en grande. De pronto la orquesta tocó Perfidia y ella se quedó extasiada escuchando. Una mano suave y firme le tocó su brazo y la invitó a bailar. Ella vio al muchacho y se sintió mareada. La emoción le estaba jugando una mala pasada. El muchacho notó su confusión y se sentó junto a ella. Empezó a hablarle.

—Te estaba viendo desde hace rato. ¿Cómo te llamas?

—Jacinta —contestó la muchacha.

—¡Qué bello nombre! Entonces yo soy tu jacinto. ¿Sabías que esa es la flor de la esperanza ? Hay un poema hindú que dice:

Si ya no te queda nada
si de tus bienes sos despojado,
con lo que te queda
compra un jacinto, para esperanza de tu alma.
Yo me llamo Alejandro —y estrechó las manos de la muchacha. En ese momento la orquesta volvió a tocar. Esta vez fue: “El amor es una cosa esplendorosa” (Love is a Many - splendored thing).

—¿Bailamos ? —dijo Alejandro. Y bailaron.

***
Jacinta volvió a la película, los amantes de Casablanca ya estaban tomando su avión a América, en busca de la esperanza. Alejandro y sus hijos ya estaban por llegar del béisbol.



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Hunahpú e Ixbalanqué


En aquel lugar de los Quichés, no había gente, ni despertar, sólo había tierra, cielo y mar y Corazón del Cielo.

No había nada, pero de esa nada surgieron los muchachos Hunahpú e Ixbalanqué en forma de dos grandes jícaros en un inmenso árbol. Ese árbol fue el Árbol de la Vida.

Un día Corazón del Cielo creó una doncella y la llamó Ixquic para que los muchachos conocieran la belleza de una mujer.

Los dos muchachos vieron pasar a Ixquic debajo del Jícaro y los dos sintieron por ella una gran admiración y un gran deseo, pero tenían miedo de salir del Jícaro por la ira de Corazón del Cielo.
Ixquic volvió a pasar, los dos muchachos la vieron y le lanzaron dos escupidas. De allí nacieron dos quichés más y de allí en adelante un pueblo se fue creando.

Desde un Jícaro para el alma del Quiché comenzó el Amor aquí en la Tierra.

Estaba en la naturaleza, en la redondez de un Jícaro.



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¿Por qué?


La mujer llegó en la madrugada, abrió la puerta del oscuro cuartucho. En una tijera de lona estaba la niña de solo cuatro años que ella dejaba para ir al burdel. Levantó varios trapos y quedó estremecida. Marieta estaba con las piernas abiertas y todo su pubis cubierto de sangre. La niña dormitaba, abrió sus ojitos y emitió un quejido.
Desde esa noche la mujer no volvió al burdel. Marieta creció y sus ojitos eran como dos cuentecitas verdes y su cuerpo grácil como una palmera. Cuando entraron los sandinistas a Managua, el 19 de Julio, ella se fue a la plaza y no volvió a los escombros.
Entró a las Milicias. Fue a Cuba y regresó. Mucho tiempo había pasado. Un día en su casa una muchacha tocó a la puerta. Ella le abrió.
—¿Es usted la Doctora Marieta?
—Sí. ¿Qué se te ofrece?
—Me dijeron que usted puede atenderme.
Marieta la hizo entrar. La muchacha se sentó y habló.
—Necesito abortar doctora, unos hombres me violaron y estoy embarazada.
La Doctora no dijo nada, la hizo entrar a otra habitación. Muchas horas más tarde, la muchacha salió caminando despacio y se perdió calle abajo.

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Ambiente


Estela despertó en la madrugada. El día anterior había llegado a Portland, Oregón. Oyó un ruidito leve como susurro sostenido. Abrió la cortina del ventanal y miró hacia afuera. La nieve estaba cayendo. El paisaje de la nieve sobre la copa de los pinos era muy bello. Parecía que era la primera tormenta, pues apenas comenzaba el mes de Noviembre. Se quedó un buen rato observando hacia el bosque próximo y de pronto casi frente al ventanal una venada y dos crías se refugiaban contra la pared. Estela sonrió con pesar, pero nada más. Cerró la cortina y no vio más la escena invernal. Se acostó de nuevo.
Por la mañana, se levantó apresurada y se preparó para su primer día de Entrenamiento de Capacitación en aquel College de Oregón. Este programa lo recibiría durante unos meses en esa ciudad junto a un grupo de maestras de Centro América que, al igual que ella, adquirirían vivencias culturales sobre la vida en ese país.
Dos días después miró un reportaje en la Televisión. Estaban premiando a una joven norteamericana porque había refugiado en su casa a una venada con sus dos crías el día de la tormenta, cerca de Lake Oswego. Allí era precisamente Faculty House, la casa hospedaje del grupo de Estela. Ésta se sintió sorprendida, la fotografía de los animales coincidía con los que había visto en su ventana, en la madrugada de la tormenta. Vio a esos animales asustados por la tormenta, lejos de sus refugios. Su sorpresa no era simple. Era compleja por varias razones y trató de justificarse. A ella jamás se le hubiera ocurrido socorrerlos; como recién llegada a aquel lugar no habría podido hacerlo. Sin embargo, sintió que siendo bióloga no tenía el menor sentido de solidaridad con la naturaleza y con sus criaturas. Sintió la fuerza del choque cultural y pensó que allí mismo había comenzado a aprender para cambiar.
Aprendió que el hombre es parte de la Naturaleza y debe solidarizarse con sus criaturas en el sufrimiento.

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Una muchacha asustada


Las mujeres entraron y hablaron en secreto con Desideria Aráuz. Esta era una mujer alta y grandota de modales bruscos. Inmediatamente tomó el tapado negro de seda (de los que usaban las mujeres en la década del treinta del siglo pasado) que estaba encima de un mueble y se lo puso en los hombros a Concha. La muchacha cosía un pantalón en la máquina y lo pensaba terminar pronto para ganarse el día. Sin embargo, Desideria le dijo:
—Mirá hijá, mañana terminas eso, andáte ya, voy a salir.
 Diciendo esto, la mujerona abrió la puerta y sacó a la muchacha a la calle. Concha muy confusa se envolvió en su tapado y caminó calle abajo. Inmediatamente la notó solitaria, todavía no era mediodía para que la gente cerrara sus puertas y se acostara a dormir, como era costumbre en este pueblo de Dios. Llegó a la esquina de doña Chabela Castillo y escuchó una fuerte ráfaga de arma de fuego. Su corazón latió con fuerza y adivinó el peligro. Una puerta se abrió y sintió que la guiñaron del brazo, tal parecía que ese día se había levantado con el pie izquierdo. La puerta volvió a cerrarse y ella cayó de bruces, habían muchas mujeres acostadas en el piso y con las manos en la cabeza. Ella hizo lo mismo, mientras las ráfagas se escuchaban en dirección de la plaza en donde estaba situado el cuartel del pueblo. Mientras estaba en el piso, no sentía miedo, estaba colérica con la Mujerona y se juró a sí misma que aquel pantalón que quedó a medio hacer no lo terminaría por ningún precio, dejaría de llamarse Concha.
Lo que pasaba es que esa mañana estaba siendo el estreno del grupo de “marines” que llegó el día anterior a combatir “bandoleros” con la Guardia Nacional en Las Segovias. Juan Pablo Umanzor, Comandante del ejército de Sandino y sus guerrilleros entraron y tomaron por asalto el cuartel del pueblo. Murieron varios guardias, hubo muchos heridos. Más tarde, entró un refuerzo y los “bandoleros” se desbandaron. Uno de ellos tomó la calle que llevaba a la salida norte del pueblo, precisamente por donde vivía Concha. El hombre caminó rápido por la calle solitaria y ya casi al final se fijó en que las puertas de una casa estaban abiertas de par en par. Miró hacia adentro y vio que al final del patio comenzaba una loma. Inmediatamente se le ocurrió cruzarse por allí y entró directo al patio.
Las mujeres que estaban en un pozo viejo divisaron ir al “bandolero”. Eran, la mamá de Concha y su hija menor que tenía quince años. Ambas se abrazaron aterradas y metieron la cabeza en el hueco que los garrobos tenían en el pozo viejo. El hombre pasó, tiró algo en el pozo y siguió su carrera en dirección al fondo del patio. Al ratito se oyó una ráfaga y un golpe seco y fuerte contra el suelo. Todo quedó en silencio. Nadie se movía, se diría que las mujeres estaban muertas. Fue hasta que oyeron la voz de Concha allá arriba del pozo viejo que les volvió el alma al cuerpo.
—¡Mama, mama, salga! Ya todo pasó. Ya se fueron los “bandoleros”.
La señora y la niña se incorporaron y cuando buscaban cómo salir vieron el bulto rojo y negro. Era una corbata de esos colores y envueltos en ella varios fajos de billetes. Concha se volvió a asustar. Pero ya no tenía cólera con la Mujerona.

Lucila Samper
Norman Merry llegó a San Cristóbal con una tropa de “marines”. Era originario de Arkansas y antes de venir ayudaba a su papá en la granja. Tenía novia.
Dos años después Norman regresó a Arkansas, pero ya no era el mismo muchacho. Había sido herido en las montañas del norte de Nicaragua y llevaba muchas vivencias dolorosas. Nunca iba a olvidar a Lucila, la muchacha con quien se casó y a quien no creía poder ver de nuevo, en un futuro cercano. Su cabeza daba vueltas en su lecho de hospital.
—Mi dulce Lucila —musitó y se quedó en letargo comatoso.
***
Pasó una vida. Una anciana descansa en su sillón en una de las tardes apacibles en el Asilo de Ancianos de Cartago en Costa Rica. Sonríe. Está recordando que ella hizo feliz a muchas mujeres que le pidieron que leyera sus manos para saber si eran amadas o traicionadas por el hombre de sus sueños. Recordó que una vez ella misma se leyó las manos cuando tenía quince años y las líneas le dijeron que sería esposa de un extranjero muy rubio y que un pariente suyo sería presidente de su país.
—No me dijeron las cartas que me iba a quedar tan sola… —musitó Lucila, y unas lágrimas corrieron por sus mejillas viejas y macilentas.
 Todo eso que Lucila leyó en sus manos fue cierto. Nació en el seno de una familia distinguida del pueblo y su madre la vestía como una princesa. Desde pequeña fue muy imaginativa y aprendió a leer el Tarot para el deleite de sus conocidos.
“Corazón Santo / Tu reinarás / Mi dulce encanto / siempre serás.”
El único ser superior a Lucila en la casa solariega de Los Samper era el Sagrado Corazón de Jesús que lucía entronizado en el hermoso salón pueblerino y año con año era venerado con cantos, rosarios, cirios y sahumerios de incienso. Ese año el rezo fue solemne y los invitados especiales fueron los “marines” recién llegados al pueblo. Fue en esa ocasión que Lucila y Norman Merry se conocieron y se enamoraron. Al año siguiente se casaron; solamente unos meses duró su felicidad porque Norman fue herido en las montañas y fue trasladado a su país.
***
“Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar / en el cielo, en la tierra / así en todo lugar.”
Lucila despertó sobresaltada en su silla, estaba soñando con Norman Merry, el día del rezo del Corazón de Jesús. De pronto quedó con sus ojos fijos en un humito, el de los platos de incienso al que ella daba aire con un abanico de plumas frente al altar del Corazón de Jesús.
Es la hora del Ángelus y las monjas hacen su ronda por la galería donde descansan las ancianitas. Tocan el brazo de Lucila y sienten que está muy frío y quieto.
—Descansa en paz Lucila. Amén.
Las monjas se alejaron por la galería con sus oraciones.

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Una cita a ciegas con “My Love”


Chabelo Dávila tenía unos manuales de Inglés, quién sabe Dios de dónde habían caído a sus manos. Por eso él sabía bastante de esa lengua y soñaba con dominarla algún día. Era un muchacho sencillo, pero con muchos sueños en su cabeza. Un día se levantó temprano, tomó su manual, lo colocó debajo del brazo y se encaminó a la plaza del pueblo. Le interesaba buscar un buen lugar para ver los ejercicios matinales de los marines y de los guardias. Estos se ejercitaban en la mañanita cuando no iban en patrulla a “buscar bandoleros” en las montañas.
Terminados los ejercicios se acercó a un “marine” y muy decidido procedió a ensayar su “segunda lengua”.
—How do you do? Le dijo al “macho” y le extendió la mano.
El muchacho gringo se la extendió también y le contestó en un casi buen español:
—Yo siento bien. Me llamo James y vengo de los Estados Unidos.
Ese fue el principio de una buena amistad entre los dos jóvenes y quedó demostrado allí que los nicas son gente franca, sincera y muy confianzudos.
 James Henderson, le manifestó a Chabelo su deseo de conocer muchachas con fines amorosos, para hacer más llevadera su vida en estos lugares. Chabelo, que ni buscado con candil, se prestó gustoso a esta misión y decidieron reunirse una tarde para redactar unas cartas. Fue así que dichas cartas se redactaron el día y horas convenidos. Hicieron doce cartas para igual número de muchachas bonitas, seleccionadas por el mismo Chabelo. Por supuesto que todas las cartas decían el mismo asunto, con el auxilio de “El Secretario de los Amantes”, otro grandioso manual que poseía Chabelo para enamorar muchachas.
 En las cartas se citaba a las muchachas para las cuatro de la tarde del jueves más próximo, en la Cruz del Perdón, frente a la Iglesia. Así las muchachas podrían decir en su casa que irían al Santísimo, visita habitual a la iglesia.
Llegado el día de la cita, James y Chabelo se apostaron en un sitio estratégico desde donde miraban hacia la Iglesia sin ser vistos. Para su asombro, a las cuatro en punto, se juntaron una por una, doce muchachas frente a la Cruz del Perdón. Desde largo ellos se quedaron en silencio viendo cómo movían sus manos y discutían. Está de más decir que ambos jóvenes empezaron a discutir también y de pronto Chabelo dio la vuelta, dejando al “macho” con la palabra en la boca.
—¡Qué jodido! Yo estoy en mi tierra.
Al mismo tiempo, salió “volado” por la calle contraria a la Cruz del Perdón, justificándose a sí mismo del error cometido.

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Mataron al hombre


Toribio tenía diez años cuando Somoza, el viejo dictador de Nicaragua fue ajusticiado en la década del cincuenta del siglo veinte. Sucedió una noche de Septiembre en el Club de Obreros de León. Dicen que “el hombre” andaba bailando un bolero… “Son golpes que da la vida… ta-ra-rará.” Y en eso se le acercó Rigoberto López Pérez y le disparó casi a quemarropa.
La mama de Toribio, doña Pastora, era una mujer muy trabajadora. Desde su juventud era conservadora. Toda su familia era Chamorrista. Contaba con mucho orgullo que una vez cuando vino el viejo “Cadejo” (Así le decían los liberales a Chamorro) ella bailó con él Amores de Abraham, al compás de la banda de los Supremos Poderes de Casa Presidencial. Eso no era cuento, era cierto, porque en su juventud fue muy hermosa y desenvuelta.
 Cuando murió Somoza ella estaba alejada de “la política” porque su marido era liberal y además, una vez le pegó porque cocinó las gallinas para una campaña de los conservadores. La mañana posterior al suceso, un guardia pasó casa por casa ordenando que se pusiera en la puerta la bandera nacional, con un lazo negro en señal de duelo, porque había muerto el “Padre de la Patria”. El papá de Toribio inmediatamente lo mandó a comprar dos pliegos de papelillo, uno azul y uno blanco, y un real de almidón, para hacer la bandera.
La bandera quedó bonita y en la punta del palo que hacía de asta, le pusieron una tira de poplín negro que hallaron en el ropero. La bandera fue colocada en la única puerta de la vivienda.
Después de almuerzo llegó un señor de los alrededores del pueblo a avisarle a doña Pastora que fuera a ver unos chanchos. Ella le dijo que iría a verlos en la tardecita porque quería “matar” el viernes para los nacatamales del sábado. Fue así que después del almuerzo, doña Pastora se alistó y como no quedaba nadie en la casa, porque iba con Toribio, quitó con mucho cuidado la bandera de papelillo, la puso en la esquina dentro de la casa y haló tras ellos la puerta. Todos estos movimientos los vio la vecina de enfrente que era muy somocista. En cuanto doña Pastora caminó una cuadra, la vecina se fue al Cuartel militar y puso la denuncia de que su vecina había “pateado” la bandera nacional, enlutada por la muerte de su general. Varias horas más tarde regresó doña Pastora satisfecha de la compra de los chanchos. Como ya era tarde no volvió a poner la bandera en la puerta y más bien se dedicó a preparar el candil para alumbrarse en la noche.
La vecina estuvo pendiente de su regreso y en cuanto la vio, salió de nuevo para el cuartel a traer a los guardias. Estos llegaron prestos y “arriaron”, sin más ni más, a doña Pastora . Toribio salió llorando detrás de su mama para el cuartel, sólo se entretuvo asegurando la puerta. Cuando llegó al cuartel, a su paso corto de niño, ya el Comandante estaba disponiéndose a poner a la mujer en la bartolina. Toribio se limpió las lágrimas en la manga de la camisa y entró resuelto al cuartel. Se plantó frente al Comandante como todo un hombrecito diciéndole:
—No Comandante, mi mama no va a entrar en esa bartolina, ella no ha hecho nada.
El Comandante se quedó viéndolo y le dijo: —Mirá muchacho, tu mama va a estar presa porque “pateó” la bandera.
—No señor, eso es mentira —lo contradijo Toribio —Yo le voy a probar que mi mama no ha hecho nada y voy a ir a mi casa a traer la bandera.
—Andá con él —le dijo el comandante a un guardia.
El muchacho salió corriendo y entró a su casa. Allí estaba la banderita azul y blanco, intacta en la esquina de la casa. El guardia vio y salió de nuevo, caminó rápido, detrás del muchacho, de regreso al cuartel. La vecina no se perdía ningún episodio y es más, llamó al guardia, pero éste no le hizo caso. El chavalo se percató de esto. Llegó al cuartel y su mama estaba cabizbaja, sentada en un banco.
Toribio mostró la bandera. El Comandante la revisó y luego, dirigiéndose a doña Pastora, le dijo:
—Andate Mujer y tené cuidado, acordate que ha muerto el “Padre de Nicaragua”.
Ella se incorporó y salió rápido de ese lugar. Toribio salió también, enrollando la banderita con bastante cuidado. Muchos años después Toribio tomó además otra bandera, la del Frente Sandinista.

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 ¿Qué es la Poesía?


Marina entró tarde a la clase de Literatura. Ella estudiaba Biología, pero le gustaban las letras. Empezó a copiar de la pizarra:
¿Qué es la Vida? Una ilusión / una sombra / una ficción / y el mayor bien es pequeño: / que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.” Calderón de la Barca.
La Profesora dio algunas orientaciones finales mientras Marina copiaba. Al terminar se dirigió a la Profesora para comentarle lo interesante que le parecía esta composición. Sin embargo no entendía lo que quería decir.
Profesora —le dijo —¿Tendré limitaciones al no entender a veces la poesía quizás porque estudio Biología?
—Claro que no, Marina, disfrute y sueñe con la poesía. Sería lamentable que usted a su edad dejara de soñar. Sin embargo, por más que intente, con su razonamiento científico no va a poder entender la propuesta de alguna poesía. La poesía es del poeta. La escritura es del que escribe. Es suya. Es su esencia. Sin embargo a los profanos nos gusta leerlos porque entendemos algo bien importante, los poetas y los escritores dicen las cosas, que sin ellos, no hubieran podido ser dichas nunca.
Marina sonrió convencida, apretó su carpeta en el pecho y salió del aula presurosa hacia el laboratorio de Biología.

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 La decisión


Mario y Eneida caminan por el comercio de Matagalpa. Es de tarde y hay mucha clientela en las tiendas. El aprieta los dedos de ella para asegurarle que la quiere mucho. Está feliz porque ella ya no se irá a los Estados Unidos, aunque todavía no le ha dicho si se casará con él. Está comenzando la década del 90 del siglo anterior. Muchas familias están regresando al país para hacer una “nueva” vida. Lejos quedan los presagios de muerte y de guerra y Mario quiere ser feliz con Eneida, la muchacha que ha sido su vecina y su amor desde siempre.
Vio el rótulo de la Joyería El Diamante, abandona sus pensamientos y entra. Mientras tanto Eneida se detiene un poco disimulada en la puerta. Sintió un leve estremecimiento, no es para menos, como a la media cuadra ha visto a Carlos, el estudiante universitario que conoció allá en la Hacienda La Isla, en los cortes de café. Con él tuvo un desafortunado romance. Luego ella se fue a los Estados Unidos y no lo había vuelto a ver. De eso hacía tres años. Como siempre, él venía coqueteando con unas muchachas y sintió una oleada de ira. En ese mismo momento Mario la llamó y ella entró presurosa. Él estaba muy afanado con el dependiente y al verla aproximarse le dijo alegremente:
—Vení amor, mirá, ¿Qué te parecen estos anillos? Son parecidos, pero mejores que los que vimos allá arriba.
Cuando hablaba, ella estaba silenciosa, admiró su vehemencia, sus ojos brillantes y sinceros como llenos de lucecitas cuando la miraba. En ese momento sintió una invasión de ternura y de alegría en su pecho y sobre todo una gran seguridad. En ese mismo momento Eneida estuvo de acuerdo en comprar los anillos.
Blancor de garzas
Antonio guardó su libreta después de escribir un poema. Pensó en la expresión de Martha cuando se lo leyera. Ese día le pediría que se casaran. No dejaba de pensar en eso desde que ella le dijo que estaba embarazada. Sintió alguna preocupación al pensar en lo poco que gana dándole mantenimiento a los motores que riegan el arrozal. Por otra parte, lo que ella gana también es muy poco. Trabaja de mesera en un restaurante del pueblo. Sacudió la cabeza para alejar el pesimismo y volvió a leer el poema con agrado:

En los arrozales,
a la orilla de la carretera
abundan garzas blancas,
ahí metidas en el agua,
allá, floreciendo un árbol seco
con el blanco azahar del limonero.
A un lado y al otro
las plantas de arroz
como flores de loto,
colorean el agua retenida
de un verde enternecido.
Voy pasando en el bus
Y mis ojos se van...
con el paisaje.
Pienso en ti,
las garzas alzan vuelo,
y con cada una
te mando un pensamiento.
El bus se detuvo y Martha bajó enfrente de la caseta. Entró y se quedó quieta en la puerta viendo a Antonio. Poco a poco se acercaron, sus almas vagaron lejos de esos campos de arroz. Su amor era tierno como las plantas de arroz, puro como el blancor de las garzas.
El Secreto
En el corredor de la casa la gente mayor hablaba en voz baja, algunas personas se entretenían jugando a las cartas y la luz opaca de la luna disimulaba el acercamiento de las parejas de enamorados. Adentro, en un extremo de la sala grande estaba Plácido acostado en su cama de cuero. El muchacho tenía unos diecinueve años y estaba gravemente enfermo. Tenía tres días sin habla. Su madre y algunas personas cercanas a la familia se acercaban y le ponían el dorso de la mano junto a la nariz para cerciorase de que aún era de esta vida, tal era su estado.
Plácido era un joven de porte muy varonil y cara agraciada. Pero sobre todo sobresalía por sus modales atentos, casi elegantes, para ser un joven criado en el campo, entre arrieros de ganado y mozos de hacienda. En la pequeña finca de sus padres siempre había sido feliz. Trabajando en el campo, arriando las vacas en su caballo brioso, regalo de su padrino Benito, el más rico hacendado de esa comarca. Además tenía una novia que lo traía muy enamorado y otras amigas, por allí. En días previos a su enfermedad, Plácido se encontró con su padrino Benito y como siempre ambos se saludaron con mucho cariño.
—¡Hola ahijado! desde hace varios días deseaba encontrármelo por estos caminos, para hablarle.—Y continuó el hombre —Parece que las hembras me lo entretienen mucho a usted, amigó —sentenció con tono divertido el hacendado.
 Don Benito era un hombre aún apuesto ya en su madurez, jovial, educado en la ciudad, pero enamorado del campo y sobre todo de las mujeres aprovechando con gran ventaja su situación de patrón. El muchacho se puso muy colorado, detuvo su cabalgadura y con su mismo tono le dijo:
—¡Ah Padrino! a usted sí, me han dicho, que lo entretuvieron muchas….. yo, apenas tengo una novia.
 Don Benito se puso serio de pronto.
—¡Hijo! —Le habló en tono grave como si las palabras se le atragantaran en el pecho: —Hay algo que quería decirte desde hace tiempo porque me da mucho sentimiento cuando te veo.
Plácido comenzó a sentirse intrigado por la actitud y las palabras del hombre. Don Benito continuó, no sin percatarse de la repentina inquietud del joven.
—Es… muchacho, que yo soy tu verdadero padre.
—¿Qué dice? —Exclamó casi a gritos Plácido—, mi padre murió antes que yo naciera y yo no quiero saber nada de usted.
Dicho esto hincó a su caballo con las espuelas hasta sacarle la sangre. Este corrió por en medio del potrero y así llegó muy rápido al portal de su finca. El muchacho se bajó del caballo y pasó directo a su pequeño cuarto en un bajareque de la casa. Se dejó caer en la cama y su cabeza le daba vueltas, se sentía mareado y no coordinaba bien sus ideas. Creyó que se estaba volviendo loco. Pero al rato escuchó la voz de doña Dolores, su mamá. La señora lo llamó varias veces y al no recibir respuesta se acercó y lo vio inmóvil y con mucha fiebre.
Es que veinte años atrás, el hacendado don Benito, un día invitó a un paseo por su finca a doña Dolores, en ausencia de su marido. En ese tiempo ella era una de las más hermosas mujeres de esa comarca. Años después, con el consentimiento de su marido, aceptó que don Benito fuera el padrino de bautizo del hijo concebido en una tarde olorosa a hierbas de los campos mientras su patrón soltó al aire el cabello de sus hermosas trenzas.
Tres días tenía Plácido de estar grave. Lo sacaron a la sala para estar más pendientes de él y empezó a llegar a “velarlo” mucha gente del lugar. Todas las noches llegó María del Pilar, su novia. Era una joven morena de hermoso pelo negro siempre adornado con racimos de reseda. La tercera noche se arrimó y de repente observó que el enfermo abrió los ojos y le habló:
—María, quiero casarme con vos mañana.
La muchacha en vez de contestarle salió corriendo al corredor para decir:
—¡Vengan todos, corran! Plácido ya está bueno y me ha pedido matrimonio.

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Un mono brujo


La sombra brincaba y no se quedaba quieta. La muchacha abría los ojos casi desorbitados para ver mejor qué era aquello tan feo que se movía frente a la puerta de su cuarto. Ella miraba por las rendijas de la puerta, afuera iluminaba tenuemente la luna.
 En días pasados corrió el rumor de que en el pueblo estaba apareciendo un mono brujo y la muchacha tembló asustada al pensar que eso era precisamente lo que brincaba al otro lado de su puerta. En el mismo cuartito dormían la mamá y la hermana de la muchacha. La luz amarillenta de la vela encendida a María Auxiliadora, apenas alumbraba, pero entraban unos rayitos de luna por las rendijas de las tablas del cuarto. De pronto las tablas sonaron y la muchacha pudo apreciar que con fuerza apartaban las tablas y una mano intentaba aflojar la tranca de la puerta. Ella silenciosamente tomó el machete que había preparado al pie de su cama, lo levanto con las dos manos y lo dejó venir hacia abajo, pretendiendo llevarse de un tajo la mano del supuesto mono brujo. La fuerza que hizo se llevó consigo un cordel con la ropa de las durmientes. El mono brujo escuchó aquel ruidaje y salió corriendo como alma que se lleva el diablo.
La muchacha abrió la rústica puerta y salió corriendo machete en ristre. La luna afuera estaba muy clara y eso le permitió ver exactamente al hombre desnudo y pintado de negro que corría veloz, llevándose en su carrera las hierbas buenas y albahacas de los tiestos del patio. Mientras tanto, las otras durmientes se despertaron y salieron detrás del mono brujo también. Así mismo se sumaron, a los gritos de la muchacha, algunos hombres del vecindario, cuando ya el pintado de negro brincaba por otras cercas, esta vez en su carrera, llevándose los cardones y piñuelas de las cercas vecinales. Los hombres lograron alcanzarlo y gritaron:
—Es Pantaleón, bandido, zángano, ladrón.
Inmediatamente lo encaminaron al Cuartel militar y allí amaneció amarrado. Se acabó el Mono Brujo, desde esa noche en el pueblo. El mismo Pantaleón había corrido el cuento del Mono Brujo que estaba saliendo en el pueblo.

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La campana del Capitán


Los dos muchachos pescadores echaron al mar su barcaza. Era la tarde de un sábado, el mar estaba tranquilo, serenito y azul. Ya se habían perdido los restos de marea roja y era bueno aprovechar la pesca porque la gente tenía varios días de no comer mariscos y de seguro iba a ser buena la venta. Avanzaron decididos hacia alta mar, eran jóvenes, pero desde niños andaban en ese oficio. Estaban empezando a componer las redes, de pronto empezó a oscurecer y escucharon una música sacra.
—Adrián —exclamó uno de los muchachos —¿Trajiste la grabadora? Oí que linda esa música.
—No, Nando —contestó el otro —eso no es de grabadora— Y le hizo señal de que se callara. Se quedaron quietos y atentos a la celestial música y luego escucharon los tañidos de una campana. La música subía del fondo del mar.
—¡Bendita y alabada sea la Virgen del Trono! —exclamaron juntos cuando sobre una ola se dibujó la sombra de la virgen y se postraron de rodillas conmocionados ante aquella aparición.
De pronto se aclaró el ambiente del mar y ellos en silencio echaron sus redes. Llenaron la barca y muy rápido emprendieron el regreso. Ellos sabían la leyenda de la Virgen del Trono del Viejo porque su recién fallecida abuela se las había relatado. La Virgen quiso manifestarse a sus humildes hijos.
La Virgen del Trono del Viejo, hizo un milagro a un capitán de un barco peruano atracado en Corinto. Hasta allí le avisaron que su madre agonizaba en Lima. El Capitán le pidió que la dejara viva hasta que él regresara a su país porque tenía varios años de no verla. La virgen no sólo devolvió la salud de la enferma, sino que además lo salvó de morir a él mismo en naufragio, cuando regresaba al Perú. El Capitán hizo fundir una hermosa campana de bronce para el santuario de la milagrosa imagen de la Virgen de la Concepción, Patrona de Nicaragua, llamada Virgen del Trono de El Viejo. El Capitán envió la campana en un barco de gran calado que navegaba desde Perú, por las aguas del Pacífico hasta el Puerto del Realejo, en Nicaragua. Ocurrió que en el trayecto, ya para llegar a puerto, unos ladrones de mar quisieron robarse la valiosa campana. Entonces se desató una tormenta que estuvo a punto de hacer zozobrar el barco y provocó la caída de la campana en el mar. Algunos marineros vieron a una joven de rebozo blanco que sostenía la campana cuando bajaba hacia el mar. Los ladrones no pudieron robársela.
Desde entonces, de vez en cuando, muchos pescadores han tenido la visión de la Virgen y a la vez escuchan los tañidos de la campana de la Virgen del Trono. Alabada sea la Purísima Concepción de María, Patrona de Nicaragua.

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Despedida


Roberta lavaba ropa de muchas familias del pueblo. Ella misma pasaba recogiendo en la mañana, para entregar en la tarde, la ropa lavada en la poza del Cristal. Aquella ropa venía olorosa a hierbas de melero y de pacón. La gente, prefería a Roberta para el lavado porque se esmeraba en dejar aquella ropa bien “chelita” y soleada. La última vez que la vio doña Esperanza, Roberta andaba un delantal blanquísimo que contrastaba con el color de su piel curtida por los efectos del sol. La pobre se enfermó de un tumor en el vientre ya que pasó muchos años metida hasta la cintura en aquellas hondonadas, en donde los bumbulunes y las sardinillas le picaban sus pies. Pero con este trabajo ella dio el sustento a sus cinco hijos.
A los pocos días le avisaron a doña Esperanza que Roberta estaba muy enferma y quería verla. Ella vivía en las afueras del pueblo y hasta allá se encaminó doña Esperanza para cumplir sus deseos.
—¡Ay amiga mía! —le dijo la enferma—, ya me siento cansada y quiero que usted haga mi mortaja. Me gustaría con vuelos de encaje y me la trae pronto para verla.
Doña Esperanza conmovida la incorporó de su lecho y le dio una bebida tibia que le llevaba preparada. Un rato después se despidió, no sin antes asegurarle, que cumpliría sus deseos al día siguiente.
Esa noche en la casa de doña Esperanza, la familia se reunió a la luz de las lámparas de gas en la sala. Ella le comentó sobre la enfermedad de Roberta a su mamá, mientras ésta apretaba en sus manos unos “machos de pinolillo” para el chocolate de la mañana. El aire muy fresco de Enero entraba por las ventanas que daban al patio. Un penetrante olor a jazmines se extendió por la sala. De pronto se escuchó una voz como mecida por el viento suave, desde afuera hacia adentro: “Adiós Esperanzaá…”
Toda la familia escuchó aquella voz y se quedaron mudos por largo rato.
—¡Bueno, bueno! —dijo la Abuela —todos a acostarse. Mañana Esperanza tiene que coser desde muy temprano.
La mortaja salió a tiempo para vestir dignamente a aquella gran mujer.
Valor para vivir
Siempre me han gustado las películas de Cantinflas y la vecindad del Chavo del Ocho porque muestran el México con el DF aún amable para los pobres. Recuerdo cuando conocí esa gran ciudad, tras el sobrino predilecto, a principios de la década del 80. Tuve el desafío de ir en bus en horas ya muy tarde de la noche y luego en taxi hasta el Rancho El Espinero, en Irapuato. No recuerdo otro viaje más placentero con un buen señor taxista que con sus cuentos me imprimió el deseo de seguir confiando en la humanidad. Lamentablemente la edad nos vuelve desconfiados o quizá prudentes. El destino nos depara un sinfín de circunstancias que nos toca vivir de un tirón porque la vida es, (dice Milán Kundera, en la Insoportable Levedad del Ser,) un borrador; un boceto sin cuadro. Ese borrador es ya la vida misma y hay que vivirla con valor, asumir los dolores y aprender a mitigarlos, disfrutar sus alegrías y sorpresas, pero también el lento pasar de la cotidianidad. Vives y todo pasa sin la oportunidad de un dejavú.
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Me quedo sin palabras ante el canto a la Nicaragüanidad en la música, en la poesía, en el Güegüence y el cacique Nicarao de los pueblos blancos. Me gusta más Diriangén porque nunca he logrado tragarme los arreglos del cacique Nicarao con los españoles. Será por eso que heredamos las componendas políticas criollas.
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Siempre recuerdo el paso que llamo de cusuco, con manos hacia atrás enlazadas detrás de la cintura. Mi padre, Telésforo, tenía lo suyo, era un hombre muy seguro de lo que hacía y con el tiempo me he dado cuenta de que eso le quedó de sus luchas desde niño en un país con sequías y guerras civiles, arrancando el fruto a la tierra, al quedar sin padre a los doce años. Su madre, esperaba con sus rezos de beata que la Virgen de la Concepción sudara para que llegaran promesantes y le llevaran ofrendas para alimentar la prole. Fue así que mi padre, varón primogénito, decidió ser el niño - padre de toda la familia de once miembros, más dos huérfanos que la abuela criaba. Siempre pensé que mi padre no tuvo infancia ni juventud, hizo el periplo obligado de los muchachos de esos tiempos hacia la Costa Caribe, cruzando el Lago Cocibolca en el Vapor Victoria. “Yo fui el primer norteño que se bañó en las aguas del Atlántico. Vieras que tremendo mar, con aquellos “machos “de agua” —me decía cuando yo le escuchaba de niña, asombrada de sus aventuras. Declaraba haber sido feliz con mi madre, sobre todo cuando fue padre y abuelo. Quizás es válido decir que, cuando cada quién circula, los caminos se bifurcan y algunos dicen que a cada quien le va según lo decide la vida y sus encrucijadas; pero todo lo decide uno mismo desde niño (a) aún dentro de las circunstancias de vida más difíciles. Uno decide qué quiere ser en la vida; pero es importante ser bien tratado en la niñez, la ternura de tus padres, de tus abuelos no tiene precio. Es fundamental, para no convertirse en un ser con traumas que nos vuelven inútiles a nosotros mismos y a la sociedad. Por eso es tan delicada la educación de los niños y debe ser puesta en manos de gente buena, no de pederastas y gente amargada. No es justo decir que la cercanía geográfica de los parientes los vuelven más cercanos entre sí. Pues no es así; estoy convencida. Lo que acerca es la comunicación, algo que tengas en común, lo más cercano al amor y a los buenos recuerdos. Cuanto me gustan los recuerdos bucólicos. Pero los pueblos sencillos en donde los vecinos se asoman a ver quién es la mujer y la niña que entró en la Sacristía del pueblo como en Los Funerales de la Mamá Grande, ya no existen. Ahora en los parques hay borrachos y drogos. Peligra la integridad si te cruzas donde hubo un Matapalos. Esa plaza vive en mis cuentos que escribí hace algún tiempo y fueron los últimos recuerdos de uno de mis hermanos, cuando hablamos, ya próxima su muerte.
Me dijo —quisiera ver la plaza del pueblo.
Ya no hay plaza —le dije —no te acordás que allí es el parque.
Pues me llevo la plaza aquí —me dijo, señalándose la mente.

FIN

DE VENTA EN CASA DEL LIBRO