26.10.15

Adiós hermano Nelson


Por Mauricio Valdez Rivas

Lo que más recuerdo de mi hermano Nelson, es que todo el mundo lo adoraba, era el niño que a todos caía en gracia, por lo general se le veía con la cara seria, pero cuando reía hacía reír a los demás, era curioso, inteligente, el vivo retrato de mi papá, era el cuarto de cinco hermanos: el mayor es Eddy, con once años, luego estaba yo con nueve años, después Milton de siete, Nelson con cinco y por último Neskent con un año.
Era una alegría para la familia de parte de mi mamá, cuando la llegábamos a visitarla desde Juigalpa, allá en Chontales, hasta Chinandega. Mis tíos se reían de las ocurrencias de Nelson, de sus inocentes preguntas, de su cara enojada cuando no obtenía lo que quería, de su “cucharita” cuando estaba a punto de llorar, pero no lloraba aunque mi mamá le pegara por alguna travesura o desobediencia, pero por lo general era tranquilo y bien portado.
En uno de esos viajes que hacíamos por lo menos tres veces al año, me dejaron a cargo de mi abuela para mientras daba mi Primera Comunión, pues ella se encargaría de matricularme en las clases de Catecismo con la mejor profesora que había en Chinandega que cariñosamente la llamaban “Angelita”. Las clases la impartía en su propia casa, todos éramos súper bien portados, como no serlo, pues mantenía un tajona de cuero a la vista de todos y nos decía que eso era lo que nos iba a caer si no le dábamos bien la lección, más de algunos le cayó.
Mis padres con mis hermanos regresaron a Juigalpa, en esa ciudad mi papá tenía una farmacia veterinaria, pues él era un profesional veterinario que vendía productos para el ganado y para todo animal doméstico, también vendía algunos productos para la agricultura en los cuales tenía un herbicida altamente tóxico, por eso, en el patio de la casa, hizo construir una pequeña bodega donde mantenía bajo llave esos productos peligrosos ya que también esa era la casa en donde todos vivíamos.
Estando en Chinandega, un día llegó mi abuela a interrumpir mis clases de Catecismo, la noté bastante nerviosa hablando con mi profesora, la vi venir hacia donde yo estaba sentado, me agarró de la mano diciéndome: “vámonos papito, vamos donde tus hermanos”. Me puse contento porque vería nuevamente a mis amados hermanos, sin saber realmente el porqué del repentino viaje del cual no recuerdo mucho, creo que dormí casi todo el largo trayecto, pero sí recuerdo la llegada a Juigalpa y después a la casa, mi decepción fue al no encontrar a nadie ahí, le pregunté a mi abuela por mis hermanos y no me dio repuesta, le pregunté por mi mamá y por mi papá y me dijo que pronto vendrían, que esperemos aquí. Nos había recibido doña Dalila, la señora que trabajaba con mi papá.
Al fin llegaron mis padres, de ellos recibí abrazos y besos, aunque no con mucho entusiasmo a como esperaba y para remate pude notar sus caras afligidas, yo no entendía que era lo que pasaba, del por qué había en todos un aspecto lúgubre, nadie me explicaba, no sé por qué le pregunté a mi mamá por Nelson, “ya va a venir con todos tus hermanos” me respondió, pero anocheció y ese día no pude ver a ninguno de ellos. A la mañana siguiente seguía con la pregunta, ya casi exigiendo que quería ver a mis hermanos, pero a mi edad quien podría atender mis exigencias y peor cuando en ese momento se desarrollaba un verdadero drama familiar, de a poco fui comprendiendo que algo muy grave había sucedido y que tenía que ver con mis cuatro hermanos, pero las dudas se me despejaron y me puse contento al verlos llegar y aunque los noté débiles y cansados, sin entender ni preguntar el por qué, los recibí con entusiasmo y lo único que me importaba es que estaban bien, en mi mente tenía tantas cosas que les quería contar, juegos que quería que hiciéramos, en solitario y mientras los esperaba, había ensayado algunas ocurrencias para hacerlos reír como si se tratase de una presentación de payaso de circo, pero el viaje de regreso a Chinandega nos fue anunciado, nos llevaron a abordar vehículos particulares, en el camino, creyendo que habían dejado a Nelson, pregunté a los que iban conmigo en el auto: “¿dónde está Nelson?”. Una de las muchachas, no sé quién era, que iba a la par, apartó su rostro y se puso la mano en su boca mientras emitía un suave quejido sollozante, la otra, que tampoco sé quién era, mostraba un carácter más fuerte y de forma calmada me dijo que Nelson iba en el otro carro, que no me preocupara. No hice más preguntas, la reacción de otra muchacha me hizo entristecer sintiendo desde muy dentro de mí que a Nelson sí le había pasado algo malo, pero nunca pesé en que no lo volvería a ver, inclusive me dije a mí mismo que en Chinandega jugaríamos todos juntos con él, pero la realidad fue otra, no nos llevaron al entierro, ni a misa, nos quedamos en la casa de mi abuela, simplemente sabíamos que Nelson no regresaría, que ya nunca jugaríamos con él.
Días después, narrado por mi hermano Eddy, supe detalles de la tragedia:
«Estábamos todos en el baño, pues mi mama nos mandó a bañar a todos juntos porque ya era tarde para ir al colegio, debajo del tanque del inodoro mi papa había puesto un galón de vidrio lleno de herbicida puro, Nelson lo agarró y se le calló de las manos quebrándose y esparciéndose por el piso el líquido, el olor era fuerte, la puerta del baño estaba cerrada, sin saber que se trataba de veneno nos pusimos a limpiar el desastre por miedo a ser castigados, echamos agua y jabón, con una escoba barrimos todo hacia afuera, Nelson se había cortado, Neskent afuera había caminado por la corriente que salía, el olor se sintió por toda la casa, de pronto mi mama golpeó fuertemente la puerta gritando que la abriéramos, preguntándonos qué había pasado, “Nelson quebró el galón” le dijimos, “salgan” gritó, ella nos sacó de prisa y casi al mismo tiempo agarró a Nelson y lo fue a restregar con agua y jabón en el lavandero, le vio la pequeña herida sangrante que tenía en uno de sus dedos de la mano, pero su mayor aflicción fue verlo muy mareado, corrió con él donde estaba mi papa e inmediatamente lo llevaron al hospital, ella se quedó con nosotros, “vístanse” nos dijo muy alterada, comenzamos a vestirnos, pero uno  por uno nos fuimos acostando en la cama al sentirnos con sueño y muy mareados, mi mama pegaba gritos de ayuda a doña Dalila y ésta se deja venir diciendo: “llevémoslos al hospital, rápido”, de ahí solo me acuerdo ver a los médicos y enfermeras distorsionados caminando por las paredes, también me acuerdo de haber tenido un extraño sueño con Nelson, íbamos agarrados de la mano caminando hacia el portón de salida del hospital, yo le dije que no cruzaramos ese portón, pues sentía que no debíamos ir allá, de pronto algo con fuerza me haló y Nelson se me soltó de la mano, lo vi desaparecer tras una luz brillante cuando pasó el portón, cuando ya estuve bueno los médicos me dijeron que me habían dado choques eléctricos para reanimar mi corazón y supe que fue en ese mismo momento en que debí de haber sentido esa fuerza que me haló en dirección contraria a donde Nelson se había ido y desaparecido.»
Ese fue el relato de Eddy. Años después mi mamá me contó que ella soñaba casi todas las noches con Nelson durante cinco años después de su muerte, en esos sueños él, a veces lloriqueando, le decía que no quería estar solo, que se fuera con él, que lo acompañara, ella le respondía que no podía, entonces él se ponía triste y se alejaba dando por terminado el triste sueño. “Quiero que estés conmigo” le volvía a decir otra noche en otro sueño, ella le respondía: “ya te dije que no puedo ir contigo, tengo que cuidar de tus otros hermanos, no es bueno que tú estés viniendo a verme, ya perteneces a otro lugar quédate ahí hasta que Dios me mande a llamar, es cuando estaremos juntos. La última vez que soñó y conversó con él, fue cuando Nelson le dijo que ya no llorara más por él, que ella pronto iba a estar contenta, esa vez mi mamá despertó tranquilamente con una paz interior a como nunca la había experimentado, sabía que su pequeño niño la visitaba en sus sueños, realmente conversaba con él, pero ya había llegado el momento su definitiva partida, a los días mi mamá se enteró que en su vientre se desarrollaba un nuevo ser, estaba embarazada de la única hija mujer que tuvo y que por años, tras cinco partos de varones, ansiosamente deseaba tener, la llamamos Amalia Jescenia.
No quedaron secuelas permanentes en el avenamiento de mis hermanos sobrevivientes, solo el dolor de la pérdida del pequeño Nelson, a más de 30 años de su muerte, su tumba en el cementerio central de Chinandega, casi siempre está limpia y cuidada, si no es alguno de mis tíos el que la visita y pone flores, es mi madre o nosotros sus hermanos pintándola o adornándola cada 2 de Noviembre, días de los muertos.

Adiós Nelson, querías que tu mamá estuviera contigo, pero ahora estás con nuestro padre y con nuestra querida abuela (la güela), para allá iremos tarde o temprano mi pequeño hermano, aún tenemos juegos pendiente que realizar. Adiós te digo hasta ahora, porque hasta ahora me he dado cuenta que no te lo había dicho. Adiós mi hermano Nelson.