2.5.15

LOS MONOS DE SAN TELMO - Lizandro Chávez Alfaro

El sol había recorrido un cuarto de cielo. Sobre la brecha angosta y quebrada, un camión cargado de monos corcoveaba, bufaba, penosa­mente embestía la tenue ola de polvo. La ca­rrocería chisporroteaba y, al balancearse, des­pedía ráfagas de destellos que iban a estrellarse contra las ramas cercanas, achicharrando las ho­jas más tiernas. La carga de monos enjaulados chillaba, espantada por el interminable vaivén.

En la cabina, Rock Cooper y Doroteo, su criado-chofer-intérprete, se cocinaban al calor-del motor. Desde el amanecer habían salido de un caserío cercano a los linderos de la selva virgen, y todavía faltaban varias horas de zangoloteo para llegar a la carretera. Destilando sudor, los dos miraban y maldecían en silencio el próximo bache, Doroteo asido al volante y Rock a una botella de ron. Era el hijo menor de una hono­rable y activa familia de Philadelphia, dedicada a la explotación de minas bolivianas de estaño ha­cía sus generaciones. Sólo Rock, contemplativo y proclive al alcohol, pasaba los días ocupado en revivir pasivamente al audaz y ambicioso abue­lo Jehosaphat. Cuando cumplió treinta y siete años, decidió cambiar el desdén y el diario vitu­perio familiares por la gloria de sudar en una nueva empresa. Reencarnar la figura de Jeho­saphat Cooper, reivindicarse y abrir una nueva línea en los negocios de la firma Cooper & Suce­so.res eran sus metas. Para alcanzarlas había es­cogido aquel mínimo y selvático país centroame­ricano.



Súbitamente Doroteo apagó el motor. Rock lo miró desde la lejanía en que flotaba su cere­bro abotagado por el calor; levantó el mentón en un gesto perentorio.


—Me pareció oír un ruido raro allá atrás, jefe; como si se estuviera ahogando alguno de ellos.


Este maldito sol está muy bravo —contes­tó el criado, primero aguzando el oído y lue­go imitando al jefe que se precipitó a abrir la portezuela. Se encontraron frente a la parte trasera del camión y mutuamente se observaron la cara. Nada anormal sucedía en el cargamen­to. Los cincuenta monos saltaban, enseñaban los dientes, chillaban, se mordían los dedos, la pun­ta de la cola, o se rascaban los sobacos excitados Más que de ordinario por el balanceo, pero nada más. Iban repartidos en grupos iguales (cinco en cada jaula) y de una misma especie: Capu­chinos, Monos Araña, Monos Aulladores. En la parte alta del cargamento, la que recibía el sol de lleno, un Capuchino tenía el pelo blanco de la cara mojado de lágrimas. Acurrucado en un rincón movía la cabeza de un hombro al otro, queriendo protegerse con las delgadas sombras proyectadas por las varas de la jaula. Pero da­da la naturaleza melindrosa de los Capuchinos no había por qué alarmarse. Era precisamente uno de esta especie el que en viaje anterior había sufrido una hemorragia nasal que hizo cerrar los ojos a Rock. Ensangrentado de la nariz a la barriga, el carablanca tosía, se golpeaba el pe­cho y miraba al tratante con una expresión de viejo limosnero. Y ahora este otro lloraba. Un niño lapón puesto (le pronto en aquella latitud. no lo hubiera hecho con menos ganas.


—Un rato en la sombra nos caería bien a todos, jefe.



—¡Estás loco! —dijo Rock, con la voz sofo­cada y un temblor que hacía relucir sus mejillas. A zancadas cruzó el camino varias veces mientras gritaba que era preciso llegar al aeropuerto esa misma tarde, que al día siguiente, a las quince horas, debía entregar en Rochester cincuenta mo­nos, ni más ni menos. Era idiota querer des­cansar. Mira a las jaulas y a Doroteo al compás de sus trancos. Se detuvo, con la nuca apretada por una mano y la otra apuntando al sirviente.


— ¡Descansar!¿Cuánto ganas?


Doroteo se pasó el dedo índice por la fren­te, limpiándose el sudor, y mantuvo la boca ce­rrada. Rock insistió, el cuello crecido y sudando con más abundancia.

—Veinte pesos diarios, jefe.

—Eso es. Descansar. Puedo meterte en una de esas jaulas y… ¡Vámonos!

Mientras Rock descolgaba de entre las rue­das traseras una bolsa de lona llena de agua y se mojaba la cabeza, Doroteo revisó las amarras del cargamento. El bamboleo era para sacar hasta un árbol de sus raíces. Caminando alre­dedor del camión fue dando tirones desganados a cada amarra y mascullando la vergüenza que le quedaba. Pero el jefe pagaba veinte pesos dia­rios, suficiente para tener tres Hijos y dos que­ridas. Era cierto, ganaba más que cualquier chofer a cambio de hacer uso de su inglés apren­dido en los muelles de Georgetown, en las Guayanas. También sabía limpiar las botas, llevar la ropa sucia a la lavandera y traer la limpia cuando estaban en la ciudad; tirar con la cer­batana espinas levemente envenenadas, cuando se presentaba el caso, y nunca se había escapado algún mono al que él apuntara. La espina iba derecho a un costado, el animal caía a plomo, y si no se despanzurraba venía a despertar dentro de una jaula. Doroteo se vio los brazos desnu­dos, negros, lampiños; echó una mirada furtiva al jefe que en ese momento hacía gárgaras, y luego miró a los monos. Recordó su cara: la mandíbula saliente, la nariz chata, la frente an­gosta, arrugada, y las orejas pequeñas. Le brillaron los ojos de risa al imaginarse en una jau­la, entre un Capuchino y un Aullador. A él le faltaban pelos y era hombre. Era una buena broma del jefe, pensó, rascándose el trasero. Después de todo le pagaba veinte pesos diarios.

—¡Muévete! —gritó Cooper, acomodándose el cinturón del revólver, y Doroteo dejó de rascarse automáticamente.

Al tiempo que el criado-chofer-intérprete ponía en marcha el motor, Cooper tomó un largo trago de ron. Se colocó los lentes para el sol an­tes que se reiniciara el bamboleo. Al ver a Doroteo concentrado en su trabajo, manso y un poco agradecido por la reprimenda, sonrió, recordó las palabras del abuelo: "Mano de hierro, hijo, mano de hierro. La civilización se planta con manos de hierro". Sí, Jehosaphat Cooper había legado una fortuna en estaño y en conse­jos. Rock se le parecía hasta en las proporcio­nes físicas: dos metros de alto por uno de ancho. Pero aun así, no era fácil reencarnar a aquel viejo, el que había llevado a su país las mejor cotizadas pieles de Colobo de Abisinia, negras como el más negro de los africanos, y más toda­vía al contrastar con los mechones blancos y se­dosos que colgaban a los lados, de hombros a cola.

Rock sintió subirle a los ojos un asomo de desvanecimiento. Sudaba hasta por entre las uñas. Calculó la temperatura en cuarenta gra­dos centígrados. Sacó la cabeza por la ventani­lla y el aire caliente le opacó los anteojos.

—¿Paro aquí, jefe? —pregunto Doroteo, parpadeando bajo el peso de sus pestañas mo­jadas.

— ¡Sigue!

Si Jehosaphat Cooper había soportado peo­res temperaturas en África, Rock Cooper podía soportarlas en Centroamérica. "La voluntad, hijo, el genio creador de una raza. Podemos reinar hasta en el mismo infierno", decía el viejo. Era un gigante con una máquina entre pecho y espalda, y en la cabeza una cohetería que siem­pre daba en el blanco. Europa había implantado la moda de los abrigos blanquinegros de Colobo de Abisinia y Norteamérica la había superado en el gusto por la piel de mono. Nadie que qui­siera llamarse dama a tono con los gloriosos años de 1890 podía omitir cuando menos un ribete de África adornando el sombrero, las mangas o el cuello del vestido, pero faltaba el suministro directo, eficiente, y Jehosaphat dio en el blanco.

—¡Damn! ¡Damn! —gritó Rock, y otra vez destapó la botella de ron. Él no había podido movilizar a los indios zumos para que le entre­garan siquiera setenta monos al mes.

—Hágame caso, jefe —murmuró Doroteo, creyendo que maldecía al sol.

Sin prestarle atención, el jefe sacó del bol­sillo una libreta. Los números hablaban. Necesitaba elevar su producción mensual cuando menos en un cien por ciento para absorber las compras de los Laboratorios Sexmill Corp. El consumo de hormonas producidas a base de ori­nes de mono crecía en proporción aritmética y el mercado sería de quien pudiera abastecer con eficacia la demanda de los laboratorios. Nadie necesitaba ese mercado con mayor urgencia que él mismo, que la firma Cooper. Y los indios se limitaban a atrapar los monos que casualmente pasaban cerca de su choza.

A través del parabrisas, entre los árboles prensados bajo la luz, surgió la figura de Jehosaphat, con botas federicas, sarakof, y un fuete largo y lustroso en la mano. Iba seguido por diez parejas de negros que cargaban sendas pa­cas de pieles perfectamente curtidas, sin un solo agujero que menguara su valor. Cuando los Co­lobos de Abisinia quedaron casi exterminados y la moda declinó, el viejo había vendido cerca de un millón de pieles. Pudo comprarse varios ce­rros de estaño en Bolivia.

Un ruido de peso muerto y varas rotas so­bresalió entre los soplidos del motor y el chillar de los monos escandalizados. Doroteo tiró del freno de mano, el jefe soltó la botella, y antes que el camión terminara de asentarse en la curva donde lo habían frenado los dos estaban fuera. Las amarras se habían aflojado y una jaula rota se mecía entre las yerbas, a la orilla de la brecha. De los cinco monos, dos habían escapado y los otros tres se abrazaban aterrorizados en el fon­do de la jaula. Doroteo quedó como suspendido en un movimiento indeciso que Rock cortó con la orden de que tapara la avería, y el sirviente se arrojó a cubrir el hueco con su cuerpo.

Aligerada por la inminente frustración yuna súbita furia contra la hostilidad que la aco­saba, la mole de carne, blanca y resollante, se hundió en el monte, el revólver en la mano y buscando a su alrededor. Vio los dos monos araña saltando de un árbol a otro. Les gritó, como en un suplicante y desesperado aviso. Los monos huían, arriba y un poco adelante de él. Se detuvo en seco para apoyar el brazo en un tronco. Fueron dos, tres disparos seguidos por el siseo de las ramas que tocaba un cuerpo exá­nime en caída, y luego el golpe bruto en tierra. Rock reclinó la cabeza sobre el mismo tronco, los brazos perpendiculares, sintiendo la pesada redondez de sus rótulas. Odió, maldijo el in­menso silencio. Escupió. Contuvo la respira­ción largamente, en un esfuerzo por dominar las contracciones estomacales.

Cuando regresó a la brecha, Doroteo ya ha­bía rehecho la jaula y aflojaba las amarras para volver a colocarla en su sitio. Por las mangas y el cuello de la camisa de Rock salían unos velos de vapor. Se humedeció los labios, miró al sir­viente con ojos de metal en fusión.

— ¡Es tu culpa! ¡Bueno para nada! ¡Ni un maldito nudo, ni eso sabes hacer!

—No, jefe. Yo amarré bien.

Rock pateó con rabia una de las llantas, y sus gritos sobresalían entre el alboroto de los monos y el ruido del caucho castigado. Con la cabeza echada, hacia atrás, parecía que era al aire aplomado o a los árboles relucientes a quie­nes, decía que eran cincuenta monos los que te­nía que entregar en Rochester, a las quince ho­ras del día siguiente, que él era un hombre de negocios y que nadie paga una excusa por buena que sea.
Con la alegría contenida del buen sirviente,Doroteo recibió la descarga de una idea. Se re­lamió antes de comunicarla.

—En San Telmo tienen monos, jefe. Los he visto amarrados en el patio de una casa. Po­demos comprarlos. —Rezongando, Rock fue por la botella, caviloso. Volvió a plantarse frente a Doroteo, limpiando distraídamente el pico de la botella.

—En un cuarto de hora estamos allí —insistió el chofer mientras el jefe tragaba el resto de ron.

—¿Sabes? Algo extraño cruzó tus sesos. Puede ser. Debe resultar. ¡Vamos, muévete!
Lanzó la botella vacía con todas sus fuer­zas, y con las manos en alto se quedó viéndola hasta que fue a perderse entré unas lianas.

Reaseguraron el cargamento y arrancaron a toda la velocidad que permitía la brecha.
"¿Y si rehúsan venderlos? Los conozco", se decía Rock Cooper, ansioso por divisar las casas de San Telmo. "¡Ah, Dios nos dio la fuer­za de la fuerza!", sentenciaba el abuelo, y daba de puñetazos sobre la Biblia que siempre estaba en el brazo de su sillón favorito. Los cerros de estaño no le habían sido entregados por los bo­livianos sin que antes hubieran sentido una ligera presión del puño férreo. "Pero soy un hombre honesto y antes ofreceré el precio jus­to", reconsideró el tratante, y se sobó un brazo.

Al irrumpir los ruidos del camión en el estancado silencio de San Telmo, las gallinas y los cerdos que merodeaban por la calle corrie­ron a refugiarse en los huertos. Con la semidesnudez propia de la hora y su perenne lan­guidez, la gente salió a las puertas para verlo pasar; los niños, desnudos y con la piel quemada por siglos de sol, corrieron tras él. Era un po­blacho de una sola calle, en el que dos casas de adobe destacaban como castillos entre la mise­ria de unas cien chozas.

Doroteo frenó frente a una de las casas de adobe.

—Aquí es —murmuró. Transpiraba supe­rioridad al saberse observado por los pueblerinos.

—Yo pago un peso y veinticinco centavos por cada mono. Puedes ofrecer hasta uno cincuenta.

Armado de estas instrucciones Doroteoa negociar. En la puerta de la casa de adobe, la mujer y las hijas del cacique del pueblo lo re­cibieron con mohines y sonrisas. Pero antes que se tornaran alguna indebida confianza, Doroteo les espetó su propuesta, Las mujeres se encorvaron, entre ofendidas y tristes.

—Véndanos dos; nada más dos —ellas se miraron entre sí, resolviendo qué contestar.

Uno cincuenta y uno cincuenta son tres pesos —dijo el criado, y sacó del bolsillo varios, bille­tes húmedos.

—¿De dónde quiere que los saquemos? 

—Yo los vi en el patio. Tomen. Negocio es negocio.

—Era uno; Napoleón.

—Pero tan bueno. Jugaba con las gallinas. 

—Estamos de luto.

—¿Qué diablos están diciendo?

—Se le enredó el mecate y amaneció ahor­cado.

—Quién sabe cómo, pero ayer Napoleón ama­neció colgado.

—Y no lo hubiéramos vendido.

—¡Ah, gente mañosa! ¡Por eso viven así, porque no saben que el dinero es dinero!
Desde puertas, ventanas y cercos, toda la población participaba en el acontecimiento.
Con pasos calmados, parpadeando desgana­damente, Rock se acercó a la puerta. Pidió explicaciones a su chofer y sin perder más tiempo apartó a las mujeres de un manotazo.

— ¡Dale sus tres pesos y sígueme!

Atravesaron la casa como un huracán y su cola. En el patio encontraron a un cerdo echa­do en un charco, un gallo que le picoteaba las pulgas y un trozo de cuerda amarrada a un tronco. Doroteo se pasó la cuerda por la nariz y asintió con la cabeza maliciosamente.

—Sí, aquí hubo mono, jefe. Han de tener­los escondidos.

En la troje sólo había una culebra dormida entre las mazorcas. En el excusado —porque era una casa lujosa— el cacique dormitaba, sentado en cuclillas sobre el banco. Ni entre los sacos de frijoles, ni en el cofre, ni bajo los catres ha­bía monos.
Remojado en furia, Rock salió arrastrando un catre, pateando los taburetes que encontraba a su paso, al mismo tiempo que ensartaba blas­femias. Doroteo trotaba tras el amo y traducía sus palabras en leal adhesión a su furia.

— ¡Voy a hacer añicos este cochino pueblo si no me entregan dos monos! ¡Dos hediondos monos! —terminó vociferando Doroteo, a media calle, haciéndose eco de lo que el amo decía.

Las casas se tragaron a los habitantes de San Telmo, con todo y animales, y el pueblo se sumió en la espesura del silencio. En la calle no quedó más que el sol bailando entre las yerbas. Por un momento se oyó el zumbar de un enjam­bre de avispas construyendo su panal bajo un alero, y luego los ruidos del camión que se ale­jaba.

Al salir del pueblo, Rock Cooper hizo una apremiante señal para que el chofer se detu­viera. Una y otra vez se restregó los ojos y si­guió viendo lo mismo: a un lado del camino, dos monos se rascaban la panza y comían guayabas, sentados en una misma rama, a poca altura. El criado no entendía.

—Toma tu cerbatana —susurró el jefe, y con el mayor sigilo abrió la portezuela—. Sí­gueme. Si los espantas te parto en pedazos.
Arrastrándose entre los arbustos dieron un rodeo hasta tener a tiro a los monos. Mastica­ban sin prisa y miraban al camión con curiosi­dad. Intrigado por el extraño aspecto de lo que a primera vista parecía una pareja de simios, Rock revisó mentalmente las familias, subfami­lias, géneros, especies y subespecies en que hasta el día se había clasificado a loscuadrumanos que habitan el continente americano. En ninguna encajaban. ¿Catarrinos en América? Las pro­porciones encuadraban dentro de las caracterís­ticas del simio, pero la piel no estaba descrita en ninguno de los manuales de zoología que ha­bía leído. Los ojos hundidos y la cara huesosa parecía de Langur; la voluminosa panza, a pun­to de estallar, recordaba los Monos Araña. ¡Dios! ¿Una nueva familia de simios?

—No tienen cola, jefe —susurró Doroteo, apoyado en rodillas y manos.

—Cállate y dispara. Por todos tus ante­pasados apunta bien y dispara.

"A mí qué me importa. Me paga veinte pesos", reflexionó el criado. Lentamente desen­volvió el hacecillo de espinas emponzoñadas. Es­taban provistas de una pequeña dosis de veneno que actuaba en forma de poderoso anestésico. Entre uno y otro tiro de cerbatana midió un segundo. Dos guayabas mordidas rodaron por el suelo y los primates cayeron como fulminados. Mientras los dos hombres trotaban hacia donde habían caído las presas, el patrón regañó de nue­vo al sirviente por opinar sobre lo que ignoraba. Mencionó el Macaco de Gibraltar, que tiene tanta cola como cualquiera de los demás habitantes del Peñón; las cuatro especies y quince subespecies de gibones, todas sin cola. Cuando Doroteo in­tentó explicar, le ordenó cerrar la boca e ir a abrir la jaula en que estaban los tres Monos Araña.
"Jehosaphat. ¿Soy o no soy un Cooper?", murmuró Rock, con un mono en cada mano. Al observarlos más de cerca les encontró atributos sexuales semejantes a los del Pan Satyrus ¡Dios, qué enorme vejiga deberían tener! ¡Qué formi­dables productores de orina y qué gran tajada de dólares se iba a dejar pedir por cada uno! En adelante no compraría más que de esa clase de monos. Una nueva familia.

Silbando una canción tan confusa como la que pensaba y no quería pensar, Doroteo en­jauló a los monos anestesiados. Era aterradora la semejanza entre los simios y tantos y tantos que él conocía. Decir que descendemos de monos po­día ser algo más que una broma. Si en San Telmo había existido un mono llamado Napoleón, también podía haber existido otro que se llamara Adán, padre de otros dos que se llamaran Caín y Abel, abuelo de otro que se llamara... y así hasta llegar a él y a sus hijos. El jefe dijo que podía enjaularlo. Daba miedo andar por esa oscuridad. No quería saber más que a él le pagaban veinte pesos.


En el camino Rock iba tan contento que se puso a cantar himnos religiosos. En el siguiente poblado compró otra botella de ron y su voz se volvió más heroica, más dominante, más potente que el motor del camión con sus miles de explosiones por minuto. Cantaba como si mar­chara hacia el cielo y no a un aeropuerto cualquiera, y Doroteo se sentía más criado y más mono, aplastado por el peso de aquella voz ava­salladora. A medida que crecía su embriaguez, el jefe fue cambiando el canto por la prédica. Hizo ver a su criado la oprobiosa vida que llevaba, hundido en la poligamia, en la sensualidad que ningún clima justifica, cediendo a cada mo­mento a las tentaciones de la pereza.




Después de un silencio de varios kilómetros en los que no se oyeron más que los ruidos del cargamento, el motor, el gorgoteo del ron en una ancha garganta, las llantas silbando sobre el pa­vimento, Rock concluyó en voz alta:


—Se llamarán PrimatmSantelmensis. ¡Sue­na bien! ¿Eh?


—¿Qué? ¿Quién?


—Ellos; los que vienen detrás tonto— y llenó la cabina de una risa monótona con la que fue quedándose dormido.

Despertó en el aeropuerto. Las jaulas que­daron apiladas al borde de una pista. Los em­pleados aduanales y de migración no tenían qué hacer en este caso. Un decreto del poder ejecu­tivo libraba al tratante de impertinentes intro­misiones en su negocio que, después de todo, beneficiaría la economía nacional. La última instrucción de Rock a su criado antes de irse a su hotel fue que diera de comer a los animales. La SexmillCorp tenía opción de rechazar cualquier mono en malas condiciones físicas.

Al regresar del mercado con tres racimos de plátanos maduros, Doroteo sintió la urgente sed en que se traducía el vago deseo de salirse del mundo, de ablandar el suelo que pisaba, cuando menos, y el camión se detuvo frente a la primera cantina.

Encorvado sobre un extremo del mostrador, en silencio, bebió ávidamente una cuarta y otra cuarta de aguardiente, hasta tener un litro refermentándose en el estómago. De ahí surgie­ron los nubarrones que envolvían las cosas, la gente y mágicamente las hacían bailar, olvida­das de su mal olor, de sus narices chatas, de sus brazos largos. Quiso unirse al baile. Au­lló, se rascó el trasero y los sobacos desespera­damente.

—¿Yo? Yo soy un Mono Aullador. ¡Cong­nnnn! ¡Congnnnnnn! Para servirle. ¿Y usted de qué clase es? Ah, no me diga. Yo sé —brinco­teaba alrededor de un parroquiano reconociéndo­lo, Calvo, con el cuero rosado, bolsa debajo de los ojos. ¿Dónde dejó a su manada? Usted es Uácari. Oigo a mi jefe y aprendo muchas cosas. Extranjero, ¿eh? Porque los Uácaris viven en Brasil. Enséñeme las manos. Sí, grandes y peludas. Saque la cola; no la esconda. Ustedes tienen cola corta y pachona —saltaba de una me­sa a otra, dando mordiscos a un mango verde. Toda la clientela aullaba de risa—. Estamos en familia. ¿Verdad, amigos? ¡A quitarse la ropa! ¿Quién dice que los Aulladores no somos buenos bailarines? ¡Miren! Somos una sola manada. Arañas, los López, Hondureños, Saimiríes, Uá­caris, Mexicanos, Colombianos, Carasblancas, Zaguíes, los Montoya, Brasileños, Nicaragüenses, Titíes, ¡somos una sola manada! ¡Pendejo el que se esconda! ¡Los Macacos no tienen cola! ¡A quitarse la ropa!

Subido en el mostrador, sin camisa, descalzo, brincaba de un pie al otro y se desabotonaba el pantalón, cuando la cantinera mandó que lo saca­ran. A rastras fue llevado a la puerta, y desde allí voló hasta la portezuela del camión.

Aullando y corriendo a velocidad de ebrio llegó al aeropuerto. En la oscuridad, mientras mascullaba baladronadas y se jactaba de su con­dición todopoderosa, repartió los plátanos equitativamente entre los monos. Para ser más equi­tativo aún, él mismo se sentó junto a las jaulas a comer plátanos. Oyó que los monos le ha­blaban con dos vocecitas enclenques y suplicantes. Nada de extraño había en que un mono amaestrado supiera decir "señor, oiga, señor". No recordaba exactamente en qué punto habían quedado los Santelmensis, pero lo más probable era que estuvieran en la base de la estiba de jaulas, de donde llegaban las voces. Contestaba con monosílabos malhumorados, queriendo dar a entender a las vocecitas que no quería oírlas. Pero ellas insistieron en que se llamaban Jacinto y José, que eran hijos de Mercedes la plancha­dora, mujer de Rito el aguador que siempre an­daban desnudos, que su mamá decía que tal vez tenían lombrices, y que todos los días iban a co­mer guayabas a aquel lugar. Doroteo se echó de espalda sobre el pasto, a la orilla de la pista. Las vocecitas seguían gimiendo y preguntando dónde estaban, sin dejarlo dormir tranquilo, hasta que una lluvia de billetes de un peso en grupos de veinte, lo cubrió de pies a cabeza, se quedó dormido.

A día siguiente, los mozos y empleados del aeropuerto desfilaron ante las jaulas para descansar un poco antes de iniciar la jornada. Los más ingeniosos hicieron monadas que irritaban a los monos, intentaron hacerlos fumar o mascar chicle. Doroteo andaba en busca de un trago medicinal y Rock Cooper desayunaba en su hotel.

Jocoso... vacilante... receloso... grave... alarmante... el rumor fue serpenteando por han­gares, bodegas, pasillos y oficinas: había dos niños desnudos enjaulados con los monos. Las autoridades del aeropuerto exigieron seriedad a sus subordinados, y cuando la presión del rumor los obligó a ver a los niños, negaron tener autoridad para intervenir en el asunto. El señor Cooper tenía una concesión especial. A fin de cuentas había algo más importante qué aten­der: la entrada y salida de aviones. Los alto­parlantes anunciaron la llegada del primer avión de pasajeros. Cada uno ocupó su puesto. Sólo una brigada de macheteros, contratada para rozar los zacatales crecidos entre pista y pista, perma­neció cerca de las jaulas. Cuando se presentó Doroteo y le pidieron una explicación dijo que él ganaba veinte pesos diarios, nada más, y que las explicaciones las daba el jefe, con él como intérprete.
La brigada siguió afilando sus machetes.

Cuando apareció Rock Cooper, bien peinado, rasurado, oloroso a lavanda, con un traje de palmbeach y un portafolio en la mano, se negó a dar explicaciones. Al ver centellar los machetes, cada vez más cerca, prefirió correr al teléfono y llamar a su embajador.
El embajador llamó al presidente, el presidente al director de policía y el director al cuartel más cercano al aeropuerto.

Con eficiencia y rapidez insospechadas en un país tan pequeño, a unos cuantos minutos del llamado telefónico, un camión cargado de gen­darmes entró aullando en el aeropuerto. Llegaron a tiempo de devolver al tratante en monos los dos Santelmensis que los macheteros habían rescatado de la jaula, y el avión con destino a Rochester salió con sólo siete minutos de retraso.

Los macheteros fueron sentenciados a seis meses de cárcel.
Rock Cooper demandó al gobierno de aquel país, reclamando una indemnización por daños y perjuicios causados por los siete minutos de re­traso.

FIN

***************************************
Con este cuento, Lizandro Chávez Alfaro (Blue­fields 1929) periodista, humanista y maestro, obtuvo en 1963 el premio «Casa de las Américas», e inició en Nicaragua una nueva época de excelente narrativa que incorpora a la literatura cuentista nacional nuevos elementos, no sólo en la temática y técnica; sino al tratamiento de la visión social subyacente en la obra.

**************************************#googleads

Más de Lizandro Chávez Alfaro:

 El zoológico de papá
• Corte de Chaleco
• En la crugía "F"
• Para abrir una puerta
• Sudar como caballo
• En tinieblas
• El sermón del ómnibus 
• El perro
• La estructura
• Una leyenda que heredar


**************************************


Buscar

No hay comentarios.: